7 de febrero de 2016

La Iglesia y la esclavitud de los negros

La semana pasada, al hablar de la esclavitud y el aborto dije que iba a hacer un post sobre el tema de la lucha contra la esclavitud de los negros que precedió al movimiento civil abolicionista de finales del XVIII en Inglaterra y EEUU. Pues hoy cumplo mi promesa y me paso tres pueblos porque el post es muy largo, mucho más de lo deseable. Pero el tema es tan prolijo y tan apasionante que creo que merece la pena. Debo decir que, mientras que los frailes de a pie y teólogos católicos son un precedente clarísimo de ese movimiento anglosajón de fines del XVIII, el papel de las coronas de España y, sobre todo, de Portugal, no queda muy bien. Y, claro, como la alta Jerarquía de la Iglesia se mezclaba demasiado con la política de los distintos reinos, pues tampoco queda muy bien. La Iglesia está formada por seres humanos que, como tales, muy a menudo no están a la altura de su doctrina. Pero siempre ha habido voces en la Iglesia que, desde dentro pero a veces contra corriente, han sabido alzarse para proclamar la justicia y la verdad de la doctrina de Cristo que demasiado a menudo hay quien intenta “mundanizar” dentro incluso de la Iglesia. Este es uno de esos casos. Pero con todo, es la Iglesia la que nos da a Cristo a través de los sacramentos instituidos por Él y eso no ha dejado de hacerlo a lo largo de toda su historia, a menudo contra viento y marea. Por eso soy y me siento hijo de la Iglesia, a pesar de sus “mundanidades”. Afortunadamente, tras la pérdida de los Estados Pontificios, la Iglesia se ha podido mantener al margen de las intrigas de la política internacional y hoy es, sin duda, una de las voces más respetadas en ese ámbito, si no la más. En fin, al asunto.

La esclavitud es algo espantoso que ha existido siempre en todas las culturas y civilizaciones desde que en el hombre entró el desorden moral por el pecado original, para los que tenemos fe o desde que apareció la especie humana para quienes no la tienen. Sólo en el siglo XVI empezó a cuestionarse en Occidente, hasta llegar a su prohibición total en la cultura occidental en 1896. Estas líneas pretenden ser una pequeña reflexión de este proceso y del papel que los teólogos católicos tuvieron en él. Mi preocupación por el tema arranca de la lectura del libro “Por qué fracasan los países” de James A. Robinson y Daron Acemoglu del que escribí una reseña que os envié en Septiembre de 2015. En ella decía:

“A finales del siglo XVIII, precisamente en Inglaterra –y muy pronto también en Estados Unidos–, se inició un fuerte movimiento antiesclavista, del que fueron pioneros principalmente los cuáqueros y personajes señeros como el anglicano Thomas Clarkson (1760-1846), el evangélico William Wilberforce (1759-1833) y el cuáquero William Allen (1770-1843). Cierto que en España y en la América Española se alzaron, un siglo antes, voces que clamaban con gran indignación contra esta esclavitud. Estas voces provenían de los teólogos Dominicos, Franciscanos y otros miembros de la Escuela de Salamanca”.

En nota a pie de página citaba algunos de los teólogos de esta escuela y hacía referencia a un libro publicado por EUNSA con el título “La Iglesia y la esclavitud de los negros”, escrito por José Andrés-Gallego y Jesús María García Añoveros. Ambos son, entre otras cosas, investigadores del CSIC. Cuando escribí lo anterior tan sólo había leído una breve reseña del este libro hecha por uno de ellos (José Andrés-Gallego). Posteriormente leí el libro y esa lectura dio pié a estas líneas en las que resumo lo que creo que es lo más importante del mismo, sin poder ni querer evitar que se entremezclen con él ideas de mi cosecha. Eso sí, como siempre hago, procuro poner en cursiva aquellas cosas que sean mías, para que el lector sepa qué peso dar a cada cosa.

La esclavitud en la antigua Grecia

Aristóteles, en varios capítulos del libro I de su obra “Política”, justifica la esclavitud basándose en la idea de que había personas que eran esclavos por naturaleza, mientras que otros eran amos, también por naturaleza. El que quiera ver algunas frases entresacadas de esos capítulos, las puede ver al final de estas páginas. Para Aristóteles, los bárbaros tenían la naturaleza de esclavos mientras que los griegos tenían, por naturaleza la de señores. Por eso entiende que en una guerra entre griegos, no se puede esclavizar a los prisioneros y que, en cambio, sí es lícito esclavizar a los prisioneros bárbaros. Pero no viceversa. Si un griego es hecho prisionero en una guerra contra bárbaros, jamás podrá será esclavo, aunque le traten como tal, precisamente por su condición de griego. El que quiera ir a las fuentes y ver la obra completa, encontrará un link debajo de los textos seleccionados. Sin embargo, en su propia obra, deja ver, porque los refuta, que había otros pensadores griegos que aceptando la esclavitud, no pensaban que fuese algo inherente a la naturaleza de algunos hombres, sino que era el resultado de unas leyes humanas que asignaban la condición de esclavos a unos hombres en beneficio de otros. Así queda patente cuando dice:

“Otros, por el contrario, pretenden que el poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos y que, por último, la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia” (Ibid Libro I capítulo 2)

Entre los que creían que la condición de esclavo era algo adquirido, no propio de la naturaleza de algunos hombres, había distintas causas por las que se consideraba que, la justificasen o no, se podía caer en la condición legal de esclavo. Una de ellas, era de ser hecho cautivo en una guerra o la de haber cometido un delito penado con la esclavitud o la de quien libremente, por necesidad, se había vendido a sí mismo o a un hijo suyo como esclavo. En la Grecia clásica apenas había esclavos negros, por la sencilla razón de que el contacto con estos pueblos era escasísimo. La mayoría de los esclavos eran bárbaros, de distintos orígenes, con los que los griegos habían entrado en guerra o en relaciones comerciales. Posteriormente, con los romanos, ya empezó a haber más esclavos negros pero, aún entonces eran minoría.

Cuando Jesucristo vive en la Palestina del siglo I, la esclavitud era algo totalmente aceptado y a nadie se le ocurría negar su licitud. En el Evangelio no se puede encontrar una sola palabra sobre la esclavitud. Es cierto que Jesús habla, principalmente en sus parábolas, de siervos, pero no necesariamente se deduce que hablase de siervos como esclavos, sino como de aquél que sirve. Ya sin hablar en parábolas afirma que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y no parece que se presente a sí mismo como esclavo. Por otro lado, cuando habla de trabajadores del campo, habla siempre de jornaleros, no de esclavos. Pero en ninguno de los cuatro Evangelios hay ni una palabra de condena ni de aprobación de la esclavitud. En cambio, está impregnado por todas partes de un código ético en el que el fuerte debe apoyar y cuidar al débil, con el mismo amor con el que le profesaban a él mismo.

En el Nuevo Testamento, en cambio, sí que se habla de esclavitud. En ningún momento san Pablo hace una condena a la esclavitud. Pero lo que sí hace, de forma categórica, es alinearse entre los que afirman que la condición de esclavo no es parte de la naturaleza inferior de unos hombres frente a otros y que, si en algún momento se había creído así, eso había terminado con Jesucristo.

“Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”, (1Corintios. 12, 13).

“Donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos”.  (Colosenses. 3, 11).

Esto puede ser visto como algo insuficiente con los ojos del siglo XXI, pero era totalmente revolucionario en aquella época. Más aún, san Pablo, sin condenar la esclavitud, indica a los cristianos a los que se dirige que, yendo más allá de la ley, deberían liberar a sus esclavos. No puede decirse más claro en la carta a Filemón:

Filemón era un cristiano rico, posiblemente un ciudadano romano de Colosas, a los que Pablo había dirigido la carta del párrafo anterior, convertido por la predicación de Pablo, que mantenía una iglesia doméstica en su casa y que poseía esclavos. Uno de ellos, Onésimo, se escapa de su amo y se va a ver a Pablo. Pablo se lo reenvía a Filemón junto con una carta. No debía ser un esclavo dócil pues Pablo dice: “Si en otro tiempo te fue inútil, ahora se ha vuelto útil para ti y para mí; ahí te lo envío. Es como si te enviase mi propio corazón”. Con una delicadeza extraordinaria no le obliga a que lo libere, sino que le dice lo que le gustaría que hiciese:

“Por ello, aunque tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer, prefiero pedírtelo apelando al amor. […] Te lo devuelvo, a éste, mi propio corazón. Yo querría retenerle conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas por el Evangelio; mas, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta buena acción tuya no fuera forzada sino voluntaria. Pues tal vez fue alejado de ti por algún tiempo, precisamente para que lo recuperaras para siempre, y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que, siéndolo mucho para mí, ¡cuánto más lo será para ti, no sólo como amo, sino también en el Señor! Si pues me tienes como amigo, acógelo como me acogerías a mí. Si en algo te perjudicó o tiene alguna deuda contigo, ponlo a mi cuenta. Yo, Pablo –de mi puño y letra lo firmo– te lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo en persona quien estás en deuda conmigo. A ver, pues, hermano, si me sirve de algo que seas creyente y confortas mi corazón en Cristo. Te escribo confiando en tu docilidad y con la certeza de que harás más de lo que te pido”. (Filemón 1, 12-16).

Y parece que Filemón debió hacer caso a Pablo, porque la tradición afirma que Onésimo fue quien recopiló, guardó y legó a la posteridad las cartas de san Pablo.

Ahora bien, en África, desde tiempos inmemoriales, los caciques de cada tribu se dedicaban a hacer la guerra a los demás para conseguir esclavos. Al ser tribus relativamente pequeñas, había innumerables guerras entre ellos que generaban, por tanto, muchos esclavos, que no salían del áfrica negra. Pero ya en la época romana, empezó el tráfico transahariano para llevarlos a la costa norte de África. De ahí que en Roma hubiese esclavos negros. Tras la caída del Imperio romano y, más tarde, con el advenimiento del Islam, la abundante cantera de esclavos del África subsahariana empezó a surtir a los países del Magreb, el Oriente Medio y a Arabia, principalmente para las plantaciones de caña de azúcar. El comercio transahariano era llevado a cabo por mercaderes árabes. Tras las cruzadas, en el siglo XIII, comerciantes venecianos y genoveses llevaron la plantación de caña de azúcar a Chipre. De allí salto pronto a Creta, Sicilia, la costa mediterránea de España, el Algarve y, de allí al África Occidental, dominada por los portugueses. Con la extensión de la plantación de caña, se expandía también la esclavitud negra, siempre nutrida por el fácil suministro del núcleo del continente africano, si bien parece que la mano de obra de esclavos negros era minoritaria. La caída de Constantinopla en poder de los turcos cerró casi por completo el grifo de esclavos obtenidos en las guerras con pueblos eslavos y asiáticos, quedando la esclavitud reducida casi exclusivamente a los negros. Pero no había todavía un componente racista en esta esclavitud. Era simplemente, que la única cantera era el África negra. Hasta bien entrado el siglo XV la esclavitud negra pasaba, por tanto desapercibida.

No fue hasta 1454 cuando el Papa Nicolás V extendió la bula Romanus Pontifex en la que se refería a la esclavitud. Y no lo hizo para condenarla, sino para dar libertad plena al rey de Portugal, que tenía posesiones en el África occidental, para hacer esclavos negros. La razón: muchos de ellos se convertirían a la fe católica y salvarían su alma. A menudo se oye decir que no se aceptaba que los negros fuesen seres humanos y que esa era la causa de que se permitiese su esclavitud. No, nunca se les negó la condición de seres humanos con alma. Fue la salvación de su alma la que movió a Nicolas V a dar plenos poderes al rey de Portugal para esclavizar negros. Y eso convirtió a los Portugueses en el país europeo monopolista en la compra de los esclavos que venían del interior, traídos por otros negros. Bula papal lamentable que sería contestada por muchos teólogos católicos de la escuela de Salamanca, como veremos después. Pero conviene decir dos cosas. Primera, que una bula papal no es magisterio infalible del Papa. Segunda que hay que ser muy cautos a la hora de juzgar algo del siglo XV con la mentalidad del XXI. En esa fecha, 1454, todavía no se había descubierto América y el tráfico de esclavos ni era tan intenso ni su situación era tan terrible como la que llegó a ser. Cuando se produjo el descubrimiento, conquista y colonización de América, el Papa Paulo III condenó y prohibió explícitamente, en 1537, la esclavización de los indios. Ciertamente, si bien los indios nunca tuvieron la condición de esclavos, en el sentido de ser una mercancía que podía comprarse y venderse, sí que fueron sometidos a un durísimo sistema de encomiendas que era algo parecido, en versión más dura, de la servidumbre de la gleba, que ya no existía en Europa.

Pero ya en 1511 se hizo evidente que los indios no tenían la fortaleza física suficiente para soportar los durísimos trabajos a que eran sometidos. Entonces empezó realmente la importación de negros, más fuertes físicamente, a las Américas portuguesas y españolas. Esta importación contaba con la aprobación y el aplauso de determinados sacerdotes como Fray Bartolomé de las Casas (siendo todavía sacerdote secular), eximio defensor de los indios que, al principio la consideraba como buena porque salvaba vidas de indios. Ya veremos que pronto cambió su opinión.

En 1537, el mismo Papa Paulo III, en un breve dirigido al Arzobispo de Toledo, prohibió todo tipo de esclavitud en las indias. Decía que no podían someterse a esclavitud “Occidentales ac Meridionales indos et alter gentes”. Este “alter gentes” pasó desapercibido y la trata de negros continuó.

Había tres premisas generalmente aceptadas y sancionadas por leyes civiles por las que una persona, no europea ni india, o sea, negros, a pesar del “alter gentes”, podían ser hechos esclavos lícitamente. La primera era el haber sido hecho prisionero en una guerra justa. Francisco de Vitoria en su relectio sobre el derecho a la guerra de 1538 había establecido las causas que podían hacer que una guerra se considerase lícita. La segunda era que en su tierra de origen hubiese sido sometido a esclavitud por un delito penado con la esclavitud. Se consideraba que estos delitos deberían ser muy graves, tanto que pudiesen ser penados con la muerte y que, por tanto, la esclavitud era algo así como la conmutación de la pena de muerte por cadena perpetua. La tercera era que la persona se hubiese vendido a sí misma o a algún hijo suyo como esclavo por necesidad extrema. Que estas causas fuesen consideradas como aceptables es algo que hoy día estremece, pero entonces eran una restricción importante frente al acto arbitrario, normal en el África negra entre las tribus, de hacer esclavo a alguien por el mero hecho de pretender obtener un beneficio con ello. Sin embargo, cuando fray Bernardino de Vique preguntó a Vitoria sobre cómo se podía saber si la guerra en la que había sido apresado un negro en el corazón de África era justa o no, Francisco de Vitoria respondió que no era necesario averiguar semejante extremo, especialmente, si la esclavitud era fruto del cambio de la ejecución del prisionero.

Lo que viene a continuación, aunque procure hacer el relato lo más cronológico y lineal posible, no puede ser tal, puesto que muchos teólogos, desde distintos argumentos, bajo distintas circunstancias, daban opiniones a menudo parcialmente contradictorias. Más que un hilo conductor debe pensarse en un embudo que va concentrando, de una manera un tanto caótica, hilos que se entrecruzan, a lo largo de varios siglos, hacia una postura claramente abolicionista. Muchos de los que llamo teólogos eran confesores que procuraban responder a las inquietudes de quienes se confesaban con ellos con vistas a su preocupación de la salvación de sus almas, pero ni uno sólo tenía el más mínimo poder para anular prácticas permitidas por las coronas de Portugal y España y, mucho menos, sobre los ingleses que llevaban esclavos a América del Norte.

En 1552 Bartolomé de las casas, a la sazón ya dominico, en su obra “Historia de las Indias” (no confundir con su “Breve historia de la destrucción de las Indias), que no llegó a publicarse, se desdecía rotundamente de su anterior postura frente a la esclavitud de los negros, expresando con la misma contundencia con que defendía a los indios que su apresamiento en el corazón de África no respondía a ningún tipo de guerra justa, sino al simple saqueo de unos negros sobre otros en busca de la riqueza del tráfico de esclavos, porque “de cien mil no se cree ser diez hechos legítimamente esclavos”. Más aún, afirmaba que la codicia de los portugueses y la demanda que estos hacían de esclavos, acrecentaban las razzias de saqueo de las tribus negras.

En 1560 el dominico Alfonso de Montúfar, arzobispo de México escribió una atrevida carta a Felipe II en la que le exponía el agravio comparativo entre indios y negros. En ella expresaba al monarca los argumentos de Las Casas y le ponía entre la espada y la pared diciéndole que a muchos en México les repugna la conciencia ese tráfico y que para tranquilizarles la conciencia, una de dos, o les dice que todo está bien y entonces será él quien lleve el asunto en la conciencia o que ordene que cese la trata de esclavos negros, lo que “placerá a Nuestro Señor”. Y que no le hable de que es bueno hacerlos esclavos para atraerlos al Evangelio, porque la manera de atraerlos al mismo es ir a predicárselo allí, a África, sin hacerlos esclavos. Supongo que para decirle esto a Felipe II en 1560 había que tenerlos bien puestos. No sé cuál fue la respuesta a esta carta, ni si la hubo pero, evidentemente, la esclavitud no se prohibió.

En términos muy parecidos se expresaba el dominico fray Tomás de Mercado, en 1569 desde Sevilla, a donde solían llevar los portugueses los esclavos que les pedía España. No ponía en duda la licitud de la esclavitud si se daban los tres casos antes citados, pero como creía que no se daban casi nunca expresaba su convicción de que, tanto los traficantes portugueses como los españoles que se los adquirían, estaban en pecado mortal. Era la máxima amenaza que podía hacer.

Todavía con mayor contundencia se expresaba, en 1573, don Bartolomé Frías de Albornoz, un laico, profesor de Iustitia (Catedrático de lo que hoy sería Derecho Civil) en la Universidad de México. Frías de Albornoz fue el único –hasta que llegasen los abolicionistas ingleses a finales del XVIII– que negó, de principio y tajantemente, las tres causas que se mantenía que hacían justa la esclavitud. Cargado de ironía acusadora afirma en su aserto: “También esto debe ser bueno, porque lo hace quien nos debe dar ejemplo”.

En 1583, fray Francisco García, sin llegar a negar las causas de licitud de la esclavitud, denuncia serias dudas de que estas circunstancias se den y avisa de que los compradores finales, en caso de duda, tienen la obligación, si quieren actuar de buena fe, de cerciorarse de que las causas de su esclavitud son las justas. Si lo hubiese comprado sin la diligencia debida y después se enterase de la ilicitud, tendía obligación de restituirle la libertad. Se introducía de esta manera el asunto del tercer comprador. El primero era el portugués que había comprado al esclavo a otros negros, el segundo era el español (o portugués o inglés) que se lo comprase a éste para llevarlo a las Américas y el tercero era el propietario de tierras americanas que lo compraba, ya en América, para su uso. Sin embargo, García concluía que, si investigado el caso por el tercer comprador no había constancia explícita de que hubiese sido mal obtenido, era lícito comprarlo. Es decir, hacía recaer el peso de la prueba sobre la demostración de su ilicitud. Por tanto, de hecho, era una puerta abierta al tercer comprador, porque era muy difícil, por no decir imposible que encontrase ninguna prueba de que había sido hecho esclavo ilegalmente. Es decir, presumía que el esclavo lo era lícitamente.

Entre los jesuitas se produjo una disputa sobre si les era lícito o no tener esclavos. El que hacia 1558 era Provincial de Brasil, el P. Manuel da Nóbrega, pensaba que sí era lícito, puesto que sin ellos, y dada la extrema dureza de la vida en las misiones de Brasil, no podrían dedicarse a la labor pastoral. En una carta enviada en 1558 el Provincial pide dos docenas de esclavos negros. Pero el siguiente Provincial, a partir de 1560, el P. Luis de Grâ, no era partidario de tener esclavos, no por el convencimiento de que no fuese lícito tenerlos, sino por el voto de pobreza que le hizo renunciar no sólo a los esclavos, sino a otras muchas haciendas. Nóbrega escribió al P. Diego Laínez, a la sazón General de los Jesuitas, quien le dio la razón, pero avisando que tenían que cerciorarse de que lo eran a título justo, ya que había oído que algunos se hacían esclavos injustamente. Algunos jesuitas del Brasil fueron obligados a volver a Europa porque se mostraron indignados con esto, ya que no aceptaban la esclavitud de los negros bajo ningún concepto. La disputa se alargó hasta 1590 en que el entonces General, Claudio Aquaviva determinó que era preferible vivir de la limosna a tener esclavos y prohibió totalmente su posesión a los jesuitas. Pero en la provincia de Brasil desoyeron esta orden y siguieron manteniendo esclavos con los argumentos de fray Francisco García expuestos más arriba. En 1593, el jesuita P. Molina, en su libro “de iustitia e iure” daba también su opinión. Una opinión que no aportaba mucho de nuevo en el debate general. La postura, dentro del debate general, del P. Molina venía a decir, siguiendo la opinión de Las Casas, pero tras indagar cuidadosamente, que en la mayoría de los casos la adquisición de los esclavos por los portugueses no cumplía las condiciones de licitud. Por lo tanto, si los traficantes no sabían a ciencia cierta su procedencia, no podían comprarlos, bajo pecado mortal y peligro de condenación de su alma si lo hacían, y toda adquisición debía ser consentida por las autoridades regias de las colonias portuguesas, así como por los obispos de Cabo Verde y Santo Tomé. Recomendaba que sería bueno que estos obispos mandasen misioneros al interior de África para cristianar allí a los negros. Si los traficantes aseguraban que la esclavización de los negros en el interior de África había sido hecha lícitamente y las autoridades civiles y religiosas así lo acreditaban, los compradores siguientes estaban exonerados de responsabilidad. En caso de duda razonable por parte de esas autoridades, los esclavos deberían ser inmediatamente liberados. Pero Molina era consciente de que ni las autoridades civiles ni religiosas de esas colonias se tomaban la más mínima molestia de saber si lo que decían los traficantes era verdad, sino que, en la mayoría de los casos lo aceptaban sin más comprobaciones. Tuvo el valor de amonestarlos duramente por ello, pero poco más podía hacer, por lo que el tráfico continuó. En 1610 se formó la llamada mesa de conciencia formada por las autoridades locales, que dictaminó la licitud del comercio de esclavos.

No obstante, otro jesuita, el P. Tomás Sánchez siguió sancionando la culpabilidad de los primeros mercaderes y extendió a los segundos compradores, los españoles, ingleses, holandeses etc. que los llevaban al Nuevo Mundo, la obligación de tener la certidumbre de que la causa de la esclavitud era lícita. Inútil. Ningún segundo comprador hacía ninguna averiguación. Se limitaban a comprar la “mercancía” haciendo caso omiso de las advertencias de los teólogos/confesores, a pesar de que, a medida que estos investigaban se hacía más y más evidente, y así lo hacían constar una y otra vez distintos de ellos, que en ningún caso la obtención de esclavos era lícita. Todo era un montaje de codicia y pillaje, pero ni se negaron las causas lícitas ni se obligó a los terceros compradores, los que los recibían en América, a ninguna responsabilidad particular. En 1647, el jesuita P. Alonso de Sandoval, reconocía tristemente que los jesuitas seguían comprando esclavos, admitiendo que estaban comprando esclavos que no debían serlo.

La doctrina de Molina y Sandoval prevaleció, sin una sola voz en contra, hasta 1681. En ese año, los capuchinos fray Francisco José de Jaca y fray Epifanio de Moirans, sin conocerse entre ellos, publicaron sendos libros en los que, con una audacia admirable, daban un salto adelante en el tema de la esclavitud. No negaron la licitud de las famosas tres causas tantas veces mencionadas –ya vimos que únicamente don Bartolomé Frías de Albornoz, en 1573, se atrevió a negar la licitud de esas causas hasta que comenzó el movimiento abolicionista inglés a fines del siglo XVIII, es decir, doscientos años más tarde–. Pero la contundencia casi incendiaria de su denuncia en la que no se reconocía que en ningún caso y bajo ningún concepto se podía admitir que esas causas se diesen y la altura a la que hicieron llegar sus voces les hacen figuras señeras en este proceso. Respecto a la ignorancia que pudieran tener los compradores de esclavos, ya fuesen traficantes y segundos o terceros compradores, sobre el incumplimiento de esas causas, decía Jaca: “La ignorancia que les puede competer no es otra que la de Judas vendedor y los judíos compradores de Cristo Jesús”. Pero no sólo a compradores y vendedores ponía Jaca en la picota teológica, sino también al rey: “… si el Rey, jueces, gobernadores, etc., tales cosas permitieran, en lugar de ser conservadores de las repúblicas, fueran los mayores tiranos de ellas. Y entonces, no sólo los agresores de tales iniquidades fueran reos de pena civil y teológica […], pero también dichos reyes, jueces, gobernadores, etc.”. Esto era acusación gravísima puesto que en la doctrina política de la época era aceptado que quien no gobernaba de acuerdo con la justicia y la moral podía ser considerado un tirano y era lícito su derrocamiento. Tampoco las autoridades eclesiásticas, que tenían esclavos, salían indemnes de la pluma de Jaca: “… los que raciocinan diciendo que los señores obispos y religiosos (bien podría decir clérigos y pocas religiosas) sin tropiezo ni escrúpulos por tales [esclavos] los tienen y compran, etc., y así, de alguna manera puedan ser absolutamente esclavos […] respondo con conclusión irónica. Luego, ¿de la autoridad pontificia y sacerdotal que tuvieron Anás, Caifás y los sacerdotes, escribas y fariseos, se justificará la venta que hizo Judas de Cristo y la compra que hicieron ellos para después en su Divina Majestad ejecutaron?” Moirans corroboraba todavía más duramente: “Los reyes y príncipes cristianos que tienen autoridad sobre los Consejos Reales, el Comercio sevillano, la Sociedad parisiense, el Comercio de los ingleses, el de los portugueses principalmente y el de los holandeses, todos los comerciantes, los que transportaban, compraban y vendían esclavos, todos los señores que los poseían eran dignos de muerte por cooperar a las rapiñas y robos de negros en África y a su venta”. Ambos argüían que todos los que tenían esclavos tenían la obligación, no sólo de liberarlos, sino de pagarles los salarios atrasados y de indemnizarles por daños causados. Por otro lado expresaban el derecho de los esclavos a huir si no eran liberados. Moirans acababa con una terrible profecía apocalíptica que, a pesar de su longitud, no me resisto a citar aquí:

“Debido a la injusticia inferida a los negros trasladados de sus tierras y transportados a las Indias, huirán de sus territorios los príncipes cristianos y los perderán, y los obispos y los clérigos también emigrarán de esas tierras y atravesarán los mares huyendo; y los cristianos serán hechos cautivos y esclavos. […] … tanto los príncipes eclesiásticos, es decir, la Iglesia romana, como los príncipes cristianos temporales, serán expulsados de sus territorios, de sus Reinos, de sus dominios; porque trasladaron a los etíopes negros y a los africanos de sus tierras a América, haciéndolos siervos contra todo derecho. Por lo que los mandantes y los que obedecen quedarán privados de sus posesiones; ahora bien, los príncipes eclesiásticos y los doctores que consientan (en estos atropellos), los que se callen, los que no se resistan (a esta manera de actuar) navegarán a América huyendo de la futura persecución (desatada contra ellos) en todo el orbe, una persecución como no han visto jamás los cristianos desde que se fundó la Iglesia de Cristo…”. Más aún, tanto Jaca como Moirans, se negaban a dar la absolución a quienes tenían esclavos si no los manumitían o no les indemnizaban, por entender que no tenían propósito de la enmienda de un pecado mortal.

Ambos capuchinos, que habían acabado en Cuba por distintos caminos y en distintos conventos, fueron tratados con enorme severidad por las autoridades, tanto civiles como religiosas. El gobernador de Cuba ejerció las debidas presiones para que ambos fueran echados de sus respectivos conventos y el Vicario General de la diócesis los procesara. Fue entonces cuando se reunieron. Pero fueron ambos detenidos, suspendidos a divinis, procesados y excomulgados. Sin embargo, como ambos pertenecían a Congregación Propaganda Fide, la excomunión no fue válida. Pero Jaca respondió, sin cortarse un pelo, excomulgando al provisor eclesiástico de la diócesis. Fueron encarcelados en sendos castillos y en 1682, devueltos a Europa en donde, tras muchos vaivenes fueron liberados pero sin autorización de predicar ni de volver a América. Pero el ruido llegó al rey, a la sazón Carlos II que estaba preocupado por los esclavos y que promulgó, en 1683, una cédula en la que se exigía que los esclavos fuesen, en lo tocante a la fe, adoctrinados en ella y en lo temporal que pudieran denunciar a sus amos por malos tratos. Esta cédula alentó a los muchos magistrados que veían con malos ojos el maltrato al que los esclavos eran sometidos. Dos años más tarde, en 1685, Carlos II pidió al Consejo de Indias que le contestase a tres preguntas: 1ª Si era conveniente que hubiera esclavos negros en América; 2ª Si había habido alguna junta de teólogos para dictaminar sobre el asunto y; 3º si había autores que hubiesen escrito sobre el tema. El Consejo respondió de forma torticera, afirmativamente a la primera pregunta, negativamente a la segunda y afirmativamente a la tercera, pero citando sólo aquellos autores favorables a la esclavitud y guardando un silencio sepulcral sobre los que eran desfavorables. Además, engañaron al rey diciéndole que todos los esclavos que se adquirían en África pasaban por una revisión para ver si habían sido sometidos a esclavitud. Afirmaban que sin ellos no cabía mantener aquellas repúblicas de las Indias y que los esclavos eran bien tratados. Y el rey Carlos II, aceptó el dictamen.

Pero Jaca y Moirans no se dejaron amilanar por ello. Llevaron el caso a Roma, ante la Congregación Propaganda Fide, proponiendo un documento con once puntos en defensa de sus tesis. Casi al mismo tiempo llegó a la misma Congregación otro durísimo documento del sacerdote afrobrasileño Lourenço da Silva de Mendoza que afirmaba ser descendiente de los reyes del Congo y Angola y que se titulaba a sí mismo Procurador de todos los mulatos de Portugal, Castilla y Brasil. Denunciaba el horrible maltrato que se daba a los negros que, a menudo, les empujaba al suicidio y pedía la excomunión para todo aquél que tomase parte en el proceso y que esa excomunión únicamente la pudiese levantar el Papa. El 6 de Marzo de 1684, el asunto de Silva de Mendoza se llevó a la asamblea general de la Congregación. En su resolución se decidió escribir a los nuncios de Madrid y Lisboa expresando la amargura del Papa por las crueldades a que se sometía a esos cristianos (los esclavos bautizados, que eran prácticamente todos) y por el hecho de que siendo tales, fuesen sometidos a esclavitud. Se pedía a los reyes de ambos países que prohibiesen, bajo severas penas, dichas crueldades. El 12 de Marzo de 1685 se trataron, en la asamblea de ese año de dicha congregación el asunto de Jaca y Moirans. En este caso, la Congregación decidió que no tenía competencia para definir cuestiones doctrinales, sino que esto dependía del Santo Oficio, al que se tramitó la petición de los dos capuchinos, a la que se remitió su petición. Esa remisión de una a otra Congregación se perdió en el silencio de la Curia. Pero el que la sigue, la consigue y la tenacidad de los frailes españoles se vio reforzada por una nueva petición a Propaganda Fide de Mendoza que también se derivó al Santo Oficio y, esta vez, sí que llegó a su destino y el 20 de Marzo de 1686, el Santo Oficio se pronunció favorable a las tesis de tres de los once puntos de sus tesis y se lo envió a Propaganda Fide. Los puntos aprobados decían que no era lícito hacer esclavos entre los negros por medio de dolo, tampoco lo era comprarlos y venderlos y que para retener a alguien como esclavo era moralmente imprescindible comprobar la justicia de su cautividad. Sin esta comprobación era moralmente obligado manumitirlos e indemnizarlos. Es decir, hacía recaer el peso de la prueba sobre los terceros compradores. Dado que esa comprobación era imposible, este punto obligaba moralmente a esa manumisión e indemnización.

El secretario de Propaganda Fide, que había sido el impulsor de ambos asuntos en Roma, escribió inmediatamente a los obispos de Angola, Cádiz, Sevilla, Málaga y Valencia, así como a los nuncios en España y Portugal para que actuaran sobre los misioneros y sacerdotes de sus demarcaciones. Pero los obispos, sacerdotes y misioneros de ambos países, no dependían de Propaganda Fide, sino del Regio Patronato de Portugal y España, por lo que el decreto del Santo Oficio no tuvo el efecto deseado. Entonces, llegó a España la dinastía borbónica con Felipe V. Una de las primeras cosas que hizo este rey en 1701, fue conceder el monopolio del tráfico negrero en sus territorios a la Real Compañía Francesa de la Guinea, en la que tenía intereses nada menos que el Rey Sol de Francia, Luis XIV. Punto final.

A partir de este momento, se establece un plúmbeo silencio y cesa todo debate teológico. Tan sólo aparecen opúsculos recomendando, con más o menos fuerza, el buen trato a los esclavos. No es hasta finales de ese siglo cuando reaparece en Inglaterra un fuerte movimiento abolicionista que culmina con la prohibición del tráfico de esclavos en 1807 y con la abolición de la esclavitud en Inglaterra y sus colonias en 1833 (en 1789 en el Estado de Pensylvania, concedido a los cuáqueros, en los recién independizados EEUU). No sé documentalmente qué difusión pudo haber tenido en su tiempo toda la discusión teológica de los teólogos españoles ni qué grado de conocimiento tuvieron de ello los abolicionistas ingleses y americanos de finales del siglo XVIII. Pero me caben pocas dudas de esa influencia existió y de que fue muy notable. Tal vez alguien, algún día, pueda hacer una tesis doctoral sobre ello. 

APÉNDICES

En el libro I de la “Política” de Aristóteles se sientan las bases del pensamiento dominante que había sobre la esclavitud en la Grecia clásica. Este pensamiento puede resumirse en que la esclavitud era algo natural porque había hombres que eran esclavos por naturaleza, mientras otros eran libres también por naturaleza. He aquí algunas freses entresacadas de dicho libro I de la “Política”:

“La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar órdenes, obedezca como esclavo y, de esta suerte, el interés del señor y del esclavo se confunden” (Política Libro I capítulo 1).

La condición de esclavo y de bárbaro coinciden:

“Los poetas no se equivocan cuando dicen: ‘Sí, el griego tiene derecho a mandar al bárbaro’, puesto que la naturaleza ha querido que bárbaro y esclavo fuesen una misma cosa” (Ibid Libro I capítulo 1)

“Otros, por el contrario, pretenden que el poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos y que, por último, la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia” (Ibid Libro I capítulo 2)

“Puede decirse que la propiedad no es más que un instrumento de la existencia, la riqueza una porción de instrumentos y el esclavo una propiedad viva”. (Ibid Libro I cap. 2)

“El señor es simplemente, señor del esclavo, pero no depende esencialmente de él; el esclavo, por el contrario, no es sólo esclavo del señor, sino que depende de éste absolutamente. Esto prueba claramente lo que el esclavo es en sí y lo que puede ser. El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo. Es hombre de otro el que, en tanto que hombre, se convierte en una propiedad y, como propiedad, es un instrumento de uso y completamente individual.

Es preciso ver ahora si hay hombres que sean tales por naturaleza o si no existen y si, sea de esto lo que quiera, es justo y útil ser esclavo o bien si toda esclavitud es un hecho contrario a la naturaleza”. (Ibid Libro I cap. 2)

“Lo mismo sucede con el hombre y los demás animales: los animales domesticados valen naturalmente más que los animales salvajes, siendo para ellos una ventaja, si se considera su propia seguridad, el estar sometidos al hombre” (Ibid Libro I cap. 2)

“Por lo demás, la naturaleza de los animales domesticados y de los esclavos son poco más o menos del mismo género. Unos y otros nos ayudan con el auxilio de sus fuerzas corporales a satisfacer las necesidades de nuestra existencia. La naturaleza misma lo quiere así, puesto que hace los cuerpos de los hombres libres diferentes de los de los esclavos, dando a éstos el vigor necesario para las obras penosas de la sociedad y haciendo, por el contrario, a los primeros, incapaces de doblar su erguido cuerpo para dedicarse a esfuerzos duros y destinándolos solamente a las funciones de la vida civil, repartidas para ellos entre las ocupaciones de la guerra y las de la paz”. (Ibid Libro I cap. 2)

“Sea de esto lo que quiera, es evidente que unos son naturalmente libres y los otros naturalmente esclavos; y que para éstos últimos, la esclavitud es tan útil como justa”. (Ibid Libro I cap. 2)

“Hay gentes que, preocupadas por lo que creen un derecho, y una ley tiene siempre las apariencias de un derecho, suponen que la esclavitud es justa cuando resulta del hecho de la guerra. Pero se incurre en una contradicción; porque el principio de la guerra misma puede ser injusto, y jamás se llamará esclavo al que no merezca serlo; de otra manera, los hombres de más alto nacimiento, podrían parar en esclavos, hasta por efecto del hecho de otros esclavos, porque podrían ser vendidos como prisioneros de guerra. Y así, los partidarios de esta opinión tienen el cuidado de aplicar este nombre de esclavos sólo a los bárbaros, no admitiéndose para los de su propia nación. Esto equivale a averiguar lo que se llama esclavitud natural y esto es, precisamente, lo que hemos preguntado desde el principio. Es necesario convenir en que ciertos hombres serían esclavos en todas partes y que otros no podrían serlo en ninguna. Por consiguiente, la autoridad del señor sobre el esclavo es a la par justa y útil, lo cual no impide que el abuso de esta autoridad pueda ser funesto a ambos. Y así, entre el dueño y el esclavo, cuando es la naturaleza la que los ha hecho tales, existe un interés común, una recíproca benevolencia; sucediendo todo lo contrario cuando la ley y la fuerza, por sí solas, han hecho a uno señor y a otro esclavo”. (Ibid Libro I cap. 2)

Link a la obra completa de Aristóteles “Política”.


4 de febrero de 2016

Frases 4-II-2016

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Todo lo que hayamos hecho en el tiempo, habrá sido hecho para la eternidad, y todo lo que no hayamos hecho, dependiendo de nosotros y esperando Dios que lo hiciéramos, habrá sido no hecho para la eternidad. Nada de lo que verdaderamente hayamos amado en justicia, paz y caridad, se habrá perdido.


Charles Moeller; Literatura del siglo XX y cristianismo. Tomo III, la esperanza humana, conclusiones.

30 de enero de 2016

Cuando despertemos

La humanidad ha despertado, hace poco menos de dos siglos de la espantosa pesadilla de la esclavitud. Esta lacra había existido desde siempre en la humanidad, pero tomó proporciones inauditas cuando el mundo que empezaba a ser rico descubrió el azúcar. Para cultivarlo era necesaria una mano de obra barata y muy resistente. Y se empezó a echar mano de forma masiva de la mano de obra esclava de los negros de áfrica. Posteriormente el uso de la esclavitud se extendió a otros cultivos como el algodón. Y la humanidad vivía esa pesadilla con normalidad, como si no pasase nada. Pero ya desde mediados del siglo XVI se empezaron a levantar voces que clamaban contra semejante atrocidad. Eran voces de frailes teólogos de distintas congregaciones, generalmente desoídas o hasta silenciadas tanto por la alta jerarquía eclesiástica –a diferencia de la enérgica condena que desde el principio hizo contra la esclavización de los indios– como por las católicas monarquías española y portuguesa. Ésta última, de hecho, tuvo durante mucho tiempo el monopolio de la trata de esclavos negros. Por supuesto, las monarquías francesa o la anglicana de Inglaterra o los príncipes alemanes o italianos, también apoyaban la esclavitud. Sólo unas cuantas modestas voces de frailes teólogos la condenaban. Pero el eco de esas voces fue recogido, ya a finales del siglo XVIII, en Inglaterra y en EEUU por los cuáqueros que, junto con otras confesiones que se les unieron en esos países, empezaron una denuncia sistemática de la esclavitud y fueron, poco a poco, penetrando el pensamiento de la sociedad civil, hasta que los políticos, que en principio eran todos esclavistas, no tuvieron más remedio que, poco a poco, hacerse eco de lo que se estaba convirtiendo en un clamor, hasta que se abolió la esclavitud. Primero fue Inglaterra y, después, el resto de los países la siguieron. El último lugar del mundo occidental en el que se abolió la esclavitud fue en la Cuba española, donde perduró hasta 1896. Hoy día, cuando se leen los discursos de los políticos esclavistas y antiesclavistas, uno siente escalofríos en la espalada cuando lee los primeros y se emociona ante los segundos. Y, tras ello, piensa: ¿Cómo pudo la humanidad vivir durante tanto tiempo, como si tal cosa, en la espantosa pesadilla de la esclavitud? ¿Cómo se pudo pensar que privar de la libertad a un ser humano, el más preciado don humano, lo que le hace a imagen y semejanza de Dios, era un derecho que asistía a otros seres humanos? Y no nos lo podemos explicar. Pero no es mi intención hablar ahora sobre la esclavitud. Probablemente escriba pronto algo sobre el proceso que nos liberó de ella y nos despertó de la pesadilla. Hoy quiero hablar de una pesadilla en la que estamos inmersos hoy: de la espantosa pesadilla del aborto.

Hay una enorme cantidad de paralelismos entre ambas pesadillas. Por supuesto, la del aborto es más grave, puesto que priva del derecho a la vida a seres humanos inocentes y la privación de la vida es mucho más grave que la de la libertad, porque la vida de un ser humano es un derecho superior al de la libertad ya que para que exista libertad tiene que haber vida. Que el feto o el embrión son seres humanos es algo innegable hoy científicamente. Se sabe que tiene todo lo necesario para que, si se le permite desarrollarse, llegue a ser como cualquiera de nosotros. El que se le llame feto o embrión no es más que la denominación de una fase de la vida, como podría ser decir que alguien es niño, adolescente, joven o viejo. Que el feto tenga o no capacidad de pensar es algo circunstancial. En la naturaleza de su desarrollo está, desde el momento de la concepción, la capacidad de llegar a pensar. Un niño recién nacido no tiene capacidad de pensar y, sin embargo, a nadie en su sano juicio –todavía– se le ocurre negar que es un ser humano[1]. Todo el proceso del embrión al adulto es un continuo, sin ningún salto cualitativo que permita trazar una frontera que diga que justo antes no era un ser humano y justo después sí. En este razonamiento no tiene ni una sola palabra la religión. Es simplemente una realidad científica que sólo puede negarse desde una ceguera interesada. ¿Quién, entonces, puede arrogarse el derecho de decir que miembro de la especie humana es un ser humano y cual no? Cada vez que la humanidad se ha arrogado ese derecho, la consecuencia ha sido el genocidio. Tras los fetos y embriones vendrán –ya están viniendo– los ancianos, los inválidos y cualquiera que, en general, pueda ser molesto. Una nueva versión de “Un mundo feliz de Aldous Huxley”. Y esta pesadilla se hace todavía más terrible cuando se considera que el aborto se da en una sociedad que asegura que pretende defender al débil y que está dispuesta a gastar ingentes cantidades en crear un Estado de protección social. Cuanto más débil es el feto, más peligro de muerte corre. Y el feto –y todavía más el embrión– son los seres humanos más débiles que pueda imaginarse. No tiene voz que le defienda. Tiene ojos y cara, pero enseñarla ha llegado a considerarse de mal gusto, porque puede herir las conciencias de quienes luego le puedan querer matar. Su cuerpo pesa casi mil veces menos que el de un judío. Cuando los nazis cometieron el holocausto, desacerse de los cadáveres era un problema. No ocurre lo mismo con los fetos o embriones. Simplemente, se tiran a la basura previo paso por la trituradora y nadie los ve. Y si alguien los ve y muestra esas horribles imágenes, es tachado de sensacionalista y de desagradable. Todo para que se haga realidad el refrán de “ojos que no ven corazón que no siente”. Porque si se viese, el horror se apoderaría de nosotros y nos despertaría de la pesadilla. Pero no, ¡hay que taparlo como sea!

Pero hay más. Con la capacidad médica de poder diagnosticar determinadas enfermedades, como la trisomía, en el vientre materno, se ha firmado la sentencia de muerte de muchos niños que han cometido la terrible falta de sufrir una enfermedad. Es decir, de los débiles entre los débiles. Y se hace todavía más sangrante cuando se considera que este derecho a matar seres humanos se desarrolla en una cultura que protesta con terrible indignación porque se sacrifique un perro que puede transmitir el ébola o porque se utilicen animales para la investigación clínica de medicamentos que pueden salvar millones de vidas humanas.

Veamos algunos paralelismos entre esclavitud y aborto. Como la esclavitud, el aborto se ha practicado desde siempre. Siempre ha habido curanderos que cuando una mujer se quedaba esperando hacía lo necesario para terminar con la vida del feto. Pero hace apenas 50 años la ciencia genética ignoraba lo que ahora se sabe a ciencia cierta: que el feto y el embrión son seres humanos. Lo mismo que la esclavitud tomó auge debido al egoísmo humano, así ha ocurrido con el aborto. Una corriente social se ha ido imponiendo paulatinamente mediante la explotación interesada de un egoísmo disfrazado de buenismo, que es el disfraz más terrible que hay. La falta de conciencia de la sociedad civil, que cegada por el egoísmo aceptó que tener esclavos hizo que ésta fuese un derecho legal, hizo que las leyes reflejasen positivas reflejasen ese derecho falso y terrible. Lo mismo, exactamente lo mismo, ha pasado y está pasando con el aborto. Una sociedad civil cegada por un mensaje torticero cree un derecho que la conveniencia de unos esté por encima de la vida de otros. Fue la voz de un puñado de personas, determinadas a acabar con ese derecho la que, poco a poco, hizo que cambiase la mentalidad de la sociedad. Y fue cuando esta mentalidad cambió cuando las leyes cambiaron y se acabó por abolir la esclavitud haciendo que la humanidad despertase de la pesadilla. Y estoy convencido de que ese proceso se repetirá. Hay muchas voces que se alzan contra esa barbarie. Menos de las que debería haber, pero muchas. Y una parte importante de esas voces –no todas, desde luego– proviene de miembros de la Iglesia católica. Pero estos no están contra el aborto y a favor de la vida sólo por ser católicos, sino por razones de la protección de los seres humanos más débiles e indefensos.

Creo que llegará un día, no sé cuando, en el que, gracias a esas voces y a las voces atraídas por ellas, la marea cambiará de signo y empezará a crecer un clamor cívico contra el aborto. Y creo que ese clamor será el que haga que cambien las inicuas leyes que consagran el aborto como un derecho. Creo firmemente que será así y no al revés. Pretender que cambien las leyes sin cambiar antes la marea de la conciencia cívica me parece imposible. Me parece un intento de atajo que, al final, lleva a vía muerta. Hay que seguir la senda larga y estrecha, porque no hay otra que funcione. Y cuando llegue ese día, cuando el último país del mundo haya derogado la última ley que considere matar como un derecho, nos preguntaremos con espanto: ¿Cómo fue posible? ¿Cómo pudimos ser tan atroces, tan inhumanos? ¿Cómo pudimos estar tan ciegos?

Y, anticipándome a ese día diré quienes son los culpables. Desde luego, las menos culpables de todas son las mujeres que, muy a menudo sin el más mínimo conocimiento de causa –aunque no siempre–, sufren el aborto. Estas mujeres suelen ser víctimas de su entorno. Empezando, en general, por el que la ha dejado embarazada que la suele empujar a abortar bajo la amenaza de abandono. Siguiendo, a menudo, por los padres que quieren quitarse un problema de encima. Continuando por los llamados centros de planificación familiar –hay que fastidiarse– que inmediatamente plantean como única alternativa, como un callejón sin otra salida, el aborto. ¿Sigo? También nos asombraremos de que los partidos políticos, para ganar votos, hayan vendido su alma, en mayor o menor medida, a esa corriente social. Unos a regañadientes y otros haciendo de ello bandera. ¿Sigo? Casi para terminar, nos asombraremos, como nos asombramos ahora de que la avaricia de los dueños de plantaciones les cegase hasta el punto de considerarse con derecho a esclavizar a seres humanos para vivir bien ellos, de que haya gente que se forre con el negocio de la muerte, hasta el punto, no solo de matar, sino de traficar con los órganos de los fetos muertos o de los embriones. Ellos son los auténticos traficantes de esclavos, en este caso traficantes de muerte, del siglo XXI. He dicho casi para terminar. Pero hay un escalón más en la pirámide de la depredación de vidas humanas. En el vértice están aquellos que han fomentado la cultura de la muerte como una forma de deteriorar los valores de una sociedad a la que quieren destruir para construir sobre sus cenizas un supuesto “paraíso”. “Paraíso” cuyos intentos para instaurarlo ya ha costado cientos de millones de vidas humanas en experimentos de ingeniería social espantosos, pero que no están dispuestos a reconocer a ese falso “paraíso” como lo que es: un infierno terrible y espantoso.

Por último, debo decir que en mi visión de una sociedad que haya despertado de la pesadilla del aborto, debería haber dos cosas importantes. La primera, una formación que crease la cultura de que cada vida humana es algo maravilloso más allá de que pueda traer complicaciones en ciertos casos. La segunda, una red de protección y ayuda para quienes esa vida pueda traer problemas difícilmente superables. Protección para que las madres para las que su hijo pueda ser una dura carga. Hacer que se vean protegidas de presiones que las empujen al aborto. Hacer que puedan recibir la ayuda necesaria para que puedan sacarlos adelante. Protección y ayuda para que los niños con enfermedades puedan recibir el cariño de sus padres. Medios para luchar medicamente contra esas enfermedades prenatales. Estoy leyendo un libro de la biografía de Jérôme Lejêune. Es el descubridor de la trisomía como causa de la enfermedad conocida como síndrome de Down. Cuando descubrió la causa, se lanzó, como buen médico que era, a intentar buscar una curación precoz de la enfermedad o, por lo menos un paliativo eficaz contra sus consecuencias. Pero cuando se hizo posible el diagnóstico precoz de la enfermedad, se tomó el camino de la eliminación de estos enfermos. Hoy en día, en nuestra civilizada sociedad, más del 90% de los que padecen trisomía son eliminados como desecho. Desaparecieron los fondos para esta investigación y el Dr. Lejêune fue condenado al ostracismo médico, su nombre fue prohibido para publicar en las principales revistas médicas, fue insultado, vilipendiado, amenazado, agredido. Esto nos causará asombro cuando despertemos. ¿Cómo los avances de la medicina pudieron llegar a primar –nos preguntaremos con espanto–, en nombre de ésta, la muerte sobre la vida? ¿Cómo en una sociedad que se gastaba miles de millones en investigación médica para curar enfermedades benignas, pudo cerrarse el grifo a una investigación para paliar o evitar los efectos devastadores de la trisomía tan sólo porque existía la alternativa del holocausto? Y no sabremos que responder. Nos quedaremos mudos. Pero yo, hoy, quiero ser una pequeña voz que, junto con otras, clama en el desierto. Quiero hacer mi parte insignificante en conseguir ese cambio de marea de la conciencia colectiva. Pase lo que pase, valga lo que valga, yo haré mi parte. Y estoy seguro de que, aunque diminuta, no será inútil. Si quieres ayudarme, difunde esto a todo el mundo y suma tu voz a las que ya lo están intentando. ¡Vamos a repetir con el aborto lo que ha pasado con la esclavitud! ¡Viva la libertad! ¡Viva la vida! No me cabe la menor duda: ¡la victoria será nuestra!



[1] Lo dicho en el texto no es cierto. Hay personas, como por ejemplo el filósofo Paul Singer que admiten incluso el infanticidio y están, creo, en su sano juicio en el sentido de que no están locos. Pero a estos los califico de perversos y creo que en esto, de momento, coincido con el 99,9% de los seres humanos. Creo, por tanto, que en el sentido literal de la expresión, no está en su sano juicio.

27 de enero de 2016

Frases 28-I-2016

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Sentimos y experimentamos que somos eternos. [...] ...hemos experimentado la eternidad presente en el tiempo. Y pienso que detrás de la muerte tendremos una nueva experiencia, la experiencia del tiempo todavía presente en la eternidad. [...] Por tanto, ya en vida gozamos de la eternidad, y tras esta vida gozaremos de nuevo del tiempo. [...] El tiempo es la eternidad ya comenzada. La eternidad es el tiempo tras la muerte. [...] Pero Bergson me hizo entender que en el tiempo había una especie de invención continua del futuro. [...] ...y sin embargo, al final de mi vida yo entiendo el tiempo de una manera completamente diferente.

Jean Guitton. Discurso “El ..., el héroe y el santo”, pronunciado en Madrid en 1995.


24 de enero de 2016

Madrid de corte a checa

¡Qué gran novela “Madrid de corte a checa” de Agustín de Foxá! ¡Y cómo ha sido condenada al ostracismo por la misma izquierda que preconiza la memoria histórica tuerta del ojo derecho! Sin duda, sin el sectarismo izquierdista podría ser considerada como una de las mejores novelas en lengua española del siglo XX. Pero hay cosas que la izquierda sectaria no puede perdonar. Y una de ellas es la verdad. Llevaba años intentando encontrarla sin lograrlo –la verdad es que tampoco removía Roma con Santiago– cuando un amigo mío me la prestó. Y la leí. Ahí estaba la verdad de las cosas que llevaron a la caída de la monarquía de Alfonso XIII en 1931, los años de la II República de la que tantos añoran una idealización torticera de lo que realmente fue y, sobre todo, los primeros meses de la guerra en un Madrid sometido a un espantoso reino del terror indiscriminado y salvaje. Tampoco coincido en todo, ni mucho menos, con lo que leo en la novela. Entre las cosas con las que menos coincido es con la idealización del nacimiento de la falange.

Pero una novela no se lee para estar o no de acuerdo con la ideología que la inspira, sino por la calidad de su prosa y el interés de lo que cuenta. Y ésta es extraordinaria en ambos extremos. Si además la novela narra acontecimientos históricos, es importante, dejando al margen la ideología, juzgar la veracidad de los hechos que narra. A lo largo de mi vida he hablado con bastantes personas que vivieron encerradas en embajadas que las acogían para evitar que las matasen, he leído testimonios de los que fueron embajadores de esos países en Madrid y de quienes se dedicaron, como hizo Sanz Briz con los judíos en Budapest en la II Guerra Mundial, a procurarles pasaportes falsos de sus países a muchos de los refugiados para que pudiesen salir de España, etc. Además, recientemente, un alumno de la universidad del CEU ha realizado una tesis doctoral en la que se documentan sin lugar a dudas los asesinatos, no ya de los “sospechosos” de “fascistas”, sino de miembros del POUM, la CNT y la FAI por los comunistas.

Dispongo de un testimonio que considero valiosísimo: el de mi padre. Mi padre nació en 1893, por lo que cuando estalló la guerra civil tenía 43 años. Al entregar Alfonso XIII el gobierno a la dictadura de Primo de Rivera[1], mi padre, indignado, decidió hacerse republicano y militó en el partido de Azaña. Participó en la política local de Vitoria, su ciudad natal y en la que vivió hasta que se vino a vivir a Madrid al principio del franquismo. En el 36 era primer Teniente Alcalde de Vitoria, en funciones de Alcalde por la enfermedad del mismo. Tras la sublevación de Franco, fue detenido y pasó parte de la guerra en distintas prisiones, empezando por la de Vitoria. En su libro “Una ciudad desencantada”, continuación de otro suyo “Vida de la ciudad de Vitoria”, deja claro su desencanto por la mezquindad y ramplonería de la política republicana. Pero en sus memorias, no editadas pero guardadas celosamente por mi familia, hay un testimonio mucho más explícito. Cuando se produjeron en Madrid sacas masivas de presos políticos de la cárcel, la población civil de Vitoria pretendió tomarse la justicia por su mano y hacer lo mismo en la cárcel de esa ciudad. Se encontraron con la firme resistencia de las autoridades que impidieron que esas sacas se produjesen. Es cierto, y también se lo he oído contar a mi padre, que sí que hubo ejecuciones entre los presos de Vitoria, compañeros de celda suyos algunos de ellos, especialmente cuando se inició la campaña del norte en la guerra. Mientras mi padre estaba en la cárcel por republicano, a todos los hombres de la familia de mi madre, su padre y varios hermanos, los mataron en una finca que tenían en los montes de Toledo. Cuando mi abuela materna, que había visto morir a su marido y a sus hijos, llegó, tras muchas vicisitudes, a Vitoria, lo primero que hizo fue ir a dar un abrazo a mi padre. A pesar de todo esto, JAMÁS he oído en mi casa una palabra de odio, venganza o revancha, sino de perdón. Y, por tanto, tampoco lo hay en mi corazón, porque he mamado perdón, no odio. En los años 60 mi madre escribió un libro en cuyo desarrollo temporal entraba la guerra civil española. Despacha todo lo que tiene que ver con ella con la siguiente frase: no merece ser referido a la posteridad lo que es indigno de ella. Por eso indigna la tuerta y cargada de odio memoria histórica de Zapatero que se sigue queriendo resucitar. Pero ante la mentira hay que levantar, aún sin odio, el baluarte de la verdad.

Por todas estas cosas, me caben muy pocas dudas –diría que ninguna– de que lo que cuenta Foxá es la pura y cruda verdad. Y eso que la novela está escrita antes de que se supiera de las terribles matanzas de Paracuellos. Y esa verdad me ha espeluznado. No tanto como lo han hecho las torturas y martirios a los que fueron sometidos –y también hay pruebas fehacientes de ello– tantos y tantos sacerdotes y religiosos en toda España, pero me ha espeluznado.

Conozco también a personas contemporáneas de los hechos que viven con la obsesión de que eso se pueda repetir. Sinceramente, no creo que semejante cosa pueda volver a pasar, aunque la historia humana puede dar sorpresas muy desagradables. Lo que voy a decir a continuación lo puedo decir ahora pero mis frenos internos me hacían incapaz de decirlo hace tan solo algunos años. Si las posibilidades de que esto se repita son remotas, se lo debemos a Franco. Jamás he sido franquista y tampoco ahora lo soy. Pero la verdad es la verdad y, como dije antes, debe estar por delante de la ideología sin dejarse deformar por ésta. En los años 60 Franco logró, a base de dar seguridades a la inversión extranjera, un milagro económico que hizo que apareciese una clase media. Ahora, la propaganda izquierdista quiere hacernos creer que esa clase media está dejando de existir. Pero, a pesar de la dureza de la crisis, es una mentira más, que repetida hasta la saciedad por los tontos útiles parece convertirse en verdad. Desde luego, ¡qué más quisiera esa izquierda radical que su mentira fuese verdad! Pero no lo es. Y porque no lo es, creo que no llegaremos a lo que cuenta Foxá en “Madrid de corte a checa”. Aunque, cosas veredes. Si no llegamos no será porque la ideología izquierdista no avive el fuego. Copio una carta de un sacerdote que ya vivía en el 36:

Carta de D. Rafael Carbonell, un sacerdote anciano a doña Rita Maestre, actual concejal de Podemos en el Ayuntamiento de Madrid:

"A la militante de Podemos Rita Mestre

La recuerdo bien. Vd. estuvo en el asalto a la capilla de la Facultad de Psicología, gritando como una energúmena, 'arderéis como en el 36'. Fue detenida por la policía por el delito de asalto. Y Vd. ahora es de los ideólogos del nuevo partido político.

'Arderéis como en el 36'.

Vd. no había nacido en el 36. Yo sí.

Y asistí a lo que habría hecho Vd. 'Arderéis como el 36'.

Mi congregación tenía una casa en Barcelona, en el Coll. La parroquia era la casa de los pobres. Vinieron unos milicianos llenos de odio (como Vd.) mataron a los sacerdotes, incendiaron la iglesia y los pobres se quedaron en la calle.

Unas religiosas regentaban gratuitamente una escuela para los hijos de los obreros. Fueron asesinadas, se cerraron las escuelas. Los niños se quedaron sin escuela. Era el programa de los del 36, que Vd. quiere implantar de nuevo con su Podemos.

Sus compañeros del 36 asesinaron miles de ciudadanos, por ser sacerdotes, religiosos, religiosas, simples cristianos. Sin juicio. ¿Piensa instaurar el terror 'como en 36'? Sus palabras, sus amenazas parecen decir que sí, que no imperará la ley, el respeto, sino el odio 'arderéis como en el 36'. Si ése es su programa y el de su partido ¡Dios nos ampare! Vd. no quiere democracia, solidaridad, respeto de le persona, diálogo, colaboración. Vd. quiere odio, asaltar, quemar. ¿Cree Vd. que su partido, su ideología, su actitud de asaltante, mejorará la sociedad española?

Soy un sacerdote, profesor. He recorrido medio mundo sembrando amor, respeto, alegría. Ahora ya mayor vivo feliz. Mi mensaje: La vida vale lo que vale el amor. Vivo sembrando felicidad, sonriendo, dando paz.

No parece que este mensaje mío, sea el suyo 'arderéis como el 36'.

Piénselo bien militante de Podemos Rita Mestre.

Si no siembra felicidad, amor, respeto ¿cree que tiene sentido su vida?

Con todo respeto

Rafael Carbonell"

Sin embargo, hay cosas en las que sí hay un paralelismo muy estrecho entre lo que cuenta Foxá y lo que está pasando ahora. Y una de éstas es la venta de la integridad de España, que es posible que sea peor ahora que entonces. No me puedo resistir a citar textualmente unas páginas de la novela. Me he saltado algunos párrafos, que indico dónde. para no alargarlo y porque eran rodeos innecesarios, pero cada letra que pongo está en el libro. No he podido evitar, sin embargo, poner en negrita la frase final de la cita:

“Se discutía aquella tarde el Estatuto de Cataluña. Se enajenaba un trozo de España, con sus montañas, sus mares y sus fábricas, en aquella gran tertulia nacional, en aquel ingenioso café de sobremesa.

[…]

-Va a hablar don Manuel. Todos, aduladores o curiosos, entraron en el salón de sesiones.

Marcaba el reloj las siete, sobre el montante de cristal y la cortina granate de la puerta de entrada. A un lado y a otro, los mármoles con orlas de laurel de bronce y los nombres en oro de los grandes parlamentarios fallecidos. Dato, Canalejas y, a continuación, el laurel reciente, el oro nuevo, de los medallones con los nombres de Galán y García Hernández.

Cortinas granates, de un terciopelo cansado, del hemiciclo rojo con sus pasillos en escalón. Los diputados abrían los pupitres. Un periódico sobre el terciopelo. Los ujieres entraban con bandejas con vasos de agua y azucarillos tostados, asturianos, para los oradores. Alborotaban los timbres y las conversaciones. Al fondo, el enorme dosel, agarrado en lo alto por la muela de la coronal mural, cayendo en hondos pliegues detrás de la mesa de la Presidencia, donde Besteiro mostraba su sonrisa de dientes de caballo, entre las pantallas verdes de las mesas de los taquígrafos.

En los nichos polvorientos, a ambos lados del dosel, las estatuas en yeso de los Reyes Católicos, junto a los cuadros de la Jura de un Rey de Castilla y el óleo chillón de las Cortes de Cádiz, que limitaba con su marco de oro una algarabía de manolas y chisperos con redecilla.

Asistía mucha gente a la sesión. Rebosaban las tribunas, agarrándose alguno a las cortinas o a las columnas de hierro, pintadas de blanco, para no caerse. Jolgorio en la tribuna de los ‘chicos de la Prensa’, con los teléfonos en el cuarto de al lado, encasilladas las estrechas cabinas con los nombres de los periódicos ‘ABC’, ‘Ahora’, ‘Liberal’, ‘Libertad’ y ‘El Debate’. Telefoneaban a la Redacción:

-Va a hablar Azaña. ¿Me oyes, García? -¿Habéis recibido ya las cuartillas con el discurso de don Felipe?

[…]

Y levantóse a hablar don Manuel Azaña en la cabecera del banco azul.

[…]

La gente de las tribunas imponía silencio. Se veían desde arriba las calvas y las cabelleras de los diputados de la oposición.

Azaña estaba pálido. Tenía una cara ancha, exangüe, con tres verrugas en el carrillo, y tunos lentes redondos, bajo las cejas alzadas. Vestía de oscuro. Hablaba frío, despectivo, extenso. Construía la frase literariamente salpicándola de cinismo, de ironía, de orgullo, porque quería ‘epatar’, desconcertar, herir. Era árido y de metáforas apagadas. Se veía la carga enorme de rencor y desilusión, que era su motor y su fuerza. Era un lírico del odio, un polemista de la venganza.

[…]

Encendieron las luces, azulencas, sobre las rojas cortinas. Sonaba metálico el discurso, lleno de aristas.

-‘La sal del encono’. –‘Que se pacifiquen ellos’. –‘No creo en el poder judicial’. –‘No me importa la opinión de su señoría.” –“¿Que vamos al
caos? ¿y qué es el caos?’

Comparaba el problema de Cataluña con una fruta que tiene su período de madurez, el período ácido y después se pudre.

Le interrumpían Gil Robles y Miguel Maura.

Contestaba frío, despectivo, atribuyendo al adversario párrafos que no había dicho, esmaltando los períodos de frases estudiadas.

-‘Ladran, luego cabalgamos’.

-‘Las Cortes no son el Sinaí’, ‘La Dictadura es una ofensa permanente al discernimiento’. -y al final la amenaza-: ‘Veremos quién ríe el último’.

Le aplaudía frenética la mayoría. Royo Villanova tomó la palabra. Usaba una franqueza y una fraseología baturra. La Pilarica y el Estatuto. Anécdotas de Pi y Margall y el traspaso de servicio. Aludía burlesco a los almogávares. Era patriota y bien intencionado. Pero sólo le celebraban los dichos agudos.

Así, aquella tarde, sólo unos chascarrillos de tertulia defendieron la integridad de España. Azaña se retiró del salón de sesiones. Iba satisfecho. Había entregado la Castilla desnuda y gloriosa de su niñez (montes violetas de Alcalá de Henares, donde el Arcipreste sembrara avena loca, jardín de boj de los agustinos del Escorial) a los horteras de Barcelona a cambio de unos votos para completar el quórum.

¿No nos trae esto a la cabeza lo que ha pasado en España hace unos años con el Estatuto de Cataluña? En este tema, ¿no es posible que veamos cosas peores? Me temo que sí y, esta vez, creo que, muy probablemente, las veremos. A menos que opongamos, para evitar esta y otras muchas catástrofes que nos pueden sobrevenir –aunque no lleguen al Madrid convertido en checa– la que sabéis considero la única posibilidad real. ¿Hace falta que la diga? No creo, pero creo que ya la sabéis. Pero termino como hacía Catón en todos sus discursos: “Ceterum censeo Carthaginem esse delendam”; “También soy de la opinión que Cartago debe ser destruida. Por tanto, digo: Y también soy de la opinión de que sólo el voto al PP puede parar el desastre. A ver si tengo el mismo éxito que Catón. Lo dudo, pero por mí que no quede.

P.D. Si alguno quiere que le envíe en documento pdf la novela de Agustín de Foxá, no tiene más que pedírmela. Me manda un comentario con su mail y, sin publicar el comentario, se lo envío. No considero esto un atentado contra la propiedad intelectual porque el ostracismo a que ha sido sometida por el pensamiento imperante hace que, hasta donde yo sé, esté descatalogada en todas las editoriales. ¡Eso sí que es atentado contra la propiedad intelectual!




[1] Dictadura que, hay que decirlo, fue aplaudida por prácticamente todos los partidos, sin excluir a la izquierda. De hecho, el PSOE fue el único partido que siguió siendo legal al instaurarse esta dictadura que, en seguida, recibió el nombre de “dictablanda”. Durante la misma se hicieron muchas cosas que supusieron un notable progreso económico para España.