16 de junio de 2013

Sobre la indisolubilidad del matrimonio

El 5 de Mayo, en la entrada que hice con el título de “Kant y la moral católica”, prome ti hacer una entrada sobre la indisolubilidad del matrimonio desde la perspectiva de la entrada citada. He tardado casi mes y medio, no porque no supiese cómo escribirlo, sino porque ha habido otros temas y circunstancias que me han hecho retrasarlo, pero, al fin, ahí va.

A menudo me ocurre, viviendo en el mundo real en el que vivo, que amigos míos, católicos practicantes y con matrimonios estables, me preguntan –no sé qué referente ven en mí– cómo es posible que la Iglesia sea tan dura que niegue a una persona que se equivoca en su matrimonio –o, más grave aún que, sin equivocarse, se encuentra abandonada– la posibilidad de rehacer su vida con una nueva unión, en vez de empeñarse en que debe soportar la soledad durante toda su vida. Y, ciertamente, es una pregunta que no es fácil de contestar. Cualquier persona con la más mínima empatía hacia sus semejantes se siente interpelada por estas situaciones. La soledad sentimental es muy dura y, en un primer golpe de vista, prohibir la solución a esta situación por un error o por una injusticia sufrida, parece algo inhumano. Pero a menudo, para entender una norma, es necesario superar ese primer golpe de vista, a veces superficial. Voy a intentarlo.

Abordaré en primer lugar el aspecto teológico para, como consecuencia de éste, no como un cambio de tercio inconexo, pasar al humano. La Iglesia, cuando dicta normas morales, no lo hace por propia iniciativa. La Iglesia pretende ser la voz de lo que hoy diría Jesucristo si estuviese entre nosotros. Y para esto, se basa en las Escrituras, especialmente en el Evangelio. Hay normas morales que, para anclarlas en el Evangelio es necesario un esfuerzo de interpretación a veces difícil. No es el caso de la indisolubilidad del matrimonio. Jesús no puede ser más explícito al respecto. Mateo en su Evangelio dice:

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»

Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: "Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne"? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»
Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –excepto en caso de unión ilegítima– y se casa con otra, comete adulterio.»

Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»”
(Mateo 19, 3-10).

Marcos es todavía más rotundo (Cfr. Marcos 10, 3-12). A la vista de la respuesta de los discípulos –que no de gente alejada de Jesús– parece que la sentencia de éste no causaba entonces menos escándalo que ahora. Aquí podría terminar la cuestión, pero es vital ver que los mandatos evangélicos, cuando son restrictivos, no son una mera prohibición, sino que tienen un sentido para la felicidad del ser humano. Veamos. El amor humano entre hombre y mujer, cuando se perpetúa en el amor conyugal, es una fuente de felicidad. Y no sólo para el hombre y la mujer que lo viven, sino para los hijos que viven en el seno de una familia estable en la que se palpa ese amor. Creo que nadie que haya experimentado la posesión o pérdida de esta situación puede negar esto. Ahora bien, ese amor conyugal no es siempre un camino de rosas. Es, con frecuencia difícil y está atravesado en muchos puntos por caminos que llevan al desastre. Por eso, para recorrerlo hasta el final, para vivir y hacer vivir su felicidad a otros, hay que ir armado de una fuerte determinación mantenida por la voluntad. La trivialización de ese amor dejándolo reducido a un mero sentimiento que dura lo que dure espontáneamente, es una fuente casi infalible de fracaso. Permítaseme una cita del libro “Los siete hábitos de la gente altamente eficiente” de Stephen R. Coven. Cuenta Coven, cómo, en una sesión de coaching con un directivo, tuvo la siguiente conversación:

“Mira a mi matrimonio. Estoy realmente preocupado. Mi mujer y yo ya no tenemos los mismos sentimientos que teníamos antes hacia el otro. Sospecho que, simplemente, ya no la quiero y que ella no me quiere ¿Qué puedo hacer?

“¿Ya no existe el sentimiento?” Pregunté
“Exacto”, se reafirmó. “Y tenemos tres hijos y estamos realmente preocupado por ellos, ¿qué me sugieres?”
“Quiérela”, repliqué.
“Te lo acabo de decir, el sentimiento ya no existe”
“Quiérela”.
“No me entiendes. El sentimiento de amor ya no existe”.
“Entonces, quiérela. Si el sentimiento no existe, es una buena razón para quererla”
“Pero, ¿cómo se puede querer cuando no estás enamorado?”
“Amigo, amar es un verbo. Amor –el sentimiento– es un fruto del amor, el verbo. Por eso, quiérela. Sírvela. Sacrifícate. Escúchala. Enfatízala. Apréciala. Reafírmala. ¿Deseas hacer eso?”

Y aclara:

“En la gran literatura de todas las sociedades en progreso, amar es un verbo. La gente reactiva hace del amor un sentimiento. Actúan por los sentimientos. Hollywood nos ha condicionado, generalmente, para creer que no somos responsables. Que somos un producto de nuestros sentimientos. Pero el guión de Hollywood no describe la realidad. Si nuestros sentimientos controlan nuestras acciones es porque hemos abdicado de nuestra responsabilidad y les hemos dado poder para hacerlo.

La gente proactiva hace del amor un verbo. El amor son cosas que haces: los sacrificios que haces, la entrega de ti mismo, como una madre llevando a un recién nacido hacia el mundo. Si quieres estudiar el amor, estudia a los que se sacrifican por los demás, incluso por la gente que los ofende o que no les ama en contrapartida. Si eres padre, mira el amor que tienes por tus hijos por los que te sacrificas. El amor es un valor que se hace real a través de acciones de amor. La gente proactiva subordina los sentimientos a los valores. Así, el amor, el sentimiento, puede ser recuperado”.

Y en otra parte, sigue aclarando cómo sobreviene el fin del amor. Del verbo y del sentimiento.

“Cuando dos personas en un matrimonio están más preocupados por conseguir los huevos de oro, los beneficios, que en preservar la relación que los hace posibles, frecuentemente se hacen insensibles y desconsiderados, descuidando las pequeñas delicadezas y cortesías tan importantes en una relación profunda. Empiezan a usar palancas de control para manipularse el uno al otro, para focalizarse en sus propias necesidades, para justificar su propia posición y buscar evidencias que muestren las equivocaciones del otro. El amor, su riqueza, su suavidad y espontaneidad empiezan a deteriorarse. La situación se hace día a día más y más enfermiza”.

Por eso Cristo y, consiguientemente, la Iglesia insisten en la indisolubilidad del matrimonio. Aún haciéndolo así, asistimos a una espeluznante trivialización del amor conyugal. Y la clave de la inmensa mayoría de los fracasos está en esa trivialización. ¿Qué debería hacer un código moral sano? ¿Abrir puertas a esa trivialización? Me parece que no. Me caben pocas dudas de que si la Iglesia aceptase mañana el divorcio, las rupturas matrimoniales se multiplicarían por bastante. En cambio, Cristo, a través de su Iglesia, proporciona un sacramento que ayuda y da fuerzas para todo el camino, si no se desprecian sus frutos, si se vive el matrimonio como una cosa de tres –el hombre, la mujer y Dios–. Pero una sociedad en la que la norma son esas rupturas, es una sociedad enferma que, en el límite, está escribiendo su sentencia de muerte. Por mi trabajo universitario tengo mucha relación con muchos jóvenes estudiantes. Puedo asegurar que el mal rendimiento académico y el deterioro de la salud emocional tienen una estrecha correlación con la ruptura del matrimonio de sus padres. Por tanto, si la Iglesia debe ser el faro de la sociedad, no puede darle señales falsas. Imagínate que debes poner un faro que guíe con seguridad a los barcos hacia el canal de entrada del puerto. Supón que este canal, de dirección norte-sur, se prolonga varias millas mar adentro y está flanqueado de arrecifes. Un barco viene costando por el este. ¿Dónde pondrías el faro que le indique al barco por donde entrar? ¿Pegado a la costa para que el barco no tenga que dar un rodeo? ¿O varias millas al norte, justo a la entrada del canal? Caben pocas dudas, ¿no? ¿Cómo llamarías al ingeniero que hiciese lo primero? Pues Cristo y la Iglesia, al defender a capa y espada la indisolubilidad del matrimonio ponen el faro donde hay que ponerlo.

Bueno y, ¿qué pasa con la gente que, tras intentarlo con todas sus fuerzas no es capaz de mantener el amor conyugal? ¿O con el pobre cónyuge que se encuentra con que el otro no se esfuerza lo más mínimo y tira la toalla antes de empezar o se dedica a engañarle sistemáticamente? ¿Le dicen Cristo y la Iglesia que se aguante? ¿Le dicen con una palmadita en la espalda, “mala suerte” y luego se desentienden de él? De ninguna manera. Le ayudan. No diciéndole que todo vale –lo que sería un engaño–, sino con los medios humanos y espirituales a su alcance. Vivimos en un mundo en el que muy a menudo son más apreciadas las ayudas de palmaditas en el hombro y, luego, si te he visto no me acuerdo, que la ayuda sustancial. Bueno, pues esta ayuda sustancial, espiritual y humana, para sobrellevar la pesada carga de una vida conyugal fallida, es la que brinda la Iglesia en nombre de Jesucristo. Ciertamente, la persona que, una vez roto su matrimonio convive con otra, no puede acceder al sacramento de la Eucaristía. Pero, desde luego, todas las leyendas urbanas de que están excomulgadas y otras sandeces por el estilo, son falsas. Están, por supuesto, dentro de la Iglesia. Y, más por supuesto todavía, están bajo la misericordia de Dios, que tiene un alcance enormemente más amplio que el paraguas de la Iglesia. Rara es la parroquia en la que no hay un grupo de atención, ayuda y apoyo y oración formado por personas separadas o divorciadas, convivan o no con una nueva pareja. Porque la Iglesia, como Cristo, sabe que somos débiles y que no siempre podemos ser cristianos ejemplares. Y también sabe que ella no es una asociación de perfectos, sino de pecadores. Y desde antiguo, hay un dicho de los Padres de la Iglesia que dice: “En la conciencia, ni la Iglesia”. El fuero de la conciencia es un lugar en el que sólo caben Dios y el dueño de esa conciencia.

Tomás Alfaro Drake

No obstante, vivo en el mundo real y sé que esto no les basta a los que piden que el matrimonio cristiano sea disoluble. Sólo se conformarán si un día la Iglesia dijese que el vínculo se puede romper. Y, desde el puro sentimiento, desde la empatía, lo entiendo. Pero eso no lo dirá nunca la Iglesia, porque eso haría una sociedad más triste y desgraciada. Más aún, creo que si los seres humanos, sean o no cristianos, no cobran conciencia de que una promesa de amor conyugal, bendecida o no por el sacramento cristiano del matrimonio, es, o una promesa indisoluble o una utilización mutua, más o menos consciente, las sociedades que formen serán más débiles y desgraciadas. A pesar de lo anterior, entiendo perfectamente que eso les pudiera gustar a las personas que han visto romperse su matrimonio. O a las que lo están manteniendo pero sienten empatía por las primeras. Lo que no cesa de sorprenderme es que a personas que se declaran abiertamente agnósticas o ateas y que proclaman su desprecio por las normas de la Iglesia, les indigne el hecho de que la Iglesia declare indisoluble el matrimonio. Me pregunto: y a ellos, ¿qué más les da? Pero, como siempre, a estas personas que, desde el desprecio a la Iglesia, claman por la disolubilidad de todo tipo de unión matrimonial –debe recordarse que la palabra matrimonio es del derecho romano, anterior al cristianismo– incluido el cristiano, y que lo hacen, según dicen, en nombre de la libertad abstracta, les importa mucho menos que a la Iglesia la ayuda a las personas que se encuentran en esas situaciones. Es una simple política de gestos vacuos políticamente correctos. No suelen mover un dedo por ayudarles.


Así pues, la Iglesia, en nombre de Cristo, hace lo que tiene que hacer. Administrar el sacramento del matrimonio que fortalece esa unión y le da fuerza haciendo que intervenga el Tercero. Aconsejar para ayudar a mantenerlo. Orientar y perdonar a los que empiezan a desviarse por el sendero de la instrumentalización del otro. Defender su indisolubilidad y ayudar, en su duro y difícil camino a los que han visto cómo se les rompía y quieren ser ayudados. Y haciendo esto, aporta su granito de arena para que construyamos una sociedad más feliz.

2 comentarios:

Juan GM dijo...

Efectivamente, Tomás. Muchas gracias por la entrada. El texto de Covey me ha servido ya varias veces para mostrárselo a amigos y conocidos, de una entrada tuya de hace unos años. Me compré el libro también.
Pero sería bueno indicar que la Iglesia la formamos una ingente cantidad de gente, religiosos y laicos, que son los que llevan a cabo esa labor de acompañamiento a los que sufren un matrimonio con problemas. La cuestión aquí es ¿realmente hacemos nosotros, cada uno, esa labor de acompañamiento? Porque lo cierto es que cuando uno se encuentra a alguien con problemas y cree que debe acompañarle en esa situación, es un trabajo en ocasiones muy duro, cansado, que obliga a estar pendiente, a aconsejarle, a rezar por él, etc. Y esta vida es un ajetreo para todos. Por si fuera poco, recientemente una amiga que estuvo al cargo de un COF se ha quedado sin trabajo, por falta de dinero, claro. ¿Qué hacemos los cristianos de a pie, los que estamos en el mundo al cien por cien, los que no estamos en un movimiento, grupo, o cualquier asociación eclesial? ¿Cómo afrontamos el dolor ajeno? ¿Realmente acompañamos? Deberíamos hacerlo, y para ello ser conscientes que Dios es el primero que nos acompaña para afrontar ese dolor ajeno, para ser capaces de dar luz y amor, que reconstruye conciencias, y sana las heridas. Debemos dejarle obrar, para que haga milagros en nosotros y en los demás. ¿Creemos en los milagros? Yo sí, aunque ando despistado la mayor parte del tiempo. Un abrazo

Anónimo dijo...

¡Qué razón tienes Juan! A veces estamos tan despistados con los afanes del día a día que dajamos pasar de largo ocasiones de cuidar de nuestros prójimos proximos. Somos como el grano de la parábola del sembrador que cae entre zarzas, sale y luego, los cuidados del mundo le asfixian. Deberíamos cuidar eso y pedirle a Dios que nos haga ir por el mundo con las antenas de captar el sifrimiento ajeno siempre desplegadas y el bálsamo siempre listo, pero... En fin, nunca es tarde.

Un abrazo.

Tomás