10 de marzo de 2021

la oración de todas las cosas 17. En tus manos

 XVII. IN MANUS TUAS

En tus manos 

Pierre Charles S.J.

Una cabeza vacía no presta mucho servicio; pero dos manos vacías, Señor, son un símbolo potente; dos manos simples, estas manos que Tú me has dado al nacer y que yo considero tan a menudo con mirada profana. Ayúdame a comprender el tesoro con que las has enriquecido, con que las has dulcemente cargado.

Conozco las manos maternales que llevan a los pequeñuelos, y las manos caritativas que curan las heridas y cuidan los enfermos, y las manos trabajadoras que siembran y se afanan, que plantan y que edifican, que escriben páginas o que tensan cables, y las manos consagradas que bendicen y que perdonan, y las manos tendidas de los mendigos, y las que hacen señales al momento de los adioses, y las que se juntan en el apretón del agradecimiento y las de los artistas que dan cuerpo a la belleza. Señor, son las manos de los hombres las que lo han construido todo y las que también, por desgracia, han destruido mucho sobre la tierra. Si Tú no las hubieses liberado, permitiéndonos caminar con los pies; si fuésemos cuadrúpedos, aunque muy inteligentes, ¿qué hubiéramos podido realizar grande y durable? Nuestro espíritu ha encontrado puesta a nuestra disposición, por tu Providencia, estas dos buenas obreras, dispuestas a aprenderlo todo, ya que la mayor parte de los oficios se dividen según el gesto de las manos. Que borden o que forjen; que devanen madejas o echen redes, a ellas nos confiamos para cumplir las obras perfectas; y ellas aceptan la carga de todas las tareas verdaderamente humanas. La casa que habito, los muebles que me rodean, los vestidos que llevo, los libros que leo, la ruta que sigo y los empedrados que la recubren, la comida que tomo y la tumba que me recibirá; todo es debido al trabajo de las manos de mi prójimo. Hay como un inmenso sacramento providencial en este don que viene de Dios.

Sin duda, los hombres, por sus manos convertidas en manos criminales, han manchado muchas cosas; han degollado, profanado, saqueado. Sus manos dóciles se han prestado a todo; pero yo no me ocupo hoy de cuestiones de moral. Yo miro estas manos como obra tuya, esforzándome en sondear toda la profundidad de riquezas que me han venido por ellas. Su simple vista debería llenarme de reconocimiento, y al poder multiplicar por ellas, los gestos de misericordia y aliviar a mis hermanos los hombres, debería yo estar doblemente agradecido.

En recuerdo de tus manos atravesadas de clavos, haz las mías, Señor, dignas de las tuyas. Inspírame el gusto del don generoso. Que mis manos no estén desmesuradamente abiertas a la hora de recibir, ni muy prietas a la hora de dar. Que nada se pegue jamás a estas manos cristianas, dispensadoras de tus larguezas. Déjame simplemente trabajar por los otros, como Tú, cuyas manos prodigaron curaciones y que no recibieron otra recompensa que estos dos clavos que taladran vuestras palmas. Dejaré a los pedantes discutir sobre la nobleza innata del trabajo intelectual, que oponen, no se sabe por qué, al trabajo manual, como si éste sólo fuera regido por el instinto. Miraré con respeto, y casi con envidia, las manos de las enfermeras, que curan y vendan las heridas, que desinfectan las llagas, que hacen las camas, dan de beber a los enfermos y están en contacto permanente con la humanidad que padece; y las manos de los cocineros, que, entre el vapor sofocante de un sótano, preparan la comida con gran trabajo de sus dedos; y las manos de los ladrilleros, de los albañiles, de los mecánicos, de los torneros, las manos agrietadas de las lavanderas y las manos terrosas de los labradores. Esta contemplación impedirá tal vez el endurecimiento de mi corazón, y al adorarte en el santuario tendré un pensamiento de ternura por las manos anónimas que bordaron la puntilla del mantel del altar y que dispusieron los ramos silenciosos en los jarros de cristal de los dos lados del tabernáculo.

Si mi plegaria tomase como objeto, no un bello tema de elocuencia o alguna doctrina refinada, sino buenamente las manos de los hombres, me enseñaría tal vez los caminos de la verdadera caridad. Suprimiría mis rigideces intransigentes y todo el tumulto de mis pretensiones vanidosas. El día de la ordenación sacerdotal, los fieles besan las manos de los nuevos sacerdotes, húmedas aún del óleo de las unciones. Pero hay también tantas otras manos que yo puedo besar en espíritu sin ser ridículo y sin inaugurar liturgias heteróclitas. Hay una ufanía en poseer autógrafos famosos. En torno a mi, en mi, sobre mi, yo encuentro toda la obra de manos bienhechoras que me han traído, nutrido, cuidado, sostenido, vestido, alojado y que cada día continúan su ministerio solemne. Y por encima de toda creación yo veo las manos del Verbo hecho carne, esas manos únicas que abren el reino de los cielos y de las que manan sin parar las gracias del perdón y de la luz.

Manus sanctae vos amplector,

Crucifixo condelector.

Allá, San Pedro hundiéndose en el agua del lago cogió esas manos, las manos del Salvador. ¿No podría yo hacer lo mismo? ¿Y remitirme a ellas como se entrega uno en las manos del cirujano, como se alarga la mano en prueba de fidelidad o como se las junta cuando se ruega? Yo acepto, Señor, el morir con las manos vacías, con tal de que estén vacías no por haber quedado inertes, sino porque no quisieron guardar nada, y porque no se cansaron nunca de dar.

 

Añadido mío:

Pablo Neruda, no creyente, ha escrito una de las poesías más maravillosas a las manos. Podría decirse que es una oración profana. Falta, tal vez, la visión de la misericordia de Dios, que si, humilde y francamente, le presentamos nuestras manos vacías confiando en ella, nos las llena con su Gracia gratuita –sí, aunque sea redundante– y con su salvación.

 

Me declaro culpable de no haber

hecho, con estas manos que me dieron,

una escoba.

 

Por qué no hice una escoba?

 

Por qué me dieron manos?

 

Para qué me sirvieron

si sólo vi el rumor del cereal,

si sólo tuve oídos para el viento

y no recogí el hilo

de la escoba,

verde aún en la tierra,

y no puse a secar los tallos tiernos

y no los pude unir

en un haz áureo

y no junté una caña de madera

a la falda amarilla

hasta dar una escoba a los caminos?

 

Así fue:

no sé cómo

se me pasó la vida

sin aprender, sin ver,

sin recoger y unir

los elementos.

 

En esta hora no niego

que tuve tiempo,

tiempo,

pero no tuve manos,

y así, cómo podía

aspirar con razón a la grandeza

si nunca fui capaz

de hacer

una escoba,

una sola,

una?

 

Pablo Neruda

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