24 de mayo de 2019

Aritmética, democracia y Constitución


Una de las premisas básicas de la democracia es que los votos de todos los ciudadanos deben valer lo mismo. Pues bien, eso no pasa en España. En Soria, de promedio, por cada 24.039 votos se puede conseguir que un candidato ocupe un escaño[1]. En cambio, en Madrid, para conseguir que un candidato ocupe un escaño hacen falta, en promedio, 98.395 votos. Es decir, el voto de un ciudadano de Madrid vale cuatro veces menos que el de uno de Soria. Por si eso fuera poco, en las últimas elecciones generales ha habido nada menos que 1.547.858 votos, repartidos entre muchas provincias, que no han servido para conseguir ni un solo escaño. Es decir, tirados a la basura. El voto de esos ciudadanos ha sido inútil. ¿Parece escandaloso? ¡Sí! Al menos a mí me lo parece. Pero quien quiera saber un poco más, puede echar un vistazo a la tabla que aparece en el anexo a estas líneas. Son datos obtenidos de lo que en realidad ha pasado en estas últimas elecciones. Ni una sola especulación. Pura realidad. ¿Por qué ocurre eso?


La constitución española, en su Título III, Capítulo 1º especifica:

Artículo 68.

1. El Congreso se compone de un mínimo de 300 y un máximo de 400 Diputados, elegidos por sufragio universal, libre, igual, directo y secreto, en los términos que establezca la ley.
2. La circunscripción electoral es la provincia. Las poblaciones de Ceuta y Melilla estarán representadas cada una de ellas por un Diputado. La ley distribuirá el número total de Diputados, asignando una representación mínima inicial a cada circunscripción y distribuyendo los demás en proporción a la población.
3. La elección se verificará en cada circunscripción atendiendo a criterios de representación proporcional.

Obedeciendo al punto 1, el Congreso se configuró con 350 diputados. Al ir a distribuir esos 350 escaños entre las provincias, se vio que, si se hacía proporcionalmente al número de habitantes, a las provincias más pequeñas no les correspondería ni un solo escaño. Por tanto, se tomó la decisión de dar a las provincias más pequeñas más escaños de los que les corresponderían por su número de habitantes, a costa de que las provincias con más habitantes tuviesen menos escaños de los que tendrían que tener. De ahí que, como puede verse en la columna “Coste de votos por escaño” del cuadro de más abajo, un escaño en Soria “cueste”, como se ha dicho, 24.039 votos mientras que uno en Madrid “cueste” 98.395 votos. Y, si se ve la lista se puede comprobar que hay una correlación bastante aproximada entre la población de una provincia y el “coste” de un escaño en votos. Es decir, cuantos más habitantes tenga la provincia en la que vivimos, más ciudadanos de segunda somos. Pero, aún así, en provincias con pocos escaños (y no con tan pocos), al aplicar cualquier regla de proporcionalidad que se aplique, hay partidos que no llegan a tener suficientes votos para comprar ni un solo escaños. Es decir, sus votos se los traga la tierra. O sea, que si nos fijamos en VOX, por tomar el partido que tiene más votos inútiles en más provincias, veremos que hay 34 provincias en las que sus votantes han empleado en total 685.022 votos sin el más mínimo resultado. Por su parte, los votantes del PSOE sólo han perdido en Melilla la exigua cantidad de 7.005 votos. El PP ha perdido 147.346 votos en 7 provincias, C’s ha perdido 164.733 votos en 11 provincias, mientras que Podemos ha perdido 542.752 votos en 27 provincias. En total, se han “desperdiciado” los votos de 1.547.858 ciudadanos, que son, ni más ni menos que el 5,9% de los votantes. El escaño más caro en estas elecciones ha resultado ser el del PP en Barcelona, que le ha costado 155.504 votos. Y el más barato ha sido también para el PP. Su escaño en Melilla le ha costado sólo 8.082 votos. O sea que el escaño más caro ha salido casi veinte veces más caro que el más barato.

Visto en conjunto, para toda España, el coste por escaño de los principales partidos que han conseguido representación en el Congreso es:

PSOE:                                         60.819 votos/escaño
PP (Junto con N+):                     65.635 votos/escaño
C’s:                                             72.572 votos/escaño
Podemos:                                    88.879 votos/escaño
VOX:                                        111.549 votos/escaño
ERC:                                           67.690 votos/escaño
JxCat:                                          71.091 votos/escaño
PNV:                                           65.771 votos/escaño
Bildu (Incluyendo Navarra):       64.710 votos/escaño

O sea, cada escaño le ha salido a VOX 1,83 veces más caro que al PSOE.

Y, ¿por qué este desaguisado? Ignoro cómo sería en 1978, pero a día de hoy, si cada provincia tuviese los escaños que le correspondiesen en proporción a sus habitantes, a Ceuta y Melilla les corresponderían 0,63 escaños, a Soria 0,67 escaños y habría otras cinco provincias que les correspondería menos de 1,5 escaños. O sea que si se redondease al número entero más próximo, 6 provincias más Ceuta y Melilla tendrían sólo un escaño. ¿Qué desaguisado es mejor, éste o el de que haya millones de ciudadanos de segunda y de votos inútiles? Yo creo que esto último es un disparate sin sentido. Y, por si fuera poco, vulnera el artículo 68.1 de la Constitución que dice:

“El Congreso se compone de un mínimo de 300 y un máximo de 400 Diputados, elegidos por sufragio universal, libre, igual, directo y secreto, en los términos que establezca la ley”.

Y, ¿tiene arreglo este sinsentido? Sin modificar el punto 2 del artículo de la Constitución antes citado, imposible. Pero se podría arreglar sin ningún problema si se modificase la Constitución en ese punto fijando a todo el territorio español como circunscripción única. Entonces, en las últimas elecciones, el voto de todo ciudadano hubiese valido lo mismo. Un escaño hubiese valido para todos 75.318 votos y no se hubiese desperdiciado ningún voto de ningún ciudadano.

La Constitución tiene dos mecanismos de modificación, uno “duro” y otro “blando”. El duro está reservado para las cuestiones medulares de la misma[2]. Pero para decidir modificar la definición de circunscripción basta con el “blando”. El “blando” requiere que la modificación sea apoyada por 3/5 del Congreso (210 diputados) y del Senado (160 senadores) y, posteriormente, si lo pidiese más de un 10% de los representantes de cualquiera de las dos cámaras, un referéndum para su aprobación. Así se han llevado a cabo dos modificaciones de la Constitución desde 1978, sin que en ninguna de las dos haya sido necesario el referéndum. La primera para la entrada de España en la Unión Europea y la segunda para la estabilidad presupuestaria. Y, ¿por qué no se ha llevado a cabo una modificación del Artículo 68.2 de la Constitución, citado más arriba, en el sentido que estamos señalando aquí[3]? Bueno, nunca en la historia de esta Constitución ha habido un partido que tuviera la posibilidad de llevar a cabo esta reforma sólo y aunque en casi todas ellas –excepto en la legislatura fantasma, la que no llegó a formar gobierno, y en la actual– hubiese bastado que se pusiesen de acuerdo el PP (o UCD en su momento) y el PSOE. Pero los intereses partidistas jamás permitieron que una cosa así se produjese. En la legislación actual podría hacerse con un acuerdo tripartito en el que PSOE y PP serían necesarios y tendría que unirse, además, o C’s o Podemos para hacerlo posible. Y, la verdad, me parece muy poco probable que algo así pueda ocurrir. Máxime teniendo en cuenta que contaría con la furibunda oposición de ERC, JxCat, PNV y Bildu ya que a estos partidos cada escaño les ha costado respectivamente 67.690, 71.091, 65.771 y 64.710 respectivamente, mientras que con la circunscripción única les costaría, como a todos, 75.318 votos y, naturalmente, se opondrían como gato panza arriba a devaluar sus votos. Y dado que su apoyo en el Congreso es clave para que el PSOE pueda gobernar, es más que dudoso que este partido apoye una modificación así. Así que madrileños, barceloneses, valencianos, sevillanos y otros ciudadanos de provincias grandes[4], así como los votantes a determinados partidos en según qué provincias, nos tendremos que seguir resignando a ser ciudadanos de segunda. Lo que no estaría de más es que el Centro-Derecha votase estratégicamente, para lo que ya propuse un método en un envío anterior (véase el post del 10 de Mayo de 2019 con el título de “Cómo conseguir (tal vez) batir a la izquierda en el futuro sin limitar las opciones de los votantes de Centro-Derecha”).

Pero ya puestos a soñar, no me resisto a poner aquí cuál sería el sistema electoral que más me gustaría a mí. Sería un sistema con circunscripción unipersonal y elección por mayoría a dos vueltas. No es ninguna utopía. Es el sistema que hay en el Reino Unido o en Francia. Entre otras muchas ventajas, este sistema acabaría con el sistema de listas cerradas que, en la práctica, hace inevitable la disciplina de voto y con ella, la partitocracia que es, creo, una de las mayores lacras de la democracia. Para ello, bastaría también con una reforma constitucional por el método “blando”, cambiando los artículos 68.2 y 68.3[5]. Pero claro, pretender que los partidos acaben con la partitocracia es como pedirle peras al olmo.


Anexo: Votos inútiles y valor del voto
Votos perdidos
Coste de votos por escaño

       de
PSOE
PP
C's
VOX
UP
TOT Izq
TOT CD
TOTAL
Votos/Esc
Valor
de cada
voto en
En  
n veces
menos
Soria
8.475
4.848
4.459
4.459
13.323
17.782
24.039
1,00
Teruel
8.305
8.236
8.236
8.305
16.541
25.313
1,05
Melilla
7.005
4.352
5.697
1.290
8.295
10.049
18.344
26.426
1,10
Segovia
11.429
8.879
8.879
11.429
20.308
29.830
1,24
Ávila
14.586
7.666
7.666
14.586
22.252
33.167
1,38
Palencia
12.370
9.705
9.705
12.370
22.075
34.371
1,43
Zamora
12.809
9.115
9.115
12.809
21.924
35.806
1,49
Ceuta
8.123
4.530
9.079
1.822
1.822
21.732
23.554
37.320
1,55
Cuenca
16.441
12.734
9.439
9.439
29.175
38.614
39.055
1,62
Huesca
13.309
17.004
17.004
13.309
30.313
40.305
1,68
Álava
24.304
7.039
5.587
0
36.930
36.930
43.189
1,80
La Rioja
16.156
2.607
2.607
16.156
18.763
43.560
1,81
Orense
20.470
9.708
20.127
20.127
30.178
50.305
44.761
1,86
Lugo
17.654
11.386
20.127
20.127
29.040
49.167
45.466
1,89
Guadalajara
23.454
17.453
17.453
23.454
40.907
46.209
1,92
Huelva
33.904
0
33.904
33.904
51.064
2,12
Salamanca
26.765
16.465
16.465
26.765
43.230
51.606
2,15
Burgos
24.267
27.262
27.262
24.267
51.529
53.132
2,21
Almería
53.185
2,21
Lérida
11.103
19.022
5.981
18.603
18.603
36.106
54.709
53.475
2,22
Las Palmas
38.091
0
38.091
38.091
56.895
2,37
Albacete
33.891
24.730
24.730
33.891
58.621
57.211
2,38
Castellón
37.483
0
37.483
37.483
57.519
2,39
Ciudad Real
26.830
26.830
0
26.830
57.548
2,39
Baleares
58.042
2,41
Gerona
12.319
33.826
10.668
36.910
36.910
56.813
93.723
59.644
2,48
Cáceres
25.813
24.128
24.128
25.813
49.941
60.496
2,52
Toledo
41.777
41.777
0
41.777
64.725
2,69
Valladolid
38.993
38.993
0
38.993
65.455
2,72
Tarragona
21.283
20.032
0
41.315
41.315
66.351
2,76
Badajoz
38.094
38.094
0
38.094
66.396
2,76
Guipuzcoa
20.613
11.723
6.683
0
39.019
39.019
66.971
2,79
Cantabria
39.945
36.555
36.555
39.945
76.500
70.134
2,92
León
33.449
34.794
34.794
33.449
68.243
70.457
2,93
Cádiz
70.798
2,95
Tenerife
31.307
0
31.307
31.307
71.109
2,96
Navarra
17.660
0
17.660
17.660
71.167
2,96
Alicante
71.389
2,97
Málaga
71.410
2,97
Granada
72.552
3,02
Pontevedra
27.028
0
27.028
27.028
73.996
3,08
Murcia
74.238
3,09
La Coruña
37.950
37.950
37.950
75.275
3,13
Jaén
46.856
40.682
40.682
46.856
87.538
75.411
3,14
Córdoba
76.312
3,17
Zaragoza
76.375
3,18
Vizcaya
49.601
21.201
15.792
0
86.594
86.594
83.849
3,49
Asturias
85.601
3,56
Sevilla
90.030
3,75
Barcelona
91.937
3,82
Valencia
93.814
3,90
Madrid
98.395
4,09
TOTAL
7 M
147 M
165 M
685 M
543 M
551 M
997 M
1.548 M
75.318



[1] Todos los datos que se den sobre el coste en votos por escaño están influidos por la abstención. Tomemos dos provincias A y B ambas con el mismo número de votantes potenciales y con el mismo número de escaños. Si en A la abstención es más alta que en B, A tendrá menos votantes reales que B y, por tanto, con menos votos “compraría” los mismos escaños. Es decir, en A, por tener más abstención el valor del voto sería mayor. En un caso extremo, si en Madrid, todos se abstuvieran menos yo, un único voto, el mío, “compraría” los 37 escaños de la provincia.
[2] El mecanismo duro de modificación supone que una modificación deba ser aprobada por 2/3 de cada una de las Cámaras, disolución de las mismas, nuevas elecciones y nueva aprobación por 2/3 de cada Cámara en las nuevas Cortes Generales. Y tras todo esto, referéndum obligatorio en toda España. Es aplicable a una revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Título preliminar, al Capítulo segundo, Sección primera del Título I, o al Título II.
[3] Bastaría con que dijera: “2. La circunscripción electoral es única para toda España y abarca todo el territorio nacional”.
[4] Concretamente, los votos de los habitantes de las provincias de Granada, Pontevedra, Murcia, La Coruña, Jaén, Córdoba, Zaragoza, Vizcaya, Asturias, Sevilla, Barcelona, Valencia y Madrid, valdrían menos de la tercera parte del valor del voto de los habitantes de Soria. Las provincias citadas concentran más de la mitad de la población española.
[5] Podría quedar:
“2. Habrá tantas circunscripciones como escaños en el Congreso de los Diputados. Por tanto, cada circunscripción será unipersonal. La ley fijará cada circunscripción de forma que el número de votantes potenciales de cada una sea similar.
3. La elección se verificará en cada circunscripción atendiendo al criterio mayoritario a dos vueltas. Si un partido obtiene más del 50% de los votos en una circunscripción, su candidato será elegido sin necesidad de una segunda vuelta. En el caso de que ningún partido alcanzase el 50% de los votos, se celebrará, en un plazo definido por ley, una segunda vuelta en la que concurrirán únicamente los candidatos de los dos partidos más votados, resultando elegido el más votado”.


17 de mayo de 2019

¿Tenemos alma los liberales?


El pasado Jueves 21 de Marzo leí en “El Mundo”, en la siempre interesante sección “Tribuna”, un artículo de Andrés Betancor, Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Pompeu Fabra. Pongo a continuación un link al mismo para el que quiera ir a las fuentes.


Me llamó la a tención su título, una pregunta dura: “¿Tienen corazón los liberales?” El título ya revela dos cosas: 1ª Que el autor no es liberal y, 2ª, que el autor no tiene mucha estima por los liberales, porque la pregunta es una pregunta retórica que lleva la respuesta implícita. No, los liberales no tienen corazón. Como me considero liberal, lo leí y encontré en él curiosos desenfoques. De ahí que me haya lanzado a escribir estas líneas poniéndoles un título que, primero, parafrasea y agrava la pregunta del autor, segundo, me incluye a mí y, tercero, no está formulado de forma retórica sino reivindicativa: “¿Tenemos alma los liberales?”

Lo más chocante del artículo es una digresión situada en el centro del mismo, como metida allí con calzador. En ella, el autor se declara en contra de una ley que “modifica la legislación electoral a los efectos de permitir a los partidos políticos, en el marco de sus actividades electorales, ‘la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas’” (art. 58 bis Ley orgánica 5/1985, añadido por la Ley orgánica 3/2018). Y, curiosamente, parece concluir de ese circunloquio que a los liberales no nos importa la protección de la libertad del individuo frente a tal desafuero. Por supuesto que nos importa y por supuesto que nos parece una aberración. Si algo ha caracterizado el pensamiento liberal desde sus inicios, es su intento de limitar el poder del estado evitando que interfiera, limite o, incluso, anule, la libertad individual más allá de unas pocas leyes de convivencia justas e iguales para todos. Sorprende, por tanto, que se lance esta piedra sobre el tejado de los liberales. Volveré sobre este tema al final de estas páginas. Pero, dejando aparte esta extraña digresión, el resto del artículo, antes y después de esa pieza central, también presenta curiosos desenfoques.

El primero se refiere a la figura de Adam Smith. Cuando los no liberales hablan de Adam Smith lo hacen con dos desenfoques importantes. El primero es considerar a este economista como el santón, intocable e inmensamente venerado, de los liberales. El segundo es presentar a Smith como una persona que evolucionó desde ser un hombre con sanos principios morales hasta llegar a ser un pequeño monstruo que únicamente elogia el egoísmo. Y sería este supuesto segundo Adam Smith el venerado por los liberales y el padre de la famosa y “culpable” mano invisible. Voy a intentar enfocar ambas imágenes.

La primera: Los liberales vemos a Adam Smith como un ancestro lejano, venerable, digno de respeto, pero muy superado por el pensamiento liberal actual. De hecho, el pensamiento liberal de Smith nació ya superado por los primeros liberales conocidos de la historia y muy anteriores a él: Los componentes de la Escuela de Salamanca de la escolástica tardía. Me explico. Smith jamás fue capaz de resolver el problema del precio y del valor. Se quedó en un estadio contradictorio en el que reivindicaba el valor sustancial de los bienes frente a su precio. Los bienes deberían acabar tendiendo a su valor sustancial. Si su precio no coincidía con aquél, era debido a cuestiones espurias, llamadas a desaparecer y a hacer que el precio se ajustase a ese valor sustancial. Jamás dejó muy claro Smith cuál era y cómo se determinaba ese valor sustancial de los bienes. De hecho, esa ambigüedad dejó juego a Karl Marx para llegar a formular la teoría de la plusvalía, según la cual, el valor sustancial de las cosas era el valor del trabajo acumulado en ellas. La diferencia entre el precio de ese bien y ese valor sustancial era lo que Marx llamaba plusvalía, y consideraba a ésta como un simple y llano latrocinio del sucio capitalista. Porque, naturalmente, para Marx, el capital no tenía el más mínimo derecho a ser retribuido. La estupidez de semejante teoría de la plusvalía es tan evidente que me da casi vergüenza dedicar unas líneas a mostrarla. Pero a veces no le queda a uno más remedio que dedicar unas líneas para desmontar estupideces patentes. Vayamos primero con el valor sustancial del trabajo acumulado. Para Marx, si para hacer, digamos, un coche de caballos, se incurría en ineficiencias que hiciesen que hubiese que pagar por el trabajo acumulado cantidades extraordinarias, ese era el valor sustancial de ese bien. Daba igual si estaba bien o mal hecho, si era más sólido o más frágil, si era bonito o espantoso, si ofrecía mucha o poca resistencia al esfuerzo de los caballos, etc. El valor sustancial de ese coche de caballos era el del trabajo acumulado en él. Por supuesto, no decía ni una sola palabra sobre el valor sustancial de los salarios que había que pagar a los que trabajaban. Esa pescadilla que se muerde la cola fue sistemáticamente ignorada por Marx. Pero, además, ¿quién ha dicho que el capital no merece retribución? ¿Por qué no? Habría que preguntar a quien eso diga si él, o alguien a quien él conozca, pondría su dinero para producir unos bienes sin recibir por ello nada a cambio. Seguro que ni Marx ni nadie en su sano juicio lo haría. Porque nadie pone dinero sin esperar de ello una rentabilidad. Y esa rentabilidad, en una economía libre de mercado, está en proporción al ingenio de quien pone el dinero o de quien lo administra. Porque, precisamente, si hace unos bienes tan apetecibles por los que la gente, libremente, paga más que lo que ha costado producirlos, esa plusvalía será la retribución a su dinero. Por el contrario, si hace bienes por los que nadie pagaría libremente lo que ha costado producirlos, ese capitalista pierde su dinero. Esto es lo que hace justa y válida la retribución del capital. Retribución sujeta a riesgo y, por tanto, variable en función del ingenio de aquél a quien se le ocurre hacer un bien apetecible y hacerlo bien y barato. Por supuesto, para hacerlo barato, podrá intentar pagar poco a quienes trabajan. Esto llevaba a Marx –y a otros muchos más, entre otros a David Ricardo, otro padre putativo del liberalismo, no tan respetado como Smith– a pronosticar un panorama apocalíptico en el que los salarios reflejarían exactamente el mínimo de subsistencia vital del trabajador. Pero si hay mucha gente que quiere contratarlos, el mercado hará que salario de estas personas suba. No hay que ser un lince para ver que eso es exactamente lo que ha pasado con los vaticinios catastrofistas de todos los agoreros, David Ricardo incluido. Si me he extendido hablando de Marx es para decir que el pensamiento de éste, debe mucho a Smith y, por lo tanto, los liberales, aún reconociendo mucho valor al pensamiento de éste, no lo consideramos como al oráculo de Delfos del liberalismo. Los autores de la escuela de Salamanca, en cambio, dejaron muy claro, más de un siglo antes de que naciera Smith, que no existía nada que pudiese considerarse como valor sustancial de un bien y que el libre acuerdo entre las partes que lo compraban y vendían era el precio justo del mismo. No hablaban aún de la oferta y la demanda, porque esa terminología no se había inventado todavía, pero, aún sin nombrarlas, estaban implícitas en su pensamiento. Tal vez la proscripción en Inglaterra y sus dominios del pensamiento y los escritos católicos, hizo que el pensamiento de la Escuela de Salamanca cayera en el olvido. Pero de no haber sido así, Smith hubiera estado mucho más acertado en sus teorías sobre el valor y el precio y, sin duda, el mundo sería distinto. Quién sabe si ni siquiera se hubiera formulado la estúpida teoría de la plusvalía de Karl Marx. Pero la historia es la que es. Queden, no obstante, aquí estas reflexiones sobre nuestro ancestro, respetado, pero no deificado, Adam Smith.

Voy ahora a la segunda imagen desenfocada en el artículo de Betancor. Para los no liberales que nos ven a los que lo somos con cierta sospecha, hay dos Smiths: el bueno y el malo. El bueno sería el que escribió en 1759 la “Teoría de los sentimientos morales”. El malo sería el que escribió, 17 años más tarde, en 1776, “La riqueza de las naciones”. Según estas personas, en este lapso de tiempo Smith se convirtió de un probo ciudadano en un desalmado. El Profesor Betancor es, sin duda, una de estas personas. Para corroborarlo, cito textualmente dos párrafos de su artículo (que, como he dicho, puede leerse íntegro en el link de más arriba)

“Adam Smith, uno de los padres del liberalismo, es recordado por una frase, recogida en su libro ‘Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones’ (1776), que dice lo siguiente: ‘Al perseguir su propio interés [el individuo] frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentarse fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo’. Utiliza la célebre metáfora de la ‘mano invisible’; la que une la persecución del interés propio con el de la sociedad. Es la máxima exaltación del egoísmo: sirve a tu interés, ya que el de los demás se verá satisfecho como la consecuencia natural de aquel.

Sin embargo, con anterioridad, su libro La teoría de los sentimientos morales (1759) comenzaba con la siguiente afirmación: ‘Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla’. Y extrae la siguiente consecuencia: ‘Quien no está dispuesto a respetar las leyes y a obedecer al magistrado no es un ciudadano, y quien no aspira a promover, por todos los medios a su alcance, el bienestar del conjunto de sus compatriotas no es ciertamente un buen ciudadano’”. (Las negritas son del artículo original).

Lo que pasa por alto el autor del artículo es que el Smith de 1759, el de la “Teoría de los sentimientos morales”, escribía en esa obra:

“Los hombres de negocios están guiados por una mano invisible […] y de esta manera, sin buscarlo, sin saberlo, sirven al interés de la sociedad”.

Y que, por otra parte, el Smith de 1776, el de “La riqueza de las naciones” escribía en esa segunda obra:

“no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”.

Así es que no existen esos dos supuestos Adam Smith. Son el mismo con, naturalmente, la evolución que se puede producir en 17 años en el pensamiento de cualquier ser humano. Pero también es un grave desenfoque decir, como hace Betancor, que unir ‘la persecución del interés propio con el de la sociedad. Es la máxima exaltación del egoísmo: sirve a tu interés, ya que el de los demás se verá satisfecho como la consecuencia natural de aquel’. Otra de las frases de “La riqueza de las naciones” que hace alusión a la mano invisible dice:

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero por las que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

¿Acaso es egoísmo que el carnicero, el cervecero o el panadero tengan a tiempo para nuestra cena la mejor carne, cerveza o pan posibles al mejor precio y con el mejor servicio para sus clientes? ¿O tal vez si estuviesen pensando en un bien social de altísimo nivel pero que está fuera de su alcance y, haciendo eso descuidasen la calidad de la carne, cerveza o pan, serían más generosos? ¿O deberían hacerlo sin pensar en su propio interés que es el que les lleva a poder alimentarse el mismo y su familia, educar y cuidar a sus hijos? ¿La persecución honesta del lícito propio interés es egoísmo? Pues entonces, todos, incluido el autor del artículo somos egoístas. No hay ninguna contradicción entre buscar honestamente el lícito interés propio y querer el bien de la sociedad haciendo lo que uno sabe hacer bien hecho. Más aún, hay una clara sinergia. Sin duda, hay más egoísmo en los que tienen pensamientos y discursos grandilocuentes sobre el bien común y la erradicación de la pobreza, pero no hacen bien lo que tienen que hacer. Por lo demás, la historia demuestra con los hechos, de una manera notoria para quien quiera verlo, que esa búsqueda del propio interés es el que ha llevado a que, por ejemplo, haya riqueza suficiente que permita cosas como las vacaciones pagadas, las bajas de maternidad, el seguro de desempleo, la sanidad universal y otras cosas que hoy nos parecen normales pero que hace tan solo un siglo eran un sueño, una utopía.

Pero conviene, además, darse cuenta de que Smith, prudentemente, mete la palabra frecuentemente en el texto citado por el autor del artículo: “Al perseguir su propio interés [el individuo] frecuentemente[1] fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentarse fomentarlo”. Es evidente que al introducir este “frecuentemente”, Smith está diciendo que eso no ocurre siempre. Esto es lo que da lugar a que haya gente que piense que el estado es capaz de arreglar estas “imperfecciones” del mercado. Craso error porque el sapientísimo estado está formado por personas que, en primer lugar, su inteligencia está totalmente superada por la inmensa complejidad del mercado y, en segundo lugar, no son espíritus puros y fácilmente caen en la tentación, a menudo irresistible, de usar el poder que les dan esas intervenciones supuestamente correctoras para sus propios intereses o, lo que es peor, para los intereses de aquellos que pueden verse afectados por sus correcciones. Es muy típico, y podría poner bastantes ejemplos, que estas intervenciones que pretenden arreglar un problema del mercado, no sólo no lo arreglan, sino que crean otros mucho mayores. Lo que suele ocurrir es que el problema que se quiere resolver es público y mediático y los problemas que se crean son difusos, anónimos y no saldrán nunca en ningún medio de comunicación más que a través de sus perniciosos efectos difusos que no se atribuirán a esa “benéfica” intervención. Frédéric Bastiat, economista francés del siglo XIX ilustró esto magníficamente en una serie de artículos agrupados bajo el nombre de “Lo que se ve y lo que no se ve”. El que quiera leerlos, los puede encontrar fácilmente en internet.

Alguien podría pensar que si es cierto que la complejidad del mercado supera con mucho la capacidad del funcionario que quiere “mejorarlo”, también superará la de los agentes que lo forman. Pero ocurre que el mercado es una inteligencia distribuida. Nadie toma decisiones globales, sino que cada agente toma pequeñas decisiones que, coordinadas espontáneamente con miles de millones de otras, a través de las miles de millones de señales de precios que emiten los mercados crean la inmensa eficiencia del mercado, imperfecta, cierto, pero no mejorable por la intervención del estado. En el mercado, el que acierta en sus decisiones, que son decisiones a la medida de su capacidad, gana dinero y crece. El que se equivoca, pierde. Así, pagan de su bolsillo sus propios errores en problemas a su medida. Esta autoselección hace que la mano invisible funcione bastante bien, aunque no perfectamente bien. Pero estos fallos que pueda tener el mercado no pueden ser subsanados por una mente limitada de un probo funcionario, por muy cargado de buena voluntad que esté. Además, los macroerrores que cometa el funcionario, no recaen sobre su bolsillo, sino sobre los de los ciudadanos. Y no digamos si actúa con intereses ajenos al mercado, cayendo en la tentación de favorecer a quien más le pueda favorecer a él. Entonces gana cuando prevarica. Esto es un claro ejemplo de incentivos perversos. No me resisto a poner aquí dos links a un curiosísimo relato de Leonard E. Read con el título “Yo, lápiz” que ilustra magníficamente lo que aquí digo. El primero lleva al texto original en inglés. El segundo a una animación magnífica de 6 minutos, hecha en base a ese texto y con subtítulos en español. Recomiendo vivamente ambos.



Sin embargo, hay un refrán español que dice que “unos escardan la lana y otros se llevan la fama”. Esto es lo que ha pasado con Adam Smith y Bernard de Mandeville. Efectivamente, este autor holandés escribió en 1714, nueve años antes de que naciera Smith, un libro titulado “La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública”. En esta obra pueden leerse frases como: “Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer que un gran panal sea un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir si queremos gozar de sus dulces beneficios”, o: “Me congratulo a mí mismo por haber demostrado que ni las cualidades amigables, ni los tiernos afectos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir por la razón y la abnegación son el fundamento de la sociedad; sino que lo que llamamos mal en el mundo […] es el gran principio que nos hace criaturas sociables […], de la vida y del soporte de todas las transacciones y contrataciones de trabajo, sin excepción: que en el momento en que el mal cese la sociedad será expoliada si no totalmente disuelta”. Es difícil encontrar frases más terribles y, a la vez, más falsas. Como si el carnicero, el cervecero o el panadero tuviesen que ser unos desalmados para tener una carnicería, una cervecería o una panadería prósperas. Al revés, sus cualidades amigables, sus tiernos afectos que son naturales en el hombre, y las virtudes reales que son capaces de adquirir por la razón y la abnegación, unidos a su sano y legítimo interés, harán que su negocio vaya mejor. ¿Leyó Adam Smith esa obra de Mandeville? ¿Cuál fue su juicio sobre ella? Las respuestas a estas dos preguntas son: “sí”, y “muy negativo” Efectivamente, en su “Teoría de los sentimientos morales”, Smith escribe: “Hay otro sistema que parece desechar la distinción entre el vicio y la virtud y cuya consecuencia es, en mi opinión, absolutamente perniciosa: Me refiero al sistema del Sr. Mandeville”. Y no hay nada que pueda hacer pensar que en los diecisiete años que median entre la “Teoría de los sentimientos morales” y “La riqueza de las naciones” Smith se hiciera “mandelvilliano”. Y lo mismo ocurre con los liberales de hoy en día. No creo que haya uno solo que crea en ese perverso sistema de Mandeville. Ese liberal desalmado es tan solo una caricatura creada por la izquierda y consumida acríticamente por algunos “bienpensantes”. Pero la historia a veces juega esas jugarretas y al pobre Adam Smith le ha tocado llevarse la mala fama de la sucia lana que escardó Mandeville. Y lo mismo nos pasa a los liberales.

Otra crítica que los no liberales hacen a menudo al mercado se refiere a su ceguera para cosas que no sean inmediatamente traducibles a dinero. Crítica totalmente falsa. Los mercados, además de considerar aspectos materiales que inciden en la fijación de precios, ponen también precio a nuestros sentimientos, buenos o malos, en función de la importancia que nosotros mismos les demos. Supongamos, por ejemplo, que la gente tiene un deseo inmenso de comprar productos que sean amigables con el medio ambiente. Por ejemplo, que en su fabricación se consuma poca agua y se produzca el mínimo CO2 posible. Si ese sentimiento, por profundo que sea, no nos lleva a estar dispuestos a pagar más por esos productos, evidentemente, el mercado no los tendrá en cuenta porque, sencillamente, a nosotros nos importan tan poco que no pasan del puro sentimentalismo. Pero imaginemos que hubiese, digamos, un 30% de las personas que estuviesen dispuestos a pagar un 10% más por un producto amigable con el entorno ecológico. Entonces el mercado haría que pasasen dos cosas. La primera que apareciesen empresas capaces de medir la huella de CO2 o hídrica de la fabricación de esos productos y, la segunda, que las empresas empezasen a invertir en procesos productivos que lograsen rebajar esas huellas. Desde luego, como dijo Adam Smith, lo harían buscando su propio interés, pero lo harían. He aquí la mano invisible. Y lo harían mejor que cualquier medida que pudiese impulsar el estado y, además, de manera más justa, porque sólo pagarían más por esos productos los que les importasen esas cuestiones, mientras que si el estado, para dar subvenciones, aumenta los impuestos, éstos los pagarán tirios y troyanos, con independencia de que les interese o no el asunto. Y, además, las subvenciones se darán, con gran seguridad, con sistemas erróneos cuando no corruptos. He puesto el ejemplo de productos amigables con el medio ambiente, pero lo mismo podría decirse de empresas que ofrezcan mejores condiciones de desarrollo profesional o respetuosas con la conciliación o con principios éticos sanos, etc., etc., etc. El mercado asignaría pecios y recursos en función de nuestro interés real, no en base a deseos buenistas.

Por otro lado, un terrible problema que puede crear el estado es el de convertirse en una plataforma de coerción a favor de ciertas ideologías que puedan ganar la suficiente fuerza como para utilizarlo subrepticiamente a su favor. Por ejemplo, la ideología de género no podría subsistir si la fuerza coercitiva del estado. Sólo un estado dominado de forma solapada, por la dejación de su inteligencia por parte de los legisladores, puede obligar a alguien a que si mañana un hombre decide que es mujer en vez de hombre, el resto de los ciudadanos puedan ser multados o, incluso condenados, si no aceptan su pretensión. Cada uno, naturalmente, en uso de su libertad, puede decir que es una mujer, un hombre o un caballo. Pero lo que no debería poder es obligar a otros a que acepten una afirmación así. O, como ocurre en España, que una persona con tendencias homosexuales que quiera luchar contra esa tendencia no pueda recibir ayuda psicológica por un profesional y que éste pueda también ser multado o condenado si se la presta. No entro en la estúpida discusión de si la homosexualidad es o no una enfermedad o una anomalía ni si los tratamientos que pueda haber para paliarla son o no eficaces. Lo que digo es que una ideología que solapadamente se ha hecho con ciertas palancas del estado, consigue que éste promulgue leyes que prohíban ese tratamiento, sea éste eficaz o no. Hay una enorme cantidad de tratamientos ineficaces que son seguidos por millones de personas ayudados por quien cree en ellos, sin que por ello se pueda considerar que quien los prescribe y guía es un delincuente. Estos dislates sólo se logran con un estado que se sale de lo que le es propio. Pero aquí, en España, lo tenemos. Los liberales estamos contra un estado que pueda actuar así.

Entre estas actuaciones indeseables del estado se encuentra la que el autor del artículo denuncia en el mismo: una ley que “modifica la legislación electoral a los efectos de permitir a los partidos políticos, en el marco de sus actividades electorales, ‘la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas’”. No, señor Betancor, los liberales, en este asunto, no somos parte del problema, sino parte de la solución.

Así que, sí, los liberales sí tenemos alma, no somos unos desalmados. Es más, creemos que una sociedad regida por nuestros postulados sería una sociedad más libre, más próspera y en la que el estado no tendría la posibilidad de aplicar coercitivamente ninguna receta ideológica.


[1] Esta negrita es mía

12 de mayo de 2019

A vueltas con la falsedad recalcitrante contra el 1+1+1


Espero que sepáis perdonarme seguir dando la matraca con el manido tema del 1+1+1 que, creédme llegó a producirme náuseas en la campaña. Yo ya lo tenía enterrado. Pero parece que el ABC sigue considerando que es noticia continuar propagando la falsedad de que el 1+1+1 era un “bulo”. Y de hacerlo, además, con tal torpeza, que esa falsedad se pueda desmontar con tres números en base a los ejemplos que el mismo artículo pone.


Pero, lo primero, para que podáis acudir a las fuentes, ahí va el link al artículo:


Y ahora podéis ver mi respuesta. No puedo evitar esta respuesta dado que es posible que alguno de vosotros haya votado, por recomendación mía, 1+1+1 en para el Senado, de lo que me sentiría orgulloso.


No sé si el tal Luis Cano, autor de ese artículo no entiende nada de nada de lo que es el sistema electoral mayoritario al senado y, o que, simplemente miente. Pero en cualquier caso, es deplorable que ABC de pie a que alguien escriba esto. O, más deplorable todavía que el propio ABC, por aquello de mantenella y no enmendalla, siga intoxicando tratando de falesedad algo que es pura aritmética. Además de una manera tan elementalmente desmontable por quien tenga la paciencia de hacer tres números sobre sus propios ejemplos. El artículo habla de que el 1+1+1 ha perjudicado al Centro Derecha en Cantabria, Valladolid y Burgos, si bien reconoce que le ha beneficiado en Madrid. Es decir, afirma que el 1+1+1 ha sido derrotado por 3-1. Pero el VAR tiene algo que decir sobre los tres supuestos goles contra el 1´+1+1. Vamos a las tres provincias de las que habla ese artículo como perjuicio causado por el 1+1+1.:

Cantabria: Los votos de los partidos fueron:

PSOE               90144
PP                    77668
C’s                   54161
PRC                 52197
VOX                39945
Podemos          36555

Si estos votos se hubieran mantenido tal cual para el senado, sin que hubiese reparto del 1-1-1 el resultado de senadores en Cantabria, dado el sistema de elección mayoritario, hubiese sido:

PSOE:     3 senadores
PP:          1 senador.

Gracias a la generosidad de VOX y, en menor medida, de C’s (partidos a los que no he votado) el senador número 1 del PP obtuvo más votos que el del PSOE. Pero dada la rapiña del PP (Partido al que he votado) propiciada por sus líderes, que mintieron como bellacos en la campaña respecto al 1-1-1, no paso lo mismo con los votos a los senadores que estaban en el primer puesto de C’s y VOX. Así, éstos se quedaron por debajo. El resultado fue EXACTAMENTE EL MISMO QUE HUBIESE HABIDO SIN EL 1-1-1, PERO DE NINGUNA MANERA PEOR, POR LA SENCILLA RAZÓN DE QUE POR EL SISTEMA ES IMPOSIBLE QUE NINGÚN PARTIDO SAQUE EN UNA PROVINCIA MÁS DE 3 SENADORES. Si los votantes del PP, sin ser engañados por su partido, hubiesen sido igual de generosos, con que 50199 (90144-39945) de sus 77668 hubiesen puesto en su papeleta al 1º de C’s y al 1º de VOX, éstos hubiesen sacado también más votos que el del PSOE y el resultado hubiese sido

PSOE     1 senador
PP          1 senador
C’s         1 senador
VOX      1 senador

Si en vez de hacerlo 50199 votantes, lo hubiesen hecho sólo 35983 (90144-54161), el resultado hubiese sido

PSOE     2 senadores
PP          1 senador
C’s         1 senador

VOX se hubiese quedado fuera pero el PSOE hubiese perdido 1 senador. Esto es lo que pasó en Madrid, tal y como reconoce el propio artículo.

Es decir, fue la rapiña del PP la que impidió quitar senadores al PSOE, pero, EN NINGÚN CASO  la situación fue peor que la que hubiese habido sin nada de 1-1-1.

Es decir, el VAR dictamina que el gol de Cantabria no fue tal.

Valladolid:

PSOE               96808
PP                    78218
C’s                   67461
VOX                45794
Podemos          38993

Resultado sin 1-1-1   PSOE 3; PP 1

En este caso con sólo 29347 (96808-67461) votos que el PP hubiese asignado a los primeros de C’s y VOX, hubiese salido un senador menos del PSOE y uno más de C’s. Si la generosidad del PP hubiese llegado a ceder 51014 (96808-45794), se le hubiese quitado otro senador al PSOE que lo hubiera ganado VOX. Pero JAMÁS, por el 1-1-1 se podía empeorar el peor resultado posible con las reglas de elección del Senado. 3 senadores para el PSOE.

O sea, que el gol de Valladolid, también anulado por el VAR

Burgos:

PSOE               63955
PP                    53726
C’s                   43316
VOX                24267
Podemos          27262

Resultado sin 1-1-1   PSOE 3; PP 1, o sea, el peor posible

En este caso con sólo 20639 (63955-43316) votos que el PP hubiese asignado a los primeros de C’s y VOX, hubiese salido un senador menos del PSOE y uno más de C’s. Si la generosidad del PP hubiese llegado a ceder 39688 (63955-24267), se le hubiese quitado otro senador al PSOE que lo hubiera ganado VOX. Pero JAMÁS, por el 1-1-1 se podía empeorar el peor resultado posible con las reglas de elección del Senado. 3 senadores para el PSOE. Así pues, también anulado el gol de Valladolid.

Y este mismo cálculo podría hacerse para todas las provincias. En todas el resultado hubiese sido que, con suficiente generosidad por parte del PP, aunque ésta no llegase al 100%, en todas las provincias se podría haber dejado al PSOE con un sólo senador. No voy a decir que el VAR vaya a conceder estos goles al 1+1+1 pero sí decir que, si no se han producido, ha sido por la falta de seguimiento suficiente de la estrategia del entrenador del 1+1+1, pero que DE NINGUNA MANERA, EN NINGÚN CASO, la aplicación parcial de esta estrategia podía llevar a resultados peores de los que sean obtenido.

Afortunadamente, en Madrid, la generosidad de los votantes del PP (o su capacidad para no dejarse engañar por las mentiras de su partido) fue, al menos, suficiente para quitarle 1 de los 3 senadores al PSOE. Con un poco más de generosidad en cada una de las provincias, el PSOE podría no haber alcanzado la mayoría absoluta en el Senado.

Por favor, ¡ya basta de intoxicación y de mentiras!