7 de octubre de 2012

La parábola del coche de gasolina


Tomás Alfaro Drake

Había una vez un hombre cualquiera, como pudiéramos ser cualquiera de nosotros. Se llamaba Pablo. Un día, otro hombre rico y generoso le regaló un coche. No cualquier coche, no. Un potente Ferrari. Naturalmente, el coche era de gasolina y así se lo hizo constar el hombre rico a Pablo.

-Ni se te ocurra echarle gas-oil, aunque sea más barato –por aquél entonces el gas-oil era todavía mucho más barato que la gasolina–. Te cargarías el coche. Además, yo te pagaré la gasolina y los arreglos. Recuérdamelo cuando se te estropee.

Y a Pablo, agradecido, ni se le ocurrió echarle gas-oil.

Pero el agradecimiento es una de las virtudes humanas menos comunes y, pasado algún tiempo, Pablo empezó a pensar que quien le regaló el coche le había fastidiado, porque si fuese de gas-oil, su uso le resultaría más barato, ya que la gasolina la ponía él y sólo al final de cada mes le llegaba la transferencia con la que el hombre rico le reponía los fondos que él adelantaba. Y, poco a poco, empezó a desarrollar una inquina hacia quien le había regalado el coche.

De repente, un día, Pablo se dio cuenta de que la calle, las carreteras, todos los caminos estaban llenos de coches parados cuyos dueños le hacían señas. Y paró para ver que querían esos hombres de él. Tal vez estuviesen pidiéndole ayuda. Pero no, no le pedían ayuda. Al contrario.

-¿Por qué eres tan tonto –le decían– como para echarle gasolina al coche? ¡Échale gas-oil, hombre! Es mucho más barato.
-Sí –les dijo– pero el problema es que el coche se estropeará y dejará de funcionar. Además, a mí la gasolina me sale gratis –y les contó la historia del coche.
-¡Qué idiotez! –le replicaron– el coche es de lo que tú quieras. ¿No eres tú el dueño del coche? Pues entonces no tienes más que querer que sea de gas-oil para que sea de gas-oil. Y la gasolina no te sale del todo gratis, tienes que adelantar el dinero y pierdes los intereses. Además, ese que parece tan generoso, un día no te pagará la gasolina del mes y te dejará colgado con ese gasto. O, peor aún, te exigirá que le devuelvas lo que le ha costado la gasolina desde el principio. Ya sabes cómo son los ricos. Por otro lado, ¿quién quiere un coche para circular con él? Los coches no son para circular, sino para hacer una timba de cartas en el capó, como hacemos nosotros, que nos lo pasamos estupendamente. Nosotros también hemos tenido un rico que nos regaló el coche y la gasolina, pero hace tiempo que le hemos dejado a dos velas y hemos preferido esta vida tan divertida.
-Pero es que yo quiero ir a pasar las vacaciones a la costa, para bañarme en el mar, y necesito el coche para eso –les dijo Pablo.
-¡Otra bobada! Ir a pasar las vacaciones al mar, pudiéndote quedar aquí jugando a las cartas con nosotros.

Y al decir esto se produjo un coro de risas, exclamaciones de aprobación y expresiones de despreció hacia la estupidez del pobre Pablo. Incluso alguna voz parecía expresar indignación por su osadía de pensar que ir a pasar las vacaciones a la playa pudiera ser mejor que quedarse en la carretera jugando a las cartas con ellos.

Sin embargo Pablo, firme en sus trece, decidió seguir con el coche hacia la playa. Pero a partir de ese momento empezó a darse cuenta de algo de lo que antes no era consciente: de lo difícil que era circular por la magnífica autopista que llevaba a la playa, debido a que, en todas partes, había coches parados que obligaban a ir a menos de 20 Km/h esquivándolos. Y todos le hacían gestos diciéndole, con tonos más o menos conminatorios y hasta violentos, que qué demonios hacía circulando con el coche. A base de tanto oírlo y de lo incómodo de conducir de esa manera y, también, por el coste de adelantar el pago de la gasolina y por el sentimiento de inquina que había nacido en él hacia el que le regaló el coche, en la siguiente gasolinera en que se paró, Pablo se dijo:

-Venga, voy a echarle gas-oil.

Así lo hizo y, naturalmente, a los pocos kilómetros, el coche se le paró. En seguida vinieron a recibirle muchos de los dueños de los coches que estaban parados en la autopista. Le daban palmadas en el hombro, le animaban; ‘¡Muy bien!, ¡así se hace!’, le invitaban a unirse a su partida de cartas o de dominó. Pablo se bajó y, aceptando su invitación, se puso a jugar con ellos a las cartas. Pronto se le olvidó por completo el mar. Cierto que las cartas le aburrían portentosamente y sus nuevos amigos pronto dejaron de ser simpáticos. Pero… era lo que había. Tan sólo de cuando en cuando, tenía como una vaga y lejana nostalgia de la línea del horizonte dibujando un arco tendido a lo lejos, del ruido de las olas, de la sensación de caricia que éstas le producían cuando se metía en ellas, del sol que estimulaba su piel, de la arena que crujía bajo sus pies en sus paseos por la orilla. No eran más que retazos, flashes apenas entrevistos en un momento u otro. La primera vez se lo comentó al que parecía más agradable de sus nuevos amigos, pero éste lo comentó entre risas al resto de sus compañeros, que estallaron en una sonora carcajada y le hicieron objeto de toda clase de burlas. A partir de ese momento, se abstuvo de volver a hacer ningún comentario.

Poco a poco, imperceptiblemente, los flashes se fueron haciendo cada vez menos frecuentes y los recuerdos más difuminados, pero, en cambio, una especie de sabor metálico amargo, una vaga náusea, fue instalándose en el fondo de su boca, hasta que se hizo crónico, al tiempo que los flashes desaparecieron por completo. Había noches en que sentía una terrible e insostenible sensación de ahogo. Pero, por la mañana, aunque la timba de cartas le aburría mortalmente, la rutina hacía desaparecer la sensación de ahogo y se conformaba con eso. Un día alguien le comentó su añoranza y se sorprendió a sí mismo mofándose de él tras delatarlo a sus compañeros. Pero, curiosamente, eso le hizo pensar y refrescó en él su añoranza. Volvió a recordar el mar, los espacios abiertos, la época en la que circulaba por la carretera libremente, aunque fuese a 20 Km/h y esquivando coches. Imaginó un mundo donde todos los coches circulasen libremente, donde no hubiese coches por medio, donde todos los coches funcionasen con la gasolina regalada. También empezó a fijarse en que, de vez en cuando, algún coche desaparecía.

De vez en cuando pasaba un coche con un altavoz. A través de éste, su conductor hablaba del mar y de sus delicias. Decía que los coches tenían arreglo, que existían talleres mecánicos que los arreglaban en un suspiro y que seguía habiendo gasolina gratis disponible para todo el que quisiera. Era siempre recibido con escepticismo y desprecio. A veces, estos conductores tenían que soportar injurias y, de vez en cuando, hasta violencia física. Pero nada de esto parecía disminuir ni un ápice su entusiasmo. Él mismo les hacía burlas y les increpaba.

Una noche en la que no podía dormir, presa del ahogo, vio como uno de los dueños de los coches de alrededor vino con un mecánico. Ambos metieron la cabeza debajo del capó abierto. Al cabo de un rato, cerraron el capó. El dueño del coche venía con un bidón de gasolina –lo supo por su inconfundible olor– y, tras echarla en el depósito con un embudo, ambos se montaron en el coche y se fueron. Pero antes de irse, el dueño del coche le vio despierto y le tendió, sin decirle nada, un papelito cutre y gastado en el que únicamente aparecía una dirección de un punto kilométrico. A la mañana siguiente, nadie habló de él. La ignorancia era la consigna. Sólo se permitía hablar, de forma general, de la estupidez de todos los que se habían ido hacía tiempo, pero no se podía mencionar a éste o aquél, que ayer estaban aquí y hoy se habían esfumado.

Un día, unas semanas después, excusando una gestión que tenía que hacer, se ausentó y fue hacia el punto kilométrico del papelito. Allí había, sobre el tejado, una imagen de un coche con el capó levantado y, debajo, un cartel que decía: TALLER MECÁNICO. Entró y se encontró a un hombre con mono de trabajo. Le explicó el problema, del que el hombre parecía estar muy al corriente. Éste le dio una lata de gasolina y, al caer la noche, fueron juntos a donde se encontraba el coche. Tal y como le había visto hacer hacía unas semanas, abrió el capó del Ferrari, ambos metieron la cabeza debajo, el mecánico desmontó unas piezas del coche, sopló sobre ellas, las limpió con sus manos, sacó el gas-oil del depósito aspirándolo, le dio unas instrucciones y cerró el capó. Después, él mismo echó la gasolina del bidón en el depósito, ambos se montaron en el coche y se fueron. Pero antes de irse, Pablo le tendió el papelito a uno que estaba despierto.

Tras dejar al mecánico en su taller, Pablo se acercó a una gasolinera y puso un mínimo de gasolina. Había pasado varios años sin ponerle combustible y tenía miedo de que el acuerdo del reembolso hubiese caducado. Por eso, ese mes, avanzó poco, siempre esquivando coches y soportando que le estuviesen continuamente diciendo que le echase gas-oil al Ferrari. Cuando llegó el final de mes, vio, teniendo que reconocer que con asombro, que le llegó el reembolso de la poca gasolina que había puesto. A partir de ese momento dejó de racionar la distancia recorrida y la gasolina y empezó a avanzar tan rápidamente como se lo permitía el atasco de coches parados. A medida que se acercaba al mar el atasco empezó a ser cada vez menor y en la costa ya no había atasco en absoluto. Se extasió con el horizonte, con el sol, con la arena de la playa bajo sus pies, con las olas, con su sabor a sal, con la sensación de ésta pegada a su piel. Reencontró a sus amigos de siempre. Recordaba con pena el tiempo perdido con el coche parado y jugando absurdamente a las cartas o al dominó con una gente que le aburría enormemente y, por supuesto, su determinación de no volver jamás hacia atrás, fue aumentando.

Sin embargo, empezó a recordar a aquellos conductores que iban por medio de los coches parados, hablando por sus altavoces, contando lo que él estaba disfrutando ahora. Y también empezó a sentir lástima por todas aquellas personas varadas como ballenas fuera de su elemento, resentidos con aquél que les regalaba coche y gasolina para que pudieran ir al mar. Tomó la decisión de volver atrás, pero esta vez como uno de esos conductores. Se fabricó un altavoz y partió. Empezó a anunciar el mar y sus delicias. También empezó a repartir papelitos con la dirección del taller mecánico más próximo. Al principio añoraba inmensamente el mar que había abandonado, pero poco a poco aprendió a recordarlo cada vez con mayor nitidez. Además, había ciertos balnearios en los que uno podía bañarse en agua salada y dónde había pequeñas playas en miniatura y lámparas que simulaban la luz del sol. También se proyectaban películas de ese mar, con sus playas, sus calas, su agua turquesa y hasta se expandía un perfume que recordaba su olor a yodo.

Así pasaron muchos años, hasta que un día, el GPS de su Ferrari, empezó a marcarle una ruta nueva. Tuvo que atravesar un terrible desierto, pero había aprendido a confiar en quien le había regalado el coche y no dudó ni un instante en seguir el camino marcado por el GPS. Así llegó a la costa más maravillosa que había visto nunca. Había un barco extraordinario, un velero de cinco mástiles, con una tripulación excelentemente preparada, que le esperaba, junto con otras personas, para zarpar hacia un destino maravilloso. La aseguraron que en el barco y en el sitio al que iba, del que no volvería nunca, no necesitaría nada de lo que tenía. Así pues, abandonó el coche y todas sus pertenencias y subió al barco que zarpó. Quienes lo vieron partir dijeron que cuando llegó el día del último viaje y estaba al partir la nave que nunca había de tornar, él  se encontraba a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Sin embargo, hay quien dice que alguna vez encontró una botella con un mensaje dentro en el que se describía, con imágenes pobres, el más maravilloso en indescriptible lugar imaginable. Debajo venía la firma: Pablo.

Quien tenga oídos para oír, que oiga.

8 comentarios:

mecánica automotriz dijo...

Qué historia tan maravillosa. Hay que ser uno mismo para llegar ligero de equipaje :)

Anónimo dijo...

Hola mecánica automotriz, soy Tomás.

Me alegro de que te guste. Sí, hay que ser muy uno mismo para llegar ligero de equipaje y, en este mundo tan difícil es muy difícil no ponerse disfraces que se le acaben pegando a uno a la piel.

Bienvenido al blog porque creo que es tu primer comentario.

Un abrazo.

Tomás

Pedro dijo...

Bonita historia, me encantan este tipo de historias, hay que decirl otodo escribes bastante bien, te sigo muy a menudos aunque n osiempre te deje comentarios.
Saludos.

Anónimo dijo...

Hola Pedro, soy Tomás

Gracias por los elogios, Pedro. me alegro de que me sigas y, cuando te venga bien, dejes algún comentario.

Un abrazo.

Tomás

Eduardo Segura dijo...

Muy buena la parábola! Felicidades y a seguir compartiendo letras enriquecedoras. Así nos ayudas a llegar a la playa y no detenernos en los juegos de cartas que Internet está plagado.
(No sé si me recuerdas, fui compañero de tu hijo Íñigo en el Colegio)

Anónimo dijo...

Hola Eduardo: ahí estamos todos, intentando no descuidarnos con las timbas y echarle gasolina gratis al coche, dando gracias.

No me acuerdo, pero, un amigo de mi hijo es siempre un amigo mío.

Un abrazo.

Tomás

Victoria dijo...

También a mí me ha encantado. . . y además me ha infundido más valor para ir contracorriente: Sigo teniendo tantos absurdos respetos humanos. . . Felicidades!

Anónimo dijo...

Gracias Victoria: Comentarios como este son los que me hacen ver que merece la pena escribir mi blog. Todos tenemos respetos humanos. Lo importante es saberlo e irlos superando poco a poco, muy poco a poco, porquye tenerlos es natural e intentar superarlo de golpe es antinatural e inútil, porque se ve la antinaturalidad. Sólo la gracia permite que los vayamos superando y la gracia necesita paciencia. Se la ve actuar al cabo de años.

Un abrazo.

Tomás