30 de junio de 2008

¿Tiene Dios una inmoderada afición por los escarabajos?

Este es el 21º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”, “Los primeros brotes del arbusto de la vida”, “La división del trabajo” y “La explosión del arbusto de la vida”.

Quienes se apoyan en la evolución para convencernos de que el hombre es una rama más, como otra cualquiera del arbusto de la vida, se oponen a la idea de que ese arbusto sea más bien como un abeto, que tiene una cúspide en la que estaría el hombre. Y tienen razón... en parte. El arbusto de la vida es bastante desorganizado e irregular. Posiblemente se parezca más bien a un caótico arbusto que a un organizado abeto. En el siglo XIX, antes de que se pusiese de manifiesto la evolución de la vida y de que Darwin descubriese sus leyes, algunos naturalistas pretendían que a través de la organización de la vida, se podía entender la mente del Creador. El caso más paradigmático de esto es el Rev. William Paley, que escribió a principios de ese siglo un libro, “Teología natural” en el que describía este supuesto paralelismo. Hacia 1930 alguien preguntó a J. B. S. Haldane, reputado naturalista británico, qué podía decir de Dios, a la vista de la organización de la vida. Con mucha sorna, Haldane replicó que esa organización le hacía pensar que Dios tenía una inmoderada afición por los escarabajos. Efectivamente, parece que hay más de ocho millones de especies distintas de escarabajos frente a seis mil especies de aves y unas cuatro mil de mamíferos. Algunos sacaron acerada punta a este comentario para decir que Dios parecía haber dedicado más esfuerzo al diseño del escarabajo perfecto que al del cuerpo humano. No voy a discutir la forma del arbusto. Voy a admitir que es eso, un caótico arbusto. Pero sí voy a mostrar cómo muchos indicios parecen indicar que de ese caótico arbusto surge una larga y fina rama que se extiende hasta muy lejos de él. Es la rama que acaba en la especie humana. Si uno ve de lejos un arbusto del que sale una rama así, puede estar seguro de que esa rama se sujeta en una guía que alguien ha puesto ahí. Más aún cuando en su extremo rama aparece el único racimo de frutos del arbusto, la inteligencia simbólica. Esa guía es la huella de Dios. A partir de ahora, copiando la terminología de la frase de Haldane, ya no llamaré a Dios el Diseñador. Imagino, pues, a Dios sonriendo entre benévolo y divertido al ver que las reglas de la evolución diseñadas por él producen millones de especies de escarabajos y la más maravillosa y caótica variedad de especies vivas. Mientras tanto, como un hábil pintor que con cuatro trazos hace un retrato, va manipulando aquí y allá una mutación de cada millón y va apareciendo su verdadera inmoderada afición, su obra maestra, anatómicamente muy imperfecta, pero con un órgano muy peculiar. Seguro que tenemos una columna vertebral muy mal diseñada para andar de pie, pero también tenemos un cerebro desarrollado más allá de lo que la naturaleza podría soportar, que será la base de ese fruto; la inteligencia simbólica. Mostraré que sólo una especie en la naturaleza tiene inteligencia simbólica. Mostraré como el cerebro humano es un órgano que no parece haber surgido de las simples reglas de la evolución. Mostraré que algunas de nuestras deficiencias anatómicas son necesarias para ese cerebro. Mostraré que ese cerebro es condición sine que non para que surja esa inteligencia pero que ésta no es la consecuencia automática de aquél. Mostraré que la inteligencia simbólica es un lujo muy superior a lo que necesitamos para sobrevivir en este mundo. Mostraré que otros órganos y facultades humanas, necesarias para expresar esa inteligencia y para sacarle partido, tampoco parecen haber surgido de forma natural de la evolución. Mostraré que es inmensamente más razonable esto que pensar que esa rama salió del ciego azar, pero, como en el resto de artículos, no demostraré nada. Cada uno de los lectores seguirá siendo libre de no aceptar mi razonamiento, a pesar de que sea inmensamente más razonable aceptarlo. Pero aquél que, al final, esté de acuerdo con mis conclusiones no tendrá que esforzarse mucho para aceptar que la inteligencia, el fruto del arbusto, es un don que Dios ha querido colocar al final de la rama que se apoya en la guía que él puso para que ésta pudiera crecer. Será un recorrido arduo. No será ni fácil ni corto, pero espero que merezca la pena.

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