28 de septiembre de 2008

Sobre la Providencia divina

Tomás Alfaro Drake

Tiene razón Simone Weil cuando critica que muchos cristianos suponen cándidamente que si escapan a una bomba mientras el hospital vecino es destruido, han sido “preservados” por la Providencia. Sería esta una providencia injusta. Ciertamente, muchos cristianos piensan que la Providencia es como una especie de protección comprada por muchas oraciones, actos de piedad o buenas obras. Es como si hubiesen firmado un contrato con Dios con unas cláusulas por ambas partes: Si yo hago esto, aquello y lo de más allá, Tú adquieres la obligación de protegerme especialmente y librarme de lo que no me gusta. Esta es, a mi modo de ver, una idolatría; la de adorar a un dios a mi servicio con el que he hecho un pacto entre iguales. Pero el hecho de que muchos cristianos entiendan mal la Providencia divina, no permite eliminarla sustituyéndola por el azar o por la fría lógica de las leyes inmutables de la física.

Lo cierto es que Dios tiene un plan misterioso para cada uno de nosotros. El plan que nos hace mejores instrumentos para la venida de su Reino. Un plan que somete a nuestra libertad y que nosotros podemos aceptar o rechazar. Un plan que siempre, en función de nuestra respuesta se va adaptando, de forma que, sin importar cuantas veces nos hayamos negado a él, siempre hay una forma de reasumirlo. Isaías, en el segundo poema del siervo de Yavé, nos dice: “El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre. Convirtió mi boca en espada afilada, me escondió al amparo de su mano; me transformó en flecha aguda y me guardó en su aljaba. Me dijo: ‘tú eres mi siervo y estoy orgulloso de ti’”. Y san Pablo nos dice que “en los que aman a Dios todo coopera para el bien”. Ahora bien, esa transformación en flecha aguda, ese bien al que todo coopera en los que aman a Dios, no tiene de ninguna manera que ser lo más agradable, lo más cómodo o lo más placentero para nosotros. No tiene por que ser, y de hecho casi nunca es, lo que a nosotros nos gustaría que nos pasase. Por eso las dos personas más puras que han existido, Cristo y María dijeron ante ese plan: “Padre, si es posible, pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” y; “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y hay veces que aceptar ese plan es algo verdaderamente heroico. Y hay otras en que la razón humana ni entiende ni puede entender que determinadas desgracias, dolores, enfermedades puedan ser una parte de ese todo que coopera para el bien. Pero esa es la verdadera fe en la Providencia. Lo otro, lo de considerar la Providencia el salir ilesos de un daño que, en cambio afecta a otros, raya en la idolatría. Y como tal, cuando esa Providencia en la que decíamos creer en las maduras nos muestra su cara terrible en las duras, nuestra fe en ella se derrumba. Naturalmente que debemos dar gracias a Dios cuando el devenir de su plan nos resulta agradable. Ser agradecidos con esa bonanza inmerecida nos debería dar fuerza para saber dar también gracias en el momento amargo. Y no dar gracias a pesar del dolor sino, precisamente, por ese dolor. Esa es la auténtica fe. Aunque no entendamos cómo ese sufrimiento coopera para el bien, saber, con la certidumbre de la fe, que lo hace y aceptarlo. Saber que si aceptamos esa Providencia, siempre, pase lo que pase, lo mejor de nuestra vida está siempre por venir. Los seres humanos fuimos creados por Dios para la felicidad. Y hubiesemos pasado por la vida sin conocer el sufrimiento si no hubiese sido por el pecado de soberbia desconfiada hacia nuestro Creador que cometimos todos al unísono de una forma tan misteriosa como misterioso es el tiempo. No hubiésemos conocido el sufrimiento porque el Reino de Dios estaba ya casi instaurado cuando fuimos creados. Faltaba sólo nuestro acto de confianza. ¿Por qué era necesario este acto? Porque habíamos sido creados libres como necesidad ontológica para la felicidad. Ahora, tenemos que volver a edificar ese Reino de Dios y, no hay otra forma de hacerlo que mediante la confianza en el plan de Dios para reconstruirlo. No somos nosotros quienes podemos reconstruirlo. No hay más que ver en qué han parado todos los intentos del hombre de construir sin Dios el Reino de los cielos en la tierra. Es Él el que lo construye, a través de nosotros si le prestamos nuestra confianza. Si todos los hombres, en vez de sólo unos cuantos, se la hubiesen prestado, hace mucho que ese Reino habría llegado. Pero no hay nada que nos cueste más que esa entrega confiada.

Dicho esto, ¿podemos los hombres con nuestra oración cambiar los designios de Dios? Sí, podemos, pero no cuando nosotros queramos, no como resultado de un contrato entre iguales firmado por Dios y nosotros, sino por una petición humilde que deje siempre la puerta abierta a que no se haga nuestra voluntad, sino la tuya, que la aceptaremos. Así rezaron Cristo y María. Hay un pasaje del evangelio, creo que es el único, en el que se ve cómo una oración así camia un designio de Dios. Es el pasaje de la mujer cananea que le pide a Cristo que cure a su hija. Cristo expresa un designio de Dios: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas descarriadas de Israel”. No se trata de la enfermedad, que es un accidente de la naturaleza, que ocurre no por designio divino, sino por las leyes ciegas de la misma. Cristo había ya curado muchos enfermos, incluso había resucitado muertos. Es un designio de Dos. Proclamar el Reino a los no judíos era algo anunciado desde Isaías, pero que en los designios de Dios quedaba para los seguidores de Jesús. Ante la insistencia de la mujer cananea, Cristo pronuncia unas de las palabras más duras de todo el evangelio: “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perros”. La respuesta de la mujer, sin embargo, cambia el designio de Dios. “Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los hijos” –le responde. Ante lo que Cristo, Dios, se rinde: “'¡Mujer, que grande es tu fe! Que te suceda como pides’. Y desde aquel momento quedó curada su hija”.

Naturalmente, la fe en la providencia exige la posibilidad del milagro, es decir, que Dios altere, si quiere, el implacable devenir de las leyes de la naturaleza. Eso produce en muchos hombres creyentes un gran escándalo –a los no creyentes, no les produce ninguno, simplemente no lo creen–, ¿cómo va Dios a alterar unas leyes de la naturaleza que Él mismo ha creado? ¿No sería esto una especie de autoengaño del propio Dios que, como sabemos, no puede engañarse ni engañarnos? Transcribo un texto que he leído recientemente y que expresa de maravilla cuál es la respuesta.

“La doctrina cristiana sobre el milagro supone que las “leyes de la naturaleza son bastante sutiles para que la intervención de Dios pueda insertarse en ellas sin desbaratarlas y lo suficientemente estrictas para que esta intervención pueda inscribirse en ellas de una manera clara”. Las “leyes” sólo son, por lo demás, “leyes de la mayoría”. El elemento extraordinario del milagro no tiene sentido más que en relación con el contexto moral y religioso que envuelve al hecho. Éste es “extraordinario” a fin de llamar la atención del despreocupado espíritu del hombre. El milagro supone la existencia de un Dios personal, custodio de una providencia sobrenatural”[1].

En otros post de este blog he explicado como la física cuántica hace posible el milagro. Pero parece que Moeller había anticipado ya cómo deberían ser esas leyes para hacer el milagro compatible con el Dios Verdad que no puede engañarse ni engañarnos. No creo que Moeller ni el autor de la cita conocieran la física cuántica cuando lo escribieron, lo que, de ser cierto, hace la frase profética. La física cuántica hace posible el milagro tal y como se describe aquí, así como el milagro cotidiano de la libertad.

Tal es la fe en la Providencia que confiesa el credo cristiano. Esta es la Providencia que, sin suponer la compra de un salvoconducto para pasar por la vida sin penas ni sufrimientos, sin ser una transacción de igual e igual entre Dios y nosotros para asegurarnos el bienestar, sin prometernos lo que nos gusta o nos apetece, nos hace libres del ciego destino de las leyes de la naturaleza y dependientes de la voluntad de un Dios de Amor, que nos creó para la felicidad, que nos la va a dar para toda la eternidad, pero que quiere reconstruir, a través de nuestra confiada aceptación de esa Providencia, el Reino de Dios que destruimos. Es esclarecedora la frase de Luigi Giussani en su obra “Los orígenes de la pretensión cristiana”.

“La elección del hombre radica en concebirse como libre de todo el universo y sólo dependiente de Dios, o como libre de Dios, y hacerse entonces esclavo de cualquier circunstancia.
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El hombre es, en la práctica, incapaz de vivir en plenitud la total dependencia de Aquél que es su verdad y la proyección de ella (la dependencia) en la vida como don, amor y servicio. Tiene su conciencia obnubilada y una libertad invenciblemente hastiada respecto al deber de la oración, vive un extraño egocentrismo por el que a la larga, en vez de orientarse al Todo, intenta orientar el Todo hacia sí; en vez de darse, intenta quitar, en vez de amar, explotar.
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Si el hombre olvida aquello a lo que da consistencia la oración, es decir, la conciencia de su total dependencia y de su inevitable condición de mendigo, entonces se pierde a sí mismo, rechaza la salvación. ... Si la conciencia de la que hemos hablado no se traduce en súplica, no es una conciencia verdadera. La oración es sólo pedir, pedir con motivo de cualquier cosa. El fenómeno de nuestra necesidad –cualquiera que ésta sea– nos recuerda nuestra dependencia, es causa para profundizar en la conciencia de la dependencia de Dios. ... Por eso es justo pedir cualquier cosa, con aquella cláusula implícita de Jesús en Getsemaní: ‘Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’. Pues su voluntad significa mi plenitud, la felicidad suprema, en función de la cual está toda petición. Como mi origen está en sus manos, así también mi fin”
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Si los cristianos hemos devaluado esta fe y hemos escandalizado con ello a muchos de nuestros hermanos, que Dios nos perdone, pero no nos dejemos llevar por ese escándalo. Antes bien, repensemos, maduremos y proclamemos nuestra auténtica fe.

Escribo esto con cierta vergüenza, porque hasta ahora, las garras del sufrimiento no han hecho demasiada presa en mi vida. Pero sí he visto sufrir de forma muy dura a personas a las que quiero y sé no es lo mismo hablar de esto desde la barrera que desde el ruedo. Sin embargo, con miedo, le digo a mi Dios: Señor, que el plan que has pensado para mí, sea el que sea, se haga realidad en mi vida. Que aceptando ese plan, sea el que sea, me guste o me triture, aquello que mejor me haga útil para tu Reino, lo mejor de mi vida esté siempre por venir. Amén.
[1] Texto leído en “Literatura del siglo XX y cristianismo de Charles Moeller, en una nota a pie de página en el capítulo dedicado a Simona Weil que, al parecer, niega la posibilidad del milagro. No se aclara a quién pertenece la cita en negrita.

1 comentario:

Juan-Luis dijo...

Magnífico post, Tomás. Algún día te contaré nuestra larga conversación de anoche de un par de amigos y yo en la que discutiamos con Guardini (él era el quinto asistente a la reunión) qué quería decir con su tesis de que: "en un momento dado de la vida del Señor se tomó una auténtica decisión. Su mensaje no fue acogido, y entonces la eterna voluntad de redención de Dios eligió el camino de la pasión" ("El Señor", Ed. Cristiandad, p299); "Jesús había venido a redimir a su pueblo y, en él, al mundo entero. Y eso debería producirse mediante la donación de la fé y el amor. Pero el objetivo se frustró. No obstante, el encargo del Padre permaneció firme, aunque cambió de forma" (cfr, p273); "El reino de Dios habría llegado si el mensaje hubiera encontrado fé (...) la del pueblo entero que se había comprometido con Dios en la alianza del Sinaí (...). Cristo fue rechazado por su pueblo y se entregó a la muerte. La redención no se produjo por la irrupción de la fé, del amor y del Espíritu que todo lo transforma, sino por al muerte de Jesús, qeu se convirtió así en chivo expiatorio" (cfr, p133).

Y esto junto a los graves problemas qeu a Guardini le acarrea sostener esa hipótesis y relacionarla con la libertad del hombre, la libertad de Dios, la Providencia de la que hablas y el Plan inmutable de salvación del Padre...

Pero eso daría para una laaaarga conversación, también, jejejeje...

un abrazo!!