7 de noviembre de 2007

Una defensa de las promesas temerarias G.K. Chesterton

Este artículo de Chesterton es una joya. Yo lo traigo aquí como complemento a mi artículo que está publicado en este blog "Amor, sexo, matrimonio y celibato". O más bien mi artículo es el complemento de éste. En fin, que están en simbiosis.

Ahí va:

G.K. Chesterton

Si un hombre próspero de nuestro tiempo, con un sombrero de copa y un traje de levita, se comprometiera solemnemente delante de todos sus empleados y amigos a contar las hojas de cada tercer árbol del Holland Park, a ir a la ciudad todos los jueves andando a la pata coja, a repetir setenta y siete veces toda entera la obra Libertad de Mill, a coleccionar trescientas amapolas en campos que pertenezcan a cualquiera que lleve el nombre de Brown, a quedarse durante treinta y una horas con su oreja izquierda en su mano derecha, a cantar los nombres de todas sus tías por orden de edad y encima de un autobús, o a realizar cualquier otra inusitada empresa, llegaríamos inmediatamente a la conclusión de que ese hombre estaba loco, o, como se dice algunas veces, “se trata de un artista de la vida”. Sin embargo, estas promesas no son más extraordinarias que las promesas que hacían en la Edad Media y en otras épocas semejantes, no sólo los fanáticos, sino las más grandes figuras de la civilización –como reyes, jueces, poetas y sacerdotes-. Un hombre juraba encadenar juntas a dos montañas, y allí colgaba la enorme cadena, se solía contar, durante años y años como un monumento a aquella locura mística. Otro juraba que iría a Jerusalén con un parche sobre sus ojos, y se moría en el intento. Juzgados racionalmente, no es fácil ver que estas dos hazañas tengan más cordura que los hechos antes sugeridos. Una montaña es generalmente un objeto inmóvil y seguro que no hace falta encadenarla por la noche como si fuera un perro. Y no es fácil a primera vista ver que un hombre haga homenaje a la Ciudad Santa poniéndose en camino hacia ella en unas condiciones que hacen muy improbable que llegue un día a su destino.

Pero hay en todo esto algo sorprendente que debe ser observado. Si algunas personas se comportaran de esa manera en nuestro tiempo, les miraríamos, como ya he dicho, como símbolos de “decadencia”. Pero los hombres que hicieron esas cosas no eran decadentes; pertenecían por lo general a las clases más robustas de lo que hoy se acepta como una edad robusta. Se alegará también que si unos hombres esencialmente cuerdos hicieron tales locuras, no tuvo más remedo que ocurrir bajo la caprichosa dirección de un sistema religioso supersticioso. Tampoco esto se resiste a examen; porque en esos aspectos de la vida que son puramente terrestres y hasta sensuales, como el amor y la lascivia, los príncipes medievales muestran las mismas y alocadas promesas y acciones, la misma deforme imaginación y el mismo y monstruoso sacrificio de uno mismo. Nos encontramos aquí con una contradicción para cuya explicación se hace necesario pensar desde el principio sobre la naturaleza de los votos o promesas. Y si consideramos seria y correctamente la naturaleza de los votos –a no ser que yo esté muy equivocado- llegaremos a la conclusión de que es perfectamente sensato, y hasta juicioso, jurar encadenar montañas; y que lo insensato es no hacerlo.

El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distantes. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita. Y en tiempos modernos este terror de uno mismo, de la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y se ha convertido en la base real de la objeción a los votos o promesas de cualquier tipo. Un hombre moderno se refrena de jurar que va a contar las hojas de cada tercer árbol de Holland Park no porque sea una tontería hacerlo (pues hace cosas mucho más tontas), sino porque está profundamente convencido de que antes de que haya contado la hoja número trescientos setenta y nueve del primer árbol se encontrará tan excesivamente cansado del asunto que querrá irse a su casa a tomar el té. En otras palabras, tememos que cuando llegue ese momento será otro hombre diferente, por usar una expresión ordinaria pero espantosamente significativa: Ahora bien, es precisamente este cuento horrible de un hombre constantemente cambiando en otros hombres en lo que consiste el alma misma de la decadencia. El que John Paterson, con paz aparente, esté deseando ser un tal General Barker el lunes, un Doctor Mac Gregor el martes, Sir Walter Carstairs el miércoles, y Slam Slugg el jueves, puede parecer una pesadilla; pero a esa pesadilla le damos el nombre de cultura moderna. Un gran decadente, ahora muerto, publicó un poema hace algún tiempo en el que resumía con gran fuerza todo el espíritu del movimiento al declarar que podía estar en el patio de una prisión y entender por entero los sentimientos de un hombre a punto de ser colgado:

“Pues el que vive más de una vida
Ha de morir más de una muerte[1]
[1] Oscar Wilde: Balada de la cárcel de Reading.

Y el final de todo esto es ese horror exasperante de irrealidad que desciende sobre los decadentes, comparado con el cual el mismo dolor físico tendría la lozanía de algo en plena juventud. El infierno que la imaginación debe concebir como el más infernal de todos es estar eternamente actuando en un drama sin ni siquiera la más angosta y sucia habitación en la que poder ser humano. Ésta es la condición del decadente, del esteta del “amor libre”: estar perpetuamente atravesando peligros que sabemos no pueden ligarnos, desafiar a enemigos que sabemos no pueden conquistarnos –ésta es la tiranía burlona de la decadencia que llaman “liberación”.

Volvamos, por otra parte, al que hace un voto. El hombre que hizo una promesa, por descabellada que sea, dio una expresión natural y saludable a la grandeza de un momento. Prometió, por ejemplo, encadenar juntas dos montañas, quizá un símbolo de algún gran desagravio suyo, o de amor, o de ambición. Por breve que fuera el momento de su propósito, fue como todos los grandes momentos un momento de inmortalidad, y el deseo de decir de él “He conseguido un monumento más duradero que el bronce”, era el único sentimiento que daría satisfacción a su espíritu[1].

Volvamos, por otra parte, al que hace un voto. El hombre que hizo una promesa, por descabellada que sea, dio una expresión natural y saludable a la grandeza de un momento. Prometió, por ejemplo, encadenar juntas dos montañas, quizá un símbolo de algún gran desagravio suyo, o de amor, o de ambición. Por breve que fuera el momento de su propósito, fue como todos los grandes momentos un momento de inmortalidad, y el deseo de decir de él “He conseguido un monumento más duradero que el bronce”, era el único sentimiento que daría satisfacción a su espíritu[1]. El esteta moderno, por supuesto, vería aquí fácilmente la oportunidad emocional, y prometería encadenar juntas dos montañas. Pero luego prometería con la misma jovialidad encadenar la tierra y la luna. Y la consciencia marchita de que no pretendía decir lo que dijo, de que, en verdad no estaba diciendo nada de gran relevancia, le robaría exactamente ese sentido de audaz actualidad que constituye la emoción de la promesa. Pues, ¿qué podría ser más exasperante que una existencia en la que nuestra madre o nuestra tía recibieran con la genial tranquilidad de la mera costumbre ordinaria la información de que íbamos a asesinar al Rey o a construir un templo en Ben Nevis?

[1] Se me viene a la cabeza un poema de Walt Whitman que dice:

¿Nunca has tenido una hora,
un súbito destello divino que ha precipitado y hecho estallar todas estas burbujas, modas, riqueza?
¿Estos ansiosos proyectos comerciales –estos libros, política, arte, amores?
¿Una hora de total aniquilamiento?

Momentos así son los que habría que hacer eternos con una cadena de monte a monte.


El esteta moderno, por supuesto, vería aquí fácilmente la oportunidad emocional, y prometería encadenar juntas dos montañas. Pero luego prometería con la misma jovialidad encadenar la tierra y la luna. Y la consciencia marchita de que no pretendía decir lo que dijo, de que, en verdad no estaba diciendo nada de gran relevancia, le robaría exactamente ese sentido de audaz actualidad que constituye la emoción de la promesa. Pues, ¿qué podría ser más exasperante que una existencia en la que nuestra madre o nuestra tía recibieran con la genial tranquilidad de la mera costumbre ordinaria la información de que íbamos a asesinar al Rey o a construir un templo en Ben Nevis?

La rebelión contra votos o promesas se ha llevado en nuestros días hasta la rebelión contra la promesa típica del matrimonio. En este respecto es muy divertido escuchar a los que se oponen al matrimonio. Parecen imaginar que el ideal de la constancia era un yugo misteriosamente impuesto a la humanidad por el diablo, en lugar de ser, como lo es, un yugo consistentemente impuesto por todos los amantes sobre sí mismos. Han inventado una frase, una frase que es una obvia contradicción en dos palabras –“amor libre”- como si algún amante hubiera jamás sido libre o pudiera ser libre. La naturaleza del amor es atarse a sí mismo, y la institución del matrimonio no hacía sino hacer un cumplido al hombre ordinario tomando en serio su palabra. Los sabios modernos ofrecen al amante con una mueca de mal sabor las más amplias libertades y la más plena irresponsabilidad; pero no le respetan como la vieja Iglesia le respetaba; no escriben su juramento sobre los cielos como el testimonio de su momento más excelso. Le dan todas las libertades excepto la libertad de vender su libertad, que es la única que desea.

En la brillante obra de teatro de Bernard Shaw, The Philanderer, tenemos un vívido retrato de este estado de cosas. Cherteris es un hombre que trata perpetuamente de ser un amante libre –algo así como esforzarse por ser un casado soltero o un blanco negro. Vagabundea en búsqueda hambrienta de cierto alborozo que sólo puede poseer cuando tenga el coraje de parar su vagabundeo. En otros tiempos, los seres humanos sabían bien esto— en tiempos, por ejemplo de héroes de Shakespeare. Cuando los hombres en Shakespeare son realmente solteros alaban las indudables ventajes de la soltería: la libertad, la irresponsabilidad, la suerte del cambo continuo. Pero no eran tan imbéciles que continuaran hablando de libertad cuando se encontraban en tal situación que eran susceptibles de ser enviados a la felicidad o a la miseria por el solo movimiento de las cejas de alguna otra persona. En su alabanza de la libertad, Suckling pone al amor junto con la deuda:

“Y el que está bien apartado de los dos
Es el hombre más feliz del mundo.
Vive como si viviera en una época dorada,
Cuando todas las cosas eran compartidas;
Toma su pipa, toma su copa,
No teme al hombre ni a la mujer.”

Ésta es una posición perfectamente posible, racional y viril. Pero ¿qué tienen que ver los amantes con esa afectación ridícula de “no temer a hombre o mujer”? Saben que con el volteo de una mano toda la máquina cósmica hasta la más remota estrella puede convertirse en un instrumento de música celestial o en un instrumento de tortura infernal. Oyen una canción más antigua que la de Suckling y que ha sobrevivido a cien filosofías: “¿Quién es ésta que mira por la ventana, hermosa como el sol, clara como la luna, terrible como un ejército con banderas?”

Como decía, es exactamente esta escapatoria, esta idea de tener una retirada por detrás nuestro, lo que nos parece que es el espíritu esterilizador en el placer moderno. En todas partes se da el esfuerzo persistente e insano de conseguir placer sin pagar por él. Así, en la política, los modernos jingoístas vienen prácticamente a decir. “Tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados: sentémonos en sofás y seamos una raza endurecida”. Así, en religión y en moral, los místicos decadentes dicen: “Tengamos la fragancia de la sagrada pureza sin los dolores del control de uno mismo; cantemos himnos por turno a la Virgen y a Príapo”. Así en el amor dicen los abogados del amor libre: “Tengamos el esplendor de ofrecernos sin el peligro de comprometernos; veamos si acaso no sea posible suicidarse un número ilimitado de veces”. Hay que decir categóricamente que no funcionará. No hay duda por supuesto de que habrá momentos emocionantes para el espectador, el aficionado, y el esteta; pero hay una emoción que sólo es conocida por el soldado que lucha por su propia bandera, por el asceta que se muere de hambre por su propio alumbramiento espiritual, por el amante que finalmente toma su propia decisión. Y es esta disciplina transfiguradora de uno mismo la que hace del voto o promesa algo verdaderamente inteligente. Ha tenido que satisfacer el hambre gigantesca del alma de un amante o de un poeta saber que como consecuencia de un instante de decisión aquella extraña cadena colgará durante siglos en los Alpes, entre los silencios de las estrellas y de las nieves. A todo nuestro alrededor se encuentra la ciudad de pequeños pecados, pero tarde o temprano, se alzará desde el puerto la llama dominante anunciando que se ha acabado el reino de los cobardes y que un hombre está quemando sus naves.

Este artículo aparece en el libro "El amor o la fuerza del sino", publicado por Rialp

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