13 de julio de 2008

Definamos la inteligencia

Este es el 22º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”, “Los primeros brotes del arbusto de la vida”, “La división del trabajo”, “La explosión del arbusto de la vida” y “¿Tiene Dios una inmoderada afición por los escarabajos?”.

La inteligencia, al igual que la vida, es algo difícil de definir. ¡Qué inteligente es mi perro –se oye decir–; en cuanto me oye por la escalera ya está en la puerta, preparado para que le saque a pasear! Unas gallinas debidamente adiestradas picarán en el botón adecuado para conseguir comida. ¿Es eso inteligencia? Cuando se habla de la inteligencia humana, se le suele aplicar el apellido de inteligencia simbólica. Cuando vemos la bandera de nuestra patria, algo se inflama en nosotros. No vemos un trapo teñido de varios colores más o menos bonitos. Vemos un símbolo. En él vemos una historia, con hazañas y bajezas, pero que consideramos nuestra. En él vemos unos valores, una idiosincrasia que a buen seguro creemos mejorable, pero que es la nuestra. Podemos pensar en cómo es el mundo y descubrir las causas de que sea como es, aunque no hayamos salido de nuestro pueblo. Los aventureros conquistadores de nuevos horizontes tenían una imagen de cómo era el mundo. Si oímos la palabra justicia, somos capaces de imaginar, aunque sea vagamente, un mundo en el que impere esa justicia, aunque jamás hallamos tenido esa experiencia. Más aún, podemos combinar esas dos visiones simbólicas. Podemos imaginar un mundo en el que reine la verdad, el bien y la belleza. Aunque viviésemos en un perdido suburbio industrial del siglo XIX lleno de demagogia, explotación y mugre, tendríamos pequeñas experiencias de cómo es el gran mundo, de afirmaciones que nos parecen verdaderas en medio de tanta mentira, de actos de bondad allí donde la injusticia campa por sus respetos, de retazos de belleza en medio de la mayor fealdad. Seríamos capaces de soñar con un mundo en el que todo eso fuese la norma en vez de la excepción. Aún más; pensaríamos qué estrategias a largo plazo, qué cadenas de causas y efectos diseñadas por nosotros, se podrían idear para que ese mundo horrible de nuestra experiencia se pareciese cada vez más a lo que considerásemos su estado ideal. Podríamos evaluar las consecuencias de la implantación de esas estrategias y sus probabilidades de éxito, su equilibrio coste-beneficio y determinar, en consecuencia, hasta dónde querríamos involucrarnos en ese cambio y qué estaríamos dispuestos a sacrificar de nuestro bienestar particular. Cada minuto de nuestra vida hacemos este tipo de juicios de valor. Pues bien; eso es la inteligencia.
Ninguna gallina o simio es capaz de una proeza semejante. O como dice Adam Smith en su obra, “La riqueza de las naciones”: “Nadie vio jamás a un perro intercambiar con otro perro, deliberada y equitativamente, un hueso por otro”[1]. No es una cuestión de grado. Es una diferencia cualitativa. Los animales no pueden imaginar una experiencia que no hayan tenido. Cuando aprenden, sólo anticipan una relación causa-efecto que han vivido antes en muchas ocasiones. No soy capaz de imaginarme a los chimpancés de un circo urdiendo un plan para hacerse con el poder. Sin embargo, la historia de la humanidad es la historia de la concatenación de planes para conseguir objetivos que, equivocada o acertadamente, consideramos que harán el mundo mejor. Eso es lo que hizo Espartaco al rebelarse contra Roma en vez de elegir la esclavitud, o Einstein al dedicar su vida a descubrir los secretos del universo en vez de ser un funcionario de una oficina de patentes suiza, o Mendelssohn al decidir ser compositor en vez de banquero, como su padre y su abuelo. O Hitler, al fundar el partido nazi en vez de ser un probo ciudadano austriaco. O lo que hacemos todos nosotros cuando decidimos levantarnos cada mañana o quedarnos en la cama una hora más, hacer bien o mal nuestro trabajo, aguantar a nuestro jefe o cambiarnos de empresa, educar a nuestros hijos o hacernos la vista gorda ante sus faltas. Es esta capacidad la que nos hace libres y, por eso mismo, responsables. Afirmo que eso es la inteligencia. Afirmo que eso es privativo del ser humano, que ningún otro ser en este mundo tiene esa capacidad en absoluto. Mantengo, y lo mostraré en próximos artículos, que esta inteligencia no ha salido del sombrero de la evolución de la que, estoy convencido, ha salido nuestro cuerpo.
[1] La riqueza de las naciones, Libro I, capítulo 2.

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