4 de marzo de 2021

Hoy cumplo 70 años

 Efectivamente, hoy cumplo 70 años y me convierto en septuagenario. Y publico en este blog algo que es copia literal, cambiando sólo una letra -la que va de sesenta a setenta-, de lo que escribí cuando cumplí 60.

Hoy cumplo setenta años. ¡Cómo pasa la vida! Pero no es verdad, la vida no pasa, se cumple. Por eso se cumplen años. No se queman años, ni pasan, ni se tiran. Se cumplen. O, por lo menos, debieran cumplirse. La vida no es como un tren que pasa en la noche por un apeadero de pueblo, con las luces de los vagones encendidas, mientras nosotros, anclados en la tierra, miramos. Cuando acaba de pasar, la fría noche y el tedio vuelven a cercarnos y nos quedamos solos y desorientados. No. La vida no es así. O no debiera ser así. La vida debiera ser, más bien, como un depósito que va llenándose de agua vivificante. Está lleno de agujeros por los que el agua rebosa y riega los campos que le rodean, haciendo que brote más vida. ¿Es así mi vida? Creo sinceramente que sí. Pero no es así gracias a mí. Yo no puedo echar ni una gota de agua en mi depósito, ni puedo aumentar su capacidad en un litro, ni puedo hacerle un solo agujero. Es Dios el que le da su forma y su tamaño, el que lo llena de agua, el que le hace los agujeros en el sitio exacto. Yo sólo puedo dejarle construirme, abrirme para que su agua caiga dentro de mí y permitirle que me perfore, aunque a veces duela. Y eso, con fallos, con resistencias muchas veces, con alegría algunas, mal que bien, he intentado hacerlo. Si no a lo largo de toda mi vida, sí en los últimos veintitantos años. Y creo que me está llenando copiosa, generosamente, con una medida llena, apretada, colmada, rebosante y que me está perforando en muchos y buenos sitios.

¿Y el futuro? No sé. El futuro es incierto y los seres humanos vemos muy mal a través de él. Pero sí se una cosa con total certidumbre. que Dios tiene un plan para lo que me quede de vida y que si me dejo llevar por ese plan, lo mejor de mi vida, como el buen vino en las bodas de Caná, está todavía por venir. Lo mejor de mi vida no tiene por qué querer decir lo que más me apetece o lo que a mí me gustaría. Quiere decir, LO MEJOR. LO MEJOR para el Reino de Dios (VER A ESTE RESPECTO EN EL ANEXO I LA ORACIÓN DE JUAN PABLO II CUANDO CUMPLIÓ 65 AÑOS). Y, ¡cómo saber que me estoy dejando llevar por ese plan de Dios para mí? Dedicando todos los días un rato a estar en su presencia en silencio atento, dejándole que me hable en ese silencio (VER ANEXO II SOBRE EL ENTRENAMIENTO EN LA ORACIÓN). Espero hacerlo así. Y si así lo hago, espero, un día, poder decir, como Cristo dijo en sus últimas palabras; <<todo está cumplido>>. Y que ese día, toda el agua que ha echado en mi depósito vuelva, como un torrente, a Él, su única fuente, regando cuanto encuentre a su paso, vivificando, fecundando.

Que así sea.

 

ANEXO I

Acto de abandono en la misericordia de Dios

Oración pronunciada por Juan Pablo II a sus 65 años, en 1985

Señor, hace ya sesenta y cinco años que me diste el don inestimable de la vida y, después de mi nacimiento, no has cesado de llenarme de tu gracia y de tu amor infinito. A lo largo de estos años se han entretejido grandes alegrías, pruebas, éxitos, fracasos, enfermedades, duelos… como le ocurre a todo el mundo. Ayudado por tu gracia y tu auxilio, he podido triunfar de estos obstáculos y avanzar hacia ti. Hoy me siento rico en mi experiencia y en el gran consuelo de haber sido colmado de tu amor. Mi alma te canta su reconocimiento.

Pero cada día veo a mi alrededor ancianos a los que envías fuertes pruebas: sufren parálisis, incapacitación, senilidad, y a menudo no tienen fuerza para rezarte. Otros han perdido el uso de sus facultades mentales y no pueden alcanzarte a través de su mundo irreal. Veo la vida de esas personas y me digo: «¿y si fuese yo?» Entonces, Señor, hoy mismo, mientras estoy todavía en posesión de todas mis facultades motrices y mentales, te ofrezco por anticipado mi aceptación de tu santa voluntad, y desde ahora quiero que si una u otra de esas pruebas me llegan, pueda servir para tu gloria y para la salvación de las almas. También desde ahora te pido que sostengas con tu gracia a las personas que tengan la ingrata tarea de prestarme su ayuda.

Si un día, la enfermedad invadiese mi cerebro y aniquilase su lucidez, desde ahora, Señor, mi sumisión está delante de ti y se seguirá de una silenciosa adoración. Si un día, un estado de inconsciencia prolongada tuviera que destruirme, yo quisiera que cada una de esas horas que tenga que vivir sea una serie ininterrumpida de acciones de gracias y que mi último suspiro sea también un suspiro de amor. Mi alma, guiada en ese instante por la mano de María, se presentará ante ti para cantar eternamente tus alabanzas. Amen.

  

ANEXO II

Oír al jabalí

Un amigo mío me invitó un día a un aguardo de un jabalí en su finca. Yo, que nunca me había visto en esta situación, decidí tomármelo con el máximo interés. Era una noche helada de luna llena del mes de febrero en uno de los puntos más altos de la provincia de Ávila. Yo estaba quieto, atento a todo ruido para oír entrar al jabalí al ir a beber a la charca. El campo nocturno hervía de pequeños ruidos, todos llenos de armonía, pero ninguno especial. De pronto mi amigo, tocándome en el hombro, me hizo ostentosos gestos con la boca. AHÍ ESTÁ EL JABALÍ –me decía sin emitir un solo sonido mientras señalaba con el dedo hacia un lugar próximo a mí. Escuché con más atención. NO OIGO NADA –dije con similares movimientos de la boca. Y, realmente, no oía nada, pero el jabalí sí oyó nuestros “silenciosos” movimientos. Con un bufido, a menos de tres metros de mí, echó a correr rompiendo monte. Lo había tenido a mi lado sin siquiera enterarme. Después, mi amigo me explicó que al jabalí no se le oye nunca. Lo que ocurre es que los ruidos del campo se silencian a su paso u otros animales denotan su presencia. Un grillo deja de cantar ahí, un pájaro echa a volar un poco más allá. Si uno tiene el oído entrenado puede entender esos signos. Pero hay que haber hecho muchos aguardos para ser capaz de percibir al jabalí. Algo parecido pasa con Dios y la oración. Uno no puede escuchar la voz de Dios. Sólo si no tiene el oído entrenado y hace el silencio en su interior puede sentir sus signos. ¡Cuánta gente dice: “Es que a mí Dios no me dice nada!”. Sí, sí que te lo dice, pero no estás entrenado a escucharle. Hay que hacer muchos aguardos en silencio, con el oído atento, para poder llegar a sentirle. Pero ahí está, ¡como el jabalí!

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