27 de junio de 2010

Sobre el capitalismo, la economía de mercado y la empresa

Tomás Alfaro Drake


Sé que la entrada de hoy es excesivamente larga para lo que la mayoría de los lectores de un blog están dispuestos a soportar. Pero yo escribo mi blog, no sólo para compartir mis pensamientos de urraca, sino para aliviar la presión que tienen sobre mí si no los pongo a disposición de otros. Que esos otros lo lean o no es importante, pero aún si no los leen, la válvula de escape ha aliviado la presión. Por esto publico estas (para un blog) larguísimas reflexiones. Son fruto de darle muchas vueltas en la cabeza sobre el sistema capitalista, otras posibles vías, la libre empresa. Los tiempos de crisis que estamos viviendo han agudizado mi necesidad d entender y han provocado un aluvión de ideas que he intentado ordenar como he podido. Además, percibo un déficit de temas sobre empresas en relación con el conjunto de temas que enuncio en el encabezaiento de mi blog. Dicho esto, estaría encantado de recibir feed back, sobre todo de personas con experiencia en el mundo de la dirección de emprsas. Si alguien de éstos lee estas líneas y tiene a bien darme su feed back, anónimo, por supuesto, si quiere, le pediría que me dijese cual es su experiencia en empresas y su puesto directivo, sin citar la empresa, pero especificando, si lo tiene a bien el tamaño y sector de la misma. Tras esta explicación, ahí van mis reflexione.

Introducción

La cuestión de la posibilidad de un sistema económico que suponga una tercera vía entre el socialismo de Estado y la economía de libre mercado está abierta desde hace bastantes años. Pero, a raíz de la crisis en que estamos inmersos, cuya causa hay que buscarla, entre otras, en un abuso de los mecanismos del mercado, este tema se ha puesto de nuevo sobre la mesa. Muchas voces se alzan diciendo que el libre mercado es un modelo a extinguir para ser sustituido por otro, no definido, con un rostro más humano.

Es indudable que, desde el punto de vista de la eficiencia, ningún sistema económico ha superado, ni siquiera se ha acercado, a la capacidad de generación de riqueza de la economía de libre mercado y de la empresa capitalista dentro de ella. Sin embargo, también es cierto que determinadas conductas dentro de la economía de mercado y de las empresas han dado lugar a crisis que han conducido a situaciones de injusticia que no son de ninguna manera deseables ni tolerables. En estas crisis, por la avaricia de algunos y la ausencia o deficiente regulación de los organismos reguladores, muchos inocentes se han visto abocados al paro. No es excusa para ello el decir que, incluso con esas crisis, sin ninguna duda, la riqueza total mundial ha sido muchísimo mayor de la que pudiese haber logrado con cualquier otro sistema, desde el comunismo de Estado hasta el llamado modelo sueco de economía, pasando por modelos de autogestión de países como Yugoeslavia en los años 70 del siglo XX. Pero no es justo confundir el bien común con el bien total y, aunque éste ha sido maximizado, es lícito poner en cuestión que las injusticias reseñadas hayan maximizado el bien común o, al menos, lo hayan deteriorado menos de lo que otros sistemas podrían haberlo hecho.

La doctrina social de la Iglesia ha condenado explícita y claramente el sistema de socialismo de Estado, tanto en su versión radical como en la suavizada por razones intrínsecas al propio sistema. Nunca ha hecho lo mismo con el sistema de libre mercado y libre empresa, aunque haya en muchas encíclicas sociales duros reproches por los abusos que se producen en su seno, así como llamadas a una mejor, más eficaz y más justa regulación. Las siguientes palabras de Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, la última encíclica social, creo que son un reflejo de lo que acabo de decir:

“Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en ese sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizadas cuando quien las gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto a tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento, sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social ”.

Creo que la ideología a la que se refiere Benedicto XVI en el párrafo anterior y que guía al sistema en sentido negativo es la visión antropológica del llamado “Homo economicus”, que es una burda caricatura de la esencia del hombre real de carne y hueso que habita este mundo y que toma decisiones económicas en él. Esta caricatura lleva a un sistema taylorista que de ninguna manera es una consecuencia ineludible del sistema de libre mercado y de libre empresa. Es contra esa caricatura ideologizada y contra su subproducto taylorista contra lo que hay que luchar en vez de gastar las fuerzas luchando contra el sistema de libre mercado y libre empresa.

Es sistema de libre mercado y de libre empresa no es un experimento social nacido de teorizaciones abstractas que más tarde se hayan intentado llevar a la práctica. Creo poder decir sin miedo a equivocarme, aunque no tengo una certeza absoluta, que todos los modelos conceptuales que se han intentado llevar a la práctica, no sólo no han producido un mayor bien total, sino que tampoco han producido un mayor bien común y, en la mayoría de los casos han terminado en un horror social. El sistema de libre mercado ha ido evolucionando con el hombre, su inteligencia y su libertad, desde que es hombre. En los siglos XVI y XVII, este sistema experimentó un sólido desarrollo de conceptual de raíz católica, impulsado por la Escuela de Salamanca y, más ampliamente, por la escolástica tardía española, como explícitamente admite la escuela austriaca, defensora de la economía de libre mercado. Posteriormente, en el siglo XVIII y más bien dentro de una cultura protestante, se ha llevado a cabo el desarrollo conceptual llamado neoclásico en el que se ha producido la caricatura del “homo economicus” y su subproducto taylorista. Podría considerarse a Adam Smith como el fundador de esta corriente de pensamiento.

Por otro lado, aún las personas que, a raíz de la presente crisis, claman por la sustitución del sistema de libre mercado y libre empresa, no proponen modelos que puedan sustituirlo creando mayor bien total y bien común. Ciertamente hay modelos que nunca se han llevado a la práctica, como el distributismo apoyado entre otros por Chesterton a principios del siglo XX. Pero es más que dudoso que estos sistemas fuesen capaces de sustituir al sistema actual pasando el test de los dos bienes, común y total. Esto no quiere decir que, desde la libertad de iniciativa no se puedan poner en práctica modelos de empresa distintos al de la empresa capitalista, como, por ejemplo, el sistema de cooperativas. Pero estos sistemas no pueden ni deben ser impuestos como únicos y deben, en cualquier caso, ser capaces de competir en igualdad de condiciones con la empresa capitalista. De hecho, hay innumerables casos en los que lo hacen y en los que se abren su hueco en el mercado. Hay, por otra parte y afortunadamente, una multitud de organizaciones sin ánimo de lucro, no gubernamentales que encuentran su hueco perfectamente en el sistema de libre empresa, siendo incluso en muchos casos promovidas y financiadas por empresas capitalistas, y que suponen un gran impulso al bien común.

Por tanto, creo que esta reflexión debe partir de la realidad existente. No aceptándola desde el conformismo y la complacencia con el sistema, sino centrando su foco en la mejora de la supervisión del mismo pero, sobre todo en la lucha contra la ideologización del “homo económicus”, y su subproducto taylorista, proponiendo un modelo antropológico más acorde con el hombre real. Más aún, intentando inculcar en este hombre real unos valores y virtudes que cambien su corazón, esclareciendo la razón oscurecida y disminuyendo de este modo los efectos negativos a los que alude Benedicto XVI. Se trata de influir en las configuraciones culturales dominantes que condicionan el sistema en esa dirección negativa.

Creo que conviene aclarar, ya en esta introducción, aunque más adelante se hará con mayor precisión, que regulación de los mercados e intervención en los mismos, son cosas totalmente diferentes, positiva la primera, si se encuentran los sistemas regulatorios apropiados y, en la inmensa mayoría de las veces, muy negativa la segunda.

1º ¿Qué es una empresa?

En esta reflexión debo empezar por definir que entiendo por empresa.

La empresa es una comunidad de personas de diversos tipos –empresario, accionistas, empleados y dirección–, con una finalidad: Servir al bien, en primer lugar de las personas que la forman y, en segundo lugar de toda la sociedad, a través de la creación de riqueza, no sólo económica sino humana, profesional, social, afectiva, ética, etc, es decir, maximizar el bien común de la forma que es propia a su naturaleza.

2º ¿Qué debiera ser el hombre para la economía y la empresa?

La economía y la empresa, como toda la sociedad, están al servicio del hombre. De todos y cada uno de los hombres. En el terreno político y social, ya se han visto las consecuencias de las ideologías que han puesto al hombre al servicio de la sociedad. Y lo que se ha demostrado como atroz para la sociedad en general, no lo es menos si se aplica al terreno de la economía y la empresa. Pero estos motivos utilitaristas para decir que la empresa tiene que estar al servicio del hombre no son ni los únicos ni, menos aún, los más importantes. La razón fundamental, que hay que buscarla en una sana antropología cristiana, reside en la dignidad inherente a cada ser humano. Detrás de cada institución humana, sea del tipo que sea, hay una concepción del hombre –una antropología– explícita o implícita. Si no se tiene una clara consciencia de cuál es la antropología subyacente, está acabará siendo la del pensamiento dominante, sea éste el que sea. No sólo la empresa, la economía y la sociedad en general están al servicio del hombre, sino que toda la naturaleza está a su servicio. Esto no excluye, sino que hace necesario, que el hombre deba cuidar la naturaleza y, por lo tanto respetarla, tanto por sí misma como en por el hecho que está obligado a hacer que pueda estar al servicio de las siguientes generaciones. La economía tiene, por tanto, que establecer las condiciones para que la empresa pueda crear de forma sostenible –respetando el medio ambiente –, riqueza, no sólo económica sino, como se ha dicho anteriormente, humana, profesional, social, afectiva, ética, para todos los que la forman y, en segundo lugar, como veremos más adelante, para un entorno más amplio.

Gran parte de los males, en un sentido general, provienen de confundir, en la vida práctica los fines con los medios y vivir para los segundos a costa de los primeros. Indudablemente, maximizar el beneficio o, mejor, maximizar el valor de la empresa a largo plazo para sus accionistas, es un medio absolutamente necesario para que la empresa subsista con su identidad y su misión. Como se verá más adelante, si este medio se utiliza de una determinada manera, no sólo no es incompatible con el fin enunciado más arriba, sino que medio y fin colaboran en lo que llamaremos más adelante espiral virtuosa.

3º Diferentes tipos de personas que forman o pueden formar la empresa.

- El empresario. Es el fundador de la empresa. Aquél que por su propia iniciativa decide
emprender un negocio. La existencia de empresarios es una de las fuentes de riqueza de un país. El Estado debe incentivar la creación de empresas y debe velar por crear una imagen del empresario como un agente del bien social. Lo que caracteriza al empresario es que está dispuesto a asumir riesgos y a renunciar a corto plazo a un estatus profesional que tal vez podría tener si trabajase por cuenta ajena. Sabe que juega con su dinero y puede, por tanto, actuar con mayor autonomía. Generalmente, el empresario es también el gestor más importante de la empresa. En empresas que han crecido mucho o que han pasado de
generación en generación, la figura del empresario puede desaparecer o quedar relegada a la de
un accionista de referencia con o sin participación en la gestión.

- Directivos. Siendo ellos mismos empleados, son el gozne que conecta a los accionistas con los
empleados, el punto de apoyo de la palanca para satisfacer los intereses en apariencia
contradictorios entre empleados y accionistas. Tienen el deber ético de convertir la empresa, que vista con miopía parece un juego suma cero, en lo que más adelante llamaré la espiral virtuosa. El perfil personal del directivo difiere notablemente del del empresario. Son administradores que toman decisiones con dinero de otros y, por eso, deben estar sometidos a una concienzuda supervisión, según algún tipo de código de buen gobierno corporativo, externo o interno, para evitar que, por “tirar con pólvora del rey”, no hagan una sana utilización de los fondos que administran o los utilicen en su provecho personal, contra los intereses de los accionistas y del resto de los empleados.

- Accionistas. Son los titulares de la propiedad de la empresa. Es normal que, si no son expresamente gestores, no participen directamente en la gestión de la misma. Los gestores de las empresas cotizadas en bolsa tienen que ganar cada año la confianza de sus accionistas si quieren seguir al frente de la gestión. En estas empresas cotizadas, los intereses de los accionistas, que no tienen, en su mayoría, ninguna relación con la vida de la empresa, se orientan casi exclusivamente a la rentabilidad de su inversión, rentabilidad a la que tienen derecho. Si esta no les satisface, dada la liquidez que proporciona la bolsa, venden sus acciones a otro inversor. Si la gestión de una empresa cotizada es ineficiente, otro equipo gestor puede comprar suficientes acciones para destituir al equipo ineficiente. En las empresas no cotizadas puede darse una mayor cercanía de los accionistas a la vida de la empresa por lo que la rentabilidad que esta obtiene, siendo también su interés principal, puede verse matizado por otros aspectos de esa vida. Por otro lado, en una empresa no cotizada, es más normal que en una cotizada que el equipo directivo tenga una vinculación accionarial importante con la empresa por lo que su destitución puede no ser posible o ser mucho más difícil que en una cotizada. La posibilidad para los ahorradores individuales de participar a través de la bolsa en el capital de empresas cotizadas es una evidente democratización de la propiedad. Por eso es imprescindible, dada su escasa vinculación a la empresa y su falta de conocimientos empresariales, que se garantice, en la mayor medida posible, que no sean engañados.

- Empleados. Son quienes más viven, padecen o disfrutan las condiciones en las que trabajan. Para ellos su sueldo es, en general, la única fuente de ingresos. Por esto la empresa tiene que hacer todo lo humanamente posible para:

• Pagarles un salario digno y acorde con su aportación a la empresa.
• Mantener su puesto de trabajo y crear nuevos puestos de trabajo si es posible.
• Hacer que la parte de su vida que dedican a la empresa sea un elemento de enriquecimiento profesional, humano, emocional, ético, etc.

El ser capaces de lograr esto debe ser la más importante de las preocupaciones del equipo directivo, más aún, un imperativo ético en lo que tendrá que volcar toda su capacidad, trabajo e ingenio
.

Además se deberán respetar con los empleados los principios de igualdad de oportunidades y no discriminación.

4º Tipos de empresas.

Sería muy largo enumerar exhaustivamente las distintas tipologías de empresas. Sin ese ánimo exhaustivo vamos a ver varios tipos clasificativos de ellas

- Atendiendo al papel de sus beneficios:

• Sin ánimo de lucro
• Con ánimo de lucro.

Una empresa sin ánimo de lucro no tiene accionistas y, por tanto, no reparte dividendos entre ellos, pero tiene igualmente que ser eficiente y generar beneficios, ya que sin estos no puede crecer y ampliar el horizonte de su finalidad social. En una economía de mercado que respete la libre iniciativa tiene que haber cabida para todo tipo de organizaciones sin ánimo de lucro promovidas libremente por los agentes de la sociedad civil en vista al bien común. Es también posible y deseable que estas organizaciones sin ánimo de lucro sean promovidas por las empresas con ánimo de lucro como una parte de su responsabilidad social corporativa.

- Atendiendo a la composición de su accionariado.

• Cotizada
• No cotizada

Las empresas cotizadas tienen como parte de su accionariado a inversores que ponen en ella sus ahorros a los que quieren sacar una rentabilidad. Pueden ser pequeños inversores que invierten en la empresa el fruto de su trabajo y que no tienen ni vinculación con la empresa ni conocimientos de gestión. Por eso estas empresas tienen que estar especialmente reguladas para garantizar en la mayor medida que no sean engañados. Para ello debe exigirse, básicamente, a estas empresas:

a) Transparencia y veracidad de su información contable y otra información relevante como, por ejemplo, contratos de la alta dirección, etc.
b) Garantía de que la empresa no tendrá prácticas que deriven en beneficio de sus gestores mediante la utilización para su uso personal de los bienes de la empresa o mediante privilegios de información o actividades paralelas como contratos especiales con empresas a las que están vinculados, etc.
c) Garantía de que la empresa no tendrá prácticas que hagan que los grandes accionistas se vean beneficiados a costa de los intereses de los pequeños accionistas.

Todo esto forma el núcleo de lo que se llama código de buen gobierno corporativo.

Por supuesto, un directivo bien formado de una empresa cotizada debe actuar así por convencimiento moral, antes que por regulación. En caso contrario, cualquier regulación acabaría por ser papel mojado y sería necesaria una acumulación de regulaciones redundantes que harían inviable la gestión eficiente de las empresas. Por supuesto, lo dicho es válido, aunque con matizaciones a empresas no cotizadas y a organizaciones sin ánimo de lucro.

- Atendiendo a la titularidad de las acciones

• Pública
• Privada
(En la terminología anglosajona Public and Private tienen en este ámbito el sentido de cotizada y no cotizada, respectivamente. Uso esta clasificación en su acepción europea)

En atención al principio de subsidiariedad, del que se hablará más adelante, el Estado debe abstenerse de tener empresas, con ánimo o sin ánimo de lucro, allí en donde la iniciativa privada pueda hacerlo. Cuando las tenga, es imprescindible que se evite que la titularidad pública suponga una ventaja competitiva sobre la titularidad privada. Es un error históricamente probado pensar que las empresas públicas sean más justas y/o eficientes que las privadas.

5º El juego suma cero y la espiral virtuosa.

Hay una manera miope y otra perspicaz de ver la empresa. La primera es verla como un juego suma cero. Con esta visión si uno de los grupos que forman la empresa gana más, será a costa de que otro gane menos. Esta visión desemboca necesariamente en el enfrentamiento dentro de la empresa y, a nivel social, en la lucha de clases. Pero esta visión es falsa o al menos sólo es cierta con una dirección incompetente o inmoral. Lo cierto, aunque no sea algo automático, es que se puede hacer que funcione una espiral virtuosa en la que cuanto más gane uno de los colectivos, más ganarán los demás. Si la empresa crea riqueza de todo tipo para los empleados, será capaz de atraer los mejores talentos en todos los niveles de la empresa y con esos talentos, ganar más dinero, es decir, más rentabilidad para los accionistas. Esto permitirá invertir más, crear nuevos puestos de trabajo y mejores condiciones para todos, lo que se transformará en la creación de más riqueza de todo tipo para los empleados, realimentándose así la espiral virtuosa. Evidentemente, esto no es algo que ocurra automáticamente. Requiere que todas las personas que forman la empresa, pero en especial el equipo directivo, pongan lo mejor de su inteligencia, sus esfuerzos, sus conocimientos, sus habilidades y todo su empeño en ello. El principal deber ético y la responsabilidad social de la dirección de la empresa es diseñar y hacer funcionar esos mecanismos que se traducen en la espiral virtuosa. Y este deber ético no puede derivarse del puro utilitarismo, sino del concepto antropológico de persona que se ha señalado anteriormente. El funcionamiento de esta espiral virtuosa suele llevar aparejado la necesidad de crecimiento de la empresa.

6º Entorno inmediato de la empresa. Clientes y proveedores. Acreedores y deudores. Consumidores y usuarios.

La empresa es esa comunidad de empresario, accionistas, empleados y dirección de la que se ha hablado antes. Pero en un entorno próximo se sitúan aquellos grupos que, sin formar esa comunidad, comparten de forma directa intereses con la empresa. Son los clientes y proveedores; acreedores y deudores; y consumidores o usuarios. La dirección tiene también el deber ético de hacer a estos colectivos partícipes en el funcionamiento de la espiral virtuosa. Estos colectivos forman parte de una especie de ecosistema empresarial, y el deber ético de integrarlos en la espiral virtuosa repercute en el bien común del ecosistema y, también, en el de la empresa y de la sociedad. Dentro de este deber ético conviene destacar dos aspectos. Primero, el de entregar a la sociedad, representada por los consumidores y usuarios, productos que satisfagan sus necesidades de forma adecuada. El segundo la honestidad hacia los proveedores y acreedores en general, cumpliendo con ellos, en la medida de lo posible, los compromisos de pago en cantidad y plazo.

7º Entorno mediato. La sociedad en general.

Más allá de este entorno inmediato, la empresa tiene una responsabilidad con la sociedad en la que vive y de la que se nutre a la que debe “reintegrar” de diferentes maneras lo que de ella recibe de forma intangible. Responsabilidad tanto más directa cuanto más cercana sea esta sociedad. No es, ni mucho menos el menor de esos beneficios intangibles que la empresa recibe de la sociedad, el conocimiento ubicuo y tácito que las personas reciben de la sociedad del conocimiento en la que vivimos. Muy especialmente, las empresas globales que operan en países en vías de desarrollo, deberán fomentar especialmente la creación de empleo en ellos y cuidar de facilitar el acceso y la promoción a puestos directivos de personas de esos países. También entra de lleno en su responsabilidad para con la sociedad de esos países el procurar con su acción en ellos los medios para su desarrollo. Este reintegro a la sociedad de lo que ha recibido de ella de forma intangible, será tanto más eficiente cuanto las acciones que se lleven a cabo estén más relacionadas con el objeto de la actividad de la empresa. Una forma apropiada de hacerlo es mediante la creación de fundaciones u otras organizaciones sin ánimo de lucro que promuevan actividades beneficiosas para esa sociedad en ámbitos relacionados con la actividad normal de la empresa. Es normal etiquetar los fines de estas fundaciones bajo el paraguas de la ética. Conviene decir que no todas las éticas que circulan hoy como moneda corriente son amigas del hombre. No todo lo que se etiqueta de ético lo es. Conviene por tanto que el directivo tenga una sólida formación acerca de qué es la ética y sepa que toda ética debe enraizarse en el bien del hombre en el marco de una sana antropología cristiana. Además, y ya en un plano general, tiene una responsabilidad, no menos importante por ser más genérica, de preservar el medio ambiente y los recursos naturales y ello, no por una moda políticamente correcta, ni por el hecho de que así nuestra empresa sea mejor vista por nuestros usuarios, consumidores y hasta inversores, sino por una responsabilidad hacia las futuras generaciones, para que pueda estar al servicio de todos los hombres de todos los tiempos. También es deber ético de la dirección integrar todo este entorno mediato en la espiral virtuosa.

8º El cuadrilátero de la empresa.

Por tanto, el cuadrilátero en el que se tiene que mover la dirección está representado por estos cuatro elementos.

- Empleados.
- Accionistas
- Entorno inmediato.
- Entorno mediato

9º El terreno de juego de la empresa; la economía. El papel del Estado y la empresa en ella.

La historia y la teoría económica han probado que la mayor creación de riqueza se obtiene a través de la economía de mercado. Ahora bien, la mayor creación de riqueza, que podríamos llamar bien total, no coincide necesariamente con el mayor bien común. Puede que el mayor bien para la mayoría de las personas vulnere los derechos o la dignidad de determinadas minorías. En este caso, el mayor bien total no coincidiría con el mayor bien común, que incluye la justicia y la dignidad humanas. Es por esto por lo que también esta economía debe tener sus límites, para evitar abusos que llevan a vulnerar el bien común o a situaciones de crisis que se traducen en graves injusticias sociales.

- Economía de mercado. El mercado, su función y sus limitaciones.

El mercado no es más que un instrumento ubicuo y muy segmentado, en el que se pone precio al valor que las personas dan a las cosas. No es un instrumento perfecto. Sin embargo... en la inmensa mayoría de los casos, cualquier intervención en él, por muy bienintencionada que sea, suele crear más injusticias de las que resuelve. Lo que ocurre es que en este balance de injusticias resueltas con el intervencionismo frente a injusticias creadas por él, se produce una asimetría. Las resueltas suelen ser visibles, mediáticas, ostentosas y políticas, mientas que las creadas suelen ser ocultas y anónimas. Pero las injusticias anónimas no lo son menos que las mediáticas y no ver esto es un grave error social que puede acarrear empobrecimiento de todo tipo, con el consiguiente deterioro del bien total y del bien común. La economía es una ciencia en la que, muy a menudo, los resultados obtenidos con una actuación bienintencionada sobre ella son los contrarios a los que se esperaba. Resolver un problema interviniendo directamente el él suele ser el peor de los remedios desde un punto de vista económico, de creación de riqueza y del bien común, con perjuicios a veces irreparables. ¿Por qué ocurre esto? Aparte de las razones de índole de ciencia económica que no es objeto de esta reflexión describir, hay otras razones en parte ya enunciadas.

1º Las intervenciones en el mercado por parte del Estado rara vez son desinteresadas. Suelen responder a intereses políticos, electorales, etc.
2º Suelen estar condicionadas por presiones mediáticas.
3º La previsión de lo que se va a desarreglar al intentar arreglar algo suele ser muy deficiente. La ecología de la naturaleza nos da múltiples ejemplos de cómo cuando se altera un ecosistema, incluso con buena intención, se crean una multiplicidad de desequilibrios que hacen la situación posterior peor que la anterior con daños ecológicos irreparables. La economía de mercado y el tejido empresarial forman un sistema tan complicado como cualquier ecosistema y en el que ocurre el mismo fenómeno. Por eso sería bueno tener una conciencia ecológico-económica.
4º El intervencionismo crea hábito y lo que en un momento se presentaba como una intervención puntual, acaba creando –una intervención llama a otra– un hábito, que rápidamente se convierte en vicio, hasta crear una tupida tela de araña que atrapa a la economía, destruyendo riqueza y deteriorando el bien común, y de la que es muy difícil salir. Un primer principio general en lo que respecta a la actuación del Estado en la economía es el principio de subsidiariedad. Es decir, el Estado no debe hacer aquello que pueda hacer por sí sola la iniciativa privada. Y cuando lo haga, lo debe hacer con una estricta conciencia de excepcionalidad. Otra cosa sería empezar a tejer la tupida tela de araña antes mencionada.

Por tanto es necesaria una precaución extraordinaria antes de que el Estado intervenga directamente en la economía.

- Si en la empresa se ha mencionado el concepto del cuadrilátero, en una economía al servicio del hombre, podríamos hablar del triángulo de los tres principios.

a) Principio del bien común. La economía fijarse como objetivo el bien común, por encima del bien total. Para que esto se logre, el Estado debe contar con mecanismos no intervencionistas, que casi con absoluta seguridad irían tanto contra el bien total como contra el bien común, sino legales y de supervisión. Generalmente el bien común se logra mejor con la libertad de mercado.
b) Principio de solidaridad. La economía debe analizar cuáles son los mejores mecanismos para proteger a los más débiles, hasta donde es razonable y atentando contra las reglas del mercado sólo lo explícitamente aceptado por la sociedad según la justicia distributiva. Es decir, determinar hasta qué punto es sacrificable el bien total para no vulnerar el bien común.
c) Principio de subsidiariedad: Este es un principio de ordenación ética de los estamentos sociales. En términos generales viene a decir que un estamento superior se debe abstener de hacer lo que pueda hacer un estamento inferior. Individuo, familia, municipio, comunidad autónoma, Estado, etc. En estas reflexiones se aplica, más concretamente, al Estado y la iniciativa privada. Que el Estado no haga lo que puede hacer por sí misma la iniciativa privada. Este principio se basa en la premisa, observable y razonable de que las iniciativas públicas son casi siempre menos eficientes y más injustas que las privadas, por lo que atentan contra el primer principio.

- Un mercado especial: el mercado de trabajo. Es un mercado especial porque trata con personas y no con mercancías. Por tanto es un mercado especialmente sensible a la generación o destrucción de bien común. Pero los principios son los mismos. Si se interviene se corre el riesgo de crear paro anónimo a costa de trabajadores activos privilegiados. Sin embargo, es imprescindible garantizar un salario mínimo de dignidad y, en estos casos, puede ser más aceptable la intervención del Estado, siempre con la debida prudencia porque una intervención indebida puede ser causa de paro. Nuevamente, esta intervención deberá alterar en la menor medida posible el funcionamiento del mercado, para no atentar contra el bien común y total. En todas las intervenciones posibles en los mercados deberá evitarse, por motivos de justicia y bien común, trasladar a un desequilibrio de la justicia conmutativa lo que es asunto de la justicia distributiva. Una sociedad puede, sin embargo, decidir establecer un compromiso para reforzar el principio de solidaridad, aunque pueda parecer en una primera instancia que esto pudiera ir contra el bien total. En efecto, también aquí la intuición puede llevarnos a apreciaciones erróneas. Una mayor solidaridad en busca del bien común, que, aparentemente y a corto plazo, puede parecer ir en contra del bien total, puede que a largo plazo tenga el efecto contrario y sea beneficiosa para éste. Creo, aunque no podría demostrarlo, que es válida la ley de que, a largo plazo, todo lo que beneficia el bien común, beneficia, directa o indirectamente el bien total, en tanto que la recíproca no es cierta. Y esto, que es válido, creo, para la justa solidaridad entre personas dentro de un país, lo es también, en el ámbito de una economía globalizada, para la solidaridad en el desarrollo de los países. Pero aparte de consideraciones utilitaristas, es la dignidad de la persona la que exige un mínimo grado de solidaridad, tanto interna como globalizadamente, para ser preservada.

- Es función del Estado crear las condiciones para el pleno empleo. Como esto es un desideratum, es necesario un justo subsidio de desempleo para que las personas que, por la razón que sea estén en el paro, puedan vivir dignamente. Pero cuando el Estado, por negligencia o por regulaciones e intervenciones indebidas, no crea las condiciones de pleno empleo y se ve obligado a mantener subsidios de desempleo largos o indefinidos de forma sistemática a las mismas personas, está corrompiendo el sentido de su función y creando una cultura de falta de esfuerzo y de desprecio del mérito. Y esto también sería perjudicial para el bien común. Pero, en definitiva, es la empresa la que debe crear empleo que genere riqueza. No empleo ineficaz. Si una empresa puede hacer una cosa con 100 personas no tiene por qué hacerlo con 120. Por mantener el empleo de estas 20, se crea más paro anónimo. Sí está obligada a intentar con todos sus medios buscar nuevas actividades que permitan emplear, o solo a esos 20, sino a muchos más, de forma eficiente. Esa es su obligación técnica y moral.

- El Estado como regulador de la economía y de la actividad empresarial.

El estado debe abstenerse, como se ha dicho anteriormente, de intervenir directamente en la economía salvo en situaciones muy puntuales, con una prudencia extrema y, siempre, con un carácter coyuntural. Pero una cosa es intervenir y otra muy distinta supervisar, regular y sancionar. Muy a menudo, los propios agentes económicos desarrollan comportamientos (opacidad informativa, información privilegiada, prácticas oligopolísticas, creación artificial de escasez, etc.) que atentan contra los principios más esenciales del buen funcionamiento de los mercados. Definir estos comportamientos indeseables, regular con normas sensatas los medios que el Estado debe poner en juego para evitarlas, supervisar el cumplimiento de estas normas y sancionar con justicia su incumplimiento, eso sí es y debe ser atribución del Estado, siempre aplicando el principio de subsidiariedad. Porque incluso en esto, es mejor la autorregulación, si se produce, que la regulación estatal. Sin embargo, y lamentablemente, la autorregulación suele no existir o ser muy deficiente. Además, en un mundo globalizado como el que vivimos, para que esta regulación y supervisión sean eficaces, y para que puedan llevarse a efecto las medidas de solidaridad global, es cada vez más necesario organismos supraestatales que tengan también capacidad sancionadora. Sin embargo, también una regulación indebida puede llevar a frenar la creación de riqueza o incluso a destruirla, atentando contra el bien total y, muy probablemente, contra el bien común.

- El Estado como agente de la redistribución de la riqueza.

Es y debe ser función del Estado el facilitar una justa redistribución de la riqueza entre sus ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, en vista a promover el bien común. Esto lo puede hacer con tres mecanismos.

a) Un sistema impositivo sanamente progresivo –que las rentas más altas paguen mayor porcentaje de la misma. Una progresividad excesiva puede ir en contra de la justicia, vulnerando el principio de igualdad proporcional. Si se llegase a eso, además, podría bloquearse el proceso de creación de riqueza y transformarse el sistema de redistribución de la riqueza en redistribución de pobreza, atentándose contra el bien total y común.
b) Un sistema de servicios públicos, financiados con la recaudación de impuestos, que haga que todos los ciudadanos tengan acceso a los bienes básicos que sean, además, fuente de riqueza futura, tales como la educación, la salud o la seguridad. Es importante evitar que la asignación del gasto en servicios públicos se haga con criterios ideológicos. Para ello, sería conveniente que una parte de la aplicación de los impuestos fuese de libre elección de quien los paga, dentro de un marco de actividades consideradas como de bien público. Es lo que se llama la subsidiariedad fiscal. Que el Estado financie estos servicios públicos no tiene por qué significar que los preste él mismo. Allí donde los pueda prestar mejor la iniciativa privada, deberá aplicarse el principio de subsidiariedad. Deberá tratarse, además, que el ciudadano tenga la mayor libertad posible de elección del proveedor de los servicios financiados pero no prestados por el Estado. En el acceso a la prestación de estos servicios al ciudadano, deberá evitarse, en la medida de lo posible, la doble progresividad, es decir, progresividad por el lado de los impuestos y progresividad por el lado de la utilización de los servicios –que las rentas más altas tengan menor acceso a los mismos. Una de las mejores cosas en las que el Estado puede aplicar sus gastos es en facilitar la creación de nuevas empresas y prestigiando la figura del empresario emprendedor.

- El Estado como garante de la seguridad jurídica.

Es, desde luego, una función importantísima del Estado crear las condiciones de seguridad jurídica. Sin ella, el emprendimiento, la inversión y la creación de riqueza, son prácticamente imposibles.

Una sociedad próspera, en todos los sentidos de la palabra, es una sociedad con un tejido empresarial, tupido, sano y generador de empleo, riqueza y bienestar. No es función del Estado, sino de la iniciativa privada, crear ese tejido, pero sí es, en última instancia, la función económica más importante del Estado, crear las condiciones y el ambiente para que ese tejido pueda desarrollarse armónicamente. Y la mejor forma de ello es garantizar el libre juego de las reglas del mercado, protegiéndolo incluso de sí mismo.

10º La misión de la empresa.

La misión de la Empresa es la expresión de su forma particular de servir a los cuatro vértices del cuadrilátero. Es decir la esencia de esos mecanismos para lograr cumplir con el deber ético y la responsabilidad social de hacer funcionar la espiral virtuosa alrededor de los cuatro vértices. Es el alma de la empresa.

11º El papel del beneficio más allá de la forma de retribución de los accionistas.

Es desde esta óptica de la espiral virtuosa, en la que se ven los intereses de los cuatro vértices del cuadrilátero como armónicos –no desde la del juego suma cero– como debe entenderse la obligación de maximizar el beneficio a largo plazo y, consecuentemente, el valor de la empresa para sus accionistas como un medio para que la empresa cumpla con su fin. Un beneficio creciente permite mayor satisfacción de las necesidades de los otros vértices del cuadrilátero y, al mismo tiempo, la satisfacción inteligente de las necesidades de esos vértices, incide en el crecimiento del beneficio. Maximizar el beneficio no significa obtener el mayor beneficio a costa de lo que sea en una visión de juego suma cero. Significa hacer funcionar al máximo la espiral virtuosa alrededor de los cuatro vértices. Hacer esto es maximizar el bien total creado por la empresa y, si no se confunden fines y medios, maximizar el bien común de la forma y manera propia de una organización como la empresa. Por otro lado, si la dirección no es capaz de obtener para sus accionistas más beneficio de lo que otros equipos directivos puedan hacerles creer que pueden conseguir, puede verse desbancada y, con ella, la misión, es decir, su alma.

Además, el beneficio es fuente de dos grandes factores de servicio a la sociedad.

• Una parte sustancial del beneficio se dedica, a través del Impuesto de Sociedades, a financiar al Estado. Si éste emplea con justicia su recaudación, tendrá una repercusión importante en el bien común.
• Pero, más importante aún, en la medida en que no todo el beneficio se distribuya en forma de dividendo, esos beneficios se quedan en la empresa y son fondos que sirven para invertir en mayor creación de riqueza y empleo. Como dice Pío XI en la encíclica “Cuadragesimo anno”: “... los ricos están obligados por el precepto gravísimo de practicar la limosna, la beneficencia y la liberalidad. Ahora bien [...]colegimos que el empleo de grades capitales para dar más amplias facilidades al trabajo asalariado, siempre que este trabajo se destine a la producción de bienes verdaderamente útiles, debe considerarse como la obra más digna de virtud de la liberalidad y sumamente apropiada a las necesidades de los tiempos”.

12º La ética en la empresa.

Las cuestiones más vitales en la empresa son de carácter ético, sin dejar de lado las cuestiones antropológicas y de la dignidad de la persona, que son la base de la ética. El número de facetas del comportamiento ético en la empresa es enorme, por lo que una enumeración exhaustiva sería imposible. A título no exhaustivo diría:

- Ética hacia los empleados. Orientación a la creación de empleo. Sueldos justos. Enriquecimiento del trabajo en sus otras facetas, profesional, personal, ética, etc. Conciliación vida empresa vida familiar. No discriminación, etc.
- Ética hacia los accionistas: Transparencia y veracidad informativa y contable. Evitar conflictos de intereses (Accionistas-dirección; minoritarios-significativos; Largoplacistas-cortoplacistas, etc). Decisiones sobre el límite de endeudamiento basadas en elementales criterios de prudencia y sensatez buscando la rentabilidad a largo plazo y no la rentabilidad especulativa cortoplacista. El desprecio sistemático a esta norma ética de sentido común es una de las causas más importantes de la crisis en la que estamos sumidos.
- Ética hacia el entorno inmediato: Productos que añadan valor en su uso. Información comercial veraz. Justicia en el trato con clientes y proveedores. Cumplimiento de compromisos con acreedores.
- Ética hacia el entorno mediato: Reintegrar a la sociedad los beneficios intangibles recibidos de ella. Promover el desarrollo en los países emergentes en los que opere la empresa. Cuidar el medio ambiente.

Estos criterios éticos deben estar incorporados en la misión y en el código de buen gobierno corporativo.

13º El papel de los directivos en la empresa.

El deber primero de los directivos de una empresa, y aunque sea obvio conviene decirlo, es la supervivencia de la empresa. Pero dando esto por cumplido, de todo lo dicho más arriba se desprende que el deber fundamental del equipo directivo de una empresa y su responsabilidad social es diseñar y hacer funcionar esos mecanismos que se traducen en la espiral virtuosa, para los cuatro vértices del cuadrilátero. Es evidente que ningún directivo aislado, sea presidente o consejero delegado o director general, puede lograr cumplir con estos deberes. Es absolutamente necesario que los máximos directivos creen en todos los empleados de la empresa, desde su equipo más cercano hasta el último de los empleados, en círculos concéntricos, un espíritu de comunidad y un sentido de pertenencia, basados en la ética y en la creación de todos los tipos de riqueza para todos. Crear estos círculos imbuidos de la idea de la espiral virtuosa, requiere tener, transmitir e infundir un espíritu de equipo y un liderazgo transformador y tener el propósito, consciente y firme, de que este logro, no sólo merece la pena, sino que engrandece el trabajo de cada uno. El directivo tiene que ser un gran comunicador para transmitir esto, a los empleados en primer lugar, pero también a inversores y sociedad en general. Este proceso crea un conocimiento colectivo, una cultura empresarial y podríamos decir, en un sentido muy amplio, que una espiritualidad, que es el alma de la empresa. Naturalmente, esto no es algo que ocurra de forma espontánea sino que debe ser cultivado mediante sistemas de gestión del conocimiento.

14º ¿Cual debería ser el perfil del directivo/empresario?

A la vista de todo lo anterior parece evidente que el directivo/empresario que necesita una economía basada en una empresa más humana, debería:

Entender que la ética basada en una sana antropología es la base de la economía y de la empresa. No debiera tener una visión empobrecida y reduccionista de la economía y de la empresa en la que la búsqueda egoísta de la máxima riqueza económica personal, conducida por una “mano invisible”, acaba llevando a la justicia y al bien común. Al contrario, debiera tener claro que la “mano invisible” es él. Debiera estar imbuido del principio de subsidiariedad.
2º Tener claro que el fin de la empresa es servir a la sociedad, aunque para ello sea un medio necesario maximizar el valor de la empresa para sus accionistas a largo plazo. Por tanto, debiera tener claro que en caso de conflicto entre el fin y el medio, es el segundo el que debe supeditarse al primero.
3º No caer en la miopía de ver la empresa como un juego suma cero en la que más beneficio para el accionista equivale a menos para los empleados y los entornos mediatos e inmediatos y no caer por, tanto, en la esquizofrenia, sino que debiera ser capaz de crear y hacer funcionar la espiral virtuosa para los cuatro vértices.
4º Concebir como una responsabilidad ética la dedicación de todos sus talentos, inquietudes y esfuerzos, incluso en grado heroico, para buscar la manera más inteligente de hacer que su empresa sea un juego de suma lo más positiva posible y tenga claro de que si alguna vez se encuentra en el dilema del punto 2º será porque no ha hecho bien sus deberes de buen directivo
. 5º Ser capaz de comunicar sus ideas de forma eficaz a su entorno próximo y lejano y de crear y liderar equipos orientados en las líneas de actuación anteriores, creando una cultura organizativa acorde con los valores expresados en estas reflexiones.

Para esto es necesario que tenga:

- Una formación excelente en las técnicas de gestión empresarial.
- Una formación antropológica excelente que le sirva de base para el comportamiento ético.
- Una formación cultural fundamental que le permita ver las cosas con amplia perspectiva histórica y de diversidad de culturas, alejada de toda miopía.
- Una sólida formación en liderazgo y técnicas de comunicación.
- Una clara conciencia de la condición de necesidad, no de suficiencia de la excelente formación técnica para poder desarrollar ese comportamiento ético.
- Un compromiso personal, vital y vocacional con ese comportamiento ético.
- Una perspectiva de su trabajo profesional como una misión que se llevará a cabo a través de la misión de la empresa que dirija. Una sana ambición de poder, entendido como potencia para poder llevar a cabo esta misión, sin sombra de miedo social a esa sana ambición.
- Una conciencia de que sólo el trabajo en equipo puede hacer realidad esa misión.
- Una capacidad de liderazgo positivo como forma de impulsar a otras personas hacia la misión.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque hay cuestiones que están bien expuestas, la tesis de fondo, que es equivocada, va arrastrando el error a lo largo de todo el texto.

La tesis se encuadra dentro de lo que es el liberalismo católico, condenado por la Iglesia Católica, al igual que el socialismo.

El contexto histórico reciente en el que se ha ido introduciendo este error dentro de la Iglesia fue tras el Concilio Vaticano II.

Los textos del Concilio son tan obscuros - a diferencia de los anteriores concilios que están escritos bajo el principio del sisinono - que las heterodoxias han terminado por contaminar a los creyentes.

Así, la teología de la liberación vuelve a meter el marxismo dentro la Iglesia descontextualizando las sociedades primitivas cristianas "comunales" y la Escuela Austriaca de Economía vuelve a meter al liberalismo económico dentro de la Iglesia, descontextualizando la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca.

Lo que tiene que observar cualquier católico medianamente objetivo es que tanto el Marxismo como la Escuela Austriaca de Economía son escuelas de pensamiento "sionistas".

Y digo sionistas (y no judías) porque el pueblo católico es la minoría del pueblo judío que fue fiel a Jesucristo junto a los paganos que convierten, mientras que los sionistas son los judíos mayoritarios que crucifican a Cristo, es decir los judíos que habiendo carnalizado la promesa del mesías, esperaban un Rey (Política) y un paraíso terrenal (Economía).

La infiltración sionista comienza en el siglo I con la herejía ebionista de judíos católicos carnalizadores de la esperanza mesiánica que esperaba un reino milenario, es decir un paraíso económico-político imperial en la tierra, tras la 2º venida.

De hecho, San Agustín carga contra ellos y de refilón salio malparado el milenarismo espiritual de San Ireneo, aunque el mismo San Agustín dice que el no sabía cual de las interpretaciones era la correcta, aunque se decantaba por la que parece ahora que es equivocada, y que San Ireneo estaba en lo cierto.

Con el transcurrir de los siglos y a medida que el mesías Rey esperado por los sionistas no ha venido a liberarlos de su condición de pueblo apátrida y "perseguido" y para situarlos como la nación líder de las restantes, solo han mantenido de la antigua esperanza la del paraíso en la tierra. Y de ahí, que los judíos sionistas estén en el origen de las doctrinas salvíficas políticas y económicas de las que el freud-marxismo estructuralista deconstruccionista y el liberalismo anarco-libertario de la Escuela austriaca resultan ser los últimos epígonos de una larga serie de herejías que desde el Siglo XVI están machacando a la Iglesia Católica, y que están totalmente alejadas de la doctrina católica.

Anónimo dijo...

No resulta difícil desenmascarar el error de todos los liberalismos, incluido el económico y más aún el de la Escuela Austriaca. Lo que ocurre es que la contaminación del pensamiento católico es de tal gravedad, que los católicos liberales no son capaces de pensar según las máximas del evangelio.

Pero hagamos ahora una denuncia sencilla de la Escuela Austriaca, fundada por judíos. Cierto que hay católicos contaminados de ideas judaicas como Lutero que han pervertido la teología, o judíos como Spinoza que han arruinado la filosofía, o judíos psiquiatras como Freud que
ha destruido la sexualidad humana y hasta judíos como Marx que han aniquilado la política y la economía. Pero, ¿qué la Escuela Austriaca esté formada por judíos con la excepción de un mal católico cuyos maestros fueron judíos, no es un argumento demasiado ad hominem?

Dejando de llado que las correlaciones pertinaces indican causalidad, la verdad es que basta comprobar los frutos de la Escuela Austriaca para comprobar que el árbol era malo.

Cualquier observador medio objetivo comprobará que la evolución ideológica de la Escuela Austriaca con sus tribus libertarias, anarco-capitalistas, libertarianas...y demás sectas austracistas defiendan hoy la postura de ver los impuestos como males en sí mismos, los Estados como sujetos a desaparecer, además de respetar "derechos" inexistentes como el de autodeterminación de los pueblos, en base a la libre asociación y demás bobadas.

Disparates utópicos de tal magnitud solo pre-anunciados a comienzos del siglo XX en dicha teoría, los están hoy dando a luz, los nietos austriacos de los Von Mises, Von Hayek, Rohtbard,.... que no dejan de ser tan utópicos como los profetizados por los marxistas -compañeros de religión- con la herejía inversa de todo es Estado, todo es impuesto, sociedad sin clases,..etc.



Pero acudiendo al meollo porque no hay tiempo para comentar otros errores, la escuela austriaca como cualquier otro liberalismo no deja de proponernos una inversión de origen satánico.

Cristo nos dice: La verdad os hará libres. Es decir, la verdad engendra la libertad. Mientras que los liberalismos nos dicen: la libertad os hará verdaderos, la libertad os traerá la felicidad ergo arriba el mercado libre y viva Franco.


La empresa libre es una patraña. La empresa tiene que estar encadenada y por este orden: a la teología, a la filosofía, a la justicia y a la política porque es la más baja de las actividades humanas, aunque este siglo de perdición la tenga por las más altas.

Pero claro. Al estar la economía sujeto a todo, es normal que los subversivos homos economicus proclamen voz en grito lo de la empresa libre. Otros gritan aquello del amor libre. y Otros gritan aquello de freedom for Catalonia.


Debería empezar por los mandamientos. Hay uno y no es -no robarás- ni tampoco -no mentirás- por el que debería empezar cualquier análisis de las empresas económicas y que desde luego que es el origen de la crisis económica actual, que siento decirlo, usted ha despachado un tanto alegremente - la avaricia de algunos - poniéndola a la par que la regulación deficiente (o más bien ¿excesiva?), lo cual es un despropósito.

A ver si va a resultar que el mal pulula por el mundo católico porque vaya usted a saber por qué las diócesis están bien o mal organizadas y fiscalizadas.

Al toro, hombre, al toro que sobre ese no ha dicho nada. No ha dicho nada de qué beneficio pueden tener las empresas, ni del precio justo de las cosas, ni del concepto ¿cristiano? de competitividad, ni de los límites de crecimiento de las empresas, ni de las políticas de marketing o técnicas comerciales, o las políticas crediticias, o de las canales de financiación de las empresas a través de eso negocios de judíos como son los bancos, ni las cooperativas versus empresas “libres”

Anónimo dijo...

Querido Anónimo, soy Tomás: Debo agradecerte la paciencia que has demostrado leyéndote mi entrada, demasiado larga, “sobre el capitalismo, la economía de mercado y la empresa” y que hayas dejado tu comentario. También debo agradecerte tu amable concesión de que hay cuestiones que están bien expuestas. He procurado responder a tu paciencia leyéndome tu comentario, pero no puedo corresponder al “piropo” que me lanzas de que hay cuestiones bien expuestas, porque tu comentario es bastante farragoso. Intentaré, a pesar de todo dar algunas respuestas.

Pareces ser una persona que dispone de la vara de medir la verdad que, naturalmente, está en tu campo siempre. Mi tesis de fondo ES EQUIVOCADA. No te parece que tenga puntos discutibles, no piensas que pudieran puntualizarse algunas cosas. No, es errónea. Y para probarlo, te basas en una falsedad. Porque es una falsedad decir que el liberalismo católico está condenado por la Iglesia Católica al igual que el socialismo. No señor. La Iglesia católica en su doctrina social ha condenado el socialismo como intrínsecamente malo, es decir, malo en su esencia, pero JAMÁS, repito, JAMÁS, ha hecho lo mismo con el CAPITALISMO ni con el LIBRE MERCADO. Sí ha condenado, porque son condenables, determinadas prácticas y desviaciones en las que ha caído el capitalismo y el libre mercado, pero JAMÁS ha condenado en su esencia ni uno ni otro. Decir que la doctrina de la Iglesia haya condenado el capitalismo y el libre mercado es tan absurdo como si alguien dijese que por haber condenas a los abusos propiciados por sacerdotes, el sacerdocio ha sido condenado. Como muestra, un botón: En mis reflexiones cito una frase de Benedicto XVI en su última encíclica que no deja lugar a dudas sobre lo que digo. Por tu forma de expresarte, querido anónimo, me parece que nada de lo que haya venido tras el concilio Vaticano II tiene mucho valor para ti, por lo que, seguramente te haya gustado más otra frase de Pío XI, Papa que seguro te parece más fiable que los posconciliares, que cito en mis reflexiones, y que tampoco parece condenar la inversión empresarial. Pero, querido anónimo, si bien has leído todo el documento, has debido hacer una lectura sesgada del mismo y todo esto se te ha debido pasar por alto. Como tampoco parece que te hayas fijado en las críticas al homo economicus en los que se basa el liberalismo (que es distinto de la economía de mercado) y el capitalismo taylorista manchesteriano. Es esta desviación antropológica, contra la que bien claro digo que hay que luchar, la que condena el magisterio de la Iglesia. Pero esta visión antropológica, de ninguna manera forma parte de la esencia del libre mercado ni de la libre empresa.

Pero, además, aunque la Iglesia y el Papa (todos, no sólo los preconciliares) están guiados por el Espíritu Santo y son infalibles, esa infalibilidad es para lo que atañe al dogma y a la moral, pero no en lo que se refiere a la organización económica del mundo. Ciertamente que el magisterio de la Iglesia a este respecto debe ser estudiado y analizado con respeto y detenimiento, pero en este campo, no es un magisterio incuestionable. Y no, no soy menos católico que tú ni amo menos a la Iglesia, ni la sirvo peor por decir esto. Dicho lo cual, insisto en que este magisterio nunca ha condenado la esencia del capitalismo ni del libre mercado.

Anónimo dijo...

En la escuela Austríaca, con la que comulgo en algunas cosas y no en otras a pesar de que me sitúes como su defensor, como en todo pensamiento humano, hay cosas acertadas y otras equivocadas. Pero son la discusión respetuosa y el intercambio de ideas, y no la descalificación absoluta, las que harán que en esa escuela, en mi mente y en la tuya, la verdad, que aunque existe no está en posesión de nadie en estas cuestiones (y no, esto no es relativismo, querido anónimo), se vaya abriendo camino y vaya definiéndose en las cosas que están más acá de donde empieza la infalibilidad de la Iglesia. Pero eso de descalificar a esta escuela porque hay en ella muchos judíos, y un, según tú, mal católico, me parece patético. Desde luego que no estoy de acuerdo con Marx ni con Freud, a los que aludes (no tienes más que leer las entradas sobre las mentiras de Freud o los maestros de la sospecha en este blog), pero no porque sean judíos. Es bastante graciosa la interpretación de la historia en base a un sionismo definido de una forma un tanto sui generis que parece a la medida para encubrir un profundo sentimiento antijudío.

Maravilloso cuando decides quién puede pensar según las máximas del evangelio. Tal vez te convendría leer aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados”, o lo de “id y aprended qué quiere decir lo de misericordia quiero”, o el pasaje del fariseo y el publicano. Pero es bastante patético cuando, repasando los mandamientos nos recuerdas el no robarás o el no mentirás. Por supuesto que hay empresas que roban (y médicos y arquitectos y profesores de ética) y que mienten (y podría citar las mismas profesiones u otras que también lo hacen) pero decir que la actividad empresarial se basa en la mentira o el robo es de un caricaturismo infantiloide. Supongo que, viendo así el mundo, no tendrás coche, ni televisión, ni pisarás El Corte Inglés o Carrefour, para no dar dinero a esas empresas estafadoras y mentirosas, ni por supuesto, trabajarás ni permitirá que nadie de tu familia trabaje en una empresa.

Es una auténtica perla cultivada el párrafo en el que hablas de las “tribus libertarias, anarco-capitalistas, libertarianas” (sic) que forman la escuela Austríaca. En ese párrafo y el siguiente, queda claro que tú, y sólo tú, estás en el justo medio entre ver “los impuestos como males en sí mismos, los Estados como sujetos a desaparecer” y “la herejía inversa de que todo es impuesto, sociedad sin clases, etc”. Querido Anónimo, los impuestos son malos cuando se usan para cosas malas, como que el Estado imponga la educación para la ciudadanía o pague los abortos. Pero también son malos cuando se utilizan para cosas que crean menos riqueza que lo que podría crearse invirtiendo la iniciativa privada como afirma el párrafo de Pío XI que antes te he recomendado que leas en mi entrada. Lo que si aparece de forma ubicua en todo el magisterio social de la Iglesia es la apelación sistemática al principio de subsidiariedad, es decir, que el Estado no haga aquello que puede hacer la iniciativa privada. O sea que “las tribus libertarias, anarco-capitalistas, libertarianas”, y con más razón mi escrito, algo de razón tenemos en lo de los impuestos, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.

Anónimo dijo...

La empanada mental con lo de la libertad de la libre empresa es notable. Desde luego que las empresas no son libres. La libertad es un atributo que Dios ha concedido al ser humano. Lo que significa “sistema de libre empresa” es que el hombre debe tener libertad para asumir el riesgo de fundar una empresa con la retribución que éticamente le corresponde de un beneficio. Es precisamente el hecho de que el Estado prohíba este derecho natural a las personas lo que hace intrínsecamente malo al socialismo de Estado, según la Doctrina Social de la Iglesia. Por supuesto que la libertad del hombre está sujeta a restricciones éticas, tanto en su actividad empresarial como en todos los ámbitos. Por supuesto que demasiado frecuentemente no hace caso a esas restricciones éticas. Pero todavía no he sabido de ningún caso en el que Dios haya quitado la libertad a un hombre por usarla mal. Usar bien la libertad es lo que hace al hombre, a diferencia de los animales, susceptible de un comportamiento ético del que tendrá que responder ante los hombres, pero, sobre todo, ante quien le dio la libertad, es decir, ante Dios. Y esto en cualquier campo de actividad humana, la libre empresa incluida.

No quiero seguir glosando este comentario tuyo porque me parece que estoy empezando (tal vez ya llevo un buen rato) a faltar a la caridad. Pero permíteme decirte una cosa. Si lo que quieres es que el corazón del hombre del siglo XXI se vuelva a Dios y se acerque el reino de los cielos a este mundo, creo que vas bastante descaminado y tal vez deberías leer cómo hacía Cristo para conseguirlo. Sólo con los fariseos, que colaban mosquitos y ponían pesadas cargas en los hombros de los demás, era duro. Dice un refrán que caza más moscas una gota de miel que un kilo de hiel y, me parece, que a ti te sobra de lo segundo y te falta de lo primero en dosis suficientes como para espantar a muchas moscas. También a mí, si sigo escribiendo, se me va a convertir la miel en hiel, así que permíteme terminar con una frase que leyó de pequeño Jean Guitton en un cuaderno de citas de su madre. Gitton la debió leer allá por el inicio del siglo XX y tal vez su madre lo copiase de alguien que la escribió a mediados del XIX. Dice así:

“Es necesario que se restablezca la armonía entre los modernos sin fe y los creyentes sin modernidad. Hace falta que los primeros se reencuentren con Dios. Pero hace también falta que los segundos caminen hacia delante sobre la tierra”.

Una última cosa. Estos comentarios farragosos, larguísimos, sesgados y, me atrevería decir, hasta sectarios, me roban más tiempo del que estoy dispuesto a dedicarles. Con una respuesta vale. Por tanto, no te responderé más, querido Anónimo. Esto no significa que el que calle otorgue, sino que mi agenda la manejo yo.

Un abrazo.

Tomás