25 de noviembre de 2007

¿Es el hombre egoísta por naturaleza? El juego del dictador

Tomás Alfaro Drake

La teoría económica neoclásica se basa en que el hombre es un ser que busca únicamente maximizar su riqueza, sin que en su comportamiento influyan consideraciones éticas, emocionales o de cualquier otro tipo. Es el llamado “homo economicus”. Adam Smith acuñó el término de “la mano invisible” para explicar cómo de ese comportamiento individual egoísta del “homo economicus”, emergían consecuencias que hacían que se lograse el bien común, a pesar de que este tipo de consideraciones no influyese para nada en las decisiones individuales.

Desde entonces, muchos economistas han intentado dar muy diferentes explicaciones sobre por qué se producía esta emergencia del bien común a partir del egoísmo del “homo economicus”. La teoría de juegos es una herramienta matemática muy usada para ello desde que John Nash[1] impulsara esa rama de la matemática y ganase por ello, en 1994, el premio Nobel de Economía. En esa teoría, se propone a dos o más participantes un juego con varias alternativas de actuación, y distintos premios económicos según la alternativa elegida. Sea cual sea el juego, existe lo que se llama un equilibrio de Nash que es la situación a la que se llegaría si los jugadores actuasen racionalmente buscando maximizar su riqueza. La teoría económica se basa en que ese equilibrio será el que se alcance en la realidad y que ese comportamiento, efectivamente, maximizará la riqueza. Pero afirmar esto es cerrar los ojos a la realidad, como atestigua la propia teoría de juegos cuando se lleva a la realidad.

En 1982 los economistas Güth, Werner, Schmittberger y Schwarze idearon un juego al que dieron el nombre del “juego del ultimátum”[2]. Es extremadamente sencillo. Hay dos jugadores, llamados el “proponente” y el “contestador”. Hay una suma de dinero a repartir. El proponente dice en qué proporción quiere que se reparta esa cantidad entre él mismo y el contestador. Si el contestador acepta, cada uno se lleva la parte que el proponente ha propuesto. Si el contestador se niega, ambos se quedan con las manos vacías. La fría lógica de maximización egoísta de la riqueza, debería llevarnos a pensar que la propuesta más coherente sería 99/1. En efecto si el contestador acepta esta propuesta, se lleva 1, mientras que si la rechaza, aunque castiga al proponente dejándole sin nada, él también se queda con las manos vacías. Mejor 1 que nada, ¿no? –debería pensar con la lógica del egoísmo.

Desde que se inventó este juego, se han llevado a cabo miles de experimentos con dinero real en cantidades importantes –hasta el equivalente al sueldo de tres meses de proponente y contestador– y en distintos pueblos y culturas. Se han hecho de forma que proponente y contestador jugasen una sola vez y no se viesen las caras, para que no hubiese otro condicionante exterior al propio juego. Los resultados han sido muy diferentes de los predichos por la fría lógica egoísta, pero muy parecidos en todas partes, con independencia de la cultura en la que se realizasen. En general las propuestas eran próximas al 50/50 con una ligera ventaja para el proponente. Sí hay algunas culturas que muestran comportamientos más extremos. Los machihuenga, del Amazonas peruano suelen ofrecer y aceptar repartos del tipo 75/25. Parece que es una cultura fatalista y consideran que el hecho de que te toque ser proponente o contestador es ya parte del juego y por lo tanto ya has perdido cuando te toca ser contestador. El proponente no es más que un ejecutor de la fuerza del sino. En cambio, entre los pastores sukuma de Tanzania, los proponentes suelen ofrecer repartos próximos al 60/40 a favor del contestador. Parece que es un pueblo con especiales aptitudes para la cooperación social. Pero, casos curiosos aparte, en todas partes el reparto propuesto y aceptado suele acercarse bastante al 50/50.

Puede pensarse que esta conducta equitativa y distinta de la lógica egoísta por parte del proponente puede estar motivada por el miedo a que el contestador, actuando más por rencor que con racionalidad, diga que no a propuestas más desventajosas para él, con la consiguiente pérdida para el proponente. “O jugamos todos o rompemos la baraja”, dice un refrán español. En ese caso el comportamiento seguiría siendo egoísta, aunque dominado por el miedo de uno al resentimiento del otro. Para comprobarlo, se ha inventado el llamado “juego del dictador”. Es en esencia igual que el del ultimátum pero en éste, el contestador no tiene la opción de rechazar el reparto; lo ha propuesto el dictador y punto. Si la hipótesis del miedo al resentimiento ilógico fuese cierta, aquí sí que deberían obtenerse propuestas de 99/1 por parte del dictador. Pues no ocurre así. Aunque los resultados se alejan del 50/50 más que en el caso del ultimátum, no se acercan ni por asomo al 99/1.

¿Qué indica esto? En primer lugar, que sí existe, en el juego del ultimátum, un cierto componente de miedo al resentimiento del contestador. Si este componente no existiese, los resultados serían iguales en un juego y otro. Pero en segundo lugar, el juego del dictador indica claramente que hay algo innato en el ser humano que rechaza la injusticia, aunque sea a favor de uno mismo, y que le hace tener un grado bastante alto de generosidad. Si esto es así, y parece que lo es, el “homo economicus” en estado puro sería un bicho inexistente porque, conviviendo con él en el fondo de cada ser humano, existe un hombre al que determinadas corrientes de pensamiento económico han bautizado con el nombre de “homo reciprocans”. Es un rayo de esperanza para la humanidad que esto sea así. La mano invisible no sería, en este caso, algo puramente externo al hombre, sino que, sin negar un cierto componente externo, sería algo profundamente grabado en su naturaleza. Pero, de forma incomprensible, en el 90% de las universidades y escuelas de negocios del mundo se sigue explicando la teoría económica desde modelos casi puramente neoclásicos típicos de Adam Smith. ¿No ha llegado el momento de que esto cambie? Porque una parte importante del comportamiento humano viene de la educación recibida y si enseñamos a nuestros jóvenes, siendo además mentira, que el hombre es puramente “homo economicus”, criaremos “homo economicus” de granja, incapaces de entender lo más noble de sí mismos y achacándolo a “aberraciones” altruistas. Si por el contrario les enseñamos lo que son, una mezcla en pugna de “homo economicus” y “homo reciprocans”, les daremos las armas para que el segundo venza al primero, para el bien y, tal vez, la supervivencia de la humanidad.

No me resisto a terminar con una frase de Alexander Solschenizin en su libro “Archipiélago gulag”:

“La línea que separa el bien del mal pasa por el corazón de cada ser humano. [...] Mientras dura la vida de un corazón, esta divisoria se desplaza por él, ora reducida por el gozoso engaño del mal, ora cediendo espacio a la bondad radiante. El mismo hombre, en sus distintas edades, en distintas situaciones vitales, es un hombre totalmente diferente. Unas veces está más cerca del diablo. Otras del santo. Y su nombre no cambia, y a él se lo atribuimos todo. Sócrates nos legó: ¡Conócete a ti mismo!”

[1] La película “Una mente maravillosa” esta basada, de una forma muy libre, en su biografía. Su discurso de aceptación del Nobel terminó con la siguiente frase textual: “Yo siempre he creído en los números, en las ecuaciones, en la lógica del entendimiento. Después de dedicar toda una vida con estos propósitos me pregunto: ¿Qué es realmente la lógica? ¿Qué es lo que guía a la razón? [...] He hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el descubrimiento más importante de mi vida. Es solamente en las misteriosas ecuaciones del amor donde se pueden encontrar la lógica y la razón. Estoy aquí esta noche por ti (dirigiéndose a su mujer). Tú eres la razón por la cual existo. Tú representas todas mis razones. Gracias”.
[2] Todos los datos sobre el juego del ultimátum y en dictador esta sacados de la sección de “Juegos matemáticos” del “Investigación y Ciencia” de Octubre del 2006. La sección y el artículo de ese número están firmados por Juan M. R. Parrondo.

1 comentario:

Davidorias dijo...

Muchas gracias, Tomás. ¿Puedo formular una pregunta? Es: ¿Es posible una teoría parecida a esta para los fenómenos globales como el cambio climático? ¿Cómo ser generosos en la dirección adecuada?
Un cordial saludo
DJ