7 de noviembre de 2007

Amor, sexo, matrimonio y celibato

Tomás Alfaro Drake

“El amor es la música y el sexo es el instrumento”. Esta frase, leída en un libro de Isabel Allende, es, tal vez, la más acertada para definir la relación del amor entre hombre y mujer con el sexo. Desde luego a mí me ha dado pie para alguna reflexión. ¿Puede imaginarse algo más ridículo que alguien jugando al tenis con un Stradivarius? Desde luego, perdería el partido y destrozaría el violín. El Stradivarius está hecho para la música, no para el tenis. Un día, en una charla de sobremesa, tras una cena de verano en un restaurante, una amiga mía, que sabe de mis creencias católicas, me dijo que no entendía que los católicos viésemos algo sucio en el sexo. Le contesté brevemente con este ejemplo. Ni el sitio, ni la situación daban para más, pero creo que se quedó bastante sorprendida. Coincido plenamente con las palabras de Henry David Thoreau: “Para aquél que considera el sexo impuro, no hay flores en la naturaleza”. Y es que los católicos no sólo no vemos nada sucio en el sexo sino, al contrario, algo sagrado porque es el instrumento del amor, que es la más sagrada de las capacidades humanas. Es tan sagrado el sexo que no debemos mancharlo usándolo para otra cosa que no sea el amor. Sin embargo, la decadencia de las costumbres ha degradado, no sólo el sexo, sino el amor. A acostarse con el primero que se encuentra, se le llama eufemísticamente, “hacer el amor”. Es como si aporrear un piano fuese hacer música. Hace tiempo leí en un periódico, que en una sala de “arte de vanguardia” de Nueva York, un “músico” había dado un concierto que consistía en destrozar un piano con un hacha. Ya ni siquiera hace falta la excusa del tenis para destrozar el violín. Se le da golpes contra una pared y se dice que se está jugando al tenis. Merece la pena, por tanto, pensar un poco más en el amor, a cuyo servicio está el sexo. No voy a buscar definiciones abstractas del amor. El amor no se define, el amor se vive, o no se sabe lo que es, se defina como se defina. Sólo voy a defender una característica del amor que hoy en día está en claro desprestigio. El amor, o es para toda la vida, o no es amor. No me gusta gastar mi esfuerzo en defender una idea que otro ha defendido antes que yo, mejor de lo que yo pueda pensar en hacerlo. Por eso voy a citar a Chesterton, en un artículo que se llama “una defensa de las promesas temerarias”[1] (La entrada del Blog inmediatamente anterior a esta es una reproducción íntegra de ese artículo de Chesterton. Merece la pena leerlo). “El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distantes. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita”[2], nos dice Chesterton. En efecto, el amor para toda la vida es una promesa temeraria, es una cita con nosotros mismos y con la persona amada al final de nuestros días. Y el miedo y la desconfianza en nosotros mismos son las causas del horror a ese compromiso por parte del hombre “light” de nuestros días. Pero el amor no puede ser de otra manera. Es una donación para compartir la vida y beberla juntos hasta el fondo. Para ser partícipes en la creación trayendo nuevos seres humanos a este mundo con el propósito de educarlos para hacerlo un poco mejor. Es, sin duda, la labor de toda una vida. Es una promesa temeraria, un compromiso de valientes, no puede ser de otra manera si no queremos que sea una patética burla. Acaba Chesterton su artículo diciendo: “A todo nuestro alrededor se encuentra la ciudad de pequeños pecados, pero tarde o temprano, se alzará desde el puerto la llama dominante anunciando que se ha acabado el reino de los cobardes y que un hombre está quemando sus naves”. El amor no es para los cobardes y, por lo tanto, el sexo es sólo impuro para los cobardes. Pero es sensato darse cuenta de que el riesgo de no acudir a la cita es alto y de que las dificultades, por muy fuertes que nos creamos, son mayores que nuestras facultades. Por eso Cristo, a través de nuestra madre, la Iglesia, ha instituido un sacramento para darnos esa fuerza que siempre falta para tan titánica labor. La Iglesia no ha hecho indisoluble el matrimonio. El amor es indisoluble, porque así es la naturaleza humana. La Iglesia, Cristo, para que el hombre y la mujer sean una sola carne como Dios dijo en el Génesis que debería ser, ha creado la fuente de fuerza para poder acudir a la cita al final de nuestros días. Pero entonces, si el sexo sólo es impuro para los cobardes que no se atreven a hacer sonar la partitura del amor, ¿por qué hay hombres y mujeres que eligen el celibato? Son hombres y mujeres que ni son cobardes ni renuncian al amor. Han hecho una cita con el Amor con mayúsculas. ¿Debe esto excluir el sexo? Renuncio a hablar de los aspectos prácticos del celibato. Es indudable que un hombre o una mujer casados se deben tanto a su familia que no pueden entregarse por completo a amar a Dios en los demás. Aman a Dios en su familia, que no es poco, pero no pueden ser pastores del pueblo de Dios. Pero estos son aspectos prácticos en los que no quiero entrar. Las auténticas razones del celibato son mucho más profundas. Permítaseme primero volver a la imagen de la música y el violín. El violín es un instrumento de cuerda y suena porque sus cuerdas vibran al ser rozadas por el arco. Pero no así la flauta. En la flauta no hay nada sólido que vibre. Vibra el aire que hay dentro de ella. La música se produce tan sólo por el aliento, por el soplo. Pero no hay sonido más dulce que el de la flauta. Cuando un compositor quiere dar un carácter dulce y tierno a su música, acude a la flauta. La música de las personas que eligen el celibato por amor a Dios se produce directa y únicamente por el soplo de Dios, por su aliento, por su Espíritu y es la más dulce de las músicas. Pero hay más. Todo el mundo material es un símbolo de un mundo superior, el espiritual. La materia es buena y bella en tanto en cuanto es símbolo del Espíritu. El mundo del materialismo, el de la materia sin Espíritu, es un mundo de muerte y desesperanza, es un mundo espantoso e insoportable. Hay quien dice que es tan feo que el hombre se ha inventado la idea del Espíritu, de Dios, por pura cobardía, para ser capaz de soportarlo al no tener que mirarlo cara a cara. Pero es precisamente al revés. El mundo de la materia condenada a muerte nos parece feo porque late en nosotros el Espíritu. C. S. Lewis le escribía a Sheldon Vanauken: <> Nosotros vivimos en el agua, pero no somos criaturas solamente acuáticas. Somos anfibios que esperamos una metamorfosis. No nos inventamos el Espíritu, lo necesitamos porque somos también espirituales. No deja de ser curioso, que el cristianismo, al que se acusa de ver algo sucio en el sexo, sea una religión que espera que un día, cuando el Espíritu, haya vencido, seamos cuerpo y alma en los nuevos cielos y la nueva tierra. Los cristianos creemos en la resurrección de la carne. Para los budistas el mundo es un mal sueño en el que uno está condenado a reencarnarse hasta que consigue la liberación del nirvana, de la extinción, de la nada. Para los gnósticos, una creencia que la Iglesia ha condenado desde sus primeros días, el mundo es un sitio creado por un demiurgo, un espíritu malvado que ha creado un mundo perverso en el que el espíritu está atrapado. Pero el Génesis, desde el primer capítulo nos dice que Dios veía que el mundo material que estaba creando era bueno. Esto sólo remotamente tiene que ver con el sexo y, más remotamente aún con el celibato que es de lo que hablábamos. Pero decía que el mundo material es símbolo de algo superior a él. Pues bien, el sexo es símbolo de algo superior, del amor de Dios por la humanidad. Hay en la Biblia un libro de una gran sensualidad, casi erótico. Me refiero al Cantar de los Cantares.

Pero el Cantar de los Cantares es también el libro más místico de la busca mutua y el encuentro de Dios, el amado, con la humanidad cuando sea redimida por Cristo, la amada. La sexualidad al servicio del amor es símbolo de este amor místico de entre la humanidad salvada, la Iglesia triunfante, y Cristo. Jesús reafirmó el misticismo de este amor al contestar a la trampa que le tendieron los saduceos sobre la resurrección. “Los hijos de este mundo se casan unos con otros; pero los que han sido dignos de tener parte en el otro mundo y en la resurrección de los muertos, hombres y mujeres, no se casarán. Ya no pueden morir, pues son como los ángeles, hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección”[3]. Ahora bien, si un ser humano, a través de su entrega total y eterna a Dios, se convierte en flauta para que el soplo del Espíritu vibre en él con su música, si ya en este mundo alcanza lo simbolizado, el amor místico consagrado a Dios, ¿para qué quiere el símbolo? ¿De qué sirve el símbolo cuando se posee lo simbolizado? Por lo tanto, el celibato es para los más valientes que se abren al puro Amor de Dios, se citan con Él en la eternidad y, teniendo este Amor místico ya aquí en la tierra, no necesitan su símbolo. Pero el hombre es débil y el valor necesita ser alimentado por Dios si se quiere acudir a la cita. La oración y el sacramento del orden sacerdotal, en el caso de que los consagrados a Dios sean sacerdotes, son las fuentes de fuerza para enfrentarse a la temeraria promesa de aceptar el Amor de Dios y acudir a la cita. La oración continua es necesaria para todos los valientes que hacen promesas temerarias. Más necesaria cuanto más valientes sean. La vida, si no esta llena de oración, es muy probable que nos impida acudir a la cita de nuestra promesa más temeraria. A los consagrados a Dios, a su cita, y a los que vamos a él por otras vías, a la nuestra.
[1] Gilbert K. Chesterton. Recopilación de artículos en un libro titulado: “El amor o la fuerza del sino”. Rialp
[2] En documento aparte se incluye el texto íntegro del artículo de Chesterton, que me parece sin desperdicio, por si se considera de interés publicarlo.
[3] Lucas (20, 34-37)

2 comentarios:

Talita Plum dijo...

Querido Tomás,

No nos conocemos pero te leo hace algún tiempo.

Quiero darte las gracias por esta bendición hecha comentario y, a la vez, pedirte permiso para compartirlo con mis hermanos de comunidad en el foro de internet que tenemos.

Soy del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de Madrid.

Un abrazo en Aquel que nos amó primero.

De Colores

Talita Plum dijo...

Querido Tomás,

No nos conocemos pero te leo hace algún tiempo.

Quiero darte las gracias por esta bendición hecha comentario y, a la vez, pedirte permiso para compartirlo con mis hermanos de comunidad en el foro de internet que tenemos.

Soy del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de Madrid.

Un abrazo en Aquel que nos amó primero.

De Colores