24 de febrero de 2013

Vida y muerte de M. y Mme. Duru (de soltera Mmlle. Gélineau)

Tomás Alfaro Drake


Hace poco he leído un curiosísimo libro, recomendable hasta que empieza a hacerse repetitivo, titulado “Tenga usted éxito en su muerte”, escrito por Fabrice Hadjadj y editado por la editorial “Nuevo inicio”. Transcribo una historia, que se desarrolla a lo largo del libro, y que me parece sumamente instructiva.

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¿Por qué Isidore Duru, pasante de notaría de Toulón, se puso aquella mañana, 2 de Octubre de 1968 una corbata rosa? Esa es la cuestión filosófica por excelencia. Albert Camus decía que era más bien la cuestión de la corbata de soga: “¿La vida vale la pena vivirse o no?” Y se interrogaba sobre el suicidio[1]. Pero esta es otra cuestión bastante abstracta y que sólo aparece en un segundo momento. Primero está ese enigma concreto: Isidore Duru está vivo, y tal día ha elegido ponerse una corbata rosa. Tenemos que partir de ese dato. O bien de este otro, de consecuencias no menos metafísicas: ¿Por qué Isidore Duru prefiere, para el chucrut, las salchichas de Núremberg y no las de Montbéliard? Pero con esta segunda cuestión correríamos el riesgo de llegar demasiado lejos.

Contentémonos con la primera: ¿Por qué la corbata rosa? Porque la señorita Gélineau, la secretaria, le dijo que le va bien a su color de piel. Vale. Pero, ¿por qué quiere él una corbata que le siente mejor a su tez según el parecer de la señorita Gélineau? Porque quiere gustarle a la señorita Gélineau, tener verdaderos amigos, insertarse mejor socialmente. Vale. Pero, ¿por qué esa necesidad de inserción social y de atraer a la secretaria? Porque todo ello está en la naturaleza del animal político y forma parte de su felicidad. Ahí está. Como se podía suponer, la corbata rosa aparecía en búsqueda de la felicidad, y lo mismo ocurre con todas nuestras elecciones. Nuestra libertad está al servicio de ese fin: ser felices, y se limita a ir eligiendo los medios. Pero hubo un temblor, un titubeo, una deliberación, antes de que la mano de Duru, aquella mañana del 2 de octubre de 1968, se apoderara de la corbata rosa. ¿Por qué razón? El filósofo, como se ve, es el detective de lo cotidiano. No investiga un crimen complicado, sino lo normal, lo enormemente normal, y lo encuentra mucho más palpitante. ¿Por qué, pues, ese temblor en la mano antes de coger la corbata rosa en vez de la azul de lunares? Porque no está absolutamente seguro de que ese medio lo acerque realmente a la felicidad. ¿La azul de lunares no tiene también su encanto? Y, además, otra cosa, ¿para qué todo si al final uno se tiene que morir? De ahí el temblor de Duru. Principalmente cuando, delante del espejo, se hace el nudo corredizo.

El porvenir precede en nosotros al pasado y al presente. Evocamos nuestros recuerdos y consideramos la actualidad en función de una meta: Como proyecta invitar a cenar a la señorita Gélineau, Isidore Duru se acuerda del restaurante donde cenó tan a gusto con la señorita Protte, y contempla su portacorbatas inclinándose por la rosa. Pero, ¿cuál es horizonte bajo el que efectuamos todas nuestras elecciones? ¿Cuál es el porvenir radical a partir del cual vivimos el presente? ¿Cuál es el fin hacia el que todo tiende y todo debe ordenarse? la palabra “fin” es doble. Designa o bien la finalidad (telos, en griego) o bien el final (en griego, eschaton). Encontrar un fin para la propia vida no es lo mismo que poner fin a la propia vida. En el primer sentido, el fin de la vida es la bienaveturanza; en el segundo, el fin de la vida es la muerte. Bajo ese doble horizonte tenemos que aprehender todas las cosas.

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Isidore Duru, aunque pasante de notario, es también un personaje trágico (para ello basta con ser un hombre cualquiera). Se siente divido por ese doble fin que remite a una trascendencia, a un misterio. Se lanza hacia el infinito y ve ante él una especie de callejón sin salida. Se detiene ante el obstáculo y siente que, a pesar de todo, debe proseguir. Porque la felicidad quiere durar y extenderse. Una alegría que yo sé provisional, aun cuando así pueda serme más querida, es vencida rápidamente por la inquietud.

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Isidore Duru, por ejemplo, va a poner su felicidad en un matrimonio con Cindy Gélineau, que se convierte ipso facto en la señora Duru. Pero esto es un error. No el matrimonio, sino creer que Cindy es el soberano bien. La señora Duru es con mucho incapaz de procurar al señor Duru la perfecta bienaventuranza (y reciprocamente): es una mujer que envejece, su inteligencia es limitada como la mía, su humor caprichoso como el viento, y además le gusta jugar al mahjong. El señor Duru se ve obligado a reconocerlo. Si no lo reconociera, exigiría de ella más de lo que ella puede dar: haría falta que fuera perfecta, omnisciente, infinita, eterna, soberanamente buena; acabaría estrangulándola por tener con él solo una humana benevolencia. Pero admite esa imperfección y, para relajarse, hace progresos con su ordenador portátil. Su colección de corbatas rosas, que comenzó tras su primera salida juntos, ya no le distrae como antes. ¿Sé va a buscar una amante? Pero esa amante le ofrecería igualmente sólo placeres pasajeros y, sin duda, más superficiales. En seguida, después de haber engañado a su mujer, le sería necesario engañar a su amante, ¡qué complicación! Isidore nunca ha sabido llevar una agenda.

Entonces acaba haciéndose contemplativo. Se vuelve poco a poco hacia el creador de Cindy Gélineau. Sólo Él podría colmarlo, sólo Él podría, ya en este mundo y más allá de este mundo, devolverle a una Cindy transfigurada en la luz de un amor eterno. Porque no se trata de despreciar las cosas terrestres a cambio de Dios, como si Dios fuese una cosa al lado de las demás, y no el Creador de todas ellas, y como si sólo se le pudiera amar odiando todo lo demás, sino que se trata de amar todas las cosas en esa Luz imperecedera que es su fuente y su destino. Isidore adivina que esa ensalada de mollejas que le ha preparado Cindy no es gran cosa, pero, acogiéndola como algo que proviene de lo desconocido y que vuelve a lo desconocido, siente que esa ensalada está bañada en una bondad más sabrosa que la vinagreta, y que llama a la alabanza tanto como a la manducación. Lo siente intermitentemente, porque en otros momentos, e incluso la mayor parte del tiempo, la insensibilidad lo vence, el misterio entrevisto desaparece como si nunca hubiera existido.

Y después, un buen día, es decir, un día sombrío, viene la enfermedad permanente, el hígado que dobla su volumen, en cáncer generalizado, el adiós... ahí está la punta aguzada de la esperanza, la punta que traspasa y abre el corazón. Ahí, en ese adiós, que es un ve-con-Dios el deseo de la felicidad y la muerte coinciden por fin, se abrazan en la noche.

No hay que sorprenderse ni indignarse si Isidore Duru, que pensó tan poco en Dios antes de morir, suspire hacia Él en su cama de hospital. No es tanto porque el miedo le haga fabricar un idolillo a guisa de refugio lastimoso; es que la muerte le hace romper todos lo ídolos de este mundo, y le impone un cara a cara con el misterio. En sus últimos instantes, Isidore Duru es un místico. El pasante de notario agnóstico se pone de acuerdo con la carmelita que, sin conocerlo, a cien leguas de allí, ya rezaba por él.

[...]

Todos los hombres rezan. Ruegan a sus jefes de empresa, ruegan a sus mujeres o a sus maridos, ruegan en los lugares públicos que no fumemos. Se dan cuenta rápidamente de que ello no es suficiente y, a lo largo de la jornada, en el fluir de sus pensamientos, arrojan al vacío tal o tal deseo, como se arroja una botella al mar. El pequeño Isidore, en su infancia, hablaba con un amigo interior. Lo llamaba Léonard. Le pedía que le ayudara en sus juegos. Más tarde tuvo una navaja suiza. Con esa navaja suiza se sentía muy superior a los otros niños. Se sentía capaz de conseguirlo todo. La navaja suiza tenía un poder que superaba el de sus múltiples hojas, con el sacacorchos y el cortauñas. Se había convertido en un amuleto. A veces, Isidore le hablaba. Cuando se tuvo que examinar para obtener el graduado escolar, fue a la iglesia con su abuela y puso un cirio para san José. Qué decir cuando llagó la hora de aprobar en bachillerato. En cada examen importante, no olvidaba la pluma con la que, un día, había sacado un ocho en matemáticas. Y luego suplicaba a su abuela ya difunta: “Rita, tú que ya estás arriba, haz que pase de cinco, que pase de cinco”. Una tarde, en la notaría, un cliente togolés le dio una gran semilla de calabaza que, puesta bajo la almohada, despertaba la inteligencia; después de un mes, Isidore había podido pensar que la cosa funcionaba, puesto que su inteligencia le hizo comprender que aquello no funcionaba, y dejó de dormir encima. Se compró una estatuilla de Buda. Después de eso, uno puede afirmar con fundamento que no cree en Dios, pero no por eso se aferra menos a las nadas: corbata rosa de la buena suerte, herradura y pata de conejo, mano de Fátima, rayas de la propia mano, madera que se toca rápidamente (¡oh lejano recuerdo de la Cruz!), horóscopo Tauro con ascendente en Virgo, yi-king de la casa de Albin Michel, “fetiches de Oceanía y de Guinea” que son los “Cristos inferiores de las oscuras esperanzas”[2].[3]

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Isidore Duru pudo hacerse el siguiente razonamiento, que es menos un razonamiento que el eco interior de un oscuro instinto: “Puesto que al final tengo que perder mi vida, mejor darla ahora. Puesto que he de esperar de otro mi felicidad, mejor ir por delante de los otros”. Siempre tuvo tendencia a criticar a Madre Teresa, pero debido a una sorda envidia que habitaba la trastienda de su alma: él había querido ser misionero, darse enteramente a los andrajosos de Yakarta. Se acuerda de que, en la granja de sus abuelos, había abierto un hospicio para gatos escuálidos y pájaros heridos; a veces, evidentemente, los gatos se comían a los pájaros, Isidore se lamentaba de ello pero, ¿podía culpar al gato? Presentía que, a pesar del drama carnívoro, allí había un orden admirable. ¿Adónde hubiera podido conducirlo aquello? La escuela pública vino que ni pintada para disipar todos aquellos ensueños y para dirigir su atención hacia la solidez de la aritmética. Enseguida llegó el estudio notarial, el cotejo de las ventas, el hastío.

Afortunadamente, tuvo hijos con Cindy. Lo recuerda. Sólo tuvieron que educar a los dos que habían dejado nacer, a los dos que habían “deseado”. Rápidamente se dieron cuanta de que aun los que se desean pueden ser indeseables: le despiertan a uno por la noche, le fastidian los planes de ir al cine, le obligan a cambiar la ropa de la cama cuando lo que le gustaría a uno ahora es degustar una comida y, finalmente, según lo del complejo de Edipo, le asesinan a uno simbólicamente. Una vez nacidos, la ley ya no permite su infanticidio y, sobre todo, sus rostros tan inermes le obligan a uno a olvidarse de sí mismo y amarlos. Su debilidad es lo bastante fuerte para romper la piedra de nuestros corazones y convertirlo en una fuente. Isidore reencontró de pronto la aspiración de su propia infancia. Gracias a los hijos aprendió la paciencia y la hospitalidad.

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Isidore Duru, [...], en sus últimas horas, experimentó esto: habría perdido menos su tiempo si lo hubiera dado más. Pero, ahora, era demasiado tarde. Entonces llamó a sus hijos en torno a su lecho, a los vivos para que le escucharan, a los muertos para que le ayudaran a hablar. Les pidió perdón. Les confió que también su vida estaba abortada. Que el no era más que un chiquillo, un feto, un embrión de hombre, porque el hombre de verdad, ahora se daba cuenta, es el santo. Pero que él se iba, esperaba, hacia el Padre de las misericordias. Luego llamó a la enfermera para que viniera a vaciar el orinal.

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Todo lo anterior sería muy abstracto si no habláramos del nacimiento. [...] La muerte no existe. Lo que existe es Cindy Duru, nacida Jacqueline Gélineau en La Seyne-sur Mer, y que una mañana de primavera muere en Noisy-le-Sec, en Seine-Saint Denis. Hemos nacido en una familia, en una patria y en una época que no hemos elegido. Corre por nuestras venas la sangre cruzada de dos linajes que se ramifican hasta Matusalén y más allá. Hubo un tiempo indefinido antes de nuestro nacimiento en el que nosotros no existíamos y, sin embargo, por medio de una madeja de contingencias que no se puede desembrollar, ya éramos en potencia. Somos la flor presente de aquellos lejanos suelos, cercana ya a marchitarse dejando a su vez su semilla y alimentando el humus con su desaparición. Toda la historia de los Gélineau, de los Trotobas, de los Legris, de los Dumoulin, y aún más allá de lo que recordamos en el árbol genealógico, hacia las oscuras raíces, hasta Adán y Eva, y aún, tal vez, hasta el protozoario y hasta los primeros átomos, todo ello conducía a ella, a Jacqueline-Cindy, como a su explicación, como a su justificación posible, como a su culminación provisional. Claro está que hubiera bastado una nadería, que la señora Gélineau estornudara con cierta intensidad en el momento de la concepción, que otro cualquiera de los cuatrocientos millones de espermatozoides expulsados por el señor Gélineau en aquel hotel del Lavandou hubiera tomado la delantera o que no cayera la lluvia a las 15 horas 43 minutos de aquel 13 de Julio de 1946 y que Maurice Gélineau no se hubiera topado con Geneviève Totobas en la tienda de comestibles Au Paradis de l’Anchoïade, donde habían encontrado refugio contra el chaparrón, para que Cindy no hubiera venido jamás al mundo. Pero el azar lo quiso así. Y el azar es el nombre de humildad de la Providencia.

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Cindy cree, no obstante, en la reencarnación. Ha leído cosas sorprendentes en una revista, en la peluquería. Bajo el luminoso de Récréa-tifs ha discutido varias veces con su peluquero[4], el tiempo de rematar la permanente. Él, Ferdinand, está persuadido de haber sido una cantante de entreguerras, quizás Lucienne Delyle: cada vez que escucha su voz en “Mi amante de Saint-Jean” sus tijeras se aceleran, el secador se le escapa, y afluyen desde lo más profundo de su memoria imágenes de cabarets y de hombres con monóculo. Cindy, por su parte, conjetura que fue algo así como una princesa rusa en tiempos de Pedro el Grande. Se ve a sí misma con frecuencia atravesando con sus lacayos llanuras nevadas en una troika con cascabeles, y cuando oye el nombre de San Petersburgo, su corazón late más rápido, mientras que cuando oye el nombre de Bures-sur-Yvette permanece totalmente indiferente.[5] Es una lástima que, en general, en nuestros supuestos reencarnados, la poesía no se extienda más allá de dos o tres fantasmas novelescos. Nadie pretende haber sido en su otra vida una cucaracha, un armadillo gigante, un borophyrene apogon, llamado vulgarmente diablo abisal de los fondos del Pacífico, un tuco-tuco, conocido también como rata peine de la Patagonia, un macaco de la India o una salamandra ciega de Tejas. Conozco bien a un desdichado en amores que me explicó cómo había vivido anteriormente como el esposo manco de la mujer sin piernas de un circo sueco; pero yo les desafío a ustedes a que encuentren a alguien que afirme perentoriamente formar una sola persona con el bisabuelo del portero de su casa o, que siendo demócrata, sea la reencarnación de un monárquico de la Vandée, o judío, que haya pertenecido a la Inquisición española, o que, habiendo sido ya un capitalista explotador de las minas del Norte, sea hoy militante de Fuerza Obrera como castigo.

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En la religión hindú, el final del samsara, es decir, del ciclo de los nacimientos y las muertes, es escapar de él, a fin de no volver a conocer el castigo de renacer para sufrir más, con vistas a alcanzar el nirvana, la paz del Ello universal e impasible. Entre nosotros, ese castigo se convierte en una recompensa, y en la posibilidad del bobarysmo burgués de disfrutar de indefinidas prolongaciones. La reencarnación, considerada como un mal en el espiritualismo oriental, se transforma en un bien en el materialismo occidental [...].

[...]

En el alma de Cindy Duru, de soltera Gelinéau, se refracta toda la historia del mundo, todo el combate de la luz con las tinieblas. Nietszche hablaba de “la Historia entera como si fuera vivida y sufrida personalmente”. Eso es lo que hay que jugarse en cada vida: el destino de toda la Historia, de nuevo. El tiempo es la precipitación de todos los tiempos en una persona. Y esa persona, con su vida y con su muerte, está encargada de darle un fin eternamente dichoso o desdichado eternamente. La muerte tiene el insigne poder de conferirle el peso del destino a la vida de apariencia más insignificante.

[...]

Cindy Duru, sin saber demasiado, lleva en ella la impronta de las cruzadas, de la Revolución Francesa, de la separación de la Iglesia y del Estado, de las apariciones de Lourdes y de La Salette, de las guerras de 1870 y de 1914, de la Soah y de la creación del Estado de Israel, de la llegada al poder de François Mitterrand, del día en que abandonó su nombre propio Jaqueline por Cindy, de las familias Gélineau y Trotobas, de los años con Isidore, de su viaje de novios a las Islas Canarias, de su primer aborto, de su segundo hijo y de su cuarta hija, del impuesto sobre la renta del año 2000 del cáncer de Isidore, de todos los acontecimientos de la Historia, desde el más lejano al más próximo, y, ante todo, profundamente, del Acontecimiento de la Historia: la Pascua del Mesías. Ella no es creyente, ella no es historiadora; pero todo eso está en ella, todo eso que hace precisamente que no haya recibido el bautismo al nacer y que viva en la amnesia consumista en lo que se refiere al pasado de su tierra. Porque esa amnesia de la Historia es otro producto más de esa Historia a la que nadie escapa; ese olvido de la fe es una forma más de la relación con la fe en la que todos deben rendir cuentas. Hubiera sido mejor que viviera en la conciencia de esas realidades, pero su inconsciencia es también una realidad terrible que ella lleva en la oscuridad, como su cruz: la terrible cruz de ignorar la Cruz, pero que la Cruz, gracias a Dios, ignora tan poco.

Y aquí la tenemos, en su hora postrera, en la que borbotean todas esas cosas, como un cordero al que acechan los lobos, como un cordero que ha de elegir el mal menor: ser devorado por ellos, y el peor: convertirse a su vez en otro lobo. Está sola. Sus hijos no vienen a verla. Ha pasado un médico que dice que no hay nada que hacer, que en todo caso puede aumentar la morfina. Esa noche el dolor es demasiado fuerte. Siente ganas de matarse. El diligente médico llega, le hace firmar un papel, le inyecta con compasión un líquido mortal. Se hace pagar por adelantado, por supuesto.

Y así se acaba. No se sabe sí, en el último momento, cuando el veneno atenuaba el dolor y le devolvía la lucidez Cindy no se dio cuenta de su desvarío, que es el de tantos otros, y si, arrepentida, comprendiendo que su vida no le pertenecía, no la ofreció a la misericordia del Eterno. Porque, para el eterno, mil años son como un día y un segundo puede contener siglos. Ese último segundo de Cindy, si es un segundo de humildad, rescata años de bajeza. Ese pequeño ojo de aguja deja entonces pasar el camello. Y Cindy Duru, de forma oscura, entra en una gloria infinita.


[1] Albert camus, El mito de Sísisfo, Alianza, Madrid 2008
[2] Guillaume Apollinaire. “Zone”. Alcools.
[3] Podría pensarse, y muchos ateos acusan a los cristianos de ello, que la oración cristiana también es una superstición. Y, desgraciadamente, muchos cristianos les dan la razón. Porque hacen de la oración exactamente eso, una superstición. Sin embargo la oración del cristiano por excelencia, Cristo, no era así. En el momento más terrible de su vida, en Getsemaní, la víspera de su pasión, su oración era: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. El cristiano sabe que su oración será oída y que será atendida. Pero sabe también que no tiene por qué concedérsele lo que pide, sino que el Padre bueno, le dará lo que necesita, que puede ser muy distinto de lo que pide. Y que le dará un consuelo, que es muy diferente de un analgésico. Muchos cristianos han perdido la fe porque esperaban de la oración lo mismo que de la superstición. Pero eso no es culpa del cristianismo ni de la oración cristiana (nota mía).
[4] Al parecer Récréa-tifs es el nombre de la peluquería. El término francés récréatifs significa “recreativos”. La separación con el guión introduce un juego de palabras, ya que tifs se puede traducir por “cabellera” o “pelambrera” y el segmento restante récréa haría referencia a la reencarnación. El peluquero sería pues un instrumento en el proceso de reencarnación de las cabelleras. (N. del T).
[5] El autor contrapone la gran metrópoli rusa de San Petersburgo con el pueblecito francés de Bures-sur-Yvettes, unos kilómetros al sur de París. El caso es que en Bures-sur-Yvettes, está la sede del IHES, el Institut des Hautes Études Scientifiques, la institución más prestigiosa de Francia, dedicada a la investigación en matemáticas y física (N del T del libro).