Tomás Alfaro Drake
Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.
Vivimos como si fuéramos los únicos dueños. Esto es lo que nos convierte en mendigos.
Gustav Janouche, puesto en boca de Kafka en “Conversaciones con Kafka”.
20 de enero de 2010
16 de enero de 2010
¿Por qué, Dios mío permites esto?
Tomás Alfaro Drake
Ante la tragedia del terremoto de Haití, no puedo por menos que publicar algo que escribí a raíz del maremoto del Índico y que viene ahora como anillo al dedo. Ahí va.
A tu mejor amigo, con tres hijos pequeños, le han diagnosticado un cáncer fulminante y le quedan unos meses de vida. Un maremoto arrasa las costas del Índico y causa casi 200.000 muertos. Y la pregunta nos asalta. ¿Por qué Dios permite esto? ¿No es un Dios de amor y de bondad? ¿Dónde están ese amor y esa bondad? ¿No será que es un Dios perverso? ¿O es que no hay Dios y el mundo está regido por el ciego azar y no tiene ningún sentido? ¿Será el mundo, como dice Macbeth en la tragedia de Shakespeare, “un cuento sin sentido contado con mucho aparato por un idiota”?
¿Quién no se ha hecho estas preguntas cuando la vida le ha golpeado a él, a alguien querido o a millones de personas? Ni siquiera queda el consuelo de atribuirlo al mal uso de la libertad humana. Si alguien mata a otra persona para robarle o si Hitler mató a 6 millones de judíos, les podemos echar la culpa a los asesinos. Y si Dios se lo permitió, podemos atribuírselo al misterio de la libertad humana. Pero estas cosas que no dependen de la voluntad de ningún ser humano, el cáncer o los maremotos, ¿por qué? ¿Es que no rige Dios el mundo físico? ¿Por qué lo permite entonces? Son preguntas muy humanas y quien no se las haga, no es humano, es una piedra. Pero son preguntas que tienen respuesta, y hay que hacérselas buscando esta respuesta, no cerrándose a ella antes de planteárselas. Pero esa respuesta viene sólo de la mano de la fe y nada más que de ella. Si nos cerramos a la fe, concluyendo que Dios no existe o que es un Dios perverso, sólo nos queda el cuento del idiota. La respuesta “no hay Dios” no es respuesta y no es este el momento de filosofar diciendo que un Dios malo es como decir un fuego frío o un agua seca.
Entonces, si hay respuesta desde la fe, ¿cual es esta respuesta? Para buscarla hay que quitarse las orejeras de nuestra mente y eso siempre es difícil, pero sobre todo en momentos de intenso sufrimiento. Pero la alternativa a hacerlo vuelve a ser el sinsentido. Y, ¿cuáles son esas orejeras? No son otras que ver en la vida terrena un bien absoluto. Porque la vida, que es el mayor bien que nosotros podemos administrar, no es un bien absoluto para el hombre. El bien absoluto es la contemplación de ese Dios Bondad, Amor, Misericordia, Belleza y Verdad en el que creemos. Para eso existimos, para eso nos ha creado ese Dios y, también, para eso somos libres. Porque el misterio de la libertad del hombre, al que antes he aludido, no se puede entender si la libertad no es un bien necesario, aunque a veces los hombres lo usemos muy mal, para alcanzar el Bien supremo. Sin la libertad, seríamos unos seres incapaces de gozar en la contemplación de Dios. Y Dios, sin nuestra libertad, sería un dictador. Un dictador del bien, pero un dictador. Y Dios no quiere ser un dictador.
Sé, escribiendo estas líneas, y lo sé porque lo he vivido, que es muy fácil hablar de esto cuando los dedos del sufrimiento no le están atenazando a uno el corazón. Perdí a mi padre con 14 años, a mi suegro, al que quería casi como a un padre a los 26, a mi madre con 27, debería tener unos 35 cuando un accidente de coche segó la vida de una hermana de mi mujer y su marido, que eran como hermanos míos, otro hermano de mi mujer, también muy querido por mí, perdió la vida unos años más tarde también en accidente de coche, mi hermana, esta de sangre, murió cuando yo tenía 48. Hace dos años murió mi suegra, a la que, en contra del tópico habitual, quería casi como a una madre. Sé, por tanto, lo que es la tristeza de perder seres queridos. Me ha dolido el alma con cada pérdida pero siempre, en cada de una de ellas, he tenido el profundo convencimiento, la certidumbre reconfortante de que no era más que un tiempo de separación, de que volvería a encontrarlos en la casa del Padre común. Y no siempre he tenido la fe que tengo ahora. Pero ésta es la única respuesta con sentido. Dios nos espera con los brazos abiertos y en esos brazos nos encontraremos con los seres que en un momento dado de nuestra vida terrena nos abandonan o a los que tendremos que abandonar un día. Y el momento y la forma de nuestra muerte son el momento y la forma que más pueden ayudar a nuestra libertad a aspirar al bien supremo por encima del bien de la vida terrena. El buen Dios elige ese momento con misericordia y con ansia de que lleguemos a sus brazos, para cada uno de nosotros y para cada uno de los hombres para los que nuestra muerte puede ser una señal. Ningún hombre lo puede elegir con bondad y justicia ni para sí ni para otros. Primero, porque le falta la omnisciencia de Dios y, segundo, porque ningún hombre se ha dado a sí mismo ni a otros el don de la vida. Y si alguien cree que tampoco Dios le ha dado el don de la vida y la existencia, sino el azar ciego de la ruleta de la existencia, volvemos al sinsentido. Si cuando los dedos del sufrimiento no nos atenazan creemos que esto son sólo palabras, cuando el sufrimiento nos oprima, no habrá tabla a la que agarrarse. Si lo creemos con madurez y firmeza en los momentos de bonanza, el sufrimiento puede ponernos orejeras, incluso una venda delante de los ojos, pero nunca nos cegará del todo y para siempre. Las lágrimas podrán impedirnos ver las estrellas durante algún tiempo, pero las volveremos a contemplar. Y ese dolor nos hará entendernos mejor como seres humanos y entender mejor a los que sufren a nuestro lado.
Lo anterior no es teoría. Es lo más real que puede haber. Porque Dios no ha querido que le tachemos de alguien que habla desde su empíreo sin saber nada del sufrimiento humano. Lo ha querido experimentar en su propia carne haciéndose un hombre igual a nosotros en todo, menos en el pecado, pero al que cuando le pinchaban le dolía y sangraba. Dios, el propio Dios, el creador del Universo, es un hombre que se cansa, que sufre, que es incomprendido, que pierde a su padre y a sus amigos, aunque a Lázaro luego le resucite, que le duele el sufrimiento de las viudas y de los huérfanos y que, al final, es torturado de la manera más horrible en que un hombre pueda serlo. Por eso, al misterio insondable del sufrimiento humano, Dios responde con otro misterio más insondable aún, el de su propia inmolación voluntaria en Cristo. “Porque era conveniente que Dios, [...] que quiere conducir a la Gloria a muchos hijos, elevara por los sufrimientos [...] al cabeza de fila que los iba a llevar a la salvación” (Epístola a los Hebreos 2,10). Pero después de la muerte de Cristo, Dios nos ha querido mostrar la esperanza de la vida eterna en su resurrección. La muerte, no es para siempre. Cristo murió “para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo, y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida” (Hebreos 2, 15). Tomo la palabra de un existencialista ateo, como es Sartre, para expresar esto con más elocuencia de la que yo nunca pueda hacerlo:
“El Cristo sufrirá en su carne, porque es hombre, pero también es Dios, y toda su divinidad está más allá del sufrimiento. Y nosotros, los hombres, hechos a su imagen, también estamos más allá de nuestro sufrimiento en la medida en que nos parecemos a él. [...] El Cristo ha nacido para todos los niños del mundo y cada vez que un niño va a nacer, el Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para que escape, en él y por él, eternamente, de todos los dolores” (Barioná, el hijo del trueno, Jean Paul Sartre, 1940. Vozdepapel, Madrid, 2004, pag. 138, 139 y 140).
Por eso, cuando alguien pregunta: ¿Dónde estaba Dios mientras una ola segaba cientos de miles de vidas humanas?, la respuesta es inmediata: Era ese niño que salía en la televisión llorando porque en cinco minutos había perdido a todos los que quería en este mundo. O estaba en ese adolescente que lloraba lágrimas amargas porque había perdido a su padre.
Sin embargo, todas estas certidumbres se tambalean cuando entran en juego los grandes números. ¿Es que para los casi 200.000 muertos causados por el tsunami del océano Índico, a lo largo de un arco de muchos miles de kilómetros, algunos venidos desde muchos miles de kilómetros de distancia, ese, precisamente ese, era el día más adecuado? La única respuesta es que sí. Esos son los métodos del Señor del azar. Los científicos saben, desde fines del siglo XX que el universo que nos cobija es un conjunto de casualidades tan improbables que hacen palidecer a las probabilidades de que cientos de miles de personas que tienen que morir hoy por su bien absoluto se reúnan por motivos tan dispares como el hambre o el turismo en un arco de miles de kilómetros alrededor del Índico. Pero por si esto puede parecer improbable cuento algo que, sin ser más que una anécdota, tiene que ver con los métodos del Señor del azar. ¿O no es sólo azar? Ayer, justo cuando estaba escribiendo este párrafo, me vino a ver un amigo, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria. Está escribiendo un libro sobre complejidad que se llama “Sobre hormigas y personas”. Muy empresarial y científico. En él habla de unos conocidos suyos, los Pelayos, dos hermanos, de apellido Pelayo, con una extraña pero lucrativa profesión. Se dedican a ganar dinero en los casinos. No es que hayan inventado ningún sistema infalible con el que muchos sueñan. Saben que semejante método no existe. Pero también saben que no hay ruleta perfecta. Van a un casino, eligen una mesa, anotan los números que salen en mil tiradas, analizan estadísticamente las series y después juegan y ganan. Ellos lo consideran un trabajo como otro cualquiera. Desde luego no es ilegal, pero tienen prohibida la entrada en muchos casinos. Pues bien, los hermanos Pelayo, cada uno con su familia tenían esta Navidad planificado un viaje a Sri Lanka. Cada hermano iba con su familia por su lado pero se habían dado cita el día 26 de Diciembre en una playa de la costa oriental de Sri Lanka. Uno de ellos llegó el día anterior y tenía que coger un autobús para ir de Colombo a la playa. El autobús se estropeo y no pudieron ir. El otro tenía que viajar ese día desde la India. La familia perdió el avión. La playa a la que pensaban ir quedó arrasada. ¿Azar? Anatole France dijo que el azar era el pseudónimo de Dios cuando no quiere firmar. San Agustín, más ortodoxamente, dijo: “Nosotros no negamos la existencia de las causas llamadas fortuitas (de donde ha tomado el nombre la fortuna). Las llamamos ocultas y las atribuimos a la voluntad de Dios o de cualquier otro espíritu” (San Agustín. La ciudad de Dios. Libro V, capítulo 9).
Sin embargo, cabe una muy razonable duda. ¿Es qué la existencia tiene que tener sentido? Es evidente que es más bonito un mundo en el que lo que se acaba de decir sea verdad que uno en el que no lo sea. Pero que sea más bonito no quiere decir que sea cierto. Puede que el sentido del mundo sea el sinsentido. Puede que efectivamente, “el mundo sea un cuento sin sentido, contado con gran aparato por un idiota”. Entonces habría tres posturas. La huída, la distracción, pensar en otra cosa mientras podamos, subir la radio cuando nos asalten las preguntas sería la primera. La resignación a vivir en un mundo sin respuestas sería la segunda. Y, por último, el suicidio. Albert Camus decía que la decisión más seria del hombre era si suicidarse o no y si el mundo es un sinsentido total, tenía razón. A nosotros, occidentales del siglo XXI, nos resulta fácil imaginar la segunda, la paciente y estoica resignación. Pero no lo es en absoluto. La imaginamos, y hasta la consideramos una postura de valerosos románticos, porque en el fondo, muy en el fondo de su alma, hasta el más ateo de los hombres occidentales está impregnado de la respuesta cristiana. Es, en cierta manera, un parásito del cristianismo. Y uso la palabra parásito sin ningún carácter peyorativo. Estoy encantado, como cristiano creyente que soy, de servir de huésped para ateos que esperan que yo crea por ellos. Pero que esta segunda respuesta no es tan fácil de vivir como de imaginar nos lo transmite también Sartre en su obra “El muro”, en la conversación de dos personas que van a ser fusiladas al amanecer:
– Es como en las pesadillas, decía Tom. Queremos pensar en algo, tenemos todo el tiempo la impresión de que ya esta, que vamos a comprender y después, la sensación resbala, se escapa, y recaemos. Me digo: Después no habrá nada. Pero no comprendo lo que eso quiere decir. Hay momentos en los que casi llego... y después recaigo, empiezo a pensar otra vez en el dolor, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro; no me estoy volviendo loco. Pero hay algo que no funciona. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero soy yo el que lo veo, con mis ojos . Tendría que ser capaz de pensar... de pensar que no veré nada más, que no oiré nada más y que el mundo continuará para los demás. No estamos hechos para pensar eso, Pablo. Puedes creerme: ya me he pasado en vela más de una noche entera esperando algo. Pero eso no se parece a nada: eso nos cogerá por detrás, Pablo, y no habremos podido prepararnos.
– El montaje, le dije, ¿quieres que llame a un confesor?
También cabe otra solución, otra forma de huída, inventarnos un mundo bonito, con sentido. El montaje, como le dice irónicamente Pablo a Tom. ¿Es todo lo anterior un montaje para huir cobardemente de la realidad en otro sentido más creativo que subir la radio?
Sería muy largo entrar ahora en un análisis pormenorizado de este asunto. Además sería intelectualizarlo, y yo quiero moverme en este escrito en un plano vivencial. Pero aquél que quiera un poquito de materia prima para pensar, puede ller la serie sobre Dios y la ciencia publicada en este blog y, en breve empezaré otra serie sobre la credibilidad de Jesucristo sobre la lógica de la existencia de Dios y de la creencia en Cristo, respectivamente. Después de un análisis de la razón, sin llegar a demostrar que Dios existe y que Jesucristo es hijo de Dios, se llega, sin lugar a dudas a que es más plausible eso que lo contrario y, es por lo tanto, más razonable creerlo que no creerlo. Además, la teoría del invento sería llamar locos a personas tan cuerdas en su vida cotidiana como Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Teresa de Calcuta y una larguísima lista de personas que, sin ser santos, creen maduramente en la respuesta de Dios. Y los frutos de la locura son completamente distintos de la caridad que marca a las personas citadas a título de ejemplo.
Pero hay otra razón para descartar la hipótesis del invento como huída creativa de la realidad. Es un argumento que le da C. S. Lewis a su amigo Sheldon Vanauken que le plantea precisamente esa cuestión. Dice Lewis:
“Y ahora, otra cosa sobre los deseos. El deseo de creer algo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero, ¿Qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: “Tener hambre no prueba que tengamos pan”. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto tenga comida, si prueba que existe la comida. P. Ej; si fuéramos una especie que no comiera, normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo es “feo”. Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista, ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hiciesen, ¿no sugeriría fuertemente ese mismo hecho que no habían sido siempre criaturas acuáticas? Date cuenta de cómo continuamente nos sorprendemos el paso del tiempo. (¡Cómo vuela el tiempo! ¡Parece mentira que fulanito ya sea mayor y se case! ¡Casi no puedo creerlo!”) En nombre del cielo, ¿por qué? A menos que, en realidad, haya algo en nosotros que no sea temporal...”.
Que el mundo de la materia sin alma y condenada a la muerte es feo, no cabe duda. Comparemos la visión de san Pablo con la de Bertrand Russell, la de un mundo con sufrimiento pero con esperanza con la de un mundo sin sentido ni posibilidad de tenerlo.
San Pablo:
“La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. [...] La creación entera gime y siente dolores de parto [...] y nosotros mismos gemimos, suspirando por que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo”.
Bertrand Russell:
“El hombre es el producto de unas causas que no habían previsto los fines que están logrando; es decir, que su crecimiento, sus esperanzas y temores, sus amores y sus creencias no son otra cosa que el resultado de la colocación accidental de los átomos; que no hay fuego ni heroísmo, ni intensidad de pensamiento o sentimiento, que puedan conservar la vida individual más allá de la tumba; que todos los esfuerzos de todas las edades, toda la devoción, toda la inspiración y el brillo meridiano del genio humano, están destinados a la extinción en las grandes profundidades del sistema solar, y que todo el templo del logro de los hombres terminará inevitablemente enterrado bajo los restos del universo en ruinas. Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes del desespero inconmovible, podrá construirse de manera segura el habitáculo del alma”.
Todas las comparaciones son odiosas, pero unas más que otras. Pero la cuestión está en por qué la segunda visión nos parece espantosa y la primera llena de luz y esperanza en medio del dolor. Si fuésemos fruto de ese mundo materialista condenado a morir, no tendría por qué pasar eso. Y es rigurosamente contradictoria y gratuitamente falaz la conclusión Bertrand Russell:
“Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes del desespero inconmovible, podrá construirse de manera segura el habitáculo del alma”.
Todo eso, no sólo no está más allá de cualquier discusión, sino que discutido con seriedad tiene inmensamente más probabilidades de ser falso que la visión de san Pablo. Pero si incluso para Bertrand Russell no está más allá de cualquier discusión, ¿por qué habla de “los andamios de estas verdades”? Y, ¿que construcción segura del habitáculo de qué alma se puede construir con esas supuestas verdades? No quisiera que mi casa estuviese hecha con paredes como esas. “Verdades” como esas han llevado al suicidio a un número de personas comparable a las muertas en el tsunami del Índico.
Así pues, si hay dos maneras de entender el sufrimiento en el mundo y en nuestra vida, una de ellas espantosa y la otra llena de esperanza, si no parece que la visión bella sea inventada, sino, al contrario, analizada parece enormemente más plausible que la otra, ¿por qué, en nombre del cielo, tanta gente se empeña en elegir gratuitamente la nada, el Dios no existe, el nada tiene sentido?
En el fondo, la única razón para esta elección es no querer aceptar la existencia de un ser superior al hombre, no querer aceptar nuestra condición de criaturas limitadas, preferir el vacío a la adoración. Desde luego, no siempre que se elige la nada se hace conscientemente, más bien es una especie de corriente de pensamiento al que arrastra lo políticamente correcto. Aún a costa de negar el consuelo de la bondad de Dios para con sus criaturas.
El otro día, en el diario “El Mundo” apareció un chiste cruel. Aparecía Dios, con imágenes del maremoto al fondo. Parecía consternado, con la cara entre las manos. El texto decía algo así como: “Dios está sufriendo; Se va a aprobar la ley del matrimonio entre homosexuales”. Inmediatamente se me vino a la cabeza una cita del Evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” (Mateo 10, 28).Realmente, el relativismo moral en el que se ha atrincherado esta sociedad , en el que el bien y el mal se confunden según las conveniencias o las modas, es capaz de privar del Bien supremo a muchas más personas a las que el maremoto del Índico o el cáncer ha privado del bien de la vida. Y este mismo relativismo moral priva de ese mismo bien de la vida a millones de seres humanos. Fetos y embriones son ya sus víctimas. Es posible que pronto lo sean ancianos y enfermos. El proceso está en marcha, lenta pero inexorablemente. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, en la cruz, están los que creen en un Dios de bondad y en Jesucristo, y sus frutos son de entrega, caridad y beneficencia en los más inhóspitos y abandonados rincones del mundo. Son los ojos y las manos de ese Dios bueno.
Pero, al final de tanta disquisición, debemos ser capaces de aceptar el misterio. Dios es bueno, misericordioso y tierno, pero sus caminos no son nuestros caminos. Dios es Dios y el hombre no. El hombre debe usar su razón para intentar entender pero, al final, el misterio no se puede comprender, no porque sea irracional, sino porque supera a la razón. Y sin poder entenderlo, debemos contemplarlo. Confiar en Dios, en su poderosa palabra de salvación y dejar a Dios ser Dios, siendo nosotros criaturas suyas en la confianza de que, como dice san Pablo, “en los que aman a Dios todo coopera para el bien”.
Ante la tragedia del terremoto de Haití, no puedo por menos que publicar algo que escribí a raíz del maremoto del Índico y que viene ahora como anillo al dedo. Ahí va.
A tu mejor amigo, con tres hijos pequeños, le han diagnosticado un cáncer fulminante y le quedan unos meses de vida. Un maremoto arrasa las costas del Índico y causa casi 200.000 muertos. Y la pregunta nos asalta. ¿Por qué Dios permite esto? ¿No es un Dios de amor y de bondad? ¿Dónde están ese amor y esa bondad? ¿No será que es un Dios perverso? ¿O es que no hay Dios y el mundo está regido por el ciego azar y no tiene ningún sentido? ¿Será el mundo, como dice Macbeth en la tragedia de Shakespeare, “un cuento sin sentido contado con mucho aparato por un idiota”?
¿Quién no se ha hecho estas preguntas cuando la vida le ha golpeado a él, a alguien querido o a millones de personas? Ni siquiera queda el consuelo de atribuirlo al mal uso de la libertad humana. Si alguien mata a otra persona para robarle o si Hitler mató a 6 millones de judíos, les podemos echar la culpa a los asesinos. Y si Dios se lo permitió, podemos atribuírselo al misterio de la libertad humana. Pero estas cosas que no dependen de la voluntad de ningún ser humano, el cáncer o los maremotos, ¿por qué? ¿Es que no rige Dios el mundo físico? ¿Por qué lo permite entonces? Son preguntas muy humanas y quien no se las haga, no es humano, es una piedra. Pero son preguntas que tienen respuesta, y hay que hacérselas buscando esta respuesta, no cerrándose a ella antes de planteárselas. Pero esa respuesta viene sólo de la mano de la fe y nada más que de ella. Si nos cerramos a la fe, concluyendo que Dios no existe o que es un Dios perverso, sólo nos queda el cuento del idiota. La respuesta “no hay Dios” no es respuesta y no es este el momento de filosofar diciendo que un Dios malo es como decir un fuego frío o un agua seca.
Entonces, si hay respuesta desde la fe, ¿cual es esta respuesta? Para buscarla hay que quitarse las orejeras de nuestra mente y eso siempre es difícil, pero sobre todo en momentos de intenso sufrimiento. Pero la alternativa a hacerlo vuelve a ser el sinsentido. Y, ¿cuáles son esas orejeras? No son otras que ver en la vida terrena un bien absoluto. Porque la vida, que es el mayor bien que nosotros podemos administrar, no es un bien absoluto para el hombre. El bien absoluto es la contemplación de ese Dios Bondad, Amor, Misericordia, Belleza y Verdad en el que creemos. Para eso existimos, para eso nos ha creado ese Dios y, también, para eso somos libres. Porque el misterio de la libertad del hombre, al que antes he aludido, no se puede entender si la libertad no es un bien necesario, aunque a veces los hombres lo usemos muy mal, para alcanzar el Bien supremo. Sin la libertad, seríamos unos seres incapaces de gozar en la contemplación de Dios. Y Dios, sin nuestra libertad, sería un dictador. Un dictador del bien, pero un dictador. Y Dios no quiere ser un dictador.
Sé, escribiendo estas líneas, y lo sé porque lo he vivido, que es muy fácil hablar de esto cuando los dedos del sufrimiento no le están atenazando a uno el corazón. Perdí a mi padre con 14 años, a mi suegro, al que quería casi como a un padre a los 26, a mi madre con 27, debería tener unos 35 cuando un accidente de coche segó la vida de una hermana de mi mujer y su marido, que eran como hermanos míos, otro hermano de mi mujer, también muy querido por mí, perdió la vida unos años más tarde también en accidente de coche, mi hermana, esta de sangre, murió cuando yo tenía 48. Hace dos años murió mi suegra, a la que, en contra del tópico habitual, quería casi como a una madre. Sé, por tanto, lo que es la tristeza de perder seres queridos. Me ha dolido el alma con cada pérdida pero siempre, en cada de una de ellas, he tenido el profundo convencimiento, la certidumbre reconfortante de que no era más que un tiempo de separación, de que volvería a encontrarlos en la casa del Padre común. Y no siempre he tenido la fe que tengo ahora. Pero ésta es la única respuesta con sentido. Dios nos espera con los brazos abiertos y en esos brazos nos encontraremos con los seres que en un momento dado de nuestra vida terrena nos abandonan o a los que tendremos que abandonar un día. Y el momento y la forma de nuestra muerte son el momento y la forma que más pueden ayudar a nuestra libertad a aspirar al bien supremo por encima del bien de la vida terrena. El buen Dios elige ese momento con misericordia y con ansia de que lleguemos a sus brazos, para cada uno de nosotros y para cada uno de los hombres para los que nuestra muerte puede ser una señal. Ningún hombre lo puede elegir con bondad y justicia ni para sí ni para otros. Primero, porque le falta la omnisciencia de Dios y, segundo, porque ningún hombre se ha dado a sí mismo ni a otros el don de la vida. Y si alguien cree que tampoco Dios le ha dado el don de la vida y la existencia, sino el azar ciego de la ruleta de la existencia, volvemos al sinsentido. Si cuando los dedos del sufrimiento no nos atenazan creemos que esto son sólo palabras, cuando el sufrimiento nos oprima, no habrá tabla a la que agarrarse. Si lo creemos con madurez y firmeza en los momentos de bonanza, el sufrimiento puede ponernos orejeras, incluso una venda delante de los ojos, pero nunca nos cegará del todo y para siempre. Las lágrimas podrán impedirnos ver las estrellas durante algún tiempo, pero las volveremos a contemplar. Y ese dolor nos hará entendernos mejor como seres humanos y entender mejor a los que sufren a nuestro lado.
Lo anterior no es teoría. Es lo más real que puede haber. Porque Dios no ha querido que le tachemos de alguien que habla desde su empíreo sin saber nada del sufrimiento humano. Lo ha querido experimentar en su propia carne haciéndose un hombre igual a nosotros en todo, menos en el pecado, pero al que cuando le pinchaban le dolía y sangraba. Dios, el propio Dios, el creador del Universo, es un hombre que se cansa, que sufre, que es incomprendido, que pierde a su padre y a sus amigos, aunque a Lázaro luego le resucite, que le duele el sufrimiento de las viudas y de los huérfanos y que, al final, es torturado de la manera más horrible en que un hombre pueda serlo. Por eso, al misterio insondable del sufrimiento humano, Dios responde con otro misterio más insondable aún, el de su propia inmolación voluntaria en Cristo. “Porque era conveniente que Dios, [...] que quiere conducir a la Gloria a muchos hijos, elevara por los sufrimientos [...] al cabeza de fila que los iba a llevar a la salvación” (Epístola a los Hebreos 2,10). Pero después de la muerte de Cristo, Dios nos ha querido mostrar la esperanza de la vida eterna en su resurrección. La muerte, no es para siempre. Cristo murió “para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo, y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida” (Hebreos 2, 15). Tomo la palabra de un existencialista ateo, como es Sartre, para expresar esto con más elocuencia de la que yo nunca pueda hacerlo:
“El Cristo sufrirá en su carne, porque es hombre, pero también es Dios, y toda su divinidad está más allá del sufrimiento. Y nosotros, los hombres, hechos a su imagen, también estamos más allá de nuestro sufrimiento en la medida en que nos parecemos a él. [...] El Cristo ha nacido para todos los niños del mundo y cada vez que un niño va a nacer, el Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para que escape, en él y por él, eternamente, de todos los dolores” (Barioná, el hijo del trueno, Jean Paul Sartre, 1940. Vozdepapel, Madrid, 2004, pag. 138, 139 y 140).
Por eso, cuando alguien pregunta: ¿Dónde estaba Dios mientras una ola segaba cientos de miles de vidas humanas?, la respuesta es inmediata: Era ese niño que salía en la televisión llorando porque en cinco minutos había perdido a todos los que quería en este mundo. O estaba en ese adolescente que lloraba lágrimas amargas porque había perdido a su padre.
Sin embargo, todas estas certidumbres se tambalean cuando entran en juego los grandes números. ¿Es que para los casi 200.000 muertos causados por el tsunami del océano Índico, a lo largo de un arco de muchos miles de kilómetros, algunos venidos desde muchos miles de kilómetros de distancia, ese, precisamente ese, era el día más adecuado? La única respuesta es que sí. Esos son los métodos del Señor del azar. Los científicos saben, desde fines del siglo XX que el universo que nos cobija es un conjunto de casualidades tan improbables que hacen palidecer a las probabilidades de que cientos de miles de personas que tienen que morir hoy por su bien absoluto se reúnan por motivos tan dispares como el hambre o el turismo en un arco de miles de kilómetros alrededor del Índico. Pero por si esto puede parecer improbable cuento algo que, sin ser más que una anécdota, tiene que ver con los métodos del Señor del azar. ¿O no es sólo azar? Ayer, justo cuando estaba escribiendo este párrafo, me vino a ver un amigo, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria. Está escribiendo un libro sobre complejidad que se llama “Sobre hormigas y personas”. Muy empresarial y científico. En él habla de unos conocidos suyos, los Pelayos, dos hermanos, de apellido Pelayo, con una extraña pero lucrativa profesión. Se dedican a ganar dinero en los casinos. No es que hayan inventado ningún sistema infalible con el que muchos sueñan. Saben que semejante método no existe. Pero también saben que no hay ruleta perfecta. Van a un casino, eligen una mesa, anotan los números que salen en mil tiradas, analizan estadísticamente las series y después juegan y ganan. Ellos lo consideran un trabajo como otro cualquiera. Desde luego no es ilegal, pero tienen prohibida la entrada en muchos casinos. Pues bien, los hermanos Pelayo, cada uno con su familia tenían esta Navidad planificado un viaje a Sri Lanka. Cada hermano iba con su familia por su lado pero se habían dado cita el día 26 de Diciembre en una playa de la costa oriental de Sri Lanka. Uno de ellos llegó el día anterior y tenía que coger un autobús para ir de Colombo a la playa. El autobús se estropeo y no pudieron ir. El otro tenía que viajar ese día desde la India. La familia perdió el avión. La playa a la que pensaban ir quedó arrasada. ¿Azar? Anatole France dijo que el azar era el pseudónimo de Dios cuando no quiere firmar. San Agustín, más ortodoxamente, dijo: “Nosotros no negamos la existencia de las causas llamadas fortuitas (de donde ha tomado el nombre la fortuna). Las llamamos ocultas y las atribuimos a la voluntad de Dios o de cualquier otro espíritu” (San Agustín. La ciudad de Dios. Libro V, capítulo 9).
Sin embargo, cabe una muy razonable duda. ¿Es qué la existencia tiene que tener sentido? Es evidente que es más bonito un mundo en el que lo que se acaba de decir sea verdad que uno en el que no lo sea. Pero que sea más bonito no quiere decir que sea cierto. Puede que el sentido del mundo sea el sinsentido. Puede que efectivamente, “el mundo sea un cuento sin sentido, contado con gran aparato por un idiota”. Entonces habría tres posturas. La huída, la distracción, pensar en otra cosa mientras podamos, subir la radio cuando nos asalten las preguntas sería la primera. La resignación a vivir en un mundo sin respuestas sería la segunda. Y, por último, el suicidio. Albert Camus decía que la decisión más seria del hombre era si suicidarse o no y si el mundo es un sinsentido total, tenía razón. A nosotros, occidentales del siglo XXI, nos resulta fácil imaginar la segunda, la paciente y estoica resignación. Pero no lo es en absoluto. La imaginamos, y hasta la consideramos una postura de valerosos románticos, porque en el fondo, muy en el fondo de su alma, hasta el más ateo de los hombres occidentales está impregnado de la respuesta cristiana. Es, en cierta manera, un parásito del cristianismo. Y uso la palabra parásito sin ningún carácter peyorativo. Estoy encantado, como cristiano creyente que soy, de servir de huésped para ateos que esperan que yo crea por ellos. Pero que esta segunda respuesta no es tan fácil de vivir como de imaginar nos lo transmite también Sartre en su obra “El muro”, en la conversación de dos personas que van a ser fusiladas al amanecer:
– Es como en las pesadillas, decía Tom. Queremos pensar en algo, tenemos todo el tiempo la impresión de que ya esta, que vamos a comprender y después, la sensación resbala, se escapa, y recaemos. Me digo: Después no habrá nada. Pero no comprendo lo que eso quiere decir. Hay momentos en los que casi llego... y después recaigo, empiezo a pensar otra vez en el dolor, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro; no me estoy volviendo loco. Pero hay algo que no funciona. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero soy yo el que lo veo, con mis ojos . Tendría que ser capaz de pensar... de pensar que no veré nada más, que no oiré nada más y que el mundo continuará para los demás. No estamos hechos para pensar eso, Pablo. Puedes creerme: ya me he pasado en vela más de una noche entera esperando algo. Pero eso no se parece a nada: eso nos cogerá por detrás, Pablo, y no habremos podido prepararnos.
– El montaje, le dije, ¿quieres que llame a un confesor?
También cabe otra solución, otra forma de huída, inventarnos un mundo bonito, con sentido. El montaje, como le dice irónicamente Pablo a Tom. ¿Es todo lo anterior un montaje para huir cobardemente de la realidad en otro sentido más creativo que subir la radio?
Sería muy largo entrar ahora en un análisis pormenorizado de este asunto. Además sería intelectualizarlo, y yo quiero moverme en este escrito en un plano vivencial. Pero aquél que quiera un poquito de materia prima para pensar, puede ller la serie sobre Dios y la ciencia publicada en este blog y, en breve empezaré otra serie sobre la credibilidad de Jesucristo sobre la lógica de la existencia de Dios y de la creencia en Cristo, respectivamente. Después de un análisis de la razón, sin llegar a demostrar que Dios existe y que Jesucristo es hijo de Dios, se llega, sin lugar a dudas a que es más plausible eso que lo contrario y, es por lo tanto, más razonable creerlo que no creerlo. Además, la teoría del invento sería llamar locos a personas tan cuerdas en su vida cotidiana como Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Teresa de Calcuta y una larguísima lista de personas que, sin ser santos, creen maduramente en la respuesta de Dios. Y los frutos de la locura son completamente distintos de la caridad que marca a las personas citadas a título de ejemplo.
Pero hay otra razón para descartar la hipótesis del invento como huída creativa de la realidad. Es un argumento que le da C. S. Lewis a su amigo Sheldon Vanauken que le plantea precisamente esa cuestión. Dice Lewis:
“Y ahora, otra cosa sobre los deseos. El deseo de creer algo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero, ¿Qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: “Tener hambre no prueba que tengamos pan”. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto tenga comida, si prueba que existe la comida. P. Ej; si fuéramos una especie que no comiera, normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo es “feo”. Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista, ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hiciesen, ¿no sugeriría fuertemente ese mismo hecho que no habían sido siempre criaturas acuáticas? Date cuenta de cómo continuamente nos sorprendemos el paso del tiempo. (¡Cómo vuela el tiempo! ¡Parece mentira que fulanito ya sea mayor y se case! ¡Casi no puedo creerlo!”) En nombre del cielo, ¿por qué? A menos que, en realidad, haya algo en nosotros que no sea temporal...”.
Que el mundo de la materia sin alma y condenada a la muerte es feo, no cabe duda. Comparemos la visión de san Pablo con la de Bertrand Russell, la de un mundo con sufrimiento pero con esperanza con la de un mundo sin sentido ni posibilidad de tenerlo.
San Pablo:
“La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. [...] La creación entera gime y siente dolores de parto [...] y nosotros mismos gemimos, suspirando por que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo”.
Bertrand Russell:
“El hombre es el producto de unas causas que no habían previsto los fines que están logrando; es decir, que su crecimiento, sus esperanzas y temores, sus amores y sus creencias no son otra cosa que el resultado de la colocación accidental de los átomos; que no hay fuego ni heroísmo, ni intensidad de pensamiento o sentimiento, que puedan conservar la vida individual más allá de la tumba; que todos los esfuerzos de todas las edades, toda la devoción, toda la inspiración y el brillo meridiano del genio humano, están destinados a la extinción en las grandes profundidades del sistema solar, y que todo el templo del logro de los hombres terminará inevitablemente enterrado bajo los restos del universo en ruinas. Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes del desespero inconmovible, podrá construirse de manera segura el habitáculo del alma”.
Todas las comparaciones son odiosas, pero unas más que otras. Pero la cuestión está en por qué la segunda visión nos parece espantosa y la primera llena de luz y esperanza en medio del dolor. Si fuésemos fruto de ese mundo materialista condenado a morir, no tendría por qué pasar eso. Y es rigurosamente contradictoria y gratuitamente falaz la conclusión Bertrand Russell:
“Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes del desespero inconmovible, podrá construirse de manera segura el habitáculo del alma”.
Todo eso, no sólo no está más allá de cualquier discusión, sino que discutido con seriedad tiene inmensamente más probabilidades de ser falso que la visión de san Pablo. Pero si incluso para Bertrand Russell no está más allá de cualquier discusión, ¿por qué habla de “los andamios de estas verdades”? Y, ¿que construcción segura del habitáculo de qué alma se puede construir con esas supuestas verdades? No quisiera que mi casa estuviese hecha con paredes como esas. “Verdades” como esas han llevado al suicidio a un número de personas comparable a las muertas en el tsunami del Índico.
Así pues, si hay dos maneras de entender el sufrimiento en el mundo y en nuestra vida, una de ellas espantosa y la otra llena de esperanza, si no parece que la visión bella sea inventada, sino, al contrario, analizada parece enormemente más plausible que la otra, ¿por qué, en nombre del cielo, tanta gente se empeña en elegir gratuitamente la nada, el Dios no existe, el nada tiene sentido?
En el fondo, la única razón para esta elección es no querer aceptar la existencia de un ser superior al hombre, no querer aceptar nuestra condición de criaturas limitadas, preferir el vacío a la adoración. Desde luego, no siempre que se elige la nada se hace conscientemente, más bien es una especie de corriente de pensamiento al que arrastra lo políticamente correcto. Aún a costa de negar el consuelo de la bondad de Dios para con sus criaturas.
El otro día, en el diario “El Mundo” apareció un chiste cruel. Aparecía Dios, con imágenes del maremoto al fondo. Parecía consternado, con la cara entre las manos. El texto decía algo así como: “Dios está sufriendo; Se va a aprobar la ley del matrimonio entre homosexuales”. Inmediatamente se me vino a la cabeza una cita del Evangelio: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” (Mateo 10, 28).Realmente, el relativismo moral en el que se ha atrincherado esta sociedad , en el que el bien y el mal se confunden según las conveniencias o las modas, es capaz de privar del Bien supremo a muchas más personas a las que el maremoto del Índico o el cáncer ha privado del bien de la vida. Y este mismo relativismo moral priva de ese mismo bien de la vida a millones de seres humanos. Fetos y embriones son ya sus víctimas. Es posible que pronto lo sean ancianos y enfermos. El proceso está en marcha, lenta pero inexorablemente. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, en la cruz, están los que creen en un Dios de bondad y en Jesucristo, y sus frutos son de entrega, caridad y beneficencia en los más inhóspitos y abandonados rincones del mundo. Son los ojos y las manos de ese Dios bueno.
Pero, al final de tanta disquisición, debemos ser capaces de aceptar el misterio. Dios es bueno, misericordioso y tierno, pero sus caminos no son nuestros caminos. Dios es Dios y el hombre no. El hombre debe usar su razón para intentar entender pero, al final, el misterio no se puede comprender, no porque sea irracional, sino porque supera a la razón. Y sin poder entenderlo, debemos contemplarlo. Confiar en Dios, en su poderosa palabra de salvación y dejar a Dios ser Dios, siendo nosotros criaturas suyas en la confianza de que, como dice san Pablo, “en los que aman a Dios todo coopera para el bien”.
13 de enero de 2010
Frases
Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.
Gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra en la verdadera posesión del mundo, como quien no tiene nada y lo posee todo.
Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 37.
Gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra en la verdadera posesión del mundo, como quien no tiene nada y lo posee todo.
Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 37.
9 de enero de 2010
Las mentiras de Freud
Tomás Alfaro Drake
En mi entrada del 12 de diciembre del año pasado, sobre "Los maestros de la sospecha", dije que próximamante publicaría algo para hablar de las mentiras de Freud en apoyo de sus métodos terapéuticos. Bueno, pues, ahí va.
La diferencia entre una invención y una mentira
Mikkel Borch-Jacobsen [1]
¿Fue Freud un mentiroso? Desde que Frank Cioffi tuvo la osadía de plantear esta posibilidad en 1973, la pregunta no ha dejado de sacudir el mundo del psicoanálisis. Hasta entonces las cosas habían sido muy sencillas. Hijos del “siglo freudiano”, todos habíamos aprendido a venerar en Sigmund Freud a un hombre de “absoluta honestidad” e “integridad intachable”, como escribió su leal biógrafo Ernest Jones. ¿Cuántas veces nos dijeron esto? Fue su pasión por la verdad la que le permitió enfrentarse a los demonios de su propio inconsciente y levantar la represión de siglos que pesaba sobre la sexualidad, a pesar de la “resistencia” de sus pacientes y los ataques de sus colegas. Fue asimismo esta probidad científica la que le hizo reconocer su error sobre “escenas” fantásticas de incesto y abusos sexuales que le habían contado sus pacientes, a pesar del doloroso revés profesional que esto representaba para él. En Freud, la ciencia coincidía con la fibra moral del científico, cuya edificante biografía nunca nos cansábamos de leer: la milagrosa “curación por la palabra de Anna O., la ruptura con Joseph Breuer en relación con la sexualidad, la solitaria travesía del desierto, el amargo abandono de la “teoría de la seducción”, el heroico autoanálisis, el apartamiento de la transferencia sobre Wilhelm Fliess, el estoicismo frente a los ataques de sus colegas.
Es una bonita historia, pero ahora sabemos que no es más que una gran “leyenda” (Henri Ellenberger). Uno tras otro, los historiadores del psicoanálisis nos han mostrado que las cosas no sucedieron del modo en que Freud y sus biógrafos autorizados nos habían contado. No, la “curación por la palabra” de Anna O. no fue nunca el “gran éxito terapéutico” del que más tarde alardearía Freud. No, Breuer no negó en absoluto el papel de la sexualidad en las neurosis. No, Freud no estuvo tan aislado intelectualmente como él pretendió y, en un principio, las reacciones de sus colegas estuvieron muy lejos de ser desfavorables. Todo lo contrario, muchos de ellos –especialmente su amigo Fliess– sintieron un profundo interés por la sexualidad, incluida la sexualidad infantil. También era falso que los pacientes de Freud le contaran espontáneamente pseudorrecuerdos de seducción sexual infantil: fue el popio Freud quien les arrancó estas escenas de perversión, a pesar de las vehementes protestas del los pacientes. Freud nos había mentido; ya no podíamos confiar en él. Había comenzado la era de la sospecha. De repente, los estudiosos empezaron a darse cuenta de que disfrazaba fragmentos de su autoanálisis como casos “objetivos”, que ocultaba sus fuentes, que situaba convenientemente algunos de sus análisis en una fecha anterior, que atribuía a veces a sus pacientes “asociaciones libres” que él mismo construía, que exageraba sus éxitos terapéuticos, que difamaba a sus oponentes. Algunos llegan incluso a sugerir –supremo crimen de lesa majestad– que Sigmund engañaba a su esposa con su cuñada Minna. Los partidarios del psicoanálisis se muestran indignados y hablan de periodismo amarillista, de paranoia, de “linchamiento de Freud” pero es evidente que se ponen a la defensiva.
Una cosa es, sin embargo, sondear las profundidades de la reescritura de la historia por parte de Freud y otra comprender sus motivos. ¿Por qué diablos sintió el fundador del psicoanálisis la necesidad de contar todas estas trolas? ¿Era sólo pura fanfarronería? ¿Un deseo pueril de demostrar su originalidad y su primacía intelectual? ¿Una sagaz estrategia de marketing? ¿Un modo de promover un culto a la personalidad en el movimiento que había creado? En un libro publicado en holandés en 1993 y ahora traducido al alemán como Der Fall Freud: Die Geburt der Psychoanalyse aus der Lüge, (su traducción castellana podría ser El caso Freud: la mentira como origen del psicoanálisis), el historiador Han Israëls propone una explicación que posee al menos el mérito de la sencillez. Freud, señala Israëls, tenía tanta confianza en sus primeras teorías que presumió públicamente de éxitos terapéuticos que aún no había obtenido. Cuando no se materializaban, obligándole a revisar sus teorías, Freud tenía que explicar por qué las había abandonado sin poder aducir la verdadera razón: eso hubiera supuesto admitir que había cometido un serio fraude científico. Al igual que un niño que había sido sorprendido in fraganti, recurría a nuevas mentiras, acusando a los otros de haberle mentido a él. La culpa de todo era de ese victoriano, Breuer, que le había ocultado el “amor de transferencia” de Anna O. y sus desastrosas consecuencias. O, más de lo mismo, la culpa la tenían sus pacientes femeninas, que le habían contado todas esas tonterías sobre sus papás. Al echar la culpa a las pertinentes cabezas de turco, Freud se permitía incluso el lujo de transformar sus fracasos en victorias. ¿No era él, al fin y al cabo, quien había conseguido sacar a la luz el motivo oculto de todas las mentiras que le habían contado? Había nacido el mito del héroe.
Este modelo de engaño parece haber comenzado muy pronto en la carrera de Freud, antes incluso del inicio del psicoanálisis. Israëls arroja a este respecto una luz nueva y perturbadora sobre el llamado “episodio de la cocaína”, el primer gran fiasco profesional de Freud. En un artículo publicado en julio de 1884, Freud defendió esta sustancia recién introducida, recomendándola para dolencias tan diversas como trastornos digestivos, mareos, neurastenia, neuralgias faciales, asma e impotencia. Basándose en informaciones publicadas en revistas médicas de Estados Unidos, también recomendó la administración de cocaína en el tratamiento de la adicción a la morfina y afirmó que había curado con éxito un caso de este tipo: “Durante los primeros días de la cura [el paciente] consumió [i.e. oralmente] diariamente 3 dg de cocainum muriaticum, y después de diez días pudo prescindir por completo del tratamiento de coca”.
En marzo del año siguiente Freud repitió esta afirmación en una conferencia que dio en la Sociedad Psiquiátrica de Viena y que publicó unos meses más tarde. Seguía refiriéndose al mismo paciente pero, extrañamente, tanto la duración del tratamiento como la dosis de cocaína y el método de administración habían cambiado. El paciente ahora “tomó alrededor de 0,4 g de cocaína por día y 20 días después superó la abstinencia de morfina. No se declaró ningún hábito a la cocaína; por el contrario, se puso de manifiesto de una forma inconfundible una creciente antipatía al uso de cocaína […]. Recomiendo sin reservas la administración de cocaína para estas curas de abandono en inyecciones subcutáneas de 0,03-0,05 g por dosis, sin temor alguno a aumentar la dosis”.
El paciente de Freud fue muy afortunado, ya que cuando Albrecht Erlenmayer, un eminente especialista en adicción a la morfina, probó el método de Freud con sus propios pacientes, estos no experimentaron ninguna mejoría. Y lo que es peor, Erlenmayer previno enérgicamente contra los peligros del hábito a la cocaína. El doctor Freud, escribió, además de la morfina y del alcohol, había incorporado “el tercer azote de la humanidad, la cocaína”. La bofetada fue monumental. Obligado a responder, Freud se justificó afirmando en un artículo que los resultados de Erlermayer se habían visto afectados por haber aplicado la cocaína de forma subcutánea, y no oral, como él había prescrito, Nadie parece haber reparado en aquel momento en que fue justamente este método el que él había recomendado en su artículo de 1885. Después de eso Freud “olvidó” ese artículo comprometedor y nunca volvió a mencionarlo entre sus publicaciones. Aparte de un puñado de alusiones veladas en la interpretación de los sueños, donde acusaba a su paciente de haberse puesto inyecciones de cocaína en contra de sus consejos, Freud nunca habría de volver públicamente sobre este tema.
Y no le faltaban razones para ello. Como quedó de manifiesto a comienzos de los años cincuenta en un artículo de Siegfried Bernfeld y en la biografía de Jones a quien Anna Freud le había facilitado las cartas que Freud había enviado a Martha Bernays durante su noviazgo (las famosas y confidenciales Braubriefe), las cosas había sucedido en realidad tal y como había predicho Erlenmayer. El paciente de Freud no era otro que Ernst von Fleischl-Marxow, uno de sus colegas y amigos que estaba utilizando morfina para combatir unos neuromas terriblemente dolorosos provocados por la amputación de varios dedos; su tratamiento de desintoxicación, que había, que había iniciado a comienzos de mayo de 1884, había sido un desastre absoluto. Apenas una semana más tarde, nos dice Jones, Freud y sus colegas Obersteiner y Exner encontraron a Fleischl tumbado sobre el suelo, “casi inconsciente a causa del dolor”. Fleischl no sólo había continuado tomando morfina, sino que después de que Freud le pusiera inyecciones de cocaína en enero de 1885 en un intento de aliviar su dolor, empezó a inyectarse él mismo “enormes dosis” de esta sustancia (un gramo diario). En junio, Fleischl había desarrollado un “delirium tremens con serpientes blancas deslizándose por la piel” y su familia hubo de mandarlo al campo. Murió seis años más tarde, siendo adicto tanto a la morfina como a la cocaína. Leyendo el informe de Jones, la impresión que se saca es de un trágico error, que Freud se reprochó amargamente (así es como explica el siempre leal Jones las posteriores negaciones de Freud en relación con el empleo de la jeringuilla: aquellas “pudieron haber sido determinadas sólo de forma inconsciente” por su sentimiento de culpa). Hasta ahora, sin embargo, no ha sido posible tener acceso a las cartas en las que se basó Jones, debido a la impenetrable censura ejercida por los Sigmund Freud Archives. El libro de Israëls cubre esta laguna. Por un golpe de suerte de los que raras veces se producen en la vida de un investigador, se topó por casualidad con las transcripciones de casi 300 de estas Braubriefe, que acabaron durmiendo en los cajones de los Sigmund Freud Copyrights, la rama comercial del imperio Freud. La historia de lo que encontró allí es, como cabría esperar, bastante más compleja y extraña de la que había contado Jones.
Jones se ocupó cuidadosamente de omitir que, en el momento de escribir su primer artículo sobre la cocaína, a mediados de junio de 1884, Freud no podía haber abrigado ninguna ilusión sobre el tratamiento que presenta a sus lectores como un éxito. El tratamiento había comenzado el 7 de mayo de 1884 y, aun en el caso de que hubiera parecido prometedor durante los primeros días, Freud escribió ya el 12 de mayo: “Con Fleischl las cosas son tan tristes que no puedo disfrutar en absoluto de los éxitos de la cocaína”. La cocaína, que Fleischl tomaba “continuamente”, no le impidió padecer tremendos dolores y sufrir “ataques” que lo dejaban casi inconsciente. Significativamente, Freud añadió: “No sé si tomó o no morfina en uno de esos ataques; él lo niega, pero no puede darse crédito […] a un morfinómano”. El 20 de mayo, como la cocaína no había suprimido ni el dolor ni el síndrome de abstinencia, el médico Theodor Billroth realizó una nueva operación en el muñón y le recomendó a Fleischl que “tomara cantidades considerables de morfina […] y le pusieron, él no sabe cómo, muchas inyecciones” (carta del 23 de mayo). Un mes más tarde Freud escribió triunfalmente en su artículo que “después de diez días pudo prescindir por completo de su tratamiento de coca”. Sólo se le olvidó mencionar que el motivo era que el tratamiento había sido un rotundo fracaso.
Fleischl había vuelto en seguida a tomar cocaína, si es que llegó a dejar de hacerlo alguna vez. El 12 d julio, poco después de la aparición del artículo, Freud mencionó de pasada que estaba tomando cocaína “regularmente”. El 5 de octubre escribió: “Es interesante […] que [Fleischl] haya recibido una petición del gran fabricante Merck de Darmstadt, al que le había llamado la atención su gran consumo de coca y que quería conocer lo que él sabía de las propiedades y efectos de la sustancia”. Compárese esto con lo que Freud contó a su audiencia cinco meses más tarde, en su conferencia de marzo de 1885: “No surgió ningún hábito a la cocaína; por el contrario, se puso de manifiesto de modo inconfundible una antipatía creciente al uso de cocaína”. Es fácil entender por qué Jones, cuando resumió este pasaje, sintió la necesidad (¿inconsciente?) de añadir este piadoso paréntesis: “Esto sucedió antes de que Fleischl hubiera sufrido una intoxicación por cocaína”.
Lo que resulta más chocante de todo esto no es que Freud mintiera descaradamente, sino que parece no haberse dado cuenta de ello. Como señala Israëls, siguió considerando el tratamiento de Fleischl un éxito a pesar de todas las pruebas en sentido contrario. Tres días después de la operación de Billroth, le escribió a Martha: “Hasta entonces Fleischl había llevado estupendamente la cocaína, por lo que la cocaína ha superado muy bien la prueba” (23 de mayo de 1884). Asimismo, cuando resultó evidente que Fleischl era un adicto a la sustancia, Freud seguía negándose obstinadamente a admitir su error: “Desde que yo le he dado la cocaína, ha podido reprimir los desmayos y podía controlarse mejor a sí mismo, pero la tomó en cantidades tan grandes […] que finalmente padeció una intoxicación crónica” (26 de junio de 1885). En otras palabras, era el paciente quien había echado a perder el experimento. Una indiferencia tan grande hacia la realidad resulta sorprendente y nos recuerda inevitablemente lo que el propio Freud describió más tarde como la “omnipotencia de los pensamientos”. Está claro que Freud estaba tan convencido de la exactitud de su teoría que estaba dispuesto a modificar los hechos cuando no se ajustaban a aquella.
Del mismo modo, resulta difícil reducir las mentiras de Freud a cínicos fraudes científicos, concebidos para promocionar o proteger su carrera. Sus artículos, al fin y al cabo, iban a leerlos sus colegas y superiores: Breuer, Exner, Billroth y Obersteiner, todos ellos testigos de primera mano del fracaso de Fleischl. Freud debió de convencerse, por tanto, se este éxito imaginario, ya que de lo contrario, no habría allanado tan imprudentemente el camino a sus críticas. Algo parecido sucedió con su respuesta a Erlenmayer: cómo señala Israëls era insensatamente arriesgado mentir de un modo tan evidente cuando cualquiera –especialmente Erlenmayer– podía desenmascararlo citando su propio artículo. Incluso suponiendo que se tratara de un brillante fiasco, debe reconocerse que presupone una confianza inhabitual en la magia de las palabras. No es de extrañar que Freud se convirtiera en el teórico de la fantasía, la satisfacción de los deseos y el narcisismo primario: él mismo tenía una notable tendencia a crear teorías que eran el fruto de la alucinación, a elaborar datos clínicos en sueños.
Israëls encuentra por doquier este comportamiento en Freud y hace de él la clave del nacimiento propiamente mítico del psicoanálisis. Oficialmente, Freud fechó el psicoanálisis el día en que Breuer consiguió eliminar los síntomas de histeria en su paciente Anna O. al hacerle narrar los hechos traumáticos que los habían generado. Israëls refuta esta versión, como han hecho ya otros antes que él. En realidad, como sabemos por una carta que Freud escribió a su prometida, Breuer había concluido el tratamiento de Anna O. porque su mujer estaba celosa del interés algo desmedido que estaba mostrando por su paciente. Entonces decidió ingresar a Anna O. en una clínica privada, donde siguió presentando los mismos síntomas de histeria que antes. Ella acudió a tres clínicas más entre 1883 y 1887, pero no fue hasta finales de la década de 1880 cuando empezó a mejorar, dejando bien a las claras que la “curación por la palabra” no había desempeñado ningún papel en su recuperación. Esto no impidió que Freud realizara a partir de 1888 falsas defensas del “método” de su amigo Breuer en una época en la que nada le permitía pesar que Anna O. experimentaría mejoría alguna y en la que él mismo no había aplicado aún el método catártico a uno sólo de sus pacientes. En un artículo de enciclopedia que Israëls no cita pero que aclara aún más las cosas, Freud evocaba el “método” de Breuer y seguía diciendo: “Este método de tratamiento es nuevo, pero produce éxitos curativos [Heilerfolge] que de otra manera no podrían conseguirse”.
Una vez más, Freud se permitía hacerse ilusiones y proclamaba éxitos que nunca fueron tales. Y, una vez más, tenía que reescribir la historia cuando esta fanfarronería no quedaba justificada. Decepcionado por el método catártico, Freud rompió con Breuer poco después de la publicación de Estudios sobre la histeria. Pero entonces. ¿cómo se explica este cambio si el método conseguía resultados tan brillantes? La solución, tal y como la reconstruye Israëls, consistió en reconocer sus exiguos resultados al tiempo que los achacaba a la supuesta resistencia de Breuer a admitir el papel de la sexualidad en la etiología de la histeria. Esto constituía una falsedad especialment flagrante (y, por tanto irracional), ya que cualquiera podía leer lo que Breuer había escrito en Estudios sobre la histeria: “No creo estar exagerando cuando afirmo que la gran mayoría de las neurosis graves en mujeres tienen su origen en el lecho matrimonial […]. Quizás merezca la pena insistir una y otra vez en que el factor sexual es, con mucho, el más importante y el más fructífero de los resultados patológicos”.
Pero Freud fue más allá. En Sobre la historia del movimiento psicoanalítico y en Un estudio autobiográfico escribió que Breuer había puesto fin abruptamente al tratamiento de Anna O. cuando se dio cuenta de que había “desarrollado una patología de ‘amor de transferencia’” hacia él. (En privado, Freud llegó a contar incluso un relato disparatado de parto histérico). Dio a entender, sin embargo, que se trataba de una “reconstrucción” por su parte basada en unos comentarios realzados de pasada por Breuer. Israëls es , que yo sepa, el primero en observar que Freud no tenía realmente ningún motivo para “reconstruir” la historia, ya que la conocía o, al menos, sabía cual era su verdad esencial: que, desde el comienzo mismo, Breuer se había encaprichado de su paciente. Al actuar de este modo, no sólo sugería que Breuer había ocultado la verdad a sus lectores, sino que también se la había ocultado a su joven colega, lo que exoneraba a éste de toda complicidad en las engañosas afirmaciones sobre la “curación por la palabra” de Anna O. (Freud sabía, por supuesto, que podía contar con el silencio embarazoso de Breuer: esta mentira, al menos, no era arriesgada).
El mismo escenario se produjo cuando Freud lanzó su desafortunada “teoría de la seducción”. En su conferencia del 21 de abril de 1896 sobre “La etiología de la histeria”, propuso que los síntomas de la histeria habrían de atribuirse a traumas sexuales del comienzo de la infancia y proclamó con voz fuerte y clara que “en 18 casos de histeria he podido descubrir esta conexión en todos y cada uno de los síntomas y, allí donde las circunstancias lo permitieron, confirmarlo por medio de éxitos terapéuticos”. Parece que “las circunstancias” nunca lo permitieron en ninguno de los casos en cuestión, ya que dos semanas más tarde Freud le confesó a Fliess que “ninguno de los viejos [tratamientos] se ha completado”. Y en su famosa carta de retractación de 1897 le explicaba a su amigo que una de las principales razones por las que había llegado a dudar de su teoría era “la decepción continua en mis esfuerzos por llevar un solo análisis a una verdadera conclusión”. Pero como era imposible revelar por qué había abandonado su teoría de la seducción sin revelar al mismo tiempo la verdad sobre sus famosos “éxitos terapéuticos”, Freud evitó cuidadosamente comunicar sus dudas a sus colegas. No fue hasta 1914, tras diecisiete años de evasivas, cuando admitió por fin públicamente que se había equivocado en relación con las “escenas de seducción”. Ni una sola mención, sin embargo, del fracaso terapéutico y su papel en el abandono de su teoría. No, a Freud lo habían confundido los “testimonios (Berichte) ofrecidos por sus pacientes en los que atribuían sus síntomas a experiencias sexuales pasivas en los primeros años de su infancia” hasta el momento en que se dio cuanta de que aquéllas no eran más que fantasías que expresaban la “vida sexual del niño”.
Esta historia se ha convertido desde entonces en uno de los momentos culminantes de la leyenda de Freud, pero a Israëls no le cuesta nada demostrar que no guarda ninguna relación con los hechos. Lejos de los relatos de abuso sexual espontáneamente confiados de sus pacientes, Freud describió en detalle en sus artículos cómo hubo de obligarlos a admitir la veracidad de las escenas que él mismo había planteado como hipótesis. Lo cierto es que una confesión rápida o espontánea por parte de ellos habría entrado en conflicto con la teoría, ya que Freud atribuía la histeria a la represión de recuerdos de antiguos traumas sexuales: “Antes de acudir al análisis, los pacientes no saben nada de estas escenas. Generalmente se indignan si les advertimos que este tipo de escenas van a aflorar. Sólo la más poderosa compulsión del tratamiento puede inducirlos a emprender una reproducción de las mismas”. Cualquiera que consulte uno de los artículos escritos por Freud por aquél entonces percibiría la falacia de su presentación retrospectiva. Una vez más, su deformación es tan descarada, tan ostensible, que uno se pregunta cómo pudo pasársele por la cabeza convencer a alguien. ¿Había empezado a creerse sus propios cuentos chinos?
La demostración de Israëls es meticulosa, implacable, abrumadora. A pesar de que su afán desmitificador le hace ser a veces (raramente) injusto con Freud, el libro en su conjunto despeja cualquier duda en relación con la respuesta a la pregunta de Cioffi: sí, Freud era un mentiroso empedernido que no vacilaría un momento en reescribir la realidad si eso le permitía salir de un apuro. Esta afirmación, evidentemente, va más allá de la simple biografía. De hecho, al contrario que las modernas ciencias experimentales, el psicoanálisis se basa en “observaciones” que, debido a la confidencialidad médica, no están al alcance de otros investigadores (a menos que ellos mismos pasen a ser analistas-pacientes) y que, del mismo modo, no pueden dar lugar a un consenso basado en la posibilidad de reproducir el experimento (excepción hecha de la clonación de analistas). Resulta, por tanto, absolutamente crucial en el psicoanálisis que el testigo que da cuenta de esas “observaciones” –el analista– sea creíble. Como reconoció cándidamente Lacan, esto es lo que asemeja el psicoanálisis a una práctica premoderna como la alquimia, que requería la “pureza del alma del adepto”. Pero entonces, si ya no podemos seguir creyendo en la pureza del alma de Freud, ¿qué es lo que queda del psicoanálisis? No es ninguna casualidad que los psicoanalistas griten de indignación siempre que se pone en duda la integridad de Freud, aunque sea al nivel trivial de sus aventuras con su cuñada: si no hay confianza sobre la persona del architestigo, todo el edificio se viene abajo.
Sin embargo, una vez que hemos hecho el diagnóstico de mendacidad, ¿hemos acabado realmente con el “caso Freud”? Israëls describe a Freud como un especialista en el control del daño, con una gran inteligencia para disfrazar sus fracasos terapéuticos como avances científicos. Pero así se ignora el carácter extrañamente pueril y mitomaníaco de las mentiras de Freud, que Israëls subraya tan bien. ¿Es probable acaso que un hombre que cerraba los ojos tan fácilmente a la realidad abandonara sus primeras teorías porque no se habían visto confirmadas por los hechos? Me parece que Israëls confía aquí en exceso en el modelo de “falsificación” científica desde el momento mismo en que le reprocha a Freud haberse apartado de ella. Lo cierto es que Freud sabía desde un principio que Fleischl, Anna O. y sus 18 pacientes no estaban curados, a pesar de lo cual no dudó en construir grandiosas teorías sobre estas bases inexistentes. Así las cosas, ¿por qué la ausencia de resultados terapéuticos habría de hacerle abandonar posteriormente sus teorías cuando no le habían impedido adoptarlas inicialmente? Es mucho más probable que las abandonara por la misma razón que las adoptó: porque tuvo una idea nueva, una teoría mejor. Antes de adoptar el método catártico, por ejemplo, Freud ya estaba interesado en las teorías de Charcot y Janet sobre la resugestión de los recuerdos traumáticos bajo los efectos de la hipnosis. Del mismo modo, antes de abandonar la teoría de la seducción, ya estaba dándole vueltas a la hipótesis biogenética de Fliess sobre la sexualidad infantil y especulando con el origen de la prohibición del incesto. En contra de la opinión de Israëls, los resultados terapéuticos de Freud (o Breuer) no desempeñaron probablemente ningún papel decisivo, ya fuera positivo o negativo, en todos estos desarrollos teóricos. Aún en el caso de que explicaran las posteriores estratagemas y ofuscaciones de Freud, no explican el nacimiento del psicoanálisis como tal. La situación es simultáneamente, en cierto sentido, mucho peor y mucho más inocente de lo que imagina Israëls: a pesar de la retórica positivista de Freud, el psicoanálisis fue, desde el comienzo mismo, una empresa puramente especulativa (puramente “metapsicilógica”) en la que los hechos y las pruebas cumplieron, en el mejor de los casos, una función de una importancia marginal. En este sentido, demostrar que Freud mintió acerca de asuntos clínicos no es suficiente para explicar ese “largísimo error”, el psicoanálisis. Debemos también reconstruir, como han hecho Henri Ellenberger y Frank Sulloway, el contexto histórico que le sirvió de inspiración a Freud y que explica por sí solo por qué confundió tan fácilmente sus especulaciones con la realidad y, sobre todo, por qué consiguió convencer con tanta facilidad a otros de que hicieran lo mismo.
La verdad es que casi nos olvidamos de que los pacientes y colegas de Freud se tragaron sus mentiras, incluidas las más grandes y (para nosotros) las más flagrantes. Esto es ahora precisamente lo que debe explicarse si queremos dar cuenta del extraordinario éxito cultural del psicoanálisis: ¿cómo es que le fue tan bien el embuste? ¿Cómo se convirtió en algo real para tantas personas del siglo XX? Atribuir únicamente a la duplicidad del Gran Mentiroso al hecho de que la fábula freudiana haya pasado a ser auténtica, resulta claramente insuficiente. Israëls describe cómo Freud presentó de manera sesgada la realidad de lo que aconteció en su consulta, como un físico o un químico que alterara los resultados de sus experimentos. Pero esto ignora el hecho de que los seres humanos a los que tratan los médicos y los psicólogos no son moléculas o átomos: estos últimos son indiferentes a nuestras teorías sobre ellos, mientras que los primeros reaccionan ante estas teorías, ya sea para rechazarlas o para aceptarlas. Por eso, los pacientes de Freud juzgaron, en su mayor parte, sus teorías como bastante aceptables, hasta tal punto que es difícil afirmar sin más que Freíd mintió acerca de su “material” clínico. Incluso el pobre Fleischl parece haber estado sinceramente convencido de que la cocaína era beneficiosa para él: cuando Merck, el fabricante de fármacos, contactó con él al pensar que estaba realizando experimentos, no lo sacó de su error y corroboró de buen grado los descubrimientos de su colega, el doctor Freud. (¡A resultas de ello, Merck publicó un artículo en el que atribuía estos resultados a Fleischl!) Del mismo modo, cuando Freud empezó a aplicar el “método” de Breuer a sus pacientes Emmy von N. y Cecile M., éstas se apresuraron a confirmar sus teorías recordando una plétora de “traumas” (En el caso de Emmy von N., cerca de cuarenta en el lapso de nueve días). Y cuando Freud salía en busca de recuerdos de “seducción” infantil, sus pacientes –al menos aquéllos que no daban un portazo cuando salían de la consulta– se sentían muy contentos de proporcionárselos. (A pesar de que suele ser difícil discernir qué es elaboración de Freud y que son experiencias “auténticas” revividas por los pacientes, las cartas de Fliess, en su mayor parte, dejan pocas dudas en este sentido).
Por tanto, una cosa es decir, como hace Israëls, que estos “recuerdos”, estas “escenas” (y, más tarde, estas “fantasías”), no eran espontáneas, porque eran el producto de las teorías y el orgullo hermenéutico desmedido de Freud, y otra muy distinta considerarlas simples ficciones, meras no-realidades. El hecho es que estas ficciones teóricas se hicieron realidad en la consulta del doctor Freud debido a la buena disposición de sus pacientes para aceptar sus “soluciones”. Hablar de mentiras en relación con esta invención de una “realidad psíquica” es demasiado reduccionista: en el ámbito de la psicoterapia, al igual que en el de los asuntos humanos en general, una co-construcción de la realidad de este tipo es inevitable y normal. Allí nunca se encuentran hechos o vivencias de facto, sino sólo artefactos. Al fin y al cabo, si ha de criticarse el psicoanálisis no es porque invente las pruebas que aduce, ni porque cree la realidad que intenta describir. Es porque se niega a reconocer esto y trata de ocultar el artificio.
[1] El original en inglés de este artículo fue publicado originalmente en la London Review of Books. (www.lrb.co.uk). Es una recensión de un libro escrito por Han Israëls en holandes y traducido al alemán con el título de: “Der Fall Freud: Die Geburt der Psychoanalyse aus der Lüge”, (El caso Freud: la mentira como origen del psicoanálisis) por Europäische Verlagsanstalt. Hamburgo. Su autor, Mikkel Borch-Jacobsen es profesor del departamento de literatura comparada de la Universidad de Washington en Seattle. Su libro más reciente es “Remembering Anna O.: A Century of Mystification”. Este artículo se reprodujo en la Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid nº 49, Enero 2001, traducido por Luis Gago.
En mi entrada del 12 de diciembre del año pasado, sobre "Los maestros de la sospecha", dije que próximamante publicaría algo para hablar de las mentiras de Freud en apoyo de sus métodos terapéuticos. Bueno, pues, ahí va.
La diferencia entre una invención y una mentira
Mikkel Borch-Jacobsen [1]
¿Fue Freud un mentiroso? Desde que Frank Cioffi tuvo la osadía de plantear esta posibilidad en 1973, la pregunta no ha dejado de sacudir el mundo del psicoanálisis. Hasta entonces las cosas habían sido muy sencillas. Hijos del “siglo freudiano”, todos habíamos aprendido a venerar en Sigmund Freud a un hombre de “absoluta honestidad” e “integridad intachable”, como escribió su leal biógrafo Ernest Jones. ¿Cuántas veces nos dijeron esto? Fue su pasión por la verdad la que le permitió enfrentarse a los demonios de su propio inconsciente y levantar la represión de siglos que pesaba sobre la sexualidad, a pesar de la “resistencia” de sus pacientes y los ataques de sus colegas. Fue asimismo esta probidad científica la que le hizo reconocer su error sobre “escenas” fantásticas de incesto y abusos sexuales que le habían contado sus pacientes, a pesar del doloroso revés profesional que esto representaba para él. En Freud, la ciencia coincidía con la fibra moral del científico, cuya edificante biografía nunca nos cansábamos de leer: la milagrosa “curación por la palabra de Anna O., la ruptura con Joseph Breuer en relación con la sexualidad, la solitaria travesía del desierto, el amargo abandono de la “teoría de la seducción”, el heroico autoanálisis, el apartamiento de la transferencia sobre Wilhelm Fliess, el estoicismo frente a los ataques de sus colegas.
Es una bonita historia, pero ahora sabemos que no es más que una gran “leyenda” (Henri Ellenberger). Uno tras otro, los historiadores del psicoanálisis nos han mostrado que las cosas no sucedieron del modo en que Freud y sus biógrafos autorizados nos habían contado. No, la “curación por la palabra” de Anna O. no fue nunca el “gran éxito terapéutico” del que más tarde alardearía Freud. No, Breuer no negó en absoluto el papel de la sexualidad en las neurosis. No, Freud no estuvo tan aislado intelectualmente como él pretendió y, en un principio, las reacciones de sus colegas estuvieron muy lejos de ser desfavorables. Todo lo contrario, muchos de ellos –especialmente su amigo Fliess– sintieron un profundo interés por la sexualidad, incluida la sexualidad infantil. También era falso que los pacientes de Freud le contaran espontáneamente pseudorrecuerdos de seducción sexual infantil: fue el popio Freud quien les arrancó estas escenas de perversión, a pesar de las vehementes protestas del los pacientes. Freud nos había mentido; ya no podíamos confiar en él. Había comenzado la era de la sospecha. De repente, los estudiosos empezaron a darse cuenta de que disfrazaba fragmentos de su autoanálisis como casos “objetivos”, que ocultaba sus fuentes, que situaba convenientemente algunos de sus análisis en una fecha anterior, que atribuía a veces a sus pacientes “asociaciones libres” que él mismo construía, que exageraba sus éxitos terapéuticos, que difamaba a sus oponentes. Algunos llegan incluso a sugerir –supremo crimen de lesa majestad– que Sigmund engañaba a su esposa con su cuñada Minna. Los partidarios del psicoanálisis se muestran indignados y hablan de periodismo amarillista, de paranoia, de “linchamiento de Freud” pero es evidente que se ponen a la defensiva.
Una cosa es, sin embargo, sondear las profundidades de la reescritura de la historia por parte de Freud y otra comprender sus motivos. ¿Por qué diablos sintió el fundador del psicoanálisis la necesidad de contar todas estas trolas? ¿Era sólo pura fanfarronería? ¿Un deseo pueril de demostrar su originalidad y su primacía intelectual? ¿Una sagaz estrategia de marketing? ¿Un modo de promover un culto a la personalidad en el movimiento que había creado? En un libro publicado en holandés en 1993 y ahora traducido al alemán como Der Fall Freud: Die Geburt der Psychoanalyse aus der Lüge, (su traducción castellana podría ser El caso Freud: la mentira como origen del psicoanálisis), el historiador Han Israëls propone una explicación que posee al menos el mérito de la sencillez. Freud, señala Israëls, tenía tanta confianza en sus primeras teorías que presumió públicamente de éxitos terapéuticos que aún no había obtenido. Cuando no se materializaban, obligándole a revisar sus teorías, Freud tenía que explicar por qué las había abandonado sin poder aducir la verdadera razón: eso hubiera supuesto admitir que había cometido un serio fraude científico. Al igual que un niño que había sido sorprendido in fraganti, recurría a nuevas mentiras, acusando a los otros de haberle mentido a él. La culpa de todo era de ese victoriano, Breuer, que le había ocultado el “amor de transferencia” de Anna O. y sus desastrosas consecuencias. O, más de lo mismo, la culpa la tenían sus pacientes femeninas, que le habían contado todas esas tonterías sobre sus papás. Al echar la culpa a las pertinentes cabezas de turco, Freud se permitía incluso el lujo de transformar sus fracasos en victorias. ¿No era él, al fin y al cabo, quien había conseguido sacar a la luz el motivo oculto de todas las mentiras que le habían contado? Había nacido el mito del héroe.
Este modelo de engaño parece haber comenzado muy pronto en la carrera de Freud, antes incluso del inicio del psicoanálisis. Israëls arroja a este respecto una luz nueva y perturbadora sobre el llamado “episodio de la cocaína”, el primer gran fiasco profesional de Freud. En un artículo publicado en julio de 1884, Freud defendió esta sustancia recién introducida, recomendándola para dolencias tan diversas como trastornos digestivos, mareos, neurastenia, neuralgias faciales, asma e impotencia. Basándose en informaciones publicadas en revistas médicas de Estados Unidos, también recomendó la administración de cocaína en el tratamiento de la adicción a la morfina y afirmó que había curado con éxito un caso de este tipo: “Durante los primeros días de la cura [el paciente] consumió [i.e. oralmente] diariamente 3 dg de cocainum muriaticum, y después de diez días pudo prescindir por completo del tratamiento de coca”.
En marzo del año siguiente Freud repitió esta afirmación en una conferencia que dio en la Sociedad Psiquiátrica de Viena y que publicó unos meses más tarde. Seguía refiriéndose al mismo paciente pero, extrañamente, tanto la duración del tratamiento como la dosis de cocaína y el método de administración habían cambiado. El paciente ahora “tomó alrededor de 0,4 g de cocaína por día y 20 días después superó la abstinencia de morfina. No se declaró ningún hábito a la cocaína; por el contrario, se puso de manifiesto de una forma inconfundible una creciente antipatía al uso de cocaína […]. Recomiendo sin reservas la administración de cocaína para estas curas de abandono en inyecciones subcutáneas de 0,03-0,05 g por dosis, sin temor alguno a aumentar la dosis”.
El paciente de Freud fue muy afortunado, ya que cuando Albrecht Erlenmayer, un eminente especialista en adicción a la morfina, probó el método de Freud con sus propios pacientes, estos no experimentaron ninguna mejoría. Y lo que es peor, Erlenmayer previno enérgicamente contra los peligros del hábito a la cocaína. El doctor Freud, escribió, además de la morfina y del alcohol, había incorporado “el tercer azote de la humanidad, la cocaína”. La bofetada fue monumental. Obligado a responder, Freud se justificó afirmando en un artículo que los resultados de Erlermayer se habían visto afectados por haber aplicado la cocaína de forma subcutánea, y no oral, como él había prescrito, Nadie parece haber reparado en aquel momento en que fue justamente este método el que él había recomendado en su artículo de 1885. Después de eso Freud “olvidó” ese artículo comprometedor y nunca volvió a mencionarlo entre sus publicaciones. Aparte de un puñado de alusiones veladas en la interpretación de los sueños, donde acusaba a su paciente de haberse puesto inyecciones de cocaína en contra de sus consejos, Freud nunca habría de volver públicamente sobre este tema.
Y no le faltaban razones para ello. Como quedó de manifiesto a comienzos de los años cincuenta en un artículo de Siegfried Bernfeld y en la biografía de Jones a quien Anna Freud le había facilitado las cartas que Freud había enviado a Martha Bernays durante su noviazgo (las famosas y confidenciales Braubriefe), las cosas había sucedido en realidad tal y como había predicho Erlenmayer. El paciente de Freud no era otro que Ernst von Fleischl-Marxow, uno de sus colegas y amigos que estaba utilizando morfina para combatir unos neuromas terriblemente dolorosos provocados por la amputación de varios dedos; su tratamiento de desintoxicación, que había, que había iniciado a comienzos de mayo de 1884, había sido un desastre absoluto. Apenas una semana más tarde, nos dice Jones, Freud y sus colegas Obersteiner y Exner encontraron a Fleischl tumbado sobre el suelo, “casi inconsciente a causa del dolor”. Fleischl no sólo había continuado tomando morfina, sino que después de que Freud le pusiera inyecciones de cocaína en enero de 1885 en un intento de aliviar su dolor, empezó a inyectarse él mismo “enormes dosis” de esta sustancia (un gramo diario). En junio, Fleischl había desarrollado un “delirium tremens con serpientes blancas deslizándose por la piel” y su familia hubo de mandarlo al campo. Murió seis años más tarde, siendo adicto tanto a la morfina como a la cocaína. Leyendo el informe de Jones, la impresión que se saca es de un trágico error, que Freud se reprochó amargamente (así es como explica el siempre leal Jones las posteriores negaciones de Freud en relación con el empleo de la jeringuilla: aquellas “pudieron haber sido determinadas sólo de forma inconsciente” por su sentimiento de culpa). Hasta ahora, sin embargo, no ha sido posible tener acceso a las cartas en las que se basó Jones, debido a la impenetrable censura ejercida por los Sigmund Freud Archives. El libro de Israëls cubre esta laguna. Por un golpe de suerte de los que raras veces se producen en la vida de un investigador, se topó por casualidad con las transcripciones de casi 300 de estas Braubriefe, que acabaron durmiendo en los cajones de los Sigmund Freud Copyrights, la rama comercial del imperio Freud. La historia de lo que encontró allí es, como cabría esperar, bastante más compleja y extraña de la que había contado Jones.
Jones se ocupó cuidadosamente de omitir que, en el momento de escribir su primer artículo sobre la cocaína, a mediados de junio de 1884, Freud no podía haber abrigado ninguna ilusión sobre el tratamiento que presenta a sus lectores como un éxito. El tratamiento había comenzado el 7 de mayo de 1884 y, aun en el caso de que hubiera parecido prometedor durante los primeros días, Freud escribió ya el 12 de mayo: “Con Fleischl las cosas son tan tristes que no puedo disfrutar en absoluto de los éxitos de la cocaína”. La cocaína, que Fleischl tomaba “continuamente”, no le impidió padecer tremendos dolores y sufrir “ataques” que lo dejaban casi inconsciente. Significativamente, Freud añadió: “No sé si tomó o no morfina en uno de esos ataques; él lo niega, pero no puede darse crédito […] a un morfinómano”. El 20 de mayo, como la cocaína no había suprimido ni el dolor ni el síndrome de abstinencia, el médico Theodor Billroth realizó una nueva operación en el muñón y le recomendó a Fleischl que “tomara cantidades considerables de morfina […] y le pusieron, él no sabe cómo, muchas inyecciones” (carta del 23 de mayo). Un mes más tarde Freud escribió triunfalmente en su artículo que “después de diez días pudo prescindir por completo de su tratamiento de coca”. Sólo se le olvidó mencionar que el motivo era que el tratamiento había sido un rotundo fracaso.
Fleischl había vuelto en seguida a tomar cocaína, si es que llegó a dejar de hacerlo alguna vez. El 12 d julio, poco después de la aparición del artículo, Freud mencionó de pasada que estaba tomando cocaína “regularmente”. El 5 de octubre escribió: “Es interesante […] que [Fleischl] haya recibido una petición del gran fabricante Merck de Darmstadt, al que le había llamado la atención su gran consumo de coca y que quería conocer lo que él sabía de las propiedades y efectos de la sustancia”. Compárese esto con lo que Freud contó a su audiencia cinco meses más tarde, en su conferencia de marzo de 1885: “No surgió ningún hábito a la cocaína; por el contrario, se puso de manifiesto de modo inconfundible una antipatía creciente al uso de cocaína”. Es fácil entender por qué Jones, cuando resumió este pasaje, sintió la necesidad (¿inconsciente?) de añadir este piadoso paréntesis: “Esto sucedió antes de que Fleischl hubiera sufrido una intoxicación por cocaína”.
Lo que resulta más chocante de todo esto no es que Freud mintiera descaradamente, sino que parece no haberse dado cuenta de ello. Como señala Israëls, siguió considerando el tratamiento de Fleischl un éxito a pesar de todas las pruebas en sentido contrario. Tres días después de la operación de Billroth, le escribió a Martha: “Hasta entonces Fleischl había llevado estupendamente la cocaína, por lo que la cocaína ha superado muy bien la prueba” (23 de mayo de 1884). Asimismo, cuando resultó evidente que Fleischl era un adicto a la sustancia, Freud seguía negándose obstinadamente a admitir su error: “Desde que yo le he dado la cocaína, ha podido reprimir los desmayos y podía controlarse mejor a sí mismo, pero la tomó en cantidades tan grandes […] que finalmente padeció una intoxicación crónica” (26 de junio de 1885). En otras palabras, era el paciente quien había echado a perder el experimento. Una indiferencia tan grande hacia la realidad resulta sorprendente y nos recuerda inevitablemente lo que el propio Freud describió más tarde como la “omnipotencia de los pensamientos”. Está claro que Freud estaba tan convencido de la exactitud de su teoría que estaba dispuesto a modificar los hechos cuando no se ajustaban a aquella.
Del mismo modo, resulta difícil reducir las mentiras de Freud a cínicos fraudes científicos, concebidos para promocionar o proteger su carrera. Sus artículos, al fin y al cabo, iban a leerlos sus colegas y superiores: Breuer, Exner, Billroth y Obersteiner, todos ellos testigos de primera mano del fracaso de Fleischl. Freud debió de convencerse, por tanto, se este éxito imaginario, ya que de lo contrario, no habría allanado tan imprudentemente el camino a sus críticas. Algo parecido sucedió con su respuesta a Erlenmayer: cómo señala Israëls era insensatamente arriesgado mentir de un modo tan evidente cuando cualquiera –especialmente Erlenmayer– podía desenmascararlo citando su propio artículo. Incluso suponiendo que se tratara de un brillante fiasco, debe reconocerse que presupone una confianza inhabitual en la magia de las palabras. No es de extrañar que Freud se convirtiera en el teórico de la fantasía, la satisfacción de los deseos y el narcisismo primario: él mismo tenía una notable tendencia a crear teorías que eran el fruto de la alucinación, a elaborar datos clínicos en sueños.
Israëls encuentra por doquier este comportamiento en Freud y hace de él la clave del nacimiento propiamente mítico del psicoanálisis. Oficialmente, Freud fechó el psicoanálisis el día en que Breuer consiguió eliminar los síntomas de histeria en su paciente Anna O. al hacerle narrar los hechos traumáticos que los habían generado. Israëls refuta esta versión, como han hecho ya otros antes que él. En realidad, como sabemos por una carta que Freud escribió a su prometida, Breuer había concluido el tratamiento de Anna O. porque su mujer estaba celosa del interés algo desmedido que estaba mostrando por su paciente. Entonces decidió ingresar a Anna O. en una clínica privada, donde siguió presentando los mismos síntomas de histeria que antes. Ella acudió a tres clínicas más entre 1883 y 1887, pero no fue hasta finales de la década de 1880 cuando empezó a mejorar, dejando bien a las claras que la “curación por la palabra” no había desempeñado ningún papel en su recuperación. Esto no impidió que Freud realizara a partir de 1888 falsas defensas del “método” de su amigo Breuer en una época en la que nada le permitía pesar que Anna O. experimentaría mejoría alguna y en la que él mismo no había aplicado aún el método catártico a uno sólo de sus pacientes. En un artículo de enciclopedia que Israëls no cita pero que aclara aún más las cosas, Freud evocaba el “método” de Breuer y seguía diciendo: “Este método de tratamiento es nuevo, pero produce éxitos curativos [Heilerfolge] que de otra manera no podrían conseguirse”.
Una vez más, Freud se permitía hacerse ilusiones y proclamaba éxitos que nunca fueron tales. Y, una vez más, tenía que reescribir la historia cuando esta fanfarronería no quedaba justificada. Decepcionado por el método catártico, Freud rompió con Breuer poco después de la publicación de Estudios sobre la histeria. Pero entonces. ¿cómo se explica este cambio si el método conseguía resultados tan brillantes? La solución, tal y como la reconstruye Israëls, consistió en reconocer sus exiguos resultados al tiempo que los achacaba a la supuesta resistencia de Breuer a admitir el papel de la sexualidad en la etiología de la histeria. Esto constituía una falsedad especialment flagrante (y, por tanto irracional), ya que cualquiera podía leer lo que Breuer había escrito en Estudios sobre la histeria: “No creo estar exagerando cuando afirmo que la gran mayoría de las neurosis graves en mujeres tienen su origen en el lecho matrimonial […]. Quizás merezca la pena insistir una y otra vez en que el factor sexual es, con mucho, el más importante y el más fructífero de los resultados patológicos”.
Pero Freud fue más allá. En Sobre la historia del movimiento psicoanalítico y en Un estudio autobiográfico escribió que Breuer había puesto fin abruptamente al tratamiento de Anna O. cuando se dio cuenta de que había “desarrollado una patología de ‘amor de transferencia’” hacia él. (En privado, Freud llegó a contar incluso un relato disparatado de parto histérico). Dio a entender, sin embargo, que se trataba de una “reconstrucción” por su parte basada en unos comentarios realzados de pasada por Breuer. Israëls es , que yo sepa, el primero en observar que Freud no tenía realmente ningún motivo para “reconstruir” la historia, ya que la conocía o, al menos, sabía cual era su verdad esencial: que, desde el comienzo mismo, Breuer se había encaprichado de su paciente. Al actuar de este modo, no sólo sugería que Breuer había ocultado la verdad a sus lectores, sino que también se la había ocultado a su joven colega, lo que exoneraba a éste de toda complicidad en las engañosas afirmaciones sobre la “curación por la palabra” de Anna O. (Freud sabía, por supuesto, que podía contar con el silencio embarazoso de Breuer: esta mentira, al menos, no era arriesgada).
El mismo escenario se produjo cuando Freud lanzó su desafortunada “teoría de la seducción”. En su conferencia del 21 de abril de 1896 sobre “La etiología de la histeria”, propuso que los síntomas de la histeria habrían de atribuirse a traumas sexuales del comienzo de la infancia y proclamó con voz fuerte y clara que “en 18 casos de histeria he podido descubrir esta conexión en todos y cada uno de los síntomas y, allí donde las circunstancias lo permitieron, confirmarlo por medio de éxitos terapéuticos”. Parece que “las circunstancias” nunca lo permitieron en ninguno de los casos en cuestión, ya que dos semanas más tarde Freud le confesó a Fliess que “ninguno de los viejos [tratamientos] se ha completado”. Y en su famosa carta de retractación de 1897 le explicaba a su amigo que una de las principales razones por las que había llegado a dudar de su teoría era “la decepción continua en mis esfuerzos por llevar un solo análisis a una verdadera conclusión”. Pero como era imposible revelar por qué había abandonado su teoría de la seducción sin revelar al mismo tiempo la verdad sobre sus famosos “éxitos terapéuticos”, Freud evitó cuidadosamente comunicar sus dudas a sus colegas. No fue hasta 1914, tras diecisiete años de evasivas, cuando admitió por fin públicamente que se había equivocado en relación con las “escenas de seducción”. Ni una sola mención, sin embargo, del fracaso terapéutico y su papel en el abandono de su teoría. No, a Freud lo habían confundido los “testimonios (Berichte) ofrecidos por sus pacientes en los que atribuían sus síntomas a experiencias sexuales pasivas en los primeros años de su infancia” hasta el momento en que se dio cuanta de que aquéllas no eran más que fantasías que expresaban la “vida sexual del niño”.
Esta historia se ha convertido desde entonces en uno de los momentos culminantes de la leyenda de Freud, pero a Israëls no le cuesta nada demostrar que no guarda ninguna relación con los hechos. Lejos de los relatos de abuso sexual espontáneamente confiados de sus pacientes, Freud describió en detalle en sus artículos cómo hubo de obligarlos a admitir la veracidad de las escenas que él mismo había planteado como hipótesis. Lo cierto es que una confesión rápida o espontánea por parte de ellos habría entrado en conflicto con la teoría, ya que Freud atribuía la histeria a la represión de recuerdos de antiguos traumas sexuales: “Antes de acudir al análisis, los pacientes no saben nada de estas escenas. Generalmente se indignan si les advertimos que este tipo de escenas van a aflorar. Sólo la más poderosa compulsión del tratamiento puede inducirlos a emprender una reproducción de las mismas”. Cualquiera que consulte uno de los artículos escritos por Freud por aquél entonces percibiría la falacia de su presentación retrospectiva. Una vez más, su deformación es tan descarada, tan ostensible, que uno se pregunta cómo pudo pasársele por la cabeza convencer a alguien. ¿Había empezado a creerse sus propios cuentos chinos?
La demostración de Israëls es meticulosa, implacable, abrumadora. A pesar de que su afán desmitificador le hace ser a veces (raramente) injusto con Freud, el libro en su conjunto despeja cualquier duda en relación con la respuesta a la pregunta de Cioffi: sí, Freud era un mentiroso empedernido que no vacilaría un momento en reescribir la realidad si eso le permitía salir de un apuro. Esta afirmación, evidentemente, va más allá de la simple biografía. De hecho, al contrario que las modernas ciencias experimentales, el psicoanálisis se basa en “observaciones” que, debido a la confidencialidad médica, no están al alcance de otros investigadores (a menos que ellos mismos pasen a ser analistas-pacientes) y que, del mismo modo, no pueden dar lugar a un consenso basado en la posibilidad de reproducir el experimento (excepción hecha de la clonación de analistas). Resulta, por tanto, absolutamente crucial en el psicoanálisis que el testigo que da cuenta de esas “observaciones” –el analista– sea creíble. Como reconoció cándidamente Lacan, esto es lo que asemeja el psicoanálisis a una práctica premoderna como la alquimia, que requería la “pureza del alma del adepto”. Pero entonces, si ya no podemos seguir creyendo en la pureza del alma de Freud, ¿qué es lo que queda del psicoanálisis? No es ninguna casualidad que los psicoanalistas griten de indignación siempre que se pone en duda la integridad de Freud, aunque sea al nivel trivial de sus aventuras con su cuñada: si no hay confianza sobre la persona del architestigo, todo el edificio se viene abajo.
Sin embargo, una vez que hemos hecho el diagnóstico de mendacidad, ¿hemos acabado realmente con el “caso Freud”? Israëls describe a Freud como un especialista en el control del daño, con una gran inteligencia para disfrazar sus fracasos terapéuticos como avances científicos. Pero así se ignora el carácter extrañamente pueril y mitomaníaco de las mentiras de Freud, que Israëls subraya tan bien. ¿Es probable acaso que un hombre que cerraba los ojos tan fácilmente a la realidad abandonara sus primeras teorías porque no se habían visto confirmadas por los hechos? Me parece que Israëls confía aquí en exceso en el modelo de “falsificación” científica desde el momento mismo en que le reprocha a Freud haberse apartado de ella. Lo cierto es que Freud sabía desde un principio que Fleischl, Anna O. y sus 18 pacientes no estaban curados, a pesar de lo cual no dudó en construir grandiosas teorías sobre estas bases inexistentes. Así las cosas, ¿por qué la ausencia de resultados terapéuticos habría de hacerle abandonar posteriormente sus teorías cuando no le habían impedido adoptarlas inicialmente? Es mucho más probable que las abandonara por la misma razón que las adoptó: porque tuvo una idea nueva, una teoría mejor. Antes de adoptar el método catártico, por ejemplo, Freud ya estaba interesado en las teorías de Charcot y Janet sobre la resugestión de los recuerdos traumáticos bajo los efectos de la hipnosis. Del mismo modo, antes de abandonar la teoría de la seducción, ya estaba dándole vueltas a la hipótesis biogenética de Fliess sobre la sexualidad infantil y especulando con el origen de la prohibición del incesto. En contra de la opinión de Israëls, los resultados terapéuticos de Freud (o Breuer) no desempeñaron probablemente ningún papel decisivo, ya fuera positivo o negativo, en todos estos desarrollos teóricos. Aún en el caso de que explicaran las posteriores estratagemas y ofuscaciones de Freud, no explican el nacimiento del psicoanálisis como tal. La situación es simultáneamente, en cierto sentido, mucho peor y mucho más inocente de lo que imagina Israëls: a pesar de la retórica positivista de Freud, el psicoanálisis fue, desde el comienzo mismo, una empresa puramente especulativa (puramente “metapsicilógica”) en la que los hechos y las pruebas cumplieron, en el mejor de los casos, una función de una importancia marginal. En este sentido, demostrar que Freud mintió acerca de asuntos clínicos no es suficiente para explicar ese “largísimo error”, el psicoanálisis. Debemos también reconstruir, como han hecho Henri Ellenberger y Frank Sulloway, el contexto histórico que le sirvió de inspiración a Freud y que explica por sí solo por qué confundió tan fácilmente sus especulaciones con la realidad y, sobre todo, por qué consiguió convencer con tanta facilidad a otros de que hicieran lo mismo.
La verdad es que casi nos olvidamos de que los pacientes y colegas de Freud se tragaron sus mentiras, incluidas las más grandes y (para nosotros) las más flagrantes. Esto es ahora precisamente lo que debe explicarse si queremos dar cuenta del extraordinario éxito cultural del psicoanálisis: ¿cómo es que le fue tan bien el embuste? ¿Cómo se convirtió en algo real para tantas personas del siglo XX? Atribuir únicamente a la duplicidad del Gran Mentiroso al hecho de que la fábula freudiana haya pasado a ser auténtica, resulta claramente insuficiente. Israëls describe cómo Freud presentó de manera sesgada la realidad de lo que aconteció en su consulta, como un físico o un químico que alterara los resultados de sus experimentos. Pero esto ignora el hecho de que los seres humanos a los que tratan los médicos y los psicólogos no son moléculas o átomos: estos últimos son indiferentes a nuestras teorías sobre ellos, mientras que los primeros reaccionan ante estas teorías, ya sea para rechazarlas o para aceptarlas. Por eso, los pacientes de Freud juzgaron, en su mayor parte, sus teorías como bastante aceptables, hasta tal punto que es difícil afirmar sin más que Freíd mintió acerca de su “material” clínico. Incluso el pobre Fleischl parece haber estado sinceramente convencido de que la cocaína era beneficiosa para él: cuando Merck, el fabricante de fármacos, contactó con él al pensar que estaba realizando experimentos, no lo sacó de su error y corroboró de buen grado los descubrimientos de su colega, el doctor Freud. (¡A resultas de ello, Merck publicó un artículo en el que atribuía estos resultados a Fleischl!) Del mismo modo, cuando Freud empezó a aplicar el “método” de Breuer a sus pacientes Emmy von N. y Cecile M., éstas se apresuraron a confirmar sus teorías recordando una plétora de “traumas” (En el caso de Emmy von N., cerca de cuarenta en el lapso de nueve días). Y cuando Freud salía en busca de recuerdos de “seducción” infantil, sus pacientes –al menos aquéllos que no daban un portazo cuando salían de la consulta– se sentían muy contentos de proporcionárselos. (A pesar de que suele ser difícil discernir qué es elaboración de Freud y que son experiencias “auténticas” revividas por los pacientes, las cartas de Fliess, en su mayor parte, dejan pocas dudas en este sentido).
Por tanto, una cosa es decir, como hace Israëls, que estos “recuerdos”, estas “escenas” (y, más tarde, estas “fantasías”), no eran espontáneas, porque eran el producto de las teorías y el orgullo hermenéutico desmedido de Freud, y otra muy distinta considerarlas simples ficciones, meras no-realidades. El hecho es que estas ficciones teóricas se hicieron realidad en la consulta del doctor Freud debido a la buena disposición de sus pacientes para aceptar sus “soluciones”. Hablar de mentiras en relación con esta invención de una “realidad psíquica” es demasiado reduccionista: en el ámbito de la psicoterapia, al igual que en el de los asuntos humanos en general, una co-construcción de la realidad de este tipo es inevitable y normal. Allí nunca se encuentran hechos o vivencias de facto, sino sólo artefactos. Al fin y al cabo, si ha de criticarse el psicoanálisis no es porque invente las pruebas que aduce, ni porque cree la realidad que intenta describir. Es porque se niega a reconocer esto y trata de ocultar el artificio.
[1] El original en inglés de este artículo fue publicado originalmente en la London Review of Books. (www.lrb.co.uk). Es una recensión de un libro escrito por Han Israëls en holandes y traducido al alemán con el título de: “Der Fall Freud: Die Geburt der Psychoanalyse aus der Lüge”, (El caso Freud: la mentira como origen del psicoanálisis) por Europäische Verlagsanstalt. Hamburgo. Su autor, Mikkel Borch-Jacobsen es profesor del departamento de literatura comparada de la Universidad de Washington en Seattle. Su libro más reciente es “Remembering Anna O.: A Century of Mystification”. Este artículo se reprodujo en la Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid nº 49, Enero 2001, traducido por Luis Gago.
19 de diciembre de 2009
Jim y Delia y los Reyes Magos
Tomás Alfaro Drake
Hoy, última entrada antes de Navidad os envío un cuento que es una historia de amor que ocurre en Navidad. Es una historia de amor tierna aunque no empalagosa. Lo que no es, es una historia de Navidad. ¿O sí? Supe de esta historia este verano en la boda de mi hijo Pedro. La boda la ofició otro hijo mío, Rodrigo, que es sacerdote. En la homilía, hablando de la maravilla del amor humano, contó brevemente una deliciosa historia, citando las fuentes, naturalmente. Resultó que la historia original era un pequeño relato de un escritor americano poco conocido, al menos para mí, que escribía cuentos cortos firmando con el pseudónimo de O. Henry. Localicé la historia –en internet, como no– y, sea o no de Navidad –que cada uno juzgue al terminar de leer–, me emocionó, razón por la cual la pongo en el blog.
O. Henry
(William Sydney Porter)
(North Carolina, 1862 - New York, 1910)
EL REGALO DE LOS REYES MAGOS
UN DÓLAR Y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al que no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al que no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al apartamento una tarjeta con el nombre de “Mr. James Dillingham Young”.
La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”. Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le llamaban “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino, especial y de calidad –algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un apartamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se puso de pie ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia su melena y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la melena de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose la barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en sus ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
– ¿Quiere comprar mi pelo? –preguntó Delia.
– Compro pelo –dijo Madame. Quítese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
– Veinte dólares –dijo Madame sopesando la masa con manos expertas.
– Démelos inmediatamente –dijo Delia.
¡Oh! Las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar las tiendas en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ninguna tienda había otro regalo como ése. Y ella las había registrado todas. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo –tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor– y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con sus ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea mastodóntica.
A los veinte minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante cimarrón. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
“Si Jim no me mata” –se dijo– “antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?”
A las siete de la tarde el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo guapa”.
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
– Jim, mi vida –le gritó– no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan bonito te traigo!
– ¿Te cortaste el pelo? –preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
– Me lo corté y lo vendí –dijo Delia. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
– ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
– Ya lo ves –dijo Delia. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, mi vida. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno –continuó con una súbita y seria dulzura–, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? –preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia.
Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
– No te equivoques conmigo, Delia –dijo. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.
Porque allí estaban las peinetas –el juego completo de peinetas, una al lado de otra– que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella melena ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
– ¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
– ¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
– ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
– Delia –le dijo– olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios –maravillosamente sabios– y llevaron regalos al Niño en el pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, de una forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un apartamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
***
¿Quién –sea casado, soltero, viudo o separado– no tiene alguien –marido, mujer, novio, novia, hijo, padre, hermano, amigo, etc.– con el que pueda ser, en esta Navidad, un verdadero Rey Mago al estilo de Jim y Delia? Se lo deseo de todo corazón a todos los que lean estas líneas. Esta es la parte navideña de la historia. Que en esta Navidad seáis y encontréis este estilo de Rey Mago en alguna persona a la que queráis y que os quiera. Y ya, puestos a hacer de este cuento un auténtico cuento de Navidad, hay una Persona que nos quiere más que ninguna otra en el mundo. Tanto, que siendo Dios, se ha hecho niño para atraernos a Él sin miedo y con confianza. ¿Por qué no, además de esas personas en las que estamos pensando, hacemos de Rey Mago, al estilo de Jim y Delia con este Dios-Niño? Y, más aún, ¿por qué no nos hacemos verdaderos sabios y le dejamos que Él sea para nosotros Jim o Delia, nos regale la cadena del reloj o las peinetas y, además, restaure en nosotros el reloj que la vida nos ha quitado o el pelo que nos ha cortado?
Un abrazo y feliz Navidad.
Tomás
Hoy, última entrada antes de Navidad os envío un cuento que es una historia de amor que ocurre en Navidad. Es una historia de amor tierna aunque no empalagosa. Lo que no es, es una historia de Navidad. ¿O sí? Supe de esta historia este verano en la boda de mi hijo Pedro. La boda la ofició otro hijo mío, Rodrigo, que es sacerdote. En la homilía, hablando de la maravilla del amor humano, contó brevemente una deliciosa historia, citando las fuentes, naturalmente. Resultó que la historia original era un pequeño relato de un escritor americano poco conocido, al menos para mí, que escribía cuentos cortos firmando con el pseudónimo de O. Henry. Localicé la historia –en internet, como no– y, sea o no de Navidad –que cada uno juzgue al terminar de leer–, me emocionó, razón por la cual la pongo en el blog.
O. Henry
(William Sydney Porter)
(North Carolina, 1862 - New York, 1910)
EL REGALO DE LOS REYES MAGOS
UN DÓLAR Y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al que no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al que no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al apartamento una tarjeta con el nombre de “Mr. James Dillingham Young”.
La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”. Pero cuando Mr. James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le llamaban “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada penique, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino, especial y de calidad –algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un apartamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se puso de pie ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia su melena y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la melena de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose la barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en sus ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
– ¿Quiere comprar mi pelo? –preguntó Delia.
– Compro pelo –dijo Madame. Quítese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
– Veinte dólares –dijo Madame sopesando la masa con manos expertas.
– Démelos inmediatamente –dijo Delia.
¡Oh! Las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar las tiendas en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ninguna tienda había otro regalo como ése. Y ella las había registrado todas. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo –tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor– y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con sus ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea mastodóntica.
A los veinte minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante cimarrón. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
“Si Jim no me mata” –se dijo– “antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?”
A las siete de la tarde el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo guapa”.
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
– Jim, mi vida –le gritó– no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan bonito te traigo!
– ¿Te cortaste el pelo? –preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
– Me lo corté y lo vendí –dijo Delia. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
– ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.
– Ya lo ves –dijo Delia. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Noche Buena, mi vida. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno –continuó con una súbita y seria dulzura–, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? –preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia.
Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
– No te equivoques conmigo, Delia –dijo. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.
Porque allí estaban las peinetas –el juego completo de peinetas, una al lado de otra– que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella melena ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
– ¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
– ¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
– ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
– Delia –le dijo– olvidémonos de nuestros regalos de Navidad. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios –maravillosamente sabios– y llevaron regalos al Niño en el pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, de una forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un apartamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
***
¿Quién –sea casado, soltero, viudo o separado– no tiene alguien –marido, mujer, novio, novia, hijo, padre, hermano, amigo, etc.– con el que pueda ser, en esta Navidad, un verdadero Rey Mago al estilo de Jim y Delia? Se lo deseo de todo corazón a todos los que lean estas líneas. Esta es la parte navideña de la historia. Que en esta Navidad seáis y encontréis este estilo de Rey Mago en alguna persona a la que queráis y que os quiera. Y ya, puestos a hacer de este cuento un auténtico cuento de Navidad, hay una Persona que nos quiere más que ninguna otra en el mundo. Tanto, que siendo Dios, se ha hecho niño para atraernos a Él sin miedo y con confianza. ¿Por qué no, además de esas personas en las que estamos pensando, hacemos de Rey Mago, al estilo de Jim y Delia con este Dios-Niño? Y, más aún, ¿por qué no nos hacemos verdaderos sabios y le dejamos que Él sea para nosotros Jim o Delia, nos regale la cadena del reloj o las peinetas y, además, restaure en nosotros el reloj que la vida nos ha quitado o el pelo que nos ha cortado?
Un abrazo y feliz Navidad.
Tomás
12 de diciembre de 2009
Los maestros de la sospecha
Tomás Alfaro Drake
Con este título, que desde el principio obtuvo un éxito fulgurante, bautizó Paul Ricoeur a Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Aunque ninguno de los tres está ya en el cenit de su fama, sus ideas siguen impregnando subterránea y profundamente el pensamiento moderno occidental. ¿Cual es el común denominador que hizo que Ricoeur los uniera a los tres bajo ese título? ¿De que sospechaban? Sospechaban de la moral, fundamentalmente de la moral cristiana. Para los tres, la moral era una tapadera hipócrita, un disfraz para ocultar las vergüenzas de determinadas tendencias o intereses humanos ocultos y, a menudo, inconfesables. En eso coinciden. Es evidente que su sospecha tiene algo de verdad. Los seres humanos somos una naturaleza caída y es cierto que muchas veces disfrazamos nuestros intereses o tendencias bajo la capa de respetabilidad de la moral. Pero una cosa es constatar ese hecho e intentar purificar nuestro sentido moral de esos lastres y otra muy diferente afirmar categóricamente que TODA moral es SIEMPRE ese disfraz hipócrita del que ellos hablaban. Los tres tienen en común su odio hacia la Iglesia católica, aunque en el caso de Freud podría hablarse más de desprecio que de odios. Dos de ellos –Nietzsche y Frud– tienen en común que en su juventud abrazaron, o estuvieron a punto de hacerlo, una fe en Dios que, de haber cristalizado, probablemente hubiera cambiado la historia. Difiere, cada uno de ellos, acerca de cuales son esas tendencias o intereses ocultos que los humanos tapamos con la manta de la moral. Y los tres pecan de un simplismo increíble. Porque cada uno de ellos define una única cosa, con exclusión de cualquier otra, como la causa de ese uso fraudulento de la moral. Ciertamente, las tres causas que apuntan tienen algo de verdad. Pero ni siquiera las tres juntas son capaces de destruir la necesidad de una sólida y pura moral para que la persona y la convivencia social se mantengan en pie. No hay mayor fuente de error que elevar una idea parcial y unidimensional a la categoría de universal. A los tres “maestros de la sospecha” les sería aplicable la frase que dio pie a la entrada anterior de este blog con el título de “Lo complejo y lo complicado; lo simple y lo sencillo”. Esta frase decía: “Es de sabios hacer sencillo lo complicado, pero es de necios hacer simple lo complejo”. Si esta frase es cierta, y creo que lo es, los tres “maestros de la sospecha” caen en el más burdo simplismo y, por tanto, en la necedad. Lo tremendo, sin embargo, es que, en el pensamiento colectivo occidental, tanto entre personas que no saben apenas nada de ninguno de los tres, como entre eruditos de vasta cultura políticamente correcta, esa sospecha ha calado tan hondo que se ha convertido en certidumbre. Y de ahí se ha derivado, en gran parte, el rechazo ce cualquier tipo de moral, el relativismo y el nihilismo que impregna a nuestra sociedad. A continuación analizo la causa de la sospecha de cada uno de los tres y sus consecuencias.
Karl Marx (1818-1883)
Para Marx, la moral no era sino la tapadera para justificar el dominio de una clase sobre la otra. El simplismo de Marx es flagrante y puede resumirse en una frase, sobre la que toda su obra no es sino variaciones sobre el mismo monótono tema. “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. Ahí es nada. Nada menos que toda la historia de la humanidad, con sus grandezas y mezquindades, con su bondad impresionante a veces y su vesania espeluznante otras, con su heroísmo y su cobardía, con sus logros y sus fracasos, con sus civilizaciones que nacen y mueren, con sus expresiones artísticas, filosóficas, científicas, con sus anhelos y frustraciones, con su creatividad y su monotonía, todo eso, se puede encapsular en la lucha de clases. Punto. Hace poco he publicado una serie de entradas sobre la filosofia de la historia de Arnold J. Toynbee. No hablé en esa serie de la crítica que se hace a si mismo Toynbee en el último tomo de su obra en el que se lamenta de que, tal vez, en su análisis haya sido demasiado simple. Y ciertamente lo ha sido, necesariamente, un poco, porque para aprehender la realidad es siempre necesario simplificarla. Toynbee lo hizo y se lamentaba de esa simplificación tan inteligente y sutil como necesaria. Marx jamás tuvo ojos para ver su burdo simplismo y, desde luego, jamás tuvo la honestidad de lamentarse de ello. Se atrevió, incluso, a llamar a su simplismo “socialismo científico”. Esa es otra diferencia entre un sabio y un necio. Por tanto, para Marx, TODA la moral es un constructo –una superestructura, diría Marx en su jerga pseudocientífica– de la clase dominante para mantener su dominio. Y, claro, la religión en general y la Iglesia católica en especial son los andamios sobre los que se sustenta todo el tinglado. “La religión es el opio del pueblo” es otra de sus simplistas y lapidarias frases. Claro, para justificar esto hay que deformar la realidad a martillazos, en una ideología ciega y estúpida como lo es el marxismo. Ideología ciega y estúpida que, sin embargo, ha conseguido arrastrar a una buena parte de la humanidad al desastre, que ha negado la libertad y la dignidad a miles de millones de personas y en cuyo altar idolátrico se han sacrificado a millones de seres humanos. Si este simplismo fuese solamente una necedad, daría risa. Pero la necedad del simplismo da lugar muy a menudo a desastres humanos. Marx, desde luego, logro el record de uno de los mayores desastres de la historia.
Friedrich Nietzsche (1884-1900)
El simplismo de Nietzsche es diametralmente opuesto al de Marx. Para Nietzsche, es la conjura de los mediocres, de los “inferiores”, la que “diseña” una moral de débiles para coartar al magnífico superhombre. Entre los mediocres están las que para él representan razas inferiores, negros, gitanos y, sobre todo, judíos. En esa estrategia de la mediocridad, Nietzsche pone muy en primer plano al cristianismo, que no es, para él, más que una jugada maestra de los miserables judíos para engañar al mundo. En su revisión de la moral, socialismo y cristianismo van de la mano en esa moral de la mediocridad impuesta al superhombre que, naturalmente, es la raza aria. Para que no parezca que cargo las tintas por mi cuenta, ahí van algunas perlas cultivadas de las últimas obras de Nietzsche que me liberarán de hacer muchos más comentarios sobre su pensamiento.
“Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores –¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo?” La genealogía de la moral. (1,8).
“No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición”.
Anticristo (19)
“Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a éstos como representantes del hombre prehistórico) –algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan”. La genealogía de la moral (2,7).
“¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien al ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos... Ni los unos ni los otros huelen bien”. Anticristo (46)
“El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos –la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos... ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero... La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”... El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia...”. Anticristo (57)
“Hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuera lo contrario? [...] Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado con malos ojos sus inclinaciones naturales, de modo que han acabado con asociarse con la mala conciencia. Habría que intentar lo contrario, es decir, asociar con la mala conciencia todo lo que se oponga a los instintos, a nuestra animalidad natural”.
“Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre. Soy una carga de dinamita”.
Ciertamente, el nombre de Nietzsche está ligado al nazismo. Ese es el fruto de su moral revisada. Esa es su carga de dinamita. En un vano intento de separar a Nietzsche, pensador de gran utilidad para atacar al cristianismo, de la barbarie que se desprenden de estas frases, se ha intentado decir que fue su pérfida hermana la que era racista y la que manipuló su obra. Nada más absurdo. Lo anterior es Nietsche en estado puro. Dios ha muerto, proclamó Nietsche a los cuatro vientos como conclusión de su revisión de la moral. Lo cierto es que él no pudo soportar su moral revisada y, un buen día se abrazó llorando al cuello de un caballo que estaba siendo golpeado por no poder llevar su pesada carga. El pobre, terminó sus días en un manicomio. Pero su conclusión de la muerte de Dios, sigue envenenando una mala parte del pensamiento moderno occidental. No sabemos nada, al menos yo, de la fe juvenil de Karl Marx, pero Nietzsche sí nos dejó, en sus escritos juveniles una muestra de su fe.
“Una vez más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas mi vida, ¡Tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte”.
¿Cómo hubiese sido el mundo si Nietzsche hubiese conservado su fe juvenil? ¡Quién lo sabe! Sin embargo, yo me atrevería a apostar que hubiese sido mejor. Pero tal vez ese destello de misericordia, aunque fuese hacia un pobre caballo en vez de hacia un ser humano y esa llamada que Nietzsche esperaba de joven, le hiciesen alcanzar la misericordia del Dios al que en su edad adulta había intentado matar por parecerle excesivamente misericordioso. Ojalá.
Sigmund Freud (1856-1939)
Freud es también otro burdo simplificador. Sus sospechas sobre la moral provienen de que ve exclusivamente en ella una tapadera para encubrir las pulsiones sexuales. Si en Marx y en Nietzsche sus sospechas venían de imposiciones sociales a la moral, en Freud, su sospecha proviene de un simplismo antropológico. Para él, el hombre es sólo el campo de batalla de y contra esas pulsiones sexuales y la moral es, por tanto, el disfraz para camuflarlas o excluirlas. Sería absurdo negar que esas pulsiones existan en el ser humano. Pero de ahí a decir que el hombre es esas pulsiones, hay un abismo de simpleza. Sería absurdo negar que hay desviaciones del código moral que buscan encubrir esas pulsiones, pero decir que el encauzamiento de las mismas es hipocresía y represión hay otro abismo de simpleza. Ciertamente que Freud no pretendía que la moral eliminase todo encauzamiento de las mismas, pero lo que sí es cierto es que su pensamiento ha derivado, al entrar en contacto con la realidad, en lo que ha dado en llamarse la liberación de los tabús sexuales y de ahí se ha acuñado el término de la “liberación sexual”. Creo que esa “liberación sexual” de la mano del relativismo y de los anticonceptivos, ha degenerado en “irresponsabilidad sexual”. En algún sitio he leído que debería construirse en alguna parte una estatua, gemela a la de la Libertad que fuese la estatua de la Responsabilidad. Si esa iniciativa se llevase a cabo, podría contar con mi aportación. Se pretende que el psicoanálisis, creación de Freud, nos libera de esa represión y nos hace más libres y felices. Pero es mentira. Generalmente lo que crea el psicoanálisis es una dependencia del paciente respecto al psicoanalista que puede durar decenios, incluso toda la vida, pero que rarísimamente acaba con la curación del paciente. A veces, no pocas, es el propio psicoanalista quien crea fantasmas en la mente de sus pacientes, haciéndoles ver complejos de Edipo inexistentes o convenciéndoles de traumas infantiles que jamás existieron e incitándoles, para curarse, a “liberarse” de los “tabús” sexuales. Sería simplista por mi parte decir que es siempre así, pero, ciertamente, es muy corriente. De hecho modernas investigaciones muestran que gran parte de los casos presentados por Freud como éxitos terapéuticos eran, sencilla y llanamente, mentiras, y que en muchos casos él mismo inducía las obsesiones en sus pacientes. Próximamente publicaré en este blog algo en este sentido.
Pero dejemos temporalmente de lado la falacia de Freud y vayamos a la famosa “liberación sexual” que su simplismo moral ha desatado. El pensamiento políticamente correcto ve en esta “liberación sexual” un gran bien para la humanidad. No digo, entiéndaseme bien, que no hubiese cierta hipocresía en una moral excesivamente centrada en los aspectos sexuales. Pero sí que afirmo que la nueva moral nacida de la revisión freudiana ha traído grandes males a la humanidad, mal que les pese a los que se llaman a sí mismos progresistas. Esa nueva moral, ha traído de la mano una ingente cantidad de embarazos de adolescentes, casi de niñas, que acaban en abortos. La escalofriante cifra de abortos de nuestro mundo occidental –millones cada año–, es una muestra de ello. En su mayoría son abortos realizados en mujeres muy jóvenes, casi niñas y, muy a menudo, con reincidencia. Y los traumas que deja un aborto en cualquier mujer, máxime si es una adolescente, son, digan lo que digan quienes intentan presentar el aborto como un logro, escalofriantes. Como muestra un botón. El índice de suicidios entre mujeres que han abortado multiplica por en varios grados de magnitud el promedio.
Pero con todo lo terrible que es el panorama del aborto, casi peor es una de las consecuencias de esa “liberación sexual”, ayudada por el relativismo moral, por el propio aborto, por los medios anticonceptivos y por las facilidades del progresista “divorcio exprés”. Me refiero a lo que ya se ha bautizado con el nombre de “invierno demográfico”. En efecto la “irresponsabilidad sexual”, creada por el uso irresponsable e incorrecto de los contraceptivos, lleva a embarazos no deseados y éstos al aborto. Y, por otro lado, parece razonable que la inseguridad matrimonial, junto con otras causas, sea un freno a la procreación. Es muy políticamente correcto hablar del cambio climático, que está por ver que sea cierto[1]. Se habla mucho del llamado “invierno nuclear” que, aseguran, haría desaparecer la vida del planeta si se produjese una guerra nuclear. Ojalá nunca comprobemos si se produciría semejante “invierno nuclear”. Pero si alguien habla del “invierno demográfico” se le tacha inmediatamente de retrógrado. Y sin embargo, ya estamos entrando en él, si no estamos ya de pleno en ese invierno. Occidente tiene el dudoso honor de estar en tasas demográficas negativas en muchos de sus países más “avanzados”. En este tema España se lleva la palma. Ojalá fuésemos pioneros en cosas que creasen más progreso real que esto. Porque cuando nuestros jóvenes lleguen a viejos, no habrá sistema de prestaciones sociales que les pueda mantener. Los pobres que entonces sean jóvenes, se verán abrumados por una ingente cantidad de viejos a los que no podrán mantener. De hecho, nuestros sistemas de previsión social ya estarían en quiebra si no fuese por la inmigración. Pero la inmigración proviene de la falta de desarrollo de los países de origen de la misma. Si se actuase como es debido para fomentar ese desarrollo, la corriente inmigratoria cesaría inmediatamente y occidente colapsaría. Pero, al mismo tiempo, esa sangría, que produce en los países en desarrollo la fuga masiva de mano de obra joven, es un freno para su desarrollo, condenándoles injustamente a seguir en su situación. Pero esta injusticia, a la larga, también colapsará a la burbuja de bienestar de occidente. Por tanto, el mundo desarrollado se ve entre estas nuevas Scilla y Caribdis. Y todo esto por el “invierno demográfico” en el que estamos, en gran parte, gracias a Freud y a su revisión de la moral. La humanidad parece haber superado, no sin muchos millones de muertos, el comunismo y el nazismo, hijos de la revisión moral de los dos primeros maestros de la sospecha. No está claro que vaya a ser capaz de superar las consecuencias de esta última revisión de la moral. Sólo con la ayuda de Dios podremos. Todo podría haber sido distinto si el joven Freud hubiese tenido un poco más de honestidad intelectual. Efectivamente, en su primer año de universidad en Viena, en 1873, Freud tuvo como profesor a Franz Bentrano. Oigamos lo que le escribe en varias cartas, a lo largo de unos meses, a su amigo Eduard Silverstein[2]:
“Yo, un impío estudiante de medicina y empírico, asisto a dos cursos de filosofía… Uno de los cursos –¡escucha y maravíllate!– trata de la existencia de Dios y el profesor Brentano, que lo da, es un hombre magnífico, un sabio y filósofo, a pesar de que considera necesario apoyar con sus razones esta existencia etérea de Dios. [...]. De este hombre extraño (es creyente, teólogo… y una gran persona, muy inteligente, casi diría genial) y en muchos aspectos ideal, te contaré algunas cosas de viva voz. [...]. No he escapado a su influencia, no soy capaz de refutar un simple argumento teísta, que es la culminación de sus disquisiciones… Demuestra a Dios con tan poco partidismo y con tanta exactitud como otro demostraría la excelencia de la teoría ondulatoria frente a la de emisión. [...].Evidentemente sólo soy un teísta a la fuerza porque soy lo bastante honesto como para reconocer mi indefensión ante su argumento, pero no tengo intenciones de darme por vencido tan rápida o completamente. De momento he dejado de ser materialista, pero todavía no soy aún teísta. [...]. El mal, en especial para mí, consiste en que precisamente las ciencias naturales parecen reivindicar a Dios”.
No pudo ser. Los prejuicios del joven Freud pudieron más que su honestidad intelectual. Pero, como en el caso de Nietzsche, cabe preguntarse cómo hubiera sido el mundo si hubiese dejado que su razón se impusiese a sus prejuicios. Y, como en ese caso, me atrevería a decir también que hubiera sido mejor.
Esta es la enorme deuda que la humanidad tiene con los maestros de la sospecha. Millones de muertos –abortos incluidos– y, si Dios no lo remedia, un mundo yermo, asolado por el nihilismo, el relativismo moral y el “invierno demográfico”. Sin embargo, aunque Marx parece estar en decadencia, Nietzsche y Freud gozan de una excelente salud y hay una inmensa manipulación orquestada para mantener en pie su prestigio, negando el nazismo del primero o mirándolo como un “pecadillo menor” y tapándose los ojos ante el fraude del segundo y sus consecuencias. Y creo que la causa de esta defensa a ultranza es un ataque solapado a la religión y a la Iglesia católica que no repara en las armas que haya que usar. No me hago ilusiones de que esta denuncia mía vaya a tener mucha repercusión, pero me moriría si no la hiciese, aunque muchos me llamen retrógrado. Pido a quien lo lea y le parezca oportuno, que le dé la máxima difusión. Como he dicho antes, próximamente publicaré en este blog algo sobre las mentiras de Freud.
[1] En días pasados, se han descubierto unos e-mails cruzados entre científicos del IPCC (International Panel of Climatic Change) en el que parece que hay un fraude para falsear los estudios científicos sobre el cambio climático, acentuando su gravedad y silenciando los de los científicos escépticos al respecto. En uno de los e-mails, puede leerse: “Kevin y yo (Phil Jones) nos las arreglaremos para dejarlos fuera de alguna manera (a los estudios de los escépticos). Incluso si tenemos que redefinir las normas de revisión científica”. Los periodistas no han tardado en bautizar este affair con el nombre de Climategeate. De momento, la ONU va a abrrir una investigación al respecto. Veremos en qué acaba. No es de otra manera como se procede con las corrientes progresistas como la sedicente “liberación sexual” y con la creación del mito de Freud. Para más detalles sobre Climategate, véase el diario “El mundo” del sábado 5 de Diciembre en la página 35.
[2] S. Freud, Cartas de juventud. Con correspondencia en español inédita, Gedisa, Barcelona 1992 (trad. Ángela Ackerman Pilári. P. 117.
Con este título, que desde el principio obtuvo un éxito fulgurante, bautizó Paul Ricoeur a Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Aunque ninguno de los tres está ya en el cenit de su fama, sus ideas siguen impregnando subterránea y profundamente el pensamiento moderno occidental. ¿Cual es el común denominador que hizo que Ricoeur los uniera a los tres bajo ese título? ¿De que sospechaban? Sospechaban de la moral, fundamentalmente de la moral cristiana. Para los tres, la moral era una tapadera hipócrita, un disfraz para ocultar las vergüenzas de determinadas tendencias o intereses humanos ocultos y, a menudo, inconfesables. En eso coinciden. Es evidente que su sospecha tiene algo de verdad. Los seres humanos somos una naturaleza caída y es cierto que muchas veces disfrazamos nuestros intereses o tendencias bajo la capa de respetabilidad de la moral. Pero una cosa es constatar ese hecho e intentar purificar nuestro sentido moral de esos lastres y otra muy diferente afirmar categóricamente que TODA moral es SIEMPRE ese disfraz hipócrita del que ellos hablaban. Los tres tienen en común su odio hacia la Iglesia católica, aunque en el caso de Freud podría hablarse más de desprecio que de odios. Dos de ellos –Nietzsche y Frud– tienen en común que en su juventud abrazaron, o estuvieron a punto de hacerlo, una fe en Dios que, de haber cristalizado, probablemente hubiera cambiado la historia. Difiere, cada uno de ellos, acerca de cuales son esas tendencias o intereses ocultos que los humanos tapamos con la manta de la moral. Y los tres pecan de un simplismo increíble. Porque cada uno de ellos define una única cosa, con exclusión de cualquier otra, como la causa de ese uso fraudulento de la moral. Ciertamente, las tres causas que apuntan tienen algo de verdad. Pero ni siquiera las tres juntas son capaces de destruir la necesidad de una sólida y pura moral para que la persona y la convivencia social se mantengan en pie. No hay mayor fuente de error que elevar una idea parcial y unidimensional a la categoría de universal. A los tres “maestros de la sospecha” les sería aplicable la frase que dio pie a la entrada anterior de este blog con el título de “Lo complejo y lo complicado; lo simple y lo sencillo”. Esta frase decía: “Es de sabios hacer sencillo lo complicado, pero es de necios hacer simple lo complejo”. Si esta frase es cierta, y creo que lo es, los tres “maestros de la sospecha” caen en el más burdo simplismo y, por tanto, en la necedad. Lo tremendo, sin embargo, es que, en el pensamiento colectivo occidental, tanto entre personas que no saben apenas nada de ninguno de los tres, como entre eruditos de vasta cultura políticamente correcta, esa sospecha ha calado tan hondo que se ha convertido en certidumbre. Y de ahí se ha derivado, en gran parte, el rechazo ce cualquier tipo de moral, el relativismo y el nihilismo que impregna a nuestra sociedad. A continuación analizo la causa de la sospecha de cada uno de los tres y sus consecuencias.
Karl Marx (1818-1883)
Para Marx, la moral no era sino la tapadera para justificar el dominio de una clase sobre la otra. El simplismo de Marx es flagrante y puede resumirse en una frase, sobre la que toda su obra no es sino variaciones sobre el mismo monótono tema. “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. Ahí es nada. Nada menos que toda la historia de la humanidad, con sus grandezas y mezquindades, con su bondad impresionante a veces y su vesania espeluznante otras, con su heroísmo y su cobardía, con sus logros y sus fracasos, con sus civilizaciones que nacen y mueren, con sus expresiones artísticas, filosóficas, científicas, con sus anhelos y frustraciones, con su creatividad y su monotonía, todo eso, se puede encapsular en la lucha de clases. Punto. Hace poco he publicado una serie de entradas sobre la filosofia de la historia de Arnold J. Toynbee. No hablé en esa serie de la crítica que se hace a si mismo Toynbee en el último tomo de su obra en el que se lamenta de que, tal vez, en su análisis haya sido demasiado simple. Y ciertamente lo ha sido, necesariamente, un poco, porque para aprehender la realidad es siempre necesario simplificarla. Toynbee lo hizo y se lamentaba de esa simplificación tan inteligente y sutil como necesaria. Marx jamás tuvo ojos para ver su burdo simplismo y, desde luego, jamás tuvo la honestidad de lamentarse de ello. Se atrevió, incluso, a llamar a su simplismo “socialismo científico”. Esa es otra diferencia entre un sabio y un necio. Por tanto, para Marx, TODA la moral es un constructo –una superestructura, diría Marx en su jerga pseudocientífica– de la clase dominante para mantener su dominio. Y, claro, la religión en general y la Iglesia católica en especial son los andamios sobre los que se sustenta todo el tinglado. “La religión es el opio del pueblo” es otra de sus simplistas y lapidarias frases. Claro, para justificar esto hay que deformar la realidad a martillazos, en una ideología ciega y estúpida como lo es el marxismo. Ideología ciega y estúpida que, sin embargo, ha conseguido arrastrar a una buena parte de la humanidad al desastre, que ha negado la libertad y la dignidad a miles de millones de personas y en cuyo altar idolátrico se han sacrificado a millones de seres humanos. Si este simplismo fuese solamente una necedad, daría risa. Pero la necedad del simplismo da lugar muy a menudo a desastres humanos. Marx, desde luego, logro el record de uno de los mayores desastres de la historia.
Friedrich Nietzsche (1884-1900)
El simplismo de Nietzsche es diametralmente opuesto al de Marx. Para Nietzsche, es la conjura de los mediocres, de los “inferiores”, la que “diseña” una moral de débiles para coartar al magnífico superhombre. Entre los mediocres están las que para él representan razas inferiores, negros, gitanos y, sobre todo, judíos. En esa estrategia de la mediocridad, Nietzsche pone muy en primer plano al cristianismo, que no es, para él, más que una jugada maestra de los miserables judíos para engañar al mundo. En su revisión de la moral, socialismo y cristianismo van de la mano en esa moral de la mediocridad impuesta al superhombre que, naturalmente, es la raza aria. Para que no parezca que cargo las tintas por mi cuenta, ahí van algunas perlas cultivadas de las últimas obras de Nietzsche que me liberarán de hacer muchos más comentarios sobre su pensamiento.
“Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores –¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo?” La genealogía de la moral. (1,8).
“No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición”.
Anticristo (19)
“Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a éstos como representantes del hombre prehistórico) –algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan”. La genealogía de la moral (2,7).
“¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien al ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos... Ni los unos ni los otros huelen bien”. Anticristo (46)
“El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos –la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos... ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero... La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”... El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia...”. Anticristo (57)
“Hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuera lo contrario? [...] Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado con malos ojos sus inclinaciones naturales, de modo que han acabado con asociarse con la mala conciencia. Habría que intentar lo contrario, es decir, asociar con la mala conciencia todo lo que se oponga a los instintos, a nuestra animalidad natural”.
“Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre. Soy una carga de dinamita”.
Ciertamente, el nombre de Nietzsche está ligado al nazismo. Ese es el fruto de su moral revisada. Esa es su carga de dinamita. En un vano intento de separar a Nietzsche, pensador de gran utilidad para atacar al cristianismo, de la barbarie que se desprenden de estas frases, se ha intentado decir que fue su pérfida hermana la que era racista y la que manipuló su obra. Nada más absurdo. Lo anterior es Nietsche en estado puro. Dios ha muerto, proclamó Nietsche a los cuatro vientos como conclusión de su revisión de la moral. Lo cierto es que él no pudo soportar su moral revisada y, un buen día se abrazó llorando al cuello de un caballo que estaba siendo golpeado por no poder llevar su pesada carga. El pobre, terminó sus días en un manicomio. Pero su conclusión de la muerte de Dios, sigue envenenando una mala parte del pensamiento moderno occidental. No sabemos nada, al menos yo, de la fe juvenil de Karl Marx, pero Nietzsche sí nos dejó, en sus escritos juveniles una muestra de su fe.
“Una vez más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas mi vida, ¡Tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte”.
¿Cómo hubiese sido el mundo si Nietzsche hubiese conservado su fe juvenil? ¡Quién lo sabe! Sin embargo, yo me atrevería a apostar que hubiese sido mejor. Pero tal vez ese destello de misericordia, aunque fuese hacia un pobre caballo en vez de hacia un ser humano y esa llamada que Nietzsche esperaba de joven, le hiciesen alcanzar la misericordia del Dios al que en su edad adulta había intentado matar por parecerle excesivamente misericordioso. Ojalá.
Sigmund Freud (1856-1939)
Freud es también otro burdo simplificador. Sus sospechas sobre la moral provienen de que ve exclusivamente en ella una tapadera para encubrir las pulsiones sexuales. Si en Marx y en Nietzsche sus sospechas venían de imposiciones sociales a la moral, en Freud, su sospecha proviene de un simplismo antropológico. Para él, el hombre es sólo el campo de batalla de y contra esas pulsiones sexuales y la moral es, por tanto, el disfraz para camuflarlas o excluirlas. Sería absurdo negar que esas pulsiones existan en el ser humano. Pero de ahí a decir que el hombre es esas pulsiones, hay un abismo de simpleza. Sería absurdo negar que hay desviaciones del código moral que buscan encubrir esas pulsiones, pero decir que el encauzamiento de las mismas es hipocresía y represión hay otro abismo de simpleza. Ciertamente que Freud no pretendía que la moral eliminase todo encauzamiento de las mismas, pero lo que sí es cierto es que su pensamiento ha derivado, al entrar en contacto con la realidad, en lo que ha dado en llamarse la liberación de los tabús sexuales y de ahí se ha acuñado el término de la “liberación sexual”. Creo que esa “liberación sexual” de la mano del relativismo y de los anticonceptivos, ha degenerado en “irresponsabilidad sexual”. En algún sitio he leído que debería construirse en alguna parte una estatua, gemela a la de la Libertad que fuese la estatua de la Responsabilidad. Si esa iniciativa se llevase a cabo, podría contar con mi aportación. Se pretende que el psicoanálisis, creación de Freud, nos libera de esa represión y nos hace más libres y felices. Pero es mentira. Generalmente lo que crea el psicoanálisis es una dependencia del paciente respecto al psicoanalista que puede durar decenios, incluso toda la vida, pero que rarísimamente acaba con la curación del paciente. A veces, no pocas, es el propio psicoanalista quien crea fantasmas en la mente de sus pacientes, haciéndoles ver complejos de Edipo inexistentes o convenciéndoles de traumas infantiles que jamás existieron e incitándoles, para curarse, a “liberarse” de los “tabús” sexuales. Sería simplista por mi parte decir que es siempre así, pero, ciertamente, es muy corriente. De hecho modernas investigaciones muestran que gran parte de los casos presentados por Freud como éxitos terapéuticos eran, sencilla y llanamente, mentiras, y que en muchos casos él mismo inducía las obsesiones en sus pacientes. Próximamente publicaré en este blog algo en este sentido.
Pero dejemos temporalmente de lado la falacia de Freud y vayamos a la famosa “liberación sexual” que su simplismo moral ha desatado. El pensamiento políticamente correcto ve en esta “liberación sexual” un gran bien para la humanidad. No digo, entiéndaseme bien, que no hubiese cierta hipocresía en una moral excesivamente centrada en los aspectos sexuales. Pero sí que afirmo que la nueva moral nacida de la revisión freudiana ha traído grandes males a la humanidad, mal que les pese a los que se llaman a sí mismos progresistas. Esa nueva moral, ha traído de la mano una ingente cantidad de embarazos de adolescentes, casi de niñas, que acaban en abortos. La escalofriante cifra de abortos de nuestro mundo occidental –millones cada año–, es una muestra de ello. En su mayoría son abortos realizados en mujeres muy jóvenes, casi niñas y, muy a menudo, con reincidencia. Y los traumas que deja un aborto en cualquier mujer, máxime si es una adolescente, son, digan lo que digan quienes intentan presentar el aborto como un logro, escalofriantes. Como muestra un botón. El índice de suicidios entre mujeres que han abortado multiplica por en varios grados de magnitud el promedio.
Pero con todo lo terrible que es el panorama del aborto, casi peor es una de las consecuencias de esa “liberación sexual”, ayudada por el relativismo moral, por el propio aborto, por los medios anticonceptivos y por las facilidades del progresista “divorcio exprés”. Me refiero a lo que ya se ha bautizado con el nombre de “invierno demográfico”. En efecto la “irresponsabilidad sexual”, creada por el uso irresponsable e incorrecto de los contraceptivos, lleva a embarazos no deseados y éstos al aborto. Y, por otro lado, parece razonable que la inseguridad matrimonial, junto con otras causas, sea un freno a la procreación. Es muy políticamente correcto hablar del cambio climático, que está por ver que sea cierto[1]. Se habla mucho del llamado “invierno nuclear” que, aseguran, haría desaparecer la vida del planeta si se produjese una guerra nuclear. Ojalá nunca comprobemos si se produciría semejante “invierno nuclear”. Pero si alguien habla del “invierno demográfico” se le tacha inmediatamente de retrógrado. Y sin embargo, ya estamos entrando en él, si no estamos ya de pleno en ese invierno. Occidente tiene el dudoso honor de estar en tasas demográficas negativas en muchos de sus países más “avanzados”. En este tema España se lleva la palma. Ojalá fuésemos pioneros en cosas que creasen más progreso real que esto. Porque cuando nuestros jóvenes lleguen a viejos, no habrá sistema de prestaciones sociales que les pueda mantener. Los pobres que entonces sean jóvenes, se verán abrumados por una ingente cantidad de viejos a los que no podrán mantener. De hecho, nuestros sistemas de previsión social ya estarían en quiebra si no fuese por la inmigración. Pero la inmigración proviene de la falta de desarrollo de los países de origen de la misma. Si se actuase como es debido para fomentar ese desarrollo, la corriente inmigratoria cesaría inmediatamente y occidente colapsaría. Pero, al mismo tiempo, esa sangría, que produce en los países en desarrollo la fuga masiva de mano de obra joven, es un freno para su desarrollo, condenándoles injustamente a seguir en su situación. Pero esta injusticia, a la larga, también colapsará a la burbuja de bienestar de occidente. Por tanto, el mundo desarrollado se ve entre estas nuevas Scilla y Caribdis. Y todo esto por el “invierno demográfico” en el que estamos, en gran parte, gracias a Freud y a su revisión de la moral. La humanidad parece haber superado, no sin muchos millones de muertos, el comunismo y el nazismo, hijos de la revisión moral de los dos primeros maestros de la sospecha. No está claro que vaya a ser capaz de superar las consecuencias de esta última revisión de la moral. Sólo con la ayuda de Dios podremos. Todo podría haber sido distinto si el joven Freud hubiese tenido un poco más de honestidad intelectual. Efectivamente, en su primer año de universidad en Viena, en 1873, Freud tuvo como profesor a Franz Bentrano. Oigamos lo que le escribe en varias cartas, a lo largo de unos meses, a su amigo Eduard Silverstein[2]:
“Yo, un impío estudiante de medicina y empírico, asisto a dos cursos de filosofía… Uno de los cursos –¡escucha y maravíllate!– trata de la existencia de Dios y el profesor Brentano, que lo da, es un hombre magnífico, un sabio y filósofo, a pesar de que considera necesario apoyar con sus razones esta existencia etérea de Dios. [...]. De este hombre extraño (es creyente, teólogo… y una gran persona, muy inteligente, casi diría genial) y en muchos aspectos ideal, te contaré algunas cosas de viva voz. [...]. No he escapado a su influencia, no soy capaz de refutar un simple argumento teísta, que es la culminación de sus disquisiciones… Demuestra a Dios con tan poco partidismo y con tanta exactitud como otro demostraría la excelencia de la teoría ondulatoria frente a la de emisión. [...].Evidentemente sólo soy un teísta a la fuerza porque soy lo bastante honesto como para reconocer mi indefensión ante su argumento, pero no tengo intenciones de darme por vencido tan rápida o completamente. De momento he dejado de ser materialista, pero todavía no soy aún teísta. [...]. El mal, en especial para mí, consiste en que precisamente las ciencias naturales parecen reivindicar a Dios”.
No pudo ser. Los prejuicios del joven Freud pudieron más que su honestidad intelectual. Pero, como en el caso de Nietzsche, cabe preguntarse cómo hubiera sido el mundo si hubiese dejado que su razón se impusiese a sus prejuicios. Y, como en ese caso, me atrevería a decir también que hubiera sido mejor.
Esta es la enorme deuda que la humanidad tiene con los maestros de la sospecha. Millones de muertos –abortos incluidos– y, si Dios no lo remedia, un mundo yermo, asolado por el nihilismo, el relativismo moral y el “invierno demográfico”. Sin embargo, aunque Marx parece estar en decadencia, Nietzsche y Freud gozan de una excelente salud y hay una inmensa manipulación orquestada para mantener en pie su prestigio, negando el nazismo del primero o mirándolo como un “pecadillo menor” y tapándose los ojos ante el fraude del segundo y sus consecuencias. Y creo que la causa de esta defensa a ultranza es un ataque solapado a la religión y a la Iglesia católica que no repara en las armas que haya que usar. No me hago ilusiones de que esta denuncia mía vaya a tener mucha repercusión, pero me moriría si no la hiciese, aunque muchos me llamen retrógrado. Pido a quien lo lea y le parezca oportuno, que le dé la máxima difusión. Como he dicho antes, próximamente publicaré en este blog algo sobre las mentiras de Freud.
[1] En días pasados, se han descubierto unos e-mails cruzados entre científicos del IPCC (International Panel of Climatic Change) en el que parece que hay un fraude para falsear los estudios científicos sobre el cambio climático, acentuando su gravedad y silenciando los de los científicos escépticos al respecto. En uno de los e-mails, puede leerse: “Kevin y yo (Phil Jones) nos las arreglaremos para dejarlos fuera de alguna manera (a los estudios de los escépticos). Incluso si tenemos que redefinir las normas de revisión científica”. Los periodistas no han tardado en bautizar este affair con el nombre de Climategeate. De momento, la ONU va a abrrir una investigación al respecto. Veremos en qué acaba. No es de otra manera como se procede con las corrientes progresistas como la sedicente “liberación sexual” y con la creación del mito de Freud. Para más detalles sobre Climategate, véase el diario “El mundo” del sábado 5 de Diciembre en la página 35.
[2] S. Freud, Cartas de juventud. Con correspondencia en español inédita, Gedisa, Barcelona 1992 (trad. Ángela Ackerman Pilári. P. 117.
4 de diciembre de 2009
Lo complejo y lo complicado, lo sencillo y lo simple
Tomás Alfaro Drake
Hace tiempo leí una frase, no sé donde, que me dejó un tanto perplejo. La frase decía: “Es de sabios saber hacer sencillo lo complicado, pero es de necios intentar hacer simple lo complejo”. Confieso que, más allá de su aparente ingenio, no la entendí. Pero hace poco leí un libro con el título “Sobre hormigas y personas”, de un amigo mío, Manuel Carneiro. Era un libro sobre la complejidad. Ahí encontré la clave para entender el galimatías de la frase que cito más arriba. Voy a ver si intento aclararlo para después pasar a la “teología”.
Complejidad: La complejidad está en las relaciones. Cada uno de los elementos de un conjunto de cosas relacionadas pueden ser muy simple y, sin embargo el conjunto ser complejo. Y, a pesar de ser complejo, si las relaciones entre ellos son claras y están bien desarrolladas, puede ser sencillo.
Complicación: La complicación está en la falta de claridad, en la confusión. Lo complicado es opaco.
Sencillez: Lo sencillo es claro, se puede percibir de un solo golpe de vista, aunque sea complejo.
Simplicidad: La simplicidad está en la obviedad, en la falta de información, en la tautología inútil, en el A=A.
Una cosa puede ser complicada y simple, lo que la haría la máxima de las estupideces, o ser compleja y sencilla, la máxima de las sabidurías.
Reducir una cosa compleja a simple es necedad. Supone dañar su riqueza a fuerza de simplismo. Intentar clarificar la visión de una relación compleja haciéndola sencilla, es sabiduría.
Me consta que estoy siendo complicado. Para evitar serlo más, dejo ahora mismo de enrollarme. Tal vez una imagen valga más que mil palabras.
Un hilo que se retuerce enrevesadamente una y mil veces sobre si mismo formando una madeja, es un objeto simple presentado de forma complicada. Estirarlo y convertirlo en una recta es hacerlo sencillo. Deshacer nudos es sabiduría. Una red, es compleja. Pretender hacer de ella un hilo unidimensional es una necedad. La red dejaría de ser una red y ya no serviría, por ejemplo, para pesacar. La red puede estar hecha un buruño. Entonces es complicada y compleja. Extenderla en un plano es hacerla sencilla sin que deje por ello de ser compleja. Sigue siendo una red. Cuando los pescadores hacen esto, hacen algo sabio. A una red le pueden sobrar conexiones innecesarias que impidan extenderla. Cortarlas es hacerla más sencilla. Es sabiduría.
Una red tridimensional es más compleja que una normal. Pretender reducirla a un plano es una necedad. Pero si está hecha un buruño y la desenredamos para formar una retícula tridimensional que suspendida sobre sus cuatro vértices superiores cuelgue limpiamente, hacemos sencillo lo complicado. Somos sabios. Podríamos extender este argumento a todas las dimensiones que queramos, pero está fuera de nuestra capacidad mental imaginarnos una red de 83 dimensiones, por ejemplo.
Vuelvo al principio, a la “teología”, entre comillas. Los planes de Dios son una red de infinitas dimensiones. Pretender “aplanarla” en menos dimensiones es necedad. Desplegarla en sus infinitas dimensiones es sabiduría. Pero nosotros, pobres seres humanos, sólo vemos en cuatro dimensiones y, en una de ellas –el tiempo– mal. Intentar “aplanar” los planes de Dios a nuestras cuatro dimensiones es estupidez, desplegarla con claridad en sus infinitas dimensiones es la verdadera sabiduría, pero es imposible para nuestro intelecto en este mundo. La confianza en que los planes de Dios no están embrollados, sino limpiamente extendidos en sus infinitas dimensiones por su Sabiduría, aunque nosotros no los entendamos –¿llamaremos a esto temor de Dios o respeto a Dios?– es la verdadera sabiduría del hombre. Contemplaremos la red extendida limpiamente en sus infinitas dimensiones, en su infinita sencillez, su infinita complejidad y, por qué no, en su infinita belleza, cuando veamos a Dios cara a cara. Entonces diremos, con un maravillado asombro, pensando en todo lo que no entendemos en este mundo: “¡Ah! ¡Claro! ¡Tenía que ser así! ¿Cómo podía no verlo cuando estaba en el mundo? ¿Cómo podía no fiarme de Dios!” Porque ya en este mundo podemos mirar a Cristo que es la respuesta, sencilla y compleja, de todo el sufrimiento que no entendemos. Por eso, cada día intento dejarle ser más ser Dios. “Es preciso que yo mengüe para que Él crezca”[1], dijo san Juan Bautista a los fariseos que intentaban azuzar su envidia contra Cristo porque sus discípulos bautizaban cada vez más y él cada vez menos. Alguien me dijo hace poco: “A Dios puedes pedirle cualquier cosa menos una: explicaciones. Sencillamente porque no las entenderías”. Por eso, cada día intento menos entender a Dios. Cada día, mirando a Cristo, confío más en Él, porque me fío de Él, aunque no lo entienda. Cada día creo más en Él. Cada día confío más en Él. Cada día espero más en Él. Cada día le amo más.
Si he sido complicado, perdonadme, pero he querido hacer hoy esta entrada porque la semana que viene, si Dios quiere, publicaré una sobre los llamados “maestros de la sospecha”; Marx, Nietzsche y Freud, que son los de los más burdos simplificadores de la historia, hasta el punto de destrozar la compleja red multidimensional de la moral cristiana, aplanándola en un simplis Juan 3, 27-30: la respuesta completa del Bautista es: “El hombre solamente puede tener lo que Dios le haya dado. Vosotros mismos sois testigos de lo que yo dije entonces: ‘Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado como su precursor’. La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír su voz. Por eso mi alegría se ha hecho plena. Es preciso que yo mengüe para que él crezca”.mo torpe y unidimensional, hasta hacer de ella una caricatura. Lo asombroso es cómo han engañado a más de medio mundo. Pero, dejo esto para la próxima entrada.
[1]Juan 3, 27-30: la respuesta completa del Bautista es: “El hombre solamente puede tener lo que Dios le haya dado. Vosotros mismos sois testigos de lo que yo dije entonces: ‘Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado como su precursor’. La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír su voz. Por eso mi alegría se ha hecho plena. Es preciso que yo mengüe para que él crezca”.
Hace tiempo leí una frase, no sé donde, que me dejó un tanto perplejo. La frase decía: “Es de sabios saber hacer sencillo lo complicado, pero es de necios intentar hacer simple lo complejo”. Confieso que, más allá de su aparente ingenio, no la entendí. Pero hace poco leí un libro con el título “Sobre hormigas y personas”, de un amigo mío, Manuel Carneiro. Era un libro sobre la complejidad. Ahí encontré la clave para entender el galimatías de la frase que cito más arriba. Voy a ver si intento aclararlo para después pasar a la “teología”.
Complejidad: La complejidad está en las relaciones. Cada uno de los elementos de un conjunto de cosas relacionadas pueden ser muy simple y, sin embargo el conjunto ser complejo. Y, a pesar de ser complejo, si las relaciones entre ellos son claras y están bien desarrolladas, puede ser sencillo.
Complicación: La complicación está en la falta de claridad, en la confusión. Lo complicado es opaco.
Sencillez: Lo sencillo es claro, se puede percibir de un solo golpe de vista, aunque sea complejo.
Simplicidad: La simplicidad está en la obviedad, en la falta de información, en la tautología inútil, en el A=A.
Una cosa puede ser complicada y simple, lo que la haría la máxima de las estupideces, o ser compleja y sencilla, la máxima de las sabidurías.
Reducir una cosa compleja a simple es necedad. Supone dañar su riqueza a fuerza de simplismo. Intentar clarificar la visión de una relación compleja haciéndola sencilla, es sabiduría.
Me consta que estoy siendo complicado. Para evitar serlo más, dejo ahora mismo de enrollarme. Tal vez una imagen valga más que mil palabras.
Un hilo que se retuerce enrevesadamente una y mil veces sobre si mismo formando una madeja, es un objeto simple presentado de forma complicada. Estirarlo y convertirlo en una recta es hacerlo sencillo. Deshacer nudos es sabiduría. Una red, es compleja. Pretender hacer de ella un hilo unidimensional es una necedad. La red dejaría de ser una red y ya no serviría, por ejemplo, para pesacar. La red puede estar hecha un buruño. Entonces es complicada y compleja. Extenderla en un plano es hacerla sencilla sin que deje por ello de ser compleja. Sigue siendo una red. Cuando los pescadores hacen esto, hacen algo sabio. A una red le pueden sobrar conexiones innecesarias que impidan extenderla. Cortarlas es hacerla más sencilla. Es sabiduría.
Una red tridimensional es más compleja que una normal. Pretender reducirla a un plano es una necedad. Pero si está hecha un buruño y la desenredamos para formar una retícula tridimensional que suspendida sobre sus cuatro vértices superiores cuelgue limpiamente, hacemos sencillo lo complicado. Somos sabios. Podríamos extender este argumento a todas las dimensiones que queramos, pero está fuera de nuestra capacidad mental imaginarnos una red de 83 dimensiones, por ejemplo.
Vuelvo al principio, a la “teología”, entre comillas. Los planes de Dios son una red de infinitas dimensiones. Pretender “aplanarla” en menos dimensiones es necedad. Desplegarla en sus infinitas dimensiones es sabiduría. Pero nosotros, pobres seres humanos, sólo vemos en cuatro dimensiones y, en una de ellas –el tiempo– mal. Intentar “aplanar” los planes de Dios a nuestras cuatro dimensiones es estupidez, desplegarla con claridad en sus infinitas dimensiones es la verdadera sabiduría, pero es imposible para nuestro intelecto en este mundo. La confianza en que los planes de Dios no están embrollados, sino limpiamente extendidos en sus infinitas dimensiones por su Sabiduría, aunque nosotros no los entendamos –¿llamaremos a esto temor de Dios o respeto a Dios?– es la verdadera sabiduría del hombre. Contemplaremos la red extendida limpiamente en sus infinitas dimensiones, en su infinita sencillez, su infinita complejidad y, por qué no, en su infinita belleza, cuando veamos a Dios cara a cara. Entonces diremos, con un maravillado asombro, pensando en todo lo que no entendemos en este mundo: “¡Ah! ¡Claro! ¡Tenía que ser así! ¿Cómo podía no verlo cuando estaba en el mundo? ¿Cómo podía no fiarme de Dios!” Porque ya en este mundo podemos mirar a Cristo que es la respuesta, sencilla y compleja, de todo el sufrimiento que no entendemos. Por eso, cada día intento dejarle ser más ser Dios. “Es preciso que yo mengüe para que Él crezca”[1], dijo san Juan Bautista a los fariseos que intentaban azuzar su envidia contra Cristo porque sus discípulos bautizaban cada vez más y él cada vez menos. Alguien me dijo hace poco: “A Dios puedes pedirle cualquier cosa menos una: explicaciones. Sencillamente porque no las entenderías”. Por eso, cada día intento menos entender a Dios. Cada día, mirando a Cristo, confío más en Él, porque me fío de Él, aunque no lo entienda. Cada día creo más en Él. Cada día confío más en Él. Cada día espero más en Él. Cada día le amo más.
Si he sido complicado, perdonadme, pero he querido hacer hoy esta entrada porque la semana que viene, si Dios quiere, publicaré una sobre los llamados “maestros de la sospecha”; Marx, Nietzsche y Freud, que son los de los más burdos simplificadores de la historia, hasta el punto de destrozar la compleja red multidimensional de la moral cristiana, aplanándola en un simplis Juan 3, 27-30: la respuesta completa del Bautista es: “El hombre solamente puede tener lo que Dios le haya dado. Vosotros mismos sois testigos de lo que yo dije entonces: ‘Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado como su precursor’. La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír su voz. Por eso mi alegría se ha hecho plena. Es preciso que yo mengüe para que él crezca”.mo torpe y unidimensional, hasta hacer de ella una caricatura. Lo asombroso es cómo han engañado a más de medio mundo. Pero, dejo esto para la próxima entrada.
[1]Juan 3, 27-30: la respuesta completa del Bautista es: “El hombre solamente puede tener lo que Dios le haya dado. Vosotros mismos sois testigos de lo que yo dije entonces: ‘Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado como su precursor’. La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo, que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír su voz. Por eso mi alegría se ha hecho plena. Es preciso que yo mengüe para que él crezca”.
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