1 de noviembre de 2007

A R.J.J. Tolkien y Ludwig van Beethoven

Tomás Alfaro Drake

Hoy acabo de colgar una nueva entrada hablando brevemente de mi impresión sobre la película "Crónicas de Narnia". En ella hablo de la amistad que unió en vida a C.S. Lewis y R.J.J Tolkien. Por hilación de ideas, no puedo por menos que colgar otra entrada sobre Tolkien. Es una carta que le he escrito a él y a Ludwig van Beethoven. No, no es una locura, es un libro que me han publicado muy recientemente que se titula "Al sueño de la muerte hablo despierto". Son unas 30 cartas a personas muertas que, como Tolkien o Beethoven, han hecho o escrito algo que me ha iluminado la vida. No creo que la editorial se moleste porque publique aquí una de esas cartas. En definitiva, puede considerarse una acción de marketing, porque aquel que lea esta carta y le guste, no tiene prohibido comprar el libro. Está editado por la BAC (Biblioteca de autores cristianos) el título es el citado arriba y el autor es quien escribe estas líneas. La carta es un poco larga para lo que acostumbro publicar en este blog, pero... Espero que a alguien le guste... y que se compre el libro... y que se lo lea.

***

Madrid 19, Noviembre del 2004

Carta para entregar a Ronald Tolkien y Ludwig van Beethoven, escritor y músico de los siglos XX y XIX respectivamente.

Queridos Ronald y Ludwig:

No sabéis lo que me cuesta ponerme a escribir esta carta. No porque no me apetezca escribiros sino, más bien al contrario, porque tengo tantas cosas que deciros que no sé si voy a ser capaz de condensarlas en una carta de proporciones “normales”. La primera dificultad empieza por explicaros por qué os escribo juntos. Pero prefiero que seáis vosotros mismos los que lo descubráis a lo largo de la carta.

A ti, Ronald, te conocí hace ya bastantes años. Muchos antes de que saltases a la fama mediática por el enorme éxito de las películas que se han hecho sobre tu libro “El Señor de los Anillos”. Sería falso e injusto decir que han sido estas películas las que te han hecho famoso. Es cierto que la mayor parte de tu vida fuiste un anónimo profesor de literatura y lengua inglesas en Oxford, pero en 1957, a tus 65 años, dos después de la edición del tercer tomo de “El Señor de los Anillos”, el éxito fue tal que ya estabas acosado por productores cinematográficos para llevar tu libro al cine, en dibujos animados, por supuesto. Pero no era tarea fácil hacer un buen guión con él y en seguida rompiste las negociaciones con la productora. También recibiste el International Fantasy Award que sólo te mereció comentarios sarcásticos. <>.

Pero nada sabía yo de tu éxito cuando un día, hará unos veintitantos años, cogí de una librería un libro de un autor desconocido para mí y leí su solapa. Decías de tu libro: “Historias semejantes no nacen de la observación de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo; crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído y que fue olvidado hace tiempo... La materia de mi humus es, principal y evidentemente, materia lingüística”. Ahí, en el humus de la mente, estaba resumido el misterio de la creatividad con el que yo todavía no estaba obsesionado, al menos conscientemente. Creo que fue a partir de ese momento cuando me convertí en un comprador compulsivo de libros que merecen la pena. Aunque no pueda leerlos todos. Ahí están, preparados para convertirse en misterioso humus mental. Puede que no mi humus mental, porque no puedo leer todo lo que compro, pero tal vez sí el de mis hijos o mis nietos. Tal es el poder misterioso de un libro. Me compré el primer tomo, lo leí y... un nuevo mundo se abrió ante mí. Inmediatamente le siguieron el segundo y el tercero. Los he leído repetidamente y he visto también varias veces cada una de las fantásticas películas que, por fin, y sin dibujos animados, ha hecho Peter Jackson de tus libros. Estoy convencido de que coincides conmigo en que las películas son magníficas y tan fieles a tu visión como pueda serlo una película. También para mis hijos tus libros han sido una revelación. Después de darles tantas vueltas y de hablar tanto de ellos, si tuviera que decir los tres pasajes que más han entrado en la composición del humus de mi vida han sido los siguientes:

Frodo: ¡Lastima que Bilbo no le matara cuando pudo hacerlo! (Se refiere a Gollum)
Gandalf: ¿Lástima? La lástima fue lo que frenó la mano de Bilbo. Muchos vivos merecerían la muerte y algunos que mueren merecen la vida, ¿podrías dársela tú Frodo? No seas ligero a la hora de adjudicar muerte y juicio. Ni los sabios pueden discernir esos extremos. El corazón me dice que Gollum tiene aún un papel que cumplir para bien o para mal entes de que todo esto acabe. La compasión de Bilbo podría regir el destino de muchos.
Frodo: ¡Ojalá el anillo nunca hubiera llegado a mi! ¡Ojalá nada hubiera ocurrido!
Gandalf: Eso desean quienes viven estos tiempos, pero no les toca a ellos decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo además de la voluntad del mal. Bilbo estaba destinado a encontrar el anillo y como consecuencia tú estabas destinado a tenerlo y eso es un pensamiento alentador.

La misericordia que late en este pasaje me emociona, pero me impresiona todavía más la luz que arroja sobre los juicios que hacemos sobre nuestros semejantes, el contraste entre la limitación de los mismos y la ligereza con que los hacemos. Y todavía más me impresiona tu confianza en el plan de Dios. Tozudamente te asías a ella en tus últimos años en los que cada vez te costaba más entender un mundo que nunca entendiste del todo. “¡Qué mundo espantoso, oscurecido por el miedo, cargado por el dolor es el mundo en que vivimos! [...] Chesterton dijo que es nuestro deber mantener flameando la Bandera de Este Mundo: pero hoy, eso exige un patrimonio más vigoroso y sublime que entonces. Gandalf agregó que no nos corresponde a nosotros elegir la época en que nacemos, sino hacer lo que esté de nuestra parte para mejorarla; pero el espíritu de la maldad en los sitios encumbrados es ahora tan poderoso, y sus encarnaciones tienen tantas cabezas, que no parece haber nada más que hacer que negarnos personalmente a venerar cualquiera de las cabezas de la hidra”. Me pregunto si en tu humus había fermentado una frase pronunciada en 1935 por el cardenal Pacelli –más tarde Pío XII– que también ha fermentado en el mío. “Doy gracias a Dios cada día por haberme hecho vivir en las circunstancias presentes. Esta crisis, tan profunda y universal, es única en la historia de la humanidad. El bien y el mal se han enfrentado en un duelo gigantesco. Nadie tiene, pues, derecho a ser mediocre”[1].

La segunda frase de “El Señor de los Anillos” que quiero comentarte es la siguiente:

"Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. ¡Mira! No estamos sujetos para siempre a los confines de este mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos".

Estoy seguro que esta frase ha forjado misteriosamente mi visión antropomórfica del Paraíso y me ha servido, inconscientemente, como un poderoso consuelo para sobrellevar mejor, como un hasta luego más que como un adiós, la separación de mis seres queridos por la muerte. Y muy probablemente, tenga mucho que ver con el hecho de estarte escribiendo ahora.

El tercer pasaje es una conversación entre Frodo y Sam, para mí el auténtico protagonista de la obra, que encarna la humildad, la perseverancia y la fidelidad.

Frodo: No puedo hacer esto Sam.
Sam: Lo sé. Ha sido un error. No deberíamos haber llegado hasta aquí. Pero henos aquí. Igual que en las grandes historias señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final porque, ¿cómo van a acabar bien?, ¿cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como sufrió? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón. Porque tienen mucho sentido. Aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo señor Frodo que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen. Siguen adelante porque todos luchan por algo.
Frodo: ¿Por que luchas tú Sam?
Sam: Para que el bien reine en este mundo señor Frodo, se puede luchar por eso.

Esta frase me ha ayudado mucho, y no sólo inconscientemente. Lo ha hecho clara y rotundamente al menos una vez en mi vida. Y una vez crucial. Una de esas veces en las que queremos tirar la toalla cuando la misión de nuestra vida se vuelve demasiado incómoda.

Pero quiero volver a la frase de la solapa de tu libro, la que me hizo comprarlo. No me cabe duda que la materia prima lingüística forma una parte importante de tu humus. Hasta tal punto que creaste de la nada la lengua élfica y ésta te llevó a desarrollar una mitología. No tenías ni veintiún años cuando empezaste a diseñarla. A tu muerte, en una nota necrológica[2], se lee: “No era un galimatías arbitrario, sino una lengua realmente posible con raíces coherentes, reglas fonéticas e inflexiones en las que volcó todas sus capacidades imaginativas y filológicas; [...] Había estado dentro de una lengua. No había avanzado mucho cuando descubrió que todas las lenguas presuponen una mitología; y de inmediato emprendió la tarea de crear la mitología necesaria para el élfico”. Pero la lingüística no fue el único ingrediente del humus de tu mente y me atrevería a decir que no fue el más importante. Otros ingredientes fueron, si no me equivoco, tu familia y tu profunda fe católica.

Tu matrimonio fue un idilio caballeresco de principio a fin. Con desencuentros y momentos dulces, como son los idilios que duran toda una vida. Desde el primer amor de los diecisiete años, las dificultades de un noviazgo lleno de oposiciones con tres años de separación forzada, la boda, tras ocho años de noviazgo, justo antes de embarcar como soldado “a tiempo para la carnicería del Somme” en plena 1ª Guerra Mundial – veintisiete años tú, veinticuatro Edith–, cuatro hijos y cincuenta y cinco años de matrimonio, hasta el desgarro de la muerte de Edith. Un largo amor de sesenta y tres años que tú le cuentas a tu hijo Christopher a poco de morir Edith, porque “... alguien que esté cerca de mi corazón debería saber algo que los registros no registran: los espantosos sufrimientos de nuestra infancia, de los que nos rescatamos mutuamente. Pero no pudimos curar del todo las heridas que más tarde, con frecuencia, resultaron incapacitantes; los sufrimientos que padecimos después de empezar nuestro amor; todo lo cual (por encima de nuestras debilidades personales) podría contribuir a volver perdonables o comprensibles los lapsos de oscuridad que a veces estropearon nuestras vidas, y a explicar cómo éstos nunca rozaron nuestras profundidades ni disminuyeron el recuerdo de nuestro amor juvenil”.

Pero tu amor por Edith no fue en detrimento del que tuviste a tus hijos. Al año y medio de casados nace John, tres años después Michael, cuatro más tarde Christopher y, por fin, con cinco de diferencia, Priscilla, tu única hija. Doce años de diferencia entre ellos para tomarse el relevo en ser los primeros en recibir, por tradición oral, tus historias mitológicas. Todos tus libros se fueron forjando a través de los cuentos contados a tus hijos. Tal vez por eso tengan la fuerza narrativa que brilla en ellos.

El tercer ingrediente de tu humus mental fue tu catolicismo. Fue un catolicismo forjado en el sufrimiento y la dificultad, de los que imprimen carácter. Tu padre murió cuando tú tenías cuatro años y un hermano más pequeño. Tu madre queda a merced de la compasión familiar. Como primera medida tenéis que abandonar la casa de Birmingham e iros a una pequeña aldea cercana, Sarehole. En vez de una tragedia, esto resulta ser una bendición porque te proporciona un contacto íntimo con la naturaleza que será, durante toda tu vida, otro de los ingredientes de tu humus. Tampoco puedes ir al colegio, por lo que tu primera educación en las letras proviene de tu madre y de todos los libros que podéis conseguir. Pero un domingo, a tu madre se le ocurrió ir a una iglesia católica en vez de a la un poco más lejana anglicana. Qué flechazo debió recibir, no lo sé, pero poco tiempo después se convierte, junto con su hermana May, al catolicismo. Tú tenías ocho años y también recibes el bautismo. La cosa no fue fácil. En la Inglaterra victoriana de 1900, hacerse “papista” no era algo trivial. El marido de tu tía May, que era un pilar de la Iglesia anglicana local, obliga a su mujer a dar marcha atrás en su decisión y amenaza a tu madre con retirarle la ayuda económica que le daba. Como tu madre no quiere plegarse a su voluntad, cumple su amenaza. La familia de tu padre, baptista, también os da la espalda, con lo que os quedáis solos, con la miseria llamando a la puerta. Afortunadamente, un tío paterno bondadoso te paga el colegio. Pero el colegio está en pleno Birmingham y tu madre no tiene para pagar el transporte, por lo que tus años de campo se acaban. No importa. Cuatro años de infancia han grabado el amor por la naturaleza en tu mente. Tras varios cambios de domicilio, siempre a peor, tu madre enferma de soledad y cansancio y muere. Todavía no tienes trece años y estás solo en el mundo con tu hermano menor, Hilary. Afortunadamente para ti, cerca de la última casa en que vivisteis estaba la parroquia que frecuentaba tu madre y, en ella, un párroco, el P. Francis Morgan que os adopta. No solamente os da alojamiento sino que complementa con su dinero personal las escasas rentas que se derivaban de la pobre herencia que os deja, a ti y a tu hermano, vuestra madre. El recuerdo de la abnegación de tu madre y la caridad del P. Francis afianzan tu catolicismo para siempre.

“Cuando pienso en la abnegación de mi madre... desgastada por la persecución, la pobreza y la enfermedad, en gran parte su consecuencia, esforzándose en transmitirnos a nosotros, pequeños, la Fe, y recuerdo el minúsculo cuarto que compartía con nosotros en las habitaciones alquiladas en la casa de un cartero en Rendal, donde murió sola, demasiado enferma para recibir el viático, me es muy duro y amargo comprobar que mis hijos se apartan [de la Iglesia].

No sé a ciencia cierta hasta dónde llegó el alejamiento de tus hijos de la Iglesia. Sé que a tu hijo Michael le escribías unas cartas de una profundidad impresionante hablándole del debilitamiento de su fe. También sé que tu hijo mayor, John, se ordenó sacerdote y ofició tu funeral treinta y tres años más tarde de su ordenación. Pero sí entiendo tu sufrimiento por el debilitamiento de la fe, en el grado que fuera, de tus hijos. Para ti, esta era la herencia más maravillosa que habías recibido y constituía el sentido de tu vida legársela intacta a ellos.

Del P. Francis dices:

“Por primera vez aprendí de él la caridad y el perdón, y su luz horadó aún la oscuridad “liberal” de la que yo venía”.

¿Me desvío entonces mucho al considerar que, además del lenguaje, al que explícitamente aludes, el catolicismo, tu familia y la naturaleza forman parte de las hojas que fermentaron en tu mente alimentando su humus? No lo creo. Toda tu obra respira infancia y está impregnada catolicismo y naturaleza.

Pero de tanto hablar de “El Señor de los Anillos” me he olvidado del pasaje del que especialmente te quiero hablar y por el que te uno en esta carta a Beethoven. No está en esa obra, sino en una pequeña historia de once páginas, que suele publicarse conjuntamente con tu obra madre, “El Silmarillion”, tu mitología élfica. La historia se llama “Ainulindalë”, que en lengua élfica significa, “la música de los Ainur”. Es una narración de la creación del mundo por Ilúvatar a través de la música, y del pecado del más perfecto de los Ainur, Melkor. De la música salen el mundo, los elfos y los hombres. Melkor, en su soberbia, quiere estropear la música con temas disonantes con los de Ilúvatar. Pero, de manera asombrosa, éste es capaz de armonizar todo intento de disonancia de Melkor armonizándola en un nivel más elevado y haciendo inútiles todos sus esfuerzos por crear confusión. He leído muchas veces este texto y lo he comparado con tu música y tu vida, querido Ludwig. Perdona que hasta ahora te haya tenido relegado, pero era necesario llegar a la música de Ilúvatar para conectar contigo. No puedo dejar de pensar, Ronald, que tenías en la cabeza la música y la vida de Ludwig al escribir esa historia. No es nada nuevo, Ludwig, decir que tú escribías música para hacer felices a los hombres. Muchas veces lo escribiste en tu cuaderno de notas. Pero el entramado inextricable de tu música y tu vida son, como la música de Ilúvatar un continuo superar con armonía las disonancias. Como dijo san Pablo, un vencer el mal en el bien. Y esa continua búsqueda de la armonía te llevó a Dios.

Tú, a diferencia de Ronald, naciste ya católico, si se me permite la inexactitud teológica. Fuiste bautizado el 17 de Diciembre de 1770, al día siguiente de nacer. Bonn estaba bajo los dominios del arzobispo elector de Colonia. Era por tanto un enclave católico en el mosaico religioso de Alemania. Pero fuiste un hombre de tu época y tu educación fue en los principios de la Ilustración. Tu primer maestro, Christian Neefe, no era un gran músico, pero era un hombre ilustrado que te aficionó a la lectura y te inculcó tus primeras ideas sobre la estética. Una de ellas, que se te marcó para toda la vida, fue que los principios y las leyes de la música deben estar relacionados con la vida psicológica del hombre. Esto, que hoy nos parece tan obvio, no lo era, ni mucho menos en los últimos años del siglo XVIII, marcados por un clasicismo muy formalista. Pero junto con la afición a la lectura y con esa concepción de la música, que nunca le agradeceremos suficiente a Neefe, trató de inculcarte las ideas ilustradas de un Dios relojero, distante e innecesario. Esta actitud marcó tu distanciamiento de la Iglesia católica, aunque no llegó a mermar tu profundo sentimiento religioso. Ni el deísmo ni el panteísmo llegaron a rozar tu alma. Siempre supiste ver, con inmensa admiración y respeto, la huella del Creador, al que adorabas a tu modo, en una creación a la que amabas con toda tu alma. La naturaleza y el cielo estrellado te acercaban a Dios, sin confundirlo nunca con sus criaturas. En tus cuadernos se pueden leer muchas frases del siguiente tenor:

“La visión de las estrellas en medio de la noche colma mi alma de un modo maravilloso, y es algo que llega hasta el fondo de mi espíritu”.

“El mundo no se ha formado por un encuentro casual de los átomos; las fuerzas y las leyes que tienen su origen en la inteligencia infinita, han sido la causa de este orden”.

“Me siento afortunado, lleno de felicidad en el bosque: cada árbol habla a través de ti, ¡oh! Dios... Tengo la sensación de que cada árbol me conoce y me deja oír su voz diciendo: Santo, Santo, Santo... Dios mío, en el bosque soy feliz. ¡Qué serenidad, qué paz! En el bosque me es más fácil elevar mi alma a ti”
.

Espiritualidad, fe, y alabanza al Creador. Todo un programa. Pero las primeras disonancias de Melkor no van a tardar en oírse en tu vida. La música de tu primera época era jovial y espontánea. Si toda tu música hubiese sido así habrías sido un gran músico, pero no hubieras sido Beethoven. Un día de verano de 1802 paseabas con tu amigo Ferdinand Reis por un bosque cercano a Viena. De repente Reis se para. Lleva su dedo a la boca y luego al oído. “Qué bonita melodía” –exclama. “¿Qué melodía?” –le preguntas. “La del caramillo del pastor, escucha”. Fuerzas el oído, pero no oyes nada. Con un gruñido das media vuelta y emprendes el regreso a casa sin decir una palabra en todo el trayecto. Es la primera manifestación grave de un proceso que empezó hace unos años y acabará en la sordera total. Para un músico, el desastre. Para un músico de moda en la frívola Viena, el fin. Hay que ocultarlo como sea. Pero eso te produce un mayor desasosiego. La necesidad de fingir todo el tiempo, de no poderte sincerar, de guardarte la angustia para ti sólo. Tu carácter se hace agrio. Tienes altibajos anímicos terribles, que te van a llevar desde la desesperación hasta la determinación de vencer a la sordera con la voluntad. No a evitar quedarte sordo, que es imposible, sino a superar la sordera. A vencer a Melkor.

En esta lucha escribes, el 6 de Octubre de 1802, el llamado “Testamento de Heiligenstadt”, el primero de los dos misteriosos escritos que nos has legado. Es una triste y terrible carta a tus hermanos, que jamás fue enviada, donde barajas la posibilidad de la victoria de Melkor a través del suicidio y nos revelas muchas cosas de tu mundo interior.

“Pero pensad que desde hace seis años he sido golpeado por un mal pernicioso que los médicos han agravado...”.

Dices, disculpándote ante tus hermanos por tu mal carácter. Y continúas:

“Y, sin embargo, no puedo decir a los hombres: ¡hablad más alto porque soy sordo! ¡Ah!, ¿como poder confesar la debilidad de un sentido que en mí debiera existir en un estado de mayor perfección, en una perfección que muy pocos músicos han conocido jamás?...”.

La soledad ante un mal que te parece inconfesable.

“Divinidad, tú que desde lo alto ves el fondo de mi ser, sabes que arden en mí el deseo de hacer el bien y el amor a la humanidad. Hombres, si leéis esto algún día, pensad que no habéis sido justos conmigo,...”.

Triste sensación de estar en paz con Dios pero incomprendido por los hombres en tu sufrimiento.

“Al mismo tiempo os declaro herederos de mi pequeña fortuna (si se puede llamar así) Repartidla honestamente. Lo que habéis hecho contra mí, os lo he perdonado hace tiempo: bien lo sabéis”.

Hombre primario, de grandes cóleras pero rápido en el perdón y la reconciliación.

“Adiós y amáos”.

Deseos de buena voluntad para todos. E, inmediatamente, la incitación de Melkor al suicidio.

“Ya está, decidido. Con alegría voy al encuentro de la muerte. Si viene antes de que haya podido desplegar todas mis potencialidades para el arte, entonces llega demasiado pronto para mí... y me gustaría que fuese más tardía. Sin embargo, aún entonces sería feliz: ¿no me libraría ella de un estado de sufrimiento insoportable? Ven cuando quieras, amorosamente, a mi encuentro.
Adiós, y no me olvidéis del todo después de mi muerte; tengo derecho a esto de vuestra parte, y ya que he pensado muchas veces en mi vida haceros felices, sedlo”
.

Qué tristeza para la humanidad si hubieses cedido a la tentación del suicidio, si nos hubieses privado de tu existencia sorda antes de haber podido desplegar todas tus potencialidades para el arte. El mundo sería, sin duda, un mundo más triste. Pero afortunadamente, la disonancia de Melkor no triunfó. Cuatro días más tarde, el 10 de Octubre, escribes una posdata triste y cargada de desesperanza, pero en la que parece que has abandonado la idea del suicidio:

“Así me despido de ti y bien tristemente; sí, la amada esperanza que me ha traído hasta aquí para ser curado debo abandonarla por completo. Así como las hojas del otoño caen y se marchitan, así yo la he perdido. Casi como vine me voy. Hasta ese coraje que me animaba los hermosos días de verano ha desaparecido”.

Pero no es cierta esa pérdida de la esperanza. Para un hombre como tú era imposible que muriera del todo en tu alma. Por eso te diriges a Dios abriendo una estrecha ventana en la que no te atreves a creer.

“Providencia, deja que en mí aparezca un día de pura alegría...
¿Cuándo, cuándo, oh Dios, podré experimentarla de nuevo en el templo de la naturaleza y de la humanidad?
¿Nunca?
No.
Sería demasiado cruel”
.

Ese nunca interrogativo y esa negación rotunda son el principio de la superación de la mortal melodía de Melkor. No ha pasado ni un mes del “Testamento de Heiligenstadt”, cuando ya estás escribiendo a un amigo diciéndole:

“Agarraré al destino por la garganta; no le dejaré que me domine” [...] “... a veces he maldecido al Creador y a mi existencia, luego me he resignado”.

No es, desde luego, la resignación del abandono. Te resignas a aceptar tu sordera como algo que Dios permite, aunque no entiendas por qué. Pero vas a seguir componiendo música con sordera o sin ella. Vas a agarrar al destino por el cuello. Y de esa resignación, de esa determinación, va a nacer otra música. Fuerte, indómita, imponente. Ahí están la Heroica y la Quinta, la Appassionata y el concierto Emperador. Pero también el bucolismo lleno de paz de la Pastoral o el concierto para violín, pleno de lirismo y melodía y un largo etcétera de obras impresionantes de todo tipo que sería muy largo citar.

Lo que daría, querido Ludwig, por conocer tus pensamientos en los cuatro días que van del 6 al 10 de Octubre de 1802. En esos días la disonancia destructora de Melkor fue vencida en tu alma por el magnífico acorde que Ilúvatar hizo sonar en tu interior.

Pero es imposible derrotar completamente a Melkor en esta vida. Mientras vencías a la sordera musical y moralmente, te atacaba por otro frente; el del amor. Toda tu vida estuviste enamorado. La lista de las mujeres a las que amaste es larga. Tu amor era apasionado, como toda tu vida, pero profundamente espiritual. No creo que tu ideal fuese el amor platónico pero, desde luego, no concebías el sexo sin un profundo amor consagrado en fidelidad perpetua. “El amor sensual sin la unión de las almas es bestial, y siempre será así” –escribiste. Tu única ópera, “Fidelio”, es una declaración de principios de la fidelidad conyugal en la que siempre creíste y buscaste. Pero, ¡ay!, una cosa era ser el músico admirado y otra que la alta sociedad vienesa te aceptase como yerno. Las mujeres a las que amaste, te admiraron todas. Bastantes de ellas te amaron sinceramente. Pero las que lo hicieron lo suficiente como para casarse contigo fueron dadas por sus padres en matrimonio de conveniencia a otros hombres, miembros de la nobleza o la alta burguesía. Algunas veces esos maridos eran también buenos amigos tuyos, que ignoraban tu amor por las que se convirtieron en sus mujeres. Esa era la segunda disonancia con la que Melkor intentó arruinar tu acorde interior. Y, como con la sordera, casi lo consigue. A partir de 1813 y hasta más o menos 1820 tu creación de grandes obras empieza a decaer. Sólo dos sinfonías, ningún concierto para instrumento solista. Lieder, danzas, piezas cortas. Muchas de ellas maravillosas, sí, pero no el imponente Beethoven. ¿Dónde estabas?

Estabas intentando reponerte del más doloroso desengaño de amor. En 1810 todo estaba arreglado para casarte con Teresa Malfatti, veinte años más joven que tú, pero locamente enamorada de ti. Eras feliz. Sólo un trámite; el permiso del padre. No parecía ser un problema. Los Malfatti no formaban parte de la aristocracia y tu amigo, el conde Gleichenstein, prometido de Ana, la hermana pequeña, haría el buen oficio de casamentero. Sin embargo, el doctor Malfatti se niega. “Es un hombre un poco raro –parece que dijo– aunque no cabe la menor duda de que es un genio”. Pero la rareza, o la edad, o lo que quiera que fuese pesó más que tu genialidad y la respuesta fue “no”. En una carta a Gleichenstein, que acaba en un soliloquio le dices: “Lo que me dices me precipita de las esferas del mayor entusiasmo a un auténtico abismo. [...] Para ti, pobre Beethoven, no existe ya ninguna alegría fuera de ti mismo”.

Es cierto que tuviste más amores después de esa fecha hasta la puntilla del 6 de Julio de 1812 e incluso después. Pero no tuvieron la frescura ni la alegría del de Teresa. El 4 de Julio de ese año, sales de Praga, alocadamente hacia el balneario de Teplitz. Pero no llegas a tu destino hasta las cuatro de la madrugada del día 6, después de un viaje espantoso. En la mañana del 6 de Julio escribes la segunda de tus dos misteriosas cartas, conocida como la carta a la “amada inmortal”. Es febril, apasionada, confusa, desconcertante, desordenada y muy triste. Con una caligrafía imposible. “Mi ángel, mi todo, mi yo” –empieza.

“¿Es que nuestro amor sólo puede existir a costa de sacrificios, de exigencias de todo o nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que yo sea enteramente tuyo y tú no seas enteramente mía? El amor lo exige todo, para ti y para mí... Si estuviéramos juntos, experimentarías como yo este dolor”.
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“Nos volveremos a ver, sin duda, pronto. Tampoco hoy te puedo comentar las observaciones que te he hecho sobre mi vida en estos últimos días... el corazón está demasiado lejos para poder decirte cualquier cosa. ¡Ah!, hay momentos en los que encuentro que la palabra no es absolutamente nada... Continúa siéndome fiel, mi único tesoro, mi todo, como yo para ti; el destino habrá de decidir lo que haya de ser de nosotros”
.

Como en el caso del “Testamento de Heiligenstadt”, la carta está dividida en dos partes. La segunda la escribes esa misma noche y en la mañana del día siguiente:

“Tú sufres, mi ser querido. [...] Tú sufres, ¡ah! Donde estoy yo, tú también estás conmigo. Si fuera posible vivir contigo, ¡qué vida!... [...] Por mucho que me ames, yo te amo mucho más. [...] Ah, ¡Dios! Tan cerca y tan lejos. Nuestro amor no es un verdadero edificio celestial, pero es tan sólido como la bóveda del cielo. Buenos días 7 de Julio por la mañana. Ya desde la cama mis pensamientos se dirigen a ti, mi amada inmortal; a veces alegres, luego tristes, preguntando al destino si nos concederá lo que le pedimos. Sólo me es posible vivir completamente contigo o completamente sin ti... Si –hay de mí— es necesario, tú te resignarás... porque conoces mi fidelidad hacia ti... Tu amor ha hecho de mí el ser más feliz y el más desgraciado. Ahora, a mi edad, necesitaría alguna uniformidad, alguna normalidad en mi vida. ¿Puede esto suceder en nuestras relaciones? [...] Estate tranquila. Sólo por una dilatada contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo, vivir juntos. Estate, pues tranquila. Ámame –hoy-ayer– qué aspiración bañada en lágrimas hacia ti, ti, tú, tú, mi vida, mi todo. Quiéreme siempre. No desconfíes nunca del corazón de tu amado Ludwig.
Enteramente tuyo, enteramente mía, enteramente nuestros...”
.

La carta nunca fue enviada. Pudo serlo, porque en ella aclaras que el correo sale todos los días. Pero no se envío jamás. Sólo después de tu muerte se encontró, junto con el “Testamento de Heiligenstadt” en un cajón secreto de tu escritorio. Como bien sabrás, han corrido ríos de tinta y hay cientos de teorías, sobre quién podría ser la destinataria y cuál era el obstáculo que os impedía realizar vuestro amor. Nada detestaría más que esta carta pareciese un cotilleo de revista del corazón. Sólo una de las teorías me importa. La que dice que la amada inmortal no existió. ¿Puede ser verdad? ¿Puede ser verdad que tu dolor y tu añoranza del amor te llevasen a inventarte a la amada inmortal? Y una frase me llama la atención por encima de toda la carta. “Estate tranquila. Sólo por una dilatada contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo, vivir juntos. Estate, pues tranquila”. La única que inspira tranquilidad en medio de la tormenta. Sospecho que la dilatada contemplación de vuestra existencia que le pides a tu amada inmortal va, más allá de la muerte, hasta la eternidad. Estate tranquila. Aunque la vida nos niegue el amor, la eternidad es más larga, y en ella nada ni nadie podrá impedirnos que nos amemos inmortalmente, me parece que le estás diciendo.

Pero, sea como fuere, lo cierto es que, desde el rechazo del padre de Teresa, y reforzada por los sentimientos de esta carta, te sumes en una profunda depresión, que tiene “mudo” al gran Beethoven durante varios años. Compones, sí, pero no la música de una Quinta. Melkor triunfaba sobre tu inmensa creatividad.

Muchas frases de esos años en tu cuaderno de notas y tus cartas reflejan tu desolación interior. “La gente ya no confía del todo en mí, y no dudo que en eso acierta”, “me siento enfermo, aunque es cierto que más mental que físicamente”, “resignación, la más profunda resignación con tu destino”, “no puedes ser hombre para ti, sólo para los demás; para ti no hay ninguna felicidad”.

Pero en 1815, el ave fénix de tu alma empieza a resurgir de las cenizas. La resignación ya no es una actitud estéril, vuelve a ser, como después de Heiligenstadt, aceptación de la voluntad de Dios, como opuesta al destino de Melkor. “Sumisión. Resignación: ¡Resignación! Así seremos vencedores de las más profundas miserias, y nos haremos dignos de que Dios perdone nuestras faltas”, porque “al lado de las obras del Altísimo, todo es pequeño”. El espíritu de Heiligenstadt vuelve a resurgir:

“Las zarpas de hierro del destino no desgarran más que los flancos del débil. El que tiene el espíritu de un héroe ofrece valerosamente el arpa que el Creador ha puesto en su corazón al destino. Puede golpear sus costados, pero no puede destruir el magnífico acorde interior..., porque la paz de Dios murmura a través de sus cuerdas. [...] ¿Qué puedo hacer? Ser más que mi destino”.

Y, efectivamente, por esas fechas empiezas a escribir otra de las obras del gran Beethoven. Nada menos que la sonata para piano “Hammerklavier”, el piano-martillo. Se le llama la sinfonía para piano y no es para menos. Año y medio para escribirla. Con ella se inicia un nuevo Beethoven que vencerá definitivamente a Melkor. Está escrita con ira. “Rabia, decisión, malhumor esforzado y titánico, que obliga al intérprete a aporrear el piano con una fuerza colérica, como nunca había tenido que hacer un virtuoso del instrumento. No hay sentido del humor ni jugueteos: sólo en el adagio se adivina un intimismo profundo que tiende al infinito”[3]. Se acabó la autocompasión, se acabaron las lamentaciones hay que hacer una nueva música. Va a nacer un nuevo Beethoven. Y a partir de entonces nos regalas, para hacernos felices, para aprender de ti, la Misa Solemnis y la Novena Sinfonía entre otras obras únicas, distintas a todo lo escrito hasta entonces.

“Quiero escribir una obra verdaderamente espiritual” dijiste cuando se te ocurrió componer la Misa Solemnis para celebrar la consagración como obispo de tu amigo el archiduque Rodolfo. Y al acabarla: “Mi principal propósito ha sido despertar e infundir sentimientos religiosos, lo mismo en los cantantes que en los oyentes” y “difundir los rayos de luz de Dios en el género humano”. “Está escrita con el corazón y espero que llegue al corazón”. Y en su más de una hora de intensa liturgia, por lo menos en mí, lo has conseguido.

De la Novena, poco se puede decir sin caer en el tópico. Yo no voy a decir nada. La he oído muchas veces en disco y en vivo. Guardo un profundo recuerdo emocionado de la vez que la oí en vivo dirigida por Jehuda Menuhin. Sería incapaz de expresarlo con palabras y de lo que no se puede hablar más vale callar. Ahí está, declarada patrimonio de la humanidad.

Pero tu victoria final sobre Melkor llegó en tus últimos días. Tres días antes de tu muerte, tu médico se siente en la obligación de decirte claramente que tu vida toca a su fin. “Me apretó calurosamente la mano –nos cuenta– y me dijo con voz serena y lenta: Mande llamar al párroco”. El párroco vino, te confesaste el día veintitrés de Marzo, el veinticuatro recibiste la comunión y la extremaunción y el 26 de Marzo de 1827 entregaste a Dios tu alma luchadora. Seguro que su Misericordia la hubiese recibido igual por la oración de tu vida y tu música, pero, aún en vida, Dios quiso regalarte el consuelo final de Cristo.

Quiero transcribir, para acabar esta carta demasiado larga que no se como acabar, el Himno a la Alegría de Friedrich von Schiller, al que pusiste música en el último movimiento de la Novena. También a él debería ir destinada esta carta.

“¡Alegría! ¡Alegría!

Alegría, bella chispa de los dioses,
hija del Elíseo.
Nosotros penetramos con ardiente entusiasmo
-¡oh celeste!- en tu lugar santo.
Tu encanto une de nuevo
lo que el convenio ha separado rigurosamente:
todos los hombres serán hermanos
allí donde tu dulce ala se cierna.

Aquél que ha conseguido la suerte
de ser amigo de un amigo,
el que ha enamorado a una noble mujer,
¡que su júbilo se una al nuestro!
¡Sí, el que tan sólo a un alma
puede nombrar suya sobre el globo terrestre!
Pero el que no ha podido hacerlo
¡que se oculte llorando fuera de esta alianza!

Todos los hombres beben la alegría
de las ubres de la naturaleza;
todos los buenos, todos los malos
siguen su huella de rosas.
Ella nos ha dado los besos y la vid,
un amigo fiel hasta la muerte;
se han dado los placeres al gusano
y el querubín se yergue ante Dios.

¡Alegres! ¡Alegres!

Alegres, como vuelan sus soles
a través de la llanura espléndida del cielo,
¡recorred, hermanos, vuestro camino;
alegres, como un héroe hacia su victoria!

¡Abrazáos, millones de seres!
¡Este beso al mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
tiene que habitar un Buen Padre.
¿Os postraréis, millones de seres?
¿Presientes al Creador, mundo?
¡Búscale por encima de la bóveda estrellada!
Sobre las estrellas debe habitar”.

Hay dos versos quiero resaltar de este maravilloso poema:

“¡Recorred, hermanos, vuestro camino;
alegres, como un héroe hacia su victoria!”


Quiero daros las gracias, Ludwig, y Ronald por vuestras obras y por la lección de vuestra vida. Por haber sabido mantener flameando la Bandera de Este Mundo hasta vuestro último aliento. En la carta que escribí hace unos meses a Gabriel Celaya, citaba una frase de Jean Cocteau que decía algo así como; "escribir es un acto de amor. Si no lo es, es sólo caligrafía”. Vosotros, con vuestra vida heroica, me habéis enseñado algo más: Que vivir es un acto de amor, y si no lo es, es sólo inutilidad. No importa cuan importante o insignificante sea nuestra vida, vivirla con inconformismo hacia la mediocridad, con espíritu de superación y con alegría, hace de ella un acto de amor y a nosotros héroes que caminamos hacia nuestra victoria.

Espero que ambos estéis con vuestra amada inmortal en el paraíso. Tú, Ludwig, con la que nunca tuviste en la tierra y tú Ronald, con Edith, pero sin esos misteriosos lapsos de oscuridad que a veces estropearon vuestras vidas. Y espero también encontrarme con vosotros por encima de la bóveda estrellada, sobre las estrellas, donde habita nuestro Dios misericordioso. Y desde allí pedir con vosotros que el bien reine en este mundo y que todos los hombres sean hermanos, hijos del mismo Buen Padre, por difícil que esto parezca en este mundo tan herido por Melkor. Que la armonía de Ilúvatar envuelva las disonancias de Melkor. Que el mal sea vencido en el bien.

Mientras llega el momento de encontrarnos, recibid un abrazo.

Tomás.
[1] Cardenal Eugenio Pacelli, Congreso eucarístico de Budapest, mayo de 1935.
[2] The Times, 3 de septiembre de 1973.
[3] José Luis Comellas, Beethoven, Ariel. Noviembre 2003.

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