8 de febrero de 2019

No, si al final va a tener razón Chesterton, aunque sea por razones equivocadas y en el momento equivocado


Chesterton es uno de los pensadores más agudos y perspicaces que conozco. Su ironía y su sentido del humor, unidos a mi coincidencia con casi la totalidad de su pensamiento, hace que sea uno de los escritores que más admiro. Por eso, me da pena no coincidir con él en su visión de la economía. Es manifiestamente anticomunista, en lo que, por supuesto, coincido con él. Pero, aunque no con la misma virulencia, es también muy contrario al sistema capitalista. Comprendo, hasta cierto punto, aunque no comparto, su opinión, pues vivió su juventud a finales del siglo XIX cuando el capitalismo era lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’. En la frase anterior pueden llamar la atención las expresiones “hasta cierto punto” y “lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’”. Creo que esas expresiones merecen una aclaración.

Empiezo por lo de “lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’”. Lo primero que debo decir es que esta adjetivación del capitalismo, no nace en principio para referirse al capitalismo del siglo XIX, sino lo hace en una fecha tan tardía como los años 80 del siglo XX, cuando ya el capitalismo había perdido una gran parte, si no todo, de su ‘salvajismo’, cuando prácticamente ya había superado la lucha de clases y cuando ya se olía la derrota del comunismo. Es, por tanto, un fruto tardío de la propaganda marxista. Pero, olvidando este origen del término, supongámoslo aplicado al sistema imperante en la juventud de Chesterton. Cuando se piensa en las grandes masificaciones fabriles, en el ejército de parados o “ejército de reserva de proletarios”, como lo llamó Marx, en el hacinamiento de las ciudades, en los barrios insalubres de las mismas en los que vivían los trabajadores, en las jornadas laborales interminables y en unas condiciones lamentables, en el trabajo infantil, etc., es lógico que a uno se le oprima el corazón. Tendría uno que ser un monstruo para que eso no le pasara. Pero antes de emitir juicio alguno sobre esta terrible situación, conviene ver cuál era la situación anterior. Antes del inicio de la concentración fabril, la inmensa mayoría de la gente vivía en el campo y para campo, pero apenas del campo. Vivía o malvivía y moría. Porque las jornadas de trabajo en el campo eran de sol a sol, tan largas como las que hubo más tarde en las fábricas –con lluvia, escarcha y pampero, dirá el gaucho Jorge Cafrune– , y en ellas trabajaban también los niños que, por supuesto, no pasaban el día en la escuela. No vivían en bucólicas viviendas saneadas con vistas al campo. Lo hacían en condiciones impensables de insalubridad y la mortandad producida por estas condiciones era inmensa, sobre todo la infantil. Si un año la cosecha era mala, la muerte por inanición alcanzaba a masas inmensas de seres humanos. La gente no iba del campo a la ciudad como fruto de un proyecto de ingeniería social, como haría el régimen comunista soviético en pleno siglo XX. Se iban a la ciudad, porque, a pesar de las duras condiciones y del hacinamiento, la esperanza de vida y de salud en las ciudades hongos –como las llamó también Marx– era mucho mayor que en el campo. De hecho, fue hacia 1850 cuando la esperanza media de vida en Inglaterra empezó a crecer, y en 1900 ya lo hacía exponencialmente. Y, ciertamente, esa mejor vida, por dura que fuese, ejercía un efecto llamada, muy similar al que hoy se produce para la inmigración desde los países pobres. Pero al encontrarse juntos muchos trabajadores en grandes centros de producción en lugar de estar dispersos por todo el país, adquirieron conciencia de clase y apareció la ideología marxista con su lucha de clases y sus sindicatos. Y con todo ello, la propaganda del capitalismo salvaje, aunque ese término no se haya acuñado hasta hace bien poco, por otras causas y refiriéndose a otra cosa. Hasta aquí con el término de ‘capitalismo salvaje’ aplicado a la época de la juventud de Chesterton.

Sigo con el “hasta cierto punto”, aplicado a mi comprensión hacia la actitud de Chesterton. Comprendo de forma muy empática el encogimiento de corazón de toda persona con un mínimo de sensibilidad por la forma de vida de los trabajadores que vivían en los barrios marginales de Londres o Manchester a principios del siglo XX. Pero si algo caracteriza a Chesterton es la primacía de su aguda razón sobre el sentimiento. Creo que si hubiese analizado la situación con atención podría haberse dado cuenta de la mejora que suponía, a pesar de todo, la situación del, según terminología marxista, proletariado. Pero, ciertamente, soy injusto con Chesterton, porque los hechos, que ahora debieran ser evidentes para todos los que no sean ciegos por no querer ver, podían no serlo tanto para un hombre joven de 1900, con buena voluntad y cercano a esa situación, por inteligente que fuese. Porque, además, el sufrimiento aparejado a la vida rural, siendo inmenso, estaba disperso y lejos de la vista de un urbanita, mientras que el hacinamiento de las ciudades hongo, era perfectamente visible. Por esto, sólo comprendo a Chesterton, pero sólo “hasta cierto punto”.

Sea como fuere, Chesterton intentó buscar, junto con su amigo Hillaire Belloc, algo que, medio siglo más tarde, ha dado en llamarse la “tercera vía”. Y lo hizo con la conciencia cristiana de seguir los consejos de la naciente Doctrina Social de la Iglesia, inaugurada en 1896 con la encíclica Rerum Novarum de León XIII[1]. Ciertamente, no cayó en la falsa y peligrosísima “tercera vía” de la socialdemocracia del partido laborista. Su dialéctica con su contemporáneo Bernard Shaw, laborista de claras inclinaciones marxistas[2], le alejaron de esa tentación. Él buscó una “tercera vía” completamente utópica. Afortunadamente es una “tercera vía” que era entonces, y ha sido hasta ahora, inaplicable, lo que la ha hecho inofensiva. Por supuesto, si alguien la hubiese podido llevar a la práctica hubiese supuesto el hambre y la miseria para millones de personas, pero como era irrealizable… Mucho más peligrosa es la realizable tercera vía de la socialdemocracia que nos está llevando a un experimento económico realizable pero en el que un día podemos darnos cuenta de que hemos pasado el punto de no retorno y acabemos, sin quererlo, en el comunismo y en el desastre económico. Pero no es de la socialdemocracia de lo que quiero hablar, sino de la “tercera vía” de Chesterton y Belloc. Le llamaron distributismo. Su nombre no proviene de que promulgase que el estado debería distribuir la riqueza. Tanto Chesterton como Belloc creían en la propiedad privada, incluida la de los bienes de producción y en la libertad humana, unida a la responsabilidad y no eran, ni de lejos, estatalistas. El nombre de distributismo se lo pusieron pensando en un sistema en el que esa propiedad de los bienes de producción estuviese distribuida, de forma libre, en todas las familias o pequeñas comunidades. Cada una de esas pequeñas comunidades tendría sus propios medios de producción y fabricarían lo necesario para autoabastecerse y abastecer mediante comercio próximo a otras comunidades vecinas. De esta manera, pensaban, desaparecían el trabajo asalariado, los grandes centros fabriles, las aglomeraciones de obreros en ciudades seta y otros males visibles del capitalismo de la época. Cada uno viviría donde quisiese y la frontera entre el tiempo de ocio y trabajo desaparecería, dando lugar a un trabajo libre en un entorno pequeño y familiar. El distributismo que idearon no era anticapitalista, era partidario de que todos fuesen capitalistas. Lo que criticaba Chesterton del capitalismo queda reflejado en una frase suya: “Más capitalismo no significa más capitalistas, sino menos”. El distributismo pretendía, en definitiva, que todo el mundo fuese capitalista. No hay en él ninguna devoción por el estado y sí un enorme respeto al principio de subsidiariedad.

Hay quien dice que su inspiración estaba en la comunidad de los hobbits, descrita por JRR Tolkien en su libro “El Hobbit”. No me consta qué relación hubo entre Tolkien y Chesterton, pero parece fuera de toda duda que, siendo contemporáneos, viviendo ambos en Inglaterra desde 1892, fecha del nacimiento de Tolkien, hasta 1936 en que murió Chesterton, siendo ambos intelectuales católicos militantes, no tuviesen una influencia mutua. De hecho, “El Hobbit” vio la luz en distintas entregas entre 1920 y 1930 y el nacimiento del distributismo se sitúa en 1926, fecha en la que Chesterton y Belloc fundaron la llamada Liga Distributista, y apareció el libro “The outline of sanity” que trata este tema. A Chesterton debió fascinarle la sociedad formada por los hobbits y pensó en un sistema que pudiese dar lugar a una sociedad similar. Todo muy bucólico y muy bonito. Pero con un defecto “insignificante”: que era absolutamente inviable. ¿Qué me lleva a decir que el distributismo era inviable? La verdad es que no debería ser necesario explicar por qué este utópico sistema económico era inviable. No obstante, voy a enumerar algunos factores que no dejan lugar a dudas y porque me van a resultar útiles dentro de unas líneas.

1º. en 1927 había muy poca gente con la capacidad de ahorro suficiente como para poder dedicar parte de sus ingresos a invertir en capital. La única preocupación de la inmensa mayoría de la población era la supervivencia.

2º. Los bienes de capital eran algo muy caro y, por tanto, sólo la gente con gran capacidad de ahorro podía invertir en ellos.

3º Los procesos productivos necesitaban economías de escala y éstas sólo eran posibles con un sistema productivo en masa.

4º Los sistemas de comunicación y de transmisión y tratamiento de la información eran muy lentos e imperfectos, por lo que el trabajo de coordinación para que una producción descentralizada pudiese fabricar productos complejos como un coche o una máquina de tren o un telar, era totalmente imposible.

5º El transporte era algo muy caro e ineficiente. Las vías de comunicación físicas terrestres eran muy pobres y los medios de transporte se basaban todavía casi exclusivamente en la tracción animal, mientras el transporte por mar se basaba en navíos muy lentos. Con tan rudimentarias y caras infraestructuras y sistemas de transporte, la descentralización era prácticamente imposible.

Sin embargo, la evolución del capitalismo iba a hacer falsa la frase antes citada de Chesterton de que “Más capitalismo no significa más capitalistas, sino menos”. Posiblemente Chesterton estuviese también influido por las doctrinas de Malthus, David Ricardo e, incluso, aunque no fuese santo de su devoción, de Marx. Todos estos pensadores, de muy diferentes ideologías, tenían una idea en común. El sistema capitalista necesariamente haría que los salarios de las grandes masas obreras se mantuviesen siempre en el nivel mínimo de subsistencia. Y, naturalmente, así no había ninguna posibilidad de que hubiese una masa de ahorradores que pudieran convertirse en inversores y capitalistas. Posiblemente, la naciente doctrina social de la Iglesia, de la que bebieron Chesterton y Belloc, también estuviese impregnada de esta visión. Pero esas profecías han demostrado hasta la saciedad ser falsas. A pesar de todo, sigue habiendo quien las hace y, lo que es peor, inmensas cantidades de gente que se las creen. Lo que ha pasado es exactamente lo contrario. A lo largo del siglo XX ha ido apareciendo una creciente clase media en todos los países donde la seguridad jurídica ha permitido el desarrollo de la libre empresa y del capitalismo. Clase media con una capacidad de ahorro cada vez mayor. Los sistemas productivos siguen necesitando hoy en día, en gran medida. ser en masa y cada vez con más inversiones en capital. Pero, para poder obtener fondos para esas inversiones aparecieron los mercados y bolsas de valores en los que las grandes corporaciones podían financiarse de la capacidad de ahorro de esa clase media ahorradora. Poco a poco, parte del sueño de Chesterton y Belloc, empezó a hacerse realidad. La posesión de los bienes de producción estaba cada vez más distribuida, a través del sistema accionarial, y los capitalistas se pueden hoy día contar por cientos, si no miles de millones de seres humanos. Muy pocas de las más boyantes y exitosas empresas actuales son de sus fundadores o de un gran capitalista. Éstos tienen una parte de ellas, mayor o menor según los casos, pero la mayor parte de la propiedad de estas empresas está en manos de esa ingente masa de ahorradores/inversores de clase media e, incluso, baja.

Pero, aún así, éste no era el modelo económico imaginado por Cheserton y Belloc. Por supuesto que el capitalismo ha ido evolucionando y el tipo de empresas también. Para empezar, muchas empresas, si no la mayoría, son ahora empresas de servicios, en las que el trabajo fabril ya no existe. Es cierto también que en las que siguen siendo grandes fábricas de producción en masa el trabajo ya nada tienen que ver con las que eran a principios del siglo XX, ni en sus horarios, ni en la dureza de un trabajo embrutecedor. Pero siguen existiendo empresas, de producción o de servicios que, aunque sean propiedad de pequeños ahorradores/inversores, no responden ni de lejos al sistema de producción descentralizada que Chesterton y Belloc habían pensado. Sin embargo, esto está ya cambiando y, como muchos de los cambios revolucionarios, puede ser que se produzca de forma exponencial. De hecho ya han desaparecido casi por completo los cinco factores que he enumerado anteriormente como imposibilitadores de un sistema de producción descentralizado.

1º Hoy en día hay, como se ha visto, una enorme cantidad de gente con capacidad de ahorro.

2º Aunque determinadas máquinas pueden ser muy caras, otras muchas no lo son tanto como para que una familia o una pequeña comunidad no pueda invertir en un brazo robótico, una impresora 4D y un microprocesador.

3º Con estas nuevas tecnologías las economías de escala han dejado de ser importantes.

4º y 5º Las tecnologías de comunicación y tratamiento de información así como los medios e infraestructuras de transporte físico han sufrido una drástica revolución en rapidez, eficiencia y coste.

Por lo tanto, esas barreras que hacían imposible en 1900 la descentralización de la propiedad fabril, están desapareciendo si no han desaparecido ya. Es decir, la propia evolución natural del capitalismo está haciendo, no sólo posible, sino ineludible, la descentralización de los procesos productivos. Si hay un freno a este proceso, este sólo puede venir de la inercia mental de personas y empresarios y de las trabas que puedan imponer al proceso, estados hiper reguladores y sindicatos decimonónicos. Pero, si de verdad esa descentralización productiva es algo apetecible para el ser humano, como creían Chesterton y Belloc, el proceso será imparable.

Lo que viene a continuación es una visión que no tiene nada de imposible. Más aún, si bien no es posible afirmar categóricamente que se vayan a producir las transformaciones necesarias para llegar a ella, las probabilidades de que ocurran es altísima, me atrevería a decir que inevitable. Esta visión es, no obstante, difícil de explicar, pero pondré todo mi esfuerzo en intentar que lo que viene a continuación sea lo más inteligible posible.

Yo apostaría a que dentro de unas pocas décadas –cuántas depende más bien de los frenos que estados y sindicatos puedan imponer y de lo cierta que sea la apetencia de la gente de un sistema descentralizado de producción–, los grandes centros fabriles desaparecerán. Para producir un producto físico complejo como, digamos, un coche, una empresa fabricante de automóviles tendrá un programa informal que romperá toda la “suply chain[3]” en pequeños trozos. Digamos que uno de esos trozos es fabricar, por ejemplo 200.000 bielas para los motores. El programa lanzará una subasta on line para ver que comunidades son capaces de producir esas 200.000 bielas en el plazo y con la calidad requerida. Seguramente, serán varias las comunidades necesarias para producir todas esas piezas. En el lado de la oferta, cada familia o pequeño grupo vecinal, llamémosle célula productiva, tendrá los medios de producción que estime oportunos. Por ejemplo, pueden tener un par de brazos robóticos de determinadas características, tres impresoras 4D y varios microprocesadores. Estas herramientas serán de su propiedad. Cada célula productiva tendrá las herramientas que estime oportunas y podrá coordinarse con otras células productivas formando grupos orientados al mismo fin, las 200.000 bielas. La empresa de automóviles les suministrará el programa que coordine todas estas cosas y la materia prima. Cuatro o cinco grupos de varias comunidades cada uno, formados ad hoc por varias células productivas para ese pedido, ganarán el concurso de suministro y harán las 200.000 bielas. Estos grupos se disolverán tan pronto como el pedido esté terminado y buscarán las alianzas necesarias para otro posible pedido. Las 200.000 bielas fabricadas serán enviadas a otros grupos de montaje robotizado que recibirán, además, bloques de motor hechos por otros grupos, cilindros, culatas, cigüeñales, árboles de levas, etc., etc., etc., y los ensamblarán y, a su vez, enviarán los motores resultantes a otros grupos que reunirán chasis, carrocerías, volantes, salpicaderos y otro sinnúmero de partes que, todas juntas formarán un coche. Todo esto, bajo la batuta del programa gestor de la “suply chain” coordinado por el fabricante de automóviles. Seguramente algunos de los procesos, los que sean el núcleo central más sensible de un coche, se seguirán haciendo por el “fabricante” de coches, pero la mayoría procederán del outsourcing coordinado citado. Así, el “fabricante” pasará a ser, más bien, un coordinador de actividades de otros. Los grupos, en sus distintas jerarquías u niveles, se configurarán ad hoc para cada actividad. De esta forma, una célula productiva que viva en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, puede estar trabajando hoy para el fabricante A de automóviles, mañana para el fabricante N de buques, pasado mañana para el fabricante Z de aviones y al día siguiente para el fabricante V de los propios robots o impresoras 4D que utiliza. Y en cada una de estas fases productivas se asociará con otras células para formar una comunidad ad hoc para ese pedido. Y, como efecto secundario saludable de este proceso, es posible que ese lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, que ahora se está enfrentando a la despoblación, encuentre gente que le parezca bien trabajar desde él si está dotado de las debidas infraestructuras. Desde luego, esto luchará contra la despoblación de una forma inmensamente más eficaz que todo el dinero público malgastado en programas estatales para frenar artificialmente el proceso de despoblación.

Esto sí que es auténtica distribución de la propiedad del capital y, por tanto, distributismo. Pero si algo parecido a esto llega a ocurrir, no será porque una instancia superior lo haya decidido, sino que será fruto de la libertad de elección de cada célula productiva y de la organización de la empresa “fabricante” de automóviles. Por supuesto, la libertad llevará aparejada la responsabilidad. Cada célula productiva tendrá que tomar decisiones sobre qué tipo de equipo debería tener para poder participar en diferentes procesos de “suply chain”. Si ve que está perdiendo el tren de muchos pedidos, deberá preguntase qué está haciendo mal, qué le falta y qué puede hacer para conseguir participar en más procesos. También decidirá qué parte de su tiempo y con qué horarios quiere dedicar al trabajo y cuánto al ocio. Será libre para tomar todas estas decisiones. Cada célula será una microempresa autónoma. Fin del trabajo asalariado. Fin de los contratos fijos que este trabajo asalariado pretende llevar aparejados. Viva la libertad. Pero esa libertad traerá aparejada su responsabilidad. Si una célula no está vigilante para ver qué se puede hacer mejor, empezará a perder oportunidades hasta quedarse fuera de juego. Por supuesto, se puede y debe ayudar y formar a esas células para tomar las decisiones adecuadas, pero, como en toda situación, habrá a quien le vaya muy bien y a quien le vaya mal. Es decir, habrá desigualdad.

Por supuesto, el enemigo número uno a que todo esto ocurra, serán los sindicatos y los organismos estatales reguladores. Pero, ¿qué mundo es mejor? ¿El del trabajo asalariado con convenios colectivos, contratos fijos e intervención estatal o el de la libertad unida a la responsabilidad? A mí no me cabe duda: el segundo. Si hay algo que es parte de la naturaleza humana, es el binomio libertad responsabilidad. Los que creemos en una sana antropología cristiana sabemos que Dios nos ha hecho libres para que dirijamos nuestras vidas y seamos responsables de nuestros actos. Esa es la base de la dignidad humana. Lo contrario, la venta de nuestra libertad a estados reguladores y sindicatos que nos den una seguridad a cambio de nuestra libertad, es contrario a la dignidad humana. En el fondo, lo que ocurre es que la libertad da vértigo y el grito de “vivan las caenas” es algo que está metido en muchas personas, que ya han vendido a saldo su libertad por una supuesta seguridad que, al final, tampoco tienen. No está ni mucho menos claro que una mayoría de gente quiera un sistema de libertades y responsabilidades que lleven a un sistema distributista del siglo XXI.

El otro día, exponiendo esto en una conferencia que di a un grupo de jóvenes de gran valía, una chica se espantaba porque decía que esto nos llevaría a una vida de trabajo estajanovista como la que llevan los chinos. Nada más lejos de la realidad. A medida que se alcanza la prosperidad, a medida que se deja de luchar por la mera supervivencia, el valor del tiempo libre es cada vez mayor. A medida que los chinos mejoren su condición de vida, serán ellos los que se empiecen a comportar como los ciudadanos de sociedades libres y prósperas, y no al revés. Pero cada uno dará a su tiempo libre el valor que quiera y, en base a eso, tomará un tipo u otro de decisiones. Podemos ir hacia un mundo cada vez más libre, con sus peligros, o a un mundo cada vez más asfixiante de estados que intentan regular cada vez más cada aspecto del comportamiento humano y que, al final, tampoco es capaz de garantizar el espejismo de seguridad con el que ha comprado la libertad de sus ciudadanos, convertidos en “súbditos”. La primera alternativa nos lleva a algo que se parece como una gota de agua a otra al distributismo, sin el bucolismo de los hobbits, por supuesto. El segundo nos lleva al mundo feliz de Aldous Huxley. Debemos elegir como sociedad compuesta por seres humanos libres, sin dejar que los estados decidan por nosotros. Lo que no es posible, aunque nos quieran tentar con ese espejismo, es la libertad sin responsabilidad. Sin libertad ni responsabilidad, nos espera la esclavitud. Una esclavitud 2.0 del siglo XXI, pero esclavitud al fin y al cabo.

En definitiva, que es posible que, a fin de cuentas, Chesterton acabe teniendo razón. Pero no hay nada más peligroso que tener razón por razones equivocadas y en la época inadecuada. Eso les pasó, creo, a Chesterton y a Belloc al principio del siglo XX. Afortunadamente, su sistema no llegó a aplicarse nunca en la época equivocada. Pero puede que el capitalismo, en su continua adaptación a la tecnología que el genio humano crea en su incesante respuesta al “dominad la tierra”, lo haga posible en el momento en el que es factible y deseable.


[1] Realmente, la Doctrina Social de la Iglesia se inició en el siglo XVI en la Escuela de Salamanca. Y era una DSI sana, basada en una correcta antropología cristiana, no trufada de ideas “compradas” al marxismo decimonónico.
[2] El Partido Laborista inglés es un partido muy curioso. Incluso ahora, junto a figuras como Tony Blair, hay otras como John McDonnell, ideólogo en la sombra de Jeremy Corbyn y neomarxista gramsciano.
[3] Suply Chain es un término de la jerga del mundo de los negocios. Su traducción literal es Cadena de Suministros, aunque todo el mundo la utiliza en inglés. Representa todos los procesos logísticos y productivos que se tienen que dar desde el aprovisionamiento de materias primas por una empresa hasta la entrega del producto terminado a los clientes. El “Suply Chain Management  trata de optimizar todos estos procesos.

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