7 de noviembre de 2020

Los cinco experimentos

 

Hoy hago un post de algo que no es de mi cosecha, pero que me parece extraordinariamente interesante. Es una conferencia dada en 2015 por Fernando del Pino en el advisory board del fondo de inversión Magallanes Value Fund, en el que, lejos de hablar de temas estrictamente financieros, habla de los grandes peligros que afronta la civilización occidental. Se puede estarmás o menos de acuerdo con lo que dice o no estar de acuerdo en absoluto, pero de lo que no cabe duda es de que es una reflexión inteligente que hace pensar fuera de la caja sobre cosas de la máxima importancia. Espero que os resulte tan interesante como a mí. La conferencia y el texto que la recoge están en inglés, pero me he tomado la libertad de traducirla y, sobre esa realidad, de trufarla con algunas notas a pie de página de mi cosecha. Os mando las dos versiones.

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Los cinco experimentos. Por Fernando del Pino

Cuando fui graciosamente invitado por nuestro fundador para hacer una presentación en nuestra primera reunión, pensé que sería interesante reflexionar sobre una visión global de lo que creo es un declive multigeneracional de la civilización Occidental, más que hablar sobre el interesante, pero mucho más estrecho campo de la inversión. Debo empezar con dos descargos: El primero es que no soy historiador y no pretendo, por lo tanto, que mis datos sean completamente exactos o exhaustivos (aunque heya hecho lo mejor que podía en este sentido). En segundo lugar, usare mi derecho al libre discurso para ser muy políticamente incorrecto: algunos datos pueden sorprenderles, de la misma manera que me sorprendieron a mí cuando los descubrí.

 Mi conferencia se titula “Los cinco experimentos”. De acuerdo con el diccionario Webster, un experimento es “algo que se hace a modo de prueba, algo que se hace para ver cómo funciona de bien o de mal”. También es “una prueba científica en la que se llevan a cabo una serie de acciones y se observan cuidadosamente sus efectos para aprender sobre algo”. Las sociedades de <occidente están llevando a cabo cinco experimentos –aunque no seamos conscientes de que son eso: experimentos–. Todos ellos son bastante recientes y jamás probados en la historia de la humanidad, con el problema de que están siendo tomados como definitivos, como si no fueran experimentos, sino una realidad inmutable, una verdad axiomática que no puede cambiarse. Son experimentos, aunque no estemos observando sus efectos cuidadosamente para aprender y no estemos juzgando cuan bien o mal funcionan. Todavía peor: todos ellos se ven como avances innegables de la civilización y protegidos por el puño de hierro y la fuerte presión de la tiranía de lo políticamente correcto. Como dijo Churchill, “por muy bonita que sea la estrategia, se deberían mirar a menudo sus resultados”. Eso es precisamente lo que intento hacer.

 El primer experimento es el sufragio universal y la democracia sin límites, entendida como un sistema en el que una simple mayoría de gente, admitida a votar sobre la única base de una edad mínima (muy baja, por cierto) puede decidir sobre prácticamente todo –incluidos, en gran medida, sobre los derechos de la minoría–. Esto es un invento muy reciente que en la mayoría de los casos se ha iniciado entre hace 50 y 75 años. Sabemos que el objetivo de todo sistema político debería ser la libertad, el orden y la justicia, bajo un marco ético que promueva la virtud. La democracia es tan solo un instrumento que se supone es mucho mejor que cualquier otro para lograr esos fines, pero que no debería considerarse como un objetivo en sí misma. En el mundo de hoy, sin embargo, la democracia se considera confusamente como sinónimo de libertad, dando la falsa impresión de que lo único que importa es la libertad política, sin tener en cuenta el nivel del concepto mucho más amplio, valioso y precioso de la libertad personal. De hecho, una democracia puede ser pervertida hasta el límite de que llegue a ser enemiga de la libertad y el orden y su corta historia ha proporcionado ya algunos tristes ejemplos de ello. Hitler fue elevado al poder muy democráticamente por el pueblo alemán en las elecciones de 1933 a pesar del hecho de que no ocultó en absoluto sus ideas. La democracia tiránica de Venezuela es otro ejemplo reciente.

 La mayor parte de la historia el hombre ha vivido bajo el gobierno de reyes. Por supuesto, incluso bajo regímenes absolutistas, el rey no estaba solo en el ejercicio del poder. Como dice el historiador de Oxford Ronald Syme en su libro “La revolución romana”: en cualquier tiempo, cualquiera que fuese el nombre del gobierno, monarquía, república o democracia, una oligarquía se oculta detrás de la fachada…”. De hecho los reyes estaban sujetos a muchas limitaciones la principal de las cuales era su creencia religiosa en un poder superior a ellos mismos y ante el que ineludiblemente deberían responder a su debido tiempo. En segundo lugar, estaban sujetos a unas leyes que era más o menos inmutable, basadas en le religión y las costumbres, al contrario que las legislaciones actuales muy a menudo y únicamente responden al albur de los vaivenes de los estados de ánimo de la mayoría. Los reyes dependían de los nobles para los ingresos y las tropas debido al hecho de que tenían un acceso limitado a los ingresos de impuestos y muy poco control efectivo a la creación de nuevos impuestos mientras que no existían las levas de tropas (fue la revolución francesa, en 1789 la que trajo la posibilidad de esas levas). Laa levas militares, que damos como un hecho en nuestros días, a pesar de ser una incuestionable merma en las libertades personales, fue un desarrollo importante. Antes de estas levas. Antes de ellas, los soldados eran mucho más caros y, por lo tanto, los ejércitos más pequeños. Las guerras totales eran inconcebibles, la vida normal no se veía afectada por lo que pasaba en un frente que era bastante estrecho por definición y las líneas entre los gobernantes y los gobernados no eran tan imprecisas como llegaron a ser más tarde –con la nefasta consecuencia de hacer posible el odio entre pueblos enteros mediante el uso intensivo de propaganda.

 Entro los siglos VI y III A. de C. la Grecia antigua es conocida por haber costituido la primera democracia en la historia, pero ésta nada tenía que ver con el impensable concepto de sufragio universal. Más delante contaré por qué esto acabó trágicamente, de acuerdo con un gran especialista americano en civilizaciones antiguas. La república de Roma duró cinco siglos y solamente tuvo un vago aroma democrático. Sin embargo, una vez más, ni Grecia ni Roma tuvieron sufragio universal e, incluso, las dos coexistieron con la institución de la esclavitud. Solo con un par de excepciones, tales como, tal vez, la república de Venecia o Suiza, desde el fin de la democracia griega y la república romana y durante los siguientes 1.800 años, la democracia, incluso en su forma más limitada de un pequeño grupo de gente admitida al voto sobre unos pocos asuntos, no existió como sistema político prácticamente en ningún sitio en el mundo. A principios del siglo XIX, sólo una pequeña parte de la población tenía derecho a voto en los pocos países en los que había algunos tímidos rasgos de sistema democrático. El sólo pensamiento de equiparar el valor del voto de un joven inexperto con el de un experimentado y sabio adulto, o el de una persona letrada y culta  con el de una persona sin formación, o el del que paga impuestos para financiar subsidios con el que los recibe, era considerado absurdo, por decirlo suavemente.En el Reino Unido, por ejemplo, hasta 1815 solamente el 4% de la población de más de 20 años tenía derecho a voto (en 1832 era aproximadamente el 7%) y sólo el 10% de los alemanes tenía el derecho a voto tan tarde como en 1871. Y en otros países era similar. Por supuesto, el sufragio universal no fue admitido hasta el siglo XX, entre 1813 y 1828 en el caso del reino Unido, Suecia, Noruega, Dinamarca, Austria, Alemania y Holanda, la mayoría de ellos después de la Primera Guerra Mundial. Teniendo en cuenta que ciertos grupos de la población general no tuvieron derecho a voto hasta mucho más tarde (mujeres y minorías étnicas o religiosas), no podemos hablar de sufragio universal en otros países hasta la segunda mitad del siglo XX: Italia (1945) Canadá (1960), Australia (1962), Estados Unidos (1955), Suiza (1971), Portugal (1976) o Liechtenstein (1984)[1]. Es Brasil, los analfabetos tenían prohibido el voto hasta 1988 y en Suecia, los católicos, que no tuvieron derecho a voto hasta 1871, tuvieron que esperar hasta 1950 para poder ser miembros del gobierno (por cierto, sólo en 2013 se permitió a los miembros de la casa real británica casarse con un católico romano sin perder los derechos de sucesión).

 Posiblemente, uno de los mejores experimentos de libertad en la historia de la humanidad sea la Constitución de los estados Unidos de 1788. Sin embargo, podría sorprender al lector (como me sorprendió a mí) que a alguno de los Padres Fundadores no les gustaba mucho la democracia. Tendían a definir el sistema democrático como “dos lobos y una oveja votando sobre qué hacer de cena” y estaban extremadamente preocupados de que semejante sistema político se convirtiese pronto en “el gobierno de la masa”, en el que la mayoría llegase a ser el nuevo tirano y abusase de la minoría –definida por religión, raza o riqueza (los más o los más ricos). Se pueden reexaminar muchos asuntos comunes a la luz del abuso de la mayoría en democracia: impuestos progresivos (la mayoría decide que la minoría más rica tiene que pagar más que proporcionalmente), una legislación laboral rígida, que hace más difícil el despido e incrementa el salario mínimo (protegiendo aparentemente a la mayoría con empleo mientras destruye las posibilidades de encontrar trabajo a la minoría desempleada) e, incluso, el  aborto (la mayoría ya nacida a la minoría sin voz e indefensa que está aún en el seno materno de su derecho a existir). Por esto los Padres Fundadores crearon una Constitución dificultando el sobregobierno de cualquier mayoría, estableciendo claramente que los derechos inalienables de la gente no fuesen decididos o votados por sus semejantes humanos, sino que fuesen determinados por un Ser Superior: Dios. Esta Constitución se esperaba que fuese la fortaleza inexpugnable que defendiese siempre a las minorías contra los caprichos de las mayorías. Más aún, se constituyeron numerosos controles y contrapesos. A lo ancho de todo el mundo, las constituciones son protegidas para prevenir cambios fáciles. De hecho, es para los políticos un fastidio tan grande cambiar legalmente las constituciones en su obsesiva búsqueda del poder arbitrario, que han encontrado un atajo más corto como el control del Tribunal originalmente establecido para interpretar la Constitución. Como consecuencia, las constituciones han sido lentamente retorcidas en todas partes para permitir un amplio abanico de legislaciones que con toda probabilidad hubiesen sido consideradas por sus autores originales como profundamente anticonstitucionales.

 Así, la gente considera hoy, correctamente, el derecho divino de los reyes como absurdo, pero, extrañamente, acepta feliz el derecho divino de las mayorías (que es, cuanto menos, tan absurda) como la cosa más natural del mundo. De hecho, los gobiernos de hoy día, elegidos por mayorías, tienen tal poder que los reyes absolutistas palidecerían de envidia. En la mayoría de los países de Occidente (no en todos) la gente no tiene miedo de la llegada de una mayoría hostil, pero en muchos países alrededor del mundo en los que hay una población heterogénea o donde hay serias tensiones entre mayorías y minorías, los resultados electorales son a menudo contemplados con ansiedad por los probables perdedores, en la medida en que diferentes resultados traerían escenarios totalmente diferentes que podrían incluso disparar un exilio temporal para preservar la propia salud, libertad o vida.

 Hasta aquí el primer experimento: nunca antes en la Historia, la democracia ha sido usada en semejante escala masiva, y nunca las mayorías han tenido tan irrestricto poder.

 El segundo experimento que es Gran Gobierno y Estado del Bienestar, data también de hace unas pocas décadas (tal vez también 50-75 años) y está absolutamente ligado al primero. En los sistemas democráticos, los políticos necesitan seducir a las masas y usualmente lo hacen prometiendo dinero público a cambio de votos. Los impuestos son la otra cara de las promesas, su consecuencia natural: Primero se promete; después se cobran impuestos. Así, con la creación de la democracia sin límites, los políticos empezaron a hacer promesas a un ritmo creciente y los impuestos tenían que tenían que venir a continuación (a pesar de eso, en uno de esos notables fenómenos sociales, la mayoría de los votantes cree todavía en las promesas, la mayoría de los votantes creen todavía que las promesas no llevan aparejado coste).

 Hasta finales del siglo XIX, aproximadamente el 50% del gasto público era militar. En los tiempos antiguos, el gasto público de las monarquías se estimaba en un rango de entre el 5 y el 7% del PIB. Incluso en 1970, el gasto público de los países de Occidente se situaba alrededor del 10% del PIB; antes de la Primera Guerra Mundial estaba todavía por debajo del 13% del PIB. Por dar algunos ejemplos completos, el gasto público sobre el PIB era, del 7% en EEUU y del 12% en Reino Unido por esas fechas. En los países nórdicos, actualmente conocidos por ser el paradigma del Estado del Bienestar, el gasto público era del cerca del 6% del PIB en 1870 y estaba por debajo del 10% en 1913 (parece que llegaron a ser ricos y prósperos con gobiernos limitados y luego decidieron despilfarrar todo tan pronto como olvidarosn el verdadero origen de su riqueza). Estas eran las cifras de hace sólo 100 años cuando nuestros abuelos eran ya adultos. Hoy, el gasto público en la UE está cerca del 50% del PIB.

 La deuda pública era prácticamente inexistente a principios del siglo XX (en cualquier caso estaba por debajo del 10% del PIB) y los presupuestos equilibrados se consideraban la norma salvo en tiempos de guerra. Los empleos públicos como porcentaje del total de la fuerza laboral era minúsculo, entre el 3 y el 5% en 1900. En España, tan tarde como 1975 la deuda pública estaba alrededor del PIB y el gasto público se mantenía alrededor del 20% del PIB. Sidney Homer nos recuerda, en su trabajo “Historia de los tipos de interés” que en el siglo XIV, por ejemplo, los prestamistas exigían a los reyes (gobiernos) pagar intereses más altos que a los prestatarios comerciales corrientes porque les consideraban menos dignos de confianza. En sólo 100 años, la deuda pública se ha disparado desde el 10% del PIB hasta el actual 90-100% en muchos países de Occidente y que, gracias a los Bancos Centrales muchos Estados cobran a sus acreedores por el privilegio de prestar a sus gobiernos prácticamente en bancarrota. Me pregunto si la sabiduría social a aumentado o disminuido desde el siglo XIV.

 Los impuestos permanentes –la principal fuente de fondeo o capacidad extractiva de los estados– es otra invención reciente (como puede verse, no todos los inventos suponen un progreso para la humanidad). El primer impuesto permanente se aplicó en Gran Bretaña en 1842, seguido por Austria, Italia y Japón en la segunda mitad del siglo XIX. Alrededor de 1.900 Holanda y la mayoría de los países nórdicos europeos (Noruega, Suecia y Dinamarca) siguieron el ejemplo. Entre 1913 (poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial) y 1925 EEUU, Francia, Alemania, Australia, Canadá, Finlandia y Bélgica, se unieron al grupo. Suiza no decretó el primer impuesto sobre la renta permanente a nivel federal hasta 1939 (con el estallido de la Segunda Guerra Mundial). Debe resaltarse que al principio, los tipos impositivos aplicados solían estar en la parte baja de un dígito, situándose entre el 1% y el 7% de la renta anual (hoy en día no es extraño encontrar tipos impositivos máximos de entre el 40 y el 50%).

 después de esto, los siempre astutos políticos han encontrado muchas formas de aumentar los impuestos. Los impuestos progresivos que eran tenidos por inconstitucionales en los EEUU hasta 1913, ese año infausto en el que se creó la FED (el hecho de que ambos eventos se produjesen en el mismo año, 1913, bien podría ser el origen de la mala reputación del número 13), fueron en seguida adoptados. Ciertamente, a través de los impuestos progresivos los políticos disfrazan y endulzan el inevitable disgusto de los votantes causado por el aumento de los impuestos, usando el siempre poderoso sentimiento de envidia como el principal edulcorante: “los ricos pagarán todavía más”, dicen. ¡Oh!, me siento mejor” responde el votante. “Póngame impuestos, por favor”. De hecho, los impuestos progresivos deberían verse como el destructor, a largo plazo, del principio de propiedad privada. Si el sistema político permite a la mayoría decidir sin restricciones sobre la riqueza de la minoría, parece lógico pensar que, de forma abusiva, los altos tipos impositivos llevarán al impuesto sobre el patrimonio y, después, hacia la expropiación legal (adornada por bellas palabras como “justicia social”, por ejemplo) y, finalmente, hacia la confiscación, arbitraria e ilegal, antes de que todo el sistema explote en el caos total.

 Otro truco usado por los políticos es llamar “Seguridad Social” a lo que simplemente es otro enorme impuesto más. Seguridad Social suena mejor, por supuesto:incluso suena como a un contrato de pensiones, salvo por el pequeño detalle de que no hay ningún contrato (sólo la promesa de un político, que yo no calificaría como AAA). Aún otro truco más es el pago a cuenta de los impuestos, que divide el pago de los impuestos a lo largo del año con el objetivo de reducir el dolor de un único pago en una fecha determinada. Por último, los políticos han inventado una miríada de pequeños impuestos de forma que el abusivo nivel final de imposición pase desapercibido, y también el gran furtivo concepto de los impuestos indirectos. El Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), inventado por un burócrata francés tan tarde como en  1954 es la madre de todos los impuestos indirectos. Por supuesto, todos los impuestos transitorios, se mantienen para siempre, y la gente parece aceptar borreguilmente cualquier otra forma de imposición creada, con independencia de cuan excéntrica y ultrajante pueda haber sido vista hace tan sólo una generación –y no digamos hace dos.

 En cualquier democracia ilimitada un Estado del Bienestar es simplemente el síntoma de envejecimiento. Cuanto más sano sea un sistema democrático tanto más tiempo le llevará degenerar en un Estado del Bienestar. En este sentido, les está llevando mucho más tiempo a los países anglosajones que a los de la Europa continental. En un Estado del Bienestar, los políticos prometen a Pedro que será subsidiado a expensas de Pablo y entonces corren a convencer a todos y cada uno de los votantes que ellos son todos Pedro (excepto las obvias minorías que, en cualquier caso, no cuentan). El principio de los políticos es simple: tú ganas, yo redistribuyo. Coge con una mano y lo vuelve a dar con la otra (con algunas desafortunadas pérdidas por el camino). Desde mi punto de vista, cualquier sociedad que aspire a llamarse a sí misma civilizada tiene el deber moral de cuidar de los más débiles, de los que no pueden cuidarse a sí mismos, temporal o permanentemente. El Estado debería tener únicamente un papel subsidiario, mientras que la familia (actualmente bajo el más vicioso ataque) representa el soporte principal de estos más débiles, seguida por el voluntariado de otros seres humanos a través de la caridad. Sin embargo, los más débiles, por definición, son minoría, y las minorías son de escaso interés para el Estado del Bienestar, que es un concepto político. Esta es la razón por la que el Estado del Bienestar ha fallado en proveer protección a aquellos a los que debería, mientras despoja (y controla) a los que no debería.

 Los políticos prometen una inexistente, fraudulenta, completamente imaginaria seguridad a cambio de un precioso y muy preciado valor llamado libertad y la gente acaba sin ninguna de las dos cosas. Esta fue la trampa del comunismo, pero la posibilidad de aceptar este trato venenoso es tan viejo como el ser humano. En la Biblia podemos ver cómo el pueblo judío protesta amargamente contra Moisés por todas las adversidades que sufren en el desierto, sólo semanas después de haber sido salvado por él de la esclavitud: “Por qué no nos dejaste morir a manos de Yavé en Egipto, donde comíamos hasta saciarnos alrededor del caldero de carne”. Cambiarían felizmente su recién recuperada libertad, naturalmente, llena de incertidumbres, por la “seguridad” de un estómago lleno. Definitivamente, no podemos dar por asegurado el valor que el hombre medio da a su propia libertad, ya que ésta conlleva responsabilidad, esfuerzo, tomar las decisiones correctas, errores y caídas, y ponerse en pie otra vez después de cada caída. En realidad, la verdadera libertad puede ser aterradora. Por eso, un comediante español de los años 70 y 80 decía: ¡Seremos libres! Y a los que no quieran ser libres, ¡les obligaremos a ser libres!”

 Los Estados del Bienestar crean la impresión de que el dinero crece en los árboles: autopistas e infraestructuras de trenes alta velocidad “gratis”, sistema sanitario “gratis”, sistema de educación pública gratis. Extraños derechos empiezan a crecer como setas en un bosque húmedo –derechos sin deberes–. Por otro lado, se mata la responsabilidad personal en el altar de los derechos universales y del poder político: el Estado proveerá, sin importar qué, por lo tanto, no hay necesidad de ahorrar, no hay necesidad de tener niños para que te apoyen en la vejez, no hay necesidad de buscar trabajo, no hay necesidad de mantenerse sano. Esto es Europa: una ciudadanía totalmente dependiente del Estado (por supuesto, un ciudadano libre e independiente ha sido siempre una molestia para cualquier poder yonqui. La Seguridad Social, disfrazada de un sistema de ahorro esponsorizado por el Estado, se convierte en un esquema de pirámide Ponzi. Los votantes son sobornados abiertamente con cada vez más subsidios y un conjunto de absurdas, tiránicas y abrumadoras regulaciones parecen traer el totalitarismo por la puerta de atrás. Nos distraen con la libertad política, mientras nos roban progresivamente la libertad personal a pasos acelerados. El inmenso peligro está en que podemos acabar viviendo en una sociedad totalitaria disfrazada de democracia donde la gente solamente puede elegir cuidadosamente el siguiente tirano para los siguientes pocos años, sin importar quién pueda ser.

 Los políticos primero prometen, después crean impuestos. Cuando se exceden sobre los ingresos por impuestos, piden prestado. Un gigantesco endeudamiento es el tercer experimento. La tendencia merece especial atención en los últimos 35 años. Hablando históricamente, los gobiernos sólo se endeudaban fuertemente en tiempos de guerra, y los particulares recelaban mucho del endeudamiento excesivo. Hoy, los niveles de deuda, públicos como los pública como privada están en records históricos en la mayoría de las regiones del mundo. Parece como si las sociedades de hoy hubiesen perdido el respeto que el endeudamiento merece. Etimológicamente la deuda es tener sin tener, es decir, pan para hoy y hambre para mañana. Como normalmente permite vivir más allá de las posibilidades, conlleva cierta medida de pérdida del sentido de la realidad. La deuda no aumenta la riqueza y resulta peligrosa porque nuestros activos cambian de valor, como nuestros ingresos, pero la deuda se mantiene inmisericordemente constante sin tener en cuenta lo que los activos o los ingresos puedan hacer. Como dijo un día un sabio hombre de negocios español: “La deuda es lo único real”.

 En los viejos buenos tiempos, la deuda tenía dos aspectos disuasorios: Los tipos de interés y la obligación de repago. Los tipos de interés han sido suprimidos por los Grandes Timoneles (bancos Centrales) y la renegociación del vencimiento de la deuda se ha convertido en norma en la medida en la que los sobreapalancados prestamistas no quieren darse cuenta de cuan podrida está realmente su cartera de deuda y siguen dando patadas a seguir, en la esperanza de que vendrán tiempos mejores para salvarles del desastre. Aparentar es el nombre del juego. El problema con estas insensatas políticas es que el mundo se ha hecho adicto a la deuda y ya ha consumido hoy la riqueza de mañana. Como toda adicción la cura estriba en pasar por el dolor de la abstinencia, pero en nuestras adolescentes, consentidas y egocéntricas sociedades, el dolor ha dejado de ser aceptable (y puede llegar a ser ilegal). Antes o después, el día del ajuste de cuentas finalmente llegará, y cuanto más lo pospongamos, más vicioso será el colapso final.

 Por último, el sistema de reserva fraccionaria, basado en la confianza, es muy peligroso[2]. Si tenemos enormes deudas y una falsa seguridad a través del “seguro” de los depósitos (¿quién asegura al asegurador?) que garantiza hasta una cierta cantidad de los depósitos (¿quién garantiza al garante?) se quita de los hombros de la gente la responsabilidad d elegir que entidad es suficientemente segura para salvaguardar sus duramente conseguidos ahorros. El sistema de reserva fraccionaria conlleva el miedo a una fuga de depósitos bancarios. Si los depósitos fuesen reales (o, por lo menos, más reales), la quiebra de un banco sería como la quiebra de cualquier otra quiebra, con sus accionistas y otros acreedores soportando la carga del error humano. No habrái nada parecido a un riesgo sistémico y ambos, directivos y depositantes se tendrían que comportar más responsablemente (¿Cómo adultos?). Lo que se ve por todas partes es un abuso de confianza en el que se ha permitido al sistema hacerse muy frágil. La fragilidad es un concepto traicionero: durante mucho tiempo parece que no pasa nada y la prudencia parece estupidez hasta que, de repente, aparentemente a partir de un cielo azul y si nubes, se desatan todos los fuegos del infierno[3].

 El cuarto experimento tiene que ver con banqueros centrales locos y dinero fiat[4], y se remonta a1971 cuando el presidente Nixon canceló unilateralmente la convertibilidad del dólar americano en oro. Nixon dijo, literalmente: “He ordenado al Secretario Connally suspender temporalmente la convertibilidad del dólar en oro”. Por favor, tómese nota del “temporalmente” y véase 44 años más tarde.

 Como se ha visto, la historia del dinero fiat: los que tienen el poder primero prometen, luego crean impuestos; llega un momento en el que hay más promesas que dinero (la exacta definición del Estado del Bienestar actual) y entonces los que tienen el poder no tienen otra opción que endeudarse. Entonces, cuando ningún prestamista en su sano juicio le prestaría un solo céntimo, los que tienen el poder imprimen. Es fácil y por un momento parece inofensivo. Podemos encontrar ejemplos en China, tan antiguamente como en el siglo X o en el Imperio Romano, antes de su caída. El final es predecible: la destrucción del dinero. El dinero tiene una demanda limitada, finita. Si se crea una oferta infinita, su valor cae a cero. Por supuesto, las divisas fiat tienen sus pros y sus contras. El problema con los pros es que dependen demasiado del sentido común, buen juicio y correcta moral de los que tienen el poder, cerrando los ojos a la omnipresente patología del poder que, con muy contadas excepciones, aparece cada vez que los que tienen el poder empiezan a creer que son Dios –olvidando que, desafortunadamente, les faltan sus otros atributos–. Extremo poder sin extrema virtud no es una buena idea.

 Sujetos a un falso sentido de seguridad que es tan solo una ilusión de control, los banqueros centrales han tratado de eliminar los ciclos económicos, que ocurren de forma natural al menos desde los tiempos de la Biblia, con sus siete años de abundancia seguidos de otros siete años de hambre. Sin embargo, los ciclos son indispensables, ya que recompensan la visión, la inteligencia y el comportamiento correcto (y la suerte, por supuesto) al tiempo que castigan la imprudencia, la avaricia excesiva, el cortoplacismo o la estupidez. Los ciclos traen dolor y el dolor trae los cambios necesarios. Así es como funciona la naturaleza humana: porque, a causa de la naturaleza caída del hombre, los incentivos son fundamentales para rectificar lo equivocado en el largo plazo. La represión financiera de la planificación central de los tipos de interés 0 (ZIRP por sus siglas en inglés) [5], se verá en el futuro con consternación como otro ejemplo más de la soberbia humana. Se destruyen los mecanismos de precio, se distorsiona el valor de los activos; hemos huído de la realidad, creando una fantasía donde no se corrigen los errores, no se sanan las adicciones y no se resuelven los problemas. Al contrario, los problemas se extienden y amplifican. Las víctimas inocentes del ZIRP han sido ignoradas hasta ahora por la opinión pública: Jubilados, compañías de seguros, fondos de pensiones, fideicomisos, etc. Todos estos se han visto obligados a trepar desesperadamente por la escalera del riesgo tratando de recuperar las rentabilidades anteriores. Desafortunadamente, pagaremos el precio, tan seguro como que la noche sigue al día –a pesar de que los banqueros centrales se retirarán confortablemente, encontrarán un chivo expiatorio para el inminente colapso y saldrán del escenario de puntillas sin asumir ninguna responsabilidad.

 Si piensa que he sido demasiado duro con los banqueros centrales y todavía cree que son un puñado de sabios, hombres benignos sentados alrededor de una bola de cristal, equipados con una inteligencia sobrenatural y especialmente dotados y predestinados desde su nacimiento a dirigir el mundo, déjeme darle un ejemplo reciente para que pueda juzgar por sí mismo. Haruhiko Kuroda, gobernador del banco de Japón dijo el 4 de Junio de 2015: “Confío en que muchos de ustedes están familiarizados con el cuento de Peter Pan, en el que se dice que en el momento en el que dudas que puedes volar, dejas de ser capaz de ello para siempre. Sí, lo que necesitamos es convicción y una actitud positiva”. Uau, eso es lo que todos nosotros necesitamos.

 Traigo a la memoria otro personaje de la misma película: El Cocodrilo. Creo que lo que el Cocodrilo se había comido esas políticas monetarias arrogantes e imprudentes, es decir: la bomba de relojería de los banqueros centrales. La longitud de la mecha es desconocida, pero puede estar seguro de una cosa: es finita.

 El quinto y último experimento es el más profundo y tiene las más hondas y duraderas consecuencias. Es el experimento de vivir sin Dios, principalmente en los países desarrollados, originariamente países del Occidente Cristiano, y es realmente reciente, alrededor de dos o tres décadas en la mayoría de los casos. Es un tema inmenso: por primera vez desde hace dos milenios, los países de Occidente viven como si Dios no existiese. Ya no existen los Diez Mandamientos, ni la ley natural, ni derechos inalienables, ni lo recto o torcido. Las normas y los derechos se deciden, casi sin excepción, por los seres humanos, por una mayoría deificada, que no tiene que dar cuentas a nadie, no sujeta a ningún límite. Cuando expulsas a Dios, expulsas la dignidad humana. Ya no somos hijos de Dios, con nuestros derechos indestructibles. Si los seres humanos deciden cuáles son nuestros derechos, ya no hay derechos, porque un derecho no puede depender de la opinión de otros. El relativismo, una de las más peligrosas corrientes filosóficas que hayan existido nunca, afirma que la verdad absoluta no existe (excepto en esta frase, por supuesto). Bajo la ideología relativista, todo depende de los puntos de vista subjetivos, de la última moda o de los siempre cambiantes caprichos de la mayoría. Hemos olvidado algo extremadamente importante: cuando el poder no está sujeto a una norma superior, los que están en el poder se convierten en dioses, aunque no santo, infinitamente misericordioso, como los buenos dioses, sino sombríos tiranos expectantes. De la misma manera, cuando echamos a Dios de nuestras vidas, algo tiene que ocupar el espacio vacío. Por lo tanto, los que creen haber matado a Dios, están equivocados: simplemente, han sustituido a Dios por otros dioses como el poder, el sexo, el dinero, la popularidad, la madre Tierra, dioses que son inferiores a nosotros en vez de enormemente superiores, dioses que nos esclavizan en vez de tener la capacidad de hacernos libres. Peor aún, nos hacemos esclavos que han olvidado su estado de esclavitud[6].

 Me preocupa que podamos estar participando ciegamente en el declive de nuestra propia civilización en nombre del progreso, que podamos estar perdiendo nuestra libertad en nombre de la propia libertad. Nuestras democracias deificadas, están degenerando, en una carrera en la que las mayorías votan a su favor con largueza, siempre incrementando los derechos y siempre disminuyendo las obligaciones. La libertad sin responsabilidad y sin límites morales, no es libertad, sino barbarie. Verdaderamente, una vez que los principios morales se han corrompido lo suficiente por la anestesia de las conciencias y el paso del tiempo, las masas soberanas, sin restricciones de ninguna regla en absoluto, habiendo ya secuestrado la verdad y redefinido lo recto y lo torcido, se convertirán en despiadados tiranos arbitrarios. Este momento está apareciendo en el horizonte.

 Mencioné al principio que la Antigua Grecia fue pionera de la democracia hace 2.500 años y la primera sociedad en que una parte significativa de la población podían llamarse a sí mismos ciudadanos libres. ¿Cómo llegó a su fin la democracia griega? Una de las mayores autoridades en este periodo de la Historia, la última Edith Hamilton explica claramente la rezón del declive de Grecia en su magnífico libro “El eco de Grecia” (1957). Esta cita corresponde al capítulo titulado “El derrumbamiento de Atenas”:

 

“Lo que la gente quería era un gobierno que les proveyese de una vida agradable para ellos, y con esto como objetivo más importante, las ideas de libertad y de autoconfianza y servicio a la comunidad, se eclipsaron, hasta el punto de desaparecer. Atenas se veía cada vez más como un negocio cooperativo, poseedor de una gran riqueza que todos los ciudadanos tenían derecho de compartir. Los cada vez mayores fondos hicieron necesaria la creación de impuestos cada vez más pesados, pero que causaban problemas sólo a los ricos, siempre una minoría, y nadie dedicó un pensamiento de que la fuente pudiera agotarse por esos impuestos. Los políticos estaban estrechamente conecatados con el dinero, tanto como con el voto. Por supuesto, una cosa llevaba a la otra. Los votos estaban a la venta, así como los cargos.

 

Platón tenía claro el proceso completo. Atenas había alcanzado el punto del rechazo de la independencia y la única libertad que querían era la libertad de responsabilidades. Sólo podía haber un resultado. ‘El exceso de libertad en estados o individuos’, decía, ‘parece transformarse en exceso de esclavitud’. Si los hombres insistían en verse libres de la carga de una vida que fuese auto-dependiente y también responsable del bien común, dejarán de ser libres en absoluto. La responsabilidad es el precio que cada hombre debe pagar por la libertad. No puede ser de otra manera. […]

 

Pero, en ese momento, Atenas había alcanzado el final de la libertad y nunca más la recuperaría’ ”.

He dicho lo que tenía que decir. Muchas gracias.



[1] En España el sufragio universal data de 1933. (N. del T.)

[2] El sistema de reserva fraccionaria significa que los bancos puedan prestar una parte del dinero que deben a sus depositantes y otros acreedores. Una reserva total sería aquella en la que no se pudiese prestar nada del dinero de los depositantes y otros acreedores, manteniendo todas las deudas de los bancos en situación de disponibilidad líquida. La reserva fraccionaria significa que sólo se mantiene en disponibilidad una fracción de esas deudas de los bancos. Con una reserva total, el crédito no existiría, pero cuanto menor sea la reserva, mayor será el riesgo del sistema financiero. Encontrar el trade off adecuado es el quid de la cuestión, no soñar con la reserva total. (N. del T.)

[3] Este tema de la reserva fraccionaria es un tema muy polémico. Al que quiera profundizar en él, le ofrezco un documento que escribí hace unos años al respecto. (N. del T.)

[4] El dinero fiat (del latín “hágase”) es el que se crea a voluntad. Cuando el dinero estaba representado por el oro, la plata o cualquiera otra materia prima con disponibilidad limitada, pasaba casi como con la energía: ni se creaba ni se destruía (sí se hacía, lo creaban los reyes cuando necesitaban dinero, ordenando que una moneda que, teóricamente, tenía un determinado peso en oro, la acuñasen con una cantidad de oro menor y quedándose con la diferencia. Pero eso es otra historia). Pero al separarse el valor del dólar de su convertibilidad en oro, crear nuevos dólares se convertía en dar vueltas a la máquina de imprimirlos. Debe decirse que el dólar fue la última divisa que se desligó del oro. Casi todas las demás lo hicieron en la conferencia de Bretton Woods en 1944 en la que se definió que todas las divisas tendrían que mantener una paridad fija con el dólar, pero no con el oro. Para ello, deberían comprar o vender dólares cada vez que su divisa se apreciase o se depreciase, respectivamente. El dólar sí debería mantener su paridad con el oro en 35$ la onza de oro. De esta forma, el dólar se convertía en la divisa de reserva mundial, siendo la única que mantenía su paridad con el dólar. Pocas monedas respetaron la regla de mantener su paridad con el dólar, comprando o vendiendo esta divisa para ello. Por lo tanto, sólo el dólar estaba obligado a mantener su convertibilidad en oro y, por lo tanto, era el único país que no podría crear dinero fiat. Hasta que en 1971, el Presidente Nixon acabó con ello. Desde entonces no hay ningún vestigio, ni siquiera remoto, de relación de ninguna divisa con el oro.

[5] N. del T.

[6] Si difundo este texto, no puedo por menos que hacer una puntualización personal sobre un tema tan importante. Estoy totalmente de acuerdo con las afirmaciones anteriores desde un punto de vista sociológico. Pero no puedo estarlo a nivel individual. Conozco muchas personas que, sin creer en Dios, se rigen por una ética impecable y jamás rechazarían en su vida los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, a nivel sociológico una mayoría de las personas que no creen en Dios, proclaman en abstracto los derechos humanos fundamentales, pero los niegan en su vida cotidiana en el momento que les resultan molestos. A sensu contrario, también conozco muchos sedicentes creyentes que desprecian con su vida los derechos humanos básicos, aunque los proclamen con su palabra.



ORIGINAL EN INGLÉS

The five experiments. Fernando del Pino

When I was kindly invited by our founder to make a presentation in our first meeting, I
thought it would be interesting to bring out some global views on what I believe is a multigenerational
decline of the Western civilization rather than talking about the very interesting
but narrower field of investment. I must start with two disclaimers: the first is that I am not a
historian, so I do not pretend all my data to be utterly accurate or exhaustive (although I have
done my best). Secondly, I will use my right of freedom of speech to be completely politically
incorrect: some data may surprise you the same way they surprised me when I came upon
them.

My speech is titled “The Five Experiments”. According to the Webster dictionary an
experiment is “something that is done as a test: something that you do to see how well or how
badly it works “. It is also “a scientific test in which you perform a series of actions and
carefully observe their effects in order to learn about something”. Western societies are
undergoing five experiments – yet we are not aware that they are just that: experiments. All of
them are fairly new and untested in the history of mankind, with the problem being that they
are now taken for granted as if they were not experiments but an immutable reality, an
axiomatic truth that cannot be changed. They are experiments – yet we are not carefully
observing their effects in order to learn, we are not judging how well or how badly they work.
Worse yet: they are all thought to be undeniable advances in civilization, protected by the iron
fist, the tight grip of the tyranny of political correctness. Churchill said that “however beautiful
the strategy, you should occasionally look at the results.” That is precisely what I intend to do.
The first experiment is universal suffrage and unlimited democracy, understood as a
system where a simple majority of people, qualified to vote on a minimum age basis alone
(pretty young, by the way), can decide on mostly anything – including to a large extent the
rights of the minority. This is a pretty recent invention, which in most cases has taken place in
the last 50 to 75 years.

We know that the goal of any political system should be liberty, order and justice
under an ethical framework that promotes virtue. Democracy is just an instrument that is
supposed to be the much better than others in achieving these goals, but it should not be
considered a goal itself. In today’s world, however, democracy is confusingly considered a
synonym of liberty, giving the wrong impression that all that matters is political freedom
regardless of the level of the much broader, valuable and precious concept of personal
freedom. In fact, a democracy can be perverted to the extent that it becomes an enemy of
liberty and order, and its short history already provides quite a few sad examples of that. Hitler
was very democratically raised to power by the German people in the 1933 elections, despite
the fact that he had not hidden his ideas at all. Venezuela’s democratic tyranny is another
recent example.

Most part of history man has lived under the rule of kings. Of course, even under
absolutist regimes the king was not alone in the exercise of power. As Oxford historian Ronald
Syme wrote in his book The Roman Revolution: “in all ages, whatever the form and name of
government, be it monarchy, republic, or democracy, an oligarchy lurks behind the façade
(…)”. In fact, kings were subject to many theoretical and practical restraints, the first of which
was their religious belief in a power above themselves and to whom they would unerringly
have to respond in due time. Secondly, they were subject to a rule of law that was more or less
immutable, based on religion and customs, as opposed to today’s legislation, which changes
very often and only responds to fads or the variable moods of the majority. Kings were
dependent on nobles for both revenues and troops due to the fact that they had limited access
to tax revenue and no way to effectively levy taxes, whereas conscription didn’t exist (it was
the 1789 French Revolution which brought it). Conscription, which we take for granted
nowadays despite being an unquestionable dent to personal liberty, was an important
development. Before conscription, soldiers were much more expensive and, thus, armies much
smaller. Total wars were unconceivable, normal life was not as affected by what happened in a
front that was quite narrow by definition, and the lines between the rulers and the ruled were
not as blurred as they became afterwards -with the dire consequence of making possible the
hatred between entire peoples through the extensive use of propaganda.

Between the 6th and the 3rd century BC, Ancient Greece is known for having become
the first democracy in History, but it really had little to do with the unheard-of concept of
universal suffrage. I will tell you later why it ended badly according to one great American
specialist in Ancient Civilizations. Republican Rome lasted five centuries and had only some
democratic scents. However, again, neither Greece nor Rome had universal suffrage and both
even coexisted with the institution of slavery. Well, with only a couple exceptions, such as
maybe the Republic of Venice or Switzerland, since the end of both the Greek democracy and
the Roman Republic, and for the ensuing 1800 years, democracy, even in its most limited form
of a small group of people being able to vote on a few issues, was not used as a political
system roughly anywhere in the world. In the beginning of the 19th century only a small subset
of the population was allowed to vote in those few countries where there were some timid
traits of a democratic system. The mere thought of equalizing the voting power of a rookie
youngster with that of an experienced, wise old man, or of literate and learned people with
uneducated people, or of those who paid taxes to finance subsidies with those receiving those
same subsidies, was considered weird, to say the least. In the UK, for instance, up until 1815
only 4% of the population 20 years old or older had voting rights (in 1832 it was ca 7%), and
only 10% of Germans had the right to vote as late as 1871. In other countries it was similar.
Indeed, universal suffrage was not embraced until the 20th century, between 1913 and 1928 in
the case of the UK, Norway, Sweden, Denmark, Austria, Germany or the Netherlands, most of
them after World War I. Taking into account that subsets of the general population were not
allowed to vote until much later (women and racial or religious minorities), we cannot talk
about universal suffrage in other countries until the second half of the 20th century: Italy
(1945), Canada (1960), Australia (1962), the Unites States (1965), Switzerland (1971), Portugal
(1976) or Liechtenstein (1984). Illiterates in Brazil were banned from voting until 1988 and in
Sweden, Catholics, which until 1871 were not allowed to vote, had to wait until 1950 to be
eligible as members of the cabinet (by the way, only in 2013 were the members of the British
royal family allowed to marry a Roman Catholic without losing their dynastic rights).

Arguably one of the best experiments in liberty in the History of mankind is the 1788
Constitution of the United States. However, it might surprise the reader (as it did surprise me)
that some of the Founding Fathers didn’t like democracy very much. They tended to define
democratic systems as “two wolves and a sheep voting what to have for dinner”, and were
extremely worried that such a political system would soon become “mob rule”, where the
majority would become the new tyrant and abuse the minority – defined by religion, race or
wealth (the poorest or the richest). Many common issues can be reexamined at the light of
majority abuse in democracies: progressive taxation (the majority decides that the richer
minority has to pay more than proportionally), rigid labor legislation that makes dismissal
difficult and increases minimum wages (apparently “protecting” the majority current
employed while undermining the possibilities of finding new jobs for the minority
unemployed), and even abortion (the majority already born deprives the voiceless, defenseless
minority which is still in the womb of their mothers from their right to exist). That is why these
Founding Fathers created a Constitution difficult to overrule by any majority, clearly stating
that the “inalienable” rights of the people were not decided or voted by fellow men but had
been determined by a Superior Being, namely God. This Constitution was supposed to be the
unconquerable fortress that would always defend the minorities against the whims of
majorities. Further, numerous checks and balances were put in place. Throughout the world
constitutions are indeed protected to prevent easy changes. In fact, it is so much of a hassle
for politicians to legally change constitutions in their obsessive quest for arbitrary power that
they have found an easier shortcut, which is to control the Court originally established to
interpret the Constitution. Subsequently, constitutions everywhere have been slowly twisted
to allow for a very broad range of legislation that would probably have been deemed
profoundly unconstitutional by their original authors.

Therefore, people today rightfully consider the divine right of kings something weird
but, strangely enough, happily accept the divine right of majorities (which is at least as weird)
as the most natural thing in the world. In fact, today’s governments, elected by majorities,
have such power that absolutist kings would pale in envy. In most Western countries (not all)
people do not fear the advent of a hostile majority, but in many countries around the world
where there is a heterogeneous population, or where there are serious tensions between
majorities and minorities, elections’ results are often contemplated with anxiety by the
prospective losers, as different outcomes bring vastly different scenarios that might even
trigger a temporary exile in order to preserve one’s wealth, freedom or life.

So much for the first experiment: never before in History has democracy been used on
such a massive scale and never have majorities had so much unconstrained power.
The second experiment is Big Government & Welfare State, also a few decades old
(again, maybe 50-75 years), and it is absolutely linked to the first. In democratic systems,
politicians need to seduce the masses, and they usually do so by promising public money in
exchange for votes. Taxes are the other side of promises, their natural consequence: first, you
promise; then you tax. Thus, with the creation of boundless democracy, politicians started
making promises at an increasing pace, and taxation had to follow suit (however, in one of
those remarkable social phenomena, most voters still believe that promises bear no cost).
Up until the end of the 19th century, approximately 50% of public spending was
military. In the old days, monarchies’ public spending was estimated to range between 5 and
7% of GDP. Even in 1870, public spending in Western countries was around 10% of GDP; prior
to WWI, in 1913, it was still below 13% of GDP. For the sake of giving some specific examples,
public spending over GDP was 7% in the US and 12% in the UK at the time. In the Nordic
countries, currently known for being paradigmatic Welfare State societies, public spending was
ca 6% of GDP in 1870 and below 10% in 1913 (it seems they became rich and prosperous with
limited government and then decided to squander everything as soon as they forgot the true
origins of their wealth). These were the figures only 100 years ago, when our grandparents
were already adults. Today, public spending in the EU is close to 50% of GDP.
Public debt was nearly non-existent at the beginning of the 20th century (in any case it
was below 10% of GDP), and balanced budgets were considered the rule except in times of
war. Government employment as a percentage of total labor force was miniscule, between 3
and 5% in 1900. In Spain, as late as 1975, public debt stood around 8% of GDP and public
spending remained around 20% of GDP. Sidney Homer reminds us in his work A History of
Interest Rates that back in the 14th century, for example, kings (governments) were required
by their lenders to pay higher interest rates than commercial private borrowers, as they were
considered less trustworthy. In just one hundred years, public debt has soared from 10% over
GDP to the current 90-100% in many Western countries, and thanks to central banks, many
governments actually get paid by their lenders for the privilege of lending to their nearbankrupt
governments. I wonder whether societal wisdom has increased or decreased since
the 14th century.

Permanent income taxes – the main source of funding or extractive capacity of the
State – is another recent invention (as you can see, not all inventions are a progress for
humankind). The first permanent tax took place in 1842 in Britain, followed by Austria, Italy or
Japan in the second half of that same 19th century. Around 1900, the Netherlands and most of
the European Nordic countries (Norway, Sweden and Denmark) followed suit. Between 1913
(close to the beginning of World War I) and 1925, the United States, France, Germany,
Australia, Canada, Finland or Belgium joined the group. Switzerland did not enact a permanent
income tax at the federal level until 1939 (when WWII started). It should be emphasized that
at the beginning tax rates used to be low single digit, ranging between 1 and 7% over annual
income (nowadays it is not uncommon to find top tax rates between 40% and 50%).
Afterwards, the always astute politicians have found many ways to increase taxation.
Progressive tax rates, deemed unconstitutional in the US until 1913, that unlucky year when
the Fed was created (both events taking place on the same year may well be the origin of
number 13’s bad reputation), were soon adopted. Indeed, through progressive taxation,
politicians disguise and soften the inevitable voter’s annoyance caused by tax hikes using the
always powerful feeling of envy as a masterly softener: “the rich will pay even more”, they say.
“Oh, I feel better”, the voter responds. “Tax me, please”. In fact, progressive taxation should
be seen as a long term destroyer of the principle of private property. If the political system
allows majorities to decide without restrictions regarding the wealthy tiny minority, it seems
logical to think that abusively high income taxes will be followed by wealth taxes, then by legal
expropriation (garnished by beautiful words such as “social justice”, for instance) and, finally,
by arbitrary illegal confiscation before the whole system explodes in total chaos.
Another trick used by politicians is to call “Social Security” what is merely another huge
tax. Social Security sounds better, of course: it even sounds like a pension contract, except for
the little detail that there is no contract whatsoever (just the promise of a politician, which I
wouldn’t rate AAA). Yet another trick is withholding taxes, which divide the tax payments
through the year with the goal of reducing the pain of a single payment on a certain date.
Finally, politicians have invented a myriad of little taxes, so that the overall abusive level of
taxation goes unnoticed, and also that great stealth concept called indirect taxation. The Value
Added Tax (VAT), invented by a French bureaucrat as late as 1954, is the mother of all indirect
taxes. Of course, all temporary taxes remain in place forever, and people seem to sheepishly
accept whichever new form of taxation is created regardless how eccentric and outrageous it
might have regarded just one generation ago – let alone two.

In any boundless democracy, a Welfare State is simply a symptom of aging. The
healthier the democratic system, the longer it takes for it to degenerate into a Welfare State.
In this sense, it is taking much longer in the Anglo Saxon countries than in the European
continent. In a Welfare State, politicians promise Peter that he will be subsidized at the
expense of Paul, and then they run to convince every single voter that they are all Peters
(except the obvious minorities, which don’t count anyway). The politician’s principle is simple:
you earn, I redistribute. He takes with one hand and redelivers with the other (with some
unfortunate midway loss). In my view, any society that aspires to call itself civilized has the
moral duty of taking care of the weakest, of those who cannot take care of themselves,
temporarily or permanently. The State should only have a subsidiary role, though, with the
family (currently under a most vicious attack) representing the main support of these weakest,
followed by the voluntary action of fellow men through charity. However, the weakest, by
definition, are a minority, and minorities are of little interest to the Welfare State, which is a
political concept. That’s the reason why the Welfare State has failed to provide protection to
those it should, while spoiling (controlling) those it should not.

Politicians promise a nonexistent, fraudulent, completely imaginary security in
exchange for a very real and precious value called liberty, and people end up without both.
That was the trap of Communism, but the temptation to accept such poisonous deal is as old
as man. In the Bible we can see how the Jewish people bitterly blamed Moses for all their
adversities in the desert just weeks after having been saved by him from slavery: “Why did we
not die at Yahweh's hand in Egypt, where we used to sit round the flesh pots and could eat to
our heart's content!.” They’d happily trade their recently recovered freedom, naturally full of
uncertainties, for the “security” of a full stomach. We definitely cannot take for granted the
value placed by the average man on his own freedom, because freedom bears responsibility,
effort, taking the right choices, erring and falling, and standing up again after every fall. In
reality, true freedom can be scary. That’s why a Spanish comedian of the 70s and 80s famously
said: “We will be free! And those who don’t want to be free, we will force them to become
free!”

Welfare States create the illusion that money grows in trees: “free” highways and highspeed
railway infrastructures, “free” health systems, “free” public education systems. Bizarre
“rights” start growing like mushrooms in a humid forest –rights without duties. Personal
responsibility, on the other hand, is killed on the altar of universal rights and political power:
the State will provide no matter what, so there’s no need to save, no need to have children to
support you at an old age, no need to search for a job, no need to keep healthy. This is Europe:
a citizenship completely dependent on the State (of course, a free, independent citizen has
always been a nuisance for any power junkie). Social Security, disguised as State-sponsored
savings, becomes a Ponzi scheme. Voters are openly bribed with ever more subsidies and a set
of absurd, tyrannical and overwhelming regulations seem to bring totalitarianism through the
back door. They distract us with political liberty while stealthily robbing personal liberty at an
accelerating pace. The huge danger is that we may end up living in a totalitarian society
disguised as a democracy, where people would just carelessly choose the next tyrant for the
next few years with nobody bothering who he might be.

Politicians first promise, then tax. When they run out of tax revenues, they borrow. A
gigantic indebtedness is the third experiment. The trend is particularly noteworthy in the last
35 years. Historically speaking, governments only borrowed heavily in times of war and
particulars were wary of getting too much into debt. Today, both private and public debt levels
remain at historical records in most world regions. It seems that today’s societies have lost the
due respect that debt deserves. Etymologically, debt is having without having; it means bread
today and hunger tomorrow, as we say in Spain. As it usually allows living beyond one’s means,
it also brings some sort of reality loss. Debt doesn’t add to wealth and becomes dangerous,
because our assets change in value, as does our income, but debt remains merciless constant
regardless of what assets or income may do. As a wise Spanish businessman once said, “debt is
the only thing real”.

In the good old days, debt had two natural deterrents: interest rates and the obligation
of repayment. Interest rates have been suppressed by the world’s Great Helmsmen (central
bankers), and rolling debt at maturity has become the norm, as overleveraged lenders do not
want to realize how stinky their loan book really is and keep kicking the can down the road in
the belief that better times will come along to save them from disaster. To pretend is the name
of the game. The problem with these reckless policies is that the world has become addicted
to debt and has already consumed tomorrow’s wealth - today. As with all addictions, the only
cure implies going through the pain of withdrawal, but in our teenager, spoiled, egocentric
societies, pain is no longer acceptable (it may well become illegal). Sooner or later, the day of
reckoning will come due, however, and the longer we postpone it, the more vicious the final
collapse will be.

Finally, the fractional reserve system, based on trust, is very dangerous. If we have
huge debts and a false sense of security through deposit “insurance” (who insures the
insurer?) that guarantees up to a certain amount of deposits (who guarantees the guarantor?),
we take responsibility off people’s shoulders in the moment of choosing which entity is safe
enough to keep their hard earned savings. The fractional reserve system bears with it the fear
of a bank run: if deposits were real (or at least more real), a bank failure would be like any
other bankruptcy, with its shareholders and bondholders taking the burden of human error.
There would be nothing like systemic risk, and both managers and depositors would have to
behave more prudently, more responsibly (like adults?). What we are seeing everywhere is an
abuse of trust, where the system has been allowed to become extremely fragile. Fragility is a
treacherous concept: for a long time, nothing seems to happen and prudence resembles
stupidity, until suddenly, apparently out of the blue, all hell breaks loose.
The fourth experiment has to do with crazy central bankers and fiat currencies, and it
goes back to 1971, when US President Nixon unilaterally cancelled the convertibility of the US
dollar into gold. Nixon literally stated: “I have directed Secretary Connally to suspend
temporarily the convertibility of the dollar into gold”. Please note the word “temporarily”, read
44 years later.

As we have already seen, the history of fiat currencies is quite simple: powerholders
first promise, then tax; there comes a moment when there are more promises than money
(the very definition of today`s Welfare State), so powerholders have no option but to borrow.
Then, when no lender in his right mind would lend them a single dime, powerholders just
print. It’s easy and for a while it seems harmless. We can find examples in China as far back as
in the 10th century or in the Roman Empire prior to its demise. The end is predictable: currency
destruction. Money has a limited, finite demand; if you create an infinite supply, its value will
go down to zero. Of course, fiat currencies have both pros and cons. The problem with the
pros is that they rely too much on powerholders’ common sense, good judgement and right
morals, turning a blind eye to the ever present pathology of power which, with very few
exceptions, appears every time man starts believing he is God – forgetting that he
unfortunately lacks His other attributes. Extreme power without extreme virtue is not a good
idea.

Subject to a false sense of security which is nothing but an illusion of control, central
bankers have tried to eliminate economic cycles, which naturally occur at least since the times
of the Bible, with the seven fat years followed by the seven lean years. However, cycles are
indispensable, rewarding vision, intelligence and rightful behavior (and luck, to be sure) and
punishing recklessness, excessive greed, shortsightedness or stupidity. Cycles bring pain, and
pain brings necessary change. That’s how human nature works: because of man’s fallen
nature, incentives are essential for righting the wrong in the long term. The financial
repression of centrally planned zero interest rate policies (ZIRP) will be viewed in the future
with dismay and judged as yet another example of human hubris. The price mechanism has
been destroyed, asset values distorted; we have run away from reality and created a fantasy
where mistakes are not corrected, addictions are not healed and problems are not solved. On
the contrary, problems are extended and amplified. The innocent victims of ZIRP have so far
been ignored by public opinion: retirees, insurance companies, pension funds, endowments,
etc. All these have been forced to climb the ladder of risk desperately trying to grab the yield
leftovers. Unfortunately, we will pay the price as certainly as night follows day – although
central bankers themselves will comfortably retire, find some scapegoat for the next
meltdown and quietly tiptoe out of stage without assuming any responsibility whatsoever.

If you think I’ve been too harsh on central bankers and you still believe they are a
bunch of wise, benign men sitting around crystal balls, equipped with supernatural intelligence
and specially gifted and destined to rule the world since birth, let me give you a recent
example so you can judge for yourself. Haruhiko Kuroda, governor of the Bank of Japan, said
on June 4th 2015: “I trust that many of you are familiar with the story of Peter Pan, in which it
says that the moment you doubt whether you can fly, you cease forever to be able to do it.
Yes, what we need is a positive attitude and conviction”. Wow, that’s all we need.
I recall from that same movie another character: Tick-Tock Croc. I believe that what
the crocodile had eaten were these arrogant, reckless monetary policies, that is: central
bankers’ ticking bomb. The fuse’s length is uncertain, but you can bet on one thing: it’s finite.
The fifth and final experiment is much more profound and has deeper and longer
lasting consequences. It is the experiment of living without God, particularly acute in
developed, formerly Christian Western countries, and is really recent, arguably two or three
decades old in most cases. This is a huge issue: for the first time in nearly two millennia,
Western countries live as if God didn’t exist. There are no longer Ten Commandments, no
natural law, no inalienable rights, no right or wrong. Rules and rights are decided, nearly
without exception, by fellow men, by the deified majority accountable to no one, subject to no
limits at all. When you take God out, you take human dignity out: we are no longer sons of
God, with our own indestructible rights. If fellow men can decide what our rights are, then
they are not rights, because a right cannot depend on the opinion of others. Relativism, one of
the most dangerous philosophical currents ever, asserts that absolute truth does not exist
(except this very statement, of course). Under the relativist ideology, it all depends on
subjective views, on the latest fad or on the ever changing whims of the majority. We have
forgotten something extremely important: when power is not subject to a higher rule, those in
power become gods, although not saint, infinitely merciful, just and good gods, but somber
tyrants in waiting. Also, when we take God out of our lives, something has to occupy the
empty space. Therefore those who think they have killed God are wrong: they have just
substituted Him for other gods, like power, sex, money, popularity or mother Earth, gods who
are inferior to us instead of vastly superior, gods that enslave us instead of having the ability to
set us free. In our quest for a misunderstood freedom we have become slaves. Worse yet, we
have become slaves who remain oblivious to their state of slavery.

I worry that we might be blindly participating in the decline of our own civilization in
the name of progress, that we might be losing our freedom in the very name of freedom. Our
deified democracies are degenerating into a race where majorities vote for themselves with
largesse ever increasing rights and ever decreasing duties. Freedom without responsibility and
without moral constraints is not freedom, but barbarism. Indeed, once morals are sufficiently
corrupted by the anesthesia of conscience and the passage of time, the sovereign masses,
unconstrained by any rules at all, having already kidnapped truth and redefined right and
wrong, will become ruthless arbitrary tyrants. This moment is looming on the horizon.
I mentioned at the beginning that Ancient Greece was the pioneer of democracy 2,500
years ago and the first society in which a sizable part of its people could proudly call
themselves free citizens. How did democracy in Greece come to an end? One of the foremost
authorities in this period of History, the late Edith Hamilton, clearly explained the reason of
Greece’s decline in her wonderful book The Echo of Greece (1957). This quote belongs to the
chapter called Athens’ Failure:

“What the people wanted was a government which would provide a
comfortable life for them, and with this as the foremost object, ideas of
freedom and self-reliance and service to the community were obscured to the
point of disappearing. Athens was more and more looked on as a co-operative
business possessed of great wealth in which all citizens had a right to share.

The larger and larger funds demanded made heavier and heavier taxation
necessary, but that troubled only the well-to-do, always a minority, and no one
gave a thought to the possibility that the source might be taxed out of
existence. Politics was now closely connected with money, quite as much as
with voting. Indeed, the one meant the other. Votes were for sale as well as
officials.

The whole process was clear to Plato. Athens had reached the point of
rejecting independence, and the freedom she now wanted was freedom from
responsibility. There could be only one result. “The excess of liberty in states or
individuals,” he said, “seems to pass into excess of slavery.” If men insisted on
being free from the burden of a life that was self-dependent and also
responsible for the common good, they would cease to be free at all.Responsibility was the price every man must pay for freedom. It was to be hadon no other terms. (…)

But, by the time, Athens had reached the end of freedom and was never to
have it again.”

Enough said. Thank you very much.

December 2015


3 de noviembre de 2020

La oración de todas las cosas 2ª: En mi cuarto

 

El 28 de Octubre de 2020 empecé a publicar las oraciones de un libro que encontré hace años por casualidad, del jesuita Pierre Charles.  Su título es “La oración de todas las cosas” y publicaré una cada martes, hasta completar las 33 más el prólogo que la componen. Hoy publico el prólogo y la primera, porque, de alguna manera es también parte del prólogo:

 

II. IN CUBICULUM TUUM

 En tu cuarto

 Pierre Charles S.J.

 

Hay un viejo proverbio turco que nos dice que el hombre nace en el cuarto y muere en el prado; lo que, en el espíritu de aquellos grandes espadachines de antaño, significaba que la muerte normal de un hombre era perecer en la batalla; un poco como nosotros creemos que la muerte natural del buey es morir en un matadero. Señor, no me atrevería a decir, en la hora sangrante en que vivo (1945), que nuestros gloriosos dictadores hayan marcado un progreso claro sobre esta sabiduría brutal, pero no vamos ahora a ocuparnos de batallas. Yo quisiera mirar con ojos cristianos mi cuarto y todos aquellos en los que se me ha permitido la entrada. Pensaremos en la estancia del Cenáculo, y en la de Marta y María, y en el misterio de este pequeño universo encerrado entre cuatro paredes y en el que Tú me pides que entre para hablar allí con el Padre Celestial. Hoy, con las nuevas arquitecturas y la calefacción central, desaparecen un poco estas estancias estrechas y cerradas, pero quedan todavía bastantes para que pueda encontrar en ellas algo de tu Evangelio y pueda sentirme más cerca de tu Presencia. ¡Está tan mezclado a mi vida mi cuarto! Si sólo me dice cosas profanas, me hará el efecto de haber pasado toda mi existencia en la compañía de un pagano; y si sólo me cuenta los recuerdos, es tan estéril como un eco. Nuestra liturgia quiere, con todo, que se bendiga y que se rocíe con agua bendita el sábado que precede a la Pascua, después del canto del aleluya. Tú, por tanto, has escondido en él algún misterio de salvación. El autor de la “Imitación” nos dice cándidamente que no ser fiel a su cuarto expone a la neurastenia, y que basta pasar en él mucho tiempo para encontrar lo que nos falta tan a menudo: la ternura de alma.

 

Mi cuarto, Señor, es como tu gracia siempre acogedora. No lo he construido yo mismo: un día entré en él. Es mi universo o, mejor, mi retiro, mi lugar de trabajo y de observación. En él soy verdaderamente yo; lejos de las sujeciones y de las actitudes que me impone la sociedad de los demás hombres. Tal vez nunca te he dado gracias por este asilo. ¡Hay tantos que no tienen para vivir más que una especie de cuchitril colectivo!; y yo encuentro muy natural cerrar la puerta y, a pesar de la lluvia o de la oscuridad, quedarme solo, a la luz de la lámpara, trabajando a mi gusto, como si todos mis hermanos estuviesen alojados como yo. No he conocido jamás la lúgubre tragedia de ser echado por un propietario, pero he sabido lo que era tener que dejar ciudades bombardeadas, abandonarlo todo en pocos minutos, vagar a lo largo de las rutas y dormir en el bosque sin saber si volvería a tener un techo sobre mi cabeza. Que mi cuarto me inspire por lo menos un poco de compasión por los errantes y fugitivos, por los desgraciados y los expulsados, por los que llenan el refugio una noche y a la mañana siguiente empezarán otra vez a vagar sin esperanza.

 

Y después, Señor, no sólo existe la habitación donde se habla y aquella en que se juega, y la de comer, y la de dormir. Existe también el aposento donde se sufre donde se muere, el aposento de la clínica, con sus largas noches de insomnio y donde, detrás del tabique, se oyen débiles gemidos. Existen las celdas de los religiosos, y a lo largo de los corredores, en las cárceles, también las celdas de pesada puerta. ¡Extraño, Señor, bien extraño, que se haya impuesto como pena a éstos lo que los otros han buscado como una liberación en los Carmelos y en las Cartujas! Tan verdadero es que nuestra felicidad o nuestra desventura no dependen del medio donde vivimos, sino de la manera, más o menos cordial, con la cual nos adaptamos nosotros.

 

Tú visitas nuestros cuartos, cuando, enfermos, nos traen, sin ruido, tu Eucaristía y el sacerdote desea para él, al entrar, la paz divina: Pax huic domui. Tú los habitas con nosotros y con todos estos ángeles de los que se habla en la oración de Completas, y que deben también guardarnos en la paz. Es allí donde conozco el gozo del trabajo y con más frecuencia el disgusto de la carne; allí también donde, sobre todos esos papeles que atestan mi mesa, he escrito mis notas, mis reflexiones, lo que yo creía mis descubrimientos: pobres cosas, sin duda, pero, Señor, Tú también sabes que no soy ningún genio.

 

Yo siquiera que mi cuarto no fuera para mí sólo un refugio, ni que me ayudase a olvidar el mundo entero que padece, que se agita y que lucha confusamente allá fuera. Tengo miedo de este veneno sutil, de esta anestesia, de esta pereza pavorosa que encubre tan a menudo la soledad. Consígueme, Señor, que cualesquiera que sean mis desgracias llegue siempre a mis oídos el lamento inmenso de todos los que lloran en la noche, y que la tranquilidad de mi cuarto, lejos de ser el abrigo bien acolchado en el que se saborea el placer del olvido, sea siempre el taller silencioso donde el alma aprende a ser útil. Que sea como el puesto del vigía de oído atento a los escuchas y que rehúsa cerrar los ojos. Tú, que entraste en el Cenáculo a puertas cerradas, bien puedes visitarme en mi cuarto blanco de cal. Puedes venir a contarme lo que pasa en tu universo, en esta Tierra Santa en la que tanto te cuesta abrirte un camino, en la que parecen sonar a hueco las Bienaventuranzas, en la que el grano evangélico cae sobre las piedras duras y en la que Tú buscas, en tu angustia de Redentor, corazones que te comprendan y brazos que te ayuden.

 

Y te doy las gracias por todo lo que encierran, en su minúsculo cerco, las cuatro paredes de mi cuarto; por las noticias buenas y malas que allí me han llegado, por las largas horas de fatiga y de trabajo y por los breves relámpagos que yo, un poco cándidamente, consideraba como inspiraciones; por la oración y el sueño; por los adioses de los visitantes que jamás he vuelto a ver y por la alegre venida de los amigos que no esperaba. ¡Mi cuarto! Convendría poner en plural esta palabra. ¡Señor! Bajo todos los climas, en todos los continentes los he encontrado y me han acogido. Los había que daban al mar, otros a la calle, otros al vasto bosque africano, y otros a un pequeño jardín de convento bien rastrillado. Aquí oía todas las campanas de nuestras ciudades cristianas de Europa; allá, el rumor infatigable del viejo océano Pacífico; y más allá aún, sobre el suelo ardiente del sol, el canturreo de la voz de los mercaderes ambulantes; pero en todas partes yo podía volver a encontrarte y a sentirte presente; y cuando se hayan acabado los días de mi peregrinación, después de haber atravesado tantos países, yo espero de tu misericordia verse abrir, ante mi miseria, una de esas pequeñas mansiones de eternidad de las que Tú decías a los discípulos que había muchas en la casa del Padre.

30 de octubre de 2020

Con motivo del día de difuntos

 Todos tenemos personas queridas que nos han dejado y que nos gustaría que ya estuvieran gozando de la presencia de Dios. Que lo estén o no, es algo que no sabemos. Creo con toda mi alma que la misericordia de Dios no privará del cielo a ninguna persona con un mínimo de buena voluntad y es casi absolutamente seguro que nuestros seres queridos que se han ido la tenían.

Pero no conviene menospreciar el purgatorio. El purgatorio no es en modo alguno un castigo. En él, las almas tienen que purificarse para ser capaces de soportar la visión directa de la santidad de Dios, cuya contemplación sería insoportable sin la mayor pureza. Lo mismo que no se puede meter en un microondas un líquido lleno de virutas de hierro, así no se puede entrar en la presencia de la santidad de Dios sin ser totalmente limpios de corazón. Como hay que filtrar el líquido para poderlo meter en el microondas, así debe el alma ser “filtrada” antes de subir hacia Dios. Y es esa espera, ese ya, pero todavía no, ese ansia, del alma que ya sabe qué es esa contemplación pero que todavía no puede acceder a ella, la que hace que en el purgatorio se sufra de impaciencia y de anhelo. Conseguir para un alma que está en ese vivir sin vivir que pueda pasar de una forma inmediata a la presencia de Dios, es una imponente obra de caridad si se ve con los ojos de la fe. Y que Dios haya puesto en nuestras manos el conseguir esto es otra cosa inaudita.

No creo que pueda haber una obra de caridad más importante que conseguir que un alma del purgatorio pase a unirse con su Creador. Primero por el sufrimiento del purgatorio, en el que casi nunca se piensa. Saber que Dios está al alcance de la mano pero no poder presentarse ante él todavía. Y segundo, porque un alma en el cielo es valedora para toda esta humanidad, tan doliente y tan necesitada. No es una obra de caridad que podamos ver con los ojos de la carne, pero sí con los de la fe.

Por eso hoy, víspera del día de difuntos, quiero hablar de las indulgencias. Sé que su mala práctica –por ellas empezó el cisma de Lutero–, unida a la tibieza espiritual en que vivimos, les han dado mala prensa. Pero yo quiero reivindicarlas hoy. La Iglesia puede conceder indulgencias, no por sí misma, sino como depositaria de la inmensa riqueza de salvación ganada por Jesucristo con su vida, pasión, muerte y resurrección. Y, así, la Iglesia concede gracias especiales que permiten, con medios muy sencillos, obtener para un alma del purgatorio una indulgencia plenaria. A veces, la Iglesia, para hacernos más conscientes a los cristianos olvidadizos sobre la importancia de obtener indulgencias plenarias, convoca acontecimientos extraordinarios que les movilizan y les hacen ver la importancia de las indulgencias como muestra de la Misericordia de Dios. Son los Jubileos. Pero esos momentos extraordinarios no son más válidos que los caminos corrientes que están cotidianamente a nuestro alcance. Siempre he creído que esos medios eran más complicados de lo que son, pero algo tan sencillo como leer media hora la Biblia –cosa ya buena y provechosa en sí misma–, puede obtener una indulgencia plenaria. Cierto que hay que rezar también Padrenuestro, Ave María y Gloria por el Papa, un Credo en comunión con la fe de la Iglesia, comulgar en el día y confesar en la semana anterior o posterior y hacer una obra de caridad. También estas cosas son buenas en sí mismas y, desde luego, no se pueden considerar difíciles. Sin embargo, a estos requisitos les falta el más importante, sin el cual no hay indulgencia que valga y cuyo olvido histórico es el que hace que tanta gente vea lo de las indulgencias como una práctica vacía de contenido o incluso como simonía. Este requisito es un acto de perfecta contrición. Este es, de lejos, el más importante. Ganar una indulgencia no es, por tanto, una especie de concurso en el que, si se da tres vueltas a la pata coja hacia la derecha seguidas de una voltereta lateral, ¡hop! se obtiene la indulgencia. Es necesario un acto de contrición, de dolor por las ofensas, aún pequeñas, a un Dios que sufre con nuestro pecado, porque va contra nuestra felicidad, y que nos quiere hasta la muerte, y muerte de cruz. Un acto de perfecta contrición no es algo que esté a nuestro alcance. Nuestra mente es incapaz de hacerse cargo del sufrimiento que nuestro pecado causa a un Dios que nos ama con locura. Es una gracia. Una gracia que hay que intentar conseguir, sobre todo, pidiéndola. Y una gracia renovadora, liberadora, iluminadora, para quien la busca, es decir, para quien intenta ganar una indulgencia.

Como he dicho al principio, todos tenemos personas queridas que nos han dejado y que nos gustaría que ya estuvieran gozando de la presencia de Dios. Pero si ya lo están, la indulgencia se redirige sola hacia otra persona que la necesite. Puede que se aplique para el alma más olvidada del purgatorio. Ese ser humano que murió poco después de la indulgencia plenaria general que fue la resurrección de Cristo, cargado de pecados de los que se arrepintió en el último minuto y al que la Misericordia de Dios le dio la salvación, pero que tal vez tenga que estar en el purgatorio hasta el fin de los tiempos. Ese ser humano, olvidado y preterido, por el que nadie ha dicho una oración desde el día de su muerte. A ese ser humano, nuestra misericordia, a imagen de la de Dios, le puede abrir el camino inmediato a la Gloria para que desde allí se apiade de la humanidad que milita en la tierra y pida al Padre por ella. Y si la indulgencia es ofrecida por alguien que está ya en el cielo, ese santo, que ya no la necesita, la derivará a otro y derramará sobre el mundo inmensas gracias que obtendrá directamente de Jesucristo. Tantas más gracias cuanto más cerca de Él esté en el cielo.

¿No es grandioso que por los méritos de Jesucristo y a través de la Iglesia podamos lograr eso? ¿No es grandioso que, además, el acto de contrición nos acerque más al Amor de Dios? ¿Es esto ñoñería, meapilez o simonía? De ninguna manera, es caridad en estado puro. Desde luego, yo estaré infinitamente agradecido, si la Misericordia de Dios me lleva al cielo –me temo que pasando por el purgatorio–, a quien haga eso por mí. Y, por aquello de hacer por los demás lo que a uno le gustaría que hiciesen por uno, procuro ganar de cuando en cuando alguna indulgencia para algún ser querido o para un desconocido. Por eso propongo que, al menos el día de difuntos, venzamos esa especie de rubor que nos gana cuando pensamos en las indulgencias y ganemos una para la persona que más hayamos querido cuando estaba con nosotros. ¿Y por qué sólo el día de difuntos? Por eso, creo que no es algo superfluo dedicar de cuando en cuando media hora a leer la Biblia. Aunque se hayan leído de seguido los Evangelios, las epístolas y el Apocalipsis alguna vez, nunca está de más hacerlo repetidamente porque la Sabiduría de Dios actúa como la lluvia que cae una y otra vez sobre el campo para fertilizarlo. Por lo tanto, además de a través del acto de contrición, quien gana una indulgencia para otro, sale beneficiado con la Sabiduría que se derrama sobre él por la lectura de la letra viva de las Escrituras. Por último, contribuye a revivir un acto de piedad olvidado, menospreciado y tan mal interpretado históricamente que ha supuesto un doloroso cisma en la Iglesia. Por lo tanto, contribuye, de una forma misteriosa, a restablecer su unidad. Y, lo más importante, varias almas llegarán a la presencia de Dios gracias él para interceder desde allí por toda la humanidad.

Y me voy a permitir una imagen cargada de locura. Imaginemos al primero que entra en el estadio olímpico a punto de ganar la maratón. Todo el estadio se pone en pie para aplaudirle, para darle ánimo en la última vuelta que le queda, para que no desfallezca en el último minuto. Y cuando llega la ceremonia de la entrega de medallas y sube al podio, el estadio se viene abajo de la ovación. Pues ese corredor de la maratón de la vida somos nosotros y los espectadores del estadio pueden ser aquellos para los que, durante nuestra maratón, hayamos ganado una indulgencia plenaria y estén esperando nuestra entrada en el estadio o situados a un lado del recorrido para darnos aliento en el momento de desfallecimiento.

27 de octubre de 2020

La oración de todas las cosas. Prólogo y 1ª

 

El 28 de Octubre de 2020 empecé a publicar las oraciones de un libro que encontré hace años por casualidad, del jesuita Pierre Charles.  Si título es “La oración de todas las cosas” y publicaré una cada martes, hasta completar las 33 más el prólogo que la componen. Hoy publico el prólogo y la primera, porque, de alguna manera es también parte del prólogo:

 

Pierre Charles S.J.

 

Prologo

 

La tierra es el único camino que puede conducirnos al cielo. No hay otro. Y la tierra no es una idea, un razonamiento, una abstracción o un concepto. Ni siquiera una ley. Es una cosa, una cosa enorme, una masa de cosas, las unas dentro de las otras, las unas sobre las otras, trabadas y ruidosas; es un universo.

 

Porque las cosas deben llevarnos a Dios, poseen todo lo necesario para acomodarse divinamente a esta tarea. A decir verdad, es su papel esencial, y dudar de su capacidad para cumplirlo es algo así como preguntar si una fuente termal debe ser caliente o un lago húmedo.

 

¿Y si intentáramos buenamente ir a Dios por la senda de las cosas o, mejor aún, si intentáramos encontrarle en las cosas, que son no nuestra obra, sino la suya y que sólo nos hablan de El?

 

Discípulos tal vez inconscientes, pero seguramente demasiado dóciles, de los viejos filósofos del paganismo, separamos con demasiada facilidad el mundo de las ideas del de las cosas, y nos inclinamos a creer que las ideas son nobles y grandes, y que las cosas son comunes y vulgares. Al orar damos paso a bellas abstracciones, que nos escoltan hacia las alturas; pero no nos atrevemos a confesar que estas marchas áridas nos fatigan. Y con todo, la Providencia ha multiplicado en torno nuestro los mensajeros discretos, que, sin ahogarnos, pueden conducirnos por caminos de ternura a las fuentes santas de la paz. Los viejos salmos de la oración, en su inspirado realismo, bien que nos hablan de las ranas y de los mosquitos, de la lengua de los perros, del mochuelo y de los asnos salvajes, del queso, de la manzana, del aceite y de la cerveza y de las vacas que paren –abundantes in egresibus suis–, y de las vainas que se dan de comer a los cerdos. Todo esto no es muy académico, pero el Espíritu Santo no se entorpece con los escrúpulos de nuestros estetas; y el decurso de la oración cristiana, serpenteando a través de toda la obra divina, no está sometido a las reglas artificiales de los academicistas.

 

Debe de haber una manera honesta y pura de contemplar las cosas; estas cosas que el Creador formó para cantar su gloria y que el Redentor santificó con su Encarnación. No son despreciables. Conviene no desplegar entre ellas y nosotros, como una pantalla, el espesor de nuestros prejuicios. No es necesario fingir que no existen, ni creer que no valen una larga mirada. Los iconoclastas vaciaron antaño las iglesias, echando al fuego las imágenes y las flores, so pretexto de que en el santuario estas cosas eran unas intrusas, y que la presencia de Dios sólo se avenía al vacío. No habían entendido. Pero, aún nosotros mismos, cuando rechazamos como inútiles o inoportunas las realidades materiales de que Dios ha llenado el universo; cuando las tratamos como el paseante trata las gotas de lluvia, preservándonos cuidadosamente de su acercamiento, ¿estamos enteramente seguros de nuestra sensatez y en perfecto acuerdo con el Espíritu Santo?

 

¿No podría el agua inspirar nuestra oración? ¿Y la madera? ¿Y el gallo que canta en la mañana? El vestido y las flores; los perfumes y las perlas; el viento que murmura al pasar; el pan sobre la mesa; la cántara; la silla y el techo..., todo ha sido santificado, todo ha sido cargado de bendiciones y de inspiración divina por el Verbo; todo habla, pero hacen falta corazones atentos; “omnia innuut, sed intellectorem requirunt”. “Todo insinúa, pero hace falta entendedor”.

 

Rezar no es siempre abstraerse sin cesar de todo lo que nos rodea; no es tampoco, desde luego, distraerse y loquear con todo lo que nos circunda. Rezar siempre es coincidir con el pensamiento del escritor, tal como se manifiesta en las palabras.

 

No somos maniqueos; no podemos dividir el mundo en dos partes y condenar, como mala, toda la creación material. No tenemos el derecho de renovar ni de perpetuar antiguas herejías, solemnemente condenadas, ni de disgustarnos de que Dios haya tomado un cuerpo como el nuestro ni de que el Verbo se haya hecho carne.

 

Para ir en busca de Dios no debemos, no podemos siquiera, dejar la tierra. Es ella su templo y su morada, y cada uno de sus detalles cuenta una gloria eterna.

 

Señor, ayúdanos a encontrarte. Dame este sentido delicado que, haciéndome amar santamente las cosas, me permita comprenderlas y aceptar sus dulces y fuertes lecciones. Enséñame a mirarlas sin desdén, cuidadoso de descubrir su significación divina y el misterio de amor de que las has cargado. Tal vez porque nunca he hecho oración sobre ellas ni por ellas, se han hecho peligrosas para mí, como seducciones profanas; y porque no las contemplo contigo, vienen a distraerme y a turbar las laboriosas simetrías que mis meditaciones se obstinan en armar.

 

Ya que, Verbo de Dios, has querido hacerte hombre, yo no me asemejaré a Ti, no siendo cada día menos hombre, sino siéndolo cada vez más y más divinamente. A la buena manera cristiana, yo quisiera, Señor, pasear contigo mi oración a través de las cosas de este mundo que es tuyo. Yo Te encontraré en ellas; porque si no es demasiado difícil saber dónde estás, es imposible saber dónde no estás.

 

 

 

 

I. GRAVI CORDE

 

Con el alma abrumada

 

Pierre Charles S.J.

 

La fatiga de vivir es a veces tan grande, Señor, que mi espíritu sueña la evasión y quisiera huir muy lejos a un país cualquiera de descanso eterno. Una irresistible nostalgia de olvido me penetra y me domina. No condenes, Dios mío, mi cansancio como si fuera una flojedad. Tú has perdonado a la caña cascada y te has compadecido del pábilo, demasiado débil para brillar, pero humeante todavía, endeble, en el hueco de la lucerna de tierra cocida.

 

Yo quisiera decirte, sin frases, con la monotonía de las quejas anónimas, qué duro es nuestro vivir y de qué angustias has sembrado todos nuestros caminos.

 

Es cómodo repetir que el mundo es obra tuya y que Tú lo has desplegado ante nosotros para que pudiéramos reconocer en él tus perfecciones. Con un poco de literatura común se llega a cantar tu creación como un poema. Se ponen flores y pájaros, fuentes y estrellas, tiernos claros de luna y dulzura de tarde de otoño, jardines perfumados y torcaces en las frondas. Pero todas estas églogas son un poco pueriles. Si bastara mirar la tierra para reconocerte, ¿por qué son tan numerosos los que declaran no haberte visto en los caminos que han seguido y no haberte encontrado jamás en el hilo, muy largo por cierto, de sus itinerarios? ¿El mundo es verdaderamente para nosotros los mortales el cercado suave del que habla la amada en el Cantar de los Cantares?

 

¿Cómo puedo descubrir la obra de tu Bondad en este universo que ignora la compasión y que, en su indiferencia ciega y sorda,  jamás escuchó el grito de nuestra angustia? La marea no se parará un minuto para perdonar a ese niño perdido en la playa. El cierzo del invierno no será menos glacial para el huérfano que tose o para la viejecita que tirita. El suelo no dará una mies de añadidura para salvar del hambre a toda una población de honestos trabajadores. Las tempestades no tuercen su curso por miramientos a los marinos, y las avalanchas, lo mismo que los volcanes, no se preocupan de los pueblos que entierran. Este mundo sin compasión, sin educación, sin moral, que no ha distinguido jamás al justo del impío ni al inocente del culpable, ¿podré yo tomarlo por objeto de mi oración y contiene verdaderamente el reflejo de tus atributos?

 

Sé que un tiempo, en los primeros siglos cristianos, este mundo obtuso y cruel pareció  tan indigno de tu bondad, que hasta se llegaba a imaginar que se te daba gloria diciendo que no venía de Ti, que venía de un demiurgo malo, y que la virtud de los fieles consistía en blasfemar de él. Tales viejas herejías gnósticas han sido muy acertadamente fulminadas por pesados anatemas conciliares; pero indican al menos el lugar del escándalo. Nos muestran lo difícil que es a nuestro espíritu ver, en el mundo, la marca de una ternura divina y algo como la caricia del Padre que está en los Cielos.

 

Señor, no me prohibas decir estas cosas y llevar a plena luz, delante de Ti, todas estas objeciones dolorosas, que me envenenan cuando intento rechazarlas ingeniosamente. Porque, por haber desgranado este extraño rosario, empiezo a ver mejor en un rayo de verdad y mis quejas van, tal vez, a disiparse.

 

El mundo no tiene corazón, decía yo, y, por lo tanto, no se parece a Ti. Pero el mundo es yo también, yo formo parte de él y soy yo y son los hombres, los que debemos hacerlo clemente y misericordioso. Nosotros somos el corazón del universo.

 

El mundo es ignorante. Ni siquiera sabe que existe. Esta es la verdad. Pero yo formo parte de este mundo, y en mí encuentra él su conciencia y toma significación. Este mundo es un instrumento; soy yo el obrero; y precisamente porque él no tiene pensamiento propio, puede dejarse invadir y modelar por el mío. Porque es indiferente, puede ser tan maravillosamente dócil. Su vacío moral me permite llenarlo todo entero de mi adoración o de mi blasfemia. El violín más bello del mundo es perfectamente estúpido. Ignora las notas y el solfeo, y mientras está solo queda tan mudo como una piedra. Es el músico quien le hará cantar su pasión, su locura, su desesperación o sus rabias. Todos los colores de un cuadro están en algunos pequeños tubos o en algunos vasitos que no tienen absolutamente nada de estético: es el artista quien les dará el poder de expresar alguna cosa: algo grotesco o sublime, torpe o elegante. Las palabras, alineadas alfabéticamente en los diccionarios, son incapaces de hacer una frase, de expresar un juicio; hasta son incapaces de mentir. No son más que la materia de la prosa o de la poesía; es el escritor quien las hará vivir, poniendo la forma de su pensamiento, noble o vulgar, verdadero o falso, claro o confuso.

 

Cuando blasfemo del mundo porque carece de compasión y moral, me considero tontamente como un espectador en una butaca. Pero yo soy actor en la escena. No se convertirá la arcilla en casa protectora, sino porque en esa arcilla he modelado y cocido los ladrillos y porque los he colocado debidamente. La oración del mundo no se encontrará más que en mis labios o en los de mis hermanos; su bondad no estará más que en mi gesto, y cuando el universo adore, tal adoración sólo existe en el fondo del corazón de los hombres. Como la leña, que puede en el hogar calentar en invierno toda la casa con tal de que se la encienda y una llama la transforme. Para existir tengo necesidad de este universo físico; yo estoy verdaderamente hecho del barro de la tierra y todo lleva en mí la marca de este origen, pero para tener un sentido y un valor, para ser bueno o malo, pecador o fiel, el universo tiene necesidad de mí; de mi acción tiene él la marca, como la efigie acuñada en el metal de las monedas. Las lágrimas no saben qué es la tristeza. Las lágrimas sólo son tristes por mi pena; y mis labios son alegres por mi alegría.

 

Se me ha repetido que el hombre era el rey del universo, como los pedantes dicen que la filosofía es la reina de las ciencias; pero no me gusta mucho desempeñar un papel real. Por otro lado, esto parece ligeramente caducado. ¡Rey del universo!; dejemos estas palabras, Señor, a los viejos paganos. Eres Tú el obrero que trabaja en la inmensa cantera del mundo para hacerlo en mí semejante a Ti.

23 de octubre de 2020

La "doctrina" de las dos redes

 Empiezo por pedir disculpas por aplicar la palabra doctrina a lo que no pasa de ser una opinión personal o, más aún, tal vez tan sólo una elucubración. No obstante, uso esa palabra, aunque entrecomillada, por alusión a la, esa sí, doctrina de las dos espadas, con la que, en mi opinión, tiene un cierto paralelismo.

 La doctrina de las dos espadas se refiere a la separación de los dos poderes, el espiritual y el temporal, encarnándose respectivamente en el Papa y en el Emperador o, si hablamos en términos actuales, en la Iglesia y el Estado. Esta doctrina queda magníficamente expresada, a mi modo de ver en las palabras del Papa san Gelasio I (492-496) en una carta dirigida al Emperador Anastasio I.

 “Tú sabes que es tu deber, en lo que pertenece a la recepción y reverente administración de los sacramentos, obedecer a la autoridad eclesiástica en vez de dominarla. Por tanto, en esas cuestiones debes depender del juicio eclesiástico en vez de tratar de doblegarlo a tu propia voluntad. Pues si en asuntos que tocan a la administración de la disciplina pública, los obispos de la iglesia, sabiendo que el imperio se te ha otorgado por la disposición divina, obedecen tus leyes para que no parezca que hay opiniones contrarias en cuestiones puramente materiales, ¿con qué diligencia, pregunto yo, debes obedecer a los que han recibido el cargo de administrar los divinos misterios? Completado con este otro texto: “El único poder reside en Cristo pero Él, de hecho, a causa de la debilidad y la soberbia humana, ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios (civil y religioso), de manera que ninguno se ensoberbezca”.

 Esta formulación de la doctrina se ha malinterpretado, a mi entender, a lo largo de la historia, leyéndose en el sentido de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal. Pero, según yo lo veo, mantiene un exquisito equilibrio entre las dos esferas de autoridad, la espiritual y la temporal. Me parece que está en total consonancia con lo que nos dice Cristo en el Evangelio: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” o con lo que dice san Pedro, el primer vicario de Cristo, en su primera epístola (1 Pedro 2, 13-17): “En atención al Señor, obedeced respetuosamente a toda institución humana, ya sea el jefe del Estado, en cuanto soberano, ya sean los gobernadores en cuanto comisionados por él para castigar a los malhechores y premiar a los que actúan bien. Pues esta es la voluntad de Dios: que al hacer el bien tapéis la boca a los ignorantes e insensatos. [...] Mostrad aprecio a todos, amad a los hermanos, honrad a Dios, respetad al jefe del Estado”. Conviene recordar que el jefe del Estado era Nerón.

 El nombre de las dos espadas que se da a esta doctrina proviene de dos pasajes del Evangelio. Uno narrado únicamente por san Lucas en la última cena: (Lucas 22, 35-38) y el otro narrado por los cuatro evangelistas en el prendimiento de Jesús: (Mateo 26, 51-54, Marcos 14, 47, Lucas 22, 49-51 y Juan 18, 10-11). El de la última cena dice:

 “A continuación les dijo: ‘Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?’ Ellos contestaron: ‘Nada’. Jesús añadió: ‘Pues ahora, el que tenga bolsa, que la tome, y lo mismo el que tenga alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y se la compre’. […] Ellos le dijeron: ‘Señor, aquí hay dos espadas’. Jesús les dijo: ‘¡Es suficiente!’” (Lucas 22, 35-38).

 En el pasaje del prendimiento, los cuatro evangelistas narran cómo un discípulo desenvaina la espada y corta la oreja de uno de los que van a prender a Jesús. Pero cada uno resalta algún detalle particular. Mateo no da el nombre del discípulo, pero nos dice que Jesús le ordena guardar la espada porque el que empuña la espada morirá a espada y luego le dice: “¿O crees que no puedo acudir a mi Padre, que pondría a mi disposición en seguida más de doce legiones de Ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así?” Marcos, siempre escueto, tampoco desvela el nombre del violento discípulo ni nos dice nada de la reacción de Jesús. Lucas tampoco nos dice quién fue el agresor, pero pone en boca de Jesús una orden tajante: “¡Dejadlo!”, y después nos cuenta cómo Cristo curó al herido. Por último, Juan nos revela tanto la identidad del atacante, Simón Pedro, como la del herido, Malco, y ordena a Pedro que envaine la espada preguntándole: “¿Es que no debo beber esta copa de amargura que el Padre me tiene preparada?”

 La Tradición ha querido ver en estos pasajes (me parece que trayéndolos un poco por los pelos) la base de la doctrina de la relación entre las esferas del poder espiritual y temporal. Primero, en el hecho de que Jesús recomiende la posesión de dos espadas y que sea suficiente con dos, se ve la necesidad de esos dos poderes y no más. Segundo, basándose en los pasajes del prendimiento –especialmente en el de san Juan–, que Pedro no puede usar su espada sin la autorización de Jesús. Cuando, en el siglo XI estalló la disputa de las investiduras entre el Imperio y la Iglesia, ésta usó la espada de la excomunión para ganar la primera batalla. Pero tras varios siglos de su uso, cada vez menos efectivo, cuando Bonifacio VIII, en el siglo XIV, la quiso usar para intimidar al rey de Francia, Felipe el Hermoso, los efectos fueron los contrarios. El rey secuestró al Papa tras afrentarle ignominiosamente en Anagni, adonde fue a buscarle. ¿Por qué se me viene a la cabeza al ver el giro de la historia lo de que el que empuña la espada morirá a espada?

 Por supuesto, que la pretensión de los Emperadores primero y de otros reyes después, fue entrometerse en los asuntos de la Iglesia para nombrar obispos e influir en cuestiones dogmáticas. Pero, ¿dio Cristo autorización a la Iglesia para usar esa espada? ¿No será que la Iglesia tendría que haber sido capaz de beber la copa de amargura que Cristo tuvo que beber sin usar la espada del antema y de la excomunión? No lo sé. Arnold J. Toynbee en su “Estudio de la historia”, dedica un apartado bajo el nombre de “El riesgo de militar en la tierra” a ilustrar magníficamente cómo medios espirituales que pueden parecer razonables y hasta buenos, pueden tener consecuencias indeseadas y negativas. Creo que en el espíritu de la doctrina de las dos espadas está la cooperación entre ambas para el bien del pueblo de Dios, y no su confrontación. Hace años escribí unas líneas en las que exponía por qué me parecía que esta tensión entre los dos poderes –que ha sido única en la historia entre la civilización occidental y la Iglesia católica ya que en las demás civilizaciones y religiones siempre ha habido una casi total sumisión de un poder a otro–, si se entiende bien, ha sido fuente de progreso[1]. Es como una cuerda tensa que, si no llega a romperse, se pueden sacar de ella notas que no se pueden sacar de una cuerda fofa.

 Bueno, hasta aquí con la doctrina de las dos espadas. Vamos ahora a la “doctrina” –ésta entre comillas– de las dos redes. De ninguna manera pretendo un paralelismo punto por punto entre la doctrina de las dos espadas y la “doctrina” de las dos redes, pero sí una analogía de conjunto.

 La idea de las dos redes se me vino a la cabeza al recordar una respuesta del Papa Benedicto XVI a un periodista en su viaje a Alemania, durante el vuelo a Berlín. El periodista le preguntó sobre lo que les diría a los que quieren abandonar la Iglesia por los abusos cometidos por el clero contra menores. El Papa respondió comparando a la Iglesia con la red del Señor que pesca peces buenos y malos de las aguas de la muerte para llevarlos a las tierras de la vida. En esta red se pueden encontrar peces malvados[2].

 Me pareció una magnífica respuesta. Mucho después, se me vino a la cabeza que, salvando las distancias de lo espiritual a lo temporal, como la doctrina de las dos espadas hace, el capitalismo podría verse también como una red, también querida por el Señor, como intentaré mostrar más adelante, que pesca también peces buenos y malos para llevarlos del mar de la miseria a la tierra del bienestar. En la red del capitalismo hay peces malvados, tiburones depredadores. Pero también en la Iglesia hay tiburones depredadores, en un sentido diferente de los que hay en la red del capitalismo. Y sé qué tipo de depredadores me repugna más. Pero lo mismo que eso no debe ser motivo para rechazar a la Iglesia, tampoco lo debe ser para abominar del capitalismo. Más allá de la respuesta del Papa Benedicto XVI al periodista, elaborando a partir de ella, veo que la Iglesia no ha sido capaz todavía, en veinte siglos, de sacar del mar de la muerte a todos los peces y probablemente no los sacará a todos hasta el fin de los tiempos, pero está en ello. En estos momentos, prácticamente toda la humanidad ha oído hablar de Cristo y más o menos un tercio de ella le considera como Dios, como la segunda persona de la Trinidad, aunque no todo ese tercio esté lo crea fervientemente. Algo parecido ocurre con el capitalismo: sigue habiendo muchos seres humanos que todavía están en el mar de la miseria, pero también una enorme cantidad de ellos han salido de la pobreza en los últimos doscientos años. Y no ha habido nunca en la historia de la humanidad ninguna otra red material que haya sacado más peces de la pobreza que lo que ha logrado el capitalismo. Sí que ha habido experimentos de redes que han creado pobreza, tiranía y aberraciones sociales. Y circulan muchas utopías que, afortunadamente nunca se han puesto en práctica y que espero que no se intenten llevar nunca a la realidad[3].

 Naturalmente, si por los depredadores que hay en la Iglesia destruimos esta red, la muerte espiritual de la que nos salva esa red se regodeará. De la misma manera, si por los tiburones del capitalismo destruimos la red, la miseria, el hambre y la tiranía se apoderarán del mundo. Un buen cristiano, como dice Benedicto XVI en esa respuesta, debe “aprender así a soportar también los escándalos y trabajar contra los escándalos, formando parte precisamente de esta gran red del Señor”. Lo mismo debemos hacer las personas que creemos de buena voluntad en la bondad esencial del capitalismo a pesar de los tiburones que hay en él: soportar los escándalos y trabajar contra ellos formando parte de la red del capitalismo.

 A un buen cristiano, le consume el celo apostólico. Le gustaría que todo el mundo entrase YA en la red de la Iglesia. Pero no puede ser. Se tiene que conformar con ser un apóstol para, poco a poco, conseguir que, uno a uno, vayan entrando en esa red cada vez más peces. A un partidario de buena voluntad de la red del capitalismo, también le gustaría que toda la humanidad estuviese YA en la tierra del bienestar, pero no es posible de la noche a la mañana. Sin embargo, si miramos el mundo en tranchas de tiempo de cincuenta en cincuenta años, no cabe dudar de que, sobre todo desde hace unos doscientos años, la pobreza no ha hecho más que retroceder en todo el mundo, aunque este proceso se haya producido con numerosos traumas y situaciones terribles. Sólo los países en los que se da una combinación mortal de corrupción, inseguridad jurídica y populismo, no mejoran económicamente. Unidos a los países dominados por el Islam. Dicho esto, y desgraciadamente, la erradicación total de la pobreza no ocurrirá tampoco hasta el fin de los tiempos. “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”, nos ha dicho Cristo (Mateo 26,11; Marcos 14, 7; Juan 12, 8), “y podréis socorrerlos cuando queráis”, completa Marcos. Pero es un hecho incontrovertible que se va avanzando hacia ello.

 ¿Por qué digo que la red del capitalismo es también una red querida por el Señor? Porque está basada en el don más precioso que Dios ha dado al hombre: la libertad. También se basa en la laboriosidad, en el afán de superación y en otros muchos valores humanos positivos. Valores que son, también, cristianos. Así lo pensó también el Papa Juan Pablo II cuando en su encíclica Centesimus annus se pregunta y se responde a sí mismo: Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva […][4]. Claro que los peces de esta red están acechados por la codicia y muchos otros vicios que convierten a buenos peces en depredadores. Ni más ni menos que como le ocurre a la red de la Iglesia.

Con esta intuición, me puse a buscar textos evangélicos que apoyasen esta “doctrina”. Inmediatamente se me vinieron a la cabeza, como no, los dos textos de la pesca milagrosa que aparecen en los Evangelios. El primero, en el Evangelio de Lucas (Lucas 5, 1-10), al principio de la vida pública de Jesús. Los otros dos sinópticos, sin contar la pesca milagrosa, ponen en los labios de Jesús, como lo hace también Lucas, la promesa de que se convertirán en pescadores de hombres. Juan cuenta su pesca milagrosa al final de su Evangelio, tras la resurrección, como una forma de Jesús de darse a conocer a algunos apóstoles desanimados. Podría pensarse que esto se refiere sólo a la red espiritual, pero los peces eran y son fuente de riqueza y, de hecho, Zebedeo, el padre de Santiago y Juan, parece que era un próspero empresario, con pesquerías que abastecían de pescado a Jerusalén. Comentaristas autorizados del Evangelio afirman, basándose en el de Juan, que si Pedro pudo entrar en la casa de Caifás tras el prendimiento de Jesús, fue porque Juan, que conocía a Caifás, consiguió que entrase[5]. Y, ¿de qué podía conocer Juan al sumo sacerdote como para poder entrar al patio interior de su casa al mismo tiempo que Jesús? Muy posiblemente porque en muchas ocasiones habría llevado pescado a su casa. Sea como fuere, Zebedeo siguió siendo pescador de peces durante toda su vida. Los pescadores de hombres son imprescindibles para la primera red, pero los de peces no pueden dejar de manejar sus redes para alimentar materialmente a la humanidad. Mateo y Marcos nos dicen, narrándonos la llamada de Jesús a Pedro y Andrés primero y a Santiago y Juan después, que estos últimos estaban reparando las redes. Las dos redes, la de la Iglesia y la del capitalismo necesitan siempre ser reparadas, pero nunca desechadas.

Pero, tras la referencia evidente de las redes de la pesca milagrosa, me acordé de la multiplicación de los panes y los peces. Los cuatro evangelistas cuentan la multiplicación de panes y peces, pero Mateo y Marcos narran dos multiplicaciones. En las multiplicaciones de los tres sinópticos, tras la pregunta de los apóstoles acerca de cómo obtener comida para esa multitud, Jesús les dice: “Dadles vosotros de comer”. Tras recolectar cinco panes y dos peces, Jesús procede al milagro de la multiplicación. En la narración de Juan, el escepticismo de los discípulos es manifiesto. Jesús, retóricamente, les pregunta: “¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos éstos?”. A lo que responde escépticamente Felipe: “Con doscientos denarios no compraríamos bastante para que a cada uno de ellos le alcanzase un poco”. Y, casi irónico, Simón Pedro dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tanta gente?”. En la segunda multiplicación, contada sólo por Mateo y Marcos, Jesús se muestra tiernamente compasivo con los que le han seguido: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan por el camino”. Y, nuevamente, a pesar de haber visto ya antes una multiplicación, la impotencia de los discípulos. “¿De dónde vamos a sacar en un despoblado pan para dar de comer a tanta gente, [con sólo] […] siete panes y unos pocos pececillos?”

Así pues, para Jesús, la red que permita dar de comer a la humanidad es importante. Evidentemente, aunque en esas situaciones Jesús obra el milagro, no podemos esperar que todos los días haga el milagro de multiplicar los panes y los peces, como no podemos esperar que todos los días cure con un milagro a todos los enfermos[6]. El milagro ya lo ha hecho. Lo hizo cuando creó al hombre a su imagen y semejanza, libre, con inteligencia y voluntad, con imaginación y creatividad, con afán de superación. Y tras crearlo le dio la orden de someter la tierra para que ésta diese su alimento a su descendencia. Es decir, le hace copartícipe de la creación. Cierto que si no hubiese habido pecado original todo hubiera sido más fácil, pero lo hubo y vino el sudor de la frente y el trabajo doloroso. Y la avaricia y el afán de dominio y de poder. Pero el milagro de la inteligencia y de los demás dones para que el hombre hiciese la segunda red, la material, la del capitalismo, ya estaba hecho. Y así, el ingenio del hombre, ha ido creando, poco a poco, evolutivamente, la red del capitalismo que hace tiempo llamé también “la increíble máquina de hacer pan”.

Así pues, como los dos poderes, las dos espadas, no están hechas para luchar entre ellas, sino para colaborar. Si la “doctrina” de las dos redes tiene sentido, éstas deberían cooperar también y no enfrentarse. La Iglesia ha tenido buen cuidado de no condenar jamás la esencia del capitalismo –hasta el Papa Francisco, me temo–. Pero cuando un Papa habla de economía, sus palabras no forman parte del magisterio petrino, aunque sí ejerce ese magisterio cuando señala severamente el egoísmo, la avaricia, el afán de dominio que pervierten el capitalismo, como pervierten toda actividad humana. Sin embargo, quizá por miedo a perder a las masas obreras, tampoco ha defendido abiertamente a la esta red, sino que ha mantenido una postura más bien ambigua y de cierta desconfianza (y de abierta hostilidad en Francisco). Está bien una cierta tensión creativa, como la de las dos espadas, pero ojo con ir contra la armonía de ambas redes, no sea que se estropee “la increíble máquina de hacer pan”. Esta actitud de desconfianza de la Iglesia hacia el capitalismo ha creado muy a menudo desconcierto en muchos sanos empresarios capitalistas, una mirada de desconfianza, cuando no de abierta hostilidad por parte de muchos católicos de buena voluntad y, en algunos casos, el regocijo de los que quieren destruir el sistema para poder pescar en río revuelto. La experiencia de la teología de la liberación está demasiado cerca para olvidarla. ¿Será por casualidad que la mayoría de los que quisieran acabar con el capitalismo no les importaría o les gustaría acabar también con la Iglesia?[8]



[1] Hace años escribí unas páginas bajo el título: “Primera no casualidad: No es casualidad que la única civilización en la que se ha mantenido una tensión creativa entre el poder espiritual y el temporal sea la civilización cristiana. Son tres no-casualidades que están en este blog.

[2] P. Santo Padre, en los últimos años, se ha dado un aumento de los abandonos en la Iglesia, en parte a causa de los abusos cometidos contra menores por miembros del clero. ¿Cuál es su sentimiento sobre este fenómeno? ¿Qué les diría a quienes quieren abandonar la Iglesia?”

R. “[…] Yo diría que es importante reconocer que estar en la Iglesia no quiere decir formar parte de una asociación, sino estar en la red del Señor, que pesca peces buenos y malos de las aguas de la muerte para llevarlos a las tierras de la vida. Puede ser que en esta red esté junto a peces malvados y lo siento, pero es verdad que no estoy aquí por éste o por el otro, sino porque es la red del Señor, que es algo diferente a todas las asociaciones humanas, una red que toca el fundamento de mi ser. Hablando con estas personas creo que tenemos que ir hasta el fondo de la cuestión: ¿qué es la Iglesia? ¿Cuál es su diversidad? ¿Por qué estoy en la Iglesia, aunque se den escándalos terribles? Así se puede renovar la conciencia del carácter específico de ser Iglesia, pueblo de todos los pueblos, pueblo de Dios, y aprender así a soportar también los escándalos y trabajar contra los escándalos, formando parte precisamente de esta gran red del Señor”.

[3] Una de estas utopías, mirada con cariño por muchos católicos anticapitalistas es la del distributismo,. Esta utopía fue ideada por mi admirado Chesterton. Pocas personas habrán existido en el mundo con su aguda inteligencia. Pero de esta utopía suya, lo mejor que puede decirse es que jamás se ha intentado ensayar. Si se hubiese hecho hubiese llevado, como todas las utopías, a la miseria generalizada y el terror. Y es que el camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones.

[4] Juan pablo II, Centesimus annus, nº 42

[5] Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo, que era conocido del sumo sacerdote entró, al mismo tiempo que Jesús, en el patio interior de la casa del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera, a la puerta, hasta que el otro discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y consiguió que lo dejasen entrar. (Juan 18, 15-16)

[6] ¿Podría ser el desarrollo de la medicina la tercera red? Bien pudiera ser, pero también es cierto que la medicina, la cirugía y la farmacología se han desarrollado en gran medida gracias al capitalismo. A pesar de la “pérfida” industria farmacéutica, tan demagógicamente denostada. Tal vez se pudiese hablar de la “doctrina” de las tres redes. Pero se perdería la estética del paralelismo con la de las dos espadas.

[[8] La recíproca, en cambio, no es cierta. Muchos que odian a la Iglesia son también defensores del capitalismo. Por otro lado, hay católicos a los que les gustaría acabar con el capitalismo aunque si lo consiguiesen se iban a enterar de lo que vale un peine. Pero creo que los populo-comunistas que quieren acabar con el capitalismo son muchos más que los católicos que quieren hacerlo.