29 de abril de 2012

Historias de otros mundos IV. El administrador miedoso


El 11 de Marzo, inicié la publicación de una serie de 11 relatos que titulo genéricamente “Historias de otro mundos”. Este es el cuarto. Son relatos con un cierto componente fantástico. Me han servido de modelo, en su barroquismo los relatos y cuentos de Oscar Wilde.


El administrador miedoso.

Cuentan, que ha mucho tiempo, cuando la vida de los hombres se contaba por siglos, había en un lejano país un rey inmensamente rico. Bueno, en realidad no era rico, era, sencillamente, el dueño de todo. Todo era suyo. Casas, campos, bosques, ríos, lagos, cosechas, dinero, todo tipo de bienes. El rey era bondadoso en extremo y deseaba hacer llegar sus bienes, como un don, a todos los habitantes de su reino. Vivía siempre de gira de visita por su inmenso país para asegurarse de ello. Pero como su reino era tan grande, tardaba muchos años en pasar dos veces por el mismo sitio. Para paliar los efectos de sus largas ausencias, tenía un administrador en cada comarca. Los administradores tenían unas consignas muy claras. Nadie en la comarca que administraba debía pasar la más mínima necesidad. Podían usar los bienes del rey como les pareciese, tanto para ellos mismos, como para sus administrados. Si en un momento dado no tenían suficiente, tan sólo tenían que soltar una paloma mensajera de los palomares reales. Las palomas eran de una raza especial. Volaban más alto y más rápido que cualquier otra ave y tenían una vista más aguda que la más vigilante de las águilas. En cuanto se las soltaba, remontaban el vuelo hasta donde se divisaba todo el reino y cuando veían al rey, allí donde estuviera, se lanzaban en un vertiginoso picado hasta llegar al brazo de su dueño. Ningún halcón podía jamás alcanzarlas. No había ningún peligro de que las palomas se acabasen, porque, además de ser muchas, eran de una raza muy prolífica, y se reproducían a un ritmo mucho mayor de lo que se pudieran utilizar. El rey conocía perfectamente la estirpe de cada paloma, sabía de que comarca eran y en cuanto llegaban a su brazo, mandaba inmediatamente a esa comarca una caravana con camellos de larguísimas patas y enormes jorobas en las que cabían bienes innombrables. Los camellos tardaban muy pocos días en llegar con los dones del rey a la comarca necesitada. Había bienes suficientes para que todo el mundo, en todas las comarcas, tuviese todo lo necesario.

Pero en la comarca de Fobos, el administrador era un hombre muy precavido. Demasiado precavido. Casi podríamos decir miedoso. No era, ni mucho menos, malo. Al contrario, era bondadoso con todo el mundo y tenía una mujer y una numerosa familia a las que adoraba. Siempre estaba pensando en su mujer e hijos y en que no les faltase de nada. Y aunque conocía de primera mano una pequeña parte de la inmensa riqueza del rey, sólo de oídas sabía de la mayoría de sus posesiones. Pero no se fiaba mucho de lo que le decían sobre la inmensidad de sus riquezas. Además, no faltaban voces que decían que el rey no era ni tan rico ni tan bueno como se decía. Y el administrador no hacía del todo oídos sordos a esas habladurías. Pensaba:

-Creo que el rey es de una generosidad casi pródiga. Pero si tienen razón los que dicen que no es tan rico como se piensa, puede llegar el día en se le acaben sus bienes. ¿Qué será de mi familia y de los habitantes del reino si, a causa de su prodigalidad, el rey llegase a arruinarse? Debo a toda costa ser ahorrador. No vaya a ser que un día mi familia y toda la gente de la comarca, por culpa de la prodigalidad del rey, vayamos a pasar necesidad. Además –seguía pensando con mucha lógica– por muy pródigo que fuera el rey, no podía  mirar con malos ojos a aquellos administradores que le pidiesen sus dones  con mesura.

Dicho y hecho. Era un hombre enormemente eficaz, por lo que empezó a racionar la entrega de bienes. No limitaba mucho los bienes que repartía, ni lo hacía con poca equidad. Pero, inevitablemente, siempre restringía un poco más lo que entregaba a los demás que lo que guardaba para su familia. Y, también inevitablemente, había ciertos favoritismos a la hora de restringir más o menos los dones a unas u otras personas. De ninguna manera podía decirse que tuviese mala voluntad. Simplemente se dejaba llevar por un sentimiento muy humano; el de ver mejor las necesidades de los que tenía más cerca y, puestos a ahorrar, era más fácil decir que no a los que estaban más lejos. Aunque al principio no era nada grave, poco a poco, la situación se iba deteriorando. Las noticias volaban de una comarca a otra. Nuestro administrador sabía de comarcas que ahorraban más que la suya y pensaba que iba a perder la estima del rey por ser demasiado pedigüeño. Entre dimes y diretes, los administradores iban entrando en una dinámica de competencia en el ahorro que empobrecía a la gente. Además, algún administrador –no el de Fobos, que era, como hemos dicho, un buen hombre– le había cogido el gusto, se decía, a ser el más rico de la comarca y a que el resto de la gente viniese a rendirle pleitesía y a adularle para conseguir un reparto de los dones del rey que le favoreciese más. El de Fobos solo quería ahorrar para el rey y, claro está, ganarse su estima siendo el mejor administrador del reino. O, al menos, uno de los mejores. Ni demasiado pródigo, como se decía de algunos ni demasiado avaricioso y vanidoso, como se rumoreaba de otros. En el justo medio estaba la virtud y el administrador de Fobos buscaba afanosamente ese punto medio. No estaba del todo satisfecho consigo mismo, porque nunca estaba seguro de estar en ese áureo equilibrio. Pero lo intentaba con su mejor voluntad. Sin embargo, parecía como si ese punto de equilibrio se deslizase continuamente hacia abajo. Con el tiempo, la situación se iba haciendo insostenible. La gente lo pasaba mal, a pesar de que los graneros reales estaban llenos a rebosar.

Así estaban las cosas cuando el rey llegó de improviso a la comarca. El administrador se dijo:

- Seguramente el rey me felicitará. No le he pedido mucho, no he favorecido demasiado a mis parientes y vivo yo mismo con bastante austeridad. He buscado un sabio equilibrio entre el bien de mi gente y el de mi rey.

Lleno de orgullo, salió al encuentro de su rey en los límites de su comarca. El viaje hacia la capital no fue agradable para el administrador. El pueblo mostró una fría indiferencia al paso de la comitiva y a veces a, pesar de las órdenes del administrador de que la policía sofocase todo signo de protesta, se produjo algún incidente desagradable. Pero ni una sola vez miró el soberano por las ventanillas insonorizadas de la carroza. Parecía no fijarse en lo que pasaba en las calles. Cuando llegaron a palacio, el administrador dio cuenta al rey de su gestión. Esperaba la felicitación real pero el soberano mantenía un aire adusto y severo. Cuando terminó sus explicaciones el rey le espetó con brusquedad:

- Administrador miedoso y desconfiado, ¿quién te ha dicho que a mí me importaba cuánto me pedías?
- Nadie, señor –le respondió humildemente el administrador.
- Y, ¿quién te ha dicho que a mí me importara tu austeridad?
- Nadie, señor –volvió a decir con humildad el administrador.
- Y, ¿no te dije yo que a nadie en tu comarca habían de faltarle mis dones?
- Así me lo hicisteis saber con toda claridad –reconoció el administrador con sinceridad, mientras bajaba la cabeza avergonzado.
- Mira por esta ventana –le dijo el rey al administrador acercándose a una de las grandes vidrieras de palacio– y dime qué ves. ¿Ves acaso a gente satisfecha que rebose de alegría por la abundancia de mis dones? ¿Qué ves?
- No, señor –dijo con un hilo de voz apenas audible el pobre administrador–, veo más bien un pueblo triste, cansado y apesadumbrado al que yo he hecho trabajar de sol a sol para conseguir unas migajas que no son ni la milésima parte de lo que tendrían si yo te lo hubiera pedido.
- Administrador miedoso y desconfiado –insistió el rey–, tú has venido conmigo desde las fronteras de esta comarca hasta aquí. ¿Dirías que el pueblo me quiere?
- No, señor, diría que no –el pobre hombre no sabía que hacer para esconderse del interrogatorio al que le estaba sometiendo el rey, pero aguantaba estoicamente el chaparrón–. Sólo unos pocos súbditos os aclamaban, bastantes se han atrevido a abuchearos, a pesar de que la guardia les golpeaba duramente, y la inmensa mayoría se limitaba a miraros con indiferencia.
- Y, dime aún, administrador indigno, ¿quién crees que tiene la culpa de eso?
- Yo, señor, y sólo yo –la voz del administrador parecía apunto de quebrarse de pena y vergüenza.
- ¿Y por qué lo hiciste entonces? –A partir de aquí, la voz del rey empezó a adquirir sutiles tintes de ternura y compasión.
- Tuve miedo, señor. Oí rumores de que no erais tan rico como se decía y me dio pánico el futuro. Creí además que, si era así, agradeceríais, en el fondo, que cuidásemos de vuestros bienes.
- ¿Te fiaste, entonces, más de la palabra de los charlatanes maliciosos que de la mía?
- Sí, señor, así ha ocurrido.
- Y, supongo que esos de los que te has fiado más que de mí, habrán hecho por ti más de lo que he hecho yo, ¿no? –no había ironía en la voz del monarca y la misericordia, era ya palpable en ella.
- No, señor, nada han hecho por mí esos charlatanes. He desconfiado de vos sin motivo y no sabéis como lo siento. Perdón, señor, perdón –el administrador había percibido el eco de la compasión en las palabras del rey, por lo que, aunque su voz seguía siendo apenas audible, se atrevió a levantar los ojos hacia el rostro de su rey.
- Entonces, voy a darte instrucciones y cuando las hayas cumplido vuelve y te diré lo que voy a hacer contigo.

No era un tono amenazante el de esta última frase. Era más bien cariño lo que se traslucía en el tono del soberano. El administrador se dio cuenta entonces del poder, la fuerza y la luz que emanaban del rostro de su señor. Al mismo tiempo percibió en su mirada algo que podía ser ternura y misericordia. Las instrucciones fueron claras. Debía recorrer la comarca entera abriendo todos los graneros, anunciando que había sido él quien los había mantenido cerrados, pidiendo perdón al pueblo, y proclamando la grandeza y generosidad del rey. Así lo hizo nuestro administrador, con gran energía, entusiasmo y alegría y, cuando volvió al palacio, se encontró con una inmensa muchedumbre aclamando al rey y recibiendo de él sus dones en una abundancia sin precedentes. Al lado del rey había un inmenso pájaro Roco. Era como un águila blanca, pero sus alas medían más de una legua y en su lomo cabía una muchedumbre. Podían estos pájaros remontarse majestuosamente, con unas pocas batidas de sus poderosas alas, hasta una altura similar a la de las palomas del rey. En su lomo había ya una abigarrada muchedumbre de personas y otras muchas subían por inmensas escalas. Cuando el administrador se presentó al rey, éste le sonrió y le abrazó con ternura de padre diciéndole:

- Mi pequeño y miedoso administrador. Tú no te acuerdas, pero no es la primera vez que esto ocurre. Siete veces se ha repetido este proceder tuyo, a pesar de que las siete he hecho lo que voy a hacer ahora. Vosotros, mis súbditos, tenéis una flaca memoria y pensáis en unos términos distintos que los míos. Sé que vivís en un mundo que, sin mí, sería de escasez y de penuria. Lo sé porque he mandado a mi hijo, el heredero a que viva entre vosotros como uno más. Ha sufrido en su carne vuestras mezquindades, vuestras envidias, vuestras maldades y, a pesar de todo, os quiere y me lo ha contado y me ha transmitido su compasión por vosotros. Esta vida os hace egoístas y mezquinos y me atribuís a mí estas miserias vuestras, en vez de acoger con agradecimiento mis dones gratuitos. Pero yo os conozco por mi hijo, y por él os quiero como sois.

El administrador rebuscó en lo más profundo de su memoria y allí encontró un vago recuerdo de una escena similar a la que estaba viviendo, sucedida hacía tanto tiempo que se perdía en la niebla de su mente brumosa. No tenía más de quinientos años y, aunque sabía que su recuerdo formaba parte de esos quinientos años, le parecía como si se remontase a eones y eones atrás.

- Sé –continuó diciendo el rey– que volveréis a olvidar la lección hasta setenta veces siete, pero espero que repetida y repetida, cada vez quede grabada un poco más en vuestra memoria. Para ayudaros, cada vez que la historia se repite, os monto a todos los hombres de la comarca a lomos de uno de mis muchos pájaros Roco, a fin de que podáis ver desde lo alto todo mi reino con sus inmensos recursos de todo tipo. Comprenderéis que no tenéis que tener miedo, pero olvidaréis otra vez. Lo sé y a pesar de todo, o quizá precisamente por eso, me inspiráis una inmensa misericordia y os quiero como a un hijo enfermo. Mira, todo el pueblo ha subido ya, sube tú también, abre bien los ojos y procura grabar en tu memoria lo que veas.

Se dice que el administrador y todos los demás se prometieron poner por escrito, tan pronto como bajaran de lomos del pájaro Roco, lo que hubieran visto durante el viaje. Pero es lo cierto que cuando bajaron estaban como sumidos en un sueño. Se apresuraron, sin ser conscientes de ello, a escribir su sueño en un largo libro. Sabían vagamente que lo que estaban escribiendo era sólo un pálido reflejo de las riquezas del rey y los inmensos signos de amor hacia sus súbditos que divisaron desde las alturas.

Cuando despertaron del sueño, tenían al lado el libro. Era un libro que habían visto innumerables veces en su vida y del que les habían hablado desde niños. Incluso, algunos, lo habían leído. Pero nunca le habían prestado demasiada atención. Era un libro que llevaba un título en una lengua que tan sólo algunos eruditos conocían. Parece ser que en el lenguaje de Fobos el título significaba la Buena Noticia. Era, tan sólo, el Evangelio.

2 comentarios:

Pedro dijo...

Te seguire leyendo estos relatos, me estan gustando. No siemrpe dejo un post, per oesta vez para que veas que te sigo te lo dejo.
Saludos y feliz puente.

Anónimo dijo...

Hola Pedro, soy Tomás:

Me alegro de que te gusten. Todavía quedan 7. Sé que eres uno de mis seguidores y te lo agradezco.

Un abrazo.

Tomás