12 de octubre de 2008

¿Tenían razón Hitler y Stalin?

Tomás Alfaro Drake

Hace algunos años leí la siguiente afirmación de Bertrand Russell:

“El hombre es el producto de unas causas que no habían previsto los fines que están logrando; es decir, que su crecimiento, sus esperanzas y temores, sus amores y sus creencias no son otra cosa que el resultado de la colocación accidental de los átomos; que no hay fuego ni heroísmo, ni intensidad de pensamiento o sentimiento, que puedan conservar la vida individual más allá de la tumba; que todos los esfuerzos de todas las edades, toda la devoción, toda la inspiración y el brillo meridiano del genio humano, están destinados a la extinción en las grandes profundidades del sistema solar, y que todo el templo del logro de los hombres terminará inevitablemente enterrado bajo los restos del universo en ruinas. Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir".

Paso por alto la incongruencia lógica de la última frase que primero concede la indemostrabilidad de lo que dice para, sin solución de continuidad constituirlo en un contundente dogma de fe nihilista. Frente a la terrible cosmovisión que hay detrás de esta frase se alza otra para la que el universo tiene una finalidad dada por un Dios que ha creado el cosmos por amor y en la que el hombre, cada hombre, objeto del amor de ese Creador, es el fin de esa creación. En esta cosmovisión todos los hombres somos hijos amados de Dios, el Creador.

Vamos a suponer por un momento que la cosmovisión de Bertrand Russell fuese cierta. En este caso, sobre esa premisa mayor, resultaría imposible construir un razonamiento lógico que me llevase a aceptar por qué debo respetar a mis semejantes. Podría acudir al imperativo categórico kantiano: “Actúa de tal forma que si todo el mundo actuase como tú, el mundo fuese mejor”. Pero, ¿por qué debo actuar así? Si yo soy una colocación accidental de los átomos, ¿por qué no voy a actuar de forma que mi colocación accidental de los átomos imponga al resto de los hombres que, al fin y al cabo, no son sino otras colocaciones accidentales de los átomos, lo que es mejor para mí aunque sea monstruoso para ellos? No hay un solo argumento que me diga por qué no debo hacer esto. ¿Qué deber ético obliga a unos átomos a respetar a otros? ¿Debe un volcán –otra colocación accidental de los átomos– cuidar de la vegetación de sus laderas?

Exploremos algunas posibles respuestas:

La primera es la imposibilidad. No debo imponer mi voluntad sobre los demás porque no puedo. Pero esto no es un deber ético, es simple impotencia. Además, tal vez haya alguien que sí pueda. ¿Le estaría permitido a éste atropellar a los demás?

La segunda viene del lado del contractualismo. No debo hacerlo aunque pueda, porque tal vez hoy yo pueda imponerme sobre los demás pero, tal vez mañana, otra colocación accidental de los átomos pueda imponerse sobre la mía. Seamos prudentes, hagamos un contrato social. Yo te respeto a ti hoy, aunque pueda imponerme sobre ti, para que tú me respetes a mí mañana si eres lo suficientemente fuerte ara imponerte sobre mi. Admito, como Hobbes –dice este argumento– que el hombre es un lobo para el hombre. Firmemos, por tanto, un contrato de no agresión mutua por pura conveniencia. Pero no cabe duda que alguien, equivocada o acertadamente, puede pensar y pensará, que mientras él viva, nadie podrá disputarle su dominio por la fuerza y, después de él, el diluvio. Si llega a esa conclusión, cosa muy probable, hará todo lo posible por imponerse sobre el resto de las colocaciones accidentales de los átomos. Tanto si lo consigue como si no, hará una considerable aportación a traer un infierno al mundo.

La siguiente respuesta, consecuencia lógica de la anterior –consecuencia que extrajo Hobbes– es la de constituir una instancia superior que garantice ese contrato social de mutua no agresión. Aparece entonces lo que Hobbes llamó el estado Leviatán, en honor al terrible monstruo bíblico. Pero no hay estado Leviatán que no pueda ser embridado por un dictador tiránico que quiera imponer su colocación accidental de los átomos. Entonces salimos de la sartén para caer en el fuego.

Sin embargo, y esta es la siguiente respuesta, siempre podremos hacer que el estado Leviatán tenga varias bridas y separar su manejo, concediendo el control de cada una a una parte diferente de la sociedad. Llegamos a la separación de poderes de Locke y, de ahí, a la democracia. Bien, pero la historia nos enseña que en un estado de poderes separados, siempre hay quien tiene la tentación, que muy frecuentemente tiene éxito, de hacerse con todas las riendas y revivir a Leviatán para beneficio de su colocación accidental de los átomos. Por otro lado, también la historia nos enseña que mientras un estado de poderes separados coexista con otros Leviatánicos, éstos siempre buscarán la forma de fagocitar a aquellos. No importa que a la larga los intentos de agrupar los poderes en una mano o de que un Leviatán fagocite a un estado democrático fracasen. El proceso siempre acarreará muertes, violencia, atropellos y barbarie. Pero, además, la democracia puede desarrollar, y generalmente lo intenta, métodos más sutiles, pero no menos peligrosos, para buscar manejar con facilidad al estado y, a través de él, a las personas que lo forman. Métodos de manipulación ideológica, basados en los medios de comunicación o en una educación en apariencia puramente técnica pero profundamente ideologizada. No una ideología clara, sino la ideología del pensamiento débil –pero totalizante– de lo políticamente correcto. Una ideología descafeineada de criterios de pensamiento sólidos –y por lo tanto libres– en la que prime la idea de que lo técnicamente posible es éticamente bueno y, tal vez, de que sólo la persona económicamente productiva es la que tiene derechos. De una forma sutil, este estado democrático puede degenerar en el peor de los Leviatanes. Aquél en el que las minorías sin voz y no productivas económicamente –embriones, fetos, ancianos, enfermos terminales, etc.– se convierten en silenciosa carne de matadero con el aplauso de una mayoría acrítica y manipulada.

Las anteriores respuestas son, llamémosles políticas. Queda una que es biológica. Su principio pude ser atractivo, pero su final es atroz. Podríamos llamarle una ética biológica, instintiva. Los animales, a diferencia de los humanos, cuando luchan entre individuos de la misma especie, raramente se matan entre sí. Un instinto de especie natural les preserva de matarse entre ellos por el bien de la especie. Ese mismo instinto es tal vez el que puede preservarnos a los seres humanos. Si nos dejamos llevar por esta ética instintiva, como lo hace la colocación accidental de los átomos de los animales, evitaremos guerras, enfrentamientos y muertes. Esto es verdad sólo a medias, porque si bien es cierto que estos mecanismos instintivos existen entre los animales de la misma especie, no lo es menos que la lucha despiadada por la supervivencia entre individuos de la misma especie, sin producir muertes directas, provoca la supervivencia únicamente de los más adaptados, con absoluto desprecio de la inmensa mayoría, condenada al exterminio. Históricamente, esta respuesta ha dado lugar al llamado darwinismo social –absolutamente rechazado por Darwin– que ha justificado las mayores aberraciones históricas.

Éste es, me parece, el razonamiento ético al que lleva la premisa mayor de Bertrand Russell de la colocación accidental de los átomos. Si esta premisa mayor fuese cierta, tendríamos que decir que Stalin o Hitler tenían razón. A Hitler le fallaron sus cálculos y los estados democráticos, aliados con el Leviatán comunista de Stalin –no olvidemos que esta alianza se produjo cuando Hitler invadió la Unión Soviética, al principio los dos leviatanes se aliaron para comerse a Polonia– vencieron en una sangrienta guerra que, aparte de los muertos producidos por la misma, no impidió el exterminio de millones de judíos. Stalin, por el contrario, consiguió mantener la primacía de su colocación accidental de los átomos hasta el fin de sus días a costa del terror más espantoso.

Sin embargo, sabemos que esta conclusión no es verdad. Algo se revuelve en nuestro interior sólo repensar en el salvajismo, la barbarie y el sinsentido de esas dos vidas –las de Hitler y Stalin– y de sus consecuencias. Y no creo que ellos mismos hayan sido felices, ni siquiera estando en la cúspide de su poder. Desde luego, yo no me cambiaría por Stalin, a pesar de su éxito hasta el final, ¿Alguien lo haría? Sabemos que eso no puede llenar una vida. El mero hecho que aparezcan el contractualismo, el estado Leviatán, la separación de poderes como formas de frenar a la bestia con mejor colocación de los átomos, nos dice que la premisa mayor de la que parte esa cosmovisión, no es muy tranquilizadora.

Ya los griegos inventaros un tipo de demostración que llamaron de reducción al absurdo. Si aceptando la premisa mayor de un razonamiento llegaban a una conclusión absurda, concluían que lo que era falso era, precisamente, esa premisa mayor. Podríamos llegar a otra conclusión, una ética sin lógica. Una ética que fuese así tan sólo por salvar los muebles, por que sí. Una ética del deber por el deber –kantiana– o de la bondad natural del hombre –rousseauniana. La primera nos da un sentido del deber árido e insoportable. La segunda, que no es otra que la de la ética instintiva de la especie disfrazada es, simplemente falsa. Nos lo demostraría, si hiciese falta demostrarlo, la experiencia de la dificultad que encuentra el bien para sobreponerse al mal, incluso en los tiempos del hipotético –y por supuesto inexistente– “buen savaje” rousseauniano.

Nos queda la otra cosmovisión. La del Dios Creador bueno, que nos ha creado por amor y que nos ha regalado una inteligencia capaz de buscar y encontrar la verdad, una verdad que nos lleva de Él a la ética. Un Dios que, además, nos ha regalado también la capacidad de que la verdad, y la ética que lleva aparejada, nos parezca bella y que tendamos hacia ellas por algo más que un árido sentido del deber. Que tendamos a ella con la libertad del amor. Una verdad y una ética que incluyen, poniéndolos en su sitio, nuestros deberes hacia la naturaleza, creada también buena, al servicio del hombre, y amada también por el mismo Creador. Si la experiencia nos recuerda que no siempre descubrimos la verdad, que muchas veces caemos en el error, que muchas veces en vez de buscar el bien con la libertad hacemos el mal, es debido al oscurecimiento de nuestra mente o al mal uso que hacemos de la libertad por culpa del pecado original. Una cosmovisión sustentada en un Dios que, ni siquiera después de ese pecado cósmico nos abandona, sino que se hace uno de nosotros y nos regala su gracia para que a través de Él podamos volver a la claridad de la verdad y encontremos el amor a través del bien. Y eso, no como una carga, sino como un tesoro escondido. Una cosmovisión así, merece la pena. En un mudo así se puede vivir, aunque el mal parezca muchas veces campar por sus respetos, porque podemos llamar mal al mal y bien al bien y luchar por vencer el mal en el bien, tengamos el éxito que tengamos. Más aún si tenemos la promesa de ese Dios de que el mal no prevalecerá, aunque a veces parezca que lo hace. Esta cosmovisión, con esta premisa mayor, sí tiene lógica. Desde ella es lógico espantarse de la maldad de un Hitler y un Stalin, saber por qué no nos cambiaríamos por ellos, aunque tuviesen éxito, saber por qué fueron desgraciados e incluso, si se arrepintieron, pedir para ellos el perdón de Dios.

No, ni Hitler ni Stalin tuvieron razón. Ni tampoco Bertrand Russell.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola.
Esto no está relacionado con este mensaje, pero no veo otra manera de contactarle directamente con mi petición.
Me gustaría ver si podría hacer usted un comentario a este texto:

http://www.arbil.org/AlvaroDors.pdf

Me interesa mucho saber qué piensa al respecto.
Gracias.

Fernando A.