12 de abril de 2012

Historias de Otros mundos III: La Biblioteca de Babilonia

Tomás Alfaro Drake


El 11 de Marzo, inicié la publicación de una serie de 11 relatos que titulo genéricamente “Historias de otro mundos”. Este es el tercero. Son relatos con un cierto componente fantástico. Me han servido de modelo, en su barroquismo los relatos y cuentos de Oscar Wilde.


La biblioteca de Babilonia

Cuentan que un poderoso rey de un lejano país convocó un día a todos sus administradores, generales y escribas y les dio unas sencillas instrucciones. Deberían recolectar en todos sus inmensos dominios y comprar a precio de oro de los reinos vecinos tanto papiro como fuera posible. Si algún rey de otro país se resistiera, se le haría la guerra hasta acabar con su reino, anexionarlo y tomar todo su papiro. Con todo ese material había que escribir todos los libros de mil hojas que pudiesen escribirse nunca en la historia de la humanidad. Había concebido en sueños un método para poder hacer eso. Bastaría con tomar los treinta signos posibles, incluidos espacios, exclamaciones, interrogaciones etc. de la escritura y anotar en un papiro “A”, en otro “B”, “C” en el siguiente y así sucesivamente hasta acabar con los libros que constasen de un solo signo. Luego se empezaría con los de dos “AA”, “AB”, “AC”, ... “BA”, “BB”, “BC”,... “CA”, “CB”, “CC”, etc. Siguiendo este método infalible hasta los libros de doscientos cuarenta mil caracteres, que ocupan mil hojas, todo el saber que jamás tuviese toda la humanidad, estaría en su poder. Naturalmente, habría que construir una inmensa biblioteca, a la altura de ese saber, en fasto y tamaño.

Las órdenes del rey no se discutían y todo el reino puso manos a la obra con tal ahínco que en unos años la magna obra estaba concluida. Al día siguiente el rey iría a inaugurar la biblioteca. Pero esa noche el monarca tuvo una pesadilla. Un geniecillo que decía venir de un país que existiría algún día en el futuro y que se llamaría España, le habló de un libro que un día se convertiría en una joya de la literatura universal. Se llamaría “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Y hablándole de ese libro le propuso una paradoja. Si el rey había sido capaz de construir tan magnífica biblioteca con unas instrucciones tan sencillas, eso era prueba inequívoca de que no contenía mucha información. Porque la información de cualquier libro, como demostrarían algún día los especialistas en la teoría de la información – cuyos textos, dicho sea de paso, podían encontrarse en la biblioteca – no podía ser mayor que la de las instrucciones que se requerían para escribirlo. Y si no contenía mucha información, tampoco contenía mucha sabiduría. Por lo tanto, toda la sabiduría de la humanidad era una vacuidad. Ahora bien, podía asegurar que el futuro autor del Quijote, nombre familiar que se daría al libro, dedicaría una buena parte de su vida y sus experiencias a escribir su obra. Y sin embargo, como la parte no puede ser más que el todo, el libro, a pesar de que formaría parte de la educación de muchas generaciones, no valía nada.

El rey no pudo dormir ni esa noche ni las mil y una siguientes, obsesionado con la paradoja del geniecillo. Ni siquiera se tomó la molestia de ir a inaugurar la biblioteca al día siguiente, ni ningún otro día. Años más tarde, ya resignado a no dormir, pidió a su chambelán que le trajera de la biblioteca un curioso libro que se escribiría dentro de muchos siglos en un país que se llamaría España. El título del libro decía algo de un hidalgo, por nombre Quijote, o algo así, originario de una comarca llamada la Mancha. El chambelán sonrió y dijo al rey que recordaba perfectamente el libro. Conocía de antiguo al escriba al que le tocó combinar las letras que lo formaban y le comentó que se había sorprendido enormemente de la sabiduría y el humor que encerraba. Él mismo, su humilde chambelán, lo había leído y le había hecho reír y pensar al mismo tiempo. El valor de ese libro era indudable. Pero había un problema. Como el rey había decretado pena de muerte al que sacase cualquier volumen de la biblioteca, estaba allí sin duda, pero no había modo de encontrarlo, ya que el que había ideado el orden de la biblioteca, un tal Dédalo, había muerto y su hijo, Ícaro, parece que se llamaba, único poseedor del secreto, había desaparecido sin dejar rastro. El rey dio orden de buscar inmediatamente al hijo del ordenador de la biblioteca en cualquier parte del mundo en la que se encontrase. La recompensa sería fabulosa para el tal Ícaro si lograba encontrar el libro.

Mientras se buscaba a Ícaro por todo el mundo, el rey, picado por la curiosidad, decidió ir a conocer su biblioteca y, si no el Quijote, leer otros de los muchos y sabios libros que allí poseía. Una noche de insomnio, en la más rigurosa de las incógnitas, el rey fue a su biblioteca. Estaba llena de polvo y telarañas porque nadie se había paseado por sus galerías ni sacado un libro de sus anaqueles en los años que llevaba cerrada desde que se construyó. No obstante, por debajo del polvo se adivinaban más que percibirse los brillos de los oropeles y los respetables lomos de los libros. Empezó el rey a pasearse por las laberínticas galerías, apartando las enormes telarañas que formaban innumerables cortinas de tiempo. En cada entrada de una nueva galería podía verse una letra o un signo de la escritura del país. Dudaba por cual de los sabios volúmenes debía empezar su lectura. ¿Cuál sería el libro que tuviese el privilegio de ser el primero en ilustrar al rey, si ello era posible? Por fin, su mano cogió uno cuyo lomo le pareció que tenía una decoración más llamativa. Lo abrió y para su sorpresa, allí no había nada más que letras desordenadas, sin el más mínimo sentido. De vez en cuando, aparecía una palabra con significado, pero no había ninguna otra a continuación que hilase una frase. ¡Mala suerte! – pensó – cogeré otro. Pero en el nuevo libro ocurrió lo mismo. Y lo mismo con otro, y otro y mil más que cogió. ¡Nada! ¿Era esa la sabiduría del mundo? Con razón el geniecillo le había dicho que no valía nada. Pero, ¿y el Quijote, que había hecho reír y pensar a su chambelán que era, sin duda, hombre de gran sabiduría e ingenio? Espoleado por este pensamiento siguió buscando, pero su éxito no fue mayor que en los mil intentos anteriores.

Cuando empezó a despuntar el día a través de las angostas claraboyas que inundaban la biblioteca de una penumbra cenital, pensó que debería volver a su palacio. Nadie debía saber que había estado allí. Pero, – ¡ay desgracia! – se había perdido en el laberinto de su biblioteca y nadie sabía su paradero. Buscó desesperadamente, gritó, aulló. Nada... El silencio era el único eco de sus llamadas cargadas de pánico y angustia. Mientras tanto, el reino y todo el orbe conocido hervía buscando a Ícaro. El rey no apareció nunca y el heredero, después de hacer rodar muchas cabezas, la del chambelán entre otras, tomó como suyo el empeño de encontrar a Ícaro, para que le dijese cómo estaba ordenada la biblioteca y poder, de esta forma, encontrar el Quijote como un homenaje póstumo a su padre. Por fin, de los confines occidentales del mundo, trajeron a Ícaro. Despreció la recompensa, pero dijo estar dispuesto a desvelar el secreto del orden del laberinto, siempre que le dejasen contar su historia y que, una vez encontrado el libro, abriesen la biblioteca a todos los habitantes del reino. Su historia era verdaderamente curiosa. Habló de un laberinto en una extraña isla llena de mentirosos. De un monstruo que habitaba en él, mitad toro mitad hombre, devorador de carne humana, doncellas a ser posible. De cómo el rey de los mentirosos les había engañado dejándoles encerrados en el laberinto para que los devorase el Minotauro, así se llamaba el monstruo. De unas extraordinarias alas construidas con cera y plumas y con las que consiguieron escapar volando. De cómo su orgullo le llevó a volar demasiado alto hasta que Apolo, celoso, le derritió las alas y cayó en picado. De la heroica forma en que su padre le salvó a costa de su vida. De su huida del mundo para curar su orgullo buscando la sabiduría. De una ofrenda de doncellas para el monstruo, de un tal Teseo, un hilo y una tal Ariadna. De la muerte del Minotauro a manos de Teseo. De una vela negra y otra blanca, de un rey que se suicidaba despeñándose desde una roca sobre al mar. Del abandono de Ariadna por Teseo y de su locura. Una historia tan larga y extraña como interesante y cargada de lecciones y de sabiduría.

Pero lo más extraño de todo fue cómo contó la historia, hablando muy lentamente mientras se paseaba por las lóbregas galerías de la biblioteca. Cuando acabó el extraño relato, alargó la mano, tomó el libro que estaba justo delante de él, lo abrió y dijo:

- He aquí el libro de la historia que acabo de contar.

Abrieron el libro y, ¡oh misterio!, efectivamente, ahí estaba, letra por letra, la historia que les acababa de contar. Entonces Ícaro dio media vuelta y salió a toda prisa del laberinto como si se supiese de memoria el camino de salida. El rey y sus cortesanos le siguieron como pudieron y, una vez fuera, le exigieron que les dijese el secreto del orden de la biblioteca. Pero él dijo que ya se lo había desvelado y se alejó. El rey dudó si prenderle y cortarle la cabeza, pero algo como un halo de respeto que emanaba de Ícaro se lo impidió y éste salió andando de la ciudad y se perdió entre la multitud. Cuando más tarde estalló, terrible, la cólera del rey, quiso buscarle para castigar su insolencia, pero fue absolutamente imposible encontrarlo. Parecía como si se lo hubiese tragado la tierra.

Todo el reino intentaba adivinar el secreto del laberinto en el extraordinario relato de Ícaro. Un día recordaron la extraña lentitud con que contaba la historia y cómo su vista se dirigía continuamente hacia lo alto de la entrada de cada galería para mirar el signo que allí figuraba. Entonces se dieron cuenta. El primer signo del libro decía cuál de las treinta entradas había que tomar. Cada galería se dividía en otras treinta y el segundo signo del libro decía cuál seguir. Y así sucesivamente. Por eso Ícaro, al contar su historia, iba buscando las letras que pronunciaba y siguiendo el camino trazado por ella. Cuando la dio por terminada, alargó la mano sabiendo a ciencia cierta que estaba delante del libro de su relato. Naturalmente, el libro se había escrito antes de que pasasen todos esos hechos. Por supuesto, dispersos por toda la biblioteca habría millones de libros con historias parecidas pero en los que Dédalo e Ícaro eran devorados por el Minotauro, o a Ícaro no se le derretían las alas, o se le derretían pero su padre no podía salvarle. Habría incluso millones de libros, salpicados aquí y allá por todo el laberinto, en los que pasaba lo mismo pero contado con otras palabras.

Ya sabían el secreto, pero de ninguna manera eso les facilitaba poder encontrar el Quijote, puesto que nadie sabía la historia. Entonces el rey se acordó de que el chambelán, antes de morir le había dejado un papiro misterioso diciéndole:

- Majestad, algún día os daréis cuenta de la enorme injusticia que cometéis conmigo. Pero en muestra de mi inquebrantable lealtad os dejo este papiro.

En el papiro ponía una frase misteriosa que entonces no supo a qué podía referirse: “Cuando se busque con recto corazón, un anciano de la casi extinta raza de Matusalén encontrará el camino”.

El rey dio orden de busca, a toda costa, de cualquier anciano de la raza de Matusalén. Proclamó premios fabulosos, profirió amenazas terribles, pero nada ocurrió. Cada día echaba espuma de rabia por la boca al ver su autoridad frustrada. Se revisaron todos los archivos para encontrar personas vivas que hubiesen nacido hace más de setecientos años. La policía secreta investigó el pasado de miles de súbditos. A más de uno se le torturó para intentar ver si guardaba recuerdos más antiguos de lo que decía era la longitud de su vida. Nada, todo resultaba vano e inútil. El anciano no aparecía y el rey no dormía, apenas comía y languidecía a ojos vista. Poco a poco su ira fue transformándose en dolor. En un dolor cada vez más profundo e hiriente, que le condujo a la postración y la ruina física. Hasta los súbditos que le habían odiado alguna vez sentían lástima por su triste estado. Un día, decidió cambiar de estrategia. Venciendo su orgullo, empezó a recorrer todo el reino rogando que si había algún anciano de la raza de Matusalén, se compadeciese de él y se presentase en palacio. No había premios ni amenazas, sólo súplica. A pesar de su extrema debilidad, se dedicó a peregrinar vestido de saco, repitiendo lastimeramente la súplica. Incluso viajó mucho por otros reinos, vecinos y lejanos. Muchos respetaban esta nueva actitud del rey, pero no faltaban los que la encontraban patética y llegaban a mofarse de ella. A él, sin embargo, parecía no importarle esta merma de prestigio. Y esta nueva misión que se había impuesto empezó devolverle a la vida y la salud.

Pasó muchos años el rey buscando al anhelado anciano, pero éste no daba señales de vida. Sin embargo, el rey recuperó, incluso con creces, su antiguo vigor, a pesar de no ser ya joven. Poco a poco se fue introduciendo en su mente la idea de que el anciano había muerto. Al fin y al cabo, también a los de la raza de Matusalén les llegaba la hora de la muerte, amén de que como cualquier mortal, estaban sujetos a la posibilidad de accidentes fatales. Pasados bastantes años más, renunció a la idea de encontrar al anciano. Pero sus humildes viajes por el mundo le habían hecho entrar en contacto con la miseria, con las secuelas de la guerra, la injusticia y la maldad humanas. También le hicieron conocer muy diferentes tipos humanos. Los soñadores y los terrenos, los que alimentaban el espíritu y los que vivían para el vientre, los locos sabios y los cuerdos estúpidos. Esto hizo que se plantearse la vida de otra manera. Ahora tenía otra misión. Hacer el mundo mejor, más justo, más humano. Tuvo la tentación de dejarlo todo y vivir como un pobre caballero andante, intentando hacer el bien como y donde pudiese. Pero al final decidió que era más eficaz, que podía hacer más y mejor el bien, siendo rey. Un rey justo, pero rey. Usando el poder con rectitud y honestidad para hacer de su reino un reino de justicia y de paz. Más aún, un reino de amor. Su lucha fue dura y en gran medida estéril, pero él sabía que estaba haciendo lo que había que hacer, aunque a veces le abrumase una profunda sensación de inutilidad en su lucha contra un enemigo mucho más fuerte que él. Contra lo más íntimo de una parte oscura de la naturaleza humana, a la que era inmensamente difícil cambiar por mucho poder que se tuviese. Sin embargo nunca desesperó, porque veía su propio cambio y se daba cuenta de que todo ser humano tenía dentro de sí, junto a las tinieblas, una luz que podía iluminar su vida, tal y como le había ocurrido a él. Por eso siguió haciendo el bien toda su vida, a pesar de su doloroso sentimiento de inutilidad.

Un día, siendo ya viejo e impedido para sus viajes, entró en la biblioteca y empezó a narrar una historia de un caballero enjuto y chiflado que luchaba inútilmente, de forma trasnochada y con elementos equivocados por un mundo mejor. Junto a él iba siempre un escudero gordo y necio que, a pesar de darse cuenta de la locura de su señor, creía a pies juntillas las absurdas promesas que éste le hacía sobre el gobierno de un reino que les iba a ser entregado. Era difícil distinguir si era la codicia del gobierno, el cariño hacia el demente caballero o una confusa mezcla de ambas, lo que impulsaba al obeso escudero a seguir a su señor. La historia le salía de lo más hondo de su ser, como si su lengua obedeciese a una fuerza interior desconocida. En ella se mezclaban la añoranza por el camino de sencillez que había dejado en aras de la eficacia y la frustración por el escaso éxito conseguido en su misión. No obstante, como no quería que el relato estuviese teñido de amargura y como había aprendido mucho del humor del pueblo, la mayoría de las historias movían una a tierna sonrisa y algunas a una franca carcajada. Mientras recitaba su relato, tenía una extraña sensación de que alguien, en alguna otra parte de la biblioteca, estaba recitando otra historia guiado también por una poderosa voz interior. Cuando terminó de hablar, alargó la mano y encontró, ya escrita en el libro que cogió, la historia que acababa de narrar. Contraviniendo las órdenes de su padre de que ningún libro podía salir de la biblioteca, se lo llevó a su palacio. Al fin y al cabo era su libro, porque lo había inventado él.

Unos días más tarde, un hombre viejísimo apareció en palacio y pidió audiencia con el rey.

- Majestad, – le dijo – Hace muchos años, un hombre al que cortasteis injustamente la cabeza os dejó un pergamino en el que decía que “cuando se busque con recto corazón, un anciano de la casi extinta raza de Matusalén encontrará el camino”. Creo que habéis expiado con creces vuestro crimen y que habéis buscado con recto corazón, no el libro que inició este proceso, sino la sabiduría que nace de la humildad. Aquí estoy pues, como estaba prometido. Soy de la raza de Matusalén, tengo más de ochocientos años y, hace muchos, fui el que mezcló los signos del libro que estáis buscando. Mi memoria retiene fielmente cada uno de ellos. Seguidme, aunque creo que ya habéis encontrado el camino hacia el lugar al que queréis llegar.

Llegaron a la entrada de la biblioteca y el anciano comenzó “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...”. El rey siguió sin demasiado entusiasmo al anciano, puesto que ya no estaba seguro de que el libro le interesase como otra cosa que como el iniciador del proceso vital que había recorrido. Sí sentía una cierta curiosidad por saber su contenido, pero de ninguna manera podría llamarse anhelo a ese sentimiento. Pero a medida que el anciano iba recitando el texto del Quijote para orientarse en el laberinto de galerías, su asombro crecía al ver las enormes similitudes entre su historia y la de don Alonso Quijano. Muchas veces se dibujó la sonrisa en los labios del rey y alguna que otra sonora carcajada se escapó de su boca. Cuando acabó la historia, el hijo de Matusalén, dijo al rey:

- Majestad, alargad la mano y tomad el libro.

Pero el rey no lo cogió. Tenía su propio libro que era una versión adaptada a su vida del libro que había marcado su existencia. Todas las preguntas que podía sugerirle el Quijote sobre la sabiduría ya se las había hecho y aunque muchas estaban aún sin contestar, no encontraría la respuesta ni en ese ni en ningún otro libro. El rey cumplió la promesa que había hecho a Ícaro y abrió la biblioteca a todos sus súbditos. Al principio estuvo atestada de gente que quería leer historias curiosas. Pero, ¡ay!, los libros no tenían ninguna historia, solo galimatías ininteligibles con alguna que otra palabra de cuando en cuando. A veces alguien encontraba un libro que hilaba muchas palabras, pero sin ningún sentido. Y cuando aparecía uno que tenía sentido, no decía más que falsedades. Eso sí, el que contaba su vida o se inventaba un relato, por estúpido o rocambolesco que fuese, justo al terminar, allí estaba el libro de su historia. Pero a muy poca gente le interesaba semejante tontería, por lo que, poco a poco, la biblioteca volvió a quedarse vacía. Solo algunas personas extrañas deambulaban por sus pasillos mientras narraban en voz alta historias pintorescas, o cargadas de belleza, o llenas de aventuras increíbles. Y siempre, al final, cuando terminaban, allí estaba el libro que habían imaginado. El rey fue, hasta el día de su muerte, una de esas escasas personas que frecuentaban la biblioteca. Naturalmente que podía pensar una historia en la soledad de su palacio, pero la biblioteca le inspiraba y le permitía estar en contacto con los más conspicuos habitantes de su reino. Más de un sabio consejo recibió en sus galerías. Además, la biblioteca le permitía recopilar por escrito sus pensamientos y los consejos ajenos, llevándose los libros que los contenían. Al principio pensó que eso esquilmaría la biblioteca, pero pronto se dio cuenta que de cada libro que se llevase había infinidad de copias casi idénticas, por lo que la riqueza de la biblioteca era prácticamente inagotable. Levantó la pena de muerte por coger los libros, de forma que todos se los llevaban. Pero la inmensa biblioteca no experimentaba merma alguna por este expolio. Cuando murió, la voz del pueblo empezó a poner, detrás de su nombre y del ordinal, el calificativo de “el Sabio”. El tiempo ha borrado las huellas de su nombre verdadero, pero en ese país, que más tarde llegó a llamarse Babilonia, se siguió hablando durante muchos siglos del rey Sabio.

Pasaron años, decenios, siglos y, un buen día, uno de esos extraños habitantes del reino que seguía visitando la biblioteca encontró un esqueleto envuelto en un manto real y con un libro entre las manos. Nadie sabía quien podía ser el hombre que un día llenaba ese esqueleto con su cuerpo y con su alma. Pero el libro que tenía entre sus manos lo reveló. Era el padre del rey Sabio, el misteriosamente desaparecido. El libro contaba cómo había conseguido sobrevivir gracias a una gotera que había en un rincón de la biblioteca, a las inmensas arañas que tejían sus telas entre los anaqueles y a los insectos, también inmensos por un proceso de evolución paralela, que caían en ellas. De vez en cuando saboreaba un manjar delicioso fabricado por gigantescas abejas que habían instalado su colmena en la biblioteca y entraban y salían al exterior por una abertura en lo alto de una pared. Había llegado a un entendimiento tácito con las abejas. Él las liberaba de las telas de araña y ellas le hacían una exquisita mezcla de miel de almendro en flor y jalea real. Un día, desesperado por su soledad, cayó rostro a tierra e imploró a los dioses que le enseñasen el secreto de la biblioteca. Tomó la costumbre de dedicar un rato todos los días a ponerse delante de los dioses, hasta que un solo Dios le pareció suficiente para darle la paz que poco a poco iba encontrando en su alma. Todos los días hablaba largamente con Él y nunca más volvió a sentirse solo. Pasados algunos años rezando a ese único Dios, se dio cuenta de que los libros de una galería eran iguales a los de la galería anterior, pero con la letra que figuraba en la entrada de la misma añadida al final. Descubrió así el secreto de la biblioteca y empezó a contar pequeñas historias empezando desde el sitio de la biblioteca en el que se encontraba. La parte anterior de los libros que encontraba así, reflejaban el sinsentido habitual, pero a partir del punto en el que él empezaba a hablar, reproducían fielmente la historia que inventaba. Poco tiempo después se dio cuenta de que, conocido el secreto de la biblioteca, tenía la clave para salir de ella cuando quisiera, pero ya no quería salir. Había empezado a descubrir que la sabiduría valía más que la dignidad de rey, que el sitio del mundo en el que mejor se encontraba eran las galerías de la biblioteca y que la intimidad con ese Dios al que había descubierto superaba toda compañía. El hambre y la mortificación habían aguzado su ingenio. Inventó miles y miles de historias, pero un día, nunca supo cómo ni por qué, empezó a contar una largísima historia que le salía de no sabía dónde, pero que surgía de él como un torrente impetuoso que no podía controlar. La historia empezaba:
“En el principio, creó Dios el cielo y la tierra...” y acababa: “Sí, estoy a punto de llegar. ¡Amén! ¡Ven, Señor, Jesús! Que la gracia de Jesús, el Señor, esté con todos”. El penúltimo párrafo del libro que el padre del rey Sabio tenía entre sus manos era un pequeño extracto del larguísimo libro que le había sido dictado por el torrente. Decía: “Por eso rogué, y me fue dada la prudencia; supliqué, y vino a mi el espíritu de sabiduría. La he preferido a los cetros y a los tronos, y a su lado en nada he tenido la riqueza. Ni siquiera la he comparado a la piedra más preciosa pues todo el oro ante ella es un poco de arena, y a su lado la plata no pasa de ser lodo. La he amado más que a la salud y a la belleza, y la he preferido a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes me han venido con ella, tiene en sus manos riquezas innumerables. Son fuente de gozo porque los trae la sabiduría, aunque yo no sabía que ella era su madre. La aprendí con sencillez porque es para los hombres un tesoro inagotable, y los que lo adquieren se ganan la amistad de Dios...”

El último párrafo decía en verso.

“Mi corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
tu avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero”.

Ese fue el día en el que el alma del rey salió para siempre del laberinto y llegó a la Eterna Biblioteca, al aire libre, en un campo de almendras en flor. Pero queda todavía por resolver la cuestión filosófica de cómo la parte puede valer más que el todo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonita la historia. He de confesar con rubor, que muchos poemas de Miguel Hernández los he conocido gracias a Serrat. Miguel, un "comunista" cristiano, del que se acaban de cumplir 70 años de su fallecimiento.
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan:

Gracias por tu comentario. Somos muchos los que hemos empezado a conocer la poesía de Miguel Hernández gracias a Serraty no hay que tener rubor por ello. Pero cuando uno empieza a tirar de ese hilo se queda asombrado del ovillo que saca.

Sin embargo, creo que sí era comunista (sin comillas) y, si fue cristiano en su infancia y primera juventud, creo también que dejó de serlo. Ojalá me equivoque. Si es así, me encantaría saberlo.

Por otro lado, en mis cartas a poetas muertos, le tengo también en el cielo. Si quieres que te envíe su carta, recuérdame tu mail (no lo publicaré) y te lo envío.

Un abrazo.

Tomás.

P.D. Lo mismo harñe cin todo el que quiera conocer esa carta y me mande su mail.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Muchas gracias, pero intentaré conseguir el libro. Los libros me proporcionan esa emoción que no la tiene el word, je je.
Abrazos,
Juan.

Anónimo dijo...

Y yo te lo agradecerá, Juan, porque a los autores nos gusta que nuestros libros se vendan. Si te gusta y, además, quieres hacer propaganda (que no publicidad) del mismo, pues te lo agradeceré más todavía.

Un abrazo.

Tomás