9 de septiembre de 2012

Paralelismo entre la historia y la vida de un hombre


Lo que viene a continuación no pretende aspirar a la categoría de teoría. Una teoría es algo que plantea una tesis que pretende dar razón de un fenómeno observado y que pueda ser aceptada o refutada por la observación de los hechos. Pero, a veces, determinadas imágenes pueden, sin intentar explicar un fenómeno, dar alguna ligera orientación para entenderlo un poco mejor. Esto es lo que pretendo con las siguientes líneas. Por otro lado, aunque nunca haya leído nada similar a lo que escribo, no me cabe duda de que no será del todo original. Nada hay nuevo bajo el sol.

El fenómeno sobre el que pretendo arrojar una pequeña luz con mi imagen, es el de la situación actual de la historia. Vivimos una época de confusión y controversia, en la que cualquier convencimiento sólido es inmediatamente contestado desde muchos frentes. Muchas teorías –esta vez teorías que realmente pretenden serlo– mutuamente excluyentes, circulan como si todas fuesen ciertas, causando perplejidad. La misma idea de verdad está en crisis. No existe la verdad, se dice, existe mi verdad, que es tan válida como la de cualquier otro. Más aún, una misma persona puede sostener una cosa y la contraria como verdad sin la menor incomodidad intelectual. Por consiguiente, la idea de una ética universalmente válida es desechada inmediatamente y la existencia de un Absoluto, un Dios, o como quiera llamársele, es sistemáticamente puesta en cuestión. A esta época en que vivimos se le llama postmodernidad. Por otro lado, la humanidad cuenta con unos medios materiales muy superiores a los que nunca haya tenido antes a su alcance. Medios que se usan muchas veces para el bien y otras, por maldad o insensatez, para el mal. Desde la energía atómica, hasta la economía de libre mercado o desde el Estado hasta  las tecnologías de la información o internet, son ejemplos de estos medios ambivalentes. Y a menudo se alzan voces que piden regulaciones más o menos drásticas para estos medios. Peticiones que son contradictorias con esa negación de una ética universal que parece ser uno de los puntos más universalmente aceptados por esta sociedad. ‘Alguien tendría que controlar esto’, se oye a menudo decir, invocando a alguna impersonal, abstracta e indefinida instancia suprema. Y esta petición de supervisión se le oye decir a la misma persona que un minuto antes afirmaba que a él nadie le podía decir que su conducta no era buena ni lo que tenía que hacer.

Ante este estado de cosas, existen dos posturas extremas en las que se encuadran, con matizaciones, la práctica totalidad de las personas, salvo algunas excepciones. Estas dos posturas se pueden etiquetar, con cierto simplismo, como arcaísmo y futurismo.

Los alineados con el arcaísmo piensan que cualquiera tiempo pasado fue mejor. Puede ser que añoren la Edad Media o la antigua Grecia o Roma o, incluso las brumosas épocas anteriores a cualquier tipo de civilización en la que los hombres –piensan–, vivían en armonía con la naturaleza como buenos salvajes, antes de que la sociedad les corrompiera. Para nuestra cultura postmoderna, la Grecia clásica o Roma, gozan de una aureola. También el salvajismo tiene un aura de romanticismo que le da un cierto atractivo. No así la Edad Media, sobre la que nuestra época ha arrojado la imagen de oscurantismo e incultura. Por eso, para reivindicar un poco, sólo un poco, a este tipo de arcaizantes del medioevo, quiero romper una lanza a favor de la Edad Media. Si esa visión de oscurantismo pudiera ser parcialmente cierta para la Alta Edad Media, la de los primeros siglos posteriores a la caída del Imperio Romano –incluso para estas épocas el cliché es exagerado y ahí están para atestiguarlo el pequeño renacimiento carolingio o el reino normando de Sicilia– es, sin embargo, totalmente falso para la Baja Edad Media. En estos siglos floreció la filosofía escolástica, con figuras como san Alberto Magno o santo Tomás de Aquino, nacieron las Universidades y se construyeron las catedrales góticas, por citar algunas cosas admirables de aquella época. Pero los arcaizantes de cualquier tipo ven su pasado favorito, sea cual sea, como una época dorada, ignorando ciegamente las enfermedades que diezmaban a la población periódicamente, las hambrunas, la elevadísima mortandad infantil y la bajísima esperanza de vida, etc. Probablemente, si pasasen un mes en ese pasado de oro, contarían los días que faltaban para “volver a casa”, si es que no veían este sueño truncado por la muerte.

Por otro lado, los futuristas quieren ver ya un mundo, que creen que llegará ineludiblemente en el futuro, en el que todo funcione a la perfección. No me refiero con futuristas únicamente a aquellos que piensan que ese futuro idílico vendrá de la mano de un sistema ideológico pergeñado en nuestros días. También están los que creen en ese futuro perfecto de un forma más o menos difusa, se lamentan de que no sea realidad ya, aquí y ahora, y piden que una autoridad indefinida y casi angélica regule las cosas para que sea así. Unos y otros se rasgan las vestiduras ante cualquier fallo o perversión que puedan percibir en el uso de esos medios ambivalentes de los que hablábamos antes y, tomando la parte por el todo, ven sólo lo negativo del mundo actual, coincidiendo en esto con los arcaizantes. Son impacientes. Quieren que ese futuro perfecto que creen llegará ineludiblemente, en virtud del dios progreso o del dios supervisión, llegue ya. Se les puede aplicar la letra de la canción de Queen: “I want it all, and I want it now”.

Es a esta realidad a la que pretendo aplicar mi modesta imagen. Yo veo la historia de la humanidad como la historia de la vida de un ser humano. Y en esa vida, creo que el momento que estamos viviendo puede parecerse a los 18 años de un joven inmaduro de una familia próspera de un país desarrollado. Como todos los símiles, éste no admite ser retorcido hasta sus últimas consecuencias sin caer en absurdos. Pero esto no lo convierte en absolutamente inútil. Este chico de 18 años, tiene un dinerete, mucho más del que tenía hacía unos años. Desprecia la experiencia de sus padres y, por supuesto, su autoridad y sus reglas. Lo que no impide que cuando hay un problema busque que le saquen de él. Tiene coche, o se lo manga a sus padres para salir de copas. Por supuesto, conduce imprudentemente para impresionar a la chica a la que quiere epatar para, si es posible, llevársela a la cama. Cree hoy una cosa y la defiende con vehemencia para, al día siguiente, cambiar de opinión, no por convicción, sino por aquello de, “¿dónde va Vicente? Donde va la gente”. Como se ve, una conducta muy parecida a la que caracteriza a nuestra sociedad postmoderna.

Y, ¿cómo debe un padre educar a un chico de esa edad? También entre los padres de un chico así predominan dos corrientes opuestas. Unos añoran los años de su niñez. Si pudieran, darían marcha atrás en el tiempo para volver a ellos. Pero como no pueden, intentan encorsetar a su hijo en una serie de normas de obligado cumplimiento y les agobian con ellas. Protestan contra la indisciplina y contra la resistencia de su hijo a esas normas. Ponen puertas al campo y, al final, consiguen que unas normas, que en principio pudieran ser buenas, se tornen contraproducentes para la educación del chico. Otros, se agarran a la ficción de que su hijo ya es suficientemente maduro para hacer lo que quiera y se convierten en padres permisivos que pasan de toda norma, mientras ven cómo su hijo se desbarranca por caminos sin retorno. Creo que ni una ni otra es la postura correcta. Me parece que la postura correcta del padre de un chico de esa edad es comprender su situación y amarle en esa situación, aceptándole como es y orientándole de una manera inteligente y progresiva (que no progresista o “progre”). Alabar sus éxitos con más énfasis con los que se le hacen ver sus errores, sin dejar de mostrárselos. Razonar con simpatía (en el sentido etimológico de la palabra) el origen de esos errores y llevarle a sacar conclusiones por sí mismo. Potenciar poco a poco su independencia bajo una supervisión atenta pero aparentemente distante. Desde luego que para esto hace falta mucha paciencia positiva, pero… tal vez no haya otra vía.

Es evidente que un joven de 18 años un poco insensato, un poco alocado, disperso en sus juicios éticos y de valor, como lo son muchos de los especímenes de hoy en día, tiene ante sí un futuro incierto. Es posible, y hasta tal vez sea lo más probable, que con los años siente la cabeza y se haga sensato y, con el tiempo y la edad suficiente, puede que hasta alcance una cierta dosis de sabiduría. Pero no es imposible, ni tiene una probabilidad insignificante, –ni siquiera para un chico bien llevado– que acabe metido en serios problemas que le destrocen la vida. Por supuesto, ese es el riesgo que corre también la humanidad.

¿Por qué me resulta útil esta imagen, a pesar de sus limitaciones. Por dos razones, una inmediata y otra que requiere mayor explicación, explicación que dejaré para el final. La inmediata es que me hace amar mi tiempo, aunque haya muchas cosas en él que no me gustan. No me gusta la postmodernidad ni, mucho menos, el relativismo moral que lleva consigo, ni otras muchas cosas que esta sociedad lleva aparejada. Sin embargo, gracias a esta imagen, soy capaz de amar el tiempo que me ha tocado vivir. Esto me permite hacer mías las palabras del cardenal Eugenio Pacelli, pronunciadas en 1935, antes de ser Pío XII en uno de las encrucijadas más dramáticas de la historia: Doy gracias a Dios cada día por haberme hecho vivir en las circunstancias presentes. Esta crisis, tan profunda y universal, es única en la historia de la humanidad. El bien y el mal se han enfrentado en un duelo gigantesco. Nadie tiene, pues, derecho a ser mediocre”.

La especie que constituye la base de las sociedades humanas ha recibido el nombre científico, puesto por ella misma, de Homo Sapiens. A mi juicio, es un nombre inmerecido, como una medalla dada antes de ganar la carrera. Ciertamente es la única especie cuyos individuos están dotados de una inteligencia que les hace capaces de pensar. Eso les daría el derecho a llamarse Homo Putans, pero el título de Homo Sapiens, hay que ganárselo y me temo que nuestra especie todavía no acredita merecer ese título.

Y esto me lleva a la segunda razón por la que me gusta esta imagen, la que decía que requería una explicación. Y esta explicación arranca precisamente de una de las muchas limitaciones de la propia imagen. Un niño, o un joven de 18 años o, incluso, un adulto de 40 –a los 40 y a los 60 y a los 80, también nos vienen bien personas que nos ayuden a ver claro el camino de la vida o nos ayuden en él–, tiene o puede tener un padre, una madre o un consejero que le ayude inteligente y amorosamente a buscar su camino. Pero, si pensamos en la humanidad como ese joven de 18 años, ¿quién es ese padre, madre o consejero?

Una primera respuesta podría ser que siempre, en cualquier época, ha habido personas que han tenido una visión más perspicaz de su tiempo y han servido de guías para sus congéneres. Pero esto, que tiene una parte de verdad, no es más que una parte de la misma. Porque, siendo cierto que en toda época ha habido esos líderes, no lo es menos que esos líderes eran hombres de su tiempo y, muy a menudo, su lectura del signo de sus tiempos era tan errada o más que la de sus coetáneos. Eso cuando no buscaban abiertamente su propio beneficio a costa de sus contemporáneos, llevándoles, por una u otra causa, a situaciones mucho peores. Podría pensarse también que, al menos en la actualidad y en algunos países, esa guía podría venir de la democracia. Tampoco esto me parce más que una pequeña parte de la verdad. Creo, como decía Churchill, que “la democracia es el peor sistema de gobierno, después de que se hayan descartado todos los demás”. Pensar que sea la democracia la que eduque al ser humano a superar cada etapa vital es confundir la causa con el efecto. La democracia es el fruto de la manera de ser de una época, no es la que forja esa época. Además, como ya dijo Polibio hace muchos siglos, la democracia, que es el gobierno del pueblo, degenera muy a menudo en la oclocracia, que es el gobierno de los peores. Creo que la democracia es un buen sistema para que una humanidad de 18 años se tolere a sí misma, pero no para que madure. Estas dos respuestas a la cuestión que nos ocupa, que no son falsas sino tan sólo parciales e insuficientes, podrían llamarse respuestas inmanentes.

La educación de un joven de 18 años tiene una parte inmanente, es decir, que viene de su propia reflexión, pero la mayor parte es trascendente y superior, en el sentido de que viene de fuera de él, le trasciende, y procede de alguien con más experiencia y sabiduría que él. Pues lo mismo ocurre, me parece, con la etapa de los 18 años de la humanidad. En su camino hacia el Homo Sapiens está guiada en parte por una fuerza inmanente, que procede de la inteligencia del Homo Putans. Pero, necesariamente, esa  inteligencia debe estar orientada por una inteligencia trascendente, superior, sabia. Pudiéramos llamarla una metainteligencia. No querría dedicar ni una línea a determinadas visiones de esta metainteligencia, basadas en la ciencia ficción. Sin embargo, no puedo dejar de hacerlo, porque periódicamente rebrotan películas de enorme éxito taquillero que pretenden presentar la posibilidad de una metainteligencia extraterrestre. Y aunque no se tienen de pie, influyen tal vez más de lo debido en el imaginario popular. La última es la recientemente estrenada Prometheus, que, a su vez hunde sus raíces en otro éxito, “Avatar”, que a su vez bebe en “Contact” y, seguramente, en un largo etc. Descartadas estas respuestas continuemos. Porque creo que la aportación de esa metainteligencia es, con mucho, la más importante en ese progreso. Hasta el punto de que, sin ella, la humanidad caminaría en círculos. Así lo creían los griegos con su visión cíclica de la historia. La gran revolución cultural del judaísmo fue, precisamente, el descubrimiento del carácter lineal y finalista de la historia, orientada por un Dios que era el Alfa y el Omega. He ahí la buscada metainteligencia.

Y esta es la segunda cosa que me gusta de mi imagen. Pide un Dios que revele al hombre ese camino de la historia, como el chico de 18 años pide, aunque parezca rechazarla, una autoridad sabia. Y, más allá de la gran revelación judía de un Dios que da dirección a la Historia, el cristianismo mantiene que ese Dios, ha entrado en la Historia para formar parte de ella y para darle su dirección desde dentro, siendo, además del Dios trascendente, el Sabio inmanente por antonomasia. Y, más aún, que ese Dios encarnado no sólo señala el camino a esa humanidad, tenga la edad que tenga, sino que, a través de un organismo, en parte inmanente y en parte trascendente, la Iglesia, mantiene esa comunicación con Dios y nos suministra su luz y su fuerza. Y nos asegura que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, la Iglesia y la Humanidad, es decir, que el joven de 18 años que es ahora la humanidad no acabará despeñándose en el abismo. Esta es la segunda razón por la que me gusta esta imagen, y no me parece una mala razón.

Pero, ahora, hagamos unos números. Si, como parece, el Homo Putans apareció hace entre 30.000 y 40.000 años, esto significaría que un año de la vida del hombre-historia equivaldría aproximadamente a 2.000 años de la humanidad. Supongamos que la edad a la que un ser humano alcanza una cierta sabiduría –suponiendo que eso ocurra a alguna edad– puedan ser los 50 años (que cada uno haga la estimación que le parezca oportuna, pero que, por favor, no la haga –la estimación– antes de los 60). Esto nos querría decir que, para alcanzar esa sabiduría y que el Homo Putans alcance un estadio que pueda parecerse al Homo Sapiens, a la humanidad le quedan 64.000 años[1]. ¿Qué esperamos poder ver de esta maduración en los 80 años que pueda durar nuestra vida? Escasamente un 0,1% de ese lapso de tiempo. Es decir, que tenemos que ser humildes y tener mucha paciencia con nuestra especie. Pero mucha menos de la que tiene Dios cuando nos dice que 1.000 años son un día en su presencia. Creo que fue Hegel el que habló de la paciencia positiva de la historia. Fuese o no fuese él quien lo dijo, me gusta la idea. Y si le llamamos la paciencia positiva de Dios, me gusta aún más. Así que, los arcaístas deberían pensar menos en ese pasado supuestamente dorado y los futuristas del “I want it all, and I want it now”, ya pueden empezar a tomárselo con calma. Sin embargo, tras alcanzar esa edad Sapiens, habrá, espero, largos años de vivir en esa sabiduría alcanzada en comunión con Dios. Aunque hay dos frases inquietantes de Cristo en el Evangelio. Una la que dice que el día y la hora (del fin de los tiempos) no la sabe ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre. Otra cuando se pregunta con cierto tono de angustia: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en el mundo?”

Pero ser humildes y pacientes no significa, ni mucho menos, ser pasivos. Hay dos cosas que sí podemos hacer para que la edad del Homo Sapiens llegue lo antes posible e, incluso, para que la pregunta de Cristo tenga una respuesta afirmativa. La primera tiene una mezcla de inmanencia y trascendencia. Indudablemente, nosotros hoy somos una célula de ese joven de 18 años que es la humanidad. Seamos una célula que tire hacia la maduración. Y para no equivocarnos en ello, busquemos la luz y la fuerza en esa Iglesia que ese Dios encarnado nos ha regalado, aunque también ella esté necesitada de purificación en su faceta inmanente. La segunda es totalmente trascendente. Recemos a ese Dios, también con la luz y la fuerza que nos da esa Iglesia, por la evolución de ese joven durante los próximos 128.000 años, para que el chico de 18 años llegue a ser un noble y fuerte anciano de 114 años lleno de sabiduría y con muchos años por delante aún a esa edad, acompañado de la siempre joven Madre y Maestra. Y que cada uno de nosotros lo veamos todo, desde el Alfa hasta el Omega, y antes y después del Alfa y el Omega, y los Alfas y Omegas paralelos al de nuestra historia, todo ello, reflejado en el rostro de nuestro Dios, Cristo.

Que así sea.


[1] Un fallo de esta imagen está, a mi modo de ver, en que yo atribuyo una edad de unos 12 o 13 años, cuando todavía no se cuestiona la autoridad del padre, a la humanidad de la Edad Media. Si esto fuese así, los últimos 600 años de historia equivaldrían a 5 de un ser humano, lo que no respeta la proporción, establecida anteriormente, de 2.000 años de historia por cada año humano. ¡Qué le vamos a hacer!Ya dije que esta imagen tenía muchas limitaciones.

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