23 de septiembre de 2012

La paradoja del dinero circulante


El otro día me llegó, a través de esos mails que circulan con historias curiosas, una que de verdad lo es y que parece una paradoja. La he llamado la paradoja del dinero circulante. En estos tiempos, en que la economía se ha puesto tristemente de moda, estas paradojas despiertan la curiosidad. La copio tal cual me la mandaron y, luego, intentaré deshacerla, cortando el nudo gordiano.

Estaba lloviendo en un pequeño pueblo, donde todos los habitantes estaban endeudados. A causa de la lluvia llega al pequeño hotel del pueblo un turista turco y pone un billete de 100 euros en la mesa del dueño del hotel mientras dice:

- Quiero una habitación, estoy harto de conducir con esta lluvia.

Responde el recepcionista:

- Pues suba y escoja la habitación que mas le guste, están todas disponibles y la llave esta en la puerta –responde el recepcionista.

El dueño del hotel coge el billete y sale corriendo a pagar sus deudas con el carnicero. Inmediatamente el carnicero coge el billete y corre a pagar su deuda con el criador de cerdos. Este a su vez, corre a pagar lo que le debe al proveedor de pienso
para animales. El proveedor de pienso coge el billete al vuelo y corre a liquidar su deuda con la prostituta a la que hace tiempo que no paga. En tiempos de crisis, hasta ella ofrece servicios a crédito. La prostituta, sin perder el tiempo, coge el billete y sale corriendo hacia el hotel donde llevaba a sus clientes las últimas veces y que todavía no había pagado.

Mientras tanto, había dejado de llover y el turco, después de ver varias habitaciones, baja a la recepción y dice:

-¿Sabe qué? Como ha dejado de llover, me lo he pensado mejor y me voy, que tengo prisa para llegar a mi casa.
- De acuerdo señor, dice el dueño del hotel, aquí tiene su billete y ya sabe que puede volver cuando quiera.

Fíjate bien, nadie ha ganado ni ha perdido un Euro, sin embargo ahora nadie tiene deudas.

Curiosa historia que, a primera vista, te puede dejar perplejo. Pero esa una perplejidad que se disipa inmediatamente cuando uno se da cuenta de que el único personaje que, una vez inventada la historia, sobra, es el conductor turco y sus 100€. Efectivamente, si en vez de venir el turista turco, los cinco habitantes del pueblo, conscientes de sus deudas mutuas, se hubiesen reunido y hubiesen tomado la decisión de hacer lo mismo, pero sin el billete de 100€, el resultado hubiese sido exactamente el mismo. Nada más elemental, ¿no? Si la historia, en vez de tener los cinco personajes que tiene (sin contar al conductor turco), tuviera sólo dos, uno que tiene algo que le interesa al segundo, al tiempo que este segundo tiene algo que le interesa al primero, y ambos personajes atribuyesen más valor a lo que tiene el otro que a lo que ellos mismos tienen, diríamos que se ha producido un simple trueque, algo tan viejo como la humanidad y, desde luego, muy anterior al dinero. Esto de que cada uno atribuya más valor a lo que tiene el otro no es algo disparatado. Imaginemos a un pastor y un agricultor. Ambos necesitan alimentarse equilibradamente. Al pastor le sobra carne y al agricultor fruta. Nada tiene de extraño que para el pastor tenga más valor la fruta que la carne y que ocurra lo contrario con el agricultor. Desde luego el inventor de la historia ha sido hábil, porque ha introducido una rueda de personajes para que no fuese tan fácil identificar la operación a cinco bandas como un simple trueque.

Pero ricemos un poco más el rizo volviendo a los dos personajes, que es todo más sencillo de ver. No se nos ocurriría decir en este caso, como dice la historia que nadie ha ganado ni perdido nada. Los dos, pastor y agricultor, han salido ganando con el trueque. Se ha producido una mejora en el bienestar de ambos. Es decir, se ha creado valor o, si se prefiere, riqueza, para ambos y eso significa que cada uno ha ganado algo. El agricultor considera que el valor de la carne que ha conseguido es más que el coste de la fruta que ha dado, porque él no da demasiado valor a la fruta que le sobra. Es decir el precio de venta de su fruta, la carne que recibe, es, para él, mayor que el coste de la fruta que da. Y para el pastor pasa exactamente lo contrario. A eso se le llama beneficio. Ambos han generado beneficio. Esto nos lleva a una primera conclusión provisional: El dinero no crea riqueza, es sólo un medio de pago. ¿Quiere esto decir que el dinero no es necesario? Ni mucho menos. Un sistema así sólo puede funcionar en sociedades muy pequeñas cerradas sobre sí mismas. Y por supuesto, por muy hábilmente que esté construida la historia, con sus cinco personajes formando un bucle aparentemente cerrado sobre sí mismo, esto no es así en ella. ¿Por qué? Porque no es un bucle cerrado. Cada uno de los cinco personajes necesita para la transacción que realiza, proveedores externos con costes adicionales para poder vender el producto que vende al siguiente personaje de la cadena. Por ejemplo, el criador de cerdos, además de pagar al proveedor de piensos para el engorde de sus animales, tendrá que pagar al veterinario, las medicinas de los cerdos, al matarife que los mata antes de vendérselos al carnicero, al que construye el cercado en el que los tiene, a los trabajadores que tiene para darles de comer, etc. Siendo esto así, el sistema de los cinco personajes no es sostenible. No todos pueden ganar dinero, alguien tiene que perderlo. Veamos por qué.

Los cien euros que, en el acuerdo entre todos, sin el billete de 100€ del turco, paga el dueño del hotel al carnicero será el precio de la carne, es decir, el valor que percibe en ella el dueño del hotel. Pero para que el carnicero gane dinero, su coste deberá ser menor. Como tiene que pagar otros proveedores además de al criador de cerdos, a éste le pagará bastante menos. Pongamos 50€. A su vez, el criador de cerdos, si quiere ganar dinero tendrá que pagar con eso sus costes, que son muchos más que lo que le cuesta el pienso. Luego, de los 50€ que cobra, le pagará menos al fabricante de pienso. Pongamos 25€. Lo mismo le pasará a la prostituta que cobrará menos. ¿12,5€? Por lo que, cuando la pobre prostituta vaya a pagar el hotel, no tendrá los 100€ en los que, según parece en la historia, se valora el uso de la habitación de hotel. Sólo tendrá 12,5€, de los cuales, además una parte tendrá que pagársela a otros proveedores que necesita, además del hotel, para prestar sus servicios. Por tanto, sólo le quedarán para pagar el hotel 6,25€ y el dueño del hotel la mandará a paseo. En realidad la cosa no funcionaría ya desde el primer paso, porque cuando el fabricante del hotel, que también tiene otros proveedores, fuese a pagarle sólo 50€ al carnicero, ya este le mandaría a paseo. Es decir, en esta historia, tal y como está contada, no todos pueden ganar dinero, alguien tiene que perderlo, por lo tanto, no funcionaría.

“¡Jodio beneficio!”, podría pensar al leer esto un comunista decimonónico (como son los que tenemos en el siglo XXI). “Si todos quieren ganar dinero, alguien tiene que acabar perdiéndolo. En un mundo comunista, donde no hubiese beneficio, esto sería posible” –dice. Y miente. Porque el beneficio no es más que un coste más. El dueño del hotel, por tomar a uno de los partícipes de la historia, para cubrir sus costes tendría que pagar a los empleados, el agua, la calefacción, etc. Y en este etc., el beneficio es una retribución más, tan digna y necesaria como las demás. Porque para tener hotel, ha tenido que poner una buena suma de dinero. Y si al final de los veinte años que dure el hotel, lo que ha cobrado sólo le diese para pagar a todos los proveedores durante esos veinte años y luego, al cerrar el hotel, recuperase el mismo dinero que puso veinte años antes, no pondría el hotel ni de coña. Por supuesto que tampoco lo pondría el comunista que abomina del beneficio. Y si lo pusiese, querría un beneficio que le retribuyese el coste de haber puesto el dinero. Y le parecería natural, porque tiene bicicleta[1]. Los demás no tienen derecho a esperar una retribución al dinero que ponen, pero él sí, faltaría más. Y si no hay tal retribución, por muy comunista que sea, no da dinero para poner el hotel. Tal vez, efectivamente, no lo pusiese para no mancharse las manos con el sucio beneficio. Pero, si todos fuesen como él, no habría hotel en el pueblo. Y cómo lo mismo puede decirse de todos y cada uno de los negocios, pues, en el pueblo no habría nada de nada y todos pasarían un hambre enorme. Eso sí, para el comunista, un hambre muy justa.

Sin embargo, y aunque la historia tenga truco, se pueden sacar de ella alguna lección más. Porque conviene fijarse en que, si la historia no funciona, no es porque exista o no exista el dinero, sino porque hay flecos que se escapan de la misma. Tal vez, pudiera pensarse, la historia funcionaría si se metiese en ella también a esos proveedores que se han quedado fuera. Y efectivamente, funcionaría. Pero entraríamos ahora en una espiral de complejidad en la que habría que meter a los todos los proveedores de todos los proveedores de todos los proveedores y a todos los clientes de todos los clientes de todos los clientes. Es decir, a todo el mundo mundial. En una sociedad primitiva, es posible que todo el mundo mundial fuesen 100 personas todas conocidas por todas y, el sistema podría, por tanto funcionar como en el ejemplo de trueque inicial, en el que eran sólo dos. Pero a medida que la sociedad es mayor y que establece relaciones de intercambio con sociedades vecinas, se hace totalmente imposible que todos conozcan a todos. Es necesario que aparezcan entonces dos cosas, el concepto de precio y el dinero.

En el ejemplo de las dos personas, el pastor y el agricultor, decía que el precio de la carne era el valor que le atribuía el agricultor. Había en este precio un componente de subjetividad, basado, eso sí, en la escasez relativa de carne y frutas para uno y para otro. Cuando hablamos de millones de personas que compran, por ejemplo, un coche, ese componente de subjetividad sigue existiendo. Pero, el precio es, entonces, el promedio de esos millones de subjetividades, basadas también en la abundancia o escasez promedio percibida de un bien. Es decir, de la oferta y la demanda. No fue Adam Smith ni otros economistas foráneos del siglo XVIII los primeros que descubrieron esto, sino la escuela de Salamanca, en el siglo XVI, formada por un abigarrado conjunto de dominicos, agustinos, jesuitas y otros religiosos que se dedicaban a pensar sobre esto para buscar la clave de la justicia en los intercambios. Y se dieron cuenta que el precio de las cosas no estaba definido por ninguna característica intrínseca de las mismas, sino que era el fruto de muchas estimaciones subjetivas sobre su apetencia y su abundancia o escasez. Y decidieron que el precio así formado, libremente, por las estimaciones de miles de personas, era un precio justo.

En cuanto al dinero, se me hace difícil imaginarme intentando buscar amigablemente con mi carnicero qué cosas de las que yo tengo le parecen que valen lo mismo que el kilo de cadera de vaca que le quiero comprar, para, una vez alcanzado un acuerdo, hacer un buen trueque. Él pone el precio que cree que corresponde a la apetencia y escasez de su carne. Y lo pone en términos de una mercancía de libre circulación, sea esta la que sea, que llamamos dinero. Si a mí me parece bien ese precio, le compro la carne y, si me parece caro, pues le compro rabillo en vez de cadera, que es más barato Yo le doy dinero y él me da carne. Yo, por mi parte, estimo cuánto vale mi trabajo. Si a alguna empresa le parece un precio razonable, me paga por él y cambiamos dinero por trabajo. Por supuesto, el director de RRHH de mi empresa y el carnicero no se han visto en la vida. Todas las transacciones pasan por ese vehículo común, ese medio de pago, que es el dinero, y todos tan contentos.

Y, con beneficio y todo, cuando todo el mundo mundial está incluido, el sistema crea valor y riqueza. Porque el dueño del hotel se ha dado cuenta de que el valor que la gente percibe en pasar una noche en su hotel es mayor que todos los costes que tiene que cubrir. Precisamente, el beneficio será mayor cuanto mayor sea el valor que la gente atribuye, de promedio, a pasar una noche en su hotel, es decir cuanto mejor sea el servicio que presta. Y lo mismo puede decirse de todos los demás negocios. Si por el contrario, la gente piensa que el valor de pasar una noche en su hotel es muy bajo, el dueño del hotel no cubrirá los costes y perderá dinero. Es decir que el beneficio tiene el riesgo de no poderse obtener y sólo lo obtienen aquellos que dan buen servicio.

Sencillamente, si tuviéramos que funcionar por trueque, no habría carniceros. Ni nada. Es cierto que la riqueza, o el valor si se prefiere, no lo crea la existencia del dinero, que, como decía en la conclusión provisional expresada más arriba, no es más que un medio de pago. Pero el dinero es una condición de necesidad para que se cree el complejo entramado de relaciones comerciales que crean valor y riqueza. Es como el lubricante de un motor. No es el elemento esencial (en el sentido filosófico de la esencia de algo) de su funcionamiento, pero sin lubricante, el motor gripa con toda seguridad. Por lo tanto, no es esencial, pero sí es totalmente necesario y fundamental, casi tanto como la gasolina, que es el beneficio. Claro que también podemos cargarnos un motor por ponerle demasiado lubricante. En la varilla del nivel de aceite del coche hay una línea de mínimo y otra de máximo y conviene que el nivel esté entre las dos. También el exceso de dinero puede gripar la economía, pero esto no es objeto de estas líneas. Tal vez sería bueno –y tal vez algún día lo haga– escribir una historia sencilla del dinero, de las distintas mercancías que, a lo largo de la historia, han desempeñado ese papel y de los peligros de su falta o exceso en el sistema.

Así pues, la conclusión última de estas líneas sería: Para que se cree riqueza o valor es necesario el beneficio. Y para que el sistema de creación de valor funcione sin griparse, hace falta que exista un sistema de fijación de precios que sea justo y, además, la existencia del dinero, aunque no sea la esencia de la creación de valor. No está mal, me parece como lección de esta curiosa –y falsa– paradoja.


[1] Me refiero a la viejísima historia del comunista que dice que todas las fábricas del pueblo deberían ser para el pueblo y recibe el aplauso de todos. Luego dice que lo mismo hay que hacer con todo el campo y es nuevamente aplaudido. Sigue con los coches y también recibe ovaciones. Cuando habla de las motos las ovaciones bajan. Pero cuando propone que todas las bicicletas sean para el pueblo recibe abucheos. Cuando pregunta el porqué, uno de los que más le aplaudían con las fábricas, las tierras, los coches y las motos, pero que le abucheaba ruidosamente con las bicicletas, le dice: “es que yo tengo bicicleta”.

8 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

muy buena entrada! como todas :)

te queria preguntar tu opinion, hablando de dineros, de esta propuesta:

http://www.vanguardia.com.mx/tumintruequecontraelcapitalismo-1202403.html

deja el titulo a un lado, que hay de la propuesta en si misma, desde tu perspectiva, que piensas? es escalable? sería legal dentro de los sistemas que tu conoces? sería justo?


saludos!

Anónimo dijo...

Desde un punto de vista simple, como comentas en tu primer párrafo, la paradoja se resuelve porque en el sistema de trueque planteado no hay deuda neta, o sea, todos se deben y todos han prestado un servicio a crédito, reconocido por el mismo valor. El dinero en efecto, es un medio de pago y por lo tanto en este ejemplo no hace falta, porque con haber acordado entre ellos de antemano el trueque, quedarían en paz.
El trueque desaparece porque es incómodo, es complicado acordar con varios. No he entendido del todo bien porque dices que no habría carniceros, si no es por la incomodidad aludida.
Recuerdo cuando nos explicaban en economía como trocaban los fenicios, -antes de instaurarse como intercambio las conchas, la sal, las especias y un largo etc.,…como medio de pago-, dejaban sus productos en tierra y las gentes de la costa arrimaban lo que creían conveniente, si al fenicio le parecía bien lo tomaba y si no, recogía su mercancia y se volvía a su barca a trocarla en otro puerto.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan. Efectivamente, digo que no habría carniceros ni nada por la incomodidad (llamarlo incomodidad es ser indulgente, sería un infierno). Imagínate que tuvieses que pasarte la mitad de tu jornada buscando qué darle al caricero que le gustase por un kilo de cadera. Y él, a su vez se tuviera que pasar la mitad de su jornada buscando con qué mercancía apetecible para el matarife podría pagarle. La vida sería imposible.

Lo de los fenicios y la playa, está muy bien (habría que ver si es una historia verídica o una leyenda, porque me parece raro). Pero, ¿te imaginas hacerlo así ahora? ¿Qué dejaría yo cada mañana? ¿Qué haría con la serie de cachivaches que dejasen al lado de mis cosas? No sé, no me puedo imaginar un mundo así. En definitiva, ¡viva el dinero! No tomes esto como que digo que hay que servir al dinero antes que a Dios. Cuando habría que servir al dinero (o trabajar para buscar su sustituto en trueque) es cuando no lo había.

Un abrazo.

Tomás

mnhl040 dijo...

ami parecer la conclusion se resumiria a "conciencia y empatia"... despues de toda nuestra bendita historia en donde el dinero ha jugado el papel del benefactor que personaliza seria acaso demasiado descabellado pensar en "evolucion"???... evolucion para buscar un beneficio colectivo basado en la conciencia y en la empatia propias de cualquier ser humano??? si llevaramos el trueque mas alla del par y lo establecieramos por comunidades "comun-unidad"...no estariamos tan lejos pienso yo de establecer un sistema que brinde beneficio colectivo... tal vez mis frutas no le interesen al carnicero pero si se estableciera la comun-unidad por comunidades tal vez le interesen al panadero y a lo mejor al lechero y puede ser que entonces al carnicero le interese el pan o la leche... creo que es cuestion de ganas y de conciencia... si pasamos del correo al celular...no podriamos pasar del dinero a la comparticion para un bien colectivo sin buscarle dueño a todo??? tal vez la historia de los fenicios no suene tan rara si nos imaginamos que tal vez por su cabeza no pasaba el miedo a que le robaran o a no recibir nada... tal vez solo pensaban en los beneficios que otorgaban y los beneficios que recibian.... sin temores ni ambiciones desmedidas... no se... de pronto tengo fe... de pasar del benefico personal al beneficio colectivo..xk al final pues todos somos uno... talvez tambien yo suene raro... pero de rarezas tambien hemos evolucionado... pienso yo...

Anónimo dijo...

Queridos javier Novoa C (Stitch) y mnhl040:

Todos estos esperimentos de los tumims y eso del beneficio comunitario me suenan a algo así como querer volver del libro impreso al pairo (tal vez dentro de poco haya que decir del libro electrónico al libro impreso). El dinero es uno de los más grandes inventos de la humanidad, a la altura, pienso de la escritura o la imprenta. Y el beneficio personal (o de un grupo de personas que se ponen de acuerdo para emprender), que es una buena cosa, es creador de riqueza para millones de personas.

Vivimos en un mundo de varios miles de millones de personas y ya es bastante difícil tener un sistema que pueda darles de comer a todas como para meterse en experimentos de añoranzas y entelequias.

Creo que ya se sabe por otras entradas mías de este blog. Creo en el capitalismo. Creo que es el sistema que, en los 30.000 años que lleva el ser humano sobre la faz de la tierra, ha creado más riqueza y la ha repartido mejor, a pesar de que tenga cosas que no funcionan (más por las personas, heridas por el pecado que por el sistema) y de todas las críticas, la mayoría injustas que se le hacen.

En fin, que, a mi modo de ver, los experimentos con gaseosa.

Un abrazo.

Tomás

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

mmmm bueno, a mi no me suena a un retroceso... no se por que lo dices? Si solo es seguir usando dinero, que es una convencion, solo que la convencion se hizo a nivel mas chico, eso es un retroceso? El punto no es regresar al trueque, el punto es seguir usando una convencion que en este caso a cierta comunidad le resulta mas util todavia. Y sigue siendo capitalismo hasta donde yo lo puedo ver, o acaso solo la moneda convenida a niveles nacionales es la unica que es capitalista?

Anónimo dijo...

Javier, me ha gustado el link. A mi tampoco me suena a retroceso, pero es necesario un medio de pago como pueda ser el dinero o el Túmin para optimizar los intercambios. De hecho hay muchísimas más monedas no convertibles, más del 90%, que solo sirven en el propio país. Estos sistemas de intercambio en pequeñas colectividades, la filosofía que rezuma, quizá refleje un poco lo que eran los antiguos gremios devorados por el sistema capitalista, donde se trabajaba para vivir y no al revés, no había posibilidad de un enriquecimiento desmedido, un sistema donde también florecía la creatividad. No pudieron evolucionar.
El problema es que el dinero se ha convertido en la máxima preocupación de esta sociedad se idolatra y se sirve a él porque así es el capitalismo, si no te engranas en la máquina estas fuera, el sistema te expulsa y te mueres de hambre. Dios, como vemos, va quedando arrinconado al interior de los mortales.
El sistema capitalista por otra parte, es el que está ya implantado prácticamente en todo el mundo, ya sabéis que no es santo de mi devoción tal y como deviene, un sistema que donde rascas un poco está todo corrompido porque ha subvertido la escala de valores, con una deriva clara hacia el nihilismo. Espero que este afán desmedido por el dinero que ha desembocado en esta depresión, sirva para que se realice un severo ajuste y, aunque ya estamos ahí, no culminemos en lo que ya pronosticó Nietzsche, “Dionisos frente al Crucificado”.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Hola Javier y Juan:

A mí me parece fenomenal que en una comunidad usen la moneda que quieran. Si les funciona. Pero el problema es la generalización. Si cada comunidad pequeña tuviese su moneda sería un desastre. parto de una premisa que me parece indiscutible. El comercio es algo que enriquece a las partes. Sigo diciendo algo obvio, que el uso de monedas diferentes dificulta el comercio. Por tanto, la conclusión del silogismo es que si cada pequeña comunidad tuviese su moneda llegaríamos a estrangular el comercio y generaríamos miseria. Cierto que hay que ser muy precavido a la hora de extender las áreas de validez de una divisa y si no se hace bien puede ser muy negativo. El Euro, que en conjunto me parece enormemente positivo, ha nacido sin las debidas precauciones y lo estamos pagando, pero la solución no es volver a la peseta, franco, marco, etc, que sería un desastre, sino arreglar las bases mal puestas. Pero el camino de avance siempre ha sido así.

Juan, ya sabes que no comparto ni tu visión demonizadora y catastrofista del capitalismo ni tu idea de que cualqueira tiempo pasado fue mejor. Me apuesto cualquier cosa que si pudieses transportarte al maravilloso tiempo de los gremios, suspirarías por volver al siglo XXI. Es fácil ver el pasado con las gag¡fas del romanticismo y el presente con las del catastrofismo, pero, además de no ser verdad, no nos lleva a ninguna parte ni es cristiano.

Un abrazo y gracias por vuestras aportaciones.

Tomás