12 de junio de 2011

Los tres hogares del ser humano

Tomás Alfaro Drake

Estas líneas nacieron con la pretensión de ser un reflejo, hasta cierto punto fiel, de la homilía de D. Alfonso López Quintás en la misa de antes de la cena de prenavideña del la Universidad Francisco de Vitoria. Lo de hasta cierto punto fiel tiene una doble razón de ser. La primera, las limitaciones de mi memoria, ya que no tomé ninguna nota de dicha homilía. La segunda, el hecho de que me sé incapaz de no introducir reflexiones personales en cualquier cosa que escribo. Por tanto, lo escrito es un popurri de lo que mi memoria retuvo de la homilía de D. Alfonso y algunas reflexiones mías. La razón por la que lo escribo es la profunda impresión que me causó. Dudo mucho que sea capaz de lograr causar esa impresión el quien lea estas líneas, pero lo que no se intenta jamás se consigue. Para los que no le conocen, diré que D. Alfonso López Quintás es, sobre todo, un magnífico sacerdote mercedario y, además, aunque tal vez sea más conocido por esto, un gran filósofo, catedrático de la universidad Complutense. Aunque la homilía de D. Alfonso tenía un tinte navideño, a mí me ha salido más de Pentecostés, por eso lo envío en esta fecha.

Cuando los astrónomos analizan sin prejuicios materialistas la posición de la Tierra en el universo, las condiciones que rigen en ella, sus extrañas peculiaridades, las del sistema solar, las de nuestra galaxia –la Vía Láctea– y las del propio universo, caben pocas dudas de que nuestro planeta presenta unas condiciones excepcionales para albergar la vida. Todo apunta a que Dios ha querido preparar en ella un hogar para la aparición y la evolución de la vida. Un hogar lleno de recursos, algo así como una gran despensa con todos los nutrientes para que se desarrolle la vida primero y, más tarde, la humanidad. Y así ha sido. La vida apareció en la Tierra hace unos 4.000 millones de años y ha ido evolucionando, en un despliegue de magnífica complejidad hasta generar el cuerpo de un insignificante animal, dotado de un cerebro capaz de aceptar la inteligencia. A ese pequeño e imperfecto animal, Dios le regaló el don del alma y, junto con ella, la inteligencia[1].

Por primera vez desde que se creara el universo, una criatura que vivía en él, pudo percibir que ese hogar, además de ser una maravillosa despensa, manifestaba una belleza impresionante que podía ser contemplada por una mente. Más tarde, Dios le reveló que ese mundo era bueno. Desde el principio, el hombre fue un ser social. Pero un ser social especial, pues su sociabilidad no tiene únicamente una base instintiva, como en la abejas o los chimpancés, sino racional y emocional. Precisamente por eso, para desarrollar el aspecto racional y emocional de esa sociabilidad, Dios le quiso regalar un segundo hogar, la familia. En ella, desde el momento de su nacimiento, el ser humano aprende, guiado por un padre y una madre y arropado por unos hermanos, los primeros rudimentos de lo que será la base de la sana sociabilidad humana, el amor, con minúscula. El amor gratuito, no por lo que vales, sino simplemente por ser. Y desde que nace hasta que muere, el ser humano necesita una familia en la que desarrollarse, en la que sentirse realmente él mismo, querido gratuitamente. Ninguna sociedad podrá ser nunca mejor que lo que sea el tejido familiar que la constituye y que nutre lo más profundo de la capacidad de amar del ser humano. Ese amor gratuito, si no se aprende por experiencia en la familia es muy difícil, por no decir imposible, que se aprenda en una sociedad mayor. Y una civilización del amor no puede tener otra base que un tejido de familias donde reine y donde se aprenda ese amor gratuito. Porque la sana gratuidad es un elemento imprescindible para todos los ámbitos de la sociedad.

Y Dios quiso santificar estos dos primeros hogares del ser humano, la Tierra y la familia. Y los santificó nada menos que encarnándose. Haciéndose un hombre verdadero, nacido de mujer, en el seno de una familia en la que aprendió las primeras letras del amor humano, Él, que era el Amor divino. Esto es un misterio inaudito. Romano Guardini llegó a tener dudas de fe preguntándose por qué el Creador se encarnó. Habló con un sacerdote amigo suyo, un jesuita sabio y éste le dijo con la máxima sencillez: “son cosas del amor”.

Pero las “cosas del Amor” de Dios a los hombres no acaban ahí. Las últimas palabras de Cristo a sus discípulos antes de ascender a los cielos fueron: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”. Puedo imaginar la soledad que estos pobres hombres y mujeres tras la ascensión. Muchas veces he pensado la sensación de orfandad que debieron sentir. Casi como la que sintieron el sábado santo. ¡Se ha ido! Nos ha dicho que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, pero ¡se ha ido! Una soledad comparable a la de ese viernes de unas semanas antes, en el que le vieron morir en la cruz y le sepultaron. Ahora eran las nubes, en vez de la tierra las que le sepultaron, pero el resultado era el mismo: ¡El Señor ya no estaba! Cierto que no era la sensación de derrota y muerte de la cruz, pero la soledad era la misma: una soledad radical. Cierto que en esas semanas había confirmado el primado de Pedro. Cierto que recién resucitado, apareciéndose a los apóstoles en el cenáculo, había renovado la promesa que ya hiciera, en ese mismo lugar, en la última cena, justo antes de morir: la promesa del Espíritu Santo. Y era esa promesa lo que hacía que, junto a esa soledad radical, hubiese una lejana sensación de participación en algo. En algo como un mundo espiritual inmenso. Y era esta remota sensación la que hacía que todos los días, impulsados por María, que sentía esa participación de una manera especialmente viva y se la transmitía a los discípulos, perseverasen unánimes en la oración, encerrados en el cenáculo, presas de tristeza y de un pánico que creían haber vencido para siempre tras la resurrección, pero que había renacido con más fuerza en su interior. Una oración de súplica que suspiraba por el cumplimiento de esa promesa repetida dos veces en el mismo sitio en el que estaban encerrados. ¡Ven Señor Jesús!, ¡mándanos el Espíritu!, ¡cumple tus promesas! –rezaban día tras día, perseverante y unánimemente, unidos a María. Diez días pasaron así, rezando en la oscuridad, desde la soledad, con sólo esa remota sensación de participación.

Y, de repente, ocurrió. El frío y el miedo se desvanecieron de repente. El fuego bajó sobre ellos y encendió esa leña empapada que tenían amontonada en su interior, como ocurriera cuando el profeta Elías competía con los sacerdotes del dios Baal en el Carmelo. De pronto se sintieron arrebatados por una fuerza que les abrasaba el corazón, hacia esa participación en el inmenso e ilimitado mundo espiritual que vagamente presentían. Se miraban unos a otros y todos se sentían una comunidad, con un destino común, convocados por el Espíritu Santo. Con un destino infinito, eterno. Entonces fue cuando recordaron ese momento tan especial en el que Jesús, tras bendecir a Dios Padre y partir el pan había dicho: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. Y luego, tomando la copa de vino: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía”. Palabras enigmáticas, palabras que entonces no entendieron bien, pero que ahora, iluminados por el Espíritu Santo, adquirieron todo su significado. Porque también el Espíritu les hizo recordar y entender, junto a éstas, aquellas otras palabras, más enigmáticas todavía, que pronunciara Jesús tras multiplicar los panes y los peces y que le habían costado el abandono de gran parte de sus discípulos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que como este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo”, y luego, remachando, ante el escándalo producido por esas palabras: “Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por Él. Así también, el que me coma vivirá por mí. El que coma de mi pan, vivirá para siempre”. Ahora todo cobraba sentido.

Entonces celebraron la primera Eucaristía[2]. Entonces, alrededor de ella, nació la Iglesia. Ese es el tercer hogar que Dios ha regalado a los hombres. Un tercer hogar para atravesar en él las inclemencias de la historia arropados por el Amor, con mayúsculas, que se integra y se encarna definitivamente en este mundo. Un amor más gratuito y más incondicional que cualquier amor humano. Un tercer hogar en el que vive de manera muy real Él y a través del que nos comunica su vida. En el que realmente Él está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Y es a través de este hogar, el último, cronológicamente hablando, desde el que se iluminan los otros dos. Desde la Iglesia sabemos que el primer hogar, la Tierra o, más ampliamente, el cosmos, será también redimido por Cristo, a través del hombre. Nos lo dice san Pablo: “La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. [...] La creación entera gime y siente dolores de parto [...] y nosotros mismos gemimos, suspirando por que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo”.

Nuestro tercer hogar es, por tanto, una Iglesia cósmica, llamada a salvar a toda la creación. Llamada a redimir la historia humana, tan llena de atrocidades, cuando Cristo venga por segunda vez como Juez Supremo a reescribir esa historia y a enjugar todas las lágrimas vertidas por tantos seres humanos a lo largo de ella. Este tercer hogar es también trascendente. No habita sólo en este mundo, sino que tiene una parte en el más allá. Nosotros sólo vemos su parte terrenal, sin duda manchada y afeada por los hombres que luchamos en este mundo contra el mal que habita en nosotros mismos y al que a duras penas podemos vencer o no podemos vencer en absoluto sin su ayuda. Como dice bellamente Andrée Frosard. Tiene que ser un converso, alguien como Andrée Frossard, alguien que viene de muy lejos, del desierto árido sin protección, quien se dé cuenta de lo que es la Iglesia, más allá de nuestra cortedad de miras de cristianos de cuna, quien nos saque de nuestra mediocridad. Nos dice:

"Por lo general, sólo tenemos la visión de una ínfima parte de esta inmensa proa –compuesta de caras dirigidas hacia la luz, que va delante de una inmóvil salpicadura de sombra–, sumergida con nosotros en ese conjunto de cosas o ideas desordenadas o superfluas que conforman este mundo. Sólo es ese pedazo de la quilla del barco carcomida por la sal y ligeramente manchada a quien los críticos se agarran como lapas. Pero ¿y lo demás, lo que centellea por encima de las aguas?"

Lo que centellea por encima de las aguas de este mundo es la Iglesia de los salvados, de los que ya gozan de la visión total de Cristo, incluso la Iglesia de los que esperan su definitiva purificación y sanación de las heridas del mal de este mundo para poder entrar en la contemplación de la presencia de Cristo. Es la Iglesia de esa participación en un mundo espiritual inmenso, infinito, eterno.

Desde esta inmensa, bella, santa y trascendente Iglesia sabemos que la familia es una Iglesia doméstica y que, como parte que es de la cósmica y trascendente, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Desde ella, sabemos que la Tierra, el universo, no son sólo una inmensa despensa para alimentarnos y un espectáculo para extasiarnos, sino que son nuestro hogar. El hogar en el que se representa la historia de la salvación. El hogar que nos llevaremos, redimido, cielo nuevo y Tierra nueva, a nuestra morada definitiva.

Por tanto, los dos primeros hogares tienen la promesa divina de ser salvadas por el tercer hogar, la Iglesia. Pero eso no quiere decir que los seres humanos no tengamos que cuidar nuestros tres hogares, aunque tengan la promesa de salvación de Cristo. Porque Dios ha querido hacer al hombre protagonista de la historia, y un protagonista libre. La última escena está escrita. Es el momento en el que Cristo vendrá a poner todas las cosas en su sitio, a resucitar a los muertos a una nueva vida sin llanto, en una morada definitiva: Los nuevos cielos y la nueva tierra. Pero los caminos para llegar a esta escena final pueden ser muy diferentes. Cristo, junto con los hijos de Dios, pueden llegar a liberar de la esclavitud de que habla san Pablo, a una creación y una humanidad esquilmada o a un vergel y una humanidad hermanada. Dios nos ha dado la inteligencia y nos da, si queremos, la gracia para conseguir lo segundo, pero... tenemos que hacerlo con su ayuda, porque sin Él no podemos nada. Podemos hacer un mundo de seres felices educados en familias con Cristo en el centro que se engendran a sí mismas en el amor gratuito de generación en generación, o un mundo en el que hayamos hecho fracasar a la familia, y esté, por tanto, habitado por una mayoría de seres solitarios, ariscos, odiosos los unos para los otros, por mercaderes fríos y calculadores que no entienden del don y de la gratuidad. Un mundo en el que la vida sería una tortura. Podemos llegar con una Iglesia terrenal resplandeciente en su santidad que refleje el rostro de Cristo y atraiga a toda la humanidad o con una Iglesia manchada y prostituida por los pecados de los hombres que la forman, incapaz de atraer a sí a la mayoría de los seres humanos.

Son nuestros tres hogares, y lo que hagamos en uno, repercutirá en los demás. Están unidos por una intrincada red de vasos comunicantes. ¿Sabremos cuidarlos? “¿Cuando vuelva el Hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?” Ese es el gran reto que tenemos todos los hombres en los tres hogares que Dios nos ha regalado. ¿Estaremos a la altura?

[1] El desarrollo de este tema puede verse en la serie de entradas de este blog sobre Dios y la ciencia.
[2] No hay constancia en el Nuevo Testamento acerca de cuando se celebró la primera Eucaristía después de la última cena, pero es perfectamente posible que fuese en Pentecostés bajo la acción del Espítitu Santo.

5 comentarios:

Juan GM dijo...

Hola, Tomás,
Gracias por tu respuesta, de verdad.
Un abrazo
Juan GM

Antevasin dijo...

Bueno, Tomás, de nuevo impresionante. Menuda lección que, si no te importa, voy a tomar como apuntes por si necesito exponerla en algúna charla o coloquio. Mil gracias

Anónimo dijo...

Hola, Juan GM y Antevasín. Juan, no sé a qué respuesta te refieres, pero, es un placer. Gracias a ti por intervenir.

Antevasín, me alegro que te haya gustado la entrada. Por supuesto, encantado de que la uses y difundas cuanto más mejor.

Un saludo a ambos.

Tomás

Joaquín dijo...

Gracias por el post.
Acontecimientos encadenados y que atienden a una Lógica... Todo lo que ocurre se nos ofrece de manera PERSONAL e INTRASFERIBLE para que a su vez, los que vengan detrás nuestro sean capaces de seguir diciendo como nosotros "DIOS es amor"
La única luz que quedará en este mundo será la de Cristo. No doubt!
Salu2

Anónimo dijo...

Hola Joaquín, soy Tomás:

Gracias a ti, por el comentario.

Sin duda, la única Luz que quedará es la de Cristo:

Verán al Señor cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá más noche ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor, Dios, irradiará luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos. Apocalipsis 22, 4-5.

Pero mientras ese momento llega y caminamos en el claroscuro del tiempo de fe, procuremos reflejar modestamente un poco de su Luz.

Un abrazo.

Tomás