13 de abril de 2008

El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento 6

Tomás Alfaro Drake

Introducción

El 6 de Enero, en una entrada de este blog dedicada a Simone de Beauvoir, me comprometí a hacer un análisis de cómo el pensamiento occidental ha derivado hacia la posmodernidad. Luego, pensé que no me bastaba con ese análisis. Necesitaba ver qué reacción estaba habiendo en este pensamiento contra esa decadencia. No me gusta la palabra reacción ni contra. Lo que se está produciendo no es una reacción contra nada, sino un reavivamiento del pensamiento sano que hizo posible Occidente y de cuyas rentas ha venido viviendo nuestra cultura dilapidando una preciosa herencia. Por eso he llamado a esta “reacción” “nuevo renacimiento”. No sé exactamente a dónde me llevará este intento, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el mar. Así que empiezo hoy una serie de escritos que espero sirvan para algo y que no sean demasiado densos ni demasiado largos. Pero no sé cómo me saldrá el intento. Este párrafo iniciará cada una de las “entregas”, para recordar para qué los escribo. No recomiendo empezar la lectura de esta serie por cualquier sitio. Si alguien está interesado en ella, creo que es mejor remontarse al primero, publicado el 20 de Enero del 2008.

Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Nietzsche es el tercero, en orden estrictamente cronológico, del triunvirato de filósofos con más influencia en el pensamiento posmoderno. O, al menos, así me lo parece. Fue un filósofo muy especial y de difícil catalogación. A los veinte años cayó en sus manos, por casualidad, un ejemplar de la obra de Schopenhauer “El mundo como voluntad y representación”. Supuso para él como una revelación y quedó cautivado por su filosofía. Pero once años más tarde, una rica mecenas de artistas y pensadores, Malwida von Meysenburg, le invitó a pasar una temporada, junto con otros amigos, en su villa de Sorrento. Allí, Nietzsche descubrió que, ¡qué demonios!, también había cosas maravillosas en el mundo. Descubrió la belleza, especialmente la de la naturaleza. Lo que ocurría, pensó, era que para ser capaz de disfrutar la belleza, había que sufrir. Cuanto más se sufriese por un lado, más se disfrutaría por otro. Por lo tanto, merecía la pena ser un sufridor. Su fe en Schopenhauer se derrumbó. Eliminar el sufrimiento era eliminar la belleza y eso era una cobardía. Se trataba de una especie de polaridad. Y Nietzsche vivió esa polaridad. Siempre fue sumamente desgraciado en el amor –al que daba una importancia vital–, siendo rechazado una y otra vez por todas las mujeres que amaba. Al mismo tiempo, era un apasionado de la naturaleza y solía pasar largas temporadas en la montaña entregado a agotadoras actividades de alpinismo de a pie. Nietzsche sintió también una gran atracción por el mundo griego, del que se forjó una visión muy diferente de la tradicional. También en este mundo había una polaridad. Existía la mentalidad apolínea, es decir, referente a Apolo. Ésta era luminosa, serena, mesurada y racional. Pero por otro lado existía en la Grecia clásica, la mentalidad dionisíaca de Dionisos. Ésta era oscura, impulsiva, desmesurada, desbordante, promiscua y orgiástica. Dionisos era un hijo de Zeus y una mortal, Semele. Cada año moría, era descuartizado, sus restos se enterraban, pero renacía para una breve vida de orgías sensuales. Le parecía a Nietzsche que lo dionisíaco era más acorde con la voluntad de vivir heredada de Schopenhauer y polarizada por él en el sufrimiento y el placer. Así como para Schopenhauer, al no existir más que el sufrimiento, se trataba de acabar con la voluntad de vivir y entrar en el “nirvana” de la cesación del dolor, para Nietzsche, este binomio dolor-placer, merecía la pena y no convenía que se acabase. Al contrario, la voluntad de vivir debía perpetuarse eternamente en su bipolaridad y, a ser posible, cada momento de la vida, bueno o malo, debía ser vivido eternamente. Pero como no creía en la inmortalidad del alma, creencia griega apolínea, se adhirió a una idea del filósofo presocrático Heráclito. El mito del eterno retorno. El universo infinito y eterno realizaría en sí mismo todas las combinaciones posibles en todas partes y, acabadas éstas, todo el ciclo volvería a repetirse eternamente. Así se perpetuaba la voluntad de vivir. Todo lo que ha sido, será. Para Nietzsche, el mundo se dividía en dos tipos de personas. Unos, los menos, eran los que aceptaban el sufrimiento para así, trabajosamente, alcanzar la belleza y vivir en ella. Estos eran los superhombres, la raza de los señores por naturaleza. Nietzsche la identifica con la raza aria. Los otros, los más, eran los que vivían aferrados a un vivir en el que se minimizase el sufrimiento, cerrándose a sí mismos las puertas de la belleza. Eran los esclavos, mezquinos y rencorosos, de tez y pelo oscuro, que vivían eternamente resentidos contra los superhombres y habían construido unas leyes y una moral miserables.

“En el término latino malus podría estar caracterizado el hombre vulgar de tez oscura, sobre todo el de cabellos oscuros (<>), como el habitante preario del suelo italiano (anteriores a los romanos, que para Nietzsche eran arios [nota mía]) cuyo color constituía el contraste más visible con la rubia raza de los conquistadores que había tomado el poder, es decir, la raza aria. [...] ... el término distintivo de la nobleza y que finalmente designa al bueno, al noble, al puro, significaba originariamente el de cabeza rubia, por contraposición al aborigen de tez oscura y cabello negro. [...] ... en lo esencial, la raza sometida ha acabado por recuperar la primacía en el color, el tamaño pequeño del cráneo, quizá incluso en los instintos intelectuales y sociales: ¿quién nos asegura que la moderna democracia, el aun más moderno anarquismo y [...] esa propensión a la <>, a la forma social más primitiva en que hoy coinciden todos los socialistas de Europa, no indica fundamentalmente un atavismo colosal, y que la raza de conquistadores y señores, la raza de los arios no ha sucumbido a él incluso fisiológicamente?”[1].

En los superhombres, la voluntad de vivir se transformaba en voluntad de poder. Voluntad del poder al que estaban destinados y que debían ejercer sobre los mediocres. Compadecerse de ellos, la compasión en general, era la mayor de las aberraciones. Lo que había que hacer era acabar con sus miserables leyes de la democracia, de la moral y de la compasión e instaurar las leyes de los señores, de los superhombres, basada en el sufrimiento, para alcanzar la belleza. Si para ello había que hacer sufrir, ¿qué importaba? Más aún, hacer sufrir a los mediocres era algo necesario. No me gusta atiborrar un escrito de citas, pero a veces es inevitable para apoyar un punto de vista, y esta es una de esas veces. Si no lo hiciese, alguien podría tacharme de exagerado en mi juicio crítico de Nietzsche.

“... su imperiosa necesidad de crueldad aparece como algo muy ingenuo, muy inocente... precisamente la “maldad desinteresada”... es una propiedad normal del hombre... yo he señalado, con prudente dedo, las siempre crecientes espiritualización y “deificación” de la crueldad que surcan toda la historia de la cultura superior (y la constituyen tomadas en un sentido importante). Además, no hace tanto tiempo en que no se sabía idear bodas de príncipes o fiestas populares de envergadura en que no tuviesen lugar ejecuciones, torturas, o, por ejemplo, un auto de fe, ni tampoco una casa nobiliaria en la que no hubiera seres sobre los que descargar sin escrúpulos la propia maldad y las burlas crueles. Ver sufrir produce placer; el hacer sufrir, aún más placer –se trata de una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano– demasiado humano, que, por otra parte, quizá ya llegaron a suscribir los monos... Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre...”[2].

“Establecer un código al estilo de Manú implica otorgar en lo sucesivo a un pueblo el derecho a llegar a ser maestro, a llegar a ser perfecto –a ambicionar el arte supremo de la vida. Para ello hay que hacerlo inconsciente [...]. El orden de castas, que es la ley suprema, dominante, constituye sólo el reconocimiento de un orden natural, de una legalidad natural de primer orden, contra la que nada puede ningún antojo, ninguna “idea moderna”... Es la naturaleza, no Manú, la que establece separaciones entre los predominantemente espirituales, los predominantemente fuertes en lo que a músculos y genio se refiere, y los terceros, los que no sobresalen en ninguna de las dos cosas, los mediocres. Estos últimos son la inmensa mayoría, y los primeros, lo selecto. La casta superior –yo la denomino los menos– tiene también, por ser la perfecta, los privilegios de los menos: entre los mismos se cuenta el de representar en la tierra la felicidad, la belleza, la bondad. La belleza, lo bello sólo les está permitido a los hombres más espirituales: sólo en ellos la bondad no es debilidad... El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos –la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos... ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero... La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”... El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia...”[3].

Naturalmente, este planteamiento vital chocaba frontalmente con el cristianismo. De ahí el odio atroz de Nietzsche contra él. Consideraba a los cristianos los más resentidos de todos, los más peligrosos contra los superhombres, con su doctrina de la misericordia. Pensaba que su doctrina, al encontrar un sentido al sufrimiento, era una anestesia contra él, una cobardía que privaba al ser humano de la posibilidad de alcanzar la belleza. No deja de ser paradójico que mientras unos consideran a los cristianos poco menos que masoquistas, otros crean que su doctrina es una cobarde anestesia contra el sufrimiento. ¡Lo que es no querer entender ni una palabra! Parecen fariseos a los que Cristo compara con unos niños tercos cuando dice “Os hemos tocado la flauta y no habéis danzado. Hemos entonado lamentos y no habéis hecho duelo”[4]. Pero sigamos con algunas “perlas cultivadas” Nietzschenianas:

“No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición”[5].

“¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien al ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos... Ni los unos ni los otros huelen bien”[6].

Más aún, consideraba el cristianismo como una estrategia maquiavélica de los judíos para llevar a cabo sus perversos planes contra la raza de los señores.

“Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores –¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo?”[7].

Desde luego, esta filosofía, esta manera de ver la vida conducía a una moral radicalmente opuesta a la cristiana. Nietzsche mismo se veía como un revolucionario de la moral.

“Hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuera lo contrario?” [8].

“Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado con malos ojos sus inclinaciones naturales, de modo que han acabado con asociarse con la mala conciencia. Habría que intentar lo contrario es decir, asociar con la mala conciencia las inclinaciones no naturales, todas esas aspiraciones al más allá, a lo contrario a los sentidos, a lo contrario a los instintos, a lo contrario a lo animal”[9].

“Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre. Soy una carga de dinamita”.

Las dos obras en las que he basado las citas anteriores, “La genealogía de la moral” y “Anticristo” están escritas en 1887 y 1889, respectivamente. En este último año, Nietzsche perdió la razón y pasó los últimos años de su vida, hasta su muerte en el 1900 en varios manicomios. Parece que paseando por la calle en Turín vio a un caballo de carga agotado que se derrumbó ante los golpes que le propinaba el arriero. Se abrazó al cuello del animal y empezó a llorar. No debe ser fácil aceptar realmente la moral del superhombre.

Recientemente, he leído que se han llevado a cabo estudios que pretenden demostrar que los escritos de Nietzsche han sido manipulados para atribuirles una significación racista y afín al totalitarismo. Parece que el manuscrito de “El anticristo” y de otras obras suyas editadas póstumamente –entre las que no está “La genealogía de la moral”–, fueron, efectivamente, manipuladas por su hermana Elisabeth, todavía más antisemita, racista y totalitaria que el propio Friederich. Pero las citas anteriores de “El anticristo” están sacadas de la edición crítica de esta obra, expurgada de las manipulaciones de su hermana. En cualquier caso, esas citas no hay que buscarlas con lupa en la obra de Nietzsche, están distribuidas por toda ella de forma que, abra uno la obra que abra y lo haga por la página que lo haga, es difícil no encontrar “perlas” como las citadas. El racismo antisemita es explícito en lo anterior, pero si hace falta algún ingrediente más de otros racismos, ahí va.

“Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros –(tomando a éstos como representantes del hombre prehistórico)– algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan”[10].

Me pregunto qué pasaría si cualquier filósofo hubiese escrito esto en su juventud. Sin duda alguna sería despellejado, y con razón. ¿Qué y cuánto hubiese tenido que escribir el resto de su vida en sentido contrario para hacérselo perdonar? ¿Será acaso el furibundo anticristianismo de Nietzsche lo que hace que, a pesar de esas ideas, sea idolatrado por la cultura posmoderna y esas frases suyas sean consideradas indulgentemente como simples “pecadillos”, malos entendidos o manipulaciones ajenas?

Sin embargo, en los escritos de su primera juventud puede leerse la siguiente frase: “Una vez más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y que, como tempestad, sacudas mi vida, ¡Tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte”[11]. Y me pregunto –sin poder responderme, naturalmente– cómo sería el mundo si Nietzsche se hubiese mantenido fiel a esta fe de su primera juventud en vez de tomar los caminos a los que le llevó la “revelación” de Schopenhauer. ¡Qué pena!
[1] La genealogía de la moral (1, 5)
[2] La genealogía de la moral (2, 6).
[3] Anticristo (57)
[4] Mateo, 11, 17
[5] Anticristo (19)
[6] Anticristo (46)
[7] La genealogía de la moral. (1,8).
[8] La genealogía de la moral (Prólogo, 6)
[9] La genealogís de la moral (2, 24)
[10] La genealogía de la moral (2,7).
[11] («Scritti giovanili», «Escritos Juveniles» I, 1, Milán 1998, 388)

2 comentarios:

Juan-Luis dijo...

Hola Tomás! Magnífico artículo. Demasiadas citas para mi gusto, pero tienes razón: si no las hubieses puesto, yo mismo te habría juzgado como un exagerado...¡cómo va el mundo! Hace poco también me comentaron que habría que olvidarse de los últimos libros de Nietzsche, que ya se le había ido la cabeza aunque no lo hubieran ingresado...¿donde poner el límite?

Tú has propuesto tu triada de los filósofos más influyentes en la modernidad: Rousseau, Kant y Nietzsche. Paul Ricoeur nombró a Marx, Freud y Nietzsche los "maestros de la sospecha" y me ha hecho gracia este fin de semana haber leído la propuesta del "trio diabólico": así define E. F. Schumacher a Marx, Freud ¡y Einstein!. Acusa a Einstein bajo el cargo de que "socavó la fé en lo absoluto con su insistencia en la relatividad de todas las cosas. La aplicación de este relativismo aen el campo de la moral llevaba necesariamente al rechazo de toda moralidad", según leo en "Escritores Conversos", el magnífico libro de J. Pearce.

A raíz de la lectura del libro de Pearce, en confluencia con esta serie tuya de posts, ardo en deseos de conocer cuál es el "nuevo renacimiento", dónde están esos líderes intelectuales que ofrezcan oposición al "pensamiento único".

Un abrazo!

Anónimo dijo...

Hola Tomas. te saluda Nicolás desde buenos aires.
Si bien no he podido aun leer todas las entradas de tu secuencia de posts "El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento" ya desde el titulo hubo algo que me sedujo. Desde el punto de vista del que yo puedo encarar los problemas intelectuales de nuestra época (soy músico y artista plástico) siempre he tenido la reacción, mas bien intuitiva, de relacionar nuestra era posmoderna con algunos aspectos del renacimiento o el humanismo de los siglos XV y XVII.
Te escribo este post por que no se si lo que vos llamas "nuevo renacimiento" tenga algo que ver con esto o no.
Si construyo algún tipo de explicación autobiográfica de la formulación de esta relación entre posmodernidad y renacimiento creo que tendría que apelar a la sensación de desapego total que algunos artistas de esta contemporaneidad sabemos sentir frente a los ideales modernistas de la primer mitad del siglo XX. Personalmente frente a esta ausencia de origen que a veces se lee en algún tipo de posmodernidad supe ir en búsqueda de modelos mas antiguos.
Me gusta pensar que la estrecha relación entre la filosofía deleuziana y el pensamiento panteísta de Spinoza (quien creo, por cierto, que merecía mucha mas dedicación en tu paso por los pensadores occidentales), o el regreso a vocabularios modales en la música de arvo part, o algún tipo de espiritualidad que puedo percibir en la música de morton feldman no son casuales sino que hablan un poco de esta identificación, todavía caprichosa en su formulación, entre la era contemporánea y los orígenes del humanismo.
Me gustaría saber que piensas al respecto de este posible "nuevo renacimiento" y a que te referís mas exactamente con eso.
muchas gracias por tu tiempo
y que sigas escribiendo.
un saludo

Nicolás
pd: te dejo un email para que me escribas nicobaca@gmail.com