26 de enero de 2014

Un sincero intercambio de pareceres con Antonio Garrigues Walker

Antonio Garrigues Walker es, sin lugar a dudas, una persona de una aguda inteligencia. Pero a veces, como le pasa a todo el mundo cuando se sale de su ámbito fundamental de conocimiento, sus afirmaciones son, claro está, discutibles y, en algún caso, empírica y objetivamente erróneas. Así ocurre con algunas de las opiniones que vierte en una conferencia dada en el Ateneo de Madrid bajo el título de “Puntualizaciones personales sobre las confesiones religiosas”, que reproduzco íntegra a continuación. En estas líneas voy a ir planteando mis objeciones y puntualizaciones, también personales, a esa conferencia. En muchas cosas de las que dice estoy totalmente de acuerdo con él, aunque con puntualizaciones sutiles pero importantes, ya que pueden cambiar las conclusiones. Y estas sutilezas son más difíciles de explicar que las diferencias obvias. Por tanto, me temo que estas líneas no serán cortas. En honor a la verdad debo decir que, al escribir estas líneas, yo también me salgo de mi ámbito fundamental de conocimiento. Pero tengo, al menos, tanto derecho como él. Ahí va la transcripción literal de su conferencia:

Antonio Garrigues Walker
Presidente de la Fundación Ortega y Gasset


1.      Al hablar del tema de las Confesiones religiosas habrá que reconocer, por de pronto, que a lo largo de toda la historia -incluyendo la historia de hoy mismo en el Oriente Medio, en Irlanda del Norte, en los Balcanes, etc.- la gran mayoría de los enfrentamientos violentos de los seres humanos han tenido y siguen teniendo, como factor decisivo, el elemento religioso, ya sea sólo o unido a otras causas políticas o económicas. Es este un tema extremadamente grave en una época especialmente peligrosa. Merece la pena una reflexión seria y profunda sobre el mismo.

• El problema reside fundamentalmente en la pretensión de todas las religiones no sólo de ser verdaderas sino, concretamente, de ser las únicas verdaderas, con lo cual se reduce, a un mínimo, si es que no se anulan, las posibilidades de diálogo y entendimiento. Habrá que corregir este rumbo que no conduce a ninguna parte. Los dramas actuales del mundo y especialmente el drama de la miseria obligan a los líderes religiosos -como a todos los demás líderes- a salir de sus encerramientos dogmáticos. Si la humanidad pudiera contemplar un hermanamiento real que llevara a esos líderes a generar declaraciones y sobre todo acciones conjuntas, el proceso de cambio se pondría pronto en marcha.

• Las religiones cristianas, sin duda las más poderosas e influyentes a nivel global, tienen que reconocer, en concreto, que un 70% de la humanidad profesa o está influida por otras religiones y que ese porcentaje –aunque sea sólo por razones de crecimiento poblacional- irá aumentando, por intensa que sea la actividad misionera que se realice. Como poderosas e influyentes religiones pero fuertemente minoritarias, las religiones cristianas tienen que asumir con grandeza de miras el liderazgo de un movimiento ecuménico, nuevo y profundo, y en el ejercicio de esa función deben extremar la generosidad con las demás religiones, evitando en lo que se pueda –y se podrá casi siempre- la insistencia en las cuestiones que les separan y profundizando en las enormes posibilidades de coordinación y colaboración en los temas vitales de la humanidad. La intolerancia genera violencia y los fundamentalismos generan fundamentalismos.
• La Iglesia Católica tiene que reconocer su especial responsabilidad en estas materias y evitar declaraciones como las que se contienen en la Dominus Iesus que presentó el 6 de agosto de 2000 el Cardenal Ratzinger. En ella no sólo se reitera que la Iglesia Católica es “la única Iglesia verdadera” sino que se justifica toda la Dominus Iesus en la necesidad de hacer frente a "una mentalidad relativista que termina por pensar que una religión es tan buena como la otra" y para explicar que ello no es así se llega a decir –duele leerlo- lo siguiente: “Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que en la Iglesia (cristiana) tienen la plenitud de los medios salvíficos". O en otras palabras que aunque se reconozca “la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres”, los cristianos y los católicos tienen de hecho más y mejores posibilidades de alcanzar el reino de Dios que aquéllos que no lo son.

2.      Es necesario cambiar de actitud. Se hace preciso abrir, sin límites, reservas ni miedos, un amplio debate sobre la responsabilidad de las Iglesias y los líderes religiosos en este momento histórico. El relativismo, -se podría decir, gracias a Dios- avanza con gran fuerza. El fracaso del marxismo como método de análisis de la realidad debe interpretarse como el primero de los fracasos de una larga lista de dogmatismos ideológicos (obsérvese lo que está pasando en la vida política), económicos (analícese el debate globalización y mercado) y culturales y sociales (véanse los debates sobre multiculturalismo y sobre protección social).

Se están abriendo las puertas de una nueva era, una era filosófica, en la que nos guste o no vamos a tener que sobrevivir sin asideros dogmáticos y vaciar nuestros cerebros de muchas dialécticas tradicionales. Acabará prevaleciendo la idea –paradójicamente dogmática- de que no se puede partir de planteamientos dogmáticos en ningún caso y se pondrá por ende de manifiesto el protagonismo esencial que debe tener el diálogo en la convivencia humana. Habrá que aprender en definitiva, a convivir con civilidad, con respeto e incluso con gozo en el desacuerdo. Ahí se encuentra la clave del progreso humano.

***

Quiero empezar por las afirmaciones que considero, como he dicho antes, muy discutibles, dejando las objeciones más sutiles para más adelante.

Parecería como si antes de la aparición de las religiones monoteístas –porque cuando se culpa a las religiones de las guerras, se hace siempre con los monoteísmos– no hubiese habido una triste historia de violencia y guerras en la humanidad. En todas las épocas de la historia –antes o después de la aparición de los monoteísmos– se podrían citar guerras que de ninguna manera tuvieron el más mínimo componente religioso. Ahí van algunas como botón de muestra. Guerras como la del Peloponeso, las médicas, las púnicas, las de conquista de la república o el Imperio Romano o de Ghengis Kan o Tamerlán. O las invasiones germánicas del Imperio Romano y las posteriores normandas de la Europa medieval, o la guerra de los Cien Años. Más recientemente, las guerras de independencia y secesión americana o la franco-prusiana o la ruso-japonesa o las dos guerras mundiales o la revolución soviética o la guerra de la triple alianza de Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, en el siglo XIX, gran desconocida en la que murieron más de un millón de personas. Ni el menor atisbo de religión en ninguna. Y podría hacer más larga la lista. El ser humano se basta y se sobra para organizar guerras por dinero, por territorio, por afán de poder, por ideología o por miles de razones más, completamente independientes de la religión.

Pero en las guerras en las que se ha mezclado el componente religioso, éste fue, en general, muy secundario. Las llamadas guerras de religión de Europa no fueron tales más que en segunda o tercera derivada. La guerra de los Treinta Años, la más sangrienta de ellas, comenzó porque los nobles checos, que eran calvinistas, quisieron independizarse del Imperio Austro-Húngaro y tomaron la religión, que en realidad, les importaba bastante poco, como bandera de diferenciación. Pero eso alteraba el equilibrio de poder e hizo que las potencias europeas tomasen partido por uno u otro bando. Francia, como no podía ser de otra manera para mantener su hegemonía continental, se puso del lado que era mayoritariamente protestante. Anteriormente, las guerras de religión de Carlos V eran sobre todo guerras políticas de los príncipes alemanes que querían sacudirse el yugo del emperador y eran alentados para ello por el católico rey de Francia Francisco I que, celoso por no haber sido él mismo elegido emperador, se aliaba con quien hiciese falta para perjudicar a la potencia hegemónica, España y a su rival personal Carlos V. En el mosaico de alianzas entre los príncipes alemanes, a menudo se podían ver mezclados príncipes católicos y protestantes. De hecho, el protestantismo no hubiese tenido el éxito que tuvo entre los príncipes alemanes si éstos no lo hubiesen usado como bandera de independencia y de apropiación. Francisco I llegó, en su intento de debilitar a Carlos V, a aliarse con los turcos, que no querían otra cosa que el dominio del Mediterráneo para hacerse con la riqueza de los venecianos. La guerra civil española, a pesar de que se ha dado en llamar cruzada, no fue una guerra de religión, fue una guerra ideológica, entre la ideología marxista y los españoles que no querían serlo, agravada por la intervención de Alemania y la Unión Soviética que, ciertamente, no se enfrentaban por motivos religiosos. Colateralmente, los desmandados del bando republicano cometieron todo tipo de tropelías contra el clero y de ahí que el bando sublevado de Franco le diese el nombre de cruzada. Pero es evidente que los instigadores de esta guerra, ni la iniciaron ni la completaron por motivos religiosos.

Decir que las guerras actuales o recientes en Oriente Medio, en Irlanda del Norte, en los Balcanes son guerras de religión es deformar de forma bastante burda la realidad. La primera es una guerra territorial en la que el lema de los palestinos es “paz por territorios”, la segunda es una guerra de independencia entre irlandeses y británicos, que nace antes de la constitución de la república de Irlanda y en la que el hecho de que los primeros sean católicos y los segundos anglicanos, no es más que una anécdota. La de los Balcanes es una guerra impulsada por la ideología nacionalista de “un pueblo, un Estado” nacida de la filosofía romántica del siglo XIX.

¿Ha habido guerras en las que la religión jugase un papel principal? Por supuesto. Las cruzadas medievales pueden ser un ejemplo (aún así, habría mucho que puntualizar, pero no es este el sitio de hacerlo). Menos clara, pero con un componente importante de religión, la reconquista de España. Seguro que hay más. Pero, decir que a lo largo de toda la historia la gran mayoría de las guerras han sido de religión es algo totalmente insostenible si hablamos con seriedad.

Paso ahora a los temas más sutiles. Por supuesto que creo, con Antonio Garrigues, que los líderes religiosos deberían buscar declaraciones y líneas de acción concretas que hagan avanzar a la humanidad hacia la superación de las muchas lacras que tiene. Pero el origen de que esto no se produzca al ritmo y de la forma que a él y a mí nos gustaría, no está en que las religiones pretendan ser las verdaderas, sino en que –unas más y otras menos y de forma diferente en distintos momentos de la historia– pretendan imponer ese convencimiento al resto por métodos irracionales y/o violentos.

Creer que mis convicciones son verdaderas no es, ni mucho menos, equivalente a querer imponerlas. Ciertamente, los líderes –de cualquier religión y, por supuesto, los de cualquier sociedad–, a lo largo de la historia han cedido a la tentación de imponer sus convicciones. Pero eso no es culpa de las convicciones, sino de la naturaleza humana. Y el antídoto contra esto, no es el relativismo, en el sentido de que todas las convicciones y creencias  tengan el mismo valor. Por supuesto si igualamos a cero el valor de todas las creencias, no existe el peligro de imponerlas, pero es a costa de la más absoluta irracionalidad, sencillamente, porque la realidad no es así. No todas las creencias o convicciones tienen el mismo valor ni, por supuesto, este valor es cero. Propugnar esto es un empobrecimiento intelectual, humano y social insostenible. Estoy seguro de que Antonio Garrigues no da el mismo valor, y mucho menos valor cero, a todas las creencias, ni a todos los planteamientos legales, ni políticos, ni económicos. Lo difícil, pero lo enriquecedor, es saber partir de esa diversidad enriquecedora para buscar juntos la verdad. Por supuesto, con declaraciones y acciones contra las lacras de la humanidad, pero también, por qué no, en la búsqueda de la verdad en lo que a creencias religiosas se refiere. Lo fácil, pero empobrecedor, para la libertad, para la inteligencia y para la dignidad humanas es el relativismo. Sin diversidad de creencias, ya sean religiosas, económicas o políticas, no existe más que la uniformidad de la mediocridad. Por tanto, de acuerdo con Garrigues: nada de dogmatismos. En claro desacuerdo con él: convicción no es dogmatismo.

Pero, además, el relativismo crea un vacío de criterios que es fácil que se llene con disparates en todos los campos de la acción humana que, eventualmente, pueden desembocar en una violencia mayor de la que se pretendía evitar. En particular, el relativismo ha dado lugar a una de las lacras que hoy asolan el mundo, que es el aborto. Y decir que el aborto es una lacra nada tiene nada que ver con ninguna creencia religiosa. Es una cuestión científica y de aplicación de dos principios básicos de cualquier cultura civilizada: la presunción de inocencia y la protección del débil. Por supuesto, como es lógico, la Iglesia católica también se opone, con razón, a esta barbarie. El aborto es fruto de la irracionalidad relativista. No se podría mantener sin la mentira y el silencio consensuados del pensamiento relativista políticamente correcto. Dos de esas mentiras son hacer creer que es una cuestión religiosa y hablar del derecho de la mujer a su propio cuerpo. Un silencio es inhibir la presentación de imágenes de fetos abortados en nombre del buen gusto. Un día, la Historia se horrorizará de esta lacra.

No es éste el lugar para argumentar sobre la mayor o menor veracidad de una u otra religión ni sobre la forma de la pretensión de cada una de ellas de ser la verdadera, pero sí debo decir, a favor de la religión que profeso, que es la católica, que, a pesar de los muchos errores históricos en los que ha caído la jerarquía católica a lo largo de la historia –errores a los que no dedicaré un segundo para intentar justificar–, muy pocos, si es que alguno, de los grandes logros de la civilización occidental hubiesen sido posibles fuera de la cosmovisión cristiana. Mal que les pese a algunos, la civilización occidental es hija de la filosofía griega, del derecho romano y del pensamiento religioso judeo-cristiano. Sin estas tres patas, el trípode se derrumbaría. Y es admirable como la pata del judeo-cristianismo adoptó, adaptó y mejoró algunas de las funciones de las otras dos patas. La idea de historia como camino y avance hacia una meta no era propia de la cosmovisión griega, que tenía una concepción circular de la historia. La idea del mundo material como bueno, era ajena a la filosofía griega y a cualquier filosofía antes del “y vio Dios que era bueno” del primer capítulo del Génesis. La idea de igualdad ante la ley no existía en el derecho romano. Por supuesto, el mérito de la jerarquía de la Iglesia en cada una de estas mejoras es, en algunos casos –no en todos– nulo. En otros casos, el cristianismo, impulsado por esa misma jerarquía, tuvo un efecto civilizador que transformó la sociedad. Gracias a ella, los normandos pasaron de ser un pueblo salvaje y saqueador a crear en el sur de Italia uno de los focos culturales más florecientes de la Edad Media. Y algo similar ocurrió con los francos y Carlomagno o con los sajones y el Sacro imperio Romano Germánico. Pero no estoy hablando sólo de los méritos de la Iglesia como institución humana sino, sobre todo, del cristianismo como religión y cosmovisión. El cristianismo fue un imponente motor para el arte en todas sus modalidades, pintura, escultura, arquitectura, música, literatura, etc. Sin los monasterios no hubiese existido el Renacimiento. Las universidades fueron una creación de la Iglesia. Tomás de Aquino dio al cristianismo un sólido armazón racional y, con ello, impulsó el pensamiento filosófico. Pero desde finales del siglo XVI, si no antes, la civilización occidental está desarrollando una enfermedad autoinmune que, de persistir, puede acabar con ella.

No entiendo muy bien el escándalo que le produce a Garrigues lo que se dice  acerca de la salvación en la declaración Dominus Iesus. Parece bastante normal que la Iglesia católica piense que la religión católica es la verdadera, ¿no? Más bien parece que lo que le escandaliza es que esta declaración diga que “si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que en la Iglesia (cristiana) tienen la plenitud de los medios salvíficos”. Los cristianos creemos que la encarnación, vida, obras, pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios son una fuente inagotable de salvación, a través de los sacramentos, para todos los hombres. Nadie tiene las puertas cerradas. Incluso sin los sacramentos, los hombres de buena voluntad de cualquier religión tienen abiertas las puertas de la salvación. Pero, a través de ellos, la gracia –que viene de gratuidad– de la salvación es más fácilmente alcanzable. Es como si yo regalo billetes para ir a América en avión a quien los quiera y digo que, aunque se puede llegar allí en barco de vela, es más cómodo tomar los billetes que regalo. El cristianismo nunca ha sido una religión para elegidos ni iniciados, sino para todos los hombres y, sobre todo, para los más pecadores. ¿Dónde está el escándalo? Pero me pregunto si además de los párrafos que Garrigues entresaca de esa declaración habrá leído también, en el mismo documento, los que expongo a continuación, aún a riesgo de ser demasiado exhaustivo:

“La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.

“El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas”.

“Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma: «Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual»”.

“… el Reino de Dios —si bien considerado en su fase histórica— no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En efecto, no se debe excluir «la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia». […] Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud”.

“Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, «la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo»”.

“Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona «por caminos que Él sabe»”.

“Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios y que forman parte de «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones»”.

“Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios [...]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio”.

Todos estos párrafos están en la misma declaración Dominus Iesus, elegida por Garrigues. Podría seguir con un número interminable de párrafos extraídos de innumerables textos del magisterio de la Iglesia en los que la concordia, la misericordia de Dios para con todos los hombres, la gratuidad de la salvación dada por Cristo con carácter universal, y otros temas, forman una sinfonía de maneras distintas de decir lo mismo. Y si fuésemos a las fuentes, al Evangelio, no creo que haya un código moral en el mundo en el que se predique el amor al enemigo, la mansedumbre, la paz, como en él. Los cristianos habremos podido, y lo hemos hecho con demasiada frecuencia, hacer caso omiso de esos mandatos evangélicos, o incluso haber actuado contra ellos, pero eso no es culpa del cristianismo, sino de la naturaleza humana. Entrar con dos frases descontextualizadas en esta polémica es un simplismo inaceptable. Creo que una visión holística es intelectualmente superior a una fragmentaria.

Nada pues, de dogmatismos, pero, ¡por favor!, también nada del simplismo de que el relativismo igualatorio por abajo de todas las creencias es la panacea. Es el inicio de un camino, en el que llevamos mucho avanzado, hacia el desastre.

Por acabar con más acuerdo que desacuerdo, lo hago con la última frase de la conferencia de Garrigues. Transcribo:

Se están abriendo las puertas de una nueva era, una era filosófica, en la que nos guste o no vamos a tener que sobrevivir sin asideros dogmáticos y vaciar nuestros cerebros de muchas dialécticas tradicionales. Acabará prevaleciendo la idea –paradójicamente dogmática– de que no se puede partir de planteamientos dogmáticos en ningún caso y se pondrá por ende de manifiesto el protagonismo esencial que debe tener el diálogo en la convivencia humana. Habrá que aprender en definitiva, a convivir con civilidad, con respeto e incluso con gozo en el desacuerdo. Ahí se encuentra la clave del progreso humano.

Lo firmo. Pero, permítanseme algunas preguntas. ¿Por qué las creencias religiosas no pueden ser parte del gozo en el desacuerdo? ¿Por qué se deben eliminar de ese diálogo las cuestiones religiosas? ¿En nombre de qué soberbio dogmatismo filosófico las religiones que expresen pacífica y respetuosamente sus más profundas convicciones, deben quedar excluidas de ese diálogo? ¿Qué manera de pensar humana se puede arrogar el derecho a desechar de la esfera de las relaciones humanas algo que ha sido y es la pregunta y la búsqueda más intensa de la inmensa mayoría de los seres humanos desde que existen?


Termino. Seguramente la conferencia de Antonio Garrigues fue muy bien acogida en el foro del Ateneo de Madrid, teñido de un sentimiento antirreligioso un poco decimonónico. Pero me parece que no soportaría la presentación en foros en los que se pretenda analizar con seriedad y profundidad el papel de la religión en la construcción de un mundo mejor.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Estaba yo leyendo en el bar el ABC, de hace un par de viernes, y me topé con un manifiesto del prf Garrigues titulado "sepulcros blanqueados", que mas o menos viene a decir lo mismo que comentas.
Y me preguntaba yo si ser jurista de apellido popular, da derecho a saber de todo, bueno a creer saber de todo.
Pues mas o menos como si yo opino de la masoneria, lo que pasa es que mi apellido no es conocido y ni me publicarían, ni me darían un hueco en el Ateneo.
El ABC en este caso tiene la culpa por permitir una tercera con un texto indocumentado; por cosas como estas no compro la prensa, solo la ojeo gratis en el bar.
Abrazos
Juan

Carlos Blanco dijo...

Gracias Tomás por esta disertación elegante y constructiva.Parece que eres de los que aman con la cabeza y piensan con el corazón.Un abrazo.CB

Anónimo dijo...

Gracias Juan y Carlos, soy Tomás:

Juan ya es habitual en estos comentarios pero a ti, Carlos, te doy la bienevenida. ¡"Amar con la cabeza y pensar con el corazón"! Me gusta. Me encantaría ser así de verdad.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Habiendo leído el artículo del ABC mencionado, no he necesitado leer lo que has transcrito del "ilustre", he ido sólo a tu opinión que, en esta ocasión, comparto plenamente.
Quizá, en efecto, "pensada con el corazón" porque ante tamaña indocumentación he visto una réplica muy ponderada y bien trabajada.
Te la deberían publicar en el ABC y darte un huequecito en el Ateneo, porque la gravedad es que lo que dice Garrigues seguro que fue aplaudido, al no haber nadie que le conteste.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan: Sabes que pasa, que escribo cosas demasiado largas para los periódicos y demasiado poco "progres" para el Ateneo. Me conformo -y encantado, que es mucho- con que, a través de mi blog llegua a algunas personas y, si éstas lo difunden, pues mejor. Hace tiempo leí una frase que me impreionó. Decía: "Lo importante es anunciar a Cristo, no contar cuantos escuchan". El tiene sabiduría y poder para hacer que cada palabra llegue a los oídos a los que tiene que llegar.

Un abrazo.

Tomás