8 de junio de 2008

El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento 10

Tomás Alfaro Drake

Introducción

El 6 de Enero, en una entrada de este blog dedicada a Simone de Beauvoir, me comprometí a hacer un análisis de cómo el pensamiento occidental ha derivado hacia la posmodernidad. Luego, pensé que no me bastaba con ese análisis. Necesitaba ver qué reacción estaba habiendo en este pensamiento contra esa decadencia. No me gusta la palabra reacción ni contra. Lo que se está produciendo no es una reacción contra nada, sino un reavivamiento del pensamiento sano que hizo posible Occidente y de cuyas rentas ha venido viviendo nuestra cultura dilapidando una preciosa herencia. Por eso he llamado a esta “reacción” “nuevo renacimiento”. No sé exactamente a dónde me llevará este intento, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el mar. Así que empiezo hoy una serie de escritos que espero sirvan para algo y que no sean demasiado densos ni demasiado largos. Pero no sé cómo me saldrá el intento. Este párrafo iniciará cada una de las “entregas”, para recordar para qué los escribo. No recomiendo empezar la lectura de esta serie por cualquier sitio. Si alguien está interesado en ella, creo que es mejor remontarse al primero, publicado el 20 de Enero del 2008.

Un tímido intento de sistematización de la filosofía del encuentro.

En primer lugar, la filosofía del encuentro, parte de la vuelta a la realidad. Hay una realidad ahí fuera que nuestra mente necesita explicar, pero que no depende de nosotros. Pero esa realidad es tan rica, tan inmensa, tan multiforme, que desborda a todas nuestras facultades, y en particular a la razón. Por eso tenemos que buscar nuevas herramientas para buscar explicaciones. En realidad, nada hay de nuevo en estas herramientas. Sólo llevan siglos olvidadas en el desván del conocimiento. Estas herramientas no pueden aportar demostraciones apodípticas definitivas que acaben con la frase “quod erat demostrandum”. Pero despreciar por ello a las nuevas herramientas sería un gravísimo error que nos obligaría a seguir respirando el aire viciado del racionalismo. Sería tan ridículo como si alguien, en una habitación cerrada, a 40º y cargada de humos, protestase porque se abriese una ventana a un ambiente exterior de aire puro a 20º. Sin embargo, esto nos hace tener que replantearnos el problema de la certeza.

La primera forma de certeza, la certeza lógica del razonamiento silogístico es, sencillamente, pobre e incompleta. Y esto no es una afirmación mía ni de ningún filósofo del encuentro. En el año 1931, el lógico-matemático austriaco-americano Kurt Gödel (1906-1978) escribió un artículo que debió ser la muerte del racionalismo, pero que parece que muchos no han querido conocer. Llevaba el largo título de “Sobre las proposiciones matemáticas formalmente indecidibles en los Principia Mathematica y sistemas afines”. En él se demostraba, con una lógica formal irrefutable, de las que acaban con el famoso “quod erat demostrandum”, que en todo sistema lógico formal hay proposiciones imposibles de demostrar como verdaderas o falsas con la lógica del sistema. Estas proposiciones se llaman indecidibles. Conviene aclarar que un sistema lógico formal está basado en dos cosas y que ambas están fuera del sistema. La primera es un conjunto de axiomas indemostrables desde dentro del sistema y la segunda un conjunto de reglas de inferencia, también dadas anteriormente al sistema. Pues un sistema así definido, siempre tiene lagunas, proposiciones indecidibles. Desde luego, podemos ampliar el conjunto de axiomas, no demostrados, e introducir nuevas reglas de inferencia. Muchas proposiciones indecidibles con el antiguo sistema serán demostradas como verdaderas o falsas con el nuevo. Pero seguiría habiendo proposiciones indecidibles. Gödel demostró que por muchos axiomas y reglas de inferencia que introdujésemos, siempre habría proposiciones indecidibles. Esto no quiere decir que esas proposiciones no fuesen verdaderas o falsas, sino que no se podía decir si lo eran o no, desde dentro del sistema. Sólo desde fuera del sistema, no con un sistema lógico formal, podían ser consideradas verdaderas o falsas. Así pues, la incontestable demostración de Gödel nos pone ante la disyuntiva de elegir entre renunciar a saber ciertas cosas o intentar saberlas desde fuera del sistema lógico formal. Pero precisamente las preguntas que importan al hombre son las indecidibles desde dentro del sistema. ¿Quién soy yo? ¿Tengo algún sentido? ¿Qué va a ser de mí? ¿Puedo esperar la felicidad?

La conclusión de Gödel no es una puerta abierta de vuelta al escepticismo. Gödel no dice que no se pueda conocer la verdad, lo que sería escepticismo, sino que a través de un sistema lógico formal no puede conocerse toda la verdad, es decir, que hay verdades fuera del alcance de la razón deductiva. Es decir, que el racionalismo es falso.

La segunda forma de certeza, la certeza empírica, la certeza científica, también tiene su talón de Aquiles. Ya he citado en un artículo anterior algunas ideas al respecto de grandes científicos del siglo XX. Pero desde un punto de vista filosófico, fue Karl Popper (1902-1994), filósofo austriaco-británico, nada afín a las corrientes filosóficas que ahora nos ocupan, el que dio el golpe de gracia la certeza científica. En sus obras “La lógica del descubrimiento científico” y “Conjeturas y refutaciones”, nos habla de que todo conocimiento científico es siempre provisional, sujeto a refutación cuando aparecen datos empíricos que lo falsean. La historia de la ciencia está cuajada de conocimientos “irrefutables” que se han derrumbado como un castillo de naipes de la noche a la mañana.

Descartada así la segunda forma de certeza, como pobre y provisional, ¿qué nos queda? ¿La resignación? No. La certeza existencial. Las cosas que sabemos porque algo, en el terreno de nuestra experiencia, nos dice que son así. Algo en lo que no somos locos aislados, sino que compartimos con miles de seres humanos. Algo que nos hace entendernos mejor a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Algo que nos acerca a la respuesta de las preguntas importantes, las que se ha preguntado el hombre desde que es hombre y que he formulado hace unas líneas: ¿Quién soy yo? ¿Tengo algún sentido? ¿Qué va a ser de mí? ¿Puedo esperar la felicidad?

Permítaseme contar una historia tonta pero ilustrativa. A un borracho, de vuelta a su casa por la noche, se le cayeron las llaves en la oscuridad. Vio a lo lejos un farol y se acercó a él. Con gran atención miraba por todo el círculo de luz del farol, paseándose por él. Otra persona que pasaba por allí se brindó a ayudarle a buscar las llaves. Tras media hora de mirar por toda la zona iluminada, le preguntó si las llaves se le habían caído allí. “No –contestó el borracho–, se me han caído allí lejos, en la oscuridad, pero he venido a buscarlas aquí porque allí no hay luz”. El otro hombre le contestó que le ayudaría a buscar las llaves allí donde se le habían caído, a tientas. Allí se fueron los dos hombres a buscarlo. La historia no aclara si las encontraron o no mientras duró la noche, paro estoy seguro que las encontraron cuando se hizo de día. Y me gustaría pensar que ese fue el principio de una buena amistad.

La filosofía del encuentro hace énfasis precisamente en eso, en la búsqueda del tú. Sabe que los dos estamos en la misma búsqueda. Yo y tú, son conceptos misteriosos. Los encuadramos bajo el nombre de personas, pero aunque yo soy yo y tú eres tú, tanto tú como yo somos más grandes que nosotros mismos. Somos un misterio para nosotros mismos y para los demás. No estamos enteramente delante de nosotros mismos, si se recuerda la frase de Gabriel Marcel. Sin embargo, no debemos renunciar a profundizar en ese misterio. Pero, la mejor manera de profundizar no es a través del yo y el tú, sino a través del nosotros, sin dejar de ser yo y tú. A través del encuentro. Conozco pocas frases más estúpidas y egoístas que la de “mi libertad acaba donde empieza la de los demás”. Denota una pobrísima concepción de juego suma cero en la vida y lleva a una insípida tolerancia, basada en la indiferencia y el equilibrio inestable del “Homo hominis lupus”. Es como si viviésemos limitados a un plano en el que si yo ocupo más espacio es a costa de que tú ocupes menos. Existe, sin embargo, la dimensión “arriba”, fuera del sistema, trascendente, pero no por ello menos real. Y para trepar hacia esa dimensión, “arriba”, sólo lo podemos hacer apoyándonos los unos en los otros. Nos tenemos que ocupar yo de ti y tú de mí, desde el respeto, para, desde el nosotros, trepar hacia esa realidad trascendente.

1 comentario:

Juan-Luis dijo...

yo la frase la conocía como "mi libertad empieza donde acaba la del otro", lo cual significa, obviamente, que "el infierno es el otro", pues es quien condiciona y coarta mi libertad....

Gracias por esta aproximación sistemática y global (o, como dices, al menos un intento). Me ha gustado lo del nombre genérico de "filosofía del encuentro", creo que es muy acertado...

Fascinante que recurras a Gödel y a Popper para desmontar el racionalismo. ya lo había leído, pero no lo he encontrado antes tan clara y sencillamente explicado. Gracias!