29 de enero de 2019

Aprendamos a apreciar a España


Hace unos días The Economist Intelligence Unit, una de las plataformas globales líderes en inteligencia de negocios, publicó su Democracy Index 2018, que pretende ofrecer una visión del estado de la democracia mundial mediante el análisis comparativo de 165 países soberanos y dos territorios. El índice se basa en cinco categorías: proceso electoral y pluralismo político; libertades civiles; funcionamiento del gobierno; participación política, y cultura política.
Cada una de dichas categorías se compone de 60 indicadores, y a partir de ellos, los estados se clasifican como “democracia plena”, “democracia imperfecta”, “régimen híbrido” y “régimen autoritario”. Como es habitual, la publicación del índice ha originado las consabidas polémicas entre los que perciben que el país considerado debería estar más arriba o más abajo en ranking, o que la clasificación ignora importantes dimensiones socioeconómicas.
En cualquier caso, estos son los 50 primeros países del Democracy Index 2018, de los cuales a los 20 primeros se les considera democracias plenas:
España, un año más, figura en la lista de las democracias plenas, repitiendo la puntuación conseguida en 2017 (8,08), situándose en el número 19 de la clasificación. La nota media de nuestro país en los últimos 11 años es de 8,16, lo cual constituye un legítimo motivo de orgullo, pero a la vez debe ser un acicate para mejorar en aquellos aspectos que nos impiden progresar.
La publicación del ranking también ha supuesto un varapalo para quienes pretenden desacreditar la democracia española basándose en supuestas derivas totalitaristas, comportamientos represivos y recortes brutales de los derechos y libertades civiles. No hace falta citarlos expresamente, ya que son sobradamente conocidos por todos ustedes. Este artículo está especialmente dedicado a ellos.

Nada es casual

A los lectores sinceramente escépticos y descreídos de estas clasificaciones, cabe recordarles que el Democracy Index no es el único ranking global que se publica cada año. Los hay de muy diversa naturaleza; los más importantes resultan serios y completos, se sustentan en un ingente trabajo de investigación y están avalados por sólidas instituciones y think tanks internacionales. Además, son públicos, suelen venir acompañados de informes detallados y su metodología se halla disponible para quien quiera profundizar o criticar. Aprovechando estas características, en la entrada de hoy utilizaré algunos de esos indicadores para ponderar la clasificación de democracias que acabamos de compartir.
No es un ejercicio nuevo en Sintetia; ya hicimos algo similar en 2014 y en 2016 con el Índice de Libertad Económica elaborado por la Fundación Heritage, uno de los referentes del liberalismo global. Aquel sencillo divertimento analítico, destinado a la reflexión y al intercambio, vino a confirmar de manera no académica lo que la intuición nos venía advirtiendo:  
la verdadera libertad económica es aquella en la que no sólo las transacciones económicas están libres de trabas y aseguradas jurídicamente, sino donde el resto de las libertades civiles disfrutan de un elevado grado de madurez en su ejercicio, materializándose todo ello en una ciudadanía próspera, longeva, saludable y bien educada.
El top 25 del índice ponderado de libertad económica quedó entonces como sigue:
Antes de realizar un ejercicio de ponderación similar con el Democracy Index, de nuevo la intuición me sugiere que figurar en el ranking de las mejores democracias globales no es casual, y que dicha alta valoración debe venir acompañada necesariamente de buenas calificaciones en otras dimensiones políticas, sociales y económicas. Comprobémoslo.

Construyendo el índice.

El ejercicio efectuado es simple e, insisto, nada académico, aunque suficiente para el objetivo pretendido. Me propongo contrastar los 50 primeros países del Democracy Index con el Índice de Desarrollo Humano de la ONU y otros ocho indicadores adicionales en su edición de 2018 (2017 en el caso del índice de corrupción).
Se construye así un sencillo índice sintético constituido por la suma de los 10 respectivos rankings de cada nación en las dimensiones consideradas, ordenando después los países de menor a mayor puntuación promedio (cuanto menor, mejor).
Los rankings incluidos en este artículo han sido los siguientes:
§ El Índice de Desarrollo Humano de la ONU, toda una referencia global en su área.
§ El índice Freedom of the Word de Freedom House, que sirve de excelente contraste con el Democracy Index, al centrarse en los derechos políticos y libertades civiles de los países analizados.
§ El World Press Freedom Index de Reporteros Sin Fronteras, que estudia un pilar tan esencial en cualquier democracia como es la libertad de prensa.
§ El Global Peace Index del Institute for Economics and Peace, que clasifica a los países según tres dimensiones: la seguridad interna y protección de la sociedad; su nivel de conflictos interiores y exteriores, y su grado de militarización.
§ El mencionado Índice de Libertad Económica de Heritage.
§ El Índice de Compromiso en Reducción de la Desigualdad, una muy interesante comparativa de Oxfam que pretende reflejar el esfuerzo de cada país en aquellos elementos considerados clave para la lucha contra la desigualdad.
§ El Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, que profundiza en los indicadores fundamentales que determinan el crecimiento y la productividad de una nación en el siglo XXI.
§ Finalmente, el Índice Doing Business, la publicación insignia del Grupo Banco Mundial, que analiza indicadores cuantitativos sobre las regulaciones empresariales y la protección de los derechos de propiedad privada que son comparables en 190 economías, en el convencimiento de que la salud y dinamismo del tejido empresarial son pilares para la prosperidad de cualquier democracia avanzada.
Se han elegido aquellos indicadores disponibles que pudieran complementar adecuadamente al Democracy Index. Podrían haberse incluido otros, pero o bien en ellos no figuraban todos los 50 países del índice principal, o no estaban convenientemente actualizados. Soy consciente de que algunos de los rankings son a su vez compuestos y pueden contemplar algunas dimensiones ya analizadas en otros indicadores. Al igual que en 2014 y en 2016, he renunciado también a ponderar los diferentes elementos, con el fin de no introducir más subjetividad que la de la propia elección de ranking. Dicho esto, y salvo error u omisión en el tratamiento de los datos por mi parte, la clasificación completa con el resultado ponderado de las 48 primeras democracias en 2018 pueden consultarlo haciendo clic en este enlace (no están incluidos ni Taiwan ni Surinam por falta de datos). Les animo a curiosear.
La tabla resumida es la siguiente. En ambas columnas pueden comparar la posición obtenida por las “democracias plenas” (azul oscuro) en el ranking ponderado Sintetia 2018 (democracia, libertad y prosperidad económica) con su posición correspondiente en el Democracy Index. El resultado habla por sí mismo.

Sin sorpresas

La clasificación anterior corrobora lo apuntado en ediciones anteriores de este Índice Sintetia y lo que el mero sentido común nos venía anunciando: los 50 países mejor clasificados en el ranking 2018 de democracias de la Economist Intelligence Unit siguen siendo, sin variaciones significativas, los mejor situados dentro del top 50 mundial una vez hemos ponderado el ranking con los nueve indicadores adicionales. Estoy seguro de que, si añadiéramos nuevas dimensiones, los resultados tampoco serían muy diferentes.
Dicho de otra forma, muy raramente (diría que nunca) podremos calificar a una democracia como avanzada sin que presente niveles satisfactorios y homogéneos de desarrollo humano, libertades civiles, libertad económica, seguridad, solidaridad, corrupción, competitividad y prosperidad económica. Se trata de un todo virtuoso que se realimenta positivamente y que deberíamos cuidar como un frágil tesoro.
Con respecto a España, podemos comprobar como su lugar en ambos índices apenas sufre cambios, lo que nos habla de la fortaleza de su posición internacional y desmonta el argumentario apocalíptico de aquellos que pretenden desprestigiarnos con argumentos falaces. Mentirosos aparte, y tal como escribimos en 2016,
los españoles tendemos a ser derrotistas y a fustigarnos en extremo. Lo hacemos además con mucho dramatismo, sin darnos cuenta de que nuestro país resiste con robustez comparaciones globales en muy diversas áreas. También solemos pasar del derrotismo al triunfalismo con demasiada facilidad.
Por ello, no cabe conformarse con nuestra posición actual, cuyo análisis desapasionado nos revela diversas áreas de mejora sobre las que debemos ponernos a trabajar sin dilación. En palabras de Harry Stack Sullivan, psiquiatra y psicoanalista estadounidense, “la autocomplacencia es el narcótico de los hombres débiles”. Tal reflexión sirve tanto para el individuo como para el país en su conjunto. No lo olvidemos.

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