2 de marzo de 2014

Pidamos por la unión ecuménica de los cristianos

El otro día me llegó un vídeo excesivamente largo (tres cuartos de hora) y excesivamente interesante. Además, en inglés, menos un trozo que es en italiano con subtítulos en inglés. Si lo colgase sería un problema porque dos excesos contrapuestos nunca se equilibran. Por eso, al final de esta entrada pego un link de una versión abreviada de 22 minutos que, leyendo lo que viene a continuación, a lo mejor no hay ni que ver. Lo que sí creo que debéis ver es un vídeo de 7 minutos del Papa Francisco en una comunicación muy especial dirigida a una reunión de líderes religiosos protestantes evangélicos. El link a este vídeo del Papa os lo pongo más adelante.

Creo que debo aclarar un poco este galimatías y poneros en antecedentes. El 14 de Enero tuvo lugar en Texas una reunión multitudinaria, muy a lo americano, de líderes de comunidades pentecostales de protestantes evangélicos. Varios cientos de ellos que representan a muchos miles de fieles. Los pentecostales son protestantes que tienen una gran devoción por el Espíritu Santo, cuya acción invocan con oración de alabanza pidiendo un nuevo Pentecostés. Pueden considerarse los inspiradores de la Renovación Carismática Católica. El predicador que lidera la reunión anuncia que les va a hablar un obispo de la High Church Anglicana llamado Anthony Palmer. La High Church Anglicana es la que se ha mantenido más próxima a lo que fue la iglesia anglicana justo después de la ruptura con Roma. Esta primera iglesia anglicana era igual que la católica en todo, menos en la autoridad suprema del Papa y en lo más importante de todo: aunque ellos creen en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía (sólo durante la comunión), no se ha mantenido la sucesión apostólica, lo que quiere decir que sus sacerdotes no están realmente ordenados.

Pues bien, el video de 22 minutos empieza cuando el Obispo Palmer empieza a hablar para ir presentando el vídeo del Papa que les acabará poniendo. Transcribo lo que dice este Obispo anglicano. Es verdaderamente impresionante y pone en contexto el vídeo del Papa.

Necesito que entiendan la historia que hay detrás de esto, porque estamos viviendo en una generación increíblemente importante. Creo que Dios me ha traído hoy aquí con el espíritu de Elías. Déjenme explicarme: El espíritu de Elías estaba sobre Juan el Bautista para convertir el corazón de los hijos a los padres y para convertir el corazón de los padres a los hijos, para preparar el camino al Señor[1]. Y sabemos que esta profecía tiene un doble cumplimiento porque sabemos que Elías vendrá también antes de la segunda venida del Señor y sabemos que el espíritu de Elías es un espíritu de reconciliación, para convertir el corazón hacia los otros. Esto es muy importante. Sabemos que en los primeros mil años de cristianismo había una sola Iglesia, una Iglesia católica y que católica quiere decir universal, no quiere decir romana. En este sentido, ustedes son católicos. Y entonces se separó, al final del primer milenio, la Ortodoxa, Oriente y Occidente, dos Iglesias. Y quinientos años más tarde vinieron Lutero y su protesta. Tres Iglesias en mil quinientos años… tres denominaciones, no tres Iglesias. Y después, tras Lutero 33.000 nuevas denominaciones. (Pausa). Entiendo que la diversidad es divina, es la división la que es diabólica (pausa y tímidos aplausos). Estoy de acuerdo en lo que estabais diciendo antes sobre la Gloria. La Gloria que el Padre tiene se la dio a Jesús. La Gloria es la presencia de Dios. ¿Qué es la renovación carismática? Es experimentar la presencia de Dios. Cristo les da a los apóstoles la Gloria –y escuchen pragmáticamente– para-que-puedan-ser-uno (remarcando cada palabra), es la Gloria la que nos une, no las doctrinas. Es la Gloria. Si ustedes aceptan que Cristo vive en mí y que la presencia está en mí, y que la presencia está en ustedes, eso es todo lo que necesitamos. Porque Dios supera todas las doctrinas que podamos tener. Por lo tanto, la unión de los cristianos es la base de nuestra credibilidad, porque Jesús nos enseñó que si no, no creerían. El mundo no creerá, como debería, hasta que seamos uno. La división destruye nuestra credibilidad. Es el miedo lo que nos mantiene separados, porque el miedo es la falsa evidencia que parece real. Es un acrónimo F. E. A. R. False Evidence Appearing Real. Porque la mayoría de su miedo está basado en propaganda. Pero ahora eso es historia. Porque en 1999 la Iglesia católica romana y la Iglesia protestante luterana, firmaron un acuerdo que puso fin a la protesta. Lutero creía que éramos salvados por la Gracia de la Fe, solamente. La Iglesia católica creía que éramos salvados por las obras. Y esa era la protesta. En 1999, escribieron juntos algo. […] ¿Qué hicieron estas dos Iglesias cuando pusieron estas dos definiciones juntas. Leo literalmente de la web católica del Vaticano: “La justificación quiere decir que el mismo Cristo es nuestra riqueza, en el que compartimos, a través del Espíritu Santo. Por eso, de acuerdo con la voluntad del Padre, juntos, nosotros, católicos y protestantes luteranos creemos y confesamos que sólo por la gracia, mediante la fe en Cristo Jesús y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo, que renueva nuestros corazones, capacitándonos para las buenas obras y llamándonos a ellas”. (Murmullos y tímidos aplausos). Esto pone fin a la protesta de Lutero. Hermanos y hermanas, la protesta de Lutero es pasado. Ahora es sólo vuestra. En 1999 esto fue firmado por la federación mundial de Iglesia luterana y cinco años más tarde por los metodistas, también a nivel mundial, firmaron el mismo acuerdo, pero hasta el día de hoy no hay ni un protestante evangélico que se haya puesto de pie y haya firmado este acuerdo para acordar, con nuestros hermanos y hermanas que somos salvados por la Gracia, a través de la Fe hacia las buenas obras. Y creo que esto es algo que es necesario solucionar. (Pausa y silencio sepulcral). Es un reto para vosotros. Por tanto, la protesta es pasado desde hace quince años. Y voy a ser atrevido otra vez, porque reto a mis amigos protestantes evangélicos a que, si no hay ya protesta, ¿como puede haber una Iglesia protestante? (Pausa y silencio sepulcral). Quizá en una hora seamos católicos otra vez (risas un poco nerviosas). […] Somos católicos en un sentido universal. Ya no protestamos más la doctrina católica de la salvación. Ahora predicamos el mismo Evangelio, ahora predicamos que hemos sido salvados por la Gracia a través de la Fe, sólo. La palabra “sólo” ha sido la disputa durante quinientos años. La palabra “sólo” está ahí, en la declaración, pueden leerlo por ustedes mismos. La protesta es pasado. Es pasado. Por eso, permítanme rezar (aplausos tímidos) y mostrarles un vídeo. Creo que veremos cada vez más y más personas llamándonos para ir al mundo y trabajar entre las Iglesias con una nueva luz para convertir con ella el corazón de los padres a los hijos y los corazones de los hijos a los padres para que haya personas preparadas para el Señor, ministros de la reconciliación. Tenemos que poner más recursos y energía en el ministerio de la reconciliación, como hacemos con el ministerio de evangelización o construiremos paredes sin cimientos. Les reto a encontrar los constructores de puentes y convertirlos. Y me gustaría rezar esta oración. Si están de acuerdo, digan amén. Es el espíritu de un hombre que va a morir. Y cuando sabes que estás a punto de morir, dices la oración que más te importa: (lee)

“Pero no te pido sólo por ellos, sino también por los que creerán en mí por medio de su palabra./Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno como lo somos nosotros”[2].

Gloria sea dada al padre. Amén (se oyen murmullos de un amén, como si el amén del final de la oración hubiese cogido desprevenida a la audiencia. Después, tímidos aplausos y, sin solución de continuidad el Obispo Anthony Palmer pone un vídeo, sin decir de qué va, y que resulta ser un mensaje del Papa Francisco (IMPORTANTE, ANTES DE SEGUIR, ver en la nota al pie de página cómo obtuvo el Obispo Palmer este vídeo[3]) que no transcribo pero cuyo link pongo a continuación para que lo podáis ver. El Papa habla en italiano y hay subtítulos en inglés. Espero que todos lo entendáis. Pero el Papa dice que no habla ni en inglés ni en italiano, sino que habla con el lenguaje del corazón. Al final, se produce un estruendoso aplauso, con aullidos de aprobación al más puro estilo americano).


(Después sale al atril el predicador evangélico que lidera la reunión y, tras un rato de oración de alabanza, pide al Obispo Palmer que suba con él y que, con el mismo móvil con el que filmó al Papa, grabe otro para responderle, cosa que el Obispo Palmer hace. Dice así):

Mi querido hermano. Mi querido hermano. Gracias desde lo profundo. Todos estos líderes representan, literalmente, decenas de miles de personas que creen en Dios con usted. Y en respuesta a su petición hemos rezado por usted y con usted y lo hemos hecho en el Espíritu. Y creemos que hemos recibido lo que pedimos, de acuerdo con las palabras de Jesús en Marcos 11, 22[4], que cualquier cosa, cualquier cosa, que se pida cuando se reza, creed que lo recibiréis y lo tendréis. Nuestros deseos, señor, junto con usted, están en el cuarto capítulo de la carta a los efesios (lee): “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo” [5]. Gracias señor, le bendecimos, recibimos su bendición. Es muy importante para nosotros. Y nosotros le bendecimos con todo nuestro corazón, le bendecimos con toda nuestra alma, le bendecimos con toda nuestra mente y le damos gracias, señor, damos gracias a Dios por usted. Y así, todos nosotros, declaramos conjuntamente “be (la gente repite, “be”) blessed (la gente repite “blessed”). Otra vez más, todos juntos (al unísono con todos, con las manos levantadas y en un crecendo): “be blessed. Amén. Amén. Amén. Amén. Amén. Amén” (Largos aplausos, todo el mundo de pie). “Aleluya”.

Pongo a continuación el link del vídeo de 22 minutos. Si no tenéis algo mucho más importante que hacer, os recomiendo que lo veáis. Aunque os lo he transcrito más arriba, merece la pena verlo.


Por último, no quiero acabar (ya sabéis que no puedo) sin una Bobadilla auténticamente mía. La escribí tras una noche que pasé “encerrado” en la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.

Estábamos en las cuatro horas que pasé “encerrado” en la iglesia del Santo Sepulcro. Las dos primeras horas las pasé en el Gólgota. Conseguí concentrarme en una oración bastante profunda. Leí, meditándola, la pasión en los cuatro Evangelios. Los cuatro hablan de cómo condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota. He leído muchas veces esos pasajes pero ese día una idea nítida me asaltó al leerlos. No le llevaron a un lugar llamado Gólgota, le trajeron a este lugar. Exactamente aquí, hace casi 2000 años, Dios fue crucificado para mi salvación aquí. Luego, cuando los Evangelios hablan de cómo se repartieron sus vestiduras mi atención fue atraída por el pasaje de san Juan en el que se habla de esto. Dice:

“Los soldados, después de crucificar a Jesús, se apropiaron de sus vestidos e hicieron con ellos cuatro lotes, uno para cada uno. Dejaron aparte la túnica. Era una túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba abajo. Los soldados llegaron a este acuerdo:

-No debemos dividirla; vamos a sortearla para ver a quién le toca[6].

Cuando leía esto levanté la vista y, justo enfrente de mí, vi la imagen de un mosaico que representaba a María, en pie, mientras clavaban en la cruz, todavía en el suelo, a su hijo. María Magdalena, tirada en el suelo, besaba las rodillas de Cristo, mientras la túnica sin costura yacía en tierra, detrás de la Virgen. La tradición cristiana ha visto siempre en esa túnica inconsútil a la Iglesia de Cristo. Me asaltó una punzada de dolor al pensar cómo los cristianos habíamos rasgado la túnica que los soldados no se atrevieron a repartirse. Quizá Tierra Santa sea un sitio donde se siente ese desgarro más escandalosamente. No están allí apenas representados los protestantes, porque su escisión se produjo tardíamente, en el siglo XVI, pero católicos, ortodoxos griegos, monofisitas armenios, y otras confesiones cristianas escindidas antes de la primera cruzada, se reparten la posesión de altares, lugares sagrados y derechos rituales, a veces sin demasiada caridad, como si cada uno fuese propietario de su trozo de túnica. Pero, aunque no estuviesen allí, también me representé la túnica rasgada una vez más por el cisma protestante. No sólo eso. Vi los bordes de la túnica deshilachándose, como si alguien estuviese tirando de hebras, sueltas por el desgarro y desprendiéndolas del tejido. Vi millones de hilos sueltos, que nunca habían formado parte de ninguna túnica, mezclados con los arrancados, arrastrados por el viento hacia ningún sitio y otras túnicas que no eran de Cristo, que no le consideran Dios. Y vi, detrás de María, a la humanidad entera deshecha en túnicas, jirones deshilachados y hebras desamparadas. Y se me vino a la cabeza una invocación para la Virgen: María tejedora. Le supliqué por la humanidad doliente y perdida que seguía sin querer acogerse a las alas protectoras de Cristo, representadas por su Iglesia. Le pedí que tejiese la túnica de esa humanidad.

Después de ver el vídeo que os acabo de mandar, no creo que haya nada más importante por lo que debamos rezar todos los cristianos que por nuestra unión. Sin ella no podremos atraer a muchos hacia Cristo. Por eso, voy a intentar, no sé si seré capaz, rezar cada día, antes de ir a dormir, la oración del hombre que sabe que está a punto de morir mientras cena por última vez con sus discípulos y pide al Padre el mayor anhelo de su corazón:

“Pero no te pido sólo por ellos, sino también por los que creerán en mí por medio de su palabra./Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta  y el mundo pueda reconocer así que tú me has enviado”[7].

Tal vez así, en el tercer milenio, arranquemos de Dios, como dice el Papa, el milagro ya empezado de la comunión de todos los cristianos, como en el primer milenio. Así se cumpliría el mayor anhelo del corazón de ese hombre, que es Dios, y que murió para que todos fuésemos uno.

Amén.




[1] En Lucas 1, 17, cuando el ángel le dice a Zacarías que su mujer, Isabel, va a concebir a Juan el Bautista, le dice: “Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.
[2] Última cena: Evangelio de Juan 17, 20-22.
[3] En el vídeo completo de la reunión de los evangelistas, que no pongo por ser demasiado largo, el Obispo Palmer explica cómo en su ministerio, la Santa Sede le pidió que fuese a Roma para colaborar con la Iglesia católica en el camino hacia el Ecumenismo. Aceptó y en sus diferentes viajes ecuménicos, coincidió en Argentina con el entonces Arzobispo de Buenos Aires, Mario Jorge Bergoglio, con el que trabó una profunda y sincera amistad. Unas semanas antes de esta reunión de evangelistas, a la que ya había sido invitado, recibió una llamada: “Che, soy tu amigo, Mario”. “¿Mario” respondió asombrado Palmer. “Sí, Jorge Mario Bergoglio”. Palmer cuenta cómo le dijo que quería verle y le dijo que eligiese él, Palmer, el día y la hora. Asombro total. Los acordaron y ese día Palmer llegó al Vaticano. Tras los saludos le preguntó a Francisco sobre la agenda de la reunión. “No hay agenda, le dijo, sólo un encuentro entre amigos”. Charlaron y, en el transcurso de la charla, Palmer le dijo a Francisco que le diese unas palabras para transmitir a los evangélicos con los que se iba a reunir. “Y, ¿por qué no me grabas en vídeo”, le dijo el Papa. “¿Cómo, con qué cámara?”, le preguntó Palmer. ¿No tenés el móvil?” le pregunta Francisco, “grabame con el móvil”. Palmer le grabó con el móvil y ese es el vídeo que vais a ver.
[4] Este pasaje del Evangelio de Marcos dice: “Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: ‘quítate de ahí y arrójate al mar, si lo hace sin titubeos en su interior, y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Todo lo que pidáis en vuestra oración, lo obtendréis si tenéis fe en que vais a recibirlo. Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas’”. (Marcos 11, 22-26)
[5] El texto pertenece a la carta de Pablo a los efesios, que dice, algo más extensamente de lo citado: “Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad, que es fruto del Espíritu. Uno sólo es el cuerpo y uno sólo es el Espíritu, como también una es la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados; un solo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos y habita en todos […]… hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo. […]… viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia aquél que es la cabeza, Cristo. A Él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor”
[6] Juan 19, 23-24
[7] Última cena: Evangelio de Juan 17, 20-23.

26 de febrero de 2014

Frases 27-II-2014

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

En Jesús resucitado, la condición humana no se ha desvanecido ni desencarnado, sino que se ha consagrado.

Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo IV, La esperanza en Dios, nuestro Padre, capítulo dedicado a Charles du Bos.


24 de febrero de 2014

Frases 24-II-s014

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Hemos robado al Señor y el resto del mundo no sabe dónde lo hemos puesto… Acaso nuestro siglo consista en hacer que Cristo, si me es lícito hablar así, vuelva a ser comunicable al resto del mundo.

François Mauriac: Noviembre de 1955.

Casi 50 años después, esta tarea sigue siendo la más acuciante para nosotros, los cristianos.


16 de febrero de 2014

Frases 17-II-2014

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Si buscas saber dónde vas, únete a Cristo, porque Él es la verdad, a la que deseamos llegar; Proverbios 7, 7: “mi boca meditará tu verdad”.

Si buscas dónde permanecer, únete a Cristo, porque Él es la vida; Proverbios 8, 35: “quien me encuentra, encuentra la vida y tendrá la salvación del Señor”.

Únete, pues, a Cristo, si quieres estar seguro, porque no te podrás desviar, porque Él es el camino. Por lo cual, quienes se unen a Él no andan extraviados, sino por el camino recto; Proverbios 4, 11: “le mostraré el camino de la sabiduría”.


Santo Tomás de Aquino. In Ioannis Evangelium.


9 de febrero de 2014

¿Es el cristianismo la religión verdadera?

Escribo esta entrada como la tercera (y última) que pretende servir como respuesta a la conferencia de Antonio Garrigues que publiqué hace dos semanas. En ella Garrigues se rasgaba las vestiduras de que los cristianos pensasen que el cristianismo es la religión verdadera y veía en ello el origen de muchos de los males que aquejan al mundo. De ahí nacen estas líneas.

                                                           ***

Hay preguntas que están mal planteadas y que, en consecuencia, son imposibles de responder satisfactoriamente. Esta es una de ellas. Hay también preguntas trampa que pueden plantearse con una intención tal que, sea cual sea la respuesta que se de, su interpretación simplista deriva conclusiones ausentes de la respuesta. Esta pregunta es  formulada muchas veces con esta intención. Por tanto, en estas líneas intentaré, 1º plantear bien la pregunta, 2º responderla y, 3º salir al paso de la interpretación simplista y tergiversadora de la respuesta. Pero para ello tengo que remontarme a los principios.

El hombre, desde que tuvo inteligencia para “ver” el mundo que le rodeaba con los ojos de esta facultad, se empezó a preguntar por la naturaleza y la finalidad de lo que “veía”. Ningún animal se había preguntado qué era un cielo estrellado ni de dónde había salido ese mundo en el que se encontraba ni qué finalidad tenía. Pero en cuanto “vió” empezó a hacerse preguntas. Y prácticamente todas las respuestas que se daban tenían que ver con la trascendencia. Alguien (o algo), era la causa de ese cosmos, a la vez ordenado y caótico. Y ese alguien tenía una intención al causar el cosmos. Debía haber una razón para el cosmos. Y esta búsqueda dio lugar al fenómeno religioso. Los hombres empezaron a buscar respuestas en la actuación de distintos tipos de dioses, con distintas finalidades. También empezaron a plantearse de qué manera podrían llegar a comunicarse con ese dios o dioses para agradarle o, al menos aplacarle. De ahí nace el fenómeno religioso que, en sus inicios tenía mucho de mítico. Pero otra fuente de este fenómeno, no mítico, es el del asombro ante la verdad, la bondad y la belleza, tres cosas, que los filósofos griegos, nada míticos, denominaros los “trascendentes” y que, usando la razón, identificaron con los atributos del ser, causa primera del cosmos. Merece la pena, para ahondar en estos dos orígenes, leer el libro de “Las dos fuentes de la moral y la religión” del filósofo francés Henri Bergson.

Como yo funciono mejor con imágenes que con razonamientos, me imagino las religiones como montañas artificiales, construidas por el hombre con ritos, sacrificios y normas morales, para llegar a establecer esa relación con su dios. Subidos a lo más alto de ellas, alzaban los brazos a lo alto, imprecando la benevolencia de su deidad. Veo la enorme “planicie” de la historia humana llena de estas montañas, unas más altas, otras más bajas, más suaves, más abruptas, etc., pero siempre infinitamente alejadas de ese cielo al que querían llegar. La imagen bíblica de la torre de Babel no es ajena a esta visión.

Pero he aquí que, según afirma una larga tradición milenaria, ese Dios, no con minúscula, no el imaginado por los hombres al construir si montículo, sino el Dios creador del cosmos y de TODOS los hombres, decide –cosa razonable si uno de sus atributos es la bondad– establecer, siempre según esa tradición, ese contacto desde arriba con esos seres que le buscan patéticamente. Y empieza un proceso que conocemos con el nombre de Revelación y que es la intrusión de ese Dios en la historia de los hombres. Elije un hombre –Abraham– para que empiece a construir una montaña nueva, siguiendo las indicaciones que él le dará y diciéndole algo de sí mismo. Y lo que le revela poco a poco es asombroso. Ese Dios ama al ser humano. Por eso ha creado el cosmos y al género humano en él. Esa montaña, le va descubriendo, es para TODOS los hombres, aunque al principio su construcción sea llevada a cabo por un pueblo que nacerá de ese hombre. Y le va revelando a ese pueblo, dice esa tradición, que el final de la historia es la salvación de TODO el género humano y que esa salvación vendrá de la mano de un hombre especial, ungido del Señor, mesías en hebreo, cristo en griego. Les habla de que Él mismo, Dios en persona vendrá en su rescate. Les habla de la paz universal instaurada por ese mesías que, cuando triunfe, hará de las espadas arados y conseguirá que el león paste con el buey. Y todo esto se lo dice a lo largo de un proceso histórico-didáctico, a través de una multitud de seres humanos que se van tomando el relevo para escribir todo esto de una manera extraña en la que se mezclan realidades, signos y símbolos. De esa tradición ha nacido la religión del Libro, de la Biblia, el judaísmo.

Permítaseme una digresión lingüística. Religión viene de “religare”, buscar la relación con los dioses. Pero, aunque no sea así etimológicamente, todas las religiones anteriores al judaísmo eran unidireccionales. Es decir sólo iban de abajo hacia arriba, elevando montañas que eran como un dedo índice extendido entre el cielo y la tierra. Pero, por primera vez en la historia, una tradición afirma que Dios empieza a salvar el inmenso hiato entre ese dedo y el cielo. La religión se ha hecho bidireccional. Asimétricamente bidireccional, puesto que la infinita distancia entre la punta del dedo y el cielo, la recorre Dios hacia abajo. Y así, el hombre, empieza a atisbar los planes y propósitos de ese Dios. Pero, si esa tradición es cierta, eso ya no es una religión. Es algo cualitativamente distinto. Es un encuentro, aunque desigual y todavía en ciernes.

Y ese mesías, anunciado durante siglos por esa tradición, esperado con anhelo creciente, imaginado de distintas formas por ese pueblo temporalmente elegido como medio, acaba viniendo. O al menos, alguien se presenta como tal. A decir verdad, muchos hombres se habían presentado como mesías antes que el que nos va a ocupar y otros vinieron después. Todos llegaron en sin de guerra y todos fueron derrotados y olvidados pronto. Éste es el único que se presenta manso y humilde, como había sido anunciado pero no esperado. Un tal Jesús de Nazaret, nacido de mujer en un pueblo oscuro de un lugar que no era más que rincón del mundo, incluso para los judíos. Y no es reconocido. Pero anuncia que él ha vencido a la muerte, que es el Señor de la Vida que el que crea en él no morirá. De forma blasfema y única en la larga lista de sedicentes mesías, declara ser el mismo Dios que viene en persona a buscarnos, a ser uno de nosotros, a sufrir como uno de nosotros, a morir como uno de nosotros, para, resucitando, vencer la muerte por y para nosotros. Si fuese verdad, el encuentro se habría consumado. Dios habría recorrido el camino, de arriba abajo, hasta unir el cielo y la tierra, para reconciliar consigo todas las cosas en ese Dios-hombre.

Y aquí llega la disyuntiva. La gran disyuntiva. ¿Es verdad? Naturalmente, a esta pregunta no se puede responder con una demostración silogística. Pero si hubiese un Dios creador bueno, todopoderoso y amante del género humano, idea que no repugna al intelecto, al menos al de los griegos, aunque no creyesen en un Dios personal, esa acción de Dios respondería a una lógica interna. Ciertamente, los filósofos griegos no creían en un Dios personal y, mucho menos en un Dios que amase a los hombres. Pero eso era una carencia de su pensamiento. Los filósofos griegos, que creían en una causa primera generadora del cosmos fuera del tiempo creían en esto por su razón. Pero jamás llegaron a explicarse por qué, esa causa primera, plena de todas las perfecciones, causó. ¿Qué le pudo haber hecho causar a esa causa primera que consideraban necesaria? No encontraban la respuesta. Y se devanaba los sesos sin poder responder. Esta sinrazón descorazonaba a las mentes de los filósofos griegos. Santo Tomás nos dice: “Qué angustias no sufrieron por esa causa aquellos preclaros ingenios” Aristóteles se hubiese alegrado de caer en la cuenta de esa razón: El amor. Pero sólo un Dios personal es capaz de amar.

Por tanto, no repugna a la razón que un Dios así exista y, por tanto, tampoco repugna a la pretensión de ese hombre, por muy inaudita que sea. Pero la cuestión no es esa. La cuestión se plantea en la disyuntiva. Porque si todo esto no es verdad estamos ante la mayor mentira de la historia. Mentira histórica, atribuible a un pueblo a lo largo de los siglos, y mentira personal, atribuida a un solo hombre. Y las responsabilidades de un pueblo pueden diluirse, pero las de un hombre no. Si ese hombre, ese Jesús de Nazaret fue un mentiroso, fue el más despreciable de los hombres. Porque vino a jugar con la esperanza del resto de los humanos. No hay término medio. La historieta de un personajillo bueno no se tiene de pie si todo fue una mentira. Ese personajillo sería un farsante, probablemente un demente y, desde luego, un psicópata. Pero entonces debemos explicar por qué sus seguidores, que, naturalmente, sabrían que todo era una mentira, se dejaron masacrar por ese fraude. No hay en toda la historia de la humanidad nada parecido a una mentira semejante, basada en una mentira previa de 1800 años y que haga que veinte siglos más tarde siga habiendo decenas de miles de personas que se dejen matar o que “desperdicien” su vida, dedicándosela por completo a ese Dios-hombre, por una mentira semejante. Entonces debemos considerar que un san Francisco de Asís o una Teresa de Calcuta y tantos santos, conocidos o anónimos, de los últimos veinte siglos, son unos patéticos estúpidos. Debemos considerar, si todo es una mentira, que todo el arte occidental, las catedrales góticas, las universidades, y tantos y tantos logros del genio occidental, son basura.

Naturalmente, no puedo demostrar que sea verdad. Sólo un encuentro personal, misterioso, escondido, íntimo con ese hombre al que creemos vivo y actuante en el mundo, puede darnos el convencimiento de que es verdad. No es el resultado de un razonamiento sologístico, pero es razonable pensar que todo esto no tiene visos de ser la más tramposa de las mentiras de la humanidad.

Por tanto, vuelvo al primero de los tres puntos del principio. Planteemos bien la pregunta. ¿Si Cristo es auténtico, es la religión cristiana la única que afirma que el Dios creador se ha hecho hombre? Y la respuesta es SÍ. Y, ¿si es todo mentira? Entonces, como dice san Pablo, los cristianos seríamos los más miserables de todos los hombres. Pero también lo será la civilización construida sobre ese cimiento.

El punto segundo era: responder a la pregunta. Rotundamente creo que sí, que el cristianismo es la única religión que tiene la pretensión de que Dios ha venido hasta encontrarse en la carne con la humanidad haciéndose uno de nosotros y que, también rotundamente, creo que esta pretensión es verdadera.

El tercer punto era salir al paso de la interpretación simplista y tergiversadora de la respuesta. Esta interpretación simplista tiene dos ramificaciones. La primera, decir que esa respuesta es excluyente y generadora de violencia. La segunda, decir que es irracional. Desde luego, nada en la creencia de que el cristianismo es la religión verdadera implica que tenga que ser excluyente. Al contrario, quien lea las Escrituras verá que el cristianismo es incluyente de toda la humanidad. Ese Dios que se ha hecho hombre, no ha creado a los cristianos, ha creado a TODOS los hombres. No ama sólo a los cristianos, ama a TODOS los hombres, se ha encarnado por TODOS y ha muerto por TODOS. No puede encontrarse ni una línea en todo el Nuevo Testamento que incite a la violencia y a la exclusión. Y si se encuentran en el Antiguo Testamento, hay que interpretarlo a la luz de los principios superiores, que también están en ese Antiguo Testamento y que son llevados a su plenitud por Cristo en el Nuevo. Y a la luz de esos principios de interpretación, la religión cristiana es la religión del amor. Y Para que TODOS los hombres puedan salvarse, ha dejado en la tierra los medios para ayudar a nuestra naturaleza humana, capaz de lo peor y lo mejor, para que con la ayuda de Cristo, camine hacia lo mejor. Esos medios son los sacramentos de Cristo. Y los sacramentos están en El SACRAMENTO que es la Iglesia fundada por Él. Y ELSACRAMENTO de la Iglesia se desdobla en los sacramentos conocidos, que no son sino medios sobrenaturales para caminar hacia lo mejor. Pero la Iglesia que milita en esta tierra está formada por seres humanos, yo entre ellos. Seres humanos que seguimos participando de esa “esquizofrenia” de la naturaleza humana, capaz de lo mejor y de lo peor. Seres humanos que desfiguramos a veces el rostro de ese SACRAMENTO de salvación que es la Iglesia. Pero, también, y hay que decirlo, hombres y mujeres que hacen brillar esplendorosamente lo mejor de la naturaleza humana. ¿Por qué Dios ha permitido que los cristianos no nos transformemos inmediatamente en ángeles de bondad? La respuesta es sencilla. Porque nos ha creado libres y se toma nuestra libertad muy en serio. Dios no es un dictador, ni siquiera del bien. Así pues, los cristianos que formamos la Iglesia, tomamos muy a menudo el nombre de Dios en vano. Por eso son necesarios los sacramentos. Y por eso sin ellos es más difícil estar a la altura de la misión. Pero, demasiado a menudo, los cristianos hacemos excluyente algo que es inclusivo. En palabras recientes del Papa Francisco en su “Evangelii gaudium”: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. Pero, a pesar de los a menudo tristes comportamientos de muchos cristianos la Iglesia proclama que “es su misión de fomentar la unidad y caridad entre los hombres y también entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que tiene en común [con otras religiones] y les conduce a la mutua solidaridad”[1] y “no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con profundo respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de lo que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”[2].

La segunda interpretación simplista a la respuesta afirmativa es la de la irracionalidad. Y aquí hay que poner un punto en el debe de una corriente que arranca desde Descartes: el racionalismo. Grosso modo el racionalismo cartesiano viene a defender que toda afirmación que no se pueda demostrar mediante razonamientos silogísticos, es irracional. Esto deja fuera de la racionalidad a todos los sentimientos y a la emotividad en general. La frase de Pascal de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende” no es un bonito juego de palabras. Es reconocer la capacidad de toda la naturaleza humana para conocer la verdad. No sólo de la razón, sino de la emocionalidad. La unión de estas dos potencias humanas es racional. El racionalismo cercena esto, condenando todo sentimiento a la esfera de la irracionalidad. Pero, como siempre que se cae en un dualismo, separando lo que está unido y privilegiando una de las partes, la historia se toma su venganza. Y tras el frío racionalismo aparece, como reacción, el exuberante romanticismo en el que la emotividad se convierte en la única potencia para vivir en la realidad. Nueva tragedia, porque esto degenera en el sentimentalismo que, así, aislado de la razón, es ciertamente irracional. Pero ambos, racionalismo y sentimentalismo son aberraciones que hacen que el hombre pierda la brújula para navegar por el mar de la realidad. Y ambas aberraciones epistemológicas conducen a aberraciones de comportamiento que, cuando se generalizan, se traducen en aberraciones sociales e históricas. Sólo la superación de esa esquizofrenia cognoscitiva, sólo la recuperación de la unidad de la capacidad de conocer del ser humano por la razón y la emotividad, sólo cuando la cabeza respeta y tiene en cuenta al corazón y viceversa, sólo entonces se obtiene la paz. Y si ese sentimiento es el amor, entendido desde la unidad, la paz está garantizada. Y el cristianismo tiene esa unidad. Entiendo porque amo y amo porque entiendo.

Por todo esto, creer que el cristianismo es la religión verdadera no es excluyente y no es irracional como se quiere hacer ver.



[1]  Concilio Vaticano II, Declaración “Nostra Aetete”, nº 1.
[2] Concilio Vaticano II, Declaración “Nostra Aetete”, nº 2.

5 de febrero de 2014

Frases 5-II-2014

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

La palabra Amor sólo se ha visto asociada al nombre de Dios desde Cristo.


Paul Valéry

2 de febrero de 2014

El papel de la religión en la reciente historia occidental, y en su futuro según Arnold J. Toynbee

Arnold J. Toynbee es autor de uno de los más grandes intentos de dotar a la historia de un soporte científico-empírico que pueda ayudarnos a explicar su devenir. Nacido en 1889, formado en Oxford, dedicó toda su vida a la investigación de la historia en las más prestigiosas universidades británicas, pero también colaboró con el Foreing Office por su convicción de que el entendimiento de la historia puede explicar los comportamientos actuales de los países, amén de dar conferencias en todo el mundo. Su inmensa ópera magna es “El Estudio de la historia” a la que dedicó casi treinta años, desde 1933 hasta 1961, con añadidos posteriores a medida que en su vida veía nuevos acontecimientos. La obra está actualizada hasta casi la fecha de su muerte, en 1975. Son doce tomos en los que deja plasmados pormetorizadamente las causas por las que las civilizaciones nacen, se desarrollan y, eventualmente, mueren. Utiliza para ello el método empírico-científico. Tras desentrañar la historia de las 21 civilizaciones –más algunas otras detenidas o abortadas– que identifica a lo largo de la historia de la humanidad, se embarca en el análisis empírico de los aspectos comunes que las han hecho nacer, crecer y, a la mayoría de ellas, morir. El libro está lleno de una multitud abrumadora de situaciones históricas comparadas entre las distintas civilizaciones, que explican sus conclusiones, extraídas por el método científico-inductivo, remontándose de los hechos a las leyes explicativas. Por supuesto, la historia no es algo exacto que, como la física, permita mediciones precisas y fórmulas matemáticas que cuantifiquen las leyes, pero el tratamiento es el mismo. Toynbee huye de los simplismos deterministas, como los que están en la base de la visión histórica de su contemporáneo alemán Oswald Spengler. Aunque Toynbee no es miembro de ninguna iglesia ni confesión, su obra se abre al papel de la trascendencia en la explicación de la historia. Por supuesto, esto le ha valido el anatema de muchos historiadores puramente materialistas y positivistas que, en general, no le llegan a la suela del zapato. Otro inglés, D. C. Somervell, redujo, con el visto bueno de Toynbee, el inmenso monumento de este último a una “maqueta” de tres tomos de unas 500 páginas cada uno, que hacen esta obra ingente más asequible. Gracias a eso, yo he podido leer –y trabajar sobre– esta inmensa obra y, modestamente, hacer un resumen de sus ideas fundamentales que puede leerse en ocho entradas de este blog publicadas entre el 6 de Septiembre y el 15 de Noviembre del 2009 bajo el título “Vida y muerte de las civilizaciones según Arnold J. Toynbee”. (Si alguien quiere que le envíe este resumen, sólo tiene que mandarme un comentario pidiéndomelo, con su mail. No publicaré el comentario, pero le enviaré lo que me pide).

Pues bien, tras la respuesta de la semana pasada a Antonio Garrigues, me pareció recordar –no en vano he dedicado muchas horas al análisis de la obra de Toynbee– que algunos pasajes de este autor arrojarían una luz llena de autoridad sobre el diálogo con Garrigues. Busqué esos pasajes y los publico ahora, por si, efectivamente, pueden ayudar a este diálogo. Ahí van:

Esto puede considerarse como una pérdida insignificante, en comparación con el empobrecimiento espiritual que la política del cuis regio eius religio[1] iba a infligir al cristianismo occidental en su hogar. La prontitud de todas las facciones competidoras del cristianismo occidental en la época de las guerras de religión para buscar un atajo a la victoria pidiendo, o hasta exigiendo, la imposición de sus propias doctrinas a los adherentes a credos rivales por la aplicación de la fuerza política, fue un espectáculo que minó los fundamentos de toda creencia en las almas por cuya adhesión estaban luchando las iglesias militantes. Los métodos de barbarie del Luis XIV desarrigaron al protestantismo del suelo espiritual de Francia sólo para limpiar el terreno para una cosecha alternativa de escepticismo. La revocación del edicto de Nantes[2] fue seguida a los nueve años por el nacimiento de Voltaire. En Inglaterra también podemos ver establecerse el mismo temperamento escéptico como una reacción a la militancia religiosa de la revolución puritana. Surgió una nueva “Ilustración” [...], una escuela que trató a la religión como un objeto de ridículo; de suerte que, en 1736, el obispo Butler[3] podía escribir en el Prefacio a su Analogía de la Religión, Natural y Revelada, con la Constitución y el Curso de la Naturaleza:

“Se ha llegado, no sabemos cómo, a dar por supuesto por muchas personas que el cristianismo no es realmente un objeto digno de indagación, sino que al cabo se ha descubierto ahora que es ficticio. Y consiguientemente lo tratan como si en la época presente fuera éste un punto en el que estuvieran de acuerdo todas las gentes de discernimiento, y en que no quedaría nada por hacer sino convertirlo en principal objeto de regocijo y ridículo, como si fuera a modo de represalia por haber interrumpido durante tanto tiempo los placeres del mundo”.

Esta actitud de espíritu, que esterilizó al fanatismo a costa de extinguir la fe, ha durado desde el s. XVII al XX, y se ha llegado a tales términos en todas las partes de nuestra “gran sociedad” occidentalizada que al fin se está comenzando a reconocer lo que representa. Se empieza a reconocer como el supremo peligro para la salud espiritual y hasta para la existencia material del cuerpo social occidental: un peligro más mortal, con mucho, que ninguna de nuestras enfermedades políticas y económicas ardientemente investigadas y altamente anunciadas. Este mal espiritual es ahora demasiado evidente para ser ignorado; pero es más fácil diagnosticar la enfermedad que prescribir el remedio, pues la fe no es como un artículo estandard de comercio que puede obtenerse bajo pedido. Será en efecto difícil rellenar el vacío espiritual que se ha producido en nuestros corazones occidentales por la decadencia progresiva de la creencia religiosa que ha venido realizándose durante los últimos dos siglos y medio. Estamos aún reaccionando contra una subordinación de la religión a la política que fue el crimen de nuestros antecesores de los siglos XVI y XVII[4][5].

[...]

“La discordia es algo arraigado en la vida humana, porque el hombre es la más delicada de todas las cosas del mundo que el hombre se ve obligado a tratar. Y éste es un animal social y al mismo tiempo un animal dotado de libre voluntad. La combinación de estos dos elementos en la naturaleza del hombre, significa que, en una sociedad construida exclusivamente por miembros humanos, habrá un permanente conflicto de las voluntades; y este conflicto puede llegar a extremos suicidas a menos que en el hombre no se dé el milagro de la conversión. La conversión del hombre es necesaria para la salvación del hombre, porque su libre e insaciable voluntad le da su potencialidad espiritual, pero haciéndole correr el riesgo de alejarse de Dios. El animal social prehumano no bendecido –o maldecido– por esta capacidad espiritual de elevarse por encima del nivel de la psique instintiva, no corrió ese riesgo, pues la psique instintiva goza de la misma armonía, sin esfuerzos, con Dios que la inocencia del inconsciente asegura a toda criatura no humana. Este estado de Yin, negativamente bienaventurado, quedó quebrado cuando la conciencia y la personalidad humana se crearon por obra de un movimiento Yang, en el que “separó Dios la luz de las tinieblas”. El yo consciente del hombre, que puede servir como vehículo elegido por Dios para la realización de un milagroso progreso espiritual, puede asimismo condenarse a una lamentable caída, si la consciencia que tiene de estar hecho a imagen de Dios lo embriaga hasta el punto de idolizarse a sí mismo. Esta embriaguez suicida que son los gajes del pecado del orgullo, es una aberración espiritual a la que el alma está perpetuamente inclinada en el inestable equilibrio espiritual inherente a la esencia de la personalidad humana. Y el yo no puede evadirse de sí mismo mediante una regresión al estado Yin del Nirvana. El recobrado estado Yin en el que el hombre encuentra la salvación es la paz, no de una aniquilación inanimada de uno mismo, sino de una tensa armonía. La misión de la psique consiste en volver a conquistar la virtud del niño, después de haber “dejado de lado las cosas de niños”. El yo debe alcanzar, cual un niño, esta reconciliación con Dios mediante el ejercicio viril de la voluntad que le dio Dios para hacer la voluntad de Dios y con ello merecer la gracia de Dios[6].

Si tal es el camino de salvación del hombre, éste tiene que recorrer una dura senda, pues el vigoroso acto de creación por el cual el hombre se convirtió en homo sapiens hizo, al propio tiempo, mortalmente difícil su conversión en homo concors; y un animal social que es homo faber cabal, debe cooperar o perecer.

En virtud de la innata sociabilidad del hombre, cualquier sociedad humana lo abarca todo en potencia. Hasta el año 1952 d.de C[7]. ninguna sociedad humana había sido aún de dimensiones literalmente mundiales en los planos de la actividad social. Pero una sociedad moderna secularizada había alcanzado ultimamente una virtual universalidad en el plano económico y técnico sin haber alcanzado empero, un éxito coparable en plano político o cultural; y después de las devastadoras experiencias de dos guerras mundiales, no existía la certeza de que se llegara a una unificación política del mundo sin que la determinara el habitual y tremendo golpe de no knock-out, que era el precio tradicional de la unidad en la historia de las civilizaciones. En todo caso la unidad del género humano no puede lograrse por expediente tan drástico. Puede lograrse sólo como un resultado incidental de obrar de acuerdo con una creencia en la unidad de Dios y de considerar esta sociedad terrestre unitaria como una provincia de la república de Dios.

[...]

Sin la participación de Dios no puede haber unión de la humanidad y cuando la tripulación humana prescinde del piloto celestial, el hombre no sólo cae en la discordia que contradice su innata sociabilidad, sino que además se ve atormentado por un problema trágico, inherente a su condición de criatura social y que por lo tanto se le plantea más agudamente cuanto más logra vivir de acuerdo con las exigencias morales de su naturaleza social, mientras procure desempeñar su papel en una sociedad de la que no es miembro el único Dios verdadero. Ese problema estriba en que la acción social en la que se realiza un ser humano excede infinitamente, tanto en el tiempo como en el espacio, los límites que alcanza una vida individual en la tierra. De esta suerte la historia observada exclusivamente desde el punto de vista de cada participante individual humano es “un cuento cuento contado por un idiota, que no significa nada”[8]. Pero esta “furia”, aparentemente sin sentido, adquiere significación espiritual cuando el hombre tiene en la historia un atisbo de lograr del único Dios verdadero.

De manera que mientras una civilización puede constituir provisionalmente un campo inteligible de estudio, la república de Dios es el único campo de acción moralmente tolerable; y las religiones superiores ofrecían a las almas humanas la ciudadanía en esta civitas Dei de la tierra. La participación fragmentaria y efímera del hombre en la historia terrestre queda en verdad redimida para él cuando puede desempeñar su papel en la tierra como el coadjutor voluntario de un Dios cuyo dominio de la situación confiere un valor y un significado divinos a los empeños del hombre, que de otro modo serían insignificantes; y esta redención de la historia es tan preciosa para el hombre que, en un mundo occidental moderno secularizado, una filosofía criptocristiana de la historia era sostenida por racionalistas presuntamente excristianos.

“Porque pusieron su fe en la Biblia y en el Evangelio, en la descripción de la creación y en el anuncio del reino de Dios, los cristianos estaban en condiciones de aventurarse a una síntesis de la totalidad de la historia. Todos los intentos ulteriores del mismo tipo no hicieron sino reemplazar el fin trascendente que aseguraba la unidad de la síntesis medieval, por varias fuerzas inmanentes, que servían como sustitutos de Dios; pero la empresa seguía siendo la misma, y fueron los cristianos los primeros que concibieron esto[9], es decir, dar a la totalidad de la historia una interpretación inteligible, que explicara el origen del género humano y le asignara un fin... Todo sistema cartesiano se basa en la idea de un Dios omnipotente, que en cierto modo se crea a sí mismo y que por lo tanto, coma a fortiori, crea las verdades eternas, incluso las verdades de las matemáticas, crea a si mismo el universo ex nihilo y lo conserva en virtud de un acto de creación contínua sin el cual todas las cosas volverían otra vez a la nada, de donde Su voluntad las sacó... Consideremos el caso de Leibniz. ¿Qué quedaría de su sistema si se suprimieran los elementos propiamente cristianos? Ni siquiera el enunciado de su problema esencial..., el del radical origen de las cosas y la creación del universo por obra de un Dios libre y perfecto... es un hecho curioso y muy digno de notarse el de que si nuestros contemporáneos ya no apelan a la Ciudad de Dios y al Evangelio, como Leibniz hizo sin titubear, ello no se debe, a la postre, a que hayan escapado a su influencia. Muchos de nuestros contemporáneos viven de acuerdo con lo que determinaron olviar”[10].[11]

Permítaseme terminar con un poema escrito por un buen amigo mío que ilustra la pequeñez de este ser llamado hombre y la inmensidad de la historia:

Desde la ventana de mi vida, abierta
a una eternidad velada por visillos
de tiempo corruptible y vano,
me asomo a la calle del misterio.
Veo la historia humana,
creada pura y luego mancillada.
Veo tu plan de rescate que proviene
por un cabo de la calle
desde muchos milenios enterrados
y de algunos con taquígrafos y luces.
Se extiende al otro lado por eones,
erráticos a veces, casi siempre locos,
libres, abiertos a la bondad
o asomándose al abismo.
Y recorriendo la ciclópea calle
el hombre, pequeño, diminuto,
a minúscula escala reducido.
¿Por qué con el fin de redimirnos
inventaste una tan larga historia?
¿Para ponerla en las manos
de unos seres que sólo viven años?
¿Cómo podremos dirigirla,
ciegos guiando a ciegos,
rodeados por abismos insondables?
La respuesta está en poetas y profetas.
Ambos ven más allá de la apariencia.
Unos miran el fondo de las cosas
donde nada es lo que parece,
donde todo tiene un nombre oculto
dado por Ti directamente
a la esencia del ser y la conciencia.
Los otros leen el signo de los tiempos,
vigías en mástiles altivos,
expuestos a los vientos y a los fríos.
Meteorólogos del tiempo que resbala,
atisban un futuro inexistente
olfateando un pasado escurridizo.
Unos rezan por los seres,
los otros por la historia.
Pero nadie atiende a los primeros
y los segundos nunca son creídos.
Sólo son bichos curiosos,
tolerados, tal vez celebrados,
mejor después de muertos
que estando aún en vida,
pero nunca jamás considerados
sino como una excrecencia de la especie,
como un lujo extravagante y consentido.
Sólo Tú inclinas a ellos tu preciso oído.
Sólo Tú miras sus labios al moverse.
Sólo Tú les susurras versos y visiones.
Haces que unos a otros se tomen el relevo,
que se hablen por encima de los siglos,
que como trama y urdimbre se entrecrucen
para formar una red que nos conduzca,
sin que ellos sepan cómo ni lo vean,
tal vez sin creer en lo que hacen,
al final de la torcida calle
de la Historia fugaz y redentora.

Espero que estas líeas puedan servir para el diálogo iniciado la semana pasada.



[1] Cuius regio eius religio fue la frase con la que se sintetiza la decisión a la que se llegó en la Paz de Augsburgo (1555) que puso fin a las llamadas guerras de religión de Carlos V. El acuerdo fue que en todos los principados alemanes, los súbditos tenían que adoptar la religión de sus gobernantes. Esto se aplicaba solamente a católicos y luteranos, dejando fuera a calvinistas y otras derivaciones protestantes. Naturalmente, la paz fue efímera, precisamente porque la razón de las guerras no era religiosa y, por tanto, una solución religiosa –por lo demás aberrante– no podía traer la paz sobre cuestiones de ambición política, económica y territorial.
[2] El edicto de Nantes, promulgado en 1598 por el rey Enrique IV, permitía la libertad de culto en Francia para el luteranismo y el catolicismo y poniendo serias restricciones al calvinismo. Fue revocado por Luis XIV en 1685 por el edicto de Fontainebleau.
[3] Se refiere al obispo anglicano John Butler.
[4] Es de justicia hacia Toynbee aclarar que el hecho de que califique de crimen la subordinación de la religión a la política no implica, de ninguna manera que abogue por la subordinación de la política a la religión. A lo largo de las páginas de Toynbee se desprende claramente que es bueno que exista una sana tensión entre religión y política y que esta sana tensión es fuente de creatividad social y política. Cualquier subordinación, en un sentido u otro, es, para Toynbee, perjudicial para la marcha de la historia, según creo que se desprende de sus escritos.
[5] “El Estudio de la historia”, Arnold J. Toynbee, resumen de D. C. Somervell, Alianza Editorial, 1981, pags. 186, 187.
[6] Es evidente aquí que Toynbee, hombre abierto a la trascendencia, religioso, pero no creyente, tiene una visión puramente humana de la gracia, como algo que se consigue por el esfuerzo, cuando en las creencias cristianas es exactamente al revés. La gracia, que viene de gratuidad, es un don gratuito que precede a la voluntad y sin anularla, la transfigura, la fortalece y la hace capaz de adherirse a la voluntad divina. Esta fue la disputa fundamental de san Agustín con Pelagio, al que Toynbee, casi cita. El pelagianismo fue considerado por la doctrina cristiana como erróneo en el siglo V. Esto no significa que la voluntad del hombre no deba esforzarse, ayudada por la gracia por recorrer la dura senda de la que Toynbee habla en la línea siguiente, sino que hace de la gracia algo imprescindible para recorrerla.
[7] Dos cosas sobre esta fecha. Toynbee, hombre que sabe ver la historia con una perspectiva que va desde la aparición del hombre hasta nuestros días, casi siempre da las fechas con el a. de C. y el d. de C., aunque sea evidente. Por otro lado, ignoro por qué ha elegido, precisamente el año 1952 como el parteaguas del antes y el después de la globalización del mundo.
[8] Cita incompleta de la tragedia “Macbeth” de Shakespeare en la que éste personaje, cuando ve que se derrumba su edificio de crímenes, exclama: “Life’s but a walking shadow; a por player,/That struts and frets his hour upon the stage,/And then is Heard no more: it is a tale/Told by an idiot, full of sound and fury,/Signifying nothig”. “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, sin ningún significado”.
[9] Creo que no fueron los cristianos, sino los judíos, los que dieron ese sentido a la historia. Los cristianos  hemos heredado de ellos esta visión teleológica de la historia.
[10] Etienne Gilson, de la Academie Française, “L´esprit de la philosophie médiévale”
[11] “El Estudio de la historia”, Arnold J. Toynbee, resumen de D. C. Somervell, Alianza Editorial, 1981, pags. 442-447.