14 de abril de 2013

Si Gramsci levantase la cabeza...


Creo que debo empezar estas líneas diciendo algo sobre quién era Gramsci. Antonio Gramsci fue Secretario General del Partido Comunista italiano desde 1926. En ese mismo año, es detenido por el régimen fascista de Mussolini y se pasa en la cárcel sus restantes once años de vida. Efectivamente, es liberado en 1937 y muere al poco tiempo en un hospital regentado por religiosas. El diario “El Mundo”, en su número del 25 de Noviembre del 2008, publica un artículo en el que se hace eco de las declaraciones de un sacerdote de 82 años, Luigi de Magistris, que afirma que Antonio Gramsci recibió los sacramentos antes de morir (No se dice en el artículo cómo lo sabe este sacerdote, que, salvo error de la cita de su edad en “El Mundo”, en 1937 tendría 11 años). Naturalmente, el partido comunista italiano lo niega rotundamente diciendo, simplemente, que no hay documentos que lo prueben. Incorporo el link que lleva al artículo de “El Mundo”.


Pero no es de esto de lo que quiero hablar, que cada uno crea lo que quiera al respecto. Tras tres años en prisión, Gramsci obtiene permiso para escribir. Escribe una larga obra, de más de 2000 páginas, prácticamente imposible de encontrar (dudo hasta de que esté publicada, pero si alguien la conoce, le agradecería la referencia) en la que, entre otras cosas, describe su estrategia política. Hombre de aguda inteligencia, se da cuenta de que las tesis marxistas tradicionales para implantar el comunismo, a saber, la lucha armada y la dictadura del proletariado, no tienen ningún futuro en la civilización occidental. Diseña entonces una estrategia que persigue la destrucción de las bases de la cultura occidental y de la democracia. Se trataría de tomar las riendas, mediante infiltración cultural, no abiertamente, de los medios de comunicación, para desde ahí, minar las raíces y los valores de occidente, en los que radica el capitalismo. Para lograr esta infiltración cultural había que llegar a controlar la educación. Se dio cuenta que para minar esos valores y para hacerse con el control de la educación, tenía delante un obstáculo formidable: la Iglesia católica. Por tanto, la Iglesia se convirtió en uno de sus principales objetivos, en el enemigo número 1, explícitamente reconocido como tal. Se trataba de infiltrarla para, en última instancia, destruirla. Si para lograr esa infiltración en la educación, la Iglesia, los medios, etc., era necesario el uso sistemático de la mentira y el engaño, estos se convertían en medios no sólo lícitos, sino muy recomendables. También era importante, para obtener sus fines, infiltrar cualquier movimiento ciudadano que aspirase a logros que, en principio, pareciesen justos o humanitarios y fuesen vistos con buenos ojos por la ciudadanía, hasta convertir ese movimiento en un instrumento para la estrategia planteada.

Al escribir estas líneas pienso la increíble precisión con la que está ejecutándose la estrategia diseñada por Antonio Gramsci. El comunismo, que en el plano económico ha sido total y absolutamente aplastado por la realidad –y me atrevería decir que en el plano consciente también ha sido barrido de la mente de una gran mayoría de las personas del mundo desarrollado y en vías de estarlo–, sigue vivo en el subconsciente de mucha gente, gracias a esa estrategia. La educación, en su gran parte, abierta o solapadamente, está en manos de la izquierda, la mayoría de los medios de comunicación respiran esas ideas de forma más o menos explícita o consciente, la Iglesia ha sufrido, tras el Concilio Vaticano II un clarísimo intento de infiltración que, afortunadamente, ha fracasado. Pero se ha cambiado la táctica. Sin cambiar la estrategia, se  ha pasado de la táctica de la infiltración a la del desprestigio de la Iglesia. Hace años, cada vez que había una cumbre económica internacional, los profesionales de la agitación se daban cita en la ciudad donde tenía lugar y actuaban con un vandalismo difícilmente exagerable. También aquí ha cambiado de táctica de unos años a esta parte. Ahora se buscan foros menos internacionales y más locales. El movimiento 15M, que al principio podía considerarse como un movimiento de una ciudadanía indignada con la actuación de muchos políticos, se convirtió inmediatamente en un movimiento antisistema. Ciertamente, no con una cara tan violenta como la que se mostraba en las cumbres internacionales, pero sí con una progresión desde una actitud pacífica hacia otra más beligerante, con ocupación sistemática de lugares públicos (ver en este blog mi entrada “Democracias real, ¡ya! del 5 de Junio del 2011). El movimiento antideshaucios o el asunto de las acciones preferentes que, aunque de una forma desenfocada, podrían tener una base humanitaria de protesta, se han visto infiltrados por personas que nunca han sido deshauciadas ni han invertido un solo euro en esas acciones, sino que buscan única y exclusivamente crear un estado de opinión de crispación y de alarma social con fines totalmente antisistema o partidistas. Los escraches a políticos para presionarles por el miedo, en vez de por el método democrático de los votos,  para que legislen según sus intereses, son otro ejemplo. Las asociaciones de víctimas del terrorismo han sufrido cismas por personas que, más que ir contra el terrorismo, parecen perseguir fines políticos o partidistas. Creo que la lista sería interminable, tanto en España como en cualquier país.

Por supuesto, la estrategia gramsciana, para ser inteligente, necesita un punto de apoyo verdadero. Una burda mentira sin el más mínimo apoyo real es difícil que tenga éxito. Cuando se protesta contra el sistema financiero o se vitupera el capitalismo o se vierten juicios nocivos sobre la Iglesia, no cabe duda de que algo hay de cierto en esas protestas y juicios. Indudablemente, el sistema financiero, el capitalismo y la Iglesia, por poner algunos casos, como cualquier otra forma de organización compuesta por hombres, tienen fallos. El sistema financiero ha cometido abusos (en España, por cierto, la inmensa mayoría de ellos han sido cometidos por las cajas de ahorros, de titularidad pública). En el capitalismo se producen comportamientos abusivos que van contra la dignidad humana. Cierta y desgraciadamente en la Iglesia hay intrigas renacentistas y sacerdotes pederastas. El éxito de la estrategia gramsciana estriba en que, usando como punto de apoyo algunos casos reales de abusos del sistema financiero, de comportamientos perversos de algunas empresas o del bochorno de algunas luchas de poder o la vergüenza de algunos sacerdotes pederastas en la Iglesia, se generaliza que todos los bancos son unos ladrones sin escrúpulos, el capitalismo es una doctrina económica salvaje y la Iglesia está formada fundamentalmente por prelados ávidos de poder y pederastas. Y se oculta sistemáticamente la enorme cantidad de personas y empresas que se benefician de obtener y pagar créditos sensatos, el inmenso bienestar económico creado por el capitalismo o el bien causado por cientos de miles de sacerdotes buenos y santos que presentan cada día a Cristo. Y con este punto de apoyo se construye una palanca que, jaleada por los medios, enseñada en colegios y universidades y repetida como papagayos por ciudadanos sin sentido crítico, crea un mundo ficticio, odioso y lamentable que hay de destruir en nombre de no se sabe qué y sin saber para qué. La fuerza que mueve la palanca es la repetición incesante, en forma de eslóganes, de las mentiras y burdas exageraciones sobre todo. Y a esos periodistas que jurarían no ser comunistas –y que no lo son–, a esos profesores universitarios que explican –creyendo en ella– la economía de libre mercado, a esos  millones de ciudadanos que si se les preguntase dirían que el comunismo ha fracasado pero despotrican contra la banca en general, desacreditan el libre mercado y el capitalismo y se avergüenzan de decir que son católicos, el lenguaje gramsciano les llama tontos útiles o compañeros de viaje.

Alguien puede pensar que exagero. Pero no. Y lo sé por propia experiencia. Porque he sido cocinero antes que fraile. He sido tonto útil –muy tonto y muy útil– y compañero de viaje del marxismo. Pero, afortunadamente, perdí parte de mi estupidez y me baje a tiempo del tren que llevaba a ninguna parte. No me avergüenzo ni un ápice de mi pasado. Al contrario, creo que mi estupidez era una forma equivocada de buena voluntad y me siento orgulloso de haberme dado cuenta de mi error a tiempo y de haberme bajado del tren. Por eso es difícil que me engañen y que me oculten la estrategia. Porque la he vivido. En un próximo post contaré este proceso.

Cuando empecé a escribir este artículo pensaba que la conclusión sería: “Si Gramsci levantase la cabeza… se sentiría orgulloso de la que ha montado”. Pero al empezar a escribirlo, buscando algunas fechas concretas de algunas efemérides de la vida de Antonio Gramsci, di con la noticia de “El Mundo” de la que he hablado al principio. Entonces mi idea dio un vuelco. Si, como asegura el título del artículo (y yo ni afirmo ni niego), Gramsci encontró la fe, entonces estará pensando en el disparate que puso en marcha y rezará al Padre eterno para que nos ayude, dándonos fortaleza e inteligencia, a los que estamos todavía en el mundo, para desfacer el entuerto en la medida que podamos. Más aún, aunque las cosas no fueran como dice el P. Luigi de Magistris y Gramsci no hubiese encontrado la fe, estoy seguro de que la fe, en forma de Misericordia Divina, le encontró a él. Por tanto creo que está rezando por nosotros para lo que he dicho hace un momento. Y yo, tal vez ayudado por sus oraciones, me di cuenta del engaño, me tiré del tren y ahora lo cuento –en este blog y donde puedo–, que es todo lo que puedo hacer.

Descanse en paz Antonio Gramsci.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Otra comunista conversa, noticia de este mismo mes de abri, Dolores Ibarruri:
"El Padre Llanos confesó y dio la comunión a la Pasionaria, que murió católica", dice el jesuita y escritor Pedro Miguel Lamet en su reciente libro "Azul y rojo: biografía del jesuita que militó en las dos Españas y eligió el suburbio" (La Esfera).
La Pasionaria dejó escrito: «A ver si convertimos lo que nos resta de vida en un canto de alabanza y acción de gracias al Dios-amor, como ensayo de nuestro eterno quehacer».
Increíble pero cierto, como lo de Gramsci.
Yo también simpaticé comunista también renegué a tiempo, como reniego del otro extremo del péndulo, el capitalismo consumista.
Abrazos
Juan