11 de noviembre de 2007

El crecimiento del cristianismo

Hace 11 años leí en la revista "Newsweek" una crítica de un libro escrito por un sociólogo americano, Rodney Stack, especializado en el desarrollo de las religiones. El libro, publicado por Princeton Press, lleva el título de "The rise of christianity". Sostiene tesis interesantes acerca de cómo el cristianismo creció hara la época de Constantino y cómo cuando este emperador proclamó el edicto de tolerancia, lo hizo por la enorme fuerza que ya había adquirido el cristianismo. Este libro es una respuesta previa e inteligente, llevada a cabo por un no creyente, a la estúpida pretensión que circula después de la aparición de un no menos estúpido libro que no nombraré aquí y que atribuye a Constantino la "invención" del cristianismo. Leer el libro es una delicia, porque nos da la visión de un no creyente, pero buscador de la verdad, de las claves de cómo el cristianismo prendió en el mundo romano. Cierto que la visión es un tanto racionalista, pero alegra ver como la razón da razón -utilizo adrede la redundancia- de ese impresionante fenómeno, único en la historia, en el que una religión perseguida, consigue, sin el más mínimo rastro de violencia, conquistar una civilización. Reproduzco la crítica leída en Newsweek en Agosto de 1996, traducida por mí y guardada desde entonces.

Tomás Alfaro Drake

El crecimiento del Cristianismo
Rodney Stark
Princeton Press.

¿Cómo pudo el cristianismo, un diminuto y oscuro movimiento mesiánico de las fronteras del Imperio Romano, desplazar al paganismo y llegar a ser la religión dominante de la Civilización Occidental? ¿Y cómo pudo conseguir esto en menos de 400 años? Los creyentes, por supuesto, conceden el mérito al Espíritu Santo, pero incluso él tuvo que actuar a través de agentes humanos. Las Escrituras ponen el énfasis en la predicación del apóstol Pablo y otros misioneros. Algunos intelectuales – Carlos Marx entre ellos – creen que el cristianismo fue el triunfo de la revolución proletaria. Y muchos historiadores apuntan al emperador Constantino, cuyo edicto de Milán en el 313 condujo al establecimiento del cristianismo como la religión del Imperio Romano.

Todos están equivocados, escribe el veterano sociólogo Rodney Stark de la Universidad de Washington, en un nuevo y brillante libro, "The rise of Christianity" (246 pag. Princeton Press). Usando los actuales conocimientos sobre los cultos religiosos contemporáneos y los principios de las ciencias sociales, Stark llena muchas lagunas de los registros históricos y arqueológicos. El resultado es un análisis fresco, poco convencional y muy persuasivo de cómo Occidente fue ganado para Jesús.

Empezando por el final de la historia, Stark argumenta que Constantino no fue la causa del triunfo del cristianismo. Más bien el histórico edicto fue una astuta respuesta política al rápido crecimiento del cristianismo dentro del Imperio. En ausencia de datos censales o cualquier cosa parecida a encuestas de opinión, Stark traza una plausible curva de crecimiento del número de cristianos de un 40% por década. Empezando con unos cuantos cientos de creyentes en los años inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús, estima que los cristianos habían alcanzado hacia el año 300, una masa crítica superior al 10% de los ciudadanos del Imperio. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

Por una causa, dice Stark, los cristianos no eran una chusma. Al contrario que Marx, Stark insiste en que desde sus inicios el cristianismo obtenía conversiones entre las clases privilegiadas. Tal y como hacen las nuevas religiones de hoy, como la iglesia de la unificación, atraen a los más formados, argumenta Stark, así el culto de Cristo enraizó en las clases altas y medias con mayor facilidad que en las menos afortunadas. Es más, sigue diciendo Stark, no fue predicando en el mercado como se consiguieron conversos a Cristo. Entonces, como ahora, cree Stark, “las conversiones se extendían a través de redes sociales formadas por relaciones personales”. Los mormones, por ejemplo, obtienen tan sólo una conversión por cada 1000 llamadas a puerta fría, pero convierten a una de cada dos personas cuando las contactan a través de parientes o amigos. El cristianismo se expandió de la misma manera, dice Stark: principalmente a través de redes de familias y amigos.

Convertir a los judíos: Contradiciendo otra vez las opiniones dominantes, Stark argumenta que durante cuatro siglos los mejores candidatos a conversos eran los judíos. La mayoría de los judíos vivían fuera de Palestina. Y, como ocurrió después de la Ilustración en Europa, muchos estaban atrapados entre dos culturas: los enclaves étnicos de la ortodoxia judía y la cultura helenista de los gentiles “progresistas”. Una vez que los primeros líderes cristianos (judíos ellos mismos) decidieron que los conversos no necesitaban cumplir la ley judía, argumenta, era muy fácil que estos judíos marginados abrazasen la nueva religión como una forma de resolver su estatus social de desclasados. La más provocativa tesis de Stark sostiene que la mayoría de los cristianos en el Imperio Romano eran mujeres. El cristianismo “promovió la liberación de las relaciones sociales entre los sexos y dentro de la familia”, escribe, dando a las mujeres un status mejor que el que disfrutaban en la sociedad romana, donde eran propiedad de los hombres. Más aún, desde sus inicios, el cristianismo prohibió el infanticidio y el aborto, procedimientos espantosos que hacían que la población pagana estuviese formada desproporcionadamente por varones. Las mujeres también se veían favorecidas por la santificación que la Iglesia hizo del matrimonio y por su oposición al divorcio. “Los romanos tenían del matrimonio un bajo concepto”, observa Stark, e incluso, cuando se casaban tenían pocos hijos. La Iglesia permitía a las mujeres cristianas a casarse con paganos –senadores incluidos– consiguiendo así que el cristianismo penetrase en la alta sociedad romana mediante la conversión de maridos e hijos. Las persecuciones romanas fueron salvajes, reconoce Stark, pero el número de víctimas ha sido enormemente exagerado y se limitó principalmente a obispos y otros líderes masculinos.

En resumen, Stark descubre que el cristianismo prosperó por un viejo sistema: proporcionando una forma de vida mejor, más feliz y más segura. Cuando las epidemias golpeaban, los indiferentes dioses paganos no eran de ninguna utilidad. Tampoco lo era la medicina romana. Pero los cristianos sobrevivían en mayor proporción que sus vecinos paganos porque tenían fe en un Dios de amor y una extensa red de asistencia social que cuidaba de los enfermos, los pobres y las viudas. Al final, concluye Stark, los cristianos revitalizaron el Imperio Romano porque manifestaban a un Dios exigente que cuida al hombre.

Crítica leída en el Newsweek de Agosto de 1996

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