13 de enero de 2013

Sobre el Antiguo Testamento y la Biblia


El Antiguo Testamento es el gran desconocido de la inmensa mayoría de los católicos. Incluso hay muchos que lo consideran como algo ajeno y hasta contrario al mensaje evangélico, como si Yavé fuese un Dios distinto al Dios de Amor encarnado en Jesucristo. Nada más lejos de la realidad. La figura de Jesucristo no podría entenderse sin el Antiguo Testamento, así como es cierta la recíproca; que el Antiguo no puede leerse correctamente si no es desde el Nuevo. Como decía santo Tomás: “Nova in vetera latet, vetera in nova patet”, es decir, “las cosas nuevas están latentes en las antiguas, las antiguas se hacen patentes en las nuevas”. El Antiguo Testamento es como una pirámide truncada a la que le falta la cúspide.  De la plataforma superior sobresalen “vigas” que apuntan hacia un vértice. Cuando sobre esa plataforma superior se coloca la cúspide del Nuevo Testamento, encaja como un guante en una mano y, además, desde el vértice de esa cúspide, al que apuntan las vigas, surge una luz para interpretar lo de abajo. Hay, pues, una espléndida sinergia entre ambos Testamentos. Tal vez por eso sea recomendable, tras conocer el Nuevo, y en especial los Evangelios, hacer una lectura imbricada de ambos. Es sin duda por eso por lo que la Iglesia, en su liturgia de la misa, propone cada día varias lecturas, relacionadas entre sí, del Antiguo y Nuevo Testamentos, de forma que cada tres años se dé una vuelta completa al Nuevo y al núcleo más importante del Antiguo. Sería altamente recomendable hacer de esta manera la lectura completa de los tres ciclos litúrgicos. Pero, además de esta forma de leer la Biblia es bueno también leer de forma secuencial el Antiguo y nuevo Testamentos. La música polifónica barroca también admite estos dos tipos de atención al escucharla. Está compuesta por varias melodías que se entrelazan entre sí, formando como si fueran hebras de ADN, triples o cuádruples, entrelazadas. Uno puede concentrarse en oír cada melodía, intentando con la atención “separar” cada una de las demás. Pero también puede concentrarse en la armonía que existe en cada instante entre las notas simultáneas de cada melodía. No es fácil esto, pero cuando uno tiene entrenado el oído, es un proceso casi automático. Y el premio de este entrenamiento es un disfrute inmensamente mayor de la música. Por otro lado, ocurre con la Biblia lo que con esas figuras del altiplano peruano. Si uno lo ve a ras de suelo, no ve nada. Pero si uno se eleva sobre el terreno, las inmensas figuras empiezan a tomar forma y a asombrarnos con su perfección y grandiosidad. Esta elevación supone leer la Biblia como lo que es, como una oración. Naturalmente, se puede leer la Biblia sin esta actitud, pero entonces, muy probablemente, se pierda su último e íntimo sentido. También se puede pensar que ese esfuerzo no merece la pena. Bueno, cada uno es libre de decir lo que le merece la pena y lo que no, pero si uno no quiere hacer esto y no entiende la Biblia, el problema es suyo, no de la Biblia. Él se lo pierde. Pero creo que un cristiano que quiera conocer su fe con madurez, no puede permitirse esta actitud. Sin gran exhaustividad, intentaré en las próximas líneas arrojar alguna luz sobre el Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no es un libro, es una colección de libros. Los cristianos creemos que todos ellos son inspirados por Dios, que responden a la intención de Dios de ir guiando a la humanidad hacia Él, al tiempo que le van descubriendo las cosas más importantes de su esencia y de su plan de salvación para con la humanidad. Pero la palabra “inspirado” requiere una puntualización. Inspirado no es, ni remotamente, equivalente a dictado. De una forma misteriosa, Dios ponía ideas en la mente de algunos hombres, que éstos escribían mezclándolas con las suyas propias y con su mentalidad y la de su época. Cada uno de los libros que lo forman fue escrito en distinta época histórica, con distinta finalidad y está dirigido, en primera instancia, a personas que vivían ese momento. Más aún, cada uno de ellos, internamente, no es de un solo autor, sino que es el resultado de un proceso de reescritura e interpolaciones continuas a lo largo de la historia. Sin embargo, y a pesar de esta heterogeneidad, todos esos libros forman un todo coherente y no un todo monolítico. Hay entre muchos pasajes del Antiguo Testamento profundas contradicciones aparentes. Como en una sinfonía, las aparentes disonancias, se resuelven en una armonía superior. Buscar esa armonía superior es lo que hace interpretable el contenido del Antiguo Testamento. Y eso es también lo que hace de la Biblia un libro de sabiduría válido para todos los seres humanos de todo tiempo, con independencia de quienes fueran los destinatarios originales. Los libros que contienen sabiduría admiten un  gran número de lecturas que se van descubriendo cada vez que se repasan. Tomarlos al pie de la letra es un peligro que hay que evitar. Pero igualmente peligroso es desbocarse en su lectura queriendo ver cualquier disparate. La Biblia hay que interpretarla en su conjunto, como un todo. No es lícito agarrarse por los pelos a un pasaje y retorcerlo hasta hacer que diga lo que nosotros queremos oír. Con esta visión global, se acaban detectando las armonías básicas profundas que subyacen como una pulsación continua por debajo de los relatos de cada pasaje bíblico. Y es a la luz de esas ideas básicas, destiladas de su lectura, como hay que interpretar el conjunto. Intentaré a continuación desgranar algunas insuficientes reflexiones sobre esto.

La Biblia nos dice, desde sus primeras líneas, que el mundo tiene su origen en Dios, pero que es distinto de Dios. Dios creó el mundo. No hay que hacer caso a los detalles de en cuanto tiempo lo creó ni qué creó antes y qué después. El hecho es que él es la causa del universo. Muchas mitologías cosmológicas anteriores o posteriores a la Biblia, hablan de que el mundo fue creado a partir de una materia preexistente, a menudo de los despojos de un dios malo vencido por otro bueno. Eso hacía, en esas mitologías, del mundo material así aparecido, algo malo. Otras hacían del mundo parte de Dios, consustancial con él. Por lo tanto, si ese Dios era bueno, el mundo tenía que ser bueno y, viceversa, si el mundo era malo, era porque ese Dios era malo. Todas estas mitologías  hacen fatídica e irresoluble la constatación empírica del problema del mal. Efectivamente, si el mal era consustancial a la materia, no tenía solución, era algo fatídico de lo que no había posibilidad de liberarse. Si el mundo era consustancial con Dios, ambos corrían la misma suerte y, por lo tanto, el bien y el mal eran las dos caras de la misma moneda y había que resignarse para siempre a la coexistencia con el mal.

Los primeros capítulos del libro del Génesis, al margen de las anécdotas de tiempos y métodos de creación, son algo totalmente novedoso. De una forma repetitiva, en el relato de la creación, tras cada acto de creación, el Génesis se encarga de decirnos que el producto de ese acto creador es bueno, como el Dios que lo había creado. También nos dice, en otras muchas partes de la Biblia, que la creación fue un acto de amor, que Dios creó al hombre por amor. Uno de los libros más deliciosos de la Biblia es “El Cantar de los Cantares” que no es otra cosa que un poema de amor, lleno de atrevidas imágenes, de Dios por la humanidad. Pero toda la Biblia está “mechada” de pasajes que declaran el amor eterno y fiel de Dios por el hombre. Sin embargo, también nos dice el Génesis que Dios, al crear al hombre dio entrada en el mundo a la libertad. El hombre era libre para poder amar o no amar a su creador, porque no hay amor sin libertad. Pero además, ese hombre, estaba dotado de unos poderes cósmicos extraordinarios. Esto viene expresado también en el Génesis, pero, además, el salmo 8 nos da una pista sobre ello: “Al ver el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado; ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te cuides? Lo hiciste poco inferior a un dios, coronándolo de gloria y esplendor; le diste el dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies”. Con estos mimbres, la Biblia teje la respuesta más esperanzadora al problema del mal. El Dios bueno creó al mundo bueno, lo creó por amor al hombre al que hizo libre para que pudiese amarle. Se tomó tan en serio esa necesaria libertad, que sacrificó parte de su omnipotencia para respetarla. Pero el hombre hizo mal uso de su libertad y destruyó ese equilibrio, perdió ese poder interno y externo, dando entrada al mal y al dolor en el mundo. Sin embargo, ese mal no es consustancial al mundo ni a Dios. Es un desequilibrio temporal, que puede ser resuelto con la ayuda de Dios. Es más, que Dios está empeñado en resolverlo poniendo en juego todo lo que haya que poner y que, por lo tanto, será resuelto. El pecado original se ha interpretado por mucha gente como algo negativo, pesimista, pero es exactamente lo contrario. Es un mensaje de optimismo. Es la única respuesta esperanzada al problema del mal y del dolor. El Génesis, justo después de la caída del hombre ya da la primera promesa de compromiso de Dios con esa restauración. Dice Dios a la serpiente, agente causante del mal: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza, pero tú sólo herirás la planta de su pie”. Este pasaje es el llamado protoevangelio, porque es ya, desde el principio, la buena noticia de la promesa de Dios de que el mal y el dolor serán vencidos.

A partir de ahí, toda la Biblia es un larguísimo relato de la forma que tendrá esa promesa de Dios. Y Dios eligió a un pueblo, Israel, para que fuese la imagen de toda la humanidad. La segunda parte del Génesis es una descripción simbólico-histórica de la formación de ese pueblo. Israel es la representación de todo el género humano. Cada vez que la Biblia dice algo de Israel, de Jerusalén o de Sión, lo dice de toda la humanidad, ya que Israel, Jerusalén o Sión son símbolos de la humanidad. Pero de ninguna manera y en ninguna parte la Biblia dice que la salvación sea sólo para Israel, sino para todos los hombres. La mayoría de las promesas mesiánicas de los profetas tienen un carácter universal. Toda la historia de Israel es un símbolo de la historia de la humanidad y de la de cada ser humano.

Y esa historia es, de una forma repetitiva y machacona, la historia de un amor constante, fiel y misericordioso de Dios a los hombres que, una y otra vez, de mil maneras, le dicen que les deje en paz, que no quieren nada con Él, que no quieren su plan de restauración, que les gusta más su pecado, aunque sea la causa del dolor y del mal. Y, tantas veces como la humanidad, representada por Israel, rechaza el plan de Dios, tantas veces el Señor sigue llamando a la puerta, también de mil maneras, hasta que el hombre le abre un resquicio para que entre con el perdón y la misericordia. Sería prácticamente imposible reflejar las innumerables formas que toma este ciclo de deserción-misericordia-perdón-retorno.

Otra lección de fondo de la Biblia es la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios cumple siempre lo que promete. Pero este cumplimiento no suele ser cuando y como quiere el que las recibe. Y, además, el cumplimiento de las promesas suele ir acompañado de una prueba. Dios prometió a Abraham, poco después del nacimiento de Isaac, que a través, expresamente, de ese hijo le hará padre de un pueblo innumerable. Dieciseis años más tarde, le pide el sacrificio de su hijo Isaac. Abraham se fía de la antigua promesa y lleva el sacrificio hasta el último instante, en el que Dios, siempre fiel a su palabra, le detiene. También le promete que le dará en posesión, para él y su descendencia, la Tierra Prometida, pero él no posee más que un pequeño trozo de tierra que compra a sus vecinos cananeos, que la habitan. No será hasta siete siglos más tarde cuando Israel tome realmente posesión de ella. Pero, en la medida en que la historia de Israel es el símbolo de la vida de cada hombre, lo que nos dice es que las promesas de Dios se cumplen a lo largo del cumplimiento de la vida y de la historia, no cuando se le exigen a Dios.

A lo largo del Antiguo testamento va formándose el anhelo de un salvador definitivo. Ese anhelo se desarrolla en paralelo con la historia de Israel. Durante la esclavitud en Egipto –que representa la esclavitud del pecado–, se va formando un anhelo de liberación, que se materializa en Moisés, uno de tantos personajes que son prefiguración de Cristo. Moisés y Josué obtienen, por fin, el cumplimiento de la promesa de la Tierra Prometida. Pero la ansiada libertad no es del todo liberadora del pecado, y el pueblo de Israel cae, por su deserción, una y otra vez bajo la esclavitud de los pueblos circundantes. El rey David parece que va a poner fin a esa dependencia y llega a crear un mini imperio, pero el espejismo se disuelve y Judá no para de decaer, siempre bajo la dinastía davídica, hasta que el reino es destruido y el pueblo judío enviado a una nueva deportación, como la de Egipto, esta vez a Babilonia. Pero durante la decadencia del reino y tras su posterior deportación, la figura de un rey libertador, descendiente de David, ungido, como todos los reyes de la dinastía davídica, va tomando proporciones sobrehumanas. Ungido, en hebreo se dice Mesías y en griego, Cristo. Y, de esta forma, la esperanza mesiánica va acrecentándose y agigantándose en la mente del pueblo judío, hasta convertirse en un acuciante anhelo. Anhelo que toma diferentes formas.

a)      Como Rey descendiente de David.
b)      Como Juez supremo lleno de gloria y majestad.
c)      Como Siervo sufriente que toma sobre si el pecado de los hombres.
d)      Como Hijo de Dios.

Comento a continuación cada uno de estos aspectos.

a)   Jesucristo, Rey, Mesías.

Primero, como Rey, heredero de David, que liberará al pueblo de Judá de la opresión de otros pueblos y restaurará la dinastía davídica por los siglos de los siglos. Este Rey libertador, Ungido de Dios, se presenta unas veces como un guerrero conquistador[1], otras como un rey justo que deshará las injusticias de los hombres[2] y otras, como un rey humilde, mensajero de la paz[3].

b)   Jesucristo, Juez Supremo.

El anuncio del Redentor como Juez Supremo está patente en numerosos pasajes como el siguiente:

"Seguía yo mirando la visión nocturna y vi venir sobre las nubes del cielo a un como hijo de hombre que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es dominio eterno y no acabará, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá".

"[...] hasta que vino el anciano de muchos días y se hizo justicia a los santos del Altísimo y llegó el tiempo en que los santos se apoderaron del reino". (Daniel 7,13-22).

Debido a este texto, este aspecto bajo el que se anuncia al Redentor, es conocido como el Hijo del Hombre. El propio Jesús, que nunca en los Evangelios se refiere en público a sí mismo como el Mesías, usa este título de Hijo del Hombre. Pero este Juez Supremo también sabrá ser manso y misericordioso en su juicio.

"He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él; él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará fuerte ni hará oír su voz en las plazas. La caña quebrada no la romperá y el pábilo vacilante no lo apagará. Expondrá fielmente el derecho, sin cansarse ni desmayar, hasta que establezca el derecho en la tierra. Las islas están esperando su ley". Isaías(42,1-4).

c)   Jesucristo, siervo sufriente de Yavé.

El tercer aspecto bajo el que aparece anunciado el Salvador en el Antiguo Testamento es especialmente conmovedor. Se conoce con el nombre del Siervo Sufriente de Yavé que acapara sobre sí todos los pecados y males del pueblo, liberándole de ellos con su sufrimiento. Y todo ello sin un reproche ni una lamentación. Isaías, una vez más, es el profeta que nos presenta esta figura de una manera más patética y poética en los pasajes conocidos con el nombre de Poemas del Siervo de Yavé.

"He aquí que mi Siervo prosperará, será elevado, ensalzado y puesto muy alto. Como de él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto que no parecía ser de hombre, así se admirarán muchos pueblos y los reyes cerrarán ante él su boca, porque vieron lo que no se les había contado y comprendieron lo que no habían oído."

"¿Quién creerá lo que hemos oído? ¿A quién fue revelado el brazo de Yavé? Sube ante él como un retoño, como raíz de tierra árida. No hay en él parecer, no hay hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en él nos complazcamos. Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento y, como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta".

"Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él, y en sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros".

"Maltratado, mas él se sometió, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, pues fue arrancado de la tierra de los vivientes y herido de muerte por el crimen de su pueblo. Dispuesta estaba entre los impíos su sepultura, y fue en la muerte igualado a los malhechores, a pesar de no haber cometido maldad ni haber mentira en su boca".

"Quiso Yavé quebrantarle con padecimientos. Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, verá descendencia que prolongará sus días, y el deseo de Yavé prosperará en sus manos. Por la fatiga de su alma verá y se saciara de conocimiento. El Justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres, y dividirá la presa con los poderosos por haberse entregado a la muerte y haber sido contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos, e intercediendo por los pecadores". (Isaías 52,13 hasta 53,12)[4].

Como el Antiguo Testamento está lleno, no solo de símbolos, sino de símbolos de símbolos, ya en libros más antiguos que el de Isaías aparece un anuncio de este Siervo Sufriente. Por ejemplo, cuando Yavé liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, fue la sangre de un cordero inmolado, la que, puesta como un signo en el dintel de la puerta, preservó los hogares de los israelitas de la plaga que exterminó a los primogénitos de todos los seres vivientes de Egipto. Desde entonces, el pueblo judío celebra la pascua, conmemorando esa liberación de Egipto mediante el ritual del sacrificio de un cordero. Jesucristo viene a morir, voluntariamente, el mismo día que los judíos estaban sacrificando el cordero de pascua.

d)   Jesucristo, Hijo de Dios.

El último aspecto bajo el que se anuncia al Salvador es como Hijo de Dios. Hoy día, después de veinte siglos de cristianismo, el que los hombres sean llamados hijos de Dios suena como algo normal y hasta monótono. Por desgracia, se ha perdido en gran medida el sentido de grandeza que representa ser hijo de Dios por adhesión de la humanidad con el Hijo como segunda persona de la Trinidad. Pero en los tiempos en que se escribieron los distintos libros de la Biblia, incluidos los Evangelios, decir que alguien pudiera ser hijo de Dios era algo impensable y sacrílego. De hecho, esta afirmación fue el motivo que alegó el Sanedrín y el Sumo Sacerdote de los judíos para condenar a Jesús a muerte por blasfemo. Por lo tanto, no cabe pensar que este anuncio como Hijo de Dios sea algo dicho, como pudiera decirse hoy, por la mera pertenencia del anunciado Salvador al género humano. Antes al contrario, el Antiguo Testamento presenta al Salvador como Hijo de Dios en un sentido neto, cuando dice:

"Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra". (Salmos 2, 8).

Por si pudiera quedar alguna duda, otra vez Isaías, inspirado por Dios, nos dice que el Salvador es Dios mismo hecho hombre.

"Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo que tiene sobre los hombros la soberanía, y que se llamará maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz, para dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y de su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás. El celo de Yavé de los ejércitos hará esto." Isaías (9,6-7).

Este conjunto de aspectos bajo los que se anuncia al salvador en el Antiguo Testamento es, como se ha podido apreciar, heterogéneo y un poco confuso. Entre el pasaje del Siervo Sufriente y el anuncio del rey guerrero y conquistador media un abismo. La esperanza de los judíos se centró en las profecías del segundo tipo. Los siglos de dominación extranjera no podían hacer que fuese de otra manera. Además, la naturaleza humana es maestra en cerrar los ojos a todo aquello que no le resulta agradable. Como consecuencia, el subconsciente colectivo del pueblo judío se formó una imagen del Mesías claramente sesgada hacia la faceta gloriosa. Nada más humano. Pero los planes de redención de Dios eran otros. El Mesías victorioso, el Juez majestuoso, se manifestará al final de los tiempos. En su primera venida sería el Rey montado en un pollino, el Juez que no apagará el pábilo vacilante, para acabar encarnando, con una precisión escalofriante el papel del Siervo Sufriente. Muchos judíos no pudieron, en tiempos de Jesús, aceptar esto. ¿Dios, el Altísimo, en Innombrable, esa piltrafa humana colgada de una cruz? El escándalo era excesivo. Y, sin embargo, así había sido anunciado. Pero esta es la forma en que Dios cumple sus promesas. ¿Según nuestros deseos? No, según nuestras auténticas necesidades. Un rey guerrero victorioso hubiese sido muy deseable para el Israel del momento histórico de Cristo, pero no hubiese pasado de ser un violento rey más para la historia de la humanidad. Cristo, no fue lo que los judíos de su época deseaban, pero es lo que la humanidad necesita.

Hasta aquí, el “Nova in vetere latet”, “las cosas nuevas están latentes en las antiguas”. Sin esta base de la pirámide, Jesucristo sería una persona aparecida en el vacío, que decía cosas de sí mismo, sin ningún fundamento. Con esta base, es alguien anunciado desde tiempos inmemoriales, esperado por el pueblo judío para la salvación de toda la humanidad. Vamos ahora a la otra parte de la frase de santo Tomás: “Vetera in nova patet”, “Las cosas antiguas se hacen patentes en las nuevas”. Al lado de pasajes bellísimos y luminosos, el Antiguo Testamento está también plagado de cosas monstruosas. Abraham vende a su mujer dos veces para salvar el pellejo, David hace matar a uno de sus más valientes capitanes para quedarse con su mujer. Yavé parece a veces ser un Dios nacionalista que ayuda a los judíos a aplastar a sus enemigos y decreta exterminios masivos de pueblos. Muchos salmos tienen partes en las que el salmista, junto a oraciones maravillosas, pide brutales castigos para sus enemigos. Los correctivos que Yavé aplica a su pueblo para que se vuelva a Él, son a veces espantosos. Y se podría citar innumerables cosas por el estilo. Pero el antídoto contra esto no está en no leer el Antiguo Testamento, como a veces se ha pretendido que hiciesen los católicos, sino en entenderlo correctamente. Por supuesto, con sólo el Antiguo Testamento, interpretándolo correctamente a la luz de principios superiores, los judíos desarrollaron un código ético muy superior a cualquier otro pueblo de la Antigüedad. El precepto de amarás al prójimo como a ti mismo es del libro del Levítico, aunque es cierto que el prójimo para el judío era el propio judío. Pero cuando el Antiguo Testamento se interpreta a la luz del nuevo, la luz de este último ilumina la interpretación de aquél.

Efectivamente, Uno de los primeros actos públicos de Jesús, fue el sermón de la montaña. Éste empieza con las bienaventuranzas, un código ético sin precedentes y continua con una serie de sentencias con la estructura: “Habéis oído decir: ….., pero yo os digo: …..”. En esos puntos suspensivos están: la prohibición de cualquier tipo de injuria y la reconciliación incondicional; la pureza de las relaciones entre hombre y mujer y la protección de los derechos de esta última; la importancia de la verdad como forma de relación entre los hombres; la renuncia a la venganza; el amor a los enemigos y la rectitud de intención ante toda obra buena. Y Cristo dice explícitamente que no ha venido a abolir ni una coma de la ley, sino a llevarla a la perfección de su cumplimiento hasta sus últimas consecuencias.

Por otra parte, quien busque en el Nuevo Testamento una sola línea o una sola actitud de Jesús de incitación a la violencia, buscará en vano. Y quien, en nombre del mensaje o la vida de Jesús, incite a la violencia de un ser humano sobre otro, toma el nombre de Dios en vano. Sin embargo, encontrará prácticamente en cada pasaje una declaración de amor incondicional de Dios al ser humano. A esa luz es a la que “las cosas antiguas se hacen patentes en las nuevas”. El siervo sufriente ya ha venido. El rey manso montado en un pollino, también. El reinado de Jesucristo será un reinado de amor, ejercido desde la cruz y desde la resurrección. Durante la historia, Cristo, antes de venir por segunda vez, proclamará el reinado de la paz y la justicia, sin gritar, sin vocear por las plazas, sin cascar la caña quebrada ni apagar el pábilo vacilante, sino vendando a las ovejas heridas y yendo a buscar a las perdidas. La segunda venida de Cristo como juez universal, que se producirá, será también la venida de un juez que ama, que juzgará con amor y que perdonará a todo aquél que quiera ser perdonado. Hará lo que ninguna justicia humana podrá jamás hacer, juzgará a la historia y hará unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que, como ya anticipó Isaías, toda lágrima será enjugada y ya no habrá llanto, ni luto, ni dolor, ni memoria del dolor, porque Cristo las habrá asumido en las llagas de su muerte y transfigurado en la resurrección.

Acabo como empecé. Que nadie se conforme con estas simples reflexiones. Termino recomendando la lectura paralela de ambos Testamentos hecha oración, preferentemente, a través de la liturgia de la Iglesia que los presenta imbricados en el ciclo litúrgico de tres años, pero también de forma secuencial cada uno de ellos. Y no una, sino muchas veces, como una corriente que va abriéndose camino en la roca hasta que se forma un cañón. Para llegar al fondo del misterio que se esconde en la Biblia, no basta una vida, pero nos ayuda a saborearla mejor. En otro documento, haré un desglose de las partes que forman la Biblia para que, con estos planos, se pueda entender mejor el territorio.


[1] "Aquel día levantaré el tugurio caído de David, repararé sus brechas y alzaré sus ruinas y le reedificaré como en los días antiguos, para que conquisten los restos de Edom y los de todas las naciones sobre las que sea invocado mi nombre, dice Yavé, que cumplirá todo esto." (Amos 9,11-12).
[2] "He aquí que vienen días –oráculo de Yavé– en que yo suscitaré a David un vástago justo, que reinará como rey prudente, y hará derecho y justicia en la tierra. En sus días será salvado Judá, e Israel habitará confiadamente y el nombre con que le llamará será este: ‘Yavé es nuestra justicia’ (El nombre hebreo Jehoshua, más conocido en la Biblia como Josué, quiere decir precisamente "Yavé es nuestra justicia". Jehosua se transformó en Jeshua y con el contacto griego llegó a ser Jesús)". (Jeremías 23,5-6).
[3] "Alégrate sobremanera, hija de Sión. Grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene a tí tu rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna. Extirpará los carros de Efraim y los caballos de Jerusalen, y será roto el arco de guerra, y promulgará a las gentes la paz, y será de mar a mar su señorío y desde el río hasta los confines de la tierra." (Zacarías 9,9-10).

[4] En la profecía de Isaías, hay cuatro poemas del siervo sufriente de Yavé. Esta cita es el 4º de ellos, el más conmovedor y, también, el más largo. Los otros tres pueden leerse en Isaías 42, 1-7, el primero, 42, 1-7, el segundo y 50, 4-9 el tercero.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante reflexión, me ha gustado, felicidades.
Solo añadir a la magnífica exposición, si se me permite, que siendo la Revelación progresiva, lo vemos en la Biblia desde el AT al NT, la mejor clave para entenderla correctamente es leerla en actitud menesterosa, como el desvalido que busca. Es esta humildad al acercarnos al libro sagrado, la que permite actuar en uno la gracia como faro, que nos muestra allá al final, la luz de Cristo. De no ser así, es fácil la mala interpretación y, en el mejor de los casos, se quedará en un código de normas.
Y muy brevemente, Jesús dice que no viene a abolir la Ley, sino a perfeccionarla, pero creo que es en este sentido, en el de la progresiva Revelación. Porque la ley mosáica va quedando completamente superada, ni Él mismo la cumple.
Llamando a Dios Padre, Abba (papá), con la candidez de un niño que se sabe dependiente, -con la misma actitud que habría que leer la Biblia-, Cristo nos muestra la verdadera revolución, la del Amor, es la gran innovación del Dios personal, “Padre mío, Padre nuestro”, que sobrepasa de golpe todas las normas de la antigua Ley.
Abrazos
Juan

Pedro Francisco dijo...

Buena relflexion, sobre este tema habría horas para tratar y creo que nunca se acabria.
Saludos.

Anónimo dijo...

Queridos Juan y Pedro Francisco:

Muchas gracias por vuestros comentarios. Totalmente de acuerdo contigo, Juan, acerca de la forma de leerlo en actitud menesterosa, de búsqueda. El Dios que da sentido al cosmos se revela a sí mismo de una forma misteriosa y nosotros, sedientos de sentido tenemos que acercarnos como necesitados que imploran una cuerda y un cubo para sacar agua de un pozo profundo.

Cierto, Pedro Francisco que el tema nunca se acabaría, porque es la Palabra de Dios y la Palabra de Dios es inagotable. Pero hay caminos que no acaban nunca y que merece la pena empezar a recorrer.

Un abrazo a los dos.

Tomás