23 de octubre de 2008

Respuesta a un comentario de Fernando A.

Fernando A. ha dejado un nuevo comentario en mi entrada "¿Tenían razón Hitler y Stalin?":

Hola.

Esto no está relacionado con este mensaje, pero no veo otra manera de contactarle directamente con mi petición.Me gustaría ver si podría hacer usted un comentario a este texto:

http://www.arbil.org/AlvaroDors.pdf

Me interesa mucho saber qué piensa al respecto.

Gracias.

Fernando A.


Le contesto:

No importa que no esté relacionado con el mensaje, es un tema interesante y te contesto. Este es el segundo escrito que hago, pues el primero me salió, creo, excesivamente duro y tuve que suavizarlo.

Creo que hay pocas cosas en el mundo con las que pueda estar menos de acuerdo que con ese artículo. Me parece simple y falaz a partes iguales y entremezcladas.

Me explico:

Decir que el fracaso del comunismo se limita a que “… los comunistas visten peor, no tienen tantos bares, no tienen discotecas, no tienen lujo…”, es cerrar los ojos a lo esencial. El sistema comunista ha fracasado porque ha dejado detrás una secuela inmensa y terrible de muertes, miseria y degradación de la dignidad humana.

Decir que no ha fracasado porque ha durado el largísimo periodo histórico de 70, años, sin decir, además, que esa “longevidad” la ha conseguido a base de fuerza y opresión, y comparar ese engendro con el Imperio Romano, no me parece serio.

Comparar el sistema comunista con el mito sesentero del “comunismo cristiano”. No se tiene de pie. Es cierto que los hechos de los apóstoles (2, 44-45) dice “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno”. Y más adelante, en el terrible incidente de Ananías y su mujer, Safira (Hechos 4, 32-5, 11), se comienza diciendo: “El grupo de los creyentes sentían y pensaban lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas”. Pero tan solo unas líneas más abajo, Pedro le dice a Ananías: “¿Por qué has permitido que Satanás te convenciera para engañar al Espíritu Santo, quedándote con parte del precio del campo? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo y no seguía siéndolo después?”. El supuesto “comunismo” de los primeros cristianos era fruto del amor, no de la abolición de la propiedad privada. Es decir, de la virtud, no de la imposición.

Si el autor quiere beber en las fuentes cristianas, que vaya a la Doctrina Social de la Iglesia y vea cuántas veces y con qué contundencia se condena el comunismo como intrínsecamente perverso y se defiende la propiedad privada como un derecho, sujeto a límites, naturalmente, de la naturaleza humana.

Identificar sistema capitalista con avaricia o consumismo me parece confundir las churras con las merinas. El sistema capitalista, conviene ver las cosas con perspectiva, ha sido capaz de generar una cantidad de riqueza y de bienestar impresionante e increíble. Criticar el bienestar desde dentro y no tener esta perspectiva de siglos me parece grave. Una cosa es el sistema, que es una de las creaciones humanas más provechosas y eficientes –con imperfecciones, desde luego– y otra que los seres humanos en vez de practicar las virtudes, practiquemos más frecuentemente los vicios. No hay sistema económico blindado contra la avaricia, la insensatez y la locura. ¿Qué el sistema debe ser perfeccionado? Sin duda. ¿Suprimido? Disparate. Ahora bien, perfeccionado, ¿por quién? Porque si el que tiene que perfeccionarlo es el Estado, apaga y vámonos. No quiero ni pensar que el Estado “perfeccione” el sistema económico como lo hace con la justicia, la policía o las cajas de ahorros. Y es que el comunismo no es un sistema. Es un capitalismo de Estado. Y si es cierto que hay malos empresarios, la historia ha demostrado que el peor de todos es el Estado. Y también hay buenos, muy buenos empresarios, aunque como siempre, se hable más de los malos que de los buenos. Empresarios de pequeñas, medianas, grandes y enormes empresas que con el buen hacer diario y la ética personal, profesional y social, crean riqueza que beneficia a millones de personas, empleados, pequeños y grandes accionistas, clientes, sociedad, etc. Empresarios que trabajan por un futuro mejor para las personas.

La doctrina social de la Iglesia, a la que aludía anteriormente, no condena en ningún momento el capitalismo, aunque sí las conductas abusivas que lo pueden hacer inhumano. Y yo estoy de acuerdo con ambas posturas.

Si volvemos a la perspectiva histórica y nos liberamos de la demagogia, me atrevo a afirmar que el capitalismo está todavía en du pubertad. Tiene grandes contradicciones que tiene que pulir, comete errores, pero si madura correctamente –lo que equivale a decir si la humanidad camina por la senda de la virtud– , será la vía por la que la pobreza desaparezca.

Pero para que la humanidad camine por la senda de la virtud, no es necesario –al contrario, sería contraproducente– la supresión del capitalismo, sino la educación de las futuras generaciones en la virtud. Tarea esta larga, de construcción, no de destrucción. Mucho puede ayudar en esto la educación en valores evangélicos, algo en lo que el Estado tampoco parece ir por buen camino.

Sólo hay una cosa en la que, por desgracia, el marxismo a triunfado. En dejar en la cabeza de mucha gente unos a prioris absurdos y contraproducentes que producen una indiscriminada conciencia de culpa ante palabras como capitalismo, libre mercado, etc. Ya es hora de limpiarse de esa intoxicación.

A fuer de ser sincero, debo decir que no he terminado de leer el escrito que me mandas, porque cuando llegué a lo que el autor llama medidas profilácticas pensé que con semejante diagnóstico no merecía la pena seguir.

No sé si este punto de vista te satisface, pero me pides mi opinión y aquí está. Habría mil cosas más que matizar, pero haría demasiado larga mi respuesta, que vuelta a escribir, tampoco me ha salido blanda.

Un saludo.

Tomás Alfaro Drake.