20 de julio de 2014

Sobre e cierre de la capilla de la facultad de Geografía e Historia de la UCM (y muchas más cosas)

Esta semana he estado revuelto con el hecho de que el decano de la facultad de Geografía e Historia de la UCM quiere cerrar (canjear por un espacio de 10 m2 sin ventanas, que viene a ser lo mismo) la capilla de esa facultad. Dicen que es porque necesitan su espacio para aulas. Mucha gente puede pensar: “qué cosa más razonable querer tener más aulas en un facultad y, si para ello hay que cerrar la capilla, pues, ¡qué le vamos a hacer!”. Pero eso de que el cierre de la capilla es para dar más espacio a la docencia es mentira. Varias cosas lo hacen evidente. La primera es que ese cierre se había acordado años antes en una junta de facultad sin hablar de la necesidad de aulas. No se pudo llevar a efecto por el claro sectarismo de esta medida. Sólo después de este fallido intento se empezó a hablar de la necesidad de espacio como causa del cierre. Pero, por curiosidad, entre en la propia web de esa facultad y me encontré, ¡oh sorpresa!  Con que el número de alumnos de Geografía e Historia ha bajado desde 4.256 en el curso 2011-2012 hasta 3.948 en 2013-2014. Como no hay nada previsible que haga creer que esta tendencia vaya a cambiar, es difícil de entender que necesiten más aulas. Así pues, la excusa de la necesidad de aulas es, sencillamente, una mentira para cosmetizar la realidad. Se quiere quitar la capilla por motivos ideológicos.

Una segunda razón aducida por la UCN es que hay estudiantes musulmanes que tendrían también derecho a un lugar de oración en la universidad. Son varios los argumentos que hacen esta idea peregrina y hasta peligrosa.

Peregrina porque el número de estudiantes musulmanes es ridículamente pequeño.
Peregrina y mucho más importante porque el Islam nunca ha hecho nada positivo por cultura y la civilización occidental. Es, en cambio, totalmente innegable que las raíces de la cultura y civilización occidental son inequívocamente cristianas. Y esto es algo que en una facultad que dice ser de historia, debería enseñarse, porque es, sencillamente historia. Pero, hoy en día, la historia también se ha ideologizado. Pero es un hecho que las universidades han sido fundadas en occidente, todas las de renombre, por la Iglesia católica. En particular, la universidad Complutense, cuyo nombre ostenta la que rectorea José Carrillo, fue fundada, por una bula pontificia en el año del Señor de 1499. Es su lema afirma que Libertas Perfundet Omnia Luce, es decir, que la libertad ilumina todas las cosas. Por tanto, si no es espacio lo que falta, y la UCM cree que la libertad ilumuna todas las cosas, se debería dejar que los alumnos que se adhieren a esas raíces de nuestra civilización y nuestra cultura, tengan un sitio donde celebrar la raíz de las raíces: la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Peregrina, y esto es todavía más importante, por un principio tan evidente como el de reciprocidad. Cuando en una céntrica calle de El Cairo o Ryad pueda haber una iglesia y su párroco pueda salir a la calle a intentar llevar a quien quiera acogerla la luz del Resucitado, entonces el Islam empezaría a poder reivindicar un lugar de oración en una universidad de un país occidental. Pero la palabra reciprocidad es, sencillamente, blasfemia para el Islam.

Peligrosa porque el Islam tiene todavía que demostrar que tiene una influencia benéfica para la humanidad. Porque la cultura y la civilización que tienen por base a esa religión vulneran de forma flagrante y constante todos los derechos humanos más elementales. De hecho, varios países con una tradición democrática más antigua y profunda que la nuestra, han prohibido la construcción de mezquitas en su territorio. Pero en la reacción ideológica de la izquierda marxista contra el cristianismo, los ideólogos de esta tendencia prefieren aliarse con el Islam contra el cristianismo a reconocerle a éste libertad de expresión y culto. Peligroso, muy peligroso.

Tampoco estaría de más que el Marxismo intentase también demostrar que es una fuerza benéfica para la humanidad. Porque si se mira la historia, cosa que debería hacerse en una facultad de historia, el marxismo está teñido por la sangre, la miseria y la opresión de muchos cientos de millones de seres humanos. Todavía ayer, el vuelo MH17, con sus 295 muertos, fue derribado por un conflicto que tiene como origen los experimentos sociales de reasentamiento de pueblos llevados a cabo por Lenin y Stalin, hijos predilectos de Marx.

Lo de la capilla no es más que un pequeño capítulo en el desarrollo de este odio ideológico al cristianismo. Este odio arranca ya desde el mismo Marx. “La religión es el opio del pueblo” dijo este eximio pensador. Lo que es la religión es y, en particular el cristianismo, es una barrera contra ideologías que desprecian al ser humano y lo instrumentalizan. Y Marx se dio cuenta. Un segundo (o tercer) capítulo de este odio ideológico hay que buscarlo en la estrategia ideada por Antonio Gramsci en los primeros años 30 del siglo pasado. Hombre de inteligencia penetrante y lúcida, Secretario General del PC italiano, se dio cuenta de que el marxismo era incapaz de vencer al capitalismo ni por la sola competencia económica, ni tampoco militarmente, a pesar de las divisiones de Stalin. Ideó entonces una estrategia basada en la manipulación y la toma de los resortes intelectuales –universidades y medios de comunicación principalmente– por infiltración en ellos. Una infiltración sutil e inteligente. No se trataba principalmente de que los periodistas, universidades e intelectuales se hiciesen comunistas, tarea imposible, sino de que no siéndolo, actuasen como “tontos útiles” y “compañeros de viaje” (ambas expresiones son de puro cuño gramsciano). Si para ello había que usar la mentira de forma sistemática y machacona, pues se usaba. Una mentira repetida un número suficientemente grande de veces y por personas y medios con alto poder de influencia llegaría a ser considerada como verdad por la gente de a pie. Se trataba, con ello, de minar las bases de la cultura y la civilización occidental en su misma raíz. Si no podemos ganar quedándonos con lo construido por la civilización occidental, ganemos por el método de tierra quemada. Hagamos tabla rasa para empezar desde cero. Y, naturalmente, si se trataba de minar las bases de la civilización occidental, a Gramsci no le cabía la menor duda de que su mayor sustento era la Iglesia católica. Por tanto, ésta era el objetivo. Si alguien piensa que exagero o que soy un paranoico, le recomiendo que se informe un poco sobre los llamados “Cuadernos de la cárcel” que son varios miles de páginas que Gramsci escribió en la prisión de Mussolini, antes de morir, en las que explica esa estrategia. No se encuentran publicadas por dos motivos. Porque son muchas páginas, bastante desordenadas, en las que se habla de muchas cosas mezcladas y porque conviene mantener ocultas cartas marcadas que se van a usar. Pero tal vez esto debiera estudiarse en una facultad de historia.

Por eso he estado revuelto esta semana pasada. Este estar revuelto se ha traducido en ir todos los días a Misa en el pasillo de delante de la capilla, ya que esta se cerró con nocturnidad la noche del lunes al martes y se cambió la cerradura. Y creo que lo más importante que se puede hacer para evitar este proceso, uno de cuyos pequeños capítulos es el incidente de la capilla, es rezar por tres cosas. La primera, para que Cristo Resucitado, fuente del cristianismo y base de la civilización occidental, se cuide de ella como Él quiera. Segunda para que los propios cristianos sepamos comportarnos realmente como tales y demos el ejemplo que deberíamos dar siempre y que a menudo no damos. Tercera por que la inteligencia de los que odian ideológicamente al cristianismo se ilumine con la luz que nace de ese Cristo resucitado. Por esto, me da un poco de cargo de conciencia la dureza de lo escrito anteriormente, pero creo que sólo la verdad nos hace libres y sólo la libertad que nace de la verdad es la que puede iluminar todas las cosas, como reza el lema de la UCM. 

Tras esto, quiero escribir sobre algunas ideas que se me han venido a la cabeza en estos días de Misas y oración para intentar salvar del cierre la capilla de la facultad de Geografía e Historia de la UCM. En la homilía del lunes 14 de Julio, el sacerdote dijo que, proponiendo a Cristo como Salvador del mundo, los católicos no hacíamos mal a nadie sino que, al contrario, hacíamos mucho bien. Por una serie de asociaciones de ideas que espero que más adelante queden claras, se me vino a la cabeza Gertrud Von Le Fort.

Gertrud, nació en 1876 en una familia alemana de origen francés hugonote. Se crió en un ambiente protestante profundamente religioso. Su madre le había inculcado la lectura de dos libros: la Biblia y la “Imitación de Cristo” de Tomás Kempis. Quizá esta última lectura, extraña en un protestante, la puso en camino hacia el catolicismo. Estudió filosofía y teología en universidades protestantes, Heildelberg principalmente. Pero su camino hacia la Iglesia católica estaba trazado. A los cincuenta años, en 1926, se convierte sacramentalmente. ¿Pudo influir en su conversión la de Edith Stein, compatriota suya y filósofa como ella, bautizada en 1922, proveniente del judaísmo y del ateísmo, con la que mantuvo una relación epistolar? Caben pocas dudas al respecto. Dos años antes de su conversión sacramental, Gertrud escribe, como un regalo al mundo, para celebrar anticipadamente su bautismo, los “Himnos a la Iglesia”. La traducción del alemán al español les ha hecho perder, seguro, buena parte de su fuerza expresiva. Pero aún así impresionan profundamente. Son poesías filosóficas en las que el alma expone las dificultades de su búsqueda, sus preguntas, sus miedos, sus renuencias y renuncias, y la Iglesia responde. En el último himno, la voz de la Iglesia Eterna se hace oír por tu pluma.

“Pero cuando un día se inicie

el gran fin de todos los misterios,
cuando el Escondido surja como un relámpago
en las tremendas tempestades
del amor desencadenado,
cuando su regreso suene como tormenta
por el universo,
y dé gritos de júbilo la soterrada añoranza
de su creación,
cuando los globos de los astros estallen en llamas
y surja de su ceniza la luz liberada,
cuando.. [...],
cuando...[...],
cuando...[...],
cuando...[...]:
Entonces el revelado levantará mi cabeza
y, ante su mirada, mis velos se alzarán en fuego,
y yo estaré postrada
cual espejo desnudo ante la faz de los mundos.
Y los astros reconocerán en mí su luz glorificante
y los tiempos reconocerán en mí lo que tienen de eterno,
y las almas reconocerán en mí lo que tienen de divino,
y Dios reconocerá su amor en mí.
Y ya no recaerá sobre mi cabeza ningún velo
como el deslumbramiento de mi Juez.
En él se sumergirá el mundo.
Y el velo se llamará Gracia,
y la gracia se llamará Infinitud...
y la Infinitud de llamará Bienaventuranza.
Amén”.

Olegario González de Cardedal, en el prólogo a los “Himnos” describe magníficamente el sentido con que fueron escritos. Dice:

“El libro de Gertrud es una palabra dirigida a la Iglesia por alguien que está en camino hacia ella y la saluda de lejos, tras haberla descubierto. Es el canto alborozado de quien viene de una larga navegación, que ha avanzado muchas millas entre la niebla, emitiendo largos gemidos sonoros con la sirena para evitar choques y lanzando ráfagas de luz desde sus propios faros, para ver si divisa tierra. Por fin la tierra aparece en su figura, espesor y luminosidad. Es el saludo jubiloso de quien ya la ve real y se dispone a desembarcar en ella, aun cuando todavía esté a una distancia. Esta es la situación vital en que está escrito el libro. Saludo a la Iglesia católica de quien todavía no pertenece a ella”.

No puedo sino recomendar fervientemente la lectura de estas poesías. Gertrud murió en 1971.

¡Qué diferencia con tantos católicos de los que hemos nacido en la tierra prometida de la Iglesia y sólo vemos en ella los defectos, en vez de gritar ¡tierra! cada día llenos de alegría! Los que vienen de la nave errante oteando con ansia la tierra, no se preguntan si la arena de la playa será áspera o suave o si los frutos de los árboles serán más dulces o más ácidos. Es tierra, es la anhelada salvación y la aprecian.

En 1931, Getrud escribe su novela “La última del cadalso”, en la que narra el brutal asesinato, por parte de una revolución francesa sumida en el terror, de quince de las dieciséis carmelitas del convento de Compiègne, tan sólo once días antes de que fuese guillotinado Robespierre y acabase la fase más terrible de terror que haya pasado la humanidad antes del nazismo. Posteriormente, tomando como base esta novela, Georges Bernanos escribe su obra de teatro “Diálogo de Carmelitas”, de la que años más tarde, Francis Poulenc sacó el libreto para su ópera del mismo nombre. Ni que decir tiene que recomiendo también fervientemente ver esta ópera.

Pero no son ni los “Himnos a la Iglesia” ni “La última del cadalso” las obras que han hecho posible la asociación de ideas que me lleva a escribir esto. Son dos obras, una continuación de la otra, aunque escritas con veintidós años de diferencia, las que me llevan a escribir esto. Son “El velo de Veronica” (1928) y “La corona de los ángeles” (1946). Debo confesar que no he leído estos dos libros –cosa que espero subsanar pronto– y que todo lo que escribo sobre ellos proviene del tomo VI de la magnífica obra del jesuita Charles Moeller, “Literatura del siglo XX y cristianismo” (cuya lectura, aunque ya me haga pesado recomendando, también propongo), del capítulo dedicado a Gertrud Von Le Fort. De hecho, citaré profusamente textos de este capítulo de ese libro.

Verónica, una joven con un ardiente sentimiento católico tras una conversión juvenil, decide que sólo abrazando al mundo en todas sus miserias, haciéndose pecado con él, será capaz de salvarlo. Se enamora de Enzio, un joven estudiante y poeta alemán que cae en los brazos del nazismo y que, a pesar de amar a Verónica con la mitad de su alma, la odia con la otra mitad, porque representa lo que él más odia: el mundo de los valores cristianos. Verónica, en su afán de hacerse pecado con el mundo para salvarlo a través de Enzio, traspasa los límites que no pueden ser traspasados sin hacerse un terrible daño espiritual y casi sucumbe, moral y físicamente, a la perversión y la maldad creciente de Enzio. Pero no son ni Verónica ni Enzio los que me han llevado a escribir esto, sino un personaje de la novela lleno de nobleza. El tutor de Verónica. Profesor de filosofía de gran éxito, es un hombre sin fe que ama vehementemente la civilización occidental y reconoce, desde su falta de esa fe, las raíces cristianas de esta civilización y la grandeza de esta religión. Ello no obstante, piensa, con enorme honestidad, que la supervivencia de esa civilización es posible desde una cultura cristiana aún desprovista de la fe sobrenatural. Pero la fuerza arrolladora del nazismo le va haciendo ver la quimera de su creencia y su honestidad intelectual le lleva a darse cuenta de ello con una trágica lucidez. A partir de ahora, y a riesgo de resultar pesado, hilaré citas de este libro de Moeller que permiten seguir este proceso.

Lleno de respeto y de amor por la civilización cristiana, dispuesto a sumergirse valerosamente en las profundidades de las cosas, pero desprovisto de fe religiosa y de metafísica objetiva: así es como aparece este espíritu. ¿Cómo no reconocer aquí todavía una de las actitudes más características de los pensadores liberales, que llegan, en el ocaso, al umbral de una inmensa amenaza? El profesor tiene conciencia de esta amenaza.
[…]
El profesor es verdaderamente incapaz de comunicar a sus estudiantes el respeto al amor de una cultura que vale por sí misma, aunque la religión que la ha creado haya dejado, o casi dejado, de existir en el corazón de los europeos. Esta diferencia sutil y trágica entre dos fuerzas de paganismo es lo que constituye la esencia del divorcio entre dos generaciones, la del profesor y la de sus alumnos.

En realidad, el profesor lo sabe muy bien: viven, él y los suyos, una especie de crepúsculo del cristianismo. Nadie sabe si el sol saldrá mañana. En el momento en el que Verónica le pregunta si el crepúsculo de la civilización cristiana va a durar mucho, los ojos del profesor se fruncen un instante como si hubiera visto un fantasma en pleno día.
[…]
Se repite la pregunta: “un crepúsculo, ¿puede ser largo?”. El profesor, con esa clarividencia valerosa y casi inhumana que, aquella tarde, llega a su culminación, declara entonces que, por esencia, un crepúsculo no puede ser largo, pues indica que “el sol ya se ha puesto”. Y añade que él mismo no es más que un eco. […] No tiene la fe cristiana; pues ésta –lo siente, lo ve en Verónica– es una fuerza capaz de hacer madurar los frutos. Comprende entonces que los estudiantes que siguen a Enzio son más lógicos que él: para ellos, sus clases representan una especie de museo del espíritu, el canto del cisne de una civilización, pues, habiendo visto claramente que la civilización occidental se ha nutrido de la fe cristiana, una vez establecida la falsedad de esta religión, una vez demostrada su impotencia –y, como se recordará, uno de los reproches de Enzio era el fracaso de Cristo en lograr la unión de los hombres–, es preciso rechazarla y rechazar con ella el árbol que ha hecho crecer.

El profesor, por su parte, quiere conservar los frutos, la civilización, la cultura, sin tener su raíz, sin poseer la fe que los ha hecho crecer. Hay en ello una falta de lógica que él ve cada vez más claramente. Es lo que hace que le diga a Verónica, con una humildad y una lucidez que oprimen el corazón, que se puede vivir algún tiempo en el crepúsculo, pero que él no puede habitarlo:

No, respondió por fin, sencillamente; no tengo ese poder. El crepúsculo sólo puede transfigurar, pero no hace que maduren los frutos. El respeto de la fe cristiana y el conocimiento de su profundidad no podrían reemplazarla.

[…]
Había creído poder seguir viviendo mucho tiempo de los reflejos de un sol que se había puesto hacía ya mucho. Había soñado, un instante, que tal vez algunos de la generación siguiente aceptarían salvar la herencia.
[…]
El respeto a la fe cristiana, el conocimiento de su profundidad, han permanecido en el corazón de la generación representada por el tutor de Verónica: por eso esta generación podía apreciar aún el valor esencial, vital, de la cultura cristiana de Occidente. Pero el respeto de la fe, el conocimiento de su profundidad, no reemplazan, no pueden reemplazar a la fe misma.
[…]
Sólo la fe cristiana puede salvar los valores vinculados a la civilización occidental. Se puede vivir mucho tiempo de un crepúsculo, del perfume del vaso quebrado de la sombra de una sombra; pero al cabo, todo se evapora, y el valor de quienes son los testigos de esta civilización occidental no los librará de la destrucción.
[…]
Es entonces cuando Verónica recuerda a su tutor la canción con que termina la “comedia” de los personajes románticos. Aquella canción no decía: “Siempre me voy cuando me voy” sino “Nunca me voy cuando me voy”: una esperanza brilla al otro lado de la catástrofe. El profesor, entonces, entrevé “una manera de quedarse en la separación”, una “posesión en el renunciamiento”, una “victoria en la derrota”. Vislumbra una de aquellas relaciones lejanas con que asombraba siempre a sus auditorios universitarios, y añade, hablando de esta catástrofe de amplitud insospechada, a la que seguirá una nueva esperanza:

-¿Quiere usted decir que el dolor y la muerte son las condiciones previas para la resurrección?
-Sí, respondió; así es. Mientras existan en este mundo los sufrimientos y la muerte, habrá también en él cristianos. Y mientras haya cristianos habrá resurrección.

[…]
… el cristianismo existirá siempre en el corazón de ciertos hombres, porque siempre habrá seres que acepten sufrir y morir con Cristo.

He aquí por qué el profesor puede comprender que la cultura occidental que aparentemente “se va”, “no se va”, como en la canción.

En realidad el puente que debe permitir “pasar a la otra orilla” será el corazón de Verónica. No es el profesor quien puede salvar la cultura amenazada por Enzio; es Verónica, y sólo ella, la que puede proteger y salvar.

El abismo está ahora totalmente descubierto: de una parte el crepúsculo de la civilización; de otra, una mística inhumana, que nutre el odio en el corazón de Enzio con relación a Verónica, a la que ama, sin embargo, más que a todo. […] Acabamos de ver la amenaza que este odio hace pesar sobre el mundo entero. La paradoja ha alcanzado su plenitud: la única salvación del mundo es el cristianismo; pero el mundo rechaza al cristianismo; Enzio llega incluso a odiarlo en aquella a quien ama. Ninguna fuerza mediadora puede interponerse entre estos dos mundos que se aman y se odian. No obstante el grupo de los ángeles portadores de la corona[1] anunciaba una misteriosa reconciliación.

La primera novela “El velo de Verónica” se publica en 1928, cuando ya estaba escrito Main Kempf, cuando ya el nazismo parecía una fuerza imparable, aunque todavía le faltasen cinco años para hacerse con el poder absoluto. La segunda, “la corona de los ángeles”, escrita en 1946 ya ha visto la derrota del nazismo. Pero el problema subsiste. El nazismo fue un ataque frontal, brutal, contra la civilización occidental y sus bases cristianas. Pero la historia no ha terminado. Como siempre, si no se sacan de ella las lecciones adecuadas, se repite bajo nuevos signos. Otra vez la civilización occidental está siendo atacada en sus raíces. Esta vez de una forma sutil y soterrada que se llama relativismo. Occidente no se salvó del ataque del nazismo por la fuerza de la fe y del amor, sino por medio de una terrible guerra. Pero la lección no se ha aprendido. La guerra no fue una victoria definitiva de la civilización occidental y de sus valores cristianos. El desprecio hacia éstos no ha parado de aumentar desde entonces. Y ante este ataque soterrado, que mina toda determinación y toda capacidad de reacción, no cabe, afortunadamente, una guerra que, en todo caso, sería otra vez una solución errónea. Sólo cabe la respuesta de la fe, la oración y el amor. Sólo esta respuesta puede preservar los frutos de esta civilización, de esta cultura, frente a este neopaganismo travestido.

Por eso mi llamada a salvar la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM va dirigida a todos los que nos movemos entre los extremos de la respetuosa increencia y la capacidad de dar la vida por Cristo. Claroscuro, niebla luminosa, entre los que va deambulando nuestra vida. Parafraseando a Solschenizin: La línea que separa la fe de la increencia pasa por medio del corazón de cada ser humano. [...] Mientras dura la vida de un corazón, esta divisoria se desplaza por él, ora empujada por la sombra, ora atraída por la claridad. El mismo hombre, en sus distintas edades, en distintas situaciones vitales, es un hombre totalmente diferente. Unas veces está bajo una noche de luna, más o menos llena, otras bajo el sol la fe, más o menos nublado.

Estos días, en las Misas de la puerta de la capilla, he tenido la sensación de estar aportando un humilde granito de arena a la verdadera salvación de esta civilización. Podrá pensarse que estoy exagerando este pequeño incidente de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la UCM. No lo creo. Cada uno de nosotros somos seres pequeños que sólo podemos hacer lo que podemos hacer, que es muy poco. Pero si hacemos eso poco que podemos y tenemos que hacer, la gracia de Dios puede hacer el resto. Alguien dijo alguna vez: “Da cada día un pequeño paso en la dirección correcta y estarás marcando el rumbo a la humanidad”. ¡Vigilancia y calma! Decía el Señor al rey de Judá a través de Isaías en las lecturas del martes. ¡Vigilia y paz! Vigilia de oración. Vigilia de hacer eso poco que podemos hacer, aunque parezca insignificante. Paz, porque entonces, hecho nuestro trabajo de siervo inútil, la gracia puede hacer que los reproches de Enzio al fracaso de Cristo en lograr la unión de los hombres” pierdan su fundamento. No por el valor de ninguna acción, mía ni de nadie, sino por lo que esa  gracia de Dios quiera hacer con ellas. No hoy ni mañana, sino cuando Él quiera. Entonces, la acumulación de oraciones y de Eucaristías de tantos cristianos, unidos sus propios anhelos humanos por la salvación del mundo a los de los no creyentes que aman esta civilización, estallará. No importa que se acabe cerrando la capilla. Ni la más minúscula oración se pierde nunca. Por eso lanzo estas llamadas que a alguno le parecerán inútiles. Porque sólo así se puede alcanzar la masa crítica para que, como ocurre con las bombas atómicas, estalle una de luz, y amor que salve a Occidente y al mundo. ¿Soñador? ¿Ingenuo? ¿Alucinado? Puede, pero miro al mundo y veo: La franja de Gaza, Siria e Irak, Rusia y Ucrania, todo el integrismo islámico, Somalia, países como Venezuela que se precipitan al desastre sin motivo para ello, corrupción, etc. (ojo, también veo muchas cosas muy buenas, pequeñas y anónimas unas, grandes otras. No podemos caer en lo que Stephen Jay Gould calificó como “La gran asimetría”: El 90% de las noticias se centran en el 10% de las cosas malas. Eso nos daría una visión sesgada, falsa y derrotista de la realidad. El fracaso de Cristo que escandaliza a Enzio tiene un mucho de espejismo) y me digo que no hay otra solución a mi alcance. Prefiero pasar por “soñador, ingenuo y alucinado” al desánimo, el derrotismo y la omisión de la pasividad.

Creo, volviendo a las palabras del sacerdote en la homilía del lunes, que los cristianos, rezando a nuestro Dios por este mundo, sólo no hacemos daño a nadie, sino que hacemos mucho bien a mucha gente. Acabo con una poesía que leí hace años y que guarde, aunque no anoté quien era su autor, que puede ser un buen broche final a lo dicho hasta aquí.

Aquí estoy, mi Dios.
Regando este desierto con mi regadera.
Para que florezca.
Tú me lo has pedido
y Te hago caso.
Créeme si Te digo
que no entiendo.
Me quema la tentación
del desánimo y del tedio.
De lo patético y lo inútil.
Del abandono.
Pero sé que no.
Lo sé en lo más profundo.
Allí donde el alma y el cuerpo
se confunden,
allí,
confío en tus promesas.
Porque sé que la victoria es tuya.
Tú.
Ni yo,
ni menos aún mi regadera,
sino sólo Tú,
convertirás en un vergel la estepa
donde el narciso florecerá para tu gloria.
Tu fidelidad eterna
llegará cuando Tú quieras.
Cuando tu sabiduría lo decida.
Y entonces,
cuando Engadí se llene de viñas,
cuando las aguas salobres,
podridas y estancadas,
rebosen de peces,
cuando las redes se rompan,
diré entonces:
“Yo estuve allí,
con mi Dios en la batalla”.
Me alzaré alto,
la frente erguida,
lleno de orgullo ajeno.
Diré; “en su misma copa
he estado bebiendo.
Luché junto a mi Dios
hombro con hombro”.
Y será entonces
tu gloria mi refugio.
Colgaré de la pared,
como un trofeo,
esa regadera que hoy me pide
el desánimo de la melancolía.



[1] No es una referencia angélica. Verónica recuerda siempre cómo en su infancia le impresionaba una cama que, en la cabecera, había una talla de grupo de ángeles sosteniendo una corona.

2 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

Apunte:

"porque el Islam nunca ha hecho nada positivo por cultura y la civilización occidental."

y las matemáticas?

Anónimo dijo...

Hola Javier: Lo primero, decir que una frase es sólo una frase, no una explicación. Si me permites, diría que "ha hecho muy, muy, muy poco por la cultura y la civilización occidental. Mucho menos de lo que los tópicos dicen.

Matemáticas: Poco más que copiar a los griegos. Estos ya tenían un sistema numérico cuasidecimal (es un misterio para mí quem los romanos, tan inteligentes para todo tuvieran un sistema numérico tan absurdo, pero no es el caso de los griegos)sabían álgebra, geometría y los musulmanes no avanzaron mucho en ninguno de esos campos más allá de traducir a los griegos.

Regadío: Absolutamente falso que lo "inventaran" ellos. En la España visigótica había unas leyes muy muy sofisticadas para regular el regadío. Los visigodos lo copiaron de los romanos y los árabes, de los visigodos en occidente y de los bizantinos en oriente.

Arquitectura. El arco de herradura es bizantino. Aparece por primera vez en la mezquita de la Roca (o de Omar) en Jerusalén que fue construida por arquitactos bizantinos. Las mezquitas turcas como la mezquita azul de estambul, son copias en pequeño de Santa Sofía, cuyo tamaño de cúpula nunca fueron capaces de superar.

Astronomía. Poco más allá de Ptolomeo llegaron, si es que avanzaron algo.

Filosofía. Tradujeron (mal, de una manera dualista) a Aristóteles para adaptarlo lo mñas que podían al Islam.

Y así sucesivamente con casi todo.

Desde luego, con los Omeyas y los Abásidas, hubo un resurgir cultural, por la influencia bizantina. Pero un día, en el siglo XI, un tal Al Gazali, se dio cuenta de que si seguían así (sobre todo con la filosofía aristotélica, aunque estuviese mal traducida para adaptarla al Islam), acabarían con el Islam, ya que ambas eran abiertamente contradictorias (cosa que no le pasó a Santo Tomás). Y, desde entonces, vuelta a la más estricta ortodoxia y punto final a la edad de oro. Los libros de Averroes fueron quemados en Córdoba y él condenado al exilio.

En lo económico jamás fueron capaces de generar riqueza. Su unica fuente era el saqueo. Cuando su podería militar se acabó, empezó un declive que todavía hoy no ha acabado.

Así que de todas las lindezas del progreso del Islam, la mitad de la mitad de la mitad...

Un abrazo.

Tomás