19 de junio de 2011

Sobre la Trinidad de Dios

Tomás Alfaro Drake

Este domingo es el domingo de la Trinidad. Eso de la trinidad es algo que a mucha gente, a mí también antes, les parece en primer lugar, lioso; ¿cómo es eso de ser tres y uno al mismo tiempo?, y, en segundo lugar, aparentemente irrelevante; ¿Y qué más eso del tres en uno, qié tiene que ver con mi fe? Bueno, pues ahí van mis reflexiones al respecto. Son, tal vez, un poco complicadas. Pero lo importante no son estas reflexiones, sino la maravilla del Dios Trinitario que celebramos hoy.

1º Una imagen geométrica y un descubrimiento matemático

Desde que la revelación cristiana introdujo la visión de un Dios Trinitario, los más grandes teólogos y filósofos no han dejado de darle vueltas sobre lo de que Dios fuese totalmente Uno y, al mismo tiempo, tres Personas distintas. El dogma trinitario, expresado en términos de la filosofía griega llevó a los padres de la Iglesia a distinguir en Dios una sola naturaleza en tres personas. Anteriormente, la filosofía griega consideraba que naturaleza y persona eran conceptos biunívocos. Siglos más tarde, Mahoma, incapaz de sutilezas filosóficas, inculcó en sus seguidores la falsa creencia de que los cristianos adorábamos a un Dios Trinitario constituido por Alá, Cristo y María. Con esta confusión, que no quieren deshacer, los musulmanes consideran politeístas a los cristianos.

Cuenta una historia que san Agustín se paseaba por la playa de Hipona dándole vueltas en su cabeza al misterio Trinitario. Recorría la playa una y otra vez y, en cada pasada, veía cómo un niño llevaba agua en una concha desde el mar hasta un hoyo que había hecho en la arena, cerca de la orilla. Tras una serie de pasadas, parece que se paró y le preguntó al niño qué pretendía repitiendo incesantemente esa operación.

- Quiero –le contestó el niño– meter toda el agua del mar en ese hoyo.

San Agustín le contestó, con una condescendencia indulgente, que eso era imposible, porque el mar era mucho más grande que el hoyo. Y dice la historia que el niño, mirándole fijamente, le contestó con seriedad:

- Entonces, ¿cómo es que tú pretendes meter el misterio de la Trinidad de Dios en tu pequeña cabeza?

Pero el hombre no es capaz de cejar en su empeño de intentar resolver los misterios, sin considerar lo que tan bien expresa el jesuita Pierre Charles:

“Hay siempre un peligro latente que acecha al creyente cuando se pone a reflexionar: el de considerar el misterio como un problema y el objeto de la fe como una doctrina. Porque el objeto de la fe es más que una doctrina: es una realidad, y el misterio es más que un problema: es un hechizo. Una doctrina sólo pide ser bien comprendida; un problema sólo necesita una solución. Después de lo cual todo se ha acabado y podemos pasar a otro ejercicio. Pero una realidad, una cosa, no ha dicho nunca su última palabra; y un misterio es estrictamente inagotable; una fuente de perpetua inspiración. Y para que el misterio no degenere en simple problema; para que Dios sea otra cosa que una esfinge que propone enigmas, es necesario que la inmensidad de la revelación no sea nunca enteramente prisionera de nuestras fórmulas indigentes”.

Sin intentar aprisionar el misterio en una fórmula indigente más, voy a proponer una imagen casi de mi cosecha y a comentar un descubrimiento matemático del siglo XX que muestra cómo el concepto de lo infinito desarticula nuestra lógica finita. Tal vez estas dos ideas puedan ser una pequeña fuente de inspiración.

El prisma de Möbius[1]

Con un poco de imaginación espacial, represéntese el lector un largo y fino prisma cuya sección sea un triángulo equilátero. Tome los dos extremos del prisma y únalos para formar un anillo. Pero, ¡un momento!, antes de empalmar los dos extremos, gire uno de ellos 120º y únalos. Ahora imagínese que es una ínfima hormiga, incapaz de recorrer toda la longitud del anillo ni en 1000 generaciones. Puede no obstante, recorrer en pocos segundos el prisma en sentido transversal, rodeándolo. Jurará ante todo el que quiera oírle, que la figura que ha rodeado tiene tres caras. Pero otro tipo de hormiga, enormemente rápida para andar en un plano, pero absolutamente incapaz de doblar una arista, recorrerá el anillo a toda velocidad y, tras dar tres vueltas al mismo, que a ella le parecerá una ya que no ha pasado por el mimo sitio, se encontrará en el punto de partida, sin haber doblado ni una sola arista. Esta hormiga jurará, con la misma vehemencia que la primera, que el anillo tiene una sola cara, puesto que ella ha retornado al punto de partida sin encontrarse con ninguna arista. Naturalmente, nosotros, si pudiéramos entender la acalorada discusión de las dos hormigas, sonreiríamos ante su ingenuidad porque, para deshacer el entuerto sólo hace falta ver el anillo en su conjunto. Pero eso es, precisamente, lo que no pueden hacer cada una de esas dos hormigas. El problema reside en la propia limitación de su percepción, no en lo que es el anillo. El anillo tiene, realmente, tres caras o una al mismo tiempo. August Ferdinand Möbius descubrió esta curiosidad con una cinta, y cualquiera puede hacer una cinta de Möbius en casa. Tome una tira de papel de, digamos 20x3 cm. Una sus extremos con un poco de pegamento haciendo un giro de 180º en uno de ellos antes de empalmarlos. Ya tiene una cinta de Möbius. Sólo le queda imaginarse ser una hormiga y hacer el recorrido.

Georg Cantor , la lógica de los conjuntos infinitos y los números transfinitos.

Y, ahora, un poco de “sencillas” matemáticas. Todo el mundo sabe que el conjunto de los números naturales es el formado por todos los números enteros y positivos. 1, 2, 3, ....., 11.932, ...... 42.858.290.216, ... etc. El conjunto de los números enteros es como el de los naturales, pero incluyendo también los negativos. Por tanto, si alguien nos preguntase cuál de los dos conjuntos, el de los números naturales o el de los enteros, tiene más elementos, seguro que le miraríamos con estupor y le contestaríamos pensando tal vez que nos toma el pelo y nos hace una pregunta de esas con una respuesta con truco estúpido. Con cierta cautela, por la broma que esperamos, le diríamos que, naturalmente, tiene más elementos el conjunto de los enteros. Exactamente el doble, diríamos. O, si considerásemos que el cero forma parte de ambos conjuntos le diríamos que el doble menos uno. Si lo pusiese en duda le explicaríamos, armándonos de paciencia:

- Supón que consideramos los números naturales 1, 2 y 3, además del 0. Este conjunto constaría de cuatro elementos. Si vemos el correspondiente de los enteros, tendríamos, además del 0, el 1 y el -1, el 2 y el -2 y el 3 y el -3. Siete en total. Como la más sencilla aritmética nos enseña, 4x2-1=7. Y si en vez de llegar sólo hasta el 3 llegamos hasta el 5.853.592.465.105, el resultado sería el mismo.

Si nos dijese que tomando el conjunto infinito números naturales y el de los enteros los dos conjuntos serían iguales, le diríamos que nuestra “demostración” vale para cualquier cantidad de números naturales que tomásemos, sin importar cuan grande fuera.

Sin embargo, el matemático ruso-alemán Georg Cantor se tomó muy en serio esto del tamaño de los conjuntos con un número infinito de elementos. Demostró que había distintos grados de infinitud y que los conjuntos infinitos que tenían el mismo grado de infinitud tenían el mismo número de elementos. Definió que dos conjuntos infinitos tenían el mismo número de elementos y eran, por tanto, del mismo grado de infinitud, si se podía idear un método que emparejase biunívocamente los elementos de un conjunto y otro, de forma que siempre se pudiese emparejar un elemento de uno con uno del otro, y viceversa. Aplicó esto a los números enteros y naturales.

Pensó: Supongamos que emparejamos el 1 del conjunto de los naturales con el 1 de los enteros. El 2 de los naturales con el -1 de los enteros, el 3 de los naturales con el 2 de los enteros, el 4 de los naturales con el -2 de los enteros, como indica la tabla siguiente:

Naturales Enteros
1--------------- 1
2-------------- -1
3--------------- 2
4-------------- -2
Etc...

Siempre se podría emparejar cualquier número natural con un entero y cualquier entero con un natural, luego ambos conjuntos tienen el mismo número de elementos y el mismo grado de infinitud. Esto, evidentemente, no puede hacerse con una cantidad finita de números naturales, pero, cuando se habla del infinito, la lógica cambia.

Cantor demostró que hay conjuntos con grados de infinitud 1, 2, 3, 4, y así, indefinidamente. Es decir, que el número de grados de infinitud de los conjuntos que se puedan pensar es infinito. A la numeración de los infinitos grados de infinitud les llamó números transfinitos. Los números transfinitos forman, hoy en día, una importante rama de las matemáticas.

Lo que importa de esto, para lo que aquí tratamos, no es lo de los números transfinitos, sino cómo, cosas que parece elementalmente lógicas desde una visión limitada a lo finito, no son ciertas con una visión de infinitud. Algo parecido debe pasar con lo de Dios, Uno y Trino a la vez. Necesitamos una visión de infinitud para entenderlo. Visión de la que carecemos en este mundo. La tendremos, sin duda, cuando veamos al Dios Trinitario cara a cara.

Por eso, si esto de los prismas de Möbius o los números transfinitos fueran simplemente matemáticas recreativas, no pasaría de la mera curiosidad, aunque haya una gran belleza en la matemática abstracta. Pero esto de la Trinidad no es una curiosidad. Se refiere al amor creador, al amor del Dios que nos ha redimido y salvado, al espectáculo inefable de Amor que contemplaremos cuando veamos cara a cara a nuestro Dios, a ese misterio de por qué ocurren cosas, a veces terribles, a las que nuestra inteligencia no puede encontrar respuestas razonables, de todo aquello que tenía que ser como ha sido y a lo que no podemos encontrar explicación. En el eterno presente de la contemplación de ese misterio viviremos la eternidad. Pero siempre hay que recordar que, como dijo Benedicto XVI, cualquier intento de idear en este mundo cualquier analogía en el conocimiento de Dios “llegaría tan arriba como un dedo índice extendido entre el cielo y la tierra”.

2º Y, eso de la Trinidad, ¿para qué sirve?

Muchos cristianos –yo hasta hace unos años– se preguntan: ¿merece la pena tanto lío por eso de que si Dios es sólo uno o, es también tres sin dejar de ser uno, etc? La verdad es que sí. Aristóteles, que sin ser, evidentemente ni cristiano –vivió varios siglos antes de Cristo –ni creyente en un Dios personal, sí había llegado a la necesidad de una causa primera para el cosmos –no una creación, pues creía en un cosmos eterno– pero sí en una razón causal. Así llegó a concluir que era necesario una especie de Dios impersonal, primera causa incausada, motor inmóvil, arquetipo de los trascendentales Verdad, Bondad, Belleza y Unidad, como quiera que se le llamase. Pero se devanaba los sesos pensando porque ese Ser impersonal, fuente de toda perfección se molestó en ser la causa del cosmos. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué puede llevar a un Ser perfecto a causar algo si no lo necesita? Y se devanaba los sesos sin poder responder Esta sinrazón descorazonaba a una mente como la suya. Santo Tomás nos dice: “Qué angustias no sufrieron de una y otra parte aquellos preclaros ingenios” Aristóteles se hubiese alegrado de caer en la cuenta de esa razón: El amor. Dios tiene amor. Pero si es la causa primera de todo y tiene amor, tiene que ser amor. Aristóteles, que no supo encontrar en el amor la razón de la causa primera para causar, la premisa mayor de todo silogismo, el Logos que diese sentido al universo, sí supo descubrir la Verdad, la Bondad y la Belleza como atributos trascendentes del ser. Pero Dios no podría ser amor si fuese un ser solitario, aunque sea un ser personal. El amor es relación, implica la existencia de varias personas. El amor requiere la Trinidad, el mínimo común múltiplo de dos personas y una relación personificada, sin pérdida de la Unidad, atributo trascendente del ser. Para ser Creador, Dios tiene que ser eso que alguien llamó el palpitar del flujo de las Personas y el reflujo de la Unidad en una eterna marea. Y la creación, algo así como el poso de esas mareas. Esto no lo sabemos por la filosofía sino por la Revelación, pero cuadra tan bien como un balance bien hecho. Tan bien que la filosofía cobra sentido a su luz. Tan bien que sólo esto puede ser la premisa mayor de cualquier cadena de silogismos que tengan sentido. Dios quiso crear al hombre, con su inteligencia, gratuitamente, por amor. No cabe otra solución sensata al jeroglífico. Ese es el por qué. ¿Y el para qué?

La respuesta casi cae por su peso. Para que ese ser humano, al que creó por amor, fuese feliz buscándole, encontrándole, conociéndole, amándole y uniéndose a Él por ese amor. Para esto le regaló la inteligencia que implica la capacidad de buscar la Verdad, la Bondad y la Belleza. Pero la inteligencia, sin libertad es inútil, como la libertad, sin inteligencia, es errática. Y ambas, inteligencia y libertad, sin voluntad, son impotentes. Por eso, ese Dios creó el universo por amor, para poner en él al ser humano, al que regaló la inteligencia y dotó también de libertad y voluntad. Una inteligencia mucho más potente de la necesaria para la mera supervivencia. Una inteligencia trascendente, única en la creación, capaz de asomarse fuera de los límites del universo. Una inteligencia capaz de descubrir la Verdad, hacer el Bien y contemplar la Belleza. Una inteligencia capaz, a su vez, de amar, de devolverle ese amor. Y, gracias a la Trinidad de Dios, esa contemplación, esa participación en el Amor divino, la haremos desde dentro, no desde fuera. Porque una de las Personas de esa Trinidad se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar dentro de ese misterio de Amor y que la corriente de Amor entre Padre e Hijo, el Espíritu Santo, pase a través de nosotros, justo por en medio de nuestro corazón. Amor con amor se paga. Aunque el pago de nuestro amor sea insignificante al lado del suyo.

Por esto creo que esto de la Trinidad de Dios no es una cuestión irrelevante, sino, muy al contrario, una gracia indescriptible.

[1] La imagen no es enteramente mía, sino que arranca de una idea que se conoce como la cinta de Moebius. August Ferdinand Möbius (1790-1868) fue un matemático alemán que descubrió las propiedades del montaje de una cinta que lleva su nombre. El dibujante y grabadista holandés, Mauritis Cornelis Escher, ha realizado innumerables representaciones de la cinta de Möbius recorrida por hormigas.

[2] Matemático ruso-alemán (1845-1918)

2 comentarios:

Miguel Umeres dijo...

En realidad escribes bien...por casualidad puse siguiente blog y me encontré con el tuyo...a ver si intercambiamos cosas...tengo varias cosas que deseo publicar, lo haré en estos días....gracias y sigue escribiendo...

Anónimo dijo...

Hola Miguel, soy Tomás:

Gracias por el cumplido. La verdad es que en los blogs aparece "blog siguiete" y eso te ha permitido llegar al mío, pero no hay blog anterior, por lo que yo no puedo llegar al tuyo. Si me dices cómo es, entro en él y comentamos. Sí, seguiré escribiendo. Gracias por leerme y espero que sigas.

Un abrazo.

Tomás