6 de enero de 2013

In memoriam de Celestino Blanco


Ha muerto mi amigo Celestino. Me unía a él una amistad muy especial, que ya empezaba a ser antigua y que siempre fue para mí muy enriquecedora.

No puedo fijar exactamente el año en que le conocí, pero deben haber pasado unos veinte desde entonces. Celestino era un mendigo que estaba siempre en la puerta de Serrano de la iglesia de los jesuitas de san Francisco de Borja. Yo solía ir, por aquel entonces, a la misa de las 14,15h en esa iglesia. Al entrar, me pedía limosna y a veces se la daba. Era un hombre gordo y de aspecto afable. Un día me paré un momento a hablar con él. Me sorprendieron su fe y su sabiduría. Era una sabiduría iletrada –él no sabía apenas leer. Se había fraguado en una vida dura y en la meditación de las escrituras que oía todos los días, pues entraba a la iglesia a escucharlas. Año tras año, las había ido pasando por su tamiz y por su oración y, poco a poco, le habían ido iluminando. A partir de ese día, todos los días me paraba y tenía una charla con él. Poco a poco fui sabiendo de su vida y él de la mía. Era de un pueblo de La Mancha. Había trabajado en el campo muchos años, pero su contratador le había despedido con cajas destempladas por razones que nunca me contó ni yo insistí en saber. Se vino a Madrid a trabajar en la construcción donde estuvo varios años. Pero tampoco encajó en este trabajo y, tampoco supe muy bien por qué, decidió no trabajar en este gremio. Así acabó en la mendicidad. Llevaba años en la puerta de distintas iglesias de Madrid, hasta que acabó en la de los jesuitas. Había estado casado, pero su mujer era alcohólica y había muerto hacía años. Tenía cinco hijos. Una chica disminuida psíquica, al cuidado de una ONG de la Iglesia, un hijo drogadicto, y tres que se ganaban la vida como podían, de los cuales sólo tenía contacto con uno. No sabía la fecha de su nacimiento, pero por las cosas que me comentaba deduje que debía ser sólo un poco mayor que yo. Debió haber nacido hacia mitad de la década de los 40. Sin embargo, parecía mucho mayor que yo. A pesar de su gordura, se veía que la vida le había pegado duro. Yo también le hablaba de mi familia y pronto hicimos un trato. Él rezaría por mi familia y yo por la suya. Pero nuestras conversaciones versaban, casi siempre, sobre su visión de la religión a través de su conocimiento de la Escritura. Puedo decir que aprendí muchísimo de estas conversaciones. Tenía una memoria tremenda y una intuición prodigiosa para asociar pasajes distintos de las Escrituras y extraer conclusiones originales y correctas, aunque un poco sui generis. Sus razonamientos usaban imágenes campestres o de la construcción y solía acabar en forma de sentencias muy personales y peculiares. A lo largo de nuestra prolongada amistad es posible que le escuchase más de doscientas de estas curiosas parábolas y sentencias. A veces, nuestras conversaciones me hacían perder la misa, pero creo Dios prefería que estuviese con Celestino ese rato.

Nos veíamos casi a diario en la puerta de la Iglesia antes de la misa. Alguna vez, al salir, me lo encontré comiendo una comida que traía en una lata, sentado en un banco cercano a la Iglesia. Me pidió que, si era posible, le diese, en vez de dinero, conservas que se pudiesen calentar, para la cena. Desde entonces, a menudo le daba latas de fabada o cocido Litoral, que él agradecía efusivamente. Cada vez que nos veíamos nos abrazábamos y, mientas nos abrazábamos, él me daba sonoros besos en la mejilla. Al principio me daba vergüenza que alguien pudiese vernos, pero pronto fue para mí una alegría esta efusividad real y espontánea. Un día, tal vez tras cinco o seis años de esos encuentros, dejé de verle en la puerta de la iglesia. Pensé que se habría cambiado de iglesia o de sitio para pedir, porque otro mendigo apareció en la puerta de Serrano. Le pregunté si sabía algo de Celestino y me contestó hurañamente, como si le hablase de un competidor. Con cierta pena, me resigné a perder esos encuentros. Pero un día se me ocurrió preguntarle al mendigo de la puerta que da a la calle Maldonado. Él era también amigo suyo. Me dijo que le había dado una subida de azúcar, que lo habían llevado al hospital y que, a través del P. Maruri, uno de los jesuitas de la iglesia de san Francisco de Borja, sabía que estaba en la una residencia de ancianos de la calle General Ricardos.

Allí me fui un Domingo por la mañana. Al final de la calle de General Ricardos hay un complejo de residencias de la Comunidad de Madrid. Recorrí varias de ellas preguntando por él y en una de ellas, llamada la gran residencia, le encontré. No era ni una sombra de lo que fue. Estaba demacrado, el pellejo del cuello se le había quedado vacío y le colgaba fláccidamente, la ropa le estaba enorme, pero, sobre todo, estaba mortalmente triste. Añoraba la calle, me dijo. Se sentía encerrado, él, que siempre había buscado la libertad y la independencia. Me propuse ir a verle todos los domingos. Llegaba a las 12, cuando acababa la misa de la residencia, a la que Celestino nunca faltaba. Estaba allí hasta la 1 en que me iba para ir yo a mi vez a misa de 1 y media. Pero cuando llegaba, ya había oído las lecturas y su explicación de boca de Celestino. Fui casi todos los Domingos durante bastantes años. Poco a poco, se fue acostumbrando a vivir en la residencia y, al cabo de un tiempo, se encontraba allí como pez en el agua. Volvió a ganar peso y, con su humanidad desbordante, se hizo amigo de todo el mundo. Todos los que estaban allí le querían. Los residentes y los enfermeros, celadores y administradores. Todos. Tenía siempre un público que escuchaba embelesado sus conspicuos razonamientos teológicos y escriturísticos que despertaban su esperanza. A él le encantaba tener esa audiencia. Debo decir que el personal de esa residencia era, y es, ejemplar en el trato que dan a los residentes. En los casi quince años que he ido a la residencia de General Ricardos, al principio casi semanalmente, luego, poco a poco, esporádicamente, he aprendido mucho. Y no sólo de las conversaciones con Celestino, sino del sufrimiento que he visto allí, de la amistad que hice con muchos de los ancianos residentes, y de las familias de muchos de ellos.

Cada día que iba allí, se convertía en una reflexión. Sic transit gloria mundi. La dura vejez, a la que si la muerte no nos lo impide llegaremos todos, se presentaba brutalmente ante mí. Y me hacía consciente de las vanidades que a veces nos ciegan en la vida y a las que les sacrificamos tantas cosas. Se me venían a menudo la acusación que Cristo hace a la iglesia de Laodicea en el libro del apocalipsis: “Sé que vas diciendo por ahí que eres rico, que tienes muchas riquezas y que nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo? Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos con que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver”. Había ancianos que llevaban su sufrimiento con una entereza tremenda y otros que se quejaban y lloraban ininterrumpidamente.

En los casi quince años que estuve yendo regularmente a ver a Celestino, hice, a través de él, muchos amigos. Me acuerdo de Teresa, que había servido toda su vida en una casa y quería con toda su alma a los que al principio eran niños y ahora eran hombres y mujeres que la iban a ver con sus hijos y nietos. De Manuela, que nunca hablaba y un día me pidió agua. Le llevé un vaso y todavía recuerdo sus ojos mirándome con amor mientras la bebía. De Pilar, sentada en una silla de ruedas con su cabeza, que los músculos de su cuello no podían mantener, caída hacia atrás. La recuerdo replicando continuamente a los mensajes de esperanza de Celestino, que les decía que un día estarían en los brazos de Dios, con un “diga usted que sí”. De Carmen, una malagueña que había tenido un novio, oficial de caballería, que murió al caerse del caballo y ya no había tenido más novios en su vida. Decía con un suspiro y sus muchos años: “Me parece que me voy a morir sin catarlo”. De Nieves, que había perdido al amor de su vida tras muchos años de matrimonio y desde entonces se había sumido en una actitud catatónica. Recuerdo que un día me sonrió. De otra Carmen que esperaba inútilmente cada Domingo, desde hacía más de veinte años, que su hijo le viniera a ver. De Gloria, que había sido una guapísima corista en el Moulin Rouge de París y ahora se paseaba por la residencia con mucha prisa por las cosas que decía que tenía que hacer y musitando su agobio. De Epifania, con un duro bigote que me pinchaba cada vez que me daba un beso. De Ildefonso, con una lengua que le había crecido desmesuradamente y que apenas le cabía en la boca y le impedía hablar inteligiblemente, aunque no paraba de hacerlo de forma ininteligible. De Florencio, irónico, ácido con todo, lleno de energía. Nunca supe por qué estaba allí porque no estaba enfermo ni era muy viejo. De Antonio, que los días de sol se ponía delante del ventanal en su silla de ruedas con los pantalones remangados hasta encima de la rodilla para que le diese el sol. De otra Pilar, que sólo tenía un diente y silbaba cada vez que intentaba hablar. Del travesti que decía llamarse Mercedes, con su áspera barba de dos días, siempre con los labios pintados de rojo intenso y que sabía que Dios le amaba. De Consolación, con su genio terrible, que la primera vez que la vi me mandó a la mierda, pero que cuando la felicité en día de su santo, la Virgen de la Consolación, patrona de Pozuelo, en donde vivo, se hizo amiga mía y me sonreía siempre. De Visitación que siempre me decía que mientras el Señor no la llamase, ella amaría la vida. De tantos y tantos amigos a los que no hubiese conocido de no haber conocido a Celestino y que tanto me enseñaron. Todos menos Gloria están ya muertos. Pero, como dice el libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará. Los insensatos piensan que están muertos, su tránsito les parece una desgracia y su salida de entre nosotros un desastre, pero ellos están en paz”. Aprendí a ver a Cristo doliente en todos ellos.

Muchas veces, tras pasar allí un rato con ellos, al irme, me preguntaba: ¿Y si yo un día fuese uno de ellos? En un momento del proceso, descubrí una oración de Juan Pablo II cuando cumplió 65 años, que dio respuesta a este interrogante mío. Lo transcribo aquí:

“Señor, hace ya sesenta y cinco años que me diste el don inestimable de la vida y, después de mi nacimiento, no has cesado de llenarme de tu gracia y de tu amor infinito. A lo largo de estos años se han entretejido grandes alegrías, pruebas, éxitos, fracasos, enfermedades, duelos… como le ocurre a todo el mundo. Ayudado por tu gracia y tu auxilio, he podido triunfar de estos obstáculos y avanzar hacia ti. Hoy me siento rico en mi experiencia y en el gran consuelo de haber sido colmado de tu amor. Mi alma te canta su reconocimiento. Pero cada día veo a mi alrededor ancianos a los que envías fuertes pruebas: sufren parálisis, incapacitación, senilidad, y a menudo no tienen fuerza para rezarte. Otros han perdido el uso de sus facultades mentales y no pueden alcanzarte a través de su mundo irreal. Veo la vida de esas personas y me digo: «¿y si fuese yo?» Entonces, Señor, hoy mismo, mientras estoy todavía en posesión de todas mis facultades motrices y mentales, te ofrezco por anticipado mi aceptación de tu santa voluntad, y desde ahora quiero que si una u otra de esas pruebas me llegaran, puedan servir para tu gloria y para la salvación de las almas. También desde ahora te pido que sostengas con tu gracia a las personas que tengan la ingrata tarea de prestarme su ayuda. Si un día, la enfermedad invadiese mi cerebro y aniquilase su lucidez, desde ahora, Señor, mi sumisión está delante de ti y se seguirá de una silenciosa adoración. Si un día, un estado de inconsciencia prolongada tuviera que destruirme, yo quisiera que cada una de esas horas que tenga que vivir sea una serie ininterrumpida de acciones de gracias y que mi último suspiro sea también un suspiro de amor. Mi alma, guiada en ese instante por la mano de María, se presentará ante ti para cantar eternamente tus alabanzas. Amén”.

También al ir allí tantos Domingos, he podido ver a cientos de familias que iban a ver a sus ancianos. A veces he visto hasta tres generaciones reunidas alrededor de la bisabuela, que tal vez tenía la cabeza ida o estaba decrépita, pero reunía a los hijos de los hijos de sus hijos. Hijos de sesenta años que besaban con ternura la mano de su madre, bisnietos en brazos del bisabuelo al que acariciaban la cara. Jóvenes llenos de piercings o tatuajes que contaban a su abuela con cariño lo que habían hecho esa semana. Familias muy modestas, y otras no tanto, que por mil razones –la vida es muy complicada– no pueden tener a sus mayores en casa, pero sí los tienen en su corazón y van a darles un poco de calor cada semana. Hay muchas cosas que van mal en este mundo. Hay muchos ataques a la familia. Pero cuando se ven estas cosas, la esperanza no puede morir y uno sabe que, realmente, la familia salvará al mundo.

En algún sitio debo decir, y tal vez sea éste, que, en general, la gran residencia me ha enseñado también muchas cosas. Cierto que estaba lleno de pasquines reivindicativos de CCOO y otras centrales sindicales, pero debo decir que, en general, el personal, celadores casi todos los que yo veía en Domingo, eran encantadores con los ancianos. Diría que los querían. Y eso que a menudo los residentes pagaban esa amabilidad con quejas destempladas, a menudo injustas y, a veces, hasta con insultos. También debo decir que en esos quince años he visto como una residencia destartalada y oscura, se iba convirtiendo a base de reformas, pintura y decoración, en un sitio cada vez más digno, luminosos y agradable. Y esto incluso después de la crisis. Queda dicho por mor de la justicia.

Poco a poco, imperceptiblemente, fui dejando de ir todos los domingos a ver a Celestino y mis visitas se fueron espaciando. Últimamente iba cada dos o tres meses. Las últimas veces que fui, su apagamiento era perceptible. Perdió la movilidad, perdió la vista, pero no perdió el espíritu. “El padre me espera con los brazos abiertos para abrazarme”, me decía. La última vez que vi a Celestino vivo fue hace dos meses, más o menos. Esta víspera de Navidad he ido a verle. Le he buscado por toda la residencia. Tenía miedo de preguntar en recepción, pero al cabo de un rato, lo hice. “Celestino murió hace como un par de meses” –me dijeron. Debió morir poco después de mi última visita. No por esperada la respuesta me impactó menos. Tuve que irme a un sitio aparte y, a duras penas pude contener el llanto. He perdido a mi padre, a mi madre, a mis suegros, a dos hermanos y tres cuñados. Pero no puedo decir que la muerte de Celestino me doliese mucho menos que estas, al menos en el primer golpe. Tras un rato, me paseé por todos los sitios, dejando que mi mirada resbalase por cada rincón. Encontré a Gloria y me despedí de ella. No creo que pueda volver. Pero sé, con una certeza absoluta, que la oración de Celestino por mi familia durante todos estos años ha surtido efecto. “El Padre tiene su oído muy cerca de mi boca”, me decía a menudo. Desde luego, él debía tener a Dios más cerca que yo, porque su oración por mi familia ha sido más eficaz que la mía por la suya. Le vi llorar a moco tendido el día que me dijo que su hijo drogadicto había muerto. Cuando hube recorrido todos los sitios que me recordaban a él, salí de la residencia y me fui a misa. La ofrecí por él. Sé que Celestino está ahora en brazos del Padre y que su boca ya no está cerca del oído de Dios, sino que está dentro de Él. Sé que desde sus brazos seguirá rezando por mí y por mi familia y eso me reconforta. Yo también lo seguiré haciendo por la suya, aunque mi oración sea menos eficaz. ¡Que Dios te bendiga Celestino, que te tenga en la palma de su mano y que, cuando me muera, salgas a recibirme para llevarme al Padre común!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy emotivo y ejemplar. Realizar a Dios, esto es, la praxis de la caridad, es lo que tiene, que los pobres te devuelven mucho más de lo que uno cree a priori que puede darles, es el camino para la santificación.
¡Ver a Cristo en la cara del pobre!...me ha recordado a mi padre...cuantas veces me lo decía!!...pero yo no lo entendí hasta bastante tarde....
Muy bien escrito, pareciera que alguien estaba también sobrevolando por el texto....
Un abrazo
Juan

Anónimo dijo...

Gracias Juan. Me alegra que te haya gustado. Si creo que alguien, Celestino, sobrevolaba Alrededor de mi mientras escribia. Reza por el y, creo que puedo decirte, rezale a el.
Un abrazo
Tomas

Anónimo dijo...

Estimado Tomás, descanse en paz Celestino. Me he emocionado y me ha traído a la mente muchos recuerdos de mi abuela. Gracias por el texto.
Pedro(ex-alumno tuyo que echa de menos tus clases y como consecuencia no se pierde el blog). Un abrazo

Joaquín dijo...

Sigo asiduamente su blog, y he de decir que, en mi opinión, este post es el mejor que ha escrito.
El encuentro con Xto es siempre un acontecimiento !!!

Reciba mi más sincera felicitación.

Anónimo dijo...

Queridos Pedro y Joaquín, muchas gracias por vuestro comentario.

Pedro, exalumno, me alegro de que sigas mi blog. Espero que ambos, Celestino y tu abuela estén en los brazos de Dios.

Joaquín, me alegro de que te haya gustado. Sale directamente del corazón.

Un abrazo a los dos.

Tomás