28 de diciembre de 2008

Impresiones ante la ordenación sacerdotal de mi hijo Rodrigo

Tomás Alfaro Drake

PIDO A TODO EL QUE HAYA LLEGADO AQUÍ QUE VAYA A MI ENTRADA DEL 2 DE MAYO DEL 2010, MI ÚLTIMA ENTRADA SOBRE ESTE TEMA PUBLICADA INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE QUE SE HICIESE PÚBLICO EL COMUNICADO DE LA SANTA SEDE SOBRE EL RESULTADO DE LA VISITA APOSTÓLICA A LA LEGIÓN DE CRISTO. REFLEJA MI POSTURA ACTUAL TRAS CONOCER TODOS LOS HECHOS.

Acabo de terminar de escribir estas páginas. Al releerlas, una especie de pudor me tienta a no publicarlas en el blog. Es, me parece, demasiado íntimo. Pero me acuerdo de una frase de Jean Guitton que dice: “Cada uno de nosotros en la vida privada, en la vida familiar, en la vida nacional y en la vida internacional, no habla nunca de lo que es esencial. Dicho de otra manera; lo que es esencial queda escondido para siempre en nuestro corazón. Sin embargo, en mi opinión, no deberíamos guardar silencio sobre lo esencial”. Yo no quiero que esto, que es esencial, quede escondido para sierre en mi corazón, así que, con pudor o sin él, no voy a guardar silencio. Ahí va.

***
El pasado día 20 de Diciembre, en Roma, en la basílica de San Pablo Extramuros, junto con otros 48 Legionarios de Cristo, se ha ordenado sacerdote el segundo de mis hijos, Rodrigo. Es difícil, en unas líneas, resumir la enorme cantidad de emociones, sentimientos y reflexiones que he vivido en ese día y los siguientes, pero voy a intentarlo, porque no quiero que el olvido se apodere lentamente de todos ellos. No podré hacerlo de una forma cronológica y sistemáticamente ordenada porque todos se han fundido en mí formando una unidad difícil de diseccionar.

La emoción es un felino al acecho. No es que yo pretenda defenderme de ella, al contrario, me parece un signo de vida que me gusta experimentar. Pero es ella la que te encuentra donde quiere, no donde tú la esperas. Así me ocurrió el día de la ordenación. No encontré la emoción en el momento en que el Obispo imponía las manos a mi hijo, tampoco estaba allí cunado todos los que iban a ordenarse estaban postrados en el suelo como signo de adoración y de entrega a la voluntad de Dios. Sí, hubo en esos momentos un cierto cosquilleo, pero no era ni siquiera un cachorro de la emoción. Sin embargo, cuando después de haber sido ordenados, el P. Álvaro Corcuera, el Director General de los Legionarios de Cristo, los iba revistiendo, de uno en uno, con la casulla, ahí estaba agazapada. Yo lo veía a través de una pantalla gigante que me permitía darme cuenta de la expresión de los rostros. Dicen que el hábito no hace al monje. Tal vez, pero ayuda. Yo veía la emoción del P. Álvaro al ponerle la casulla a cada uno. Cuando la casulla caía sobre los hombros del neosacerdote era como si quedase revestido de una dignidad especial, distinta, divina. La dignidad de Cristo. Veía cómo a cada uno le miraba de distinta manera, como un padre mira a cada uno de sus hijos con una mirada exclusiva según cual sea el don o la debilidad de cada uno. A cada uno le dirigía una sonrisa diferente y la expresión de sus ojos decía mucho de cada uno. Y también cada uno de los ya sacerdotes, le devolvía la mirada y la sonrisa de una forma cómplice, especial, como si estuvieran hablando en un lenguaje desconocido para el resto que solo ellos entendían. Se veía el brillo húmedo de las lágrimas contenidas en los ojos de ambos. Después se fundían en un abrazo apretado, humano y divino al mismo tiempo. Abrazaba a cada uno como Cristo podría haber abrazado a uno de sus apóstoles. Cristo abrazando a Cristo. En el momento que llegó a mi hijo y se repitió la misma liturgia, tuve una sensación muy nítida. Cuando mis hijos eran pequeños, yo les decía lo que tenían que hacer. Poco a poco, a medida que han ido creciendo, ellos han tomado las riendas de su vida y yo, lo máximo que puedo hacer es, cuando ellos me lo piden, darles consejo. Pero los Legionarios de Cristo, como religiosos que son tienen el voto de obediencia. Por tanto, su vida, lo que van a hacer al día siguiente, no está en sus manos. Un día están en Francia desarrollando su labor pastoral, como está ahora Rodrigo, y al día siguiente su superior les dice que hagan las maletas y estén, dentro de tres días en, por ejemplo, Polonia o Ucrania, países de los que no saben el ni el idioma. Y ellos hacen las maletas y a los tres días están donde hayan sido enviados. Ayuda el voto de pobreza, porque van ligeros de equipaje. Lo único que tienen para meter en la maleta es una muda de cada prenda, el breviario y punto. También ayuda el voto de castidad. Su familia espiritual está allí donde ellos van, no donde están. En el momento en que el P. Álvaro se paró delante de mi hijo me di cuenta de que él era más su padre que yo porque tenía sobre él, como sobre todos los que se ordenaban y todos los Legionarios, una responsabilidad de padre sobre la vida de un niño pequeño adulto, responsabilidad que yo ya no tenía. Me sentí abrumado y le pedí a Dios que iluminase al P. Álvaro para estar a la altura de esa responsabilidad y que diese a cada Legionario y, por supuesto a mi hijo, la fidelidad para seguir el voto de obediencia, junto con el de pobreza y castidad, hasta el día de su muerte. Más allá de la muerte, en la eternidad. Y la emoción saltó sobre mí como un felino lanza su ataque, cogiéndome por sorpresa.

Otro momento que yo no me esperaba fue el de la Comunión. Ya había recibido la comunión de mi hijo los días de su ordenación diaconal hacía unos meses y creía que sería lo mismo. Pero no, no fue lo mismo. Cuando me dijo: “el cuerpo de Cristo”, después de hacer la inclinación de cabeza, mis pupilas se clavaron en las suyas y, siendo las de mi hijo, eran distintas. Tenían una luminosidad que yo no conocía. Al decir Amén, se me formó un nudo en la garganta y un picor inesperado acudió a mis lagrimales. Luego vi en los ojos de mis otros hijos, cuando volvían de comulgar, esa misma emoción y una corriente de simpatía, de comunión, precisamente, se formó entre todos nosotros y mi mujer, que había comulgado delante de mí y que estaba a mi lado. Nuevamente el felino de la emoción me cogió por sorpresa.

En los días siguientes vinieron sendas misas. Siete. Fue muy especial la primera homilía como sacerdote. Ya le había escuchado varias homilías, siendo ya diácono, en varias misas en las que había oficiado como tal. Me había sorprendido la fuerza de su expresión, pero no me había emocionado. Pero en su primera homilía como sacerdote empezó a decir que mucha gente comparaba la ordenación con el matrimonio, pero que no era así. El ya se había casado con Dios –dijo– el día en que, hace seis años, había hecho sus votos perpetuos como religioso después de ocho de preparación. La consagración sacerdotal –afirmaba– era más bien como la paternidad –o como la maternidad– pero en la que se encontraba uno con muchos hijos de golpe, todos aquellos para los que Dios había preparado su sacerdocio. Porque esa paternidad le venía porque el sacerdocio le convertía en otro Cristo –a partir de aquí, empezó a tener que interrumpir su homilía con largas pausas cada vez, en las que retomaba fuerzas para poder seguir hablando, hasta que la emoción le volvía a dejar sin voz– al mismo tiempo que él recibía la gracia incomprensible de hacer presente a Cristo entre los hombres y de perdonarles los pecados como sólo el mismo Cristo podía hacerlo. Naturalmente, su voz quebrada por la emoción reproducía en mí esa misma emoción.

¿Qué recuerdo de las demás misas? Las impresiones fueron más o menos las mismas en todas, con el acento puesto en unas u otras partes de la celebración.

Su forma de besar el altar al empezar cada celebración. Parecía no besar el altar sino, más bien era como si besase con amor las llagas de un Cristo que yaciese muerto sobre él.

Las palabras dichas por los asistentes al acabar el ofertorio, cuando va a empezar el núcleo de la misa: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre y el de toda su santa Iglesia”, resonaban en mis oídos de una manera nueva, porque las manos que iban a ofrecer ese sacrificio por toda la humanidad no eran unas manos cualesquiera, sino que eran las manos de mi hijo, misteriosamente transmutadas en las manos de Cristo las que iban a transformar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de ese mismo Cristo.

Las palabras consagratorias, tras alzar los ojos al cielo, como dicen estas mismas palabras que hizo Cristo, pidiéndole su gracia para que surtieran el efecto milagroso que Él las había imbuido si eran pronunciadas por sus sacerdotes. Palabras dichas con solemnidad, fuerza, convicción y, al mismo tiempo con una reverencia y una humildad asombrada que ni el actor más avezado del mundo podría fingir. Sonaban en mis oídos como totalmente nuevas, como si las oyese por primera vez, completamente llenas de sentido.

Las dos elevaciones, el cuerpo y la sangre de Cristo, largas, altas, envueltas en un absoluto asombro eucarístico. Yo miraba en ellas el rostro y los ojos de mi hijo. Una tímida sonrisa seria se dibujaba en sus labios, que se transformaba en una sonrisa franca que le achinaba los ojos, ora cerrados, ora abiertos, pero siempre inmutablemente fijos, sin parpadeos, el la hostia o en el cáliz. El brillo húmedo y emocionado de sus ojos me emocionó cada vez.

La meticulosa limpieza de la patena y el cáliz después de la comunión me daban la impresión de un cirujano avezado que mira con ojos expertos la herida de su padre mientras la limpia con un amor indecible allí donde hace falta, restañando cada punto sangrante, sin dejar ni un detalle sin descubrir y sin hacer ni un movimiento de una forma mecánica e impersonal.

La quietud reposada, tranquila y profunda, ajena al tiempo, como si estuviese en la eternidad, con la que se sentaba en la oración personal de acción de gracias después de la comunión. Me acordé de los dos versos de un soneto de Shakespeare que dicen: “Compra espacios de eternidad pagando con minutos de mísero tiempo terrenal”. Eso era lo que él estaba haciendo para mí y para todos los que estábamos allí.

Muy especialmente me sobrecogió la oración por el Papa, hecha en todas las misas, pero especialmente en la celebrada en san Pedro, en la capilla lateral de san Sebastián, junto a la Pietá, a menos de cien metros de donde él se encontraba. Dice así:

“¡Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia! Renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional a tu vicario en la tierra el Papa. En él, Tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir en medio de la desorientación, la inquietud y el desasosiego. Creo firmemente que por medio de él Tú nos gobiernas, enseñas y santificas y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas. Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu. Defiéndelo de las calumnias y de la maldad. Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia y concédenos que en torno a él tu Iglesia se conserve unida, firme en el creer y en el obrar, y sea así instrumento de tu redención. Así sea”.

Sé que la oración es un ave de alas poderosas que llega instantáneamente a Dios y desde Él a quien Él quiere y como Él quiere, sin que la distancia tenga la ás mínima importancia, pero los humanos somos criaturas sensibles y a mí, esta proximidad al Vicario de Cristo me emocionó.

Al final de cada misa, Rodrigo volvía a besar el altar con la misma unción que al principio, pero esta vez me parecía como si fuese uno de los apóstoles besando las llagas glorificadas del Resucitado. No como Tomás metiendo los dedos y la mano en ellas, sino, como creo que hizo después, mientras decía “¡Señor mío y Dios mío!”, imitado luego por los otros diez.

Señalaré dos misas especiales. La primera fue una celebrada en francés para un grupo de niños de Toulón, ciudad en la que Rodrigo desarrolla su apostolado desde su ordenación diaconal, hace tan sólo unos meses. Son algunos de sus primeros hijos espirituales, primicia de los que vendrán. Les dirigió la homilía a ellos, con un fuego que me recordó a san Pedro predicando a Cristo en Pentecostés. Vosotros, al volver a Toulón –les decía–, tenéis que contarles lo que habéis vivido estos días a los que no han podido venir y, todos juntos, conquistar Toulón para Cristo y, desde Toulón, toda Francia. No os creáis que esto es imposible –continuaba– hace 60 años Nuestro Padre (se refería al P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo) les decía a los niños con los que fundó la congregación que muy pronto, ésta contaría con colegios y universidades en todo el mundo. Mirad, aquellas palabras se han hecho realidad. ¿No vais vosotros a poder conquistar Francia para Cristo?

Los niños le miraban con ojos de asombro, como si estuviese arengándoles el mismísimo Rolland antes de una batalla. Y, a decir verdad, yo también le miraba con los mismos ojos, mientras me decía: “¿De dónde le viene a éste esa fuerza? ¿No es acaso mi hijo? ¿Quién le ha infundido esa energía y esa fe?”. Pregunta retórica, porque sabía perfectamente la respuesta. Del Espíritu Santo. Y ese mismo Espíritu era el que nos ponía fuego en el corazón a los niños que le escuchaban, a mí y a toda mi familia. Y “ví” una cadena de ojos brillantes que anunciaban por todo el mundo, en toda época, pasada, presente y futura, con el fuego del Espíritu Santo que Cristo está vivo y que está con nosotros hasta el fin del mundo. Y “ví” que éramos una muchedumbre incontable los que, hoy, en este momento, intentamos que nuestros ojos brillen para transmitir esa buena noticia. “Cristo vive y Dios nos ama a través de Él”. Y supe que eso era posible gracias a la oración de Cristo por su Iglesia en la última cena: “Pero no te ruego sólo por ellos –se refiere a los apóstoles que estaban con Él en ese momento–, sino también por todos los que creerán en mí por medio de su palabra”. (Juan 17, 20)

La segunda misa que quiero particularizar la celebró en la habitación en la que murió san Ignacio de Loyola. Una pequeña y rústica habitación en la casa de al lado de la que hoy es la iglesia de “il Gesú”. Una pequeña habitación con un sagrario, un altar y algunas banquetas de mimbre y sin respaldo junto a la pared. ¡Cuántas horas de oración del santo habrán escuchado esas cuatro paredes! ¡Con qué poder habrán llegado esas oraciones a san Francisco Javier hasta lo India y China! Toda la habitación parecía impregnada de santidad. Al lado, otra habitación en la que se podía ver una vieja casulla raída, con la que celebró su primera y última misa san Ignacio y unas zapatillas que eran la máxima comodidad que se permitía. Nos recibió un viejo jesuita argentino, un poco malhumorado, pidiéndonos que fuésemos breves. Por supuesto, no lo fuimos. Rodrigo se extasiaba en la expresión de cada oración, en cada frase de la misa, en cada idea de la homilía. Después de la comunión cantamos la oración de san Ignacio:

“Alma de Cristo, santifícame,
cuerpo de Cristo, sálvame,
sangre de Cristo, embriágame,
agua del costado de Cristo, lávame,
pasión de Cristo, confórtame,
¡oh buen Jesús!, óyeme,
dentro de tus llagas, escóndeme,
del maligno enemigo, defiéndeme,
en la hora de mi muerte, llámame
y mándame ir a Ti
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos,

Amén”
.

El anciano jesuita se iba amansando. Terminada la misa, mi hijo Pedro comenzó a tocar con el violonchelo una composición suya. Esta composición la estrenó con las monjas clarisas contemplativas de Lerma que le pusieron una voz que sube hacia el agudo, hace un arabesco y baja hacia los graves, en un “ostinatto” reiterativo, mientras se pronuncia la palabra Ieee-eesu en un canon con volumen también ascendente y descendente. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero el venerable jesuita estaba en la puerta de la habitación, a la que había entrado al dar por finalizada la misa, como petrificado, casi en éxtasis. Cuando acabó la misa estaba profundamente emocionado. Nos entretuvo una buena media hora en la sacristía y nos dio una hojita con una historia en italiano que reproduzco traducida:

AÑO DEL ROSARIO

La tajante lección de una vieja madre.

Giovanni Bovio, filósofo y hombre de letras increyente (miscredente en el original italiano), cuando volvía a casa por la noche de detenía a conversar largamente con su madre. Una noche en que llegaba a casa tarde encontró a su madre rezando el rosario. “Pero, ¿qué haces, mamá, con este juguete entre las manos? ¡Tíralo de una vez por todas!”

Su madre dejó el rosario y le dijo: “Ya está Juan, te he obedecido. Yo ya estoy sin rosario, pero tú ¿qué me darás a cambio?”

“Amigos míos –contaba más tarde el filósofo– aquellas palabras fueron una hoja de cuchillo que me traspasó el alma. Besé a mi madre, volví a poner en sus manos el rosario y huí…”

Dos veces en estos días me he arrodillado ante mi hijo y dos veces he tenido la vívida sensación de hacerlo ante Cristo. La primera, repitiendo la antigua y venerable costumbre de arrodillarse ante un sacerdote recién consagrado, recibir su bendición y besar las palmas de sus manos como si fueran las de Cristo. No lo hice yo sólo, lo hicimos muchas de las personas que habían venido a acompañarnos en estos momentos, cada una con la fe que tuviera. La segunda para recibir de él la absolución. “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, me dijo. Pero no era él quien me lo decía, era el propio Cristo. Después le abracé y volví a tener la misma sensación que experimenté hace ya muchos años cuando me confesé después de casi 10 años sin hacerlo. En esta ocasión no tenía el camino hacia Dios borrado por zarzas y espinos como en aquella, sólo algunos matojos ralos entorpecían el paso, pero tuve el abrazo de Cristo en los brazos de Rodrigo y reviví, como entonces, la sensación de ligereza y liberación.

Todo eso me ha llenado de una alegría indescriptible, de un agradecimiento emocionado que no se borrará nunca de mi alma. Y no sólo a mí. Mis otros siete hijos y mi nuera, tendrán también un recuerdo indeleble de estos días. Y creo poder decir que las casi cien personas, entre familia y amigos, que estuvieron allí, y a las que agradezco profundamente su presencia, sintieron, en mayor o menor medida, con el grado de fe que tuvieran o no tuvieran, algo parecido. Uno de ellos me mandó al día siguiente esta misiva en un Christmas:

‘Y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y verdad’. Tomás, en estas navidades el hijo se hace vivo de una forma muy especial para todos los Alfaro, porque ya no podéis decir que la morada del Hijo está entre vosotros de una manera figurada, ya que se hizo presente en Rodrigo.

Muy felices Navidades y feliz año”
.

Como he dicho antes, mi más emocionado agradecimiento a todos los que estuvieron allí. Y a los que leáis esto, podáis y queráis, reitero mi invitación a la misa que celebrará Rodrigo el día 10 de Enero, sábado, a las 12 de la mañana en santa María de Caná, Pozuelo de Alarcón. Si tenéis fe, para vivirla un poco más y rezar por Rodrigo. Si no la tenéis, para participar de mi alegría. Rodrigo se encargará de rezar por todos.

Esta es mi verdad. Creo que tenía la obligación de compartirla. Multiplíquese esta verdad por 49 y se tendrá sólo un pequeño atisbo de la fuerza del encuentro con Cristo, que es la certeza existencial de Dios. Porque, en palabras del escritor Joseph Malègue, “Lejos de serme ininteligible Cristo, si es Dios, es Dios el que me resulta extraño si no es Cristo”. Y si Dios quiere, dentro de unos años podré repetir la experiencia con mi sexto hijo, Íñigo, que está también en camino de convertirse en otro Cristo, sacerdote legionario de Cristo.

Un abrazo a todos los que hayáis leído estas líneas, tanto si las entendéis como si no.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias doy yo a Dios, de que no hayas caído en la tentación de guardártelo..

pedromr

ROSALINA dijo...

Gracias por compartir esta maravillosa experiencia. Es una Bendición de Dios para tu familia que uno de tus hijos sea hoy un Sacerdote y que próximamente haya otro Sacerdote en la familia. ¡Gloria a Dios¡

Anónimo dijo...

Querida Rosalina: Espero que al entrar en este post hayas hecho lo que pido al principio, que es ir a leer la entrada del 2 de Mayo de 2010.

Lamentablemente, poco después de escribir ese post, saltó a la luz algo que la dirección de la Legión de Cristo ya sabía desde antes de las ordenaciones. A saber, las fechorías de su "fundador" Marcial Maciel. Nuestro bien amado Papa emérito Benedicto XVI ya había recomendado a Marcial Maciel, dos años antes de la fecha de la ordenación de mi hijo, una vida de oración y penitencia, dando oportunidad a la Legión para rectificar, cosa que no hizo. Por tanto, tuvo que ordenar una visita apostólica para rectificar. Resultado de la visita que dio lugar a un comunicado el 1º de Mayo de 2010 y que publico en el post que te pido que leas. A pesar de todo, y tristemente, ni la Legión ni el delegado apostólico nombrado por Benedicto XVI, están haciendo lo que en ese comunicado se le pide, sino intentando dejar pasar el tiempo, a ver si lo tapa todo sin cambiar lo sustancial que hay que cambiar. Mi postiura hoy, 3 de Marzo de 2013 sigue siendo la misma que expreso en ese post. Amo a la Legión de Cristo e intento ser, desde dentro, un modesto glóbulo blanco que luche contra la enfermedad. Me temo que esa resistencia pasiva, disfrazada de obediencia, es una de las cosas que ha ido agotando poco a poco el cuerpo y el espíritu del papa.

Entretanto, mi hijo Rodrigo, ha dejado la Legión de Cristo, aunque sigue siendo un entusiasta sacerdote diocesano en la diócesis de Toulón, Francia. Mi otro hijo, Íñigo, tras discernir ante Dios, dejó el camino del sacerdocio antes de ordenarse. Gracias a Dios, está feliz, acabando la carrera de derecho.

Pero como Dios no deja de llamar, otra hija mía Marta, ha entrado hace más de dos años como monja contemplativa en la orden de nueva fundación "Iesu Communio", aprobada por Benedicto XVI, a la que Dios está bendiciendo con un gran número de vocaciones. Si buscas un post de fecha algo así como 4 de Octubre del 2010, encontrarás mis impresiones.

En fin, ¡bendito sea Dios! que no deja de cuidarnos.

Reza por mí y por mi familia. Yo lo haré por ti y la tuya.

Un abrazo.

Tomás