17 de febrero de 2013

Pedro J. Ramírez y la renuncia de Benedicto XVI


Tomás Alfaro Drake

Esta mañana (por ayer, Domingo), durante el desayuno, hojeando “El Mundo”, periódico al que estoy suscrito, me he encontrado con la carta de su director, Pedro J. Ramírez bajo el título, “La tiara vacía”. Me gustan el diario El Mundo y su director porque representan un tipo de increencia abierta, respetuosa y dialogante. Aunque a menudo haya cosas con las que esté en profundo desacuerdo, creo que ambos son, como define el director a su diario en el artículo de referencia, “laico que respeta activamente las creencias religiosas”. En suma, no creyentes con los que se puede establecer un diálogo inteligente y creativo. Algo que Benedicto XVI ha bautizado como “el atrio de los gentiles”.


Estaba leyendo el artículo con gusto por el tratamiento de daba tanto al Papa como a su decisión de dejar el pontificado. Recordaba un artículo escrito por Padro J. a la muerte de Juan Pablo II que me encantó. Me deleitaba en la frase siguiente: “Benedicto XVI nos lo ha puesto más difícil pues […] ha planteado un desafío intelectual a nuestro relativismo, invitándonos a jugar dos partidas simultáneas y dándonos a elegir entre el tablero de la razón y el de la fe. Nadie honesto consigo mismo podría ser insensible a la inyección de energía positiva que han transmitido sus ideas […]. Si nos convenía tener cerca a Juan Pablo II, no fuera a ser que tuviera razón, con Benedicto XVI te daban ganas de colaborar y compartir proyectos”. Llevado de mi deleite, empecé a leer en voz alta a mi mujer, que se desayunaba conmigo. Pero, justo en ese momento, el artículo empezó a tomar un giro que, respetable, como todas las ideas expuestas con respeto, no era, sin embargo, digno de una persona que debería conocer qué es y qué no es posible reformar dentro de la Iglesia. A partir de ese momento, el artículo de convirtió, más bien, en la representación de una corriente de pensamiento, más gesticulante que reflexiva, que, llevada a sus últimas consecuencias, espera que algún día la Iglesia se “modernice” para aceptar el aborto o la disolubilidad del matrimonio. El discurso de Pedro J. no llegaba hasta ahí, pero tras el párrafo que acabo de citar empezaba otro que decía: “Desde esta óptica, sólo cabría felicitarse por una renuncia que acelerará la reforma de la Iglesia desactivando los frenos de la tradición: una vez que los Papas dimiten será mucho más difícil impedir la ordenación de las mujeres, oponerse al uso de anticonceptivos o mantener la intransigencia ante la homosexualidad. Pero uno también puede pensar que […] tal vez el año próximo alguien proponga que se elija un vicepapa para que sustituya al titular cuando esté de viaje o se encuentre enfermo. Y que al siguiente se planteará la limitación de mandatos al modo de la presidencia de los estados Unidos; y aún nos tocará ver un debate sobre el Estado del Papado en el que la oposición a la curia pida primarias en cada continente y un cónclave abierto con intervenciones televisadas de los candidatos y votación nominal de los electores”.

A medida que leía en voz alta este párrafo, mi voz se iba apagando. Una persona culta, como lo es Pedro J., debe saber que la Iglesia no es, ni puede ser una democracia en la que las cuestiones morales de fondo estén sujetas a la decisión de la mayoría, ni se puede regir como ella. Respeto profundamente la democracia. Pero creo que como toda institución humana, vale para lo que vale y sacarla de su ámbito es un error bastante simplista. Además, tiene serios defectos que la historia se encargará de corregir. Y tal vez uno de ellos sea el triste espectáculo que para los ciudadanos representan los, a menudo bochornosos, debates de verduleras en los que nadie parece interesado en determinar qué es lo bueno para el país, sino el oponerse a lo que dice el contrario, aunque sea lo mismo que el opositor actual defendió hace escasamente unos meses.

Pero, por supuesto, la razón fundamental por las que estas reformas, que tan obvias le parecen a Pedro J., no se llevarán a cabo en la Iglesia es de otra índole. La Iglesia está sometida a una norma superior a ella misma, recibida directamente de la Revelación y de Jesucristo. Y nada puede hacer que vaya contra ella. De la misma manera que ningún ingeniero puede diseñar un motor que contravenga las leyes de la termodinámica, aunque sí diseñar motores cada vez más eficientes dentro de esas leyes, la Iglesia no puede ir contra las verdades reveladas. Hay una casi interminable lista de cosas en las que la Iglesia se ha ido adaptando al mundo, porque no formaban parte de esos “principios de la termodinámica” de Cristo. Y esas adaptaciones han sido buenas. Pero las que sugiere Pedro J. son de las que no podrán ser. Me gustaría analizar a esta luz, en los tableros de la razón y de la fe, de una en una, las reformas que a Pedro J. le parecen tan razonables.

La ordenación de las mujeres: Ignoro completamente las razones por las que Cristo no quiso que las mujeres fuesen ordenadas sacerdotes. Pero el hecho es que no quiso. La institución del sacramento del orden sacerdotal tiene lugar en la última cena, junto con la institución de la Eucaristía. Y en ese momento, sólo estaban doce discípulos. Mateo y Marcos lo dicen explícitamente en sus respectivos Evangelios. Lucas no lo dice explícitamente, pero sí afirma que se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Pero entre los doce que estaban en la última cena, no había mujeres. Si Jesús tenía por aquel entonces un grupo no muy numeroso de discípulos, entre los que había un buen número de mujeres, las probabilidades de que al elegir doce no hubiese ninguna eran despreciables, salvo que lo hiciese así a propósito. Hay quien dice que no las había porque esas eran las costumbres de la época, pero lo cierto es que a la cena pascual judía asistían tanto hombres como mujeres. Pero aunque fuese así, Jesús no se caracterizaba por ser muy respetuoso con las tradiciones judías. Más aún, entre sus discípulos, quizá a la que más quería fuese a María Magdalena. Hasta el punto de no importarle las habladurías a las que esa cercanía pudiese dar lugar. A buen seguro, en una cuestión tan importante para su Iglesia, no se hubiese dejado llevar por criterios de costumbres judías. Máxime cuando la cena era absolutamente privada. No, no hubo mujeres en ella porque, por la razón que fuese, Cristo quiso que no las hubiera al instituir el sacerdocio. ¿Era Cristo un misógino? De ninguna manera. Ni una sola línea en los evangelios hace pensar que lo fuese. ¿Es esto un desprecio para la mujer? Tampoco. El sacerdocio ministerial es un servicio, no un privilegio. Nada hay en el dogma cristiano que diga que las mujeres tienen menos capacidad espiritual que los hombres, ni menos acceso a la santidad, ni nada que se parezca a un desprecio de sexo. Al contrario. La persona más santa del cristianismo es una mujer. María, la madre de Jesucristo. Ni tampoco en la Iglesia primitiva había ningún trato despectivo. Es un hecho que una gran parte de las conversiones se producían por causa –además de por causa sobrenatural– de que la mujer se sentía mejor tratada en el cristianismo que en el judaísmo o, incluso, que en la sociedad romana, cuyo derecho hacía de la mujer un ser de segunda. Así pues, ignoro la razón de esa decisión de Cristo, pero así fue y la Iglesia no puede enmendarle la plana al Maestro.

La Iglesia se opone al uso de anticonceptivos, pero no a la regulación de la natalidad. En la encíclica “Humanae vitae”, Pablo VI ya habla de la paternidad responsable (que no debe confundirse con paternidad egoísta). Otra cosa es que no acepte el uso de anticonceptivos para ello. Y no lo hace porque el tener un hijo, que puede no ser conveniente en un momento dado, no es nunca un mal, sino que, siempre, en cualquier caso, es un bien. Cosa bien distinta que las enfermedades. Las enfermedades son, en sí mismas, un mal y, por tanto, cabe combatirlas con acciones positivas. En cambio, la vida es un bien ajeno. Es un bien para el que la recibe. Y no es lícito, en una moral puramente natural, oponerse con acciones positivas a un bien ajeno. Dicho esto, fuera del mundo opulento, los métodos anticonceptivos utilizados en éste, no suelen ser muy eficaces. En los países pobres, los programas más eficaces y accesibles para la regulación de la natalidad suelen ser los métodos naturales auspiciados por quienes se ocupan de cerca de los más pobres, que deben regular la natalidad por razones obvias. Y los que se ocupan de cerca de los más pobres suelen ser, casi siempre, miembros de esa Iglesia que se opone al uso de anticonceptivos.

La Iglesia no es ni transigente ni intransigente con la homosexualidad. Es un hecho que está ahí y que acepta. Lo que no acepta es que la homosexualidad sea una opción, como ser de un equipo de fútbol u otro, o preferir la carne al pescado. No es eso. La Iglesia considera que la homosexualidad es algún tipo de desajuste de la naturaleza, sin que esto tenga ni la más mínima connotación moral negativa, como no la tiene el ser diabético o tener la malaria, salvo que uno haya puesto todos los medios para contraerla, como hacerse picar por cientos de mosquitos anofeles. De hecho, no hay organización en el mundo que se ocupe más del sufrimiento que ese desajuste crea en los homosexuales. Otras organizaciones niegan por motivos ideológicos este sufrimiento y, en consecuencia, se desentienden de él. Pero es un hecho que en el mundo occidental, el porcentaje de suicidios entre jóvenes homosexuales multiplica por varias veces el que se produce entre jóvenes heterosexuales. Y, en ese terreno, la tolerancia es sólo el disfraz de la indiferencia. La Iglesia en modo alguno considera un pecado la homosexualidad. Sí considera, en cambio, un pecado la práctica del sexo homosexual, como lo hace también con el sexo infiel al matrimonio. ¿Puede la Iglesia aceptar entonces el matrimonio homosexual? No, primero, porque no es natural, como la simple anatomía y fisiología se encargan de mostrar pero, además, porque la Revelación, la ley de la termodinámica que la Iglesia no puede cambiar, se lo impide. Ya desde el Génesis, esta Revelación dice: “Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creo; varón y hembra los creó. […] El Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. Entonces éste exclamó: ‘Ahora sí; esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne […]’. Por esta razón dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.

¿Qué le queda entonces a quien tenga el problema de ser homosexual? Le queda, según la Iglesia, como a cualquier ser humano, luchar con sus limitaciones para alcanzar el fin para el que ha sido creado: la santidad. Cada hombre tiene sus limitaciones, más o menos severas, más o menos duras, para alcanzar este fin. Y la Iglesia les ayuda a todos, sin excepción, homosexuales incluidos, mediante los sacramentos y el amor, a superar sus dificultades, sean las que sean, para alcanzar, tal vez a través de ellas más que a pesar de ellas, la santidad y obtener la máxima felicidad posible en este mundo en esta lucha. Son muchos miles de homosexuales los que han experimentado esto.

Lo que ocurre es que, por razones ideológicas, este razonamiento llena de ira a los activistas de la errónea reivindicación homosexual que propone soluciones que, más que aliviar las duras consecuencias de su condición, las agravan. Ciertamente, en algunos miembros de la Iglesia y en muchos católicos –y no católicos– ha habido auténticas actitudes homófobas. Es un hecho triste y lamentable del que cada uno debe examinarse y pedir perdón por lo que haya podido contribuir a ello. Pero no llamamos homofobia a lo que no lo es.

Lo del vicepapa y la limitación de mandatos es también ignorar los hechos constitutivos de la Iglesia que fundó Jesucristo. Porque el Papa no es alguien que recibe un mandato de una institución humana superior, sino directamente de Cristo. Cierto que lo eligen los cardenales que, según creemos los católicos porque así lo dijo Cristo, actúan bajo la moción del Espíritu Santo. Actuar bajo la moción del Espíritu Santo no coarta la libertad de los cardenales que, como ha ocurrido otras veces en la historia, pueden hacer caso omiso de esa moción. Pero, sea como sea, una vez elegido, el Papa no tiene un mandato de nadie, ni responde ante nadie más que ante Dios y su conciencia. Por eso el Código de Derecho Canónico en el canon 332.2 dice: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”. Esto viene también refrendado por la Revelación. En la llamada confesión de Cesarea, Jesús le dice a Pedro: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Por tanto, nadie puede poner límite temporal a su mandato. Sólo él mismo, libremente y ante su conciencia, como ha hecho Benedicto XVI. Y en cuanto a lo del vicepapa, Cristo no estableció ningún sustituto para caso de viajes y enfermedad y eso que antes, los viajes y las comunicaciones eran infinitamente más lentos y la distancia entre Jerusalén, Roma o Hispania, no era salvable por ningún medio de comunicación en menos de varias semanas. No se me alcanza por qué ahora iba a ser más perentorio que hace veinte siglos.

Sobre la retrasmisión de los debates del Estado del Papado he dicho algo más arriba. Primero, Cristo diseñó una estructura jerárquica para su Iglesia. La democracia es un sistema de gobierno que, aunque mejorable, es el mejor disponible hoy en día para las cuestiones políticas. No es que el juego de los partidos ni su funcionamiento sean perfectos, pero es lo menos malo que tenemos. Pero trasladarla a una institución de ámbito eterno y fundamentalmente espiritual me parece, aunque en sentido contrario, tan inadecuado como trasplantarla a la gestión empresarial. Simplemente, en esos entornos no funciona, porque no se ha desarrollado para funcionar en ellos.

Comprendo que desde una óptica de no creyente, se puedan pedir esas cosas. Cada uno es libre para pedir lo que quiera. Pero una persona culta debe saber algo acerca de lo que es la Iglesia para los católicos. Precisamente por eso, el mismo Pedro J. en su artículo se dice a sí mismo: “Y además, ¿a ti que te importa si no eres miembro de la Iglesia?” Pues eso. A mí, que soy cliente de “El Mundo” me parece muy bien como dirige Pedro J. su periódico y por eso lo compro. Pero ni yo ni la Iglesia nos metemos a decirle como debe dirigirlo. Él es libre de seguir o no los criterios morales de la Iglesia. Es libre de votar a un partido que defienda el matrimonio de los homosexuales. No creo que sea mucho pedir que deje a una institución de la que no es parte ni cliente, que se dirija como quiera y que mantenga el código moral que le parezca, siempre que no pretenda imponerlo por la fuerza. Y, sin duda alguna, Pedro J. Ramírez lo hace así. Naturalmente, es también libre de dar su opinión. Y yo, aunque con infinitamente menos audiencia, de puntualizársela con los mejores razonamientos de que soy capaz, en el tablero de la razón y de la fe. Ese es el atrio de los gentiles del que hablaba Benedicto XVI. Gracias Pedro J. por participar.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia del cristianismo primitivo es apasionante, desde cómo nace en la calle en la indigencia celebrando la Palabra y la Eucarística en las casas, donde todos eran sacerdotes, hasta el surgimiento de los obispos en el s. II, para la unificación de criterios y con mejores dotes organizativas y geográficas.
Después la iglesia perseguida y martirizada; más tarde con Constantino, pasó de las calles a las basílicas, de las catacumbas a los palacios, de la marginación a gozar del mayor estatus en la jerarquía imperial. La Palabra ya no se leía desde la indigencia, sino desde el poder. Se pasó de una iglesia de comunidades a una iglesia institucional. De hecho como reflejo de la tradición romana, además de la similitud en su estructura jerárquica, son también los mismos colores que en la actualidad viste la jerarquía, el rojo de los obispos, la púrpura de los cardenales y el blanco del Papa.
Guiada por el ES y por eso es santa porque administra los sacramentos, me pregunto qué necesidad hay de dotarla de estructuras democráticas, a lo mejor lo que necesita son más oraciones, más ES.
Es interesantísimo lo que escribe J. Ratzinger en "Introduccion al Cristianismo" pgs 281 y ss, sobre el cristianismo en general: "Porque no hemos que disimular que tenemos la tentación de decir que la Iglesia ni es santa ni católica. Estamos tan convencidos del pecado de la Iglesia que si de algo hubiéramos de acusar al Vaticano II es justamente haber sido demasiado suave en este tema. La historia de la Iglesia está tan llena de estas negativas, que comprendemos la tremenda visión de Dante en la que veía como se sentaban en el coche de la Iglesia las prostitutas de Babilonia. …/"
Y sigue: “la estructura episcopal de la Iglesia no forma parte del concepto primario de los elementos de Iglesia, ni constituye en realidad un factor clave para construirla, los elementos fundamentales son más bien otros, el perdón, la comunión eucarística, la pluralidad, la unidad, la lucha junto al pobre..../..que trascienda y una naciones, razas y clases, .../..."pero actualmente es incapaz de esta unión, todavía hoy no se realiza el signo de comunidad de mesa".
Y añade: "Por eso hoy la Iglesia es el mayor obstáculo para creer. Porque solo se ve en ella la lucha por el poder humano, la mezquina comedia de quienes con sus afirmaciones quieren administrar el cristianismo oficial y paralizar el verdadero espíritu del cristianismo".
Me pregunto en este Año de la Fe, para descubrir nuevamente la alegría de creer y anunciar a Cristo en este desierto en que nos encontramos, si es efectivo predicar el Evangelio como hemos hecho muchos de los cristianos a lo largo de varios siglos, desde una posición preeminente y cómoda. Creo que la transformación que requiere un cristiano, la de resucitar en Cristo todos los días, para primero comprender y después anunciar la Palabra, pasa por haber experimentado en nuestras propias carnes alguna vez el rechazo, la marginalidad, el sufrimiento, la mendicidad y lo más importante, el no olvidar nunca esta sensación.
Sólo desde ahí abajo, desde la humildad, como ha hecho BXVI, desde la difícil posición de, al menos, sentirnos fuera del sistema, desde la transformación profunda (“metanoia”, muy acorde con el pasado Evangelio de Cuaresma), seremos capaces de lo que decía antes, de entender el mensaje evangélico en su totalidad, para después poder proclamarle y que con nuestro ejemplo y con la Gracia del ES, puedan muchos volver a convertirse a Cristo.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Querido Juan: Al 99,9% de acuerdo contigo, casi, amén.

Sólo un pequeño comentario. Totalmente de acuerdo contigo con que la pobreza y la indigencia es totalmente necesaria para proclamar humildemente el evangelio. Pero esta pobreza no significa estar fuera de ningún sistema o, mejor dicho, significa estar dentro y fuera a la vez. "... no pertenecen al mundo como tampoco pertenezco yo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno". Este tipo de aparentes contradicciones del Evangelio son las más complicadas. Tenemos que estar en el mundo sin ser parte de él, pero como la levadura está en la masa. Tenemos que amarlo aunque no nos gusten muchas cosas de él. ¡Qué sencillo sería (intelectualmente hablando) ser anatemizadores externos! Por lo menos lo tendríamos claro. Pero no. Tenemos que ser sencillos como palomas y astutos como serpientes, como dice el evangelio. Y esa sencillez, ese estar en el mundo sis ser del mundo, ese riesgo de militar en el mundo, no podemos abordarlo solos. Sólo la gracia nos puede permitir actuar así. Y para mendigar esa gracia es para lo que hay que sentirse pobre e indigente.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Creo, como tu muy bien dices, en lo fundamental con nuestros pequeños matices, siempre estaremos de acuerdo, cosa que me congratula. Abrazos. Juan

Anónimo dijo...

También yo me congratulo.
Un abrazo.

Tomás