3 de febrero de 2013

Democracia y corrupción


No soy muy aficionado a los asuntos políticos. Los sigo con un interés que no nace de ellos mismos, sino de un deseo de no encontrarme en fuera de juego ante esos temas. Esto hace que no entre en los detalles. Pero, mira por donde, puede ser que esto me dé una mayor perspectiva. Porque los vaivenes del día a día son, no ya árboles, sino hojas que te impiden ver el bosque. Y el sensacionalismo de la prensa, en su ánimo de vender, hace de ella una lente deformadora de la realidad y descontextualizadora. Más vale el zoom hacia atrás que el microscopio.

Pero no siempre ha sido así en mi vida. En mis veintitantos años, allá por la transición, yo era comunista sin carné, pero militaba en CCOO, con carné. Luchaba en primera línea –si bien como soldado de infantería–, engañado por la táctica eurocomunista, por la democracia. Estoy completamente curado de ese mal, pero no reniego, ni me avergüenzo de la experiencia que me dio. Cuando luchaba por la democracia estaba convencido de dos cosas. La primera, que con la democracia, se acabaría la corrupción. La segunda, que con la democracia se acabaría inmediatamente ETA. Es obvio que me equivoqué de medio a medio en ambas.

En tiempos de Franco, había corrupción, que duda cabe. Recuerdo el caso MATESA. Pero es una realidad innegable que, comparada con la que hay ahora, la corrupción de entonces era una broma. Prácticamente todos los casos se podían resumir en una frase que decía a menudo un amigo mío: “Al amigo el culo, al enemigo por el culo y al indiferente, la legislación vigente”. La corrupción era amiguismo, no maletines.

Me creeré que se ha acabado ETA cuando entregue las armas, cosa que hoy, más de treinta años después de la Constitución, todavía no ha ocurrido.

Quien haya llegado hasta aquí en este artículo, creerá que voy a defender el régimen anterior a la democracia. Pero no es así, sino todo lo contrario. A pesar de todos mis errores, creo profundamente en la democracia. Creo en ella de una manera un tanto cínica, como Churchill cuando decía que la democracia es el peor de los sistemas políticos, después de haber descartado todos los demás. Pero este cinismo es compatible con mi profundo respeto por ella. Porque la culpa de los vicios de la democracia la tiene la razón oscurecida del hombre por el pecado original, no la propia democracia. Esta profunda fe mía en la democracia, a pesar de los desaguisados que hace el hombre con ella, la podría extender a otras realidades, como el capitalismo o la Iglesia.

Ya en el siglo II a. de C. el historiador y político griego Polibio afirmó que uno de los mayores peligros de la democracia era degenerar en la oclocracia, o gobierno de los peores. Y me temo que eso es lo que está ocurriendo ahora con la generalidad de la clase política. Cabría preguntarse cuáles de los políticos actuales podrían vivir o han vivido alguna vez en su vida de otras ocupaciones, mejor de lo que viven de la política. Creo que sólo una minoría podría responder que sí a esta pregunta. Claro, si la política se convierte en una ocupación para gente que no es capaz de ganarse la vida mejor de otra forma, es imposible librarse de la oclocracia. Sin embargo, hace unas semanas fueron duramente criticadas unas palabras de la actual alcaldesa de Madrid, Ana Botella, en las que decía que no era partidaria de la existencia de las juventudes de los partidos. Que los jóvenes aprendan primero a ganarse la vida antes de dedicarse de lleno a la política, venía a decir. Naturalmente, todo el mundo la criticó enormemente. Pero el hecho de que la mayoría de los políticos no sabrían vivir mejor o no lo han hecho nunca fuera de la política, no equivale a decir que ningún político podría. Esto es una simplificación inaceptable. Los hay que sí podrían y de facto, lo han hecho. Entre ellos, está el actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy y, creo, una buena parte del gabinete actual. No así la mayoría de los ministros con los que nos han regalado los gobiernos del PSOE en las anteriores legislaturas. ¿Hace falta nombrar a la auténticas perlas cultivadas de la ignorancia, la incompetencia y la incapacidad para hacer nada fuera de la política?

Pero aún peor que la oclocracia, aunque suele ir unida a ésta, es la sinvergüenzocracia que etimológicamente significaría el gobierno de los sinvergüenzas. Uno puede saber ganarse la vida holgadamente y ser un sinvergüenza de tomo y lomo. Pero es más fácil que alguien que no sabría ganar un duro profesionalmente y se mete en política para medrar, caiga en la sinvergonzonería. Y también eso ha pasado con el PSOE. Sin negar una buena dosis de sinvergüenzas en el PP, la historia reciente ha hecho evidente que los gobiernos del PSOE, a más de incompetentes, han batido records de corrupción y de sinvergonzonería. Por eso, no puedo evitar que me salga espuma por la boca cuando veo a Rubalcaba dando lecciones del daño que la vergonzosa actuación de Bárcenas está haciendo a España y pidiendo la dimisión de Rajoy con la intención, mal disimulada, de poder volver a donde nunca debió estar; al gobierno.

Ciertamente, la democracia requiere una regeneración para evitar su degradación en oclocracia o sinvergonzocaracia. Pero eso no significa que la dictadura sea mejor. A pesar de mi pasado antifranquista, y contracorriente de los vientos que corren por España entre los políticos más corruptos e incompetentes, debo decir que el franquismo fue una dictadura muy especial. Nada que ver con otras dictaduras, como el nazismo, el fascismo, las dictaduras comunistas, el castrismo, el chavismo, el pinochetismo o el videlismo, por citar algunas. Las dictaduras que ha padecido España, incluido el franquismo y la de Primo de Rivera –que mereció el nombre de “dictablanda”–, no han tenido, ni de muy lejos, la crueldad y criminalidad de la inmensa mayoría de las dictaduras. Ciertamente, en los primeros años de la dictadura franquista la represión fue muy dura. Sin embargo, con el tiempo, sin dejar de ser dictadura, se ablandó notabilísimamente. Y, en ella, con mayoría aplastante, los ministros eran competentes y honestos. Tengo muchos amigos para los que esto es carta de presentación suficiente para añorar esa época. No es mi caso. La mejor de las dictaduras es peor que la peor de las democracias. Porque, si citamos otra vez a Polibio, mientras que la democracia degenera en la oclocracia, que es penosa, las dictaduras (Polibio las llama monarquías, no como el concepto actual de monarquía, sino en el sentido etimológico griego del gobierno absoluto de uno sólo) degeneran en tiranías, que no son penosas, sino espeluznantes. Más, no es que las dictaduras degeneren en tiranías, sino que suelen nacer, ya desde el principio, como tiranías y además, en tiranías oclocráticas. Combatí a la dictadura de Franco en su día y no voy a reivindicarla ahora. Y aunque me equivoqué de medio a medio en las consecuencias de la democracia, no la añoro lo más mínimo. Pero tampoco haré de ella el escarnio al que la condenan muchos de los más corruptos e incompetentes.

No sabría decir en qué podría consistir la regeneración de la democracia, pero creo que algunas cuestiones elementales ayudarían a ello. La primera sería que para acceder a la política, en cualquier escalón, sea necesario haber acreditado que uno es capaz de ganarse la vida mejor de lo que sea su sueldo en ese escalón. Un corolario de esta medida sería el de impedir la actividad política a alguien, digamos, menor de treinta o cuarenta años, salvo casos excepcionalísimos. La segunda sería que todo ente público –partidos políticos incluidos– que tuviese un presupuesto superior a un umbral determinado tuviese obligatoriamente que ser auditado. Entiendo que las empresas estén obligadas por ley a ser auditadas, lo que es incomprensible es que los organismos públicos, que administran dinero ajeno, no lo estén. La tercera sería que lo que va a hacer Rajoy, según dice, el lunes –colgar en la web su declaración de renta y patrimonio– fuese un requisito estándar para todo político. La cuarta, que hubiese algún tipo de control de signos externos que determinase la adecuación de la forma de vida de cada político o, por lo menos, de los más señalados, con sus ingresos declarados. La última, y tal vez la que a la gente en general le parezca extraña, es que los políticos, o al menos los que tienen una alta responsabilidad, y una vez cumplidos los requisitos anteriores, ganasen más. Ignoro la cifra exacta que gana Rajoy, pero estoy absolutamente seguro de que no le llega a la suela del zapato a lo que gane un alto directivo, por no decir un presidente, de cualquier empresa del IBEX 35. Y si hace su trabajo honestamente y no lo hace escandalosamente mal, debería ganar, con luz y taquígrafos, algo de ese orden, porque su responsabilidad no es menor. Es propio de una ética popular farisaica exigir a los gobernantes que ganen poco pero que asuman responsabilidades enormes. Esto atrae indefectiblemente a los peores, que en seguida aprenden a transformar sus responsabilidades en ocasiones de lucro –hay mucha gente incapaz que es listísima para esto–, y acelera la instauración de la oclocracia y de la sinvergonzocracia.

Alguien podrá decir que la implantación de estas medidas sería cara. Sin duda. Pero ese alto coste habría que compararlo con el inmenso coste oculto del despilfarro y los latrocinios propios de la oclocracia y la sinvergonzocracia unidas. No me cabe duda de que los primeros serían mucho menores que los segundos. Las empresas están sometidas a esos controles y no creo que haya nadie que opine que deban quitarse por caros. Y, sin duda, si se aplicasen también al sistema político, redundaría en el bien de la democracia y de España. Debemos hacer de la democracia –el peor de los sistemas políticos después de haber descartado todos los demás– un sistema lo menos malo posible o, si nos quitamos la careta de cinismo, un sistema lo mejor posible. Los ciudadanos se lo merecen y no merecen, en cambio, que tantos políticos y gobernantes practiquen con ellos la política del champiñón: Tenerles en la oscuridad, echarles mierda encima y comer de ellos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leía ayer un artículo de James C. Schopf, profesor americano, que ha publicado que en que en las sociedades corruptas, (como la nuestra) la democracia incrementa la corrupción, porque multiplica los centros de poder que se ven involucrados en la compraventa de favores.
¿Como es posible que la gente vote de nuevo a los mismos corruptos convictos y confesos, y obtengan mayorías?
Esta democracia me tiene desencantado, ha derivado en una partitocracia en cierto modo hereditaria, corrupta, que poco a poco con sus artes demagógicas, va controlando y axfixiando al ciudadano, y su obsesión es copar todo el poder: Legislativo, ejecutivo y judicial. Lo poco que que queda es la libertad de expresión.
¿Habría posibilidad de implantar una aristocracia hasta que vuelvan los valores éticos, por no decir mejor los valores cristianos?
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Querido Juan:

Lamento no estar de acuerdo con James C. Scopf, al que no he leído, pero si se eligen otra vez a los mismos políticos corruptos, como ha ocurrido en Andalucía tras los ERE's, la culpa no es de la democracia, sino de la calidad moral de los ciudadanos. La aristocracia de la que hablas, el gobierno de los mejores, está muy bien en un mundo utópico, pero esos aristócratas se corromperían pronto y caeríamos en la oligarquía. Ya lo dijeron los clásicos que, en algunas cosas, tenían razón.

Un abrazo.

Tomás