13 de septiembre de 2008

Tecnología, desarrollo material y espiritualidad

Tomás Alfaro Drake

Es un tópico demasiado manido en muchas discusiones que alguien diga que el gran enemigo del desarrollo espiritual y moral de occidente y del mundo entero, incluso el causante del estancamiento o retroceso del mismo, es el desarrollo material. En el otro extremo suelen situarse los que afirman que nunca la conciencia moral, aunque no la espiritual, de la humanidad ha estado tan desarrollada y que eso ha sido gracias, precisamente, a ese desarrollo material. Apoyan su tesis con datos ciertos y comprobables, si bien parciales. Citan a favor de su opinión, la abolición de la esclavitud, los derechos humanos, los índices de pobreza extrema decrecientes en todos los países, la responsabilidad social corporativa en las empresas, etc, pero olvidan la reciente barbarie, sólo aparentemente superada hoy en día, de ideologías como el nacional socialismo o el comunismo, o la barbarie, no superada, sino más bien en auge, del terrible fenómeno del aborto y de distintas formas de eutanasia, por no hablar de cosas menos aparatosas pero no menos graves como el desmesurado crecimiento de la familias rotas y el desencanto y falta de sentido de la vida que angustia a tantas personas y que hace que se disparen de forma alarmante la prevalencia de enfermedades mentales o el índice de suicidios.

Quisiera, en estas líneas razonar mi punto de vista que no se sitúa ni en uno ni en otro polo, ni siquiera en un hipotético punto medio, sino en un punto de otra perspectiva fuera de la línea que une ambos polos. Vamos a ver si lo consigo.

Indudablemente, el hombre está, como todo ser vivo, sometido a la lucha por la vida, presionado por la necesidad de mantener el balance energético que le permita la supervivencia. Ya los griegos decían, y así nos lo transmitieron los romanos, “primum vivere, secundum filosofare”. No creo que la veracidad de este aforismo pueda ponerse en tela de juicio por nadie con sentido común. El mecanismo de la evolución de las especies vivas hace que todas ellas estén siempre en el límite de la supervivencia. Sin embargo, la especie humana ha recibido el don de la inteligencia[1]. Este don le permite, evidentemente, la capacidad de “filosofare”, pero antes de eso, y para tener la posibilidad de ejercer esa facultad, la inteligencia le ha permitido salir de la “tierra límite” de la mera supervivencia. Y el instrumento que utiliza la inteligencia para conseguir esa fuga de la “tierra límite” es la tecnología. Cuando hoy, en el siglo XXI, se habla de tecnología, se tiende a caer en un error de enfoque. Creemos que la tecnología es algo que empezó en el siglo XIX, con la era industrial. Nada menos cierto. El avance tecnológico es tan antiguo como la inteligencia e inherente a ella. Las herramientas y técnicas de caza, la domesticación de animales, la agricultura, el regadío, la rueda y un largo etc. son desarrollos tecnológicos que se pierden en la noche de los tiempos. También, a veces, cuando hoy se habla de tecnología, hay gente que la ve como algo que deshumaniza al hombre, como enemiga de la cultura y del espíritu. Me gustaría citar tres ejemplos de desarrollos tecnológicos que desmienten esta visión. El papel y la imprenta son los dos primeros, de sobra conocidos. El tercero, casi desconocido fue condición sine que non para el desarrollo de corrientes pictóricas como el impresionismo. La invención de tubos de plomo en los que llevar la pintura al óleo, permitió que los pintores saliesen a pintar a la naturaleza, en vez de tener que permanecer recluidos en sus estudios para hacerlo. La primera consecuencia fue el impresionismo. Es el desarrollo tecnológico el que ha permitido a la especie humana salir de la zona en la que la única preocupación era el “vivere” y, además, le ha suministrado posibilidades de desarrollo humano y cultural.

Pero el don de la inteligencia no tiene tan solo el aspecto benéfico que acabo de señalar. Tiene, como todo en esta vida, su lado negativo. La inteligencia nos permite anticipar mentalmente el futuro y de esta manera aparece el miedo a ese futuro que sabemos incierto[2]. Ese miedo nos incita a acaparar bienes de reserva que puedan ser un escudo frente a esa incertidumbre. Y a veces, la cantidad de esos bienes que creemos necesitar y la forma de conseguirlos, nos llevan a la avaricia, la violencia, la sed de poder y la injusticia. Por supuesto que es lícito poseer estos bienes en un grado razonable y conseguidos de un modo honesto. De ninguna manera es razonable ni justo, como se ha hecho aberrantemente en la historia reciente, a negar el derecho de propiedad. Pero ni la cantidad de esos bienes puede ir en contra del bien común, ni es válida cualquier forma de conseguirlos.

La tecnología permite aumentar considerablemente la cantidad y calidad total de bienes a disposición de la humanidad. Una buena parte de la historia está movida por intentos de crear instituciones que permitan aumentarlos en la mayor medida posible, que promuevan medidas lo más justas posible para su reparto y que eviten en lo posible que una parte de la humanidad se apropie injustamente de bienes debidos a la otra. Pero es importante reseñar que, de todos estos factores, no sé si el más importante, pero sí el condición sine qua non, es el de la creación eficiente de suficientes bienes, ya que sin ellos, no hay nada que repartir. En la historia de la humanidad son muchos los errores, los palos de ciego y los aciertos. Muchas ideologías han surgido y siguen surgiendo para buscar posibles respuestas a esos interrogantes.

Sin embargo, por debajo de estas cuestiones, llamémoslas “prácticas”, laten otras mucho más profundas e importantes que también han movido la historia en conjunción con las primeras. Esas cuestiones, que han tenido y siguen teniendo muchas respuestas, se pueden resumir en una sola pregunta: ¿Para qué esos bienes, no necesarios para la supervivencia, que crea la tecnología? Sobre el cómo de las preguntas “prácticas” anteriores se alza el ¿para qué?

Creo, aunque no podría demostrarlo, que en todas las épocas y culturas la humanidad ha tenido claro que esos bienes materiales eran un medio. Más aún, que eran un medio para un medio. Si hay una cuestión en la que todos los hombres hemos estado siempre de acuerdo es en que el fin último es la búsqueda de la felicidad, aunque jamás hayamos sabido definirla y menos aún precisar cuales son los medios primeros para conseguirla. Creo que también hemos estado bastante de acuerdo en que, sean cuales sean esos medios primeros y los caminos para conseguir la felicidad, es necesario un cierto desahogo de bienes materiales para conseguirla, los medios segundos. No parece posible hacerlo desde la “tierra límite” de la lucha por la mera supervivencia.

Creo también que la humanidad se ha pasado la inmensa mayoría de su historia con un nivel de bienes materiales globales insuficientes para que el miedo a que antes me refería permitiese la tranquilidad necesaria para intentar la búsqueda de la felicidad. No estoy hablando de espíritus selectos que, por muy diversas razones, han sido capaces, en cualquier época o situación, de dominar ese miedo, buscar la felicidad y en muchas ocasiones encontrarla. Me refiero a la mayoría de los seres humanos, generalmente dominados por ese miedo. Y eso ha generado reflejos condicionados de dominio, de apropiación, de poder, de acaparamiento, que subsisten incluso en la abundancia. Por eso, las instituciones que persiguen el control y encauzamiento de ese miedo han tenido un éxito muy relativo. Es de notar que los animales no tienen esos reflejos –o no los tienen más allá de lo estrictamente necesario para la supervivencia de la especie– precisamente, por no tener inteligencia. La causa de estos reflejos es la inteligencia del hombre.

Sin embargo, en la zona profunda de las preguntas fundamentales, se forjaban respuestas a la pregunta de para qué esos bienes. Esas respuestas suelen ser religiosas. La religión oficial greco-romana no aportaba ninguna respuesta a esa pregunta. Sin embargo, la religión judía primero y la cristiana después, afirmaban que todos los hombres somos iguales, hijos del mismo Dios, que nos había hecho a su imagen y semejanza, y que por lo tanto todos teníamos derecho a la transformación y disfrute universal de los bienes materiales, hechos por ese mismo Dios y buenos por naturaleza. La propia naturaleza humana, buena también, se habría corrompido por la entrada del pecado en el mundo. El derecho al disfrute de los bienes de la creación es, según esta cosmovisión judeo-crisiana, universal, pero no igualitario. No excluye ni la justa propiedad privada de los mismos ni diferencias en su posesión en relación a la aportación hecha para su formación. Sin embargo, ese derecho al disfrute universal de los bienes de la creación es superior en rango a estos últimos. Es esto lo que da lugar al mandato de la justicia y el amor.

Parafraseando al premio nobel de física William Bragg (él utiliza la palabra ciencia donde yo pongo tecnología), diría que “de la religión procede el objetivo del hombre; de la tecnología su poder para alcanzarlo. El objetivo sin poder es ilusión. El poder sin objetivo es absurdo”. Podríamos decir que durante casi toda su historia el hombre tenía el objetivo pero no el poder para alcanzarlo.

Había también, en esa zona profunda de los para qués, las más diversas filosofías y formas de actuación fácticas que intentaban dar las más variadas respuestas a esas preguntas. Por citar algunas, el gnosticismo afirmaba la maldad del mundo material, creado por un malvado demiurgo, y la superioridad de unos hombres, los pneumáticos, poseedores de un alma espiritual atrapada en el mundo material, frente a otros, los hílicos, que carecían de ese alma espiritual y eran, por lo tanto, tan sólo perversa materia. Era, por tanto, necesario acabar con ese mundo físico. Estaba la filosofía estoica, que consideraba que la libertad del hombre era una simple ficción, ya que éste se encontraba atrapado en medio de unas inexorables leyes físicas que dictaban su devenir tan rígidamente como la caída de una piedra. Ante esto sólo cabía, como defensa psicológica, el desapego más absoluto a todo deseo y la aceptación de lo que ese destino inescrutable nos deparase. A veces este desapego llevaba a un sucedáneo puramente filantrópico de la justicia y el amor. Ese sucedáneo no se basaba en la igualdad de los hombres como criaturas de un mismo Dios, sino en ese desapego de todo deseo. Para terminar con la limitadísima enumeración de respuestas a las preguntas profundas del ¿para qué? diré que el pensamiento dominante, ha sido, casi siempre y simplemente, la ley del más fuerte, la razón de la sinrazón.

Así, desde antes de que apareciera la civilización helénica –la primera revelación d Dios al hombre, Abraham, se sitúa hacia el siglo XVII a. de C.– hasta el renacimiento tardío, la humanidad vivía en un tenso equilibrio entre una cosmovisión judeo-cristiana descrita anteriormente y un nivel de desarrollo material –recordémoslo, medio para otro medio– que hacía difícil, por insuficiente, que el hombre se liberase de su miedo y avanzase en el logro de la civilización de la justicia y del amor propugnada por esa cosmovisión.

Pero en el renacimiento se inicia una de las dos tendencias que iban a romper ese equilibrio. Una tendencia que no afectaba a las cuestiones del cómo sino a las del para qué. Aparecen filosofías que, de una manera paulatina, paso a paso, empezado por Descartes, siguiendo por Kant, continuando por Hegel y culminando en Sartre –por citar sólo algunos hitos–, acaban por negar la realidad externa, sometiéndolo todo a un solipsismo (sólo yo mismo) que se mira el ombligo y sólo sabe pensar en círculos, en espirales cada vez más ínfimas –que no dejan lugar ni a la realidad, ni a la trascendencia ni, mucho menos a Dios–, para terminar en la nada: La cosmovisión cristiana se derrumba ante una cosmovisión que empieza y termina en el hombre solo, diosecillo, demiurgo insignificante que quiere suplantar a Dios y sólo es capaz de adorar a la nada. Estoy convencido de que tanto Descartes como Kant o Hegel, si hubiesen visto las consecuencias de las puertas filosóficas que abrieron, se hubiesen horrorizado, pero, ¿quién puede evitar que otros pasen por las puertas al vacío que uno ha abierto? Con esto, las preguntas del para qué, se diluyen y se hacen tan pequeñas como el más pequeño de los círculos alrededor de un “YO” que pretende suplantar a Dios. Sin embargo, y en los siglos anteriores al XIX, esas filosofías apenas salían de los cenáculos intelectuales cerrados en sí mismos. La inmensa mayoría de la población seguía, de una manera más o menos consciente, adherida a la cosmovisión cristiana.

Pero en el siglo XIX, la revolución industrial –y esta es la segunda tendencia, que no se responde al para qué, sino al cómo– cambia todo de arriba abajo. El desarrollo tecnológico se acelera exponencialmente, lo que da lugar a una capacidad de producción de medios materiales absolutamente sin precedentes. Pero esta abundancia llega en un momento en el que las respuestas al para qué habían sido minadas por el deterioro filosófico antes citado. Las “élites” intelectuales habían desechado ya la cosmovisión cristiana y lo que antes eran sólo medios –y medios segundos–, son ascendidos a fines. Así, esa pérdida de la cosmovisión cristiana, que es una sólida base para dar sentido a la vida, al ser sustituida por una cosmovisión vacua basada en la abundancia de bienes materiales como fin, ha dado lugar a un nuevo tipo de pobreza: La pobreza del vacío existencial, de la náusea, de la nada, a veces, en medio de la mayor opulencia. Es difícil ver dos siglos tan terriblemente convulsos como el XIX y, sobre todo, el XX. Es sintomático ver cómo, después de la 1ª Guerra Mundial se deshace en el desencanto la fe en el paraíso del progreso técnico que alimentó a los siglos XVIII y XIX. Hablar de futuribles es siempre una utopía inútil, pero cabe preguntarse cómo hubiera sido la revolución industrial si la cosmovisión cristiana hubiese estado intacta. ¿Hubiese producido las mismas tensiones? ¿Hubiese tenido lugar el brutal colonialismo del siglo XIX? ¿Hubiesen existido las sangrientas ideologías comunista y nacional socialista? ¿Hubiesen existido las dos guerras mundiales? Quién puede saberlo. Pasó lo que pasó. El hombre identificó su magnífica capacidad para generar desarrollo material con omnipotencia, y los medios segundos que suponían esos bienes materiales con fines, ya que había defenestrado cualquier otro tipo de bien trascendente. Los cenáculos en los que vivían aisladas las “élites” intelectuales, los filósofos del desencanto, se abrieron a unas masas que tenían acceso a una semieducación que permitía la existencia de unos medios de difusión que transmitían el mensaje de esa filosofía empobrecida. Pero esta semieducación rara vez alcanzaba el nivel para poder criticar esos presupuestos mediáticos, al tiempo que la propia educación se teñía de ideología y de consignas. Pocas frases describen tan bien este proceso como la que cito a continuación de Arnold J. Toynbee:

“También había obtenido cierto éxito [La Civilización Cristiana Occidental] al verse frente al impacto de la democracia sobre la educación. Al abrir a todos una casa de tesoros intelectuales, que desde los albores de la civilización había sido un privilegio celosamente guardado y opresivamente explotado por una pequeña minoría, el espíritu de la democracia occidental moderna había brindado a la humanidad una nueva esperanza, aunque al precio de exponerse a un nuevo peligro. El peligro estribaba en las oportunidades que una educación universal daba a la propaganda y en la habilidad y falta de escrúpulos con que la habían aprovechado sagaces vendedores, agencias de noticias, grupos de presión, partidos políticos y gobiernos totalitarios. La esperanza estaba en la posibilidad de que estos explotadores de un público semieducado no pudieran <> a sus víctimas hasta el punto de impedirles que continuaran su educación de modo que llegaran a hacerse inmunes a tal explotación”.

Entiéndaseme bien. No estoy, de ninguna manera en contra de esa masificación de la educación. Al contrario, me parece un inmenso logro. Lo que me parece terrible es que nos podamos quedar a mitad de camino, instalados en esa semieducación. Y no me parece un miedo absurdo. No hay más que ver el desprecio, cuando no miedo, que hoy producen en casi todas las instancias, esa educación “inútil” en filosofía, historia y humanidades en general, que podrían completar esa semiducación. Y llegados a este punto, tengo que decir que esa puerta de entrada a la casa de tesoros intelectuales, fue abierta, por primera vez, por la Iglesia, fundadora de las Universidades en las que se daba salida a los restos del naufragio de la cultura clásica, rescatados por ella misma en una estrategia de salvamento de esos tesoros, durante los siglos de las invasiones germánicas y normandas, a través de los monasterios.

Afortunadamente, siglos de cristianismo, han dejado un poso profundo en la cultura occidental que a la filosofía devaluada no le resulta fácil de eliminar. El efecto de esta filosofía, aunque creciente, no pasa todavía de ser epidérmico. Por eso, y afortunadamente, muchos hombres occidentales del siglo XXI, incluso entre los no creyentes, practican una filantropía encomiable basada, aún indirectamente, en los restos de esa cosmovisión cristiana y posibilitada por la abundancia de bienes materiales sin precedentes. Pero esta filantropía, sin sólida base y posible sólo por la mera abundancia de bienes materiales, es, salvo magníficas excepciones, tan frágil como sus fundamentos. Corre, por tanto el riesgo de derrumbarse como un castillo de naipes a la menor contrariedad en tanto la cosmovisión de la nada siga ganando terreno. En contraste con esta filantropía se encuentra la caridad, basada en el mandato evangélico del amor de tantas personas que, calladamente, gastan su vida al servicio de los hijos de Dios, sus hermanos, más débiles. No quisiera, de ninguna manera, que se entendiesen estas líneas como una devaluación de esa filantropía. Muchas magníficas historias de abnegación se han escrito desde ella, que en muchos casos tiene una enorme profundidad. Pero afirmo que esa filantropía laica existe gracias al profundo humus de cristianismo, aún inconsciente, y que sin ese humus, muy probablemente no existiría, y que con el paso de los decenios, si ese humus desaparece, esa filantropía se esfumará, disolviéndose en el vacío.

En la discusión tópica a que aludía en el primer párrafo de este escrito, suele haber dos bandos. Los que dicen que si no se hubiese destruido con la Ilustración la cosmovisión cristiana no se hubiese producido el despertar científico técnico, ni la revolución industrial, ni el progreso material que hoy vivimos y los que dicen que este desarrollo científico-técnico es el culpable de la desespiritualización de occidente. Ni unos ni otros tienen, en mi opinión, razón.

Los primeros olvidan que el espíritu científico no fue algo que apareciese porque sí de la noche a la mañana. Nace de una cosmovisión que ve el mundo material como bueno, digno de ser estudiado, y sustentado por un logos que le da inteligibiliad que hace ese estudio posible. El despertar científico de los siglos XVII en adelante no hubiese sido posible sin precedentes como, a título de mero ejemplo, el dominico san Alberto Magno o el franciscano Roger Bacon (no confundir con Francis Bacon). El trabajo como fuente de riqueza y desarrollo del mundo está ya en la cultura judía, (transformad el mundo, en el Génesis), posteriormente en el evangelio (parábola de los talentos), en san Pablo (el que no trabaje que no coma), en san Benito (ora et labora), etc. Por eso forma parte del fondo cultural de occidente. Sin ese sustrato del logos de la naturaleza y del ora et labora, es dudoso que jamás hubiese habido ese despertar científico-técnico ni esa creación de riqueza, como, de hecho, no ha existido en ninguna otra cultura. A mi entender, no es una casualidad que este proceso haya tenido lugar en la cultura occidental, preñada de cristianismo. Sin embargo, la descristianización de la filosofía, quitó el ora de la frase de san Benito y es probable que esta eliminación haya hecho que el progreso científico-técnico, en nombre de un humanismo sin Dios, se deshumanizase y diese lugar a una revolución industrial inhumana con sus secuelas de comunismo, nacional socialismo, colonialismo y dos guerras mundiales. Es más, afirmo que ni los derechos humanos, ni la abolición de la esclavitud hubiesen tenido lugar en una cultura que no estuviese impregnada de cristianismo, como de hecho no ha ocurrido en ninguna otra si no es a través del influjo, precisamente, de esta civilización occidental. La misma consigna “liberté, egalité, fraternité” de la revolución francesa no hubiese sido posible si nuestra cultura no hubiese estado inmersa en el cristianismo durante siglos. Y me atrevo a predecir que si ese humus de cristianismo llegase algún día a ser eliminada de lo profundo del alma occidental, volveríamos a la barbarie. Ya la hemos sufrido en el terreno social con el neopaganismo nazi y el ateísmo radical del comunismo. La estamos sufriendo en el terreno estético en el que, con notabilísimas excepciones, lo esperpéntico inunda el arte y la fealdad de lo mediocre nuestras ciudades y nuestros modos de vivir. Pero, sobre todo, la estamos sufriendo en el terreno ético; el aborto, la eutanasia, la cultura de la muerte, la alarmante ascensión de las familias rotas y desestructuradas, con su secuela de infelicidad y frustración en gran parte de varias generaciones, el sinsentido de la vida y el aumento de las enfermedades mentales y del suicidio.

Los segundos ponen la causa de la desespiritualización y el materialismo galopante de occidente en el lugar equivocado. La causa no está en el desarrollo científico-técnico, sino en las ideas filosóficas deterioradas. ¿Puedo decirlo en palabras de Albert Camus?: “Los genios malos de la Europa de hoy llevan nombres de filósofos: se llaman Hegel, Marx, Nietzsche… Vivimos en su Europa, la Europa que ellos han hecho. Cuando hayamos llegado al extremo d su lógica, nos acordaremos de que existe otra tradición: la que no ha negado jamás lo que constituye la grandeza del hombre”[3]. Debo decir inmediatamente, por honestidad intelectual, que Camus no se refería a la tradición cristiana sino a la de la luz mediterránea, a la del oráculo de Delfos o los misterios de Eleusis. Pero la frase no deja de ser válida. Hoy día tendemos a no conceder a las ideas la importancia que tienen, pero son ellas las que marcan la dirección del mundo. En algún sitio he leído una frase extraordinaria. “No hay un solo hecho en la historia que no haya sido antes una idea”. El desarrollo tecnológico es una bendición para la humanidad. Si la humanidad ha dejado de adorar al Dios Padre de todos los hombres para adorar al becerro de oro, la culpa no es del oro, sino de los hombres que han forjado el becerro. No faltan, sin embargo, espíritus lúcidos que ven en la tecnología un enemigo del desarrollo espiritual. Y, a pesar de lo dicho anteriormente, tienen en parte razón. Porque un gran peligro del desarrollo material, con independencia de la base filosófica en que se sustente es el de la soberbia que el dominio de la tecnología puede despertar en el hombre. Pero quiero rebatir esta visión negativa de la tecnología citando textualmente un pensamiento de Henri Bergson que recoge e inspira en gran medida parte de lo que he dicho:

“[...] El hombre debe ganar el pan con el sudor de su frente: en otros términos, la humanidad es una especie animal, sometida como tal a la ley que gobierna el mundo animal y que condena al ser viviente a alimentarse de lo viviente. Al serle disputado su sustento tanto por la naturaleza en general como por sus congéneres, tiene forzosamente que emplear su esfuerzo en conseguirla; su inteligencia, precisamente, está hecha para proporcionarle armas y útiles para esta lucha y este trabajo. ¿Cómo, en estas condiciones, la humanidad habría de volver hacia el cielo una atención esencialmente dirigida hacia la tierra? Si tal cosa es posible, sólo lo será en virtud del empleo simultáneo o sucesivo de dos métodos muy distintos. El primero consistirá en intensificar hasta tal punto el trabajo intelectual, en llevar la inteligencia tan lejos y más allá de lo que la naturaleza había querido para ella, que el simple instrumento dé paso a un inmenso sistema de maquinas capaz de liberar la actividad humana, siendo esta liberación, por otra parte, consolidada por una organización política y social que asegure al maquinismo su verdadero destino. Medio éste peligroso, porque la mecánica, al desarrollarse, podrá volverse contra la mística: incluso es de este modo, como aparente reacción contra ésta, como la mecánica se desarrollará más completamente. Pero existen riesgos que hay que correr: una actividad de orden superior, que tiene necesidad de una actividad más baja, deberá suscitarla o, en todo caso, dejarla actuar, dispuesta a defenderse si es preciso; la experiencia muestra que, si de dos tendencias contrarias pero complementarias, una ha crecido hasta el punto de pretender ocupar todo el espacio, la otra se encontrara bien situada por poco que haya sabido conservarse: al llegar su turno, se beneficiará de todo lo que se ha hecho sin ella, de lo que incluso no ha sido llevado vigorosamente más que contra ella [...]”.

Por eso, si la civilización occidental vuelve a abrazar sus raíces cristianas. Si la Iglesia católica logra iluminarse continuamente a sí misma, a las almas y los corazones de los hombres de todas las culturas y civilizaciones del mundo con la luz de Cristo y restaurar de nuevo una cosmovisión cristiana purificada. Si la tecnología y el progreso material, inspiradas en esta luz, son capaces de conquistar los estómagos de toda la humanidad sin destruir el planeta ni la libertad familiar. Si, humildemente, somos capaces de devolver a su lugar fines y medios segundos y de encontrar los medios primeros adecuados, también guiados por esa luz, entonces y sólo entonces, la humanidad podrá entrar en la senda de la civilización de la justicia y el amor y podrá hacer llegar el Reino de los Cielos a la tierra. Pero éste es un reto espiritual. El reto fundamental no es si seremos capaces de hacer crecer la riqueza más deprisa que la población gracias a la tecnología, de lo que estoy convencido, sino si seremos capaces de crecer ética y espiritualmente de tal forma que evitemos la soberbia, desterremos la injusticia y vayamos, más allá de la justicia, al amor. Y eso sólo lo lograremos con la ayuda de Dios. Sólo con su ayuda podremos hacer arados de las espadas y podrá pacer el león con el cordero. Sin el Dios que nos ha dado la inteligencia para que desarrollemos la tecnología, sin el Dios que nos ha dado su Palabra –Cristo– para vencer esos peligros, sin el Dios que nos hace hermanos a todos en Él, la misión es imposible. La historia ha demostrado que los intentos de construir paraísos terrenales, del tipo que sean, de espaldas al Dios Padre común de todos los hombres, acaban siempre en un baño de sangre. Y esa ayuda se llama Gracia. No tengo la menor duda de que Dios nos dará esa Gracia si se la pedimos. Nos ha sido dicho por quien tiene poder para decirlo: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”. Y también: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”.

Que así sea.

[1] Sería largo exponer aquí por qué creo que la inteligencia es un don y no un producto de la evolución. En este mismo blog puede verse la serie de artículos que presentan mi razonamiento para sustentar esa creencia.
[2] Vease, en la misma serie de artículos a que me refería en la nota a pie de página anterior, el artículo 29: “El lado oscuro de la inteligencia”
[3] Nouvelles Littéraires, nº 1236, 10 de Mayo de 1951.

9 de septiembre de 2008

Respuesta a un comentario de Pedromr a mi respuesta anterior a Fernando (Vaya lío)

Anónimo, que no es tan anónimo porque más abajo se identifica como Pedromr ha dejado un nuevo comentario en mi “Respuesta a un comentario de Fernando”.

Me dice
Bueno, bueno, que divertido me resulta este tema. Efectivamente, Dios todo lo gobierna, eso sí, sin saltarse la ley del amor, que pasa necesariamente por el respeto a nuestra libertad. El colapso del electrón lo dejo para otro día.Al grano:Yo soy pedromr, "fósforo" de Tomás Alfaro, muy especialmente del Señor del Azar, pero también de la Victoria del Sol -unas Navidades se lo regalé a todos mis clientes-.También soy Ingeniero (Agrónomo) y del Camino Neocatecumenal.Ambos libros son fundamentales en mi familia: hijos, hermanos y padres. Tanto es así, que, hace ya algunos años, contacté, a través de un común amigo, con Tomás Alfaro pidiéndole ejemplares del libro. Tuvo la enorme amabilidad de enviarme 3, uno de ellos dedicado. Ese, es mío y sólo mío (es una broma). Pero, para el Redemtoris Mater de Viena, estaría encantado, si hiciera falta, de enviar un ejemplar. Y no olvides buscar La Victoria del Sol. Es igual de fundamental.

Le contesto:

Gracias Pedromr, vas a conseguir que se me suban los colores. Ya sabes, Fernando, si no soy capaz de encontrar un ejemplar de “El Señor del azar”. Pedromr te lo envía. Voy a ver si lo tienen en la librería que dije. Como me habéis mandado vuestros mails, (aunque los he omitido por vuestra confidencialidad, si queréis os los doy a cada uno por esa vía), te digo, Pedro si hace falta. También te digo que me han editado hace poco más de un año un nuevo libro, muy distinto que los anteriores pero también muy interesante (qué voy a decir yo, que soy su “padre”) que se llama “Al sueño de la muerte hablo despierto”. Lo puedes encontrar en la librería diálogo en Diego de León casi esquina Serrano. A ti, Fernando te haré llegar los tres o los dos, según pueda, a Viena.

Muchas gracias a ambos y como le decía a Fernando en el mail anterior, qué verdad es ese tópico de que el mundo es un pañuelo. A que va a resultar que hay más gente de la que yo pienso leyendo este blog.

Un abrazo a ambos.

Tomás Alfaro Drake

Respuesta a un comentario de Fernando

Fernando me ha dejado un nuevo comentario en su entrada “¿Un homo sapiens sin inteligencia?” Me dice:

Soy Fernando de la Vega, un joven de 25 años, casi ingeniero de minas (falta PFC) y que me formo para ser sacerdote en el seminario diocesano misionero Redemptoris Mater de Viena, vinculado al camino neocatecumenal, pero dependiente de la Diocesis de Viena.Bueno, el caso es que estoy intentando localizar su libro "El Señor del azar" y no lo encuentro por ninguna parte. Lo quiero porque es un libro que me pareció interesante hace varios años cuando cayó en mis manos y tal y como está escrito me parece entendible para cualquier persona, sin necesidad de tener grandes conocimientos de ciencia. Lo quiero llevar a mi seminario pues considero que el tema es cuanto menos interesante en la formación de los futuros sacerdotes.En mi seminario, que es internacional, somos varios los que hemos tenido una formación universitaria del ámbito de las ciencias, y el tema Ciencia-Fe sale muchas veces. También a nuestro obispo, el Cardenal Schonborn le gusta el tema y trata de él en numerosas ocasiones. Por otra parte en la universidad de Viena hay mucho cacao mental y estas cosas vienen mejor explicadas en su libro.Por ello, le rogaría que se pusiese en contacto conmigo para indicarme dónde puedo conseguir un ejemplar de su libro.Muchas gracias,


Le contesto:

Muchas gracias a ti, Fernando, por tu comentario. En primer lugar, ¡qué cierto es el dicho de que el mundo es un pañuelo! Resulta que entra en mi blog un lector de mi libro “El Señor del azar”. En segundo lugar, quiero decirte lo orgullosos que me siento de que te parezca que ese libro merezca estar en el seminario Redemptoris Mater de Viena y formar parte de su biblioteca. Por último, te respondo a tu petición. El libro se agotó completamente en editorial y no se reeditó. Algunos ejemplares que yo me guardé también los he ido regalando. Como he tenido peticiones como ésta lo he buscado en páginas web de libros de viejo, pero no lo he encontrado. Pero, lo que son las casualidades de la vida, hace unos tres meses, una amiga mía librera me dijo que le quedaba un ejemplar. Voy a ver si no lo ha vendido y, si es así, con mucho gusto te lo enviaré a Viena, al seminario.

Tengo amigos que viven su cristianismo en el Camino Neocatecumenal y, personalmente, tengo un gran cariño por los “kikos” y una gran admiración por su fundador, Kiko Argüello, así es que mandarte el libro será un doble placer.

“El Señor del azar” es un libro al que tengo un gran cariño porque cuando se publicó, le envié un ejemplar a Juan Pablo II que me contestó con una amable carta, dándome ánimos a continuar escribiendo, cosa que he hecho.

Quiero aprovechar este foro de mi blog y la casualidad (no hay tal, el azar no existe, está sometido al Señor del azar, Dios) de tu comentario para pedir a alguien que pueda leer esta respuesta y tenga la posibilidad que reedite el libro. Actualmente yo tengo la propiedad de los derechos de autor, así que en ese sentido no habría problema.

Gracias por tu entrada, un abrazo y, sobre todo, muchas gracias por tu generosidad al entregar tu vida al servicio de Dios.

Tu ahora amigo

Tomás Alfaro Drake

5 de septiembre de 2008

¿Un homo sapiens sin inteligencia?

Este es el 24º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”, “Los primeros brotes del arbusto de la vida”, “La división del trabajo”, “La explosión del arbusto de la vida”, “¿Tiene Dios una inmoderada afición por los escarabajos?”, “Definamos la inteligencia” y “El linaje prehumano”.

En el artículo anterior afirmaba que hace unos 300.000 años apareció un ser anatómicamente como nosotros pero con una inteligencia poco superior a la de un mono. Carecía de inteligencia simbólica, tal y como la definimos en un artículo anterior. O al menos, si la tenía, no la manifestaba. Si fuese así, sería como el burro del gitano en la feria, que leía, pero no "prenunciaba". Sin embargo, a partir de hace unos 50.000 años aparece una explosión de la inteligencia simbólica. ¿Cómo se sabe eso?

Todos los paleoantropólogos coinciden en que hay tres rasgos que evidencian la inteligencia simbólica; los enterramientos rituales, la producción de objetos “inútiles” y el arte rupestre. Los primeros Homo Sapiens anatómicamente como nosotros no llevaban a cabo enterramientos rituales. Sí enterraban a los muertos, pero lo hacían para evitar que los cadáveres atrajesen a los depredadores. Estos enterramientos eran fruto del instinto, como lo es el hecho de que un perro entierre un hueso. Sin embargo, hace unos 50.000 años, aparecen, súbitamente, los enterramientos rituales. Se distinguen de los otros porque los cadáveres son enterrados en posturas especiales como la fetal. También aparecen en los enterramientos objetos que pudiesen ser de utilidad para el difunto en una vida de ultratumba. Y, por supuesto, empiezan a aparecer diferencias entre la suntuosidad de unos enterramientos y otros, lo que evidencia una organización social en la que no todos los miembros de la tribu recibían los mismos honores al morir. Por otro lado, los yacimientos arqueológicos de las cuevas aparecen, por esa misma época, llenos de objetos que no responden a una utilidad práctica inmediata. Adornos, pendientes, brazaletes. Cosas que de ninguna manera ayudan a la supervivencia de la especie. Por último, hace su aparición el arte, en forma de pintura, escultura y música. No se trataba de hacer objetos decorativos o crear sonidos agradables, sino que el arte tenía un componente mágico. Se pintaban bisontes en las paredes de las cuevas con la esperanza de que, atrapado en la pintura el espíritu del bisonte, los de verdad resultasen más fáciles de cazar. Se hacían figuras femeninas en estado de preñez creyendo que así se incrementaría la fertilidad de la tribu. Se perforaban agujeros en huesos para soplar en ellos imitando sonidos que exorcizasen los malos espíritus o atrajesen a los buenos. Y todo eso ocurre súbitamente hace unos 50.000 años. Como las ondas de un estanque que al tirar una piedra forman círculos concéntricos, así los asentamientos “inteligentes” se expanden rápidamente en extensión e innovación. Parece, aunque es una hipótesis muy aventurada, que el centro de las ondas de la inteligencia está en Oriente Medio. La anatomía del Homo Sapiens apareció por primera vez en África, en la actual Etiopía, pero la inteligencia aparece 250.000 años más tarde, parece ser que en lo que ahora es Palestina. Y esos 250.000 años, junto con el desarrollo de un cerebro desproporcionado durante los más de 3 millones de años que han pasado desde la separación del linaje humano del de los grandes simios, son muy difíciles de entender. Porque un cerebro grande, necesario para soportar la inteligencia, pero excesivo para las actividades normales de los homínidos, es un órgano muy caro en cuanto a la energía que necesita para su funcionamiento. Conseguir el alimento extra para suministrarle esa energía es una tarea tan ardua como improductiva. Si hay una regla clara en la evolución es que todo órgano debe generar, de forma inmediata, más ventajas competitivas que desventajas o la especie que lo soporta se extingue. La evolución no da préstamos ni subvenciones. Un negocio que requiera capital a corto plazo con la esperanza de generar muchos beneficios en el futuro, seguro que encuentra inversores. La evolución no invierte. Todo órgano debe “pagarse” sus gastos inmediatamente o deja de existir. Sin embargo, el cerebro de los homínidos ha vivido, durante más de 3 millones de años subvencionado. Pero, si la evolución no da subvenciones, ¿quién financiaba el cerebro? Hablaremos sobre esto en próximos artículos.

3 de septiembre de 2008

Respuesta a una entrada de Chava de Onda

chava_de_onda me ha dejado un comentario sobre mi entrada; "Creacionismo o evolución". Me dice:

hola, me interesó tu trabajo en cuanto a esto por la razón que hoy tuve un pequeño roce con el maestro de biología, ya que se puso a hablarnos de la evolución pero tirando hacia la iglesia católica, yo soy católica y me gusta mucho debatir sobre este tipo de cosa,s es verdad, Dios es el creador de todo lo existente independientemente d elos cambios en el mundo, en el ambiente y en los seres vivos, e sloq ue yo defiendo, lo que se me hizo curioso fue que el maestro de biología ya no me volvio a tomar la palabra a partir de un comentario que le hice del por qué solo a los católicos criticaba? que acaso no hay mcuhas religiones más? los protestantes tienen todas sus ideas claras y son perfectos? los politicos, marxistas, ateos, judíos, etc, todos son perfectos menos los católicos? a partir de ahi no me volvio a dar la palabra y siguio hablando contra la iglesia, q mala onda no? en fin me intereso tu opinión, es muy cierta, felicidades y gracias por que me has ayudado a ampliar mis conocimientos y de alguna forma influiste para darme más ideas y armas para defender mi ideología... slaudos, espero me puedas decir de dónde eres y escribir a mi metroflog...

la chava de onda


Respuesta:

Querida Chava:

Esto que me cuentas es bastante corriente. Lo que se tolera y hasta se aplaude en otras religiones, ideologías, grupos políticos, etc, se nos echa en cara a los católicos y a la Iglesia Católica. Parece como si fuésemos los únicos que nos equivocamos o que hacemos las cosas mal. Peor aún. Casi siempre hacen con nosotros lo que achaca Cristo a las personas de su generación: “¿Con quién compararé esta generación? Es semejante a niños sentados en la plaza que, gritando a los compañeros dicen: ‘Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos cantado un himno fúnebre y no habéis llorado’. Porque vino Juan que no comía ni bebía y decían: ‘Tiene un demonio’. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe y dicen: ‘Es un borracho y un comilón, amigo de publicanos y pecadores’. Mas la sabiduría se ha justificado con sus obras”[1]. O sea que, hagamos lo que hagamos, nos pilla el toro. Es decir que por un lado o por otro siempre nos critican e intentan desacreditarnos. Pero eso, lejos de desanimarnos, nos debe dar ánimo. Porque cuando nos critican, será por algo. Nadie critica a quien le trae sin cuidado. El el Quijote hay una frase que siglos después hizo suya el rey Carlos III cuando inició un proceso de reformas que despertó protestas: “Ladran, luego cabalgamos”. Además, tampoco les falta algo de razón a los que nos critican así, porque el código ético de los católicos es el más elevado de todos y es lógico que nos exijan más. Y debemos reconocer que no siempre estamos a la altura de este código con nuestro comportamiento. Muchos estamos muchas veces muy por debajo, aunque algunos brillen heroicamente muy por encima de todos. Son los santos. Pero no debemos olvidar que, a diferencia de lo que creen los protestantes, todos estamos llamados a la santidad. Por eso, esas críticas hasta nos vienen bien, porque nos obligan a estar siempre en vela y a intentar dar siempre buen ejemplo para que la sabiduría se justifique por nuestras obras. Pero esto no lo podemos hacer sin la ayuda de la gracia de Dios. "Sin mí, no podéis nada", nos ha dicho Cristo. Como dice san Pablo en la 2ª carta a los corintios, 4, 6-9: “Pues el Dios que ha dicho: ‘Brille la luz en las tinieblas’, es el que ha encendido esa luz en nuestros corazones, para hacer brillar el conocimiento de la gloria de Dios, que está reflejada en el rostro de Cristo. Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derriban, pero no llegan a rematarnos”. Así pues, Chava, me alegro un montón por haberte dado armas para defender tu fe y tu esperanza. Sigue formándote en el bien y ¡a luchar en la brecha!

En cuanto a de dónde soy, soy de Madrid, España. Me encantaría escribir en tu metroflog, pero dada mi ignorancia en muchas cosas de la informática, no sé lo que es eso ni cómo hacerlo. ¿Por qué no pones un link de tu metroflog a mi blog y así todo lo que escriba en mi blog estará accesible desde tu metroflog?

Un abrazo.

Tomás Alfaro Drake
[1] Mateo 11, 16-19

9 de agosto de 2008

En el 66º aniversario de la muerte de Edith Stein, santa Benedicta de la Cruz

Como prometí, hoy, día 9 de Agosto del 2008, en el 66º aniversario de la muerte de Edith Stein, santa Benedicto de la Cruz, hago un post en su memoria. Es la hoilá de Juan Pablo II el día de su canonización. Ahora sí, me despido del blog hasta Septiembre.

Tomás Alfaro Drake

Edith Stein (1881-1942)

El ferrocarril, que viene traqueteando sin parar desde hace casi veinticuatro horas, se detiene por fin. El sol de esa mañana del 8 de agosto de 1942 deslumbra a todos los pasajeros cuando unos soldados nazis abren violentamente los portones de decenas y decenas de vagones. Mientras reciben bruscas y enérgicas órdenes, todos se van desperezando y toman con desgana y tristemente sus pocas pertenencias para bajar en su último destino. Están en la estación ferroviaria de Auschwitz-Birkenau.

Un día antes han salido de Holanda, atravesando parte de Alemania y han llegado finalmente a territorio polaco. Hay hombres y mujeres, ancianos y niños. Una vez abajo, otros guardias leen a gritos listas interminables de nombres y los seleccionan por grupos: algunos son reservados por su fuerza física para los trabajos forzados: los demás tendrán peor destino. En filas, se dirigen a unos camiones que están junto a las vías y suben ayudados unos por otros.

Los últimos gritos y cuatro mil cadáveres diarios.

El lugar al que han llegado es el famoso campo de concentración de Auschwitz, construido por la SS nazi en las inmediaciones de la aldea de Oswiecim, definido por uno de los principales generales de Hitler como "la institución más grande de aniquilamiento humano de todos los tiempos". Desde abril de 1941 había comenzado la operación final de terminar rápidamente con los judíos, pero los fusilamientos eran muy lentos y engorrosos, lo mismo que el uso de monóxido de carbono. Es por eso que ensayan el método de la gasificación para eliminar en masa a un número considerable de víctimas: en Auschwitz perdieron la vida unos cuatro millones de personas, a razón de "dos mil cadáveres cada 12 horas", según informes de los "técnicos" por la aplicación del famoso gas "Zyklon-B" ácido cianhídrico, un veneno para matar ratas.

Llegan los camiones al campo de concentración, y se tranquiliza falsamente a los prisioneros de que primero han de ser desinfectados por lo que todos deben desnudarse completamente, también los niños. Y, por grupos de unos 450 o 500, son llevados, por amenazas de golpes, adentro de unas habitaciones de 25 metros cuadrados. La congestión allí es increíble. Una vez que todos están dentro, pasa poco tiempo hasta que el gas comienza a salir por unas perforaciones que hay en los muros. Es cuestión de segundos. Todos se amontonan en un extremo y se abalanzan sobre la puerta de metal por la que han entrado; los más fuertes se apilan allí, subidos encima de los demás; otros, sollozan y dan manotazos, gritan palabras horrorosas de muerte. La asfixia lleva a otros a abrazarse y a rezar piadosas oraciones.

Sólo se necesitan 25 minutos para acabar con sus vidas; entonces, unas bombas eléctricas eliminan el aire cargado y unos hombres bien equipados con máscaras y mangueras cumplen la primera tarea de limpiar la sangre antes de separar con garfios los cuerpos que yacen allí con gestos y contorsiones indecibles. Luego buscarán en los cadáveres el oro de sus dientes y les separarán los cabellos para que el resto sea llevado en carretillas hasta los hornos. Aquí se cumple la última parte del proceso. Sólo resta llevar la fina ceniza a un río cercano o utilizarla como fertilizante.

Ya estoy harta de todo.....

Una de los miles de víctimas se llama Edith Stein, mujer excepcional que ha seguido el mismo destino de millones de hombres que encontraron la muerte sólo por el delito de pertenecer a la raza judía. Pero Edith también ha sido llevada al suplicio por ser católica, dos facetas de su vida que le hacen ser un personaje muy atractivo y de gran interés, sobre todo para los intelectuales.
Había sido educada en el seno de una familia hebrea rigurosamente observante, sobre todo por parte de su madre. Pero al llegar los primeros años de la adolescencia, Dios dejó de ocupar un lugar en su vida y ya no cree nada ni quiere rezar. Le había impresionado siempre la fe de su madre, pero atraviesa por una profunda crisis que le lleva al ateísmo. Durante ocho años dice no poder creer en la existencia de un Dios personal. Las ideas religiosas hebreas no le convencen y espera que la ciencia le dará las respuestas a las grandes preguntas de la existencia. No es extraño que en algunas épocas de la vida sintamos un aburrimiento de todo. Hasta de las cosas más valiosas que uno tiene o ama. Puede ocurrir que nos hartemos de la familia, de nuestro apellido, de la cara que tenemos, del peinado, de una amiga, de Dios, de todo....

Edith también está harta y desanimada. No quiere aceptar nada, ninguna verdad recibida de otras personas, ni siquiera de sus padres, sin antes analizarla ella sola. Pero no está derrotada. Desea ir al fundamento de las cosas por sí misma. ¡Ya está bien que se me dé todo hecho, todas las respuestas a los grandes interrogantes de la vida sin ayudarme nadie a razonarlas y a hacerlas mías, para formar mis convicciones! Por ello Edith busca la verdad sin cansarse. Al acabar el bachillerato siente una fuerte inclinación a la enseñanza, y comienza los estudios de filosofía germánica e historia, pero con mayor fuerza le atrae la psicología, en la que también se matricula. Le inquieta mucho el tema del alma humana, el sentido de la vida, pero se desilusiona con las ideas del psicologismo y el relativismo de entonces: no le convence una ciencia que no quiere saber nada del espíritu. Es entonces cuando se encuentra con los Estudios sobre Lógica del famoso filósofo Husserl que le cautivan totalmente. Esos años son para Edith Stein de gran actividad científica y de numerosas investigaciones publicadas. También por esas fechas conoce a otro filósofo, al judío converso Max Scheller.

Fascinada por estos chispazos de la verdad, se traslada a Friburgo para asistir a las clases de Husserl. El maestro escoge a Edith como ayudante, pues es su más inteligente alumna. Le convencen y le arrastran las ideas del filósofo hacia la verdad como algo objetivo, y, con sus compañeros comparte el mismo entusiasmo pues el maestro les ayuda a dar serios golpes al empirismo, escepticismo y relativismo en todas sus formas.

En 1917 un hecho irrelevante en apariencia le abre un panorama notable: el esposo de una amiga suya, de religión evangélica, muere en combate. A Edith le llama poderosamente la atención que su amiga se mantenga con fortaleza y que no dude en ningún momento ni se rebele ante el dolor. ¿De dónde saca esa entereza de ánimo? Fue para Edith el primer encuentro con un mundo nuevo, algo que empezaba a echar por tierra su dura incredulidad de años.

El golpe final.

Algo singular ocurre en decenas de conversiones de adultos a la fe católica: hay siempre un último golpe que, luego de muchas cavilaciones y razonamientos, abre e ilumina la cabeza. Como si de repente se encendiera un foco en la inteligencia. A San Agustín, en el siglo IV, que buscó por años apasionadamente la verdad, le bastó leer una corta frase de la Sagrada Escritura. Al famoso filósofo español García Morente, en 1937, le tumbó oír, casualmente, por la radio, una obra musical de Berlioz que nunca había escuchado. En el caso de Edith, sucedió algo similar. En el verano de 1921, pasa una temporada en la finca de algunos amigos y compañeros, en Bergzarben (Alemania). Una noche, Edith que tiene 29 años de edad, se encuentra con un libro elegido casi al azar: se trata de El libro de su vida de Santa Teresa de Jesús. Se pasa leyendo toda la noche hasta el amanecer. “Comencé su lectura —dice ella misma— y me enganchó tanto que no la interrumpí hasta que no llegué al final del libro. Al cerrarlo, tuve que confesarme a mí misma: ésta es la verdad”. Edith encuentra la Verdad, pero no sólo al Dios teórico de los filósofos. No encuentra sólo al Primer Motor, al Arquitecto del universo, al Ser supremo, un Dios poderoso pero lejanísimo, abstracto, ajeno a lo que nos sucede. No. Edith descubre a Dios como Persona: al Dios Padre Amoroso, al Dios que se hizo hombre, Jesucristo, al Dios-hombre, que nace y vive con los hombres, que sufre con ellos. A un Dios a quien se puede hablar de Tú porque vive. A este Dios yo sí lo entiendo porque El me oye y me entiende.

Cuanto antes compra un catecismo y un Misal. Los estudia a fondo y después entra por vez primera a un templo católico. Cuando acaba la Misa, pide insistentemente el Bautismo y se le anima a irse preparando y se fija su entrada a la Iglesia el 1 de enero de 1922. Su conversión no supone un rompimiento con el pueblo judío al que pertenece: todo lo contrario. “Yo había dejado de practicar mi religión judía —dice— cuando era una jovencita de 14 años y sólo después de mi vuelta a Dios volví a sentirme judía”. A su madre le causa un gran dolor el cambio radical de su hija. Aunque Edith la sigue acompañando a la sinagoga, a la afirmación de su madre de que también se puede ser piadosa siendo judía, responde ella: “Cierto, pero cuando no se ha conocido otra cosa”.

Una filósofa de primera línea.

En 1925 se le abre otro nuevo panorama de vida intelectual, pues un profesor le anima a traducir obras del converso Cardenal Newman y posteriormente que haga lo mismo con algunas de Santo Tomás de Aquino. De Tomás aprende que la fe es camino para la verdad y que el trabajo de la filosofía puede ser un servicio a Dios.

Aunque hoy en día es habitual, en aquél tiempo, al acabar la Primera Guerra Mundial, las mujeres no podían acceder a una cátedra universitaria, y por eso sólo puede pasar unos años trabajando ocultamente en Spira, dedicada a la enseñanza, a sus estudios y a dictar numerosas conferencias dentro y fuera de Alemania. Por fin, en 1931 ya han cambiado los tiempos y le dan facilidades para ser catedrática en Friburgo o en Breslau. Hace algunas gestiones para conseguirla pero ya es demasiado tarde, pues la situación política del país se lo impide. Para entonces Edith ya venía alimentando otro profundo deseo: hacerse religiosa.

En 1933, aunque ya tiene 52 años de edad, es aceptada en el convento de las carmelitas de Colonia y escoge para sí un nuevo nombre Sor Benedicta de la Cruz. Sus superioras le piden que se ocupe de tareas intelectuales: terminar algunas de sus obras y otros trabajos que le van llevando de la filosofía a la mística, convirtiéndose también en maestra de vida interior.
Como comienza a desatarse progresivamente un violento racismo contra los judíos, es urgente que Edith se traslade al convento de Echt, en Holanda, donde también vive su hermana Rosa. Poco antes los Obispos holandeses mediante una Carta Pastoral habían hecho una pública denuncia de los atropellos nazis contra los ciudadanos judíos y las deportaciones que comenzaban. Para Edith esto es fuente de un sufrimiento continuo, pues era y se seguía sintiendo judía de raza.

Ante la defensa de los judíos por parte de los Obispos, los nazis reaccionaron adoptando las medidas crueles contra cualquiera que tuviera el coraje de defenderles. La venganza tarda sólo una semana en comenzar. El 2 de agosto son detenidos todos los católicos de Holanda de origen judío, a pesar de las garantías ofrecidas con anterioridad y de la indignación de los ciudadanos holandeses.

Una católica ofrece su vida por los judíos.

Es el domingo 2 de agosto de 1942. Un día normal en el convento. A las cinco de la tarde suenan las campanas de la oración. Edith Stein, ahora Sor Benedicta, lee en alta voz. De pronto, la tornera llama a la Madre Priora: los oficiales de la SS buscan a la monja "judía" que saben que está allí. La Priora, Madre Antonia, intercede por ella, pero es inútil. Sor Benedicta vuelve al Coro y, en una despedida rápida, pide a sus hermanas que recen. Al salir, pide la bendición a la Priora. Toma de la mano a su hermana Rosa y le susurra: “Ven, vamos a sacrificarnos por nuestro pueblo”.

No es una reacción del momento. En los nueve años que lleva allí, Sor Edith se ha convencido de que la vida está sellada por el signo de la cruz y que su pueblo judío estaba siendo llevado por las circunstancias a sufrir ese mismo destino. También ella quiere unirse a ese dolor inmenso y contribuir a soportar, unida espiritualmente a Cristo, el dolor de los hombres y a expiar la injusticia del mundo. Está plenamente dispuesta a ofrecerse por su pueblo oprimido y humillado. “El destino de ese pueblo —decía— es también el mío”.

Aquí comenzaron los últimos siete días de su vida, cinco de ellos en viaje hacia el Este. Poco tiempo para seguir amando a Dios, consolando a los demás compañeros de martirio, pero suficientes para que los compañeros de viaje se conviertan en testigos de su eximia santidad.
Desde la comandancia de Roermond son conducidos primero al campo de concentración de Amerstorf, Holanda. A uno de los sobrevivientes le llama la atención la "despreocupación y casi jovialidad" de Sor Benedicta y de los demás religiosos y religiosas que sufren el mismo castigo por su fe y por su raza. Son unos trescientos católicos de raza judía en el campo de concentración. Es notorio el influjo que Sor Benedicta ejerce sobre los demás por su temperamento, su cultura y su santidad.

Otros testigos la ven silenciosa, con el reflejo de un enorme sufrimiento interior, pero sin miedo. Y como sigue buscando al Cristo que le falta, lo encuentra especialmente en los niños destinados también al suplicio.

Encontrar, por fin, el sentido del dolor.

En la noche del 3 al 4 de agosto trasladan a los prisioneros hacia el norte de Holanda; sufren enormes vejaciones que los verdugos no ahorran a los pobres destinados al holocausto. Les hacen fotografías con el número de presidiario en la mano, primero de frente, luego de perfil. El día 6 se les da permiso de escribir algunas cartas, y saben que es su última oportunidad de hacer contacto con los de fuera. En dos hojitas de calendario, Edith aprovecha para pedir ropa para su hermana Rosa y habla de sí misma con serenidad: “Mil gracias a todas, su afectísima y agradecida hija, Benedicta”.

Desde el convento se hacen continuas gestiones y pesquisas para localizar a las prisioneras e intentar su liberación. Por fin, dos emisarios pueden entrar en el campo de concentración: hablan con ella y luego relatarán: “Nos refería todo esto, tranquila y serena. En sus ojos resplandecía la misteriosa luz de una santa carmelita. En voz baja y sosegadamente nos contó las contrariedades de los detenidos, pero silenciando las suyas...”.Un agente holandés se ofrece a hacer alguna gestión, llamar a alguien, moverse, intentar algo para salvarla. Pero ella se niega y sonríe: “¿Por qué voy yo a ser la excepción? Si yo no puedo compartir la suerte de los demás, consideraría inútil mi vida. —¡Nada de eso!” Y acompañada de su hermana Rosa, se dirigió orando al ferrocarril que iba a Auschwitz.Edith Stein había cumplido un antiguo deseo: ofrecerse en holocausto por su pueblo. En 1933 había escrito: “Me dirigí al Redentor y le dije que sabía muy bien qué clase de Cruz pesaba en aquél momento sobre el pueblo judío: en su mayor parte ellos no lo comprendían, pero quienes tenían la gracia de entenderlo, deberían aceptar esa cruz con plenitud, en nombre de todos. Me daba cuenta de que estaba dispuesta y pedía al Señor que me hiciera ver cómo debía realizarlo. Al terminar la Hora Santa tuve la íntima certeza de haber sido escuchada, aunque todavía no supiera en qué consistiría aquella Cruz que se me imponía”.

Había buscado siempre, apasionadamente, la verdad y la encontró, con todas sus consecuencias, porque no se puede conocer a Dios sin toparse a la vez con el misterio de la Cruz. Edith la aceptó y la entendió en su propio nombre: Benedicta de la Cruz, "bendecida por la cruz". Dios bendice con el dolor a sus hijos: enfermedades, sufrimientos físicos y morales durante toda la existencia que pueden parecer tantas veces injustos o absurdos. Es que nuestra capacidad intelectual sola sin la ayuda de la fe —aunque seamos genios o tengamos una inteligencia superdotada—, es incapaz de comprender el dolor y su sentido en la vida de los hombres.

Abrámonos al mensaje que ella nos dirige como mujer del espíritu y de la ciencia, que supo ver en la ciencia de la cruz la cima de toda sabiduría; como gran hija del pueblo judío y como fiel cristiana en medio de millones de hombres martirizados sin culpa, ella vio cómo la cruz se acercaba a ella de forma implacable; pero no escapó atemorizada, sino que, animada por la esperanza cristiana, la abrazó con amor y entrega total. (...). Su vida es consuelo para todos aquellos a quienes les resulta difícil creer en Dios. La búsqueda de la verdad es ya en lo más profundo una búsqueda de Dios. Edith Stein es un regalo de Dios, una llamada y una promesa para nuestra época[1].

[1] Juan Pablo II, Homilía en la Canonización de Edith Stein, santa Benedicto de la Cruz, el 1º de mayo de 1987.

4 de agosto de 2008

In memoriam Alexander Solzhenitsin

Tomás Alfaro Drake

Había dicho que este mes de Agosto no iba a publicar nada más que un in memoriam de Edith Stein. Pero hoy me he enterado de la muerte de Alexander Solzhenitsin. Tengo una deuda moral con él y hoy voy a pagar una ínfima parte de la misma. En mi época comunista, se publicó "Archipiélago GULAG". La consigna dentro de los círculos comunistas era, por supuesto, no leer semejante "libelo" anticomunista y denigrar todo lo posible la figura de su autor. Yo seguí al principio esa consigna, pero cedí a la "tentación" de leer Archipiélago GULAG". De ahí nació el principio de mi proceso de abandono de tan nefasta ideología y praxis. Pero, además, en "Archipiélago GULAG" leí una de las frases que más me han ayudado en la vida. Venía a decir, y no cito literalmente, sino de memoria: "La línea divisoria que separa el bien del mal pasa justo a través de cada corazón humano. Mientras alienta la vida en un corazón, esa línea se desplaza por él, ora hacia la altura y la luz del bien, ora hacia la engañosa oscuridad y negrura disfrazada de belleza del mal". Hace algunos años, en el 2003, leí el discurso que 25 años antes, es decir, en 1978, Solzhenitsin había dado a los graduados de Harvard. Todavía existía el régimen comunista. Sin embargo, el discurso no era una diatriba contra ese régimen, sino una lección para ver los graves errores de la civilización occidental. Creo que hoy, desaparecido el régimen comunista, está más de actualidad que nunca. La publico por eso, y como un ínfimo pago de mi deuda con él. La publico como la encontré, en inglés. Como Agosto es un mal mes para que la gente lea, volveré a publicar esta entrada en septiembre, pero no quiero posponer mi pequeño homenaje hasta entonces. Ahí va:

http://www.nationalreview.com/document/document060603.asp
A World Split ApartSolzhenitsyn’s Harvard address turns 25.
EDITOR’S NOTE: June 8 marks the 25th anniversary of “A World Split Apart,” the commencement address delivered by Aleksandr I. Solzhenitsyn at Harvard University. The text of the speech is reprinted here.

I am sincerely happy to be here with you on the occasion of the 327th commencement of this old and illustrious university. My congratulations and best wishes to all of today’s graduates.
Harvard’s motto is "VERITAS." Many of you have already found out and others will find out in the course of their lives that truth eludes us as soon as our concentration begins to flag, all the while leaving the illusion that we are continuing to pursue it. This is the source of much discord. Also, truth seldom is sweet; it is almost invariably bitter. A measure of truth is included in my speech today, but I offer it as a friend, not as an adversary.

Three years ago in the United States I said certain things that were rejected and appeared unacceptable. Today, however, many people agree with what I said . . .

The split in today’s world is perceptible even to a hasty glance. Any of our contemporaries readily identifies two world powers, each of them already capable of destroying each other. However, the understanding of the split too often is limited to this political conception: the illusion according to which danger may be abolished through successful diplomatic negotiations or by achieving a balance of armed forces. The truth is that the split is both more profound and more alienating, that the rifts are more numerous than one can see at first glance. These deep manifold splits bear the danger of equally manifold disaster for all of us, in accordance with the ancient truth that a kingdom — in this case, our Earth — divided against itself cannot stand.
There is the concept of the Third World: thus, we already have three worlds. Undoubtedly, however, the number is even greater; we are just too far away to see. Every ancient and deeply rooted self-contained culture, especially if it is spread over a wide part of the earth’s surface, constitutes a self-contained world, full of riddles and surprises to Western thinking. As a minimum, we must include in this China, India, the Muslim world, and Africa, if indeed we accept the approximation of viewing the latter two as uniform.

For one thousand years Russia belonged to such a category, although Western thinking systematically committed the mistake of denying its special character and therefore never understood it, just as today the West does not understand Russia in Communist captivity. And while it may be that in past years Japan has increasingly become, in effect, a Far West, drawing ever closer to Western ways (I am no judge here), Israel, I think, should not be reckoned as part of the West, if only because of the decisive circumstance that its state system is fundamentally linked to its religion.

How short a time ago, relatively, the small world of modern Europe was easily seizing colonies all over the globe, not only without anticipating any real resistance, but usually with contempt for any possible values in the conquered people’s approach to life. It all seemed an overwhelming success, with no geographic limits. Western society expanded in a triumph of human independence and power. And all of a sudden the twentieth century brought the clear realization of this society’s fragility.

We now see that the conquests proved to be short lived and precarious (and this, in turn, points to defects in the Western view of the world which led to these conquests). Relations with the former colonial world now have switched to the opposite extreme and the Western world often exhibits an excess of obsequiousness, but it is difficult yet to estimate the size of the bill which former colonial countries will present to the West and it is difficult to predict whether the surrender not only of its last colonies, but of everything it owns, will be sufficient for the West to clear this account.

But the persisting blindness of superiority continues to hold the belief that all the vast regions of our planet should develop and mature to the level of contemporary Western systems, the best in theory and the most attractive in practice; that all those other worlds are but temporarily prevented (by wicked leaders or by severe crises or by their own barbarity and incomprehension) from pursuing Western pluralistic democracy and adopting the Western way of life. Countries are judged on the merit of their progress in that direction. But in fact such a conception is a fruit of Western incomprehension of the essence of other worlds, a result of mistakenly measuring them all with a Western yardstick. The real picture of our planet’s development bears little resemblance to all this.

The anguish of a divided world gave birth to the theory of convergence between the leading Western countries and the Soviet Union. It is a soothing theory which overlooks the fact that these worlds are not evolving toward each other and that neither one can be transformed into the other without violence. Besides, convergence inevitably means acceptance of the other side’s defects, too. and this can hardly suit anyone.

If I were today addressing an audience in my country, in my examination of the overall pattern of the world’s rifts I would have concentrated on the calamities of the East. But since my forced exile in the West has now lasted four years and since my audience is a Western one, I think it may be of greater interest to concentrate on certain aspects of the contemporary West, such as I see them.

A decline in courage may be the most striking feature that an outside observer notices in the West today. The Western world has lost its civic courage, both as a whole and separately, in each country, in each government, in each political party, and, of course, in the United Nations. Such a decline in courage is particularly noticeable among the ruling and intellectual elites, causing an impression of a loss of courage by the entire society. There are many courageous individuals, but they have no determining influence on public life.

Political and intellectual functionaries exhibit this depression, passivity, and perplexity in their actions and in their statements, and even more so in their self-serving rationales as to how realistic, reasonable, and intellectually and even morally justified it is to base state policies on weakness and cowardice. And the decline in courage, at times attaining what could be termed a lack of manhood, is ironically emphasized by occasional outbursts and inflexibility on the part of those same functionaries when dealing with weak governments and with countries that lack support, or with doomed currents which clearly cannot offer resistance. But they get tongue-tied and paralyzed when they deal with powerful governments and threatening forces, with aggressors and international terrorists.

Must one point out that from ancient times a decline in courage has been considered the first symptom of the end?

When the modern Western states were being formed, it was proclaimed as a principle that governments are meant to serve man and that man lives in order to be free and pursue happiness. (See, for example, the American Declaration of Independence.) Now at last during past decades technical and social progress has permitted the realization of such aspirations: the welfare state.

Every citizen has been granted the desired freedom and material goods in such quantity and in such quality as to guarantee in theory the achievement of happiness, in the debased sense of the word which has come into being during those same decades. (In the process, however, one psychological detail has been overlooked: the constant desire to have still more things and a still better life and the struggle to this end imprint many Western faces with worry and even depression, though it is customary to carefully conceal such feelings. This active and tense competition comes to dominate all human thought and does not in the least open a way to free spiritual development.)

The individual’s independence from many types of state pressure has been guaranteed; the majority of the people have been granted well-being to an extent their fathers and grandfathers could not even dream about; it has become possible to raise young people according to these ideals, preparing them for and summoning them toward physical bloom, happiness, and leisure, the possession of material goods, money, and leisure, toward an almost unlimited freedom in the choice of pleasures. So who should now renounce all this, why and for the sake of what should one risk one’s precious life in defense of the common good and particularly in the nebulous case when the security of one’s nation must be defended in an as yet distant land?

Even biology tells us that a high degree of habitual well-being is not advantageous to a living organism. Today, well-being in the life of Western society has begun to take off its pernicious mask.

Western society has chosen for itself the organization best suited to its purposes and one I might call legalistic. The limits of human rights and rightness are determined by a system of laws; such limits are very broad. People in the West have acquired considerable skill in using, interpreting, and manipulating law (though laws tend to be too complicated for an average person to understand without the help of an expert). Every conflict is solved according to the letter of the law and this is considered to be the ultimate solution.

If one is risen from a legal point of view, nothing more is required, nobody may mention that one could still not be right, and urge self-restraint or a renunciation of these rights, call for sacrifice and selfless risk: this would simply sound absurd. Voluntary self-restraint is almost unheard of: everybody strives toward further expansion to the extreme limit of the legal frames. (An oil company is legally blameless when it buys up an invention of a new type of energy in order to prevent its use. A food product manufacturer is legally blameless when he poisons his produce to make it last longer: after all, people are free not to purchase it.)

I have spent all my life under a Communist regime and I will tell you that a society without any objective legal scale is a terrible one indeed. But a society based on the letter of the law and never reaching any higher fails to take full advantage of the full range of human possibilities. The letter of the law is too cold and formal to have a beneficial influence on society. Whenever the tissue of life is woven of legalistic relationships, this creates an atmosphere of spiritual mediocrity that paralyzes man’s noblest impulses.

And it will be simply impossible to bear up to the trials of this threatening century with nothing but the supports of a legalistic structure.

Today’s Western society has revealed the inequality between the freedom for good deeds and the freedom for evil deeds. A statesman who wants to achieve something highly constructive for his country has to move cautiously and even timidly; thousands of hasty (and irresponsible) critics cling to him at all times; he is constantly rebuffed by parliament and the press. He has to prove that his every step is well founded and absolutely flawless. Indeed, an outstanding, truly great person who has unusual and unexpected initiatives in mind does not get any chance to assert himself; dozens of traps will be set for him from the beginning. Thus mediocrity triumphs under the guise of democratic restraints.

It is feasible and easy everywhere to undermine administrative power and it has in fact been drastically weakened in all Western countries. The defense of individual rights has reached such extremes as to make society as a whole defenseless against certain individuals. It is time, in the West, to defend not so much human rights as human obligations.

On the other hand, destructive and irresponsible freedom has been granted boundless space. Society has turned out to have scarce defense against the abyss of human decadence, for example against the misuse of liberty for moral violence against young people, such as motion pictures full of pornography, crime, and horror. This is all considered to be part of freedom and to be counterbalanced, in theory, by the young people’s right not to look and not to accept. Life organized legalistically has thus shown its inability to defend itself against the corrosion of evil.
And what shall we say about the dark realms of overt criminality? Legal limits (especially in the United States) are broad enough to encourage not only individual freedom but also some misuse of such freedom. The culprit can go unpunished or obtain undeserved leniency — all with the support of thousands of defenders in the society. When a government earnestly undertakes to root out terrorism, public opinion immediately accuses it of violating the terrorist’s civil rights. There is quite a number of such cases.

This tilt of freedom toward evil has come about gradually, but it evidently stems from a humanistic and benevolent concept according to which man — the master of the world — does not bear any evil within himself, and all the defects of life are caused by misguided social systems, which must therefore be corrected. Yet strangely enough, though the best social conditions have been achieved in the West, there still remains a great deal of crime; there even is considerably more of it than in the destitute and lawless Soviet society. (There is a multitude of prisoners in our camps who are termed criminals, but most of them never committed any crime; they merely tried to defend themselves against a lawless state by resorting to means outside the legal framework.)

The press, too, of course, enjoys the widest freedom. (I shall be using the word "press" to include all the media.) But what use does it make of it?

Here again, the overriding concern is not to infringe the letter of the law. There is no true moral responsibility for distortion or disproportion. What sort of responsibility does a journalist or a newspaper have to the readership or to history? If they have misled public opinion by inaccurate information or wrong conclusions, even if they have contributed to mistakes on a state level, do we know of any case of open regret voiced by the same journalist or the same newspaper? No; this would damage sales. A nation may be the worse for such a mistake, but the journalist always gets away with it. It is most likely that he will start writing the exact opposite to his previous statements with renewed aplomb.

Because instant and credible information is required, it becomes necessary to resort to guesswork, rumors, and suppositions to fill in the voids, and none of them will ever be refuted; they settle into the readers’ memory. How many hasty, immature, superficial, and misleading judgments are expressed everyday, confusing readers, and then left hanging?
The press can act the role of public opinion or miseducate it. Thus we may see terrorists heroized, or secret matters pertaining to the nation’s defense publicly revealed, or we may witness shameless intrusion into the privacy of well-known people according to the slogan "Everyone is entitled to know everything." (But this is a false slogan of a false era; far greater in value is the forfeited right of people not to know, not to have their divine souls stuffed with gossip, nonsense, vain talk. A person who works and leads a meaningful life has no need for this excessive and burdening flow of information.)

Hastiness and superficiality — these are the psychic diseases of the twentieth century and more than anywhere else this is manifested in the press. In-depth analysis of a problem is anathema to the press; it is contrary to its nature. The press merely picks out sensational formulas.
Such as it is, however, the press has become the greatest power within Western countries, exceeding that of the legislature, the executive, and the judiciary. Yet one would like to ask: According to what law has it been elected and to whom is it responsible? In the Communist East, a journalist is frankly appointed as a state official. But who has voted Western journalists into their positions of power, for how long a time, and with what prerogatives?

There is yet another surprise for someone coming from the totalitarian East with its rigorously unified press: One discovers a common trend of preferences within the Western press as a whole (the spirit of the time), generally accepted patterns of judgment, and maybe common corporate interests, the sum effect being not competition but unification. Unrestrained freedom exists for the press, but not for readership, because newspapers mostly transmit in a forceful and emphatic way those opinions which do not too openly contradict their own and that general trend.

Without any censorship in the West, fashionable trends of thought and ideas are fastidiously separated from those that are not fashionable, and the latter, without ever being forbidden have little chance of finding their way into periodicals or books or being heard in colleges. Your scholars are free in the legal sense, but they are hemmed in by the idols of the prevailing fad. There is no open violence, as in the East; however, a selection dictated by fashion and the need to accommodate mass standards frequently prevents the most independent-minded persons from contributing to public life and gives rise to dangerous herd instincts that block dangerous herd development.

In America, I have received letters from highly intelligent persons — maybe a teacher in a faraway small college who could do much for the renewal and salvation of his country, but the country cannot hear him because the media will not provide him with a forum. This gives birth to strong mass prejudices, to a blindness which is perilous in our dynamic era. An example is the self-deluding interpretation of the state of affairs in the contemporary world that functions as a sort of petrified armor around people’s minds, to such a degree that human voices from seventeen countries of Eastern Europe and Eastern Asia cannot pierce it. It will be broken only by the inexorable crowbar of events.

I have mentioned a few traits of Western life which surprise and shock a new arrival to this world . The purpose and scope of this speech will not allow me to continue such a survey, in particular to look into the impact of these characteristics on important aspects of a nation’s life, such as elementary education, advanced education in the humanities, and art.

It is almost universally recognized that the West shows all the world the way to successful economic development, even though in past years it has been sharply offset by chaotic inflation. However, many people living in the West are dissatisfied with their own society. They despise it or accuse it of no longer being up to the level of maturity by mankind. And this causes many to sway toward socialism, which is a false and dangerous current.

I hope that no one present will suspect me of expressing my partial criticism of the Western system in order to suggest socialism as an alternative. No; with the experience of a country where socialism has been realized, I shall not speak for such an alternative. The mathematician Igor Shafarevich, a member of the Soviet Academy of Science, has written a brilliantly argued book entitled Socialism; this is a penetrating historical analysis demonstrating that socialism of any type and shade leads to a total destruction of the human spirit and to a leveling of mankind into death. Shafarevich’s book was published in France almost two years ago and so far no one has been found to refute it. It will shortly be published in English in the U.S.

But should I be asked, instead, whether I would propose the West, such as it is today, as a model to my country, I would frankly have to answer negatively. No, I could not recommend your society as an ideal for the transformation of ours. Through deep suffering, people in our own country have now achieved a spiritual development of such intensity that the Western system in its present state of spiritual exhaustion does not look attractive. Even those characteristics of your life which I have just enumerated are extremely saddening.

A fact which cannot be disputed is the weakening of human personality in the West while in the East it has become firmer and stronger. Six decades for our people and three decades for the people of Eastern Europe; during that time we have been through a spiritual training far in advance of Western experience. The complex and deadly crush of life has produced stronger, deeper, and more interesting personalities than those generated by standardized Western well-being. Therefore, if our society were to be transformed into yours, it would mean an improvement in certain aspects, but also a change for the worse on some particularly significant points.

Of course, a society cannot remain in an abyss of lawlessness, as is the case in our country. But it is also demeaning for it to stay on such a soulless and smooth plane of legalism, as is the case in yours. After the suffering of decades of violence and oppression, the human soul longs for things higher, warmer, and purer than those offered by today’s mass living habits, introduced as by a calling card by the revolting invasion of commercial advertising, by TV stupor, and by intolerable music.

All this is visible to numerous observers from all the worlds of our planet. The Western way of life is less and less likely to become the leading model.

There are telltale symptoms by which history gives warning to a threatened or perishing society. Such are, for instance, a decline of the arts or a lack of great statesmen. Indeed, sometimes the warnings are quite explicit and concrete. The center of your democracy and of your culture is left without electric power for a few hours only, and all of a sudden crowds of American citizens start looting and creating havoc. The smooth surface film must be very thin, then, the social system quite unstable and unhealthy.

But the fight for our planet, physical and spiritual, a fight of cosmic proportions, is not a vague matter of the future; it has already started. The forces of Evil have begun their decisive offensive. You can feel their pressure, yet your screens and publications are full of prescribed smiles and raised glasses. What is the joy about?

How has this unfavorable relation of forces come about? How did the West decline from its triumphal march to its present debility? Have there been fatal turns and losses of direction in its development? It does not seem so. The West kept advancing steadily in accordance with its proclaimed social intentions, hand in hand with a dazzling progress in technology. And all of a sudden it found itself in its present state of weakness.

This means that the mistake must be at the root, at the very foundation of thought in modern times. I refer to the prevailing Western view of the world in modern times. I refer to the prevailing Western view of the world which was born in the Renaissance and has found political expression since the Age of Enlightenment. It became the basis for political and social doctrine and could be called rationalistic humanism or humanistic autonomy: the pro-claimed and practiced autonomy of man from any higher force above him. It could also be called anthropocentricity, with man seen as the center of all.

The turn introduced by the Renaissance was probably inevitable historically: the Middle Ages had come to a natural end by exhaustion, having become an intolerable despotic repression of man’s physical nature in favor of the spiritual one. But then we recoiled from the spirit and embraced all that is material, excessively and incommensurately. The humanistic way of thinking, which had proclaimed itself our guide, did not admit the existence of intrinsic evil in man, nor did it see any task higher than the attainment of happiness on earth. It started modern Western civilization on the dangerous trend of worshiping man and his material needs.

Everything beyond physical well-being and the accumulation of material goods, all other human requirements and characteristics of a subtle and higher nature, were left outside the area of attention of state and social systems, as if human life did not have any higher meaning. Thus gaps were left open for evil, and its drafts blow freely today. Mere freedom per se does not in the least solve all the problems of human life and even adds a number of new ones.

And yet in early democracies, as in American democracy at the time of its birth, all individual human rights were granted on the ground that man is God’s creature. That is, freedom was given to the individual conditionally, in the assumption of his constant religious responsibility. Such was the heritage of the preceding one thousand years. Two hundred or even fifty years ago, it would have seemed quite impossible, in America, that an individual be granted boundless freedom with no purpose, simply for the satisfaction of his whims.

Subsequently, however, all such limitations were eroded everywhere in the West; a total emancipation occurred from the moral heritage of Christian centuries with their great reserves of mercy and sacrifice. State systems were becoming ever more materialistic. The West has finally achieved the rights of man, and even excess, but man’s sense of responsibility to God and society has grown dimmer and dimmer. In the past decades, the legalistic selfishness of the Western approach to the world has reached its peak and the world has found itself in a harsh spiritual crisis and a political impasse. All the celebrated technological achievements of progress, including the conquest of outer space, do not redeem the twentieth century’s moral poverty, which no one could have imagined even as late as the nineteenth century.

As humanism in its development was becoming more and more materialistic, it also increasingly allowed concepts to be used first by socialism and then by communism, so that Karl Marx was able to say, in 1844, that "communism is naturalized humanism."

This statement has proved to be not entirely unreasonable. One does not see the same stones in the foundations of an eroded humanism and of any type of socialism: boundless materialism; freedom from religion and religious responsibility (which under Communist regimes attains the stage of antireligious dictatorship); concentration on social structures with an allegedly scientific approach. (This last is typical of both the Age of Enlightenment and of Marxism.) It is no accident that all of communism’s rhetorical vows revolve around Man (with a capital M) and his earthly happiness. At first glance it seems an ugly parallel: common traits in the thinking and way of life of today’s West and today’s East? But such is the logic of materialistic development.
The interrelationship is such, moreover, that the current of materialism which is farthest to the left, and is hence the most consistent, always proves to be stronger, more attractive, and victorious. Humanism which has lost its Christian heritage cannot prevail in this competition. Thus during the past centuries and especially in recent decades, as the process became more acute, the alignment of forces was as follows: Liberalism was inevitably pushed aside by radicalism, radicalism had to surrender to socialism, and socialism could not stand up to communism.

The communist regime in the East could endure and grow due to the enthusiastic support from an enormous number of Western intellectuals who (feeling the kinship!) refused to see communism’s crimes, and when they no longer could do so, they tried to justify these crimes. The problem persists: In our Eastern countries, communism has suffered a complete ideological defeat; it is zero and less than zero. And yet Western intellectuals still look at it with considerable interest and empathy, and this is precisely what makes it so immensely difficult for the West to withstand the East.

I am not examining the case of a disaster brought on by a world war and the changes which it would produce in society. But as long as we wake up every morning under a peaceful sun, we must lead an everyday life. Yet there is a disaster which is already very much with us. I am referring to the calamity of an autonomous, irreligious humanistic consciousness.
It has made man the measure of all things on earth — imperfect man, who is never free of pride, self-interest, envy, vanity, and dozens of other defects. We are now paying for the mistakes which were not properly appraised at the beginning of the journey. On the way from the Renaissance to our days we have enriched our experience, but we have lost the concept of a Supreme Complete Entity which used to restrain our passions and our irresponsibility.

We have placed too much hope in politics and social reforms, only to find out that we were being deprived of our most precious possession: our spiritual life. It is trampled by the party mob in the East, by the commercial one in the West. This is the essence of the crisis: the split in the world is less terrifying than the similarity of the disease afflicting its main sections.

If, as claimed by humanism, man were born only to be happy, he would not be born to die. Since his body is doomed to death, his task on earth evidently must be more spiritual: not a total engrossment in everyday life, not the search for the best ways to obtain material goods and then their carefree consumption. It has to be the fulfillment of a permanent, earnest duty so that one’s life journey may become above all an experience of moral growth: to leave life a better human being than one started it.

It is imperative to reappraise the scale of the usual human values; its present incorrectness is astounding. It is not possible that assessment of the President’s performance should be reduced to the question of how much money one makes or to the availability of gasoline. Only by the voluntary nurturing in ourselves of freely accepted and serene self-restraint can mankind rise above the world stream of materialism.

Today it would be retrogressive to hold on to the ossified formulas of the Enlightenment. Such social dogmatism leaves us helpless before the trials of our times.
Even if we are spared destruction by war, life will have to change in order not to perish on its own. We cannot avoid reassessing the fundamental definitions of human life and society. Is it true that man is above everything? Is there no Superior Spirit above him? Is it right that man’s life and society’s activities should be ruled by material expansion above all? Is it permissible to promote such expansion to the detriment of our integral spiritual life?

If the world has not approached its end, it has reached a major watershed in history, equal in importance to the turn from the Middle Ages to the Renaissance. It will demand from us a spiritual blaze; we shall have to rise to a new height of vision, to a new level of life, where our physical nature will not be cursed, as in the Middle Ages, but even more importantly, our spiritual being will not be trampled upon, as in the Modern Era.

This ascension is similar to climbing onto the next anthropological stage. No one on earth has any other way left but — upward.

También en:
http://www.columbia.edu/cu/augustine/arch/ARCHIVE.html

Posteriormente he sabido que en su estancia en GULAG Solzenitsin conoció a muchos cristianos ortodoxos que estaban prisioneros como él. Su ejemplo de resistencia al mal con el bien hizo que se convirtiese a un cristinismo fuerte y convencido.