2 de noviembre de 2008

El autobus ateo de Richard Dawkins

Hace un par de semanas, en Londres, se inició una campaña publicitaria en los autobuses que dice: “Probablemente Dios no exista, así que disfrutemos de la vida”. El promotor de esta campaña es Richard Dawkins, famoso profesor ateo militante de Oxford. Naturalmente, no se sabe de donde, el dinero ha llovido para financiar tan estrambótica campaña. Desde hace meses llevo publicando en este blog una serie de artículos que muestran que muy probablemente Dios sí exista. Además, que exista no es un fastidio, sino que es algo que da sentido a la vida. Pero hoy quiero traer aquí un artículo de Paul Johnson, periodista e historiador y gran polemista inglés católico.

¿Qué teme el ateo de Oxford?[1]

¿Por qué se han acobardado los ateos? Tras haber proclamado durante un siglo que los argumentos a favor de la existencia de Dios sólo debían exponerse a la luz del día y la discusión publica para desmoronarse ignominiosamente, ¿por qué comienzan a sentir pánico de sus propios argumentos? ¿Por qué, después de atrincherarse en su altiva arrogancia, empiezan a temblar de repente? Lo pregunto a la luz de la terminante negativa de Richard Dawkins a abandonar su seguro reducto académico para debatir conmigo, en un foro abierto, según reglas convenidas y con coordinación neutral, la existencia o inexistencia de Dios. Si el cabecilla del lobby antiteísta de Gran Bretaña, y dueño de la primera cátedra de ateísmo de Oxford –sí, sé que oficialmente es para explicar las ciencias, pero todos sabemos qué se trae Dawkins entre manos–, no está dispuesto a defender sus convicciones, debemos llegar a la conclusión de que están en graves aprietos.

Dejo de lado la razón aparente de la negativa de Dawkins: que mi desafío está motivado por intereses personales. Todos sabemos que no es el verdadero motivo. Está asustado. A fin de cuentas, según el autor de "el gen egoísta", todos nos guiamos continuamente por intereses personales y cualquier otro motivo sería antinatural e ilusorio. Huelga decir que no comparto esta deprimente visión de la humanidad, y compadezco al profesor por creer imposible que un ser humano sea impulsado por la fe, una causa, un genuino deseo de esclarecer a la sociedad o –el principal motivo en mi caso– un ferviente deseo de compartir el precioso don de la creencia en Dios con tantos mortales como sea posible. Una de las consecuencias espantosas de ser un materialista como Dawkins es que, por lógica, uno está obligado a negar la existencia de la metafísica, y el mundo del espíritu se convierte en zona prohibida. Uno está obligado a encarcelarse en una existencia unidimensional, sin pasado significativo y sin futuro personal, donde lo único que importan son objetos materiales empujados por genes porcinos. Pero, como decía, la razón que alega Dawkins para rehusar el debate no es la real.

Sospecho que hay tres razones fundamentales para que Dawkins no compita. Una es la pereza intelectual típica de los divos de Oxford y Cambridge. A fin de cuentas, si uno está acostumbrado a actuar como una ingeniosa eminencia intelectual ante jóvenes boquiabiertos, o a conferenciar ante públicos dóciles que anotan cada palabra como si fuese la Sagrada Escritura, o a pavonearse como león residente en la provinciana sociedad de las tertulias oxonienses, cuesta salir al mundo real donde la gente replica y exige pruebas, y las piruetas académicas no conducen a nada. Fuera del ámbito protegido de los claustros, no existe un puesto intelectual seguro. Dawkins lo sabe. Una cosa es ir a Londres para emitir sonidos en un estudio de televisión, y otra muy diferente enfrentarse a una audiencia en vivo durante dos horas respetando auténticas reglas del marqués de Queensberry.

Además, sospecho que Dawkins está preocupado por la pobreza de sus argumentos. En el siglo XIX los positivistas llevaban las de ganar, en cierto sentido podían señalar las ridiculeces que los teólogos habían dicho en el pasado –ángeles bailando en la cabeza de un alfiler, por ejemplo– sin contar con un cúmulo similar de idioteces arcaicas en su propio bando. Pero ya no es así. Las expresiones del ateísmo ahora tienen una larga historia, y es espectacularmente tonta. Los obiter dicta de científicos materialistas de otros tiempos, en su época tan eminentes y aplomados como Dawkins, constituyen hoy una lectura hilarante. Emile Littré definió el “alma” como “la suma anatómica de las funciones del cuello y la columna vertebral, y la suma fisiológica de la función de percepción del cerebro”. En cambio, Ernst Haeckel afirmó: “Ahora sabemos que... el alma [es] una suma de plasmamovimientos en las células de los ganglios”. Hippolyte Taine escribió: “El hombre es un autómata espiritual... el vicio y la virtud son productos, como el azúcar y el vitriolo”. Karl Vogt insistía: “Los pensamientos brotan del cerebro como la bilis del hígado o la orina de los riñones”. Jacob Moleshot estaba igualmente seguro: “Ningún pensamiento [puede surgir] sin fósforo”. En esa época los ateos sólo tenían que atacar. Ahora tienen mucho que defender y repudiar. Comprendo que Dawkins tenga miedo de que en un foro público sus plasmamovimientos terminen retorciéndose en sus ganglios.

En tercer lugar, a diferencia de sus predecesores, los ateos de hoy tienen las cosas fáciles. La sociedad –en el mundo académico, en los medios de comunicación, en el discurso público, en la conversación común– está orientada a su favor como antaño lo estaba a favor de los cristianos. Como bien sé por experiencia propia, la inclusión de Dios en las argumentaciones –en un estudio de televisión, sentados a una mesa, en una discusión pública– es un delito social que produce inquietud, contrariedad y vergüenza. Dios es una palabra insultante que sólo se debe pronunciar dentro de zonas certificadas. En todas partes se da por sentado cierto agnosticismo irreflexivo, así que los ateos rara vez deben exponer sus argumentos ab initio. Casi los han olvidado.

No siempre fue así. Thomas Henry Huxley tuvo que enfrentarse toda la vida con obispos militantes y políticos cristianos convencidos, y era un orador de primera; en comparación Dawkins parece un haragán. George Bernard Shaw y H. G. Wells debatían continuamente en foros públicos acerca de Dios, la religión y la posibilidad de una vida ultraterrena con gente como Hilaire Belloc y G. K. S. Chesterton. También eran brillantes en la lucha. Bertrand Russell defendió su propia versión de la racionalidad contra toda clase de contrincantes durante tres cuartos de siglo y sabía cómo hacerlo. Y, si mal no recuerdo, Freddie Ayer jamás eludió una pelea. Pero Dawkins no sabe si puede salirse con la suya. Está inseguro de sus argumentos, su causa y su destreza. Teme ponerse en ridículo frente al mundo y frente a sus colegas académicos, quienes, al margen de sus creencias, disfrutarían en grande si vieran un tropezón del Rey del Ateísmo. Así que Dawkins masculla en su campamento del New College, temeroso de ponerse su armadura y afrontar la lid. Como dijo el poeta Chapman, hay algo despreciable en el escéptico inactivo:

¡Oh, incredulidad, ceguera de los soberbios
que torpemente escupen sobre todo lo bello,
ingenio de los necios, castillo del cobarde,
lecho del perezoso!

Paul Johnson 16 de Marzo de 1996.

***

Desde Marzo de 1996 ha llovido mucho. Y la corriente creada por esa lluvia va en contra de Dawkins. Sólo se atreve a debatir desde los autobuses y con el dinero de otros. Cuando publicó “El gen egoísta”, prácticamente no tuvo reacciones en contra por parte del mundo científico-académico. Recientemente ha publicado un nuevo libro “demostrando” “científicamente” la inexistencia de Dios. “The God delusión” es su título. La reacción del mismo mundo científico-académico ha sido totalmente distinta. En muchos foros se ha hablado con ironía del dogmatismo simplista de Dawkins, incluso por parte de científicos agnósticos serios. Tal es el caso de Anton Zeilinger, físico experimental de primera línea en el campo de la mecánica cuántica, que en una entrevista concedida recientemente a “Investigación y Ciencia” dice: “Ese libro de Richard Dawkings, The God delusion, ¡es tan simplificador! Ni la religión ni las ciencias de la naturaleza podrían probar nunca la existencia de Dios ni refutarla”. Pero las ciencias de la naturaleza sí pueden mostrar que es inmensamente más razonable creer en la existencia de un Dios personal que no hacerlo. Incluso, un colega suyo de Oxford, el bioquímico, Alister MacGrath, antiguo ateo convertido a través de la ciencia, ha replicado al libro de Dawkins con otro que lleva por título, “The Dawkins delusión[2]”. MacGrath, que tras convertirse al cristianismo estudió teología seriamente, pone de manifiesto el conocimiento sesgado e infantil que tiene Dawkins de la teología, tomado siempre de fuentes de tercera mano, a la par que descubre hasta qué punto la supuesta racionalidad científica de Dawkins se ha transformado en un manifiesto dogmático. El mismo desconocimiento –o mal conocimiento– del cristianismo puede detectarse en muchos escritores ateos. Tal es el caso, por ejemplo de Camus en “La peste” o “El extranjero”. Pero los cristianos no somos del todo inocentes de este mal conocimiento. La vasija de barro que somos y que esconde el tesoro que llevamos es, a veces, demasiado fea. Ved si no lo que dice Sartre:
"Presentía la religión, la esperaba, era el remedio. Si me la hubiesen negado, la hubiese inventado yo mismo. No me la negaban: educado en la fe católica, aprendí que el Todopoderoso me había hecho para su gloria: era más de lo que osaba soñar. Pero, inmediatamente, en el Dios a la medida que me enseñaban, no reconocía el que esperaba mi alma: me hacía falta un Creador y me daban un Gran Patrón; los dos eran uno solo, pero yo lo ignoraba; yo servía sin calor al Ídolo farisaico y la doctrina oficial me desanimaba de buscar mi propia fe. [...] Pero mi familia había sido tocada por el lento movimiento de descristianización que nació en la alta burguesía volteriana y que tardó un siglo en extenderse a todas las capas de la sociedad. [...]. Naturalmente, todo el mundo creía en casa: por discreción. [...] ... un ateo era [...] un maníaco de Dios que veía en todas partes Su ausencia y que no podía abrir la boca sin pronunciar Su nombre, en suma, un señor que tenía convicciones religiosas. El creyente no las tenía en absoluto: desde hacía dos mil años, las certidumbres cristianas habían tenido tiempo de ser probadas, pertenecían a todos, se les pedía brillar en la mirada de un sacerdote en la media luz de una iglesia, alumbrando las almas, pero nadie tenía necesidad de tomarlas a su cargo; eran el patrimonio común. La buena sociedad creía en Dios para no tener que hablar de Él. ¡Que tolerante parecía la religión! Que cómoda era: el cristiano podía desertar de la Misa y casar religiosamente a sus hijos[...] no se esperaba de él ni que llevase una vida ejemplar... [...] En nuestro medio, en mi familia, la fe no era más que un nombre aparatoso [...] ... Fui llevado a la incredulidad no por conflicto con los dogmas, sino por la indiferencia de mis abuelos"[3].

Un artículo publicado por el mismo Johnson un mes antes que el citado más arriba (La batalla por Dios frente al milenio[4]), termina diciendo:

“El cristianismo comenzó como una religión de los pobres, de las mujeres, de los desposeídos y de los descastados. Tal vez esto se repita, pero tengo la corazonada de que renacerá –al menos en este país– entre las clases altas, y entre los intelectuales y educados. A mi juicio, nos aguarda una época estimulante en los próximos años, en el alba de un siglo en el que quizá Dios recobre su terreno. La batalla será enconada y, si puedo, estaré en primera línea”.
Pero para combatir bien en esa primera línea de la inteligencia y la cultura, no basta con una labor puramente intelectual. Tenemos que hacer cada vez más transparente esa vasija de feo barro que somos. Dejar que brillen esas convicciones que tenemos y, sobre todo, esa persona que las inspira: Cristo. Eso se llama conversión. Y es duro y difícil. Tanto que no podemos hacerlo con nuestras fuerzas. Es una gracia que hay que pedirle a Dios con humildad. Tanto más cuanto más nos creamos buenos cristianos. Una gracia que a veces duele mucho. ¿Seguimos queriendo estar en primera línea de ese combate? Yo por lo menos sí.
[1] Es copia de un artículo de Paul Johnson, periodista británico católico, del 16 de Marzo de 1996. El libro, “Al diablo con Picasso” Javier Vergara Editor, SA. Buenos Aires 1997, lo recoge junto con otros muchos.
[2] SPCK, Londres 2007.
[3] “Les mots” Gallimard, collection folio, pag 81-84
[4] Es copia de un artículo de Paul Johnson, periodista británico católico, del 10 de Febrero de 1996. El libro, “Al diablo con Picasso” Javier Vergara Editor, SA. Buenos Aires 1997, lo recoge junto con otros muchos.

3 comentarios:

pilar dijo...

Querido Tomás: te conocía por el programa de "Juicio crítico", y hace tiempo que descubrí tu blog. Es fantástico. Combina la experiencia práctica con el razonamiento de una manera supersencilla.
A mí me ayuda mucho, a veces no encuentro razones para debatir aquellas cosas en las que creo de forma intuitiva.
Muchas gracias por tu tiempo y por todo lo que ayudas al compartir con los demás tus ideas.

Juan GM dijo...

Estimado Tomás,
En su entrada "El autobús ateo de Richard Dawkins" escribe: "Desde hace meses llevo publicando en este blog una serie de artículos que muestran que muy probablemente Dios sí exista". ¿Cómo se reza entonces? Creo que se podría decir, por ejemplo: "Dios, no sé si existes o no, pero algo me dice que sí, aunque en ocasiones ese algo desaparece. ¿Eres tú quien me inspira? ¿Es natural en mí sentir y pensar de forma filial hacia tí? Es claro que si eres un ser cuya existencia es solo probable, podría no habérseme ocurrido nunca decirte ni pedirte nada. O sí. Me siento muy naturalmente instalado en este mundo, aunque a veces es difícil vivir aquí. ¿Es este mundo, o mejor dicho, una pequeña parte de él, para mí? Porque no parece que sea al contrario, es decir, yo para el mundo. En caso afirmativo, y ya que lo tengo gratis (en principio), trataré de cuidarlo, porque parece que es mejor esta alternativa que la contraria. Asimismo, en general, es mejor cuidar a las personas que lo contrario. Si me apoyas en esto, gracias a que existes, fenomenal. Si no, creo que lo voy a hacer igualmente, porque puedo decir que compensa. Esa debe ser tu regla, Dios, o quizá eres tú mismo, porque no se te ve por ningún lado. ¿O es que se te ve en todas partes, y en todas las ocasiones? Quizá algún día pueda saberlo".
Lo anterior es un poco de broma, dada la frase de la entrada. Pero es cierto que este mundo está concebido para lo bueno, no para lo malo. Y esa descompensación, idea que creo que ha salido en su blog en algún artículo, hace pensar que una mano buena ha ideado este mundo. Ese desequilibrio constante hacia lo bueno y bello no se corresponde, aparentemente, con la casualidad, que no tiene leyes, y sí un poco con la probabilidad, que sí las tiene.
Un abrazo
Juan GM

François M.A. dijo...

No estoy de acuerdo con Dawkins. En muchas cosas, como por ejemplo en el egoísmo de nuestros genes. Pero soy ateo, y como tal estaré de acuerdo en otras cosas como el ateísmo, aunque tal vez sea un ateísmo diferente. Entonces, ¿es posible ser diferentemente ateo? Para el creyente debe ser difícil de entender, pues asume el ateísmo como si fuera un religión, sin caer en la cuenta que los ateos podemos ser un conjunto de personas, pero no una comunidad organizada, jerárquica, con historia propia, templos, libros sagrados, dogmas, ritos e iniciaciones; (ahora imagínese un creyente, viviendo en una comunidad donde la mayoría son ateos, sin iglesias sin pastores, sin mecas o vaticanos, sin biblias, ni milagros, y tal vez respeten más las convicciones de algunos ateos). Por lo tanto cada cual llega al ateísmo de formas diferentes, en procesos diferentes, de forma tal que el pensar “Dios no existe” es sólo una parte, una conclusión más de un edificio de ideas, que en cada ateo es diferente. Tan es así que seguramente en muchos aspectos filosóficos pueda llegar a estar más de acuerdo con un creyente.
Toda esta introducción sirve para expresar esto: por mucho que alguien se esfuerze en desprestigiar al ateísmo por lo que dice un solo ateo, es casi como tirar piedras al agua; a mí me une el ateísmo a Dawkins tanto como que ambos nos guste el pan con manteca. Pero es que el tal Paul Jonhson no se contenta con cometer ese desatino (creer que los ateos somos iguales y pensamos lo mismo, así que hablar con uno es hablar en represaentación de todos, ¿por qué será?), si no que arguye la consabida y estereotipada imagen de que el ateo es un infeliz vacío que vive una vida sin sentido, con una apatía y un nihilismo aplastante, debido a su “materialismo”.

Una de las consecuencias espantosas de ser un materialista como Dawkins es que, por lógica, uno está obligado a negar la existencia de la metafísica, y el mundo del espíritu se convierte en zona prohibida. Uno está obligado a encarcelarse en una existencia unidimensional, sin pasado significativo y sin futuro personal, donde lo único que importan son objetos materiales empujados por genes porcinos.

Pues, lamento romper con esa imagen, pero nada es más lejano a la realidad (insisto en que lo que dice un ateo no vale para todos los ateos), pues hace falta un solo ateo feliz y que viva plenamente para desmentir los estereotipos. Y creo sinceramente que eso molesta al creyente.

Aparte, no es necesario remontarse cien años para encontrar ateos intelectualmente honestos y de vidas plenas: podemos nombrar a Carl Sagan y a Asimov, entre otros.

En el siglo XIX los positivistas llevaban las de ganar, en cierto sentido podían señalar las ridiculeces que los teólogos habían dicho en el pasado –ángeles bailando en la cabeza de un alfiler, por ejemplo– sin contar con un cúmulo similar de idioteces arcaicas en su propio bando

Si un científicos habla del alma no está hablando de ciencia. No hay bandos. Hay personas que difieren en su educación, su tiempo, sus creencias, su sociedad, pero si hablan de teología hablan de teología, no importa si es un científico o un monje. Por lo que están a la misma altura (y en el mismo lugar para decir estupideces, y no en “dos bandos diferentes”). De nuevo hay una simplificación del ateísmo, como si todos los ateos pensaran uniformemente las mismas cosas.

***

Pero las ciencias de la naturaleza sí pueden mostrar que es inmensamente más razonable creer en la existencia de un Dios personal que no hacerlo.

Creo que esta proposición es gratuitamente falsa. Ninguna ciencia puede -ni quiere- mostrar que es más razonable “creer”-cuya traducción es tener fe, es decir afirmar la existencia de algo sin tener pruebas-. Nada más alejado de la ciencia, ni ensus objetivos, filosofía y metodología. Si ir más lejos, la propia teoría de la evolución (a propósito, existe un libro llamado “La vida maravillosa”, de Stephen Jay Gould, que la explica maravillosamente a cuenta de nuestra existencia).

El mismo desconocimiento –o mal conocimiento– del cristianismo puede detectarse en muchos escritores ateos.

No me interesesa defender el conociemiento de Dawkins en teología y cristianismo. Pero ese no es el problema. El problema es que cada creyente ve al ateo como ateo de su propia religión, cuando en realidad es ateo de todas las religiones. Y aún si es un buen escéptico (pues los hay de los malos) tampoco cree en fantasmas, ovnis, telekinesis y basura new age. Imagínese la montaña de libros si tuviera que conocer la historia de cada cosa. Pero es que la posición atea no requiere conocer la historia de cada religión para formar argumentos consistentes y coherentes a favor de su ateísmo. Si mi cosmovisión es realista-materialista, no necesito leer a San Agustín para decir “Dios no existe”, o “los fantasmas no existen”, pues no creo en entes inmateriales cuya existencia no se puede probar.

A mi juicio, nos aguarda una época estimulante en los próximos años, en el alba de un siglo en el que quizá Dios recobre su terreno. La batalla será enconada y, si puedo, estaré en primera línea”.

Y si en algo no estoy de acuerdo, es de hablar de ‘batalla’ o ‘combate’. Trasunta demasiada violencia, más teniendo en cuenta cuando en nombre de Dios (Bush dixit)
Se comete una verdadera guerra, en donde muere gente de verdad.
Si vamos a hacer algo, vamos a resaltar los buenos valores, ayudemos en buenas causas para todos –y no sólo para el que comparte mi religión o mi forma de pensar-, terminemos con la guerra, la intolerancia y el hambre. Quizás suena un poco ingenuo, pero prefiero mil veces, como ateo, a un creyente que fomente esos valores a un ateo que no. Y al que le quede el zapato…

Un saludo