25 de septiembre de 2014

Dios y Stephen Hawking

Tengo un respeto enorme por Stephen Hawkins como científico. De ninguna de las maneras me atrevería a discutir con él –pobre de mí– sobre el proceso de evaporación de los agujeros negros por el desdoblamiento cuántico de partículas virtuales, principio científico postulado por él y por Roger Penrose.

Mi respeto se convierte en admiración cuando le veo como ser humano. Su lucha titánica contra la terrible enfermedad del ELA[1], que ya dura cincuenta años –el promedio de supervivencia a esa enfermedad es tan sólo de unos pocos años– me parece la de un héroe griego contra la fuerza del sino.

Y, claro, no sólo respeto, sino que considero como de gran peso sus opiniones sobre cualquier aspecto de la vida, aunque sea fuera de la ciencia. Con una diferencia: que en esos campos sí que me atrevo a discrepar de él. Y en sus opiniones sobre la existencia de Dios, su papel en el mundo, y la relación entre ciencia y religión, me permito discrepar. Con el mayor respeto del mundo, pero discrepar con argumentos. Porque ninguno de estos temas es científico. Cuando uno habla de las opiniones de un científico –y más si se trata de un gran científico con el aura que tiene Stephen Hawking– hay que tener un fino bisturí para separar lo que es ciencia y lo que son opiniones, muy razonables, pero no científicas. Y a ello voy. Porque este domingo, Hawking ha saltado a la primera página del diario El Mundo con titulares muy agresivos a ese respecto. Pero esos titulares reflejan sólo opiniones no científicas.

El titular más grande dice: “El milagro no es compatible con la ciencia”. Hasta el descubrimiento de la física cuántica, en el primer tercio del siglo XX, esa frase tenía visos de poder ser cierta. Efectivamente, hasta ese hito científico, la ciencia pensaba que vivíamos en un mundo determinista. Era un paradigma científico la frase de Pierre Simon de Laplace (1749-1827) que decía: “... hemos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que en un momento dado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente vasta como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el pasado como el presente estarían presentes ante sus ojos”. En un mundo así, no era explicable la libertad humana. Y si hubiese un Dios que hubiese creado un mundo así, estaría atado de manos para hacer milagros, salvo que, en su omnipotencia, vulnerase sus propias leyes, lo que no sería digno de un Dios coherente. Pero la física cuántica ha venido a destruir la posibilidad de un mundo determinista y a hacer añicos el paradigma científico de Laplace. Cada partícula del universo puede, al colapsar su función de onda[2], tomar caminos imprevisibles que hagan que ese determinismo salte por los aires. Esto dejaría las manos libres a ese hipotético Dios para, sin vulnerar sus leyes –él sería también el creador de las leyes de la física cuántica que serían una ventana para poder actuar sobre el mundo sin contradecirse– marcar cuando quisiese el curso de los acontecimientos físicos. Por lo tanto no es lógico decir que Dios no existe porque los milagros que se supone que hace no son compatibles con la ciencia. La cosa queda en condicional. Si existiese ese Dios, a través de su criatura –la física cuántica– podría hacer milagros sin traicionar sus obras[3]. Por supuesto, esto de ninguna manera lleva a que podamos afirmar que existe Dios, pero sí a dejar abierta la puerta a su existencia.

Lo anterior nos lleva a una cuestión importante: Los paradigmas de la ciencia están continuamente cambiando. Lo que hoy era incontestable, años más tarde resulta no ser así. Así ha pasado con el determinismo, la existencia del éter, la dinámica newtoniana, la separación entre masa y energía, la expansión relentizada del cosmos, etc. Todos los paradigmas científicos anteriores, por citar algunos, han caído por los suelos, minados por la propia ciencia. Nada nuevo. Ya nos lo había explicado en filósofo de la ciencia –no creyente, por cierto– Karl Popper (1902-1994).

Lo que nos lleva al segundo titular, en letra sólo un poco más pequeña: “No hay ningún dios. Soy ateo. Ningún aspecto de la realidad está fuera del alcance de la mente humana”. Estas tres afirmaciones no tienen ninguna base científica. Son opiniones y tomas de postura personales. Respetabilísimas, pero opiniones al fin y al cabo. Dejo de lado las dos primeras para centrarme en la tercera. Me parece que esta afirmación está muy cerca de las que hacían creer que la Tierra estaba en el centro del cosmos. Peca de un terrible antropocentrismo. Intentaré explicar esta aseveración. La ciencia se basa en mediciones. Ahora bien, todos los aparatos de medida están construidos en un mundo de tres dimensiones espaciales[4], que es en el que vivimos. Y sirven para detectar partículas, medir distancias, comparar movimientos, en estas tres dimensiones (he omitido poner medir tiempos, porque no sabemos medir el tiempo. Lo más que sabemos es comparar cambios y movimientos entre dos fenómenos, uno de los cuales está calibrado y nos sirve para comparar sus cambios con otros. A esa comparación es a la que llamamos tiempo. Pero el tiempo de verdad, la dimensión temporal, no la sabemos medir). Pero pensar que en la realidad no hay más que estas tres dimensiones espaciales, me parece una simplificación tan antropocéntrica como pensar que la Tierra está en el centro del cosmos. ¿Qué tiene de mágico el número tres para creer que sólo hay tres dimensiones espaciales? Poca cosa. Sólo que son las que somos capaces percibir. Podría haber 8, o 37, o 5,3267*1059, o infinitas. Y si la realidad tuviese más de tres dimensiones espaciales, ¿nos atreveríamos a decir que nuestra mente, a través de la ciencia empírica, llegará un día a descubrirlas? Decir que sí, es un acto de fe, que es lo que Hawking hace. Y, además, y lo digo con todo respeto, pero razonándolo, un acto de fe sin lógica, porque, por su propia esencia, medir, pesar, contar, todo lo que esté más allá de tres dimensiones le está vedado a la ciencia. Me parece oportuno aclarar que cuando digo que la ciencia no llegará a saber eso, no estoy poniendo una barrera de posibilidad metodológica, como cuando se decía que jamás se llegaría a saber de qué elementos estaban hechas las estrellas. No. Me refiero a unas barreras intrínsecas a la ciencia que reconocen todos los científicos. Empezando por el propio Hawking, que admite que no se puede, intrínsecamente, saber lo que hay más allá del horizonte de sucesos de un agujero negro. Es decir, la ciencia tiene fronteras intrínsecas, más allá de las cuales la mente humana no puede llegar.

Este tema nos lleva de la mano a otro, que no aparece en titulares, pero que late por todo el artículo. La llamada “teoría del Todo”. Hawking, en su libro “Historia del tiempo” de 1987, afirmaba que, a no mucho tardar, la ciencia llegaría a descubrir una ecuación general que lo explicase TODO. Y decía que esto sería como conocer “la mente de Dios”. Por supuesto, esto no era, como parece que dicen los periodistas, que por aquél entonces Hawking creyese en Dios. Era simplemente una forma de hablar, una imagen. Él mismo lo aclara cuando dice: “Lo que quise decir cuando afirmé que conoceríamos la mente de Dios era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de comprender si acaso existiera”. Ahora, Hawking sigue creyendo en la teoría del Todo, aunque ha prescindido del “si acaso existiese” para pasar al “no existe”. Sigue creyendo que está a punto de descubrirse esa “teoría del Todo” a pesar de que la mayoría de los científicos piensan que es algo a lo que, si algún día se llaga, será dentro de mucho tiempo. Si esa ecuación existiese, piensa Hawking, con ella todo quedaría meridiano en nuestra mente. Pero creo que esto tampoco se sostiene. Primero, porque esa ecuación, o se limita sólo al cosmos tridimensional, lo que explicaría una mínima fracción de la realidad, o, si pretendiese abarcar más dimensiones, no sería científicamente comprobable, como acabo de mostrar. Además, tras la física cuántica, semejante afirmación es aferrarse al paradigma obsoleto de Laplace. Podría, tal vez, llegarse a saber la fórmula que determinase la función de onda de todo el cosmos, (hoy no se sabe calcular la función de onda de nada que supere a unas cuantas partículas elementales interaccionando, pero no existe límite intrínseco para avanzar en esa dirección así es que en el futuro, tal vez pudiera determinarse la función de onda de Todo). Pero la propia física cuántica asegura que el colapso de esa gigantesca función de onda es indeterminado, sólo condicionado por una distribución probabilística. Pero, además, hay una diferencia abismal entre disponer de una fórmula matemática que describe la realidad y comprender esa misma realidad. Imagino al mejor matemático del mundo ante la fórmula del Todo y que alguien le preguntase qué dice la fórmula que va a pasar con su dolor de cabeza. Confundir un mapa en Braille de un país con el territorio que representa es, creo yo, y con el debido respeto, un error. Así que dejemos tranquila la mente de ese hipotético Dios que, de existir, comprendería “visualmente”, toda la realidad con todas sus dimensiones, sencillamente porque la habría creado Él. Cosa que nosotros no podríamos hacer aunque tuviésemos la ecuación del Todo.

Pero pasemos a otro tema abordado por Hawking. Afirma en su libro “El gran diseño” que la materia se autogenera a sí misma. Pero, lo cierto es que ningún experimento, en ningún acelerador de partículas ha producido jamás semejante resultado. Ciertamente, pueden aparecer partículas a partir de la energía, como, viceversa, se puede hacer aparecer energía en la aniquilación de partículas. Esto ya lo descubrió Albert Einstein en su teoría especial de la relatividad con la famosa E=m x c2. Pero, hoy por hoy, sigue manteniéndose el principio básico de la física de la conservación de la materia-energía. Cuando, en 1989, le fue concedido a Hawking el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, que no el de Investigación Científica y Técnica, leí una entrevista en la que dijo: “El universo salió de la nada como una burbuja de vapor brota de un recipiente de agua hirviente”. Si esto no fue alguna malinterpretación periodística, es un buen ejemplo de contradicción en los términos.

Más bien que a la nada, creo que este símil alude a la teoría del multiverso. Según esta teoría existe una materia primigenia, eterna, informe, sin leyes que la rijan, de la cual brotan infinidad de universos, cada uno con su Big Bang particular y cada uno de ellos con unas leyes de la física diferentes. Esta teoría del multiverso nace para dar respuesta a una cuestión incómoda, planteada por el físico Roger Penrose, compañero de Hawkings en el estudio de la física de los agujeros negros, y no creyente. Según Penrose, las probabilidades de que en nuestro universo haya unas leyes como las que lo rigen, que permitan su evolución hasta ser como ahora es, son tan ínfimas que es un suceso inmensamente menos probable que entrar en una habitación de 100 m2 con el suelo cubierto de monedas y que todas estén en cara[5]. Nadie en el mundo podría convencernos de que no ha habido alguien que las ha colocado así con alguna finalidad desconocida. Claro, esta es una situación incómoda que requeriría una intencionalidad para el universo. Y sólo tiene una salida. Postular la existencia de un inmenso número de universos (¿tal vez infinitos?). Si esta petición de principio fuese cierta, nada impediría que en algún universo se diesen las condiciones que se dan en el nuestro y que el hecho de que parezca que tiene un designio sea un espejismo causado porque  estamos aquí para observarlo por pura casualidad. ¿Puede ser cierta esta petición de principio? Puede. Pero hay un problema. Que lo mismo que hay una limitación intrínseca para hacer ciencia sobre otras dimensiones o sobre el interior de los agujeros negros, la hay para ver lo que había “antes” del Big Bang. Por tanto, la teoría del multiverso no puede ser una teoría científica. Es tan digna de ser considerada como cualquier otra, pero no es científica. Yo abogo por un gran diseño que surja, no de la aparición inútil de infinitos universos de desecho, sino de uno que parta de un diseñador con un propósito. Y mi hipótesis es, al menos, tan digna de respeto como la de los multiversos. O tal vez más, porque sólo conocemos este universo tan especial y nunca conoceremos otro. Especular sobre la existencia de infinitos universos me parece ocioso. Y creo que Guillermo de Occam, con su tijera, me daría la razón.

Pero, me queda una última cuestión a la que creo que difícilmente puede contestar la ciencia y de la que no habla Hawking. Y es la gran pregunta vital, la que ha movido a las mejores mentes de la humanidad, la que puede dar un sentido a nuestra vida. ¿Todo esto para qué? ¿Para qué todo este inmensamente maravilloso universo? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué sentido tengo yo dentro de él? ¿Para qué demonios estoy aquí? La única respuesta que puede dar la ciencia a esto es el silencio. Porque en el método científico no caben las causas finales. Sin embargo el que las causas finales no entren en su método, de ninguna manera quiere decir que no existan. No tenemos más que ver nuestra vida para darnos cuenta de que existen y que son las que más impacto tienen en nuestros actos. Sin embargo, muchos científicos, en vez de decir un humilde “como científico no lo sé”, niegan la mayor y dicen: “No hay causas finales, no hay un sentido”. Pero al hacer esto, reducen el magnífico universo que nos han dado a conocer a un salto de pulga absurdo entre la nada y la nada. Y lo hacen gratuitamente, sin la más mínima prueba y negando una evidencia como su propio actuar en el día a día.

Y si en nosotros vemos unas causas finales que en la materia pura y dura no existen, ¿de dónde vienen? ¿Cómo la materia inerte puede producir la aparición de unos seres que buscan el sentido, que lo necesitan como el comer, que tienen sed de él? C. S. Lewis le decía en una carta a un amigo suyo que estaba en búsqueda del sentido de su vida. “Y ahora, otra cosa sobre los deseos. Un deseo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero ¿qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: ‘Tener hambre no prueba que tengamos pan’. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto tenga ‘comida’, sí prueba que existe la comida. P. ej. si fuéramos una especie que no comiera normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo (sin sentido) es ‘feo’. Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista (sin sentido), ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hicieren, ¿no sugeriría fuertemente este mismo hecho que no hubieran sido siempre criaturas acuáticas?

La religión sí que tiene algo que decir a este respecto. Cierto que no hay unanimidad, como ocurre cuando los científicos hablan de la segunda ley de la termodinámica. Pero es la religión la que busca en el pajar donde se encuentra la única aguja que da sentido a la vida. Y, además, hay algunas religiones que tienen el convencimiento de que ese Dios, creador del sentido y de quien deriva esa sed de sentido que nos domina, nos ha revelado sus planes para enseñarnos ese sentido. Más. Hay una religión que afirma que ese Dios dador de sentido, se ha hecho uno de nosotros para hacérnoslo conocer. ¿Locura o sabiduría? Ya lo dijo san Pablo: Escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados, tanto judíos como griegos (o sea, todos), un Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios”.

Al final, la ciencia es un magnífico trade-off entre la renuncia a acceder a ciertas verdades y la certidumbre de los resultados obtenidos dentro de unas confortables fronteras. Y ese trade-off ha rendido y seguirá rindiendo grandes beneficios para la humanidad. Pero es eso, un trade-off, no es, ni puede ser, la negación de que haya algo misterioso más allá de las fronteras de lo empírico. La religión explora, a tientas, es cierto, o, más bien, iluminada por una luz diferente para la que hay que entrenarse, lo que hay más allá de esas fronteras, que es lo realmente importante para nuestra vida. Recuerdo una historia de un hombre que, una noche, estaba buscando unas llaves bajo la luz de un farol. Se le acerca otro hombre y le ayuda a buscar sus llaves. Al cabo de un rato, le pregunta: Pero, las llaves, ¿se le han caído aquí? No, le responde el primero, se me han caído en lo oscuro, pero aquí hay más luz para buscarlas. Nuestras llaves no están en el mundo empírico de la ciencia. Y en esa zona incierta es donde busca a tientas la religión. ¿No sería razonable entrenarse para percibir su peculiar luz? La religión hace de nuestra vida la búsqueda más apasionante que pueda darse. La de preguntarse: ¿Qué tengo yo que hacer en esta vida? ¿Cuál es mi misión? ¿Para qué estoy aquí? Y esa búsqueda puede llenar de sentido la vida. La de todos. No sólo la de los hombres de éxito, como Hawking, que pueden llegar a pensar que ese éxito es su sentido, sino también la del hombre corriente, que trabaja en una oficina de 8 a 5 en un trabajo monótono y pesado. Incluso si, además, tiene una vida personal y familiar arruinada.

Muchos extraordinarios científicos aceptan lo que Stephen Jay Gould bautizó con el nombre de “non overlaping magisteria”, refiriéndose a los campos de búsqueda de la verdad, no solapados, de ciencia y religión. Me parece una respuesta más adecuada. Ciertamente, si solaparse quiere decir no intentar aplicar para una los métodos de la otra, estoy totalmente de acuerdo. Pero respetando este no solapamiento de métodos, el resultado de ambas búsquedas es mutuamente enriquecedor. Es como ver una película en 3D gracias a la visión complementaria de cada ojo. Esta riqueza estereoscópica la expresó, mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo, el premio nobel de física William Bragg cuando dijo: De la religión procede el objetivo del hombre; de la ciencia su poder para alcanzarlo. El objetivo sin poder es ilusión. El poder sin objetivo es absurdo. A veces la gente se pregunta si la religión y la ciencia no se oponen la una a la otra. Así es: en el mismo sentido en que el pulgar y los otros dedos de mi mano se oponen entre sí. Una oposición por medio de la cual se pueden coger firmemente muchas cosas.

¿Qué será mejor, ponerse las gafas que nos permitan esta visión en profundidad o sacarse un ojo? A mí no me cabe duda. Si nos conformásemos con un solo ojo, nos empobreceríamos. Por citar a otro gran científico, Edwin Sxcrödinger, uno de los padres de la física cuántica: La imagen científica del mundo es muy deficiente. Proporciona una gran cantidad de información sobre hechos, reduce toda la existencia a un orden maravillosamente consistente, pero guarda un silencio sepulcral sobre [...] todo lo que realmente nos importa. [...]... no sabe nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad. A veces la ciencia pretende dar una respuesta a estas cuestiones, pero sus respuestas son a menudo tan tontas que nos inclinamos a no tomarlas en serio [...]. La ciencia es incapaz de explicar mínimamente por qué la música puede deleitarnos, o por qué y cómo una antigua canción puede hacer que se nos salten las lágrimas. Definitivamente, prefiero dos ojos.



[1] Por cierto, ¿habéis aceptado el reto del cubo de agua con hielo? Si no, yo desde aquí os reto.
[2] Sería largo y tedioso explicar qué es esto de la función de onda y su colapso. Quien quiera esta explicación que me la pida y le mandaré algunas páginas de mi libro “El Señor del azar”, ya agotado e imposible de adquirir. Y que luego no me recrimine por el rollo que le mandaré. (Ponedme un comentario en el que aparezca vuestro mail para que os lo mande. No publicaré el comentario).
[3] Si alguien está interesado en esto, que me lo diga y le mando otras páginas del mismo libro citado en la nota al pie anterior.
[4] Parece, según algunas construcciones matemáticas no comprobadas empíricamente que hay, además de las 3 dimensiones espaciales y la temporal, otras siete espaciales. Pero están “enrolladas” de una forma tan pequeña que no podemos percibirlas. Es un constructo matemático que ayuda a entender determinados fenómenos, pero al no ser empíricamente detectables, caen fuera de las fronteras de la ciencia.
[5] Penrose cifra esta probabilidad en 1/10(10 ^ 128). El número del denominador es inconmensurablemente mayor que un 1 seguido de tantos ceros como partículas elementales hay en el universo. Es decir, puede considerarse un suceso imposible.

1 comentario:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

En estos temas suelo proponer un enunciado que, a mi parecer, no solo funciona, sino tiene mucho de cierto. La 'realidad' tiene muchas dimensiones. Es labor de la ciencia explicar los qué, cómos, cuándos, dóndes, porqués. Pero los 'para qués', esos a la ciencia ni le interesa saber ni podría, aunque quisiera, responder. Porque no es su papel. De quién sí? Pues podría ser de la filosofía, o para los que creemos, de la fe, de la religión.

Este tema que sacas de la tridimensionalidad me recordó este artículo que vi apenas en un portal de noticias: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2014/09/22/el-ateo-unidimensional-religion-iglesia-opinion-hawking-dios-martinez-gordo.shtml



saludos!