13 de junio de 2010

La razón y el misterio

Tomás Alfaro Drake

En el inicio de su encíclica “Fides et ratio” (Fe y razón) Juan Pablo II afirma que “la fe y la razón son las dos alas por las que el ser humano puede llegar a la contemplación de la verdad”. Pero entre esas dos alas, como el esternón del ave en el que se insertan los poderosos músculos para moverlas, está el misterio. Muchas veces, al hablar de la fe sobrenatural decimos: eso no lo podemos entender, es un misterio. Si esta afirmación, que es rigurosamente cierta, no se aclara debidamente, se puede pensar que el misterio es algo irracional, que va contra la razón. Y no es verdad. Pero ese mal entendimiento del misterio ha sido causa de que muchos hombres que, con razón, no quieren caer en la irracionalidad, se nieguen a realizar el acto libre y racional de la voluntad que supone abrazar la fe. No les culpo por ello. No es humano ir contra la razón que, al fin y al cabo, es un don de Dios, como la fe. Tal vez aclarando un poco qué es el misterio sea capaz de remover un obstáculo para ese acto de la voluntad.

El misterio no va contra la razón. Simplemente, está más allá de la razón. Si no es humano aceptar la irracionalidad, tampoco lo es, por irracional, pensar que nuestro pobre cerebro pueda abarcar y comprender toda la realidad. Tenemos un pequeño cerebro, de unos cuantos kilos y limitado a sólo una pequeña porción de tres dimensiones y una todavía menor porción de una cuarta. Es una maravilla y es el soporte físico de una mente maravillosa, única en éste mundo. Pero, ¿alguien en su sano juicio puede creer que esa pequeña masa esponjosa puede albergar la idea de toda realidad. ¡Qué ridiculez! Una buena parte de la realidad está, y estará siempre, más allá del alcance de todo cerebro humano y de la suma de todos ellos. Creer que nuestra mente puede abarcar toda la realidad es un acto de estúpida soberbia que se llama racionalismo. Pero no es lo mismo racionalidad que racionalismo. Racionalmente sabemos que no podemos saber todo y, por eso, no es racional ser racionalista. Karl Popper decía: “Nuestro conocimiento es necesariamente finito, mientras que nuestra ignorancia es necesariamente infinita”. Nada más racional.

Pero el misterio no es algo impenetrable. No podemos nunca conocerlo totalmente, pero podemos siempre conocerlo un poco mejor en su insondable profundidad. Y podemos contemplarlo desde su orilla, adentrándonos en él como en una playa en la que nunca dejásemos de dar pie, pero que tuviese ante sí un océano infinito.

Aquí es donde entra la fe. En una entrada anterior de este blog (los tres niveles de la fe, 24 de Enero de 2010) dije que el primer nivel de fe era el conocimiento por testimonio. Casi todo lo que conocemos lo conocemos por un testimonio creíble de otros que nos merecían confianza. Pues bien, Dios da testimonio de sí mismo. Se revela a través de su Palabra. Nos cuenta cómo es en su misma esencia, por qué y para qué ha credo el mundo, quienes somos nosotros, para qué estamos aquí, cuál es el sentido de nuestra vida, qué va a ser de nosotros. Precisamente las cosas que están más allá del alcance de nuestra razón.

Pero si eso que nos cuenta la revelación está más allá de nuestra razón, no va, sin embargo, contra la razón. Si la premisa mayor, que es, a su vez razonable, es que hay un Dios Todopoderoso y Bueno, toda la revelación se presenta como un edificio de una lógica impresionante. La creación, la Trinidad de Dios, razón de ser del mundo y de nuestra existencia y destino, la encarnación de Dios como ser humano. Todo cobra sentido y el mundo, a pesar de todas las penas, dolores, tragedias y lágrimas que hay en él, puede ser un lugar sonriente. Hemos sido creados por amor por un Dios que es una relación amorosa. El mundo ha sido creado para nosotros, para que le descubramos en él. Nos espera el abrazo de ese Dios amor que nos ha creado por amor. Nuestra desviación de su plan amoroso ha sido redimida en Cristo. Dios se ha hecho hombre para ello. Todo encaja con una precisión tan asombrosa como misteriosa. Y podemos contemplar el misterio en su belleza. Y conocer su inagotable profundidad un poco más cada día de nuestra vida. Sin monotonía. Sin repetición. Con asombro. Saborearlo sin llegar nunca a saciarnos y sin ser capaces de apurarlo. Decía Pierre Charles: “Hay siempre un peligro latente que acecha al creyente cuando se pone a reflexionar: el de considerar el misterio como un problema y el objeto de la fe como una doctrina. Porque el objeto de la fe es más que una doctrina: es una realidad, y el misterio es más que un problema: es un hechizo. Una doctrina sólo pide ser bien comprendida; un problema sólo necesita una solución. Después de lo cual todo se ha acabado y podemos pasar a otro ejercicio. Pero una realidad, una cosa, no ha dicho nunca su última palabra; y un misterio es estrictamente inagotable; una fuente de perpetua inspiración. Y para que el misterio no degenere en simple problema; para que Dios sea otra cosa que una esfinge que propone enigmas, es necesario que la inmensidad (el misterio) de la revelación no sea nunca enteramente prisionera de nuestras fórmulas indigentes”.

La alternativa al misterio es el absurdo. La náusea de Sartre y de tantos sartres engañados. De los que creen que lo saben todo y les aburre y asquea lo que creen saber de tanto rumiar la misma bola. Círculos en círculos que siempre acaban en el vacío. Un cuento sin sentido contado con gran aparato por un idiota [1], contado una y otra vez hasta el vahído. Una serpiente que se devora incesante y eternamente a sí misma. Estos sartres se parecen a aquellos que han estropeado su coche de gasolina echándole gas-oil porque era más barato. Están parados en todas las carreteras, creando un caos increíble e intentando convencernos de que nosotros también le echemos gas-oil. Algunos hasta se enfadan porque no queremos y porque nuestros coches siguen andando. Podrían arreglar los suyos, pero no quieren, porque desprecian al ingeniero que los diseñó. Hasta se han convencido de que son héroes, moral e intelectualmente superiores al resto de los mortales, porque aceptan el hecho –incuestionable, según ellos– de que la gasolina no existe y de que los coches no se han hecho para moverse sino para estar parados desordenadamente. Pobrecillos. Ellos no ven, y quieren decirnos que no hay nada que ver. Pero no es así. Mi admirado Arnold J. Toynbee, un agnósico abierto a la trascendencia, decía con añoranza del misterio:

“Pensar constituye un intento de aprehender la realidad en una red conceptual: y una red suele servir para su fin en virtud de estar hecha de manera tal que deja espacios abiertos entre las mallas. Es ese tejido abierto el que da a una red su elasticidad, su libertad de acción. Si la red estuviera hecha, no de una trama abierta, sino de un género tupidamente tejido, el material sería demasiado compacto para permitir que la red hecha con él fuera efectivamente extensible. Pero el precio de estar hecha con un tejido que hace posible atrapar algo entre las mallas de la red es el hecho inevitable de que otras cosas se escapen a través de los espacios abiertos.
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Y Dios sabe lo que puede o no puede escaparse a través de las aberturas que presentan las mallas de la inteligibilidad. En suma, “que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña la filosofía[2]” del racionalista, y el racionalista no puede estar seguro de que la ráfaga que pasa a través de las aberturas de su sistema no sea el viento importuno que sopla de donde quiere y que, aunque pueda ser invisible a los ojos del racionalista, produce para los oídos del creyente un son que llena el mundo. [...] La búsqueda del hombre es realmente un intento de llegar al corazón del misterio del universo y no creo que los seres humanos puedan alcanzar esa meta en esta vida. Si un puerto, en este lado de la vida, es inaccesible, será mejor mantenerse en los mares”
.

La fe es los oídos para esa música y yo, desde luego, espero mantenerme en los mares toda mi vida, hasta que Dios me muestre su rostro y mi inteligencia, asimilada a la suya, pueda abarcar el misterio.

[1] William Shakespeare: Macbeth
[2] William Shakespeare: Hamlet

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