11 de junio de 2022

Depresión y Biblia

No soy ni psicólogo ni psiquiatra, ni tengo ni idea de estas dos disciplinas. Pero conozco en mis propias carnes lo que es la depresión, aunque sea en grado leve. Y es terrible. No quiero ni pensar lo que debe ser una depresión profunda. Así, el otro día, leí en la Biblia, concretamente en el pasaje del Libro de los Números 11, 11-15, el siguiente  párrafo que me llamó poderosamente la atención. 

“Y dijo Moisés a Dios: ¿Por qué tratas mal a tu siervo? y ¿por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo para que me digas: ‘Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama’? ¿Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo que viene a mí llorando y me dice: ‘Danos carne para comer’? No puedo yo solo soportar a todo este pueblo que me es pesado en demasía. Si vas a tratarme así, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia a tus ojos; y que yo no vea mi desventura”.

Efectivamente, Moisés estaba desesperado de un pueblo que no sólo se quejaba por todo, sino que provocaba rebeliones peligrosísimas, a menudo con amenazas de muerte. De hecho, en más de una ocasión se rebelan contra Moisés y contra Dios, maldiciendo el día en que los liberó de la esclavitud de Egipto –contra la que llevaban siglos clamando–, porque en Egipto comían mejor. El “pesebre”, el “vivan las caenas”. Y llega el momento en que Moisés no puede más y llega a pedirle a Dios que acabe con su vida. Lo mismo les pasa a los que tienen depresiones profundas. Tan es así que, a veces, se quitan ellos mismos su vida. Así que me pregunté si podría decirse que Moisés sufrió una depresión profunda y me puse a indagar sobre el tema en Internet. Y sí, encontré algo al respecto. Algo que no sólo explica que, efectivamente, Moisés sufrió una depresión profunda, sino que analiza cómo Dios le ayudó a salir de esa depresión. Ayuda que se me antoja –aunque insisto en que no soy ni psiquiatra ni psicólogo– que es válida para cualquier persona que sufra depresión. Transcribo literalmente lo leído en internet, escrito por Pablo Martínez Vila, de quien no sé nada, pero que, a tenor de lo que escribe, me parece sabio. Me permitiré intercalar de cuando en cuando algún comentario mío, señalándolo con otro tipo de letra.

 En la noche oscura de la depresión

«¿Puede un cristiano sentirse deprimido? ¿Es pecado la depresión? ¿Por qué esta moderna plaga emocional afecta a tantas personas, incluidos creyentes consagrados y maduros en la fe? ¿No es Cristo el mejor médico y la oración la mejor terapia?»

Estas preguntas, muy frecuentes, reflejan la inquietud de bastantes creyentes. Para ellos es difícil entender cómo una persona con fe en Cristo puede atravesar tiempos de depresión, agotamiento o sequía espiritual. Se les hace difícil conciliar la exhortación de Pablo «estad siempre gozosos» con la realidad de hombres y mujeres de fe sufriendo una depresión. Aun mayor perplejidad sienten cuando el problema afecta a los líderes espirituales, los pastores de la iglesia.

Vasijas de barro y no de oro

¿Qué nos enseña la Palabra de Dios al respecto? Un análisis detallado del texto bíblico arroja mucha luz, y en especial mucho consuelo, a los que sufren una depresión. Para empezar, es difícil encontrar en toda la Biblia un solo personaje que no haya atravesado la angostura del valle o la oscuridad del túnel. Unas veces fue en forma de depresión (Elías en 1 Reyes. 19:1-18; Jeremías, ver Jeremías. 20). Otras veces en forma de duda (Habacuc, Juan el Bautista); casi siempre con profundas experiencias de soledad y frustración (David, Pablo).

Al descubrir esta larga lista de héroes de la fe pasando por duras pruebas emocionales, nuestros ojos se abren a una conclusión realista: estos hombres y mujeres fueron gigantes en la fe, sí, pero también hombres de carne y hueso «sujetos a pasiones (sufrimientos) semejantes a las nuestras» (Santiago. 5:17). Y ello es así porque Dios, en su soberanía misteriosa, se vale de vasos de barro y no de oro, vasijas frágiles, por cuanto «el poder de Dios se perfecciona en la debilidad... porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Carta de san Pablo a los corintios. 12:9-10). Dios permite sombras en sus mejores instrumentos para que solo su nombre resplandezca. La depresión se presenta, por tanto, con mucha naturalidad en la Biblia.

Moisés, el líder que se quería morir

Vamos a analizar en detalle una de las crisis más destacadas de Moisés, el hombre escogido por Dios para ser guía del pueblo de Israel. Este gran hombre de fe, un verdadero modelo de quien se dice que «se sostuvo como viendo al Invisible», experimentó la depresión con gran intensidad hasta el punto de querer morir. Cansado de la desobediencia y las quejas constantes del pueblo, abrumado por el peso de la responsabilidad, sintiéndose muy solo y agotado, su espíritu desfallece:


«Y dijo Moisés a Dios: ¿Por qué tratas mal a tu siervo? y ¿por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo para que me digas: ‘Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama’? ¿Dónde puedo yo encontrar carne para todo este pueblo que viene a mí llorando y me dice: ‘Danos carne para comer’? No puedo yo solo soportar a todo este pueblo que me es pesado en demasía. Si vas a tratarme así, yo ruego que me des muerte, si he hallado gracia a tus ojos; y que yo no vea mi desventura» (Nm. 11:11-12) 

Síntomas de la depresión (Quien haya tenido depresión alguna vez sabe cuán certero es este diagnóstico)

Veamos, en primer lugar, qué le pasaba a Moisés ya que los síntomas de su depresión son frecuentes y ayudarán al lector a identificarse con la tribulación de Moisés.

En una etapa inicial Moisés interpela a Dios y parece que le pide cuentas por su forma de actuar, incluso le reprocha que le llamara a esta tarea. Abundan los «por qué» que reflejan la protesta y la confusión del gran líder. Hasta cinco preguntas le formula Moisés a Dios, preguntas con un contenido netamente depresivo. Observemos cómo se siente perjudicado y maltratado, sentimientos típicos de la depresión cuando la mente distorsiona los hechos, tal como veremos después, y ve la realidad mucho peor de lo que es.

Moisés necesita verter libremente todo lo que hay en su corazón. Es una protesta terapéutica porque la libre expresión de pensamientos y emociones tiene un notable efecto liberador. Es como una descarga del peso que le oprime. Moisés no puede contenerse. Necesita vaciar el enojo y la frustración contenidos en su corazón. (Gran verdad) Las palabras de Moisés, y sobre todo su forma y tono, revelan irritabilidad, otro síntoma habitual en la depresión. Es llamativo que Moisés, considerado «el hombre más manso de toda la tierra» (Nm. 12:3) llegue a este extremo de irritabilidad. El hastío y las palabras duras, casi agresivas, contra el pueblo, nos revelan a un hombre cansado, decepcionado, sin fuerzas para seguir adelante.

La descarga de Moisés llega a su máxima intensidad en Nm. 11:12: «¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo para que me digas: ‘Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama’?» Moisés deja entrever el deseo de abandonarlo todo. ¡Hoy diríamos que le presenta su dimisión a Dios! Sin embargo, en el versículo siguiente la descarga emocional empieza a dar sus frutos y ya es capaz de articular una queja más razonada y concreta: «¿De dónde conseguiré yo carne para todo este pueblo?» (Nm. 11:13)

Observamos, por tanto, cómo Moisés tiene una gran necesidad de vaciar su corazón, presentarle a Dios sus cargas. No podemos, sin embargo, omitir un hecho importante: Moisés no se queja de o contra Dios, sino a Dios. Aun en medio de su depresión, le habla a Dios desde una posición de sumisión y lealtad. No es pecado decirle a Dios cómo nos sentimos, aunque nuestra protesta sea tan enérgica como la de Moisés. (Casi todo el Libro de Job, que pasa por ser el epítome de la paciencia y la aceptación de la voluntad de Dios, es una airada queja, incluso contra Dios, casi sacrílega sobre su supuesta justicia). El pecado radica más bien en la amargura de corazón acumulada tras meses o años de silencio. Silenciar nuestras cargas y dudas es un excelente caldo de cultivo para las crisis de fe. (Qué importante es, en esta situación, tener alguien al lado que sepa escuchar. No compadecer, sino escuchar y comprender)

Otro síntoma típico de la depresión son los pensamientos distorsionados. La manera de razonar, sentir y percibir la realidad se altera profundamente en el sentido de verlo todo desde una óptica pesimista y sin esperanza. Estos pensamientos negativos son característicos de la depresión y los vemos con gran claridad en este pasaje. Moisés, confundido por su visión depresiva, erraba en su valoración de Dios y en la evaluación de su trabajo. En cuanto a Dios, pensaba que le había abandonado e incluso que quería perjudicarle. En cuanto a sí mismo, se sentía un fracasado.

La crisis va in crescendo hasta culminar en Nm. 11:15 con las ideas de muerte: «Yo te ruego que me des muerte». Es un proceso que tiene su lógica. Las ideas de fracaso, de inutilidad e incluso de culpa injustificada llevan a Moisés a sentirse como en un callejón sin salida en el que sólo la muerte parece una liberación. Primero, Moisés dirigió su hostilidad (queja) contra Dios; luego, contra el pueblo, y termina contra sí mismo. La tensión se había hecho insoportable. Moisés ha perdido su autoestima, hecho clave en toda depresión, y ello conlleva la pérdida de esperanza. Ante esta situación la única salida que ve es la muerte. Puesto que no hay luz por ninguna parte, lo mejor es desaparecer. Moisés no veía ninguna salida a su túnel. (El negro túnel sin aparente salida de la depresión).

Algunas personas con depresión grave pueden tener una experiencia similar a la de Moisés en cuanto al deseo de morirse. No olvidemos, en estos casos, que las ideas de suicidio en la depresión son la consecuencia de una mente que, enferma, es incapaz de pensar nada positivo. En este punto empezamos a entender que la depresión es, muchas veces, una verdadera enfermedad que afecta a la mente, los sentimientos e incluso la voluntad de la persona.

La causa de la depresión de Moisés

La descarga emocional –abrirle su corazón a Dios sin reservas– le da a Moisés luz en cuanto a su problema. El hombre confundido de la primera etapa está ahora en condiciones de ver su situación con más claridad, hasta el punto de que él mismo llega a ver la causa de su depresión: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía» (Nm. 11:14). Brillante diagnóstico. El contexto anterior –Nm. 11:1-10– nos ayuda a entender la razones de su agotamiento. Las repetidas quejas del pueblo, murmurando sin cesar, habían llegado a agotar la paciencia de Dios mismo: «Y la ira de Jehová se encendió en gran manera» (Nm. 11:10). (esta ira de Jehová contra el pueblo de Israel aparece una y otra vez en los libros del Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio, y siempre, siempre, Moisés media entre Dios y su pueblo, aplacando la ira de Dios). No sorprende entonces, la tremenda tensión emocional de Moisés que acaba por minar su resistencia psíquica. Estamos ante una clara depresión por agotamiento.

Ahí tenemos, deprimido y sin esperanza, al siervo a quien Dios había confiado una misión muy especial: conducir al pueblo por el desierto, un desierto tan literal como metafórico. La desobediencia del pueblo había agotado la paciencia y la capacidad de resistencia de Moisés hasta llevarle a una depresión profunda.

La respuesta de Dios

Llegados a este punto debemos examinar un aspecto crucial del pasaje que es también clave para un adecuado tratamiento del deprimido: ¿Cómo actúa Dios? Veamos la respuesta que le da a Moisés:


«Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales. Y tráelos a la puerta del Tabernáculo y que esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo y tomaré del espíritu que está en ti y pondré en ellos. Y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo.» (Nm. 11:16-17) 

En el momento más necesario, cuando Moisés no puede más y desea la muerte, surge la palabra balsámica del médico supremo. Dios sabía bien la causa del estado de Moisés y la respuesta viene de la manera más adecuada. En la forma de actuar del Señor hay tres aspectos que queremos destacar. Dios le provee a Moisés de las tres cosas que más necesitaba:

Comprensión

Dios no censura a Moisés por su depresión ni le trata ásperamente; ni una palabra de reproche sale de la boca del Señor. La comprensión sustituye a la reprensión. Dios se nos presenta como maestro de la simpatía (Simpatía en el sentido etimológico del término: “sintonía con el sufrimiento del otro”) hacia el atribulado. Lo que menos necesitaba Moisés en aquel momento eran palabras de reproche. A nosotros, humanamente, nos podría parecer que Moisés merecía algún tipo de corrección. Pero el «Señor es lento para la ira y grande en misericordia» (Sal. 86:15). Esta respuesta de Dios constituye una iluminadora advertencia para los que se apresuran a emitir juicios condenatorios o gestos de desaprobación cuando ven a un hermano como «caña cascada o pábilo que humea» (Is. 42:3). Si queremos parecernos a nuestro Maestro, haremos bien en imitarle: la misericordia, la comprensión y la simpatía deben abundar mucho más que el juicio severo, la reprensión o la condenación hacia el que sufre. (Pero creo, por experiencia pasiva propia, que esa misericordia, comprensión y simpatía tienen que cuidar de no caer en la contemplación blanda que cede a la aparente necesidad del deprimido de ser visto como una víctima. Duele cuando no te acompañan en ese deseo, pero, más tarde, se agradece).

Ayuda práctica

Dios provee una salida. La respuesta de Dios no se limita a comprender a su siervo deprimido, sino que es sumamente práctica. Le proporciona la ayuda más asequible para que Moisés pueda salir de la depresión. El estado emocional de Moisés era muy parecido al de una ciudad asediada por el enemigo. Lo más urgente es encontrar una salida que alivie este cerco. Observemos que Dios no le da una «solución» instantánea, de manera que el problema desaparezca de forma mágica. No olvidemos que la palabra solución no aparece en la Biblia ni una sola vez. En cambio, sí se nos promete que «fiel es Dios que no permitirá que seáis probados más allá de lo que podéis soportar, sino que juntamente con la prueba dará también la salida» (1 Co. 10:13). Dios no cambió a Moisés por otro líder, ni siquiera le dio oportunidad para un tiempo de descanso. El pueblo siguió siendo conflictivo; el peso de la dirección seguía estando allí (No le contempló como una víctima). Pero algo muy importante sí cambió: Dios le dio la salida precisa, le proporcionó los instrumentos adecuados para afrontar la situación: «Setenta ancianos del pueblo llevarán la carga contigo y no la llevarás tú solo». Dios provee la salida adecuada en el momento adecuado.

Estímulo para su autoestima

Queda claro que Dios no consideró un pecado la depresión de Moisés. Si hubiese sido así, Dios le habría apartado de tan estratégica responsabilidad. Lejos de ello, le reafirmó en su tarea con una frase luminosa y terapéutica: «..y tomaré del espíritu que está en ti, y lo pondré en ellos» (Nm. 11:17). Una vez más Dios se nos revela como un exquisito conocedor de la mente humana. ¿No se había quejado Moisés de que Dios le trataba mal y de que casi le había desechado? (Nm. 11:11). La autoestima de Moisés, tan deteriorada, necesitaba una buena dosis de renovación (No de acompañarle en una mayor destrucción de su autoestima). La frase «tomaré del espíritu que está en ti y lo pondré en ellos» implicaba dos grandes estímulos: por un lado, Dios no se había olvidado de Moisés, su espíritu estaba todavía presente en el líder del pueblo. Por otro lado, ¡Dios no podía insuflar un espíritu alicaído y débil en los otros ancianos! La lógica de Dios se hace aplastante: «Moisés, sigo creyendo y confiando en ti» es el mensaje claro que Dios le transmite con su decisión. Moisés estaba en depresión, pero era capaz de entender este mensaje (Mensaje contrario a la victimización): «si Dios toma de mi espíritu para darlo a otros, señal de que no debo ser tan desastre...».

El trato amoroso y delicado de Dios surtió efecto. Moisés pudo salir del valle oscuro de la depresión. Los acontecimientos posteriores de su vida nos muestran que esta crisis no fue estéril. Sin duda Moisés pudo aprender valiosas lecciones de esta dolorosa experiencia. (Siempre se sale más fuerte de las depresiones si se tiene la ayuda adecuada) El autor de Hebreos (Heb. 11:26-27) nos revela dos de los grandes secretos de la fe de Moisés:


«Tenía la mirada puesta en el galardón»

 

«Se sostuvo como viendo al Invisible»

Esta doble expresión de la fe de Moisés es la columna que le permitió asirse de Dios en la hora oscura de su depresión. Es la misma columna que todo creyente tiene a su alcance.

Pablo Martínez Vila

¡Grande Pablo Martínez Vila!

Quiero traer a colación otros grandes personajes bíblicos que también muestran síntomas de depresión, de pérdida de la ilusión, de sensación de vacío e inutilidad de todo. Comento varios ejemplos, aunque podrían ser muchos más. En ellos no es difícil descubrir el mismo método terapéutico de Dios.

Empiezo por Elías. Elías está siendo perseguido para matarle por la perversa pareja de rey y reina de Israel, Ajab y Jezabel. Huye como un perro, acosado de cerca y arrinconado contra el desierto inhóspito, acorralado. El Primer Libro de los Reyes, 19, 3-8, nos dice:

“Elías se llenó de miedo y huyó para salvar su vida. Al llegar a Berseba de Judá, dejó allí a su criado. Él se adentró por el desierto un día de camino, se sentó bajo una retama y, deseándose la muerte, decía:

- ¡Basta Señor!, quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados.

Se tumbó y se quedó dormido, pero un ángel le tocó y le dijo:

- Levántate y come.

Elías miró y vio a su cabecera una hogaza cocida, todavía caliente, y una jarra de agua. Comió, bebió, y se volvió a dormir. De nuevo el ángel lo tocó y le dijo:

- Levántate y come, pues te queda todavía un camino muy largo.

Él se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de ese alimento anduvo cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. (Que es otro nombre del Sinaí. Es decir, hizo en cuarenta días y cuarenta noches el recorrido que le llevó a Moisés cuarenta años de errar por el desierto por culpa del pueblo).

Al llegar al monte –nos sigue contando el primer Libro de los Reyes en 19, 9-16– Dios se deja conocer por él, no “como un viento fuerte, impetuoso que removía los montes y quebrantaba las peñas”, ni “como un terremoto”, ni como “un fuego”, sino como “un ligero susurro”. Así es Dios. Elías le dice:

- Sólo he quedado yo, y me buscan para matarme.

A lo que Dios responde:

- Anda, regresa por el camino del desierto a Damasco y a tu llegada, unge a Jazael como rey de Siria, a Jehú, hijo de Mansí, como rey de Israel y a Eliseo, hijo de Safat, de Abelmejolá, como profeta sucesor tuyo.

Y él vuelve a su misión. Sobrevive a la muerte de Ajab y la malvada Jezabel y él es arrebatado al cielo, vivo, en un carro de fuego. Volverá al fin de los tiempos para la lucha contra el anticristo.

Sigo con el profeta Jeremías. En el principio del Libro de la profecía de Jeremías 1, 4-10 se nos cuenta cómo Dios le encomienda una misión grandiosa –el texto está en verso en el original hebreo de la Biblia:

“Antes de formarte en el vientre de tu madre, te conocí. Antes de que salieras de él, te consagré, te constituí profeta de las naciones”. A lo que Jeremías responde: “¡Ah, Señor, mira que no sé hablar, pues soy un niño!”. Y, el Señor: “No digas, ‘soy un niño’, porque irás donde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, porque yo estoy contigo para librarte”. […] Entonces el Señor alargó su mano, toco mi boca y me dijo: “Mira, pongo mi palabra en tu boca: en este día te doy autoridad sobre naciones y reinos para arrancar y arrasar, para destruir y derribar, para edificar y plantar”.

Jeremías empieza su misión, que ya le había avisado el Señor que sería dura. Años más tarde, abrumado por su misión, desesperado y con una depresión similar a la de Moisés, le dice a Dios en un largo poema está en verso:

“Tú me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; Me has violentado y me has podido.  Se ríen de mí sin cesar, todo el mundo se burla de mí. […] La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de burla e irrisión. Yo me decía: ‘No pensaré más en Él, no hablaré más en su nombre’. Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía’. […]”. Entonces, la esperanza: “Pero el Señor está conmigo como un héroe poderoso. Mis perseguidores caerán y no me podrán…”. Para volver al ciclo de la depresión con unas palabras terribles: “Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me parió no sea bendito. Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: ‘Te ha nacido un hijo varón’, llenándole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que Yavé destruyó sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos, y al mediodía alaridos. ¿Por qué no me mató en el seno materno, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna de sus entrañas? ¿Por qué salí del seno materno para no ver sino trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta?”.

Depresión terrible, tremendas imprecaciones a Dios, fugitivos rayos de esperanza que ceden a pensamientos destructivos. Como Moisés. Pero, Dios le dio fuerza a Jeremías que vivió largos años transmitiendo inquebrantablemente la voluntad salvadora de Dios a un pueblo que le daba la espalda. Anunció la caída de Jerusalén, conquistada y destruida por Nabucodonosor, lo que le valió ser considerado un traidor. Cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén y destruyó el Templo, Jeremías, en vez de acompañar a los notables de Israel a Babilonia, se fue a Egipto con los más pobres, en los cuales Jeremías mantuvo la esperanza del retorno y predicó su conversión. Así, los que se fueron a Egipto con él se libraron de la dura opresión de los caldeos y retornaron a Judea tan pronto como murió Nabucodonosor, antes de que Ciro liberase al resto de los judíos de Babilonia.

Una breve frase del profeta Isaías resume su victoria final en una larga lucha contra la pérdida de confianza en su misión, contra su desaliento, contra el sentido de inutilidad de todo. Dice:

“Aunque yo creía que había gastado mi vida para nada, el Señor defendía mi causa, Él guardaba mi recompensa”

Otro ejemplo es san Pablo. El otrora infatigable apóstol de los gentiles, encarcelado, sufre también una severa depresión de la que habla a su hijo en la fe, Timoteo, después de haberla superado con la ayuda de Dios. Efectivamente, en su segunda carta a ese discípulo, en el capítulo 4, 9-16, le cuenta sus tribulaciones, con una sencillez que conmueve:

“Procura venir lo antes posible, pues Dimas me ha abandonado por amor a las cosas de este mundo y se ha ido a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito a Dalmacia. Solamente Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráetelo contigo, pues me es muy útil para el ministerio. A Tíquico le he mandado a Éfeso. Cuando vengas, tráeme la capa que me dejé en Tróade, en casa de Carpo, y también los libros, sobre todo los pergaminos. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. […] Ten cuidado con él, pues se ha opuesto tenazmente a nuestra predicación. En mi primera defensa nadie me asistió, todos me abandonaron. ¡Que Dios los perdone!”

Marcos, el que más tarde sería el evangelista san Marcos había sido motivo de ruptura entre Pablo y Bernabé. En su primer viaje, que ambos hicieron juntos, llevaron a Juan Marcos que, por aquel entonces, debía ser muy joven. Parece que no aguantó bien el viaje, por lo que el Pablo en plena sensación de fortaleza un poco arrogante, le veta para que no les acompañe en el siguiente viaje, lo que hace que Pablo y Bernabé discutan agriamente y se separen. El Pablo de las líneas anteriores, viejo, cansado, abandonado por todos, le pide a Timoteo que le traiga a Marcos para ayudarle. Cosas de la vida. ¡Cuántas veces, cuando nos sentimos fuertes, hacemos de menos a quien puede ser nuestro auxilio en un momento duro de la vida! Digo que esta carta la escribe después de superar su depresión, porque este párrafo viene enmarcado por dos. El que va justo delante dice:

“Yo ya estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he guardado la fe. Sólo me queda recibir la corona de salvación que aquel día me dará el Señor, juez justo, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa”.

E inmediatamente después del primero de los párrafos citados:

“El Señor me asistió y me confortó, para que el mensaje fuera plenamente anunciado por mí, y lo escucharan todos los paganos. Fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me dará la salvación en su reino celestial”.

No puedo terminar sin recordar los momentos de angustia mortal del propio Jesús, en la oración del huerto de los olivos: “Siento una tristeza mortal”. Pero su oración terrible acaba en confianza: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú”. Unas horas más tarde, en la cruz, vendrá el sentimiento de abandono total: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. ¡Pero al tercer día llegó la resurrección!

“La vida del hombre sobre la tierra es como una milicia”, nos dice Job en su libro. Porque todo el Libro de Job, más allá de la mistificación de su paciencia, que sólo se realizan en el epílogo, es una inmensa y brutal queja dirigida a Dios, así como una despiadada reprimenda de sus “amigos”, que sólo al final se abre a la esperanza. Así es. Justo antes de ese epílogo, tras sus brutales quejas, que Dios escucha pacientemente y a las que contesta, los ojos de Job se abren y Dios y él tienen la siguiente conversación, en verso hebreo:

“Sé que todo lo puedes, que ningún plan está fuera de tu alcance”.

‘¿Quién es ése que enturbia mi consejo con palabras sin sentido?’

“Yo he hablado insensatamente de maravillas que me superan y que ignoro. ‘Escucha –me dijiste–, déjame hablar; yo te preguntaré y tú me responderás’.”

“Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos”

Termino. Parece que en la depresión y en las dificultades que nos puedan parecer insalvables, conviene ponerse en manos de nuestro Dios y confiar en Él. Dios siempre nos dará fuerzas, sin ahorrarnos la tribulación, para completar la tarea que Él nos va descubriendo con la vida a medida que le preguntamos qué nos pide ésta –que eso es la oración– no qué le pedimos nosotros a la vida. Porque como dice san Pedro en su primera carta:

“Así pues, sed humildes ante la poderosa mano de Dios para que Él os encumbre a su debido tiempo. Confiadle todas vuestras preocupaciones, puesto que Él se preocupa de vosotros”.

Dicho esto, en todo caso, siempre, en caso de depresión, se debe acudir a un psiquiatra o psicólogo serio y no ideleogizado. Yo tuve la suerte de encontrar alguien así, en un momento de mi vida, hace ya más de veinte años, en el que, como dije al principio, tuve una depresión. No me cabe duda de que Dios me lo puso delante.

10 de junio de 2022

¡Feliz 10º cumpleaños. querida SAREB (Banco Malo)!

Desde bastantes años antes era vox populi que la mayoría de las entonces llamadas Cajas de Ahorros de propiedad de las comunidades autónomas, estaban quebradas. Eran el juguete económico de los políticos de todo signo. Con ellas se financiaban actividades que se suponía que daban votos y en ellas se colocaba en puestos de Consejo de Administración a amigos ignorantes y sindicalistas a los que había que retribuir favores y apoyos. Su pésima gestión las había llevado a una situación límite. Si al principio del proceso, antes de estar podridas, se hubiesen vendido, no les hubiesen cosntado ni un solo Euro a los contribuyentes. Pero, claro está, nadie quería renunciar a su juguete político. Así, se les empezó a dar dinero público con la condición de que se fusionasen. La idea era que si se unían dos mierdas, sin ninguna medida correctora, y se ponía un poco de dinero bueno en ellas, el resultado sería algo viable. Y, claro, no lo fue. Al principio, las fusiones eran sólo entre cajas de la misma Comunidad Autónoma (No deja de ser curioso que el acrónimo “CCAA” sirva lo mismo para las Cajas de Ahorro que para las Comunidades Autónomas, dos de los cánceres de nuestra economía). Pero como eso parece que no bastaba, venciendo el rechazo político de unas CCAA contra otras, se empezaron a realizar simulacros de fusión entre CCAA de distintas CCAA. Simulacros que eran un “sí, pero no” y que recibieron el nombre periodístico de “fusiones frías” (cómo la fallida fusión fría para producir energía). Por supuesto, ninguna medida correctora y más dinero para intentar vanamente que la fusión de dos mierdas trans CCAA fuese otra cosa que una mierda más grande. Al final, el engendro de las “fusiones frías” quedó al descubierto y las CCAA empezaron a fusionarse sin frialdad, estuviesen en las CCAA en las que estuviesen. Así nació Bankia. La entidad que ponía el dinero para todo ello era una entidad pública llamada FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria, hay que joderse con lo de ordenada), por supuesto, de titularidad pública. Todo este proceso era posible porque al frente del Banco de España estaba el inefable Miguel Ángel Fernández Ordóñez –MAFO para amigos y detractores– el primer Gobernador del Banco de España con carnet de militante de un partido político. Se mantenía suficientemente bajo el nivel de provisiones que este organismo exigía a las CCAA para que pudiesen “ir tirando”… el dinero de los españoles. 

Bankia fue un engendro desde el principio, y se sabía. Pero, claro, los gobiernos antes se dejaban cortar un brazo que reconocerlo. Entonces surgió la maravillosa idea de sacar Bankia a Bolsa, con Rodrigo Rato al frente de la operación. O sea, hacer partícipes a los inversores de la mierda. Naturalmente, haciéndoles creer que era una buena inversión. Casi siempre que una empresa sale a Bolsa por primera vez, se articula lo que se llama u  tramo mayorista. En él grandes fondos internacionales de inversión, que son inmunes a presiones, compran una buena parte de las acciones al mismo precio que las podrán comprar los pequeños inversores particulares. Así, éstos pueden fiarse de que el precio es razonable. En el caso de Bankia, lo que se hizo fue una presión agobiante del gobierno sobre grandes empresas españolas para que compraran acciones de Bankia. Por supuesto que se sabía que era una mierda, pero es que, resistirse al poder… Una de las pocas grandes empresas que se negó fue el BBVA. A poco de salir a Bolsa, se destapó el pastel y los inversores se dieron cuenta de que habían comprado mierda a precio de trigo. Todavía están vivos los litigios. No sé cómo acabarán éstos, pero me produce sonrojo ver que las empresas que participaron en el simulacro, piden también ser resarcidas. ¡Por Dios Bendito!

Afortunadamente, tras que el FROB regase Bankia con 22.000 millones de Euros para sanearla, se puso a su frente a un magnífico gestor profesional de una enorma experiencia bancaria, José Ignacio Goirigolzarri, que, con un gran sentido de la responsabilidad dejó su tranquilo retiro para entrar a dirigir Bankia. Y la sacó adelante. ¡Bien por Goirigolzarri!

Las CCAA fusionadas siguieron su espiral hacia el abismo, recibiendo dinero del FROB, hasta que la situación se hizo insostenible. Para entonces el estado ya había puesto, y hablo un poco de memoria, más de 40.000 millones de € en las CCAA y sólo en las CCAA Ni un solo Euro en la bansa privada. ¡NI UNO! Había que privatizarlas. Pero no podía esperarse que nadie diese un duro por entidades absolutamente quebradas. Más bien habría que pagarles cantidades inmensas para que se hiciesen cargo de la mierda. Y aquí es donde aparece el Banco Malo, la SAREB (Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria) ¿Bancaria? Casi toda la mierda que inundaba los balances de las CCAA eran promociones –terminadas o paradas a medio hacer– de viviendas invendibles con las que se habían tenido que quedar las CCAA que las habían financiado, suelo que no servía para nada y préstamos concedidos a constructoras que se sabían imposibles de cobrar. Y la SAREB nació para comprar a las CCAA toda esa mierda a un precio, desde luego, mayor que el de mercado del momento, aunque menor de las valoraciones ficticias en la que la tenían en el balance. La idea es que, a medida que el mercado se recuperase, se iría vendiendo ganando dinero. Se anunciaba que ina a obtener una rentabilidad anual del 15%. De momento, diez años más tarde, la SAREB está prácticamente en quiebra. Pero la arquitectura del Banco Malo fue un auténtico encaje de bolillos. Para que no computase como ayuda de estado y no se considerase deuda pública en las Cuentas del Estado, SAREB tenía que tener un 51% de capital privado y el otro 49% lo pondría el FROB. Como no parecía fácil convencer a bancos privados de que pusiesen dinero para comprar la mierda de las CCAA, que, a fin de cuentas, eran su competencia, se hizo un montaje en el que el Banco malo ponía 60.000 millones de Euros. De estos, 5.400 millones de € sería el capital del Banco Malo, que sería puesto 2.700 millones de € por el FROB y otros 2.700 millones de €, por bancos y otras grandes empresas españolas privadas, a las que se presionó “persuasivamente” para que los pusieran. Uno de los pocos que no quisieron entrar en este montaje fue, otra vez, el BBVA. El resto del dinero, hasta los 60.000 millones de €, es decir, 54,6 millones de € se consiguieron mediante la emisión de bonos, naturalmente, con garantía del Estado español que, en gran medida, fueron comprados por el BCE. Misión cumplida, ¡no había ayuda de estado!

Esta es la bonita historia. Para que los bancos privados, que no habían recibido ni un Euro público, pusiesen dinero para hacer que las CCAA fuesen vendibles, sin que el estado viese incrementada su deuda pública en momentos en los que estaba al 90% del PIB (¡¡¡¡Ahora la tenemos al 120%!!!!). Naturalmente, no hubo 15% de rentabilidad anual, sino peticiones de más dinero en forma de ampliaciones de capital y de suscripción de más deuda, para evitar su quiebra.

Y los Podemitas y compañeros de viaje, hablan de penalizar a los pérfidos bancos que han costado no se cuanto a los españoles. ¡Es para abrirse las venas! Y quieren, además, crear un banco público para repetir la “proeza” de las CCAA a costa de los españoles. Si siguen gobernando en comandita, lo harán. ¡Dios nos coja confesados! ¡Qué bien que tengamos un estado protector que nos cuide y vele por los intereses de los españoles y del bien común! ¡Qué sería de nosotros sin su vigilancia para poner en su sitio a las pérfidas empresas privadas y, muy especialmente, los perversos bancos! ¡Loado sea el estado!

¡Feliz 10ª cumpleaños, querida SAREB!

4 de junio de 2022

El Evangelio escondido de Matajj 22; Capítulo XIX; Nicodemo

CAPÍTULO XIX 

NICODEMO

Al día siguiente no fuimos a Ierushalom. Lo pasamos entero en casa de Simón, con Marta y Lázaro. Jesús no quería dejarse ver porque pensaba que eso exacerbaría los ánimos de los judíos que, en los últimos años, habían acrecentado de forma inaudita su expectativa de la venida del Ungido que acabase con la dominación romana. Los milagros de Galilea, la escena de la expulsión del Templo y los rumores que se extendían de su actuación en el camino a Ierushalom frente a los zelotas, se mezclaban en la mente de la gente que necesitaba muy poco para ver en cualquier personaje a ese Ungido triunfador. Su figura adquiría tintes diversos según quién contase según qué historias y como las mezclase. Por eso él no quería alimentar la imaginación popular y decidió quedarse en Betania. Además, allí se encontraba bien. Sentía el profundo cariño de sus tres anfitriones que le rodeaban de sutiles atenciones, se paseaba solo por el amplio y umbrío jardín escuchando el suave murmullo del agua. Rezaba.

Ciertamente, aunque Betania estaba un poco apartada, a partir de la primera hora de la tarde los balidos de los corderos que eran sacrificados en cada tienda de la otra ladera del monte oriental de Ierushalom, ahogaban el sonido del agua transmitiendo un sentimiento de angustia. Durante la tarde se retiró todo el pan con levadura de la casa, se guardó la vajilla corriente y se sacó la especial para Pésaj. Por la tarde, Marta salió a buscar a algún mendigo que no tuviese donde celebrar Pésaj y, al cabo de un rato vino con tres. Poco antes de la caída de la noche, en el crepúsculo, los tres anfitriones, los tres mendigos, todo el servicio y todo nuestro grupo, estábamos reunidos alrededor de la mesa. Simón quiso dejar el lugar de honor a Jesús, pero éste no se lo permitió. Simón se sentó a la cabecera, con dos de los mendigos a su derecha e izquierda, después, por la derecha estaba Jesús y, al otro lado de Jesús, el tercer mendigo. En la mesa estaban preparadas las hierbas amargas y la gran torta de pan ácimo. El cordero no estaba todavía en la mesa, pero su olor llenaba toda la casa. Estaban listas las velas, todavía apagadas y aunque vacías, las cuatro copas, más la quinta para el profeta Elías. Junto a ellas estaba la garrafa, llena del magnífico vino color de rubí de Tomás y de su socio José de Arimatea. También estaba el recipiente de agua convertida en salmuera. Todos estábamos de pie, con la cintura ceñida y el bastón en la mano. Por supuesto, los dinteles de las puertas de la casa habían sido pintados con la sangre del cordero degollado, para que el Ángel Exterminador pasase de largo, como había ocurrido en la primera Pésaj. Sólo que en las muchas Pésajs de tantos siglos, el Ángel tampoco había exterminado a los primogénitos de los filisteos, asirios, caldeos, griegos, romanos y otros pueblos que sojuzgaron a Israel a lo largo de su historia. Tampoco parecía probable –sería terrible– que en ésta volviese a ocurrir semejante prodigio. Pero era Pésaj. La noche prometía ser clara, sin una nube, pero se había levantado un fuerte viento que silbaba en las ventanas y se colaba por cada resquicio. La luna se alzaba ligeramente sobre el horizonte, todavía entre dos luces, roja, como una brasa sacada del hogar. Simón escrutaba, a través de una ventana próxima, la aparición de la primera estrella para iniciar la ceremonia. Poco antes de que apareciese, le dijo a Jesús:

- Rabbí, se tú quien dirija el Seder.

- No sabría hacerlo –respondió Jesús–. En todas las Pésajs que he vivido, hasta la del año pasado, ha sido mi padre, José quien ha dirigido el Seder. Me fijaré bien esta vez y, en la próxima Pésaj, cuando el Altísimo nos conceda celebrarla juntos, dirigiré el Seder.

- Te acepto la disculpa, rabbí, a la par que acepto la promesa que me haces, si el altísimo nos la concede –replicó Simón.

- Nos la concederá Simón, te lo aseguro. Amén, amén –dijo Jesús.

- Amén, amén –respondimos todos, un poco extrañados por la seguridad con la que Jesús se hacía garante de la voluntad del Elohim.

Simón encendió las siete velas y después procedió a llenar de vino la primera copa mientras empezaba la salmodia del Hallel a la que respondíamos todos:

¡Alleluiah!

¡Alabad, siervos de Elohim!

Tomando un pequeño manojo de hierbas amargas, las mojó en la salmuera y las pasó para que todos comiéramos de ellas, seguida de la primera copa de vino. Esta copa simboliza la primera noche, la noche de la creación del mundo. Partió después en dos la torta de pan, reservando una parte para el final de la cena y haciendo que la otra mitad circulase entre nosotros para que tomásemos cada uno de nosotros un trozo. En ese momento la salmodia decía:

Él levanta del polvo al desvalido

y alza del estiércol al pobre

para sentarlo con los príncipes,

con los príncipes de su pueblo;

consolida a la estéril en su familia,

haciéndola madre feliz de hijos felices.

¡Alleluiah!

Al decir estas palabras la voz de Simón pareció quebrarse, pero sirvió la segunda copa de vino sin que le temblase el pulso. La copa circuló y todos bebimos de ella. Simboliza la noche estrellada de la promesa de Elohim a Abraham.

Lázaro, como miembro más joven de la familia, formuló la pregunta ritual sobre la razón por la que se celebraba esa fiesta. La salmodia respondió a la pregunta:

Cuando Israel salió de Egipto,

La familia de Jacob de un pueblo bárbaro,

Y fue desgranando en la salmodia la historia de la liberación de Egipto, interrumpida periódicamente para repetir el salmo de alabanza inicial. Mientras salmodiaba, sirvió la tercera copa, que dio diez vueltas a la mesa. Cada vuelta simboliza una de las plagas que YeHoVaH envió al Faraón. En cada vuelta, metíamos la punta del índice en el vino y lo sacudíamos sobre el mantel, simbolizando la tristeza de los siglos de esclavitud, antes de la alegría de Pésaj. Tras la última vuelta de la tercera copa, en una undécima, bebimos lo que quedaba de ella al tiempo que hicimos una nueva ronda de pan y verduras amargas mojadas en salmuera. La consumación de esta tercera copa simboliza la noche de la salida de Egipto, tras las penas de la esclavitud. En ese momento entró el cordero. Asado entero, con vísceras incluidas. Los corderos que se vendían en el Templo habían ayunado el tiempo suficiente como para tener el intestino vacío. Tal y como mandaba el ritual nos lo comimos entero, sin dejar nada y con el máximo cuidado para no romperle ni un solo hueso.

Simón sirvió entonces la cuarta copa, mientras salmodiaba:

¿Cómo podré pagar a Elohim todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre.

Cumpliré mis promesas a Elohim en presencia de todo el pueblo?

Simón, sirvió entonces la copa reservada para el profeta Elías, mientras, Lázaro abrió de par en par la puerta para que entrase, como mensajero del Ungido. Terminamos la salmodia con el último salmo que empieza y acaba:

¡Dad gracias a Elohim, porque es bueno!

¡Porque es eterno su amor!

Entonces circuló la cuarta copa. Antes de dar un sorbo, cada uno la alzaba hacia el Altísimo. Esta copa simboliza la noche de la manifestación definitiva del Todopoderoso, el fin de los tiempos ordinarios, la llegada de los tiempos mesiánicos.

Mientras nosotros bebíamos esta copa, los mendigos bebieron la copa destinada a Elías.

Hoy, en mi cautiverio, en espera de mi martirio, al recordar esta celebración y, sobre todo, la que tuvo lugar un año más tarde, mi alma se ha llenado de fuerza y esperanza. Porque, efectivamente, en Pésaj del año siguiente Jesús dirigió el Seder según se lo había visto hacer a Simón. Fue en la casa de Juan Marcos, nieto de Fulano. En ella estuvieron Simón, Marta, Lázaro y Miriam, junto con todos los discípulos, hasta el momento de la quinta copa, en la que nos quedamos con él sólo los doce. Pero, me estoy adelantando en mis recuerdos.

Cuando terminó la cena, nos quedamos un rato de conversación. Toda ella giraba sobre la fuerza salvadora de YeHoVaH, de su Providencia sobre su pueblo y sobre la esperanza de la llegada del Ungido, precedido por el profeta Elías y por Enoc, y la instauración de los tiempos mesiánicos predichos por el profeta Isaías. Después, todo el mundo se retiró. Los mendigos tenían también preparado un aposento en el que pasar la noche. Jesús pidió autorización a Simón para ir a rezar al exterior de los muros del jardín y Lázaro le pidió a Jesús que le permitiese acompañarle. Ambos salieron por el portón que un criado les abrió prometiéndoles esperarles hasta que viniesen. El viento soplaba cada vez con más fuerza, cambiando de dirección continuamente, como si quisiese recorrer todas las puntas de la rosa de los vientos. Nada más salir, se toparon con un personaje embozado, vestido de negro, cuyas vestimentas se arremolinaban fuertemente agitadas por el viento. La figura se acercó a Jesús que pudo verle los rasgos a la luz de la luna. Era un hombre mayor, con una frondosa barba blanca y un rostro noble. Sus ojos y sus labios denotaban que era presa de una gran angustia.

-Rabbí –le dijo bajando los ojos– soy Nicodemo, fariseo. Ayer te vi ayer en el Templo y luego te seguí y escuché tus palabras en el monte Oriental. No he podido dormir en toda la noche. Esta mañana, José me ha contado lo que hablasteis anoche, aquí, en casa de Simón.

Miró de soslayo a Lázaro al que saludó por su nombre. No le dijo nada, pero Lázaro supo que tenía que alejarse discretamente y dio varios pasos hacia atrás, al tiempo que se daba media vuelta. No obstante, era un joven con un excelente oído y estaba enormemente interesado en lo que hablasen Nicodemo y Jesús. Conocía a Nicodemo desde siempre. De hecho, había sido el mejor amigo de su padre hasta que éste empezó a alejarse de la estricta ortodoxia farisea. Fue Simón, no Nicodemo, el que fue dejando morir esa amistad. Nicodemo, no era un fariseo cualquiera, como se había presentado a Jesús. Era fariseo ortodoxo y cumplidor a rajatabla de todos los preceptos, pero, al mismo tiempo, bondadoso y tierno. Era un hombre respetado por todos, fariseos y saduceos. Podría ser miembro del Sanedrín. De hecho se lo habían propuesto dos veces y él lo había rechazado. Por todo esto, era para Simón como un grito de la conciencia que le afeaba su conducta de relajamiento de las normas. Por eso dejó de verlo, refugiándose más en la amistad con José de Arimatea que, a pesar de su laxitud, seguía manteniendo una sólida amistad con Nicodemo. Nicodemo prosiguió, sin alzar la vista y Lázaro aguzó el oído y, a pesar del sonido del viento, captó parte de la conversación, que nos transmitió años más tarde delante del propio Nicodemo, que completó lo que Lázaro no pudo oír.

- Rabbí, sé que eres un enviado del Altísimo porque nadie que no lo sea podría hacer los signos que tú haces. Pero no entiendo, no entiendo nada y necesito entender. ¿Eres el Ungido? ¿Vas a restaurar el Reino de Israel? ¿Qué Reino vas a restaurar, cómo será? ¿De paz o de violencia? No sé, son muchas preguntas sin respuesta las que se atropellan en mi mente y necesito que me ayudes. Llevo aquí toda la tarde y la noche. Es la primera vez en mi vida que no celebro la cena de Pésaj. Pero llevo toda esa vida esperando y rezando al Altísimo para ver el momento de su manifestación. Para ver la cuarta noche. Y, ahora, que tal vez haya llegado el momento, tengo miedo. No sé qué hacer. Es toda mi vida, todo su sentido, la que pende de este momento. Pero, al mismo tiempo, estoy tan aferrado a las tradiciones y a los preceptos que no sabría qué hacer sin ellos. En tus palabras de ayer por la tarde en el monte Oriental hablabas de una próxima Pésaj. Una Pésaj distinta con un cordero distinto que se celebrará pronto y que significará el fin de todos los egiptos. ¿Distinta? ¿Acabará con los preceptos que nos guían? ¿Cuál será el cordero sacrificial? ¿Qué significa el fin de todos los egiptos? ¿Cuándo será ese pronto? No sé, todo me da vueltas. ¡Ayúdame!

Había un toque de angustia en este “ayúdame”. Era la petición de auxilio de un hombre que veía derrumbarse todas sus seguridades pero que no quería aferrarse al mundo que se le derrumbaba y hundirse con él, sino encontrar un nuevo anclaje para su vida. Y creía que Jesús, que era el que había socavado la base de su viejo edificio, podía ser también la piedra angular del nuevo.

- Nicodemo, Nicodemo –le dijo Jesús con un suspiro que hizo que el fariseo levantase la vista para fijarla en Jesús–, vas a tener que nacer de nuevo para poder ver el Reino de Dios.

- ¿Cómo puede un hombre viejo nacer de nuevo? Tengo demasiadas experiencias sobre mis espaldas, demasiadas seguridades en mi vida, para dejarlas de lado. Sencillamente, no puedo hacer con ellas un hatillo y lanzarlas al mar.

- En eso estás en lo cierto. No puedes. Tienes que dejarte hacer. Tienes que dejarte engendrar desde lo alto por el agua y del Espíritu. Son ellos, no tú, los que te harán nacer de nuevo.

- ¡Dejarme engendrar por el agua! –repitió Nicodemo con una voz que transmitía desánimo–. Fui al Jordán para que Juan me bautizase, pero me faltó valor. Soy un hombre conocido y, a buen seguro, alguno de los presentes me reconocería e iría a contárselo al Sanedrín. Eso podría costarme mi prestigio e, incluso, mi expulsión de entre los fariseos. Además, Juan me imponía temor. Tuve miedo de que me lanzase sus diatribas en público y a voz en grito. Era más de lo que me sentía capaz de hacer. Por eso no me atreví y, tras mirar de lejos durante un largo rato cómo bautizaba, me volví a Ierushalom por donde había venido. Pero, ¿dejarme engendrar por el Espíritu? Ni siquiera sé qué significa eso.

- Nadie lo sabe. No puedes saberlo, aunque seas maestro de la Ley. Tienes que dejarle hacer a Él. ¿Oyes ulular el viento, Nicodemo?

Difícilmente podía no oírse. Era un viento poderoso que, además de silbar, movía todas las ramas de los árboles cuyas hojas repetían sus ecos. Nicodemo asintió con la cabeza.

- Lo oyes, pero no sabes de donde viene ni a dónde va –continuó Jesús–. Así es el Espíritu. En cuanto a la nueva Pésaj, la reconocerás cuando el Hijo del hombre sea levantado sobre la tierra, como lo fue la serpiente de bronce hecha por Moisés en el desierto. Los mordidos por la serpiente no morían de esa mordedura, pero no escapaban de la muerte. Los que miren al Hijo del hombre y crean en él, tendrán vida eterna.

- ¿Y quién es ese Hijo del hombre para que crea en él? –preguntó Nicodemo.

- Cuando sea el momento lo reconocerás y bendito tú si no te escandalizas de él.

- Y, ¿qué debo hacer mientras tanto?

- Nada –le respondió Jesús–, seguir con tu vida dando gracias al Altísimo. Lo que tengas qué hacer te lo dirá el Espíritu en su momento.

Y dicho esto, Jesús se dio la vuelta y se alejó a una distancia como de un tiro de piedra, se sentó con la espalda apoyada contra un árbol puso la frente sobre las rodillas y empezó a rezar. Lázaro se sentó con la espalda apoyada en el mismo árbol. “Padre –Abba –, –oyó Lázaro decir a Jesús–, ilumina a Nicodemo y dale fuerza para resistir el escándalo cuando llegue” y, después, silencio. De cuando en cuando Lázaro oía decir a Jesús, como en un suspiro: “Abba”. Tres horas más tarde Lázaro, aterido de frío, se levantó y entró en la casa, dejando a Jesús inmóvil en la misma postura.

28 de mayo de 2022

Las bicicletas, esa gran amenaza para el capitalismo

 

Leo un recorte de periódico que me mandan, con el título: “La bicicleta es la muerte lenta de nuestro planeta”. Lo pego más abajo. La noticia es el recorte de un periódico que no sé cuál es y no viene firmada. Simplemente reproduce una frase de alguien del que se dice que es el CEO de Euro Exim Bank Ltd. El que escribe el artículo únicamente aporta el título y un comentario final. Busco quién pueda ser ese CEO y qué banco es ese, que no me suena. Logro averiguar que es un pequeño banco que está en un país llamado Santa Lucía, que tampoco me suena. Miro en San Google qué país es Santa Lucía. Entre santos, todos se conocen. Me entero asú de que es un país que sólo ocupa una pequeña isla del Caribe de 616 Km2, (más o menos como el municipio de Madrid) con menos de 200.000 habitantes, que en 1979 obtuvo la independencia del Reino Unido, y que está regido por una monarquía parlamentaria cuya reina es Isabel II, como Canadá o Australia, pero en muy, muy, muy pequeño. Es decir, es un país de la Commonwelth, al fin y al cabo. Me pregunto qué función puede tener un banco en un país así y, sin poder asegurarlo, me respondo que no puede ser otra cosa que un instrumento de un paraíso fiscal. No llego a enterarme de quién es su CEO. Ahora es el momento de reproducir el recorte de periódico.

 


Mi impresión, por la que no creo que me quemase si pusiese la mano en el fuego, es que la frase está sacada de contexto y que el autor del artículo es uno de los muchos profetas que, desde hace más de 200 años, han augurado, siempre cosechando un estrepitoso ridículo, la muerte del capitalismo. Sea o no cierta mi impresión, creo que la frase incita realmente a reflexionar y, por lo tanto, no puedo dejar de hacerlo. Ahí va el fruto de mis reflexiones.

 

Desde luego, si mañana, de repente, todos los habitantes de la tierra cambiasen el coche por la bicicleta, el resultado sería catastrófico. Casi tan catastrófico como que un asteroide gigante, como el que produjo la desaparición de los dinosaurios hace 650 millones de años, chocase contra la Tierra. Casi tan catastrófico pero todavía más improbable. Porque un asteroide sí puede chocar contra la Tierra, pero semejante sustitución fulgurante de coches por bicicletas no puede pasar. Pero imaginemos –y esto sí que es posible– que en los próximos cien años un 40% de la población mundial cambiase coche –sea como sea un coche dentro de cien años– por bicicleta. Nada más escribir esto me doy cuenta de dos cosas: La primera: que, aunque ese 40% comprase una bicicleta, no dejaría por ello de tener coche para otros usos en los que utilizar la bicicleta es imposible. La segunda, fundamental, es que es posible, más aún, probable, que dentro de cien años no haya coches, con independencia de cuánta gente tenga bicicleta. Soy incapaz de decir qué sistema de transporte individual a media o larga distancia será el que utilicen para moverse quienes vivan dentro de cien años, pero apostaría a que no será el coche, ni de gasolina, ni de gas, ni eléctrico. Será otra cosa. Porque el capitalismo ha hecho que eso ocurra siempre. ¿Alguien alumbra su casa con velas? ¿Alguien tiene un látigo en su casa para arrear a los caballos de su carruaje? En el siglo XIX las grandes urbes del mundo tenían un gravísimo problema muy real. Cómo evacuar de las ciudades la mierda y los orines de los miles de caballos que tiraban de los carruajes. Se sentían incapaces de solucionarlo. Hasta que llegó el automóvil y el problema se resolvió solo.

 

Imagen en blanco y negro de un tren en las vias de tren

Descripción generada automáticamenteCarretera en medio de la calle

Descripción generada automáticamente

 

La calle Morton Street, coner of Bedford toward Bleecher street en 1893 y ahora, según la muestra Google Earth. Quien quiera leer sobre esto:

 

https://www.iagua.es/blogs/agueda-garcia-durango/nueva-york-estiercol-y-escaleras-cuando-caballos-eran-pesadilla-ciudades

 

Pero volvamos a la situación planteada hace unas líneas, aunque no se sostenga de pie: ¿Qué pasaría si en los próximos cien años un 40% de la población mundial cambiase coche por bicicleta? La respuesta es, sin la más mínima duda: No pasaría nada. O, más bien, pasaría lo mismo que ha pasado ya innumerables veces en los últimos 250 años: que la prosperidad de la humanidad avanzaría enormemente. Es lo que se conoce con el nombre de destrucción creativa. No creativa únicamente en el sentido de imaginativa, que también, sino fundamentalmente en el de creadora. El problema siempre se resuelve de la misma manera: Si la gente gasta menos en coches y más en bicicletas, seguramente el nuevo gasto en bicicletas seguro que será menor que el que hacía en coches. Pero ese dinero que ya no gasta se lo gastará en otras cosas que le convengan, sean las que sean. Y eso hará que otras empresas vendan e inviertan más y contraten más gente. Y lo mismo pasará con los fabricantes de los bienes de equipo que fabriquen las maquinarias de esas nuevas inversiones. Y habrá innovadores que inventen cosas nuevas que harán la vida mejor a millones de personas. Sólo la ceguera unidireccional impide ver esto. Esto ya lo descubrió Frédéric Bastiat, un economista francés liberal del siglo XIX. Enunció un principio al que dio el nombre de “lo que se ve y lo que no se ve”. Se ve que la venta de coches bajará más de lo que suba la de bicicletas, pero no se ve que la gente seguirá comprando otras cosas con el dinero que ahora le sobra. O dicho de otra manera, es la estúpida ceguera del “juego suma 0”. Si ese juego suma 0 fuese cierto, los agoreros de la ruina del capitalismo tendrían razón. Pero es total y absolutamente falso y todo el que tenga ojos en la cara y quiera usarlos, lo verá, no en teoría, sino en la realidad de los últimos siglos. Repitiéndome un poco, pero esta vez no con los excrementos de caballo, traigo a colación un párrafo de la novela de  1985 de Patrick Suskind “El perfume”:

 

“En la época que nos ocupa (previa a la Revolución Francesa) reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes (y seguramente cuando todavía lo eran), a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XXVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor”.

 

El capitalismo, lejos de ser un juego suma 0 es un aparato que está continuamente iniciando procesos que podríamos llamar, de espiral virtuosa. Nuevos avances generan nuevas oportunidades que generan nueva prosperidad para todos que producen nuevos avances que… Sólo el intervencionismo miope de los poderes públicos, sobre todo si son de populistas de izquierdas, puede retrasar estos procesos. Pongo tres ejemplos, que no son de ese populismo de izquierdas sino de cuando el absolutismo decidía, a base de dar o no dar prebendas, quién podía y quién no podía ganar dinero. Los dos primeros ejemplos son del siglo XVI, el tercero del siglo XVIII justo anterior a la revolución industrial.

 

Ahí va el primero: Isabel I de Inglaterra, que no era precisamente economista, negó a su súbdito William Lee una patente para explotar una máquina de su invención para tejer medias y calcetines. Sabiamente, le dijo: “Apuntáis alto maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención con mis pobres súbditos. Sin duda sería su ruina al privarles de su empleo y convertirles en mendigos”. Con esto retrasó en unos 150 años la revolución industrial, que, lejos de convertir a los ingleses en mendigos, fue el inicio del mayor retroceso de la pobreza que la humanidad haya visto nunca.

 

Y ahí van otros dos ejemplos curiosos: El barco de vapor. En la primera mitad del siglo XVI, el español Blasco de Garay construyó un sistema para impulsar la galera Trinidad, de 200 Toneladas de desplazamiento, por medio de seis ruedas de palas movidas por vapor. Se le permitió llevar a cabo una prueba, en el puerto de Barcelona, en 1543 a la que no asistieron ni el emperador Carlos ni su heredero Felipe. Designaron una comisión de cuatro miembros, ninguno de los cuales tenía la más mínima idea de ingeniería. El presidente era D. Alonso de Rávago, Tesorero de la Real Hacienda. Todos menos el Tesorero alabaron el funcionamiento del ingenio, señalando su velocidad y su rapidez en dar la vuelta. Pero el informe de Rávago fue muy negativo y el proyecto cayó en el olvido. Eso sí, por lo menos a Blasco de Garay se le dieron 200.000 maravedíes para compensar los gastos de construcción y se le hicieron otras mercedes. Hoy en día Blasco de Garay da nombre a una calle de Madrid, pero su invento no encontró ningún apoyo en la España de Carlos V[1]. Me pregunto qué hubiera pasado si, 45 años más tarde, con el ingenio perfeccionado, la Armada Invencible hubiese sido de vapor. Y ahí va el ejemplo del siglo XVIII, también con el barco de vapor. En 1707, el francés Denis Papin construyó en Alemania un barco de vapor. Intentó conseguir, a través de Leibniz, un permiso del Príncipe Elector de Kassel para “pasar sin ser molestado” por los ríos Fulda y Weser. Su propósito era descender por estos ríos desde Kassel, atravesar el mar del Norte por su extremo sur y remontar el Támesis hasta Londres. Una auténtica proeza. El Príncipe Elector le negó el permiso porque el gremio de barqueros de los ríos alemanes, que tenían el monopolio de navegación de esos ríos amenazaron con la huelga. A pesar de todo, Papin lo intentó. Pero el barco fue destruido por el gremio de barqueros en Münden, pocos kilómetros aguas abajo del punto de partida. Papin murió pobre y fue enterrado en una tumba anónima. Sólo en 1760, tuvo éxito la máquina de vapor de James Watt, en la Inglaterra de la revolución industrial. Para entonces, el círculo virtuoso de la inclusión se había desarrollado lo suficiente y no había ningún poder absoluto capaz de frenar la destrucción creativa. El capitalismo siempre es así.

 

Ni la desaparición de la un día próspera industria de velas, asesinada primero por el gas y luego por la luz eléctrica, ni la desaparición del mercado de látigos y carruajes a manos del automóvil han causado ningún desastre. Más bien al contrario, han sido motores de prosperidad. El coche se morirá sólo, McDonald se acabará sin la ayuda de las bicicletas. Probablemente, gracias a Dios habrá menos caries, menos enfermedades cardíacas y la gente comerá más sano. Y, claro, serán necesarios muchos menos cardiólogos, dentistas y dietistas. En cambio, habrá miles de profesiones nuevas que ahora somos incapaces siquiera de barruntar. Esa es la grandeza del capitalismo. Si el capitalismo muere o la sociedad colapsa, no será por culpa de las bicicletas. Mucho más peligrosos son los populismos y los agoreros que escriben este tipo de artículos. Así que, ¡Viva la bicicleta!, ¡impulsémosla sin miedo al desastre!



[1] Transcrito literalmente del libro “¿Por qué fracasan los países?” de Daron Acemoglu y James Robinson, cuya lectura recomiendo de forma entusiasta.

El Evangelio escondido de Mattaj 21; Capítulo XVIII; En casa de Simón, el leproso

CAPÍTULO XVIII

EN CASA DE SIMÓN, EL LEPROSO

Simón tenía en Betania una gran casa con un jardín umbrío y delicioso en el que, en todas partes, se oía el suave murmullo del agua que corría. Cuando volvió a su casa acompañado de Jesús, una mujer, aún joven, pero con el negro pelo veteado por tantas canas que ya era más bien gris y con un rictus de tristeza en la cara que le había producido profundas arrugas en la frente se acercó a él y le preguntó.

- ¿Era él, padre? –había un toque de ansiedad en su voz.

- Sí Marta –le dijo Simón– es él, es el maestro y, volviéndose a Jesús–. Rabbí, esta es mi hija mayor Marta. Pero, antes de nada, permíteme, ahora que acabas de traspasar el umbral de mi pobre casa, darte el ósculo de la paz –y, agarrándole por los dos hombros, juntó sus mejillas a las de Jesús al tiempo que decía con voz grave:– Shalom.

Marta era una mujer de una belleza serena y triste. Parecía estar entre los veinticinco y treinta años. Sin embargo, su pelo, negro pero lleno de hebras de plata y, sobre todo, sus profundamente tristes ojos oscuros y un rictus amargo en la comisura de sus labios, le hacían aparentar más años de los que tenía.

- Shalom, paz a esta casa –respondió Jesús enfáticamente.

- Rabbí –le dijo Marta mientras le saludaba–, nunca podré agradecerte lo suficiente que me hayas devuelto a mi padre.

- Marta –le dijo Jesús– ha sido su fe la que le ha salvado. Ten fe y verás cosas mayores.

- Rabbí, Ni siquiera me atrevo a pensar en las cosas mayores que querría ver –replicó Marta enigmática.

Si esperaba que Jesús le preguntase por esas cosas que querría ver, se equivocó, porque Jesús sólo la miró y la sonrió. Marta continuó.

- En esta casa siempre hemos tenido fe en el Altísimo y en los que Él envía –le dijo con gesto y voz graves– y tú tienes que ser uno de ellos, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él. Mi padre me ha contado cómo, al día siguiente de tu visita al barranco de la muerte, casi todos los que estaban allí se curaron. Gracias por aceptar nuestra humilde hospitalidad –y, al decir esto, se dibujó en su rostro una amplia, aunque triste, sonrisa que dejó ver unos perfectos dientes blancos– y, a partir de ahora, está es tu casa. Siempre tendrás un sitio de preferencia en ella y en nuestros corazones.

Y, diciendo esto, dio unas palmadas y aparecieron unos criados con una jofaina de agua tibia y una toalla y, ella misma, tras pedir a Jesús que se sentase, le lavó los pies y se los enjugó con la toalla. Mientras hacía esto, Jesús miró a Lázaro. Estaba como ausente, como si su cabeza estuviese intentando resolver algún enigma cósmico en el que le fuese la vida. Después, Marta le ofreció una copa de vino. Jesús bebió el vino paladeándolo. Era un vino excelente. Cuando terminó la copa, Marta se la volvió a tomar y le dijo:

- Ahora, permíteme que vaya a preparar una cena como tú te mereces –y, diciendo esto, dio media vuelta y se fue para preparar la cena bajo un apacible patio emparrado situado en el centro de la casa.

Había varios invitados más. Uno de ellos, no había parado de mirar alternativamente a Tomás y a Jesús desde que entramos. Vinieron las presentaciones, largas, por el nutrido grupo que venía con nosotros. Simón, el anfitrión, presentó al que miraba continuamente a Tomás como José bar Elihú, natural de Arimatea, la antigua Ramá del profeta Samuel, del que era descendiente y miembro del Sanedrín. Cuando Jesús presentó a Baruc como Tomás, Simón le dijo:

- ¿Tomás? ¿No eres tú Baruc, el comerciante avaro? –había cierta tensión en su voz.

- Así es –dijo Tomás sin traslucir el menor resentimiento en su voz por la opinión que le merecía a Simón–. Hay muchos tipos de lepra, Simón, y Jesús me ha curado a mí de la de la avaricia –y, al decir esto, los dos hombres se fundieron en un abrazo.

El invitado que no paraba de mirar a Tomás y a Jesús desde que llegamos, al que nos presentaron como José, el de Arimatea, también se acercó a Tomás.

- Baruc, bandido –su voz sonaba jocosa, no hiriente–, sinceramente creo que si de verdad has dejado de ser Baruc, has ganado en el cambio. Seguro. Lo de Tomás, me parece evidente por qué te lo han puesto. Dame un abrazo, socio. Aunque me parece que debería llamarte más bien, antiguo socio, ¿no?

- Me temo que sí, José –le respondió Baruc con una tímida sonrisa que tenía un algo de disculpa–, me temo que sí.

- ¡Qué le vamos a hacer!, ¡qué le vamos a hacer! –dijo José con un aire de fingida resignación– Pero, bueno –su tono volvió a ser jocoso–, tu avaricia me ha hecho ya bastante rico, así que puedes tomarte vacaciones. Y tú, Simón –dijo volviéndose a nuestro anfitrión–, creo que lo de avaro es demasiado duro para nuestro amigo Baruc/Tomás. Digamos que defendía bien los intereses de la sociedad. Y tú también sales ganando. Seguro que conmigo a los mandos del negocio tendrás vino más barato, aunque tal vez tenga que acabar cerrando y te tengas que buscar otro proveedor más desaprensivo todavía que Baruc.

Y los dos antiguos socios se abrazaron. Los otros tres invitados de Simón miraban todo con asombro.

Más tarde, Tomás nos explicó que José era un miembro bastante atípico del Sanedrín. Era de la minoría farisea, pero, como Simón, tampoco era muy cumplidor. Le toleraban por su riqueza y por ser descendiente del profeta Samuel. Además, al ser tan rico, y como era un hombre honesto, no participaba en las corrupciones que caracterizaban a los miembros del Sanedrín, especialmente a los saduceos.

Pero, tras las presentaciones, Lázaro seguía en su ensimismamiento.

- Bueno –dijo Simón, invitando a todos a sentarse y tomando asiento él mismo–, ahora, me temo por vosotros, que ya lo habréis contado otras veces, que nos tendréis que contar, si no tenéis inconveniente, por supuesto, cómo ha llegado este avaro Baruc –y recalcó la palabra con sorna, mirando a José el de Arimatea– a convertirse en Tomás.

Nos sentamos alrededor de una amplia mesa, en el patio, rodeados de fuegos para que el frío de la clara noche de la primera luna casi llena de primavera, no nos dejase ateridos.

- Además, como te dije cuando te encontré, han llegado a mis oídos ciertos alborotos, protagonizados por ti, que han tenido lugar hoy en el Templo en los que creo que tú, rabbí, has estado… digamos… ¿involucrado? – Al hablar de esto, la voz de Simón se hizo precavida y su mirada se dirigió furtivamente a Lázaro.

En ese momento, Lázaro salió de su ensimismamiento, se levantó y se dispuso a irse, diciendo unas durísimas palabras.

- Lo siento, pero esto es más de lo que puedo oír sin enfurecerme. Debo ayunar. Prefiero ayunar a comer con quien no se purifica para ello.

Luego supimos que no se refería a Jesús, sino a que su padre y su hermana habían desechado los ritos de la purificación. Más aún, Simón no había querido ir a presentarse a los sacerdotes tras haber sido curado de la lepra por Jesús. Pero en ese momento, sus palabras sonaron como un insulto a Jesús. Todos nos quedamos mudos, pero en ese momento, empezó a llegar la cena en abundantes y sabrosísimas oleadas. Marta estaba a dos bandas. Por un lado, atenta a la cocina y el servicio y, por otro, a la historia. Cuando Lázaro entró en la casa, sus miradas se cruzaron y podría asegurar que de los ojos de Marta podrían salir llamas en cualquier momento. Haciendo de tripas corazón, Baruc empezó:

- Ya que parece que yo soy, después de Jesús, naturalmente, el eslabón que une estas amistades, empiezo a contar la historia, de la que yo no soy sino un pequeño capítulo. Pero, como me gustaría saborear esta suculenta comida que Marta nos está preparando, espero que mis amigos me releven para contar la larga historia, en la que ellos juegan un papel más largo que el mío.

Entre bocado y bocado, regados con un excelente vino, contamos entre todos nuestra historia, más resumida aún que cuando se la contamos a Susana y Sara. Cuando acabamos nuestro relato, Jesús se dispuso a hablar del incidente del Templo. Pero, antes de empezar, llamó a Lázaro.

- Lázaro, por favor, te lo ruego, sal fuera –su voz, aunque fuerte, era suplicante, como si le fuese la vida en el hecho de que Lázaro saliese a oírle.

Lázaro debía estar escuchando, oculto tras el quicio de la puerta, porque apareció titubeando en el patio, como si luchase con dos fuerzas contrapuestas.

 Lázaro –le dijo Jesús mirándole fijamente y con un tono en el que no había la menor intención de dar una lección–, amo al Templo tanto como tú. Pero el Templo, que fue edificado para dar gloria al Padre –Abba– celestial, se ha convertido en un ídolo. Seguro que recuerdas que las Escrituras dicen que el rey Ezequías, el gran reformador, destruyó la serpiente de bronce que hizo Moisés en el desierto para curar a los israelitas mordidos por las serpientes venenosas. Sabes que los cronistas no se atrevieron a escribir que también destruyó el arca de la alianza. Ambas cosas, sagradas, habían sido convertidas en objetos de idolatría. Y Dios estaba con Ezequías. Lo mismo pasa con el Templo. Y yo te digo, Lázaro, que ya está aquí el tiempo en que el Templo estará en el corazón de cada ser humano. Por eso es necesaria una purificación interior, no una purificación ritual que sólo afecta al exterior. Y si no hay una profunda conversión, el Templo físico será destruido –estas palabras  parecieron llegar al corazón de Lázaro, que tomó asiento al lado de Jesús y escuchó de sus labios con aparente paz su relato de lo ocurrido esa tarde en el atrio de los gentiles.

Estaba muy entrada la madrugada cuando acabamos nuestro relato.

- Ahora, Simón, si te parece bien –le dijo Jesús a Simón recalcando el “si te paree bien”–, háblanos de ti y de tu familia. Nos gustaría saber más de nuestro generoso anfitrión.

Se hizo un embarazoso silencio. Marta, que en un momento dado se había instalado definitivamente a oír la historia, bajó los ojos. Los cuatro invitados de Simón se tensaron. Éste carraspeo y, tras un momento de duda, como si estuviese buscando las palabras, empezó.

- Como bien ha dicho Baruc, hay distintos tipos de lepras. Tú me has curado de la enfermedad de la piel. Baruc dice que a él le has curado de la de la avaricia. Tengo otros tres tipos de lepra en mi familia que me causan una pena inmensa, además de otra herida incurable –su voz era profundamente triste y sus ojos, azules y profundos, se llenaron de lágrimas mientras miraba fijamente a Jesús–. La herida incurable, que no es de lepra, es la muerte de mi mujer, Ana, poco antes de que yo contrajese la lepra, hace ahora cinco años. Esa herida me ha hecho sufrir en estos cinco años más que la lepra y todas las atrocidades que he vivido y cometido en el barranco de la muerte.

- No hay herida que no pueda curarse si se tiene fe. Ana resucitará, y tú con ella, con un amor más real del que hayáis sentido nunca el uno por el otro y sin las tormentas que haya podido haber en esta vida. ¿Crees eso, Simón?

- Sí, rabbí, aunque no muy estricto cumplidor, soy partidario de los fariseos –su tono pedía disculpas por su laxitud con la Ley–, y lo creo. Pero eso no me consuela. La querría aquí y ahora.

- Aquí y ahora –repitió Jesús, lenta y profundamente. Luego, con un suspiro, como quien sintiese en su alma la pena de la ausencia del aquí y ahora–. Me temo que eso no podrá ser. Pero con los ojos de la fe puedes vivir esta prórroga de vida que te ha concedido el Altísimo como si ella estuviese a tu lado, viviendo como a ella le gustaría que vivieses. Y, amén, amén te digo, créeme, que no tendrás que esperar hasta el fin de los tiempos para volver a encontrarte con ella en espíritu, aunque haya que esperar hasta entonces para encontrarla también en cuerpo, como dice Ezequiel. Pero, ¿quién sabe qué es el tiempo después de la muerte? ¿Crees esto, Simón?

- Rabbí, creo todo lo que tú me digas. Si creí que podías sanar mi carne podrida, ¿cómo podría no creer esto? –Había esperanza en su voz.

- Y dime, Simón, ¿qué es lo que más querría Ana en esta vida, si estuviese con nosotros, aquí y ahora? –El tono de Jesús instaba a responder a la pregunta.

- Antes de decirte lo que ella quería, te digo lo que querría yo si ella estuviese aquí –Simón se calló mirando a Jesús que asintió con la cabeza animándole a continuar– lo que más querría en este mundo es pedirla perdón.

- Eso –le dijo Jesús– puedes hacerlo aquí y ahora. Pero dime, ¿qué es lo que ella querría si estuviese aquí y ahora?

- Llegamos a las tres lepras –continuó penosamente Simón–, la mía y las que les he contagiado a mis hijos Lázaro y Miriam –respondió otra vez triste Simón.

Se hizo un profundo y tenso silencio. Las lágrimas corrían copiosas por las mejillas de Marta. Tras unos instantes, Simón continuó con una voz quebrada, que luchaba porque el nudo en la garganta no le impidiese hablar. En medio del silencio, un gallo cantó en Betania.

- Tengo otra hija, que no está aquí. Es hermana gemela de Lázaro, cinco años menor que Marta. Lázaro y Miriam siempre estuvieron muy unidos. Hace cinco años, cuando Miriam tenía apenas dieciocho años, se fue de casa. Era ya una mujer de una belleza espléndida, con un pelo rojo que caía por su espalda como una llamarada. Pero no le bastaba con nada. Como ves, en esta casa no nos falta de nada. Pero Miriam no quería un simple y sobrio bienestar. Quería poder, lujo, ostentación. Tenía un enorme afán de dominio. Los límites de Palestina se le quedaban pequeños. Soñaba con Roma, con ser alguien importante en Roma. Al principio eran sólo sueños infantiles. Pero yo, lejos de intentar suavizar esos sueños con mi cariño, como intentaban todos en esta casa, la trataba con un desprecio y una rabia inmensas. Al mismo tiempo empezaron a parecerme ridículas la mayoría de las prácticas rituales de los fariseos y comencé a relajar su cumplimiento. Poco a poco, los sueños de Miriam se fueron apoderando de ella. Ana y Marta, la trataban con una severidad cariñosa que ella rechazaba. Con cierto respeto hacia su hermana, pero con total desprecio por su madre. Yo, ya he dicho que la rechazaba totalmente. Más de una vez le dije que no la consideraba mi hija. Creo que lo que más le hubiese gustado en el mundo, lo que hubiera arreglado todo, es que yo la abrazase y la besase con cariño de padre. Nunca lo hice. Con Lázaro era distinto. Aunque de la misma edad que Miriam, ha sido siempre muy maduro. Veía a Miriam como una niña y siempre creyó que no eran más que sueños de niña. No se dio cuenta de la transición. Poco a poco, el ansia de lujo, de poder, se volvieron agresivos. Nos despreciaba a todos. A mí, además de odiarme por mi rechazo, me despreciaba por mi sencillez de costumbres, que para ella era síntoma de provincialismo. Me consideraba un palurdo y no se privaba de decírmelo. A Marta empezó a despreciarla por su espíritu casero y su carácter parecido al mío. Su madre le parecía una pobre mujer que había tirado a la basura una vida en la que podía haber triunfado con su belleza. Miriam es la viva imagen de su madre cuando ella tenía su edad. Consideraba que Ana había enterrado ese futuro brillante al lado de un palurdo como yo. Creo que la odiaba porque ella me quería a mí. Creo que Miriam le exigía, para quererla, que me odiase a mí. Tal vez viese en su madre lo que a ella le espantaba que pasase con su vida. Tal vez, tal vez, tal vez… Desde que he vuelto, no paro de torturarme dándole vueltas y más vueltas a la cabeza cómo y por qué empezó todo y qué podría haber hecho yo para que las cosas hubiesen sido de otra manera. Antes no lo veía. Yo me creía absolutamente ajeno a lo que le pasaba a Miriam. Sólo una víctima. Estaba ciego. Y luego, ciego y leproso. Ahora, no sólo estoy curado de la lepra, sino de la ceguera –causaba profundo dolor ver cómo Simón luchaba para seguir hablando sin dar rienda suelta a su llanto, que pugnaba por salir como un torrente, mientras buscaba su parte de culpa en lo que le había pasado a Miriam–. Ella sólo admitía a Lázaro que, cegado por el amor a su hermana, iba poco a poco contagiándose de su manera de ver esta familia, aunque él mismo no tuviese esa manía de grandeza. Las críticas de Miriam eran cada vez más ácidas e hirientes, más descaradas e injustas. Un día en que ultrajó a su madre de forma especialmente ácida, yo no pude resistirlo, la maldije y la eché de casa, un poco como tu padre te echó a ti, Mattaj –dijo mirándonos a mí y a mi madre.

- Pues ya ves, Simón –le dije yo– que, al final, el Altísimo tiene sus caminos, que pasan por Jesús, que está aquí, contigo.

- Simón, Simón –le dijo Jesús– deja de buscar tu culpa. Nada hay más inútil que los remordimientos. El alma humana tiene recovecos que la inteligencia no puede alcanzar. Reconoce tu parte de culpa, sea la que sea, sin hurgar en ella, y pon tu alma ante Elohim, que la conoce mejor que tú. Él la sanará.

- Alabado sea Elohim–dijo Simón con un suspiro.

Entonces, Lázaro, que había estado callado, pensativo y con la fija en algún punto lejano invisible para los demás, tomó la palabra.

- Tiene razón mi padre –hablaba con sencillez y humildad, con la cabeza baja, mirando al suelo, mientras a Simón, libre ya de la presión de tener que hablar, le corrían las lágrimas mansamente por las mejillas–. Yo entré en la órbita de Miriam y empecé a ver a toda mi familia con sus ojos. Afortunadamente, no tenía ese apetito de grandeza y éxito que la dominaban a ella, pero encontré otro aspecto para hacer la contra a todos. El perfeccionismo de la Ley. Poco a poco empecé a obsesionarme con sus innumerables preceptos. Empecé a frecuentar las escuelas de los fariseos más extremistas y a discutir todas las acciones que en casa, a causa de mi padre, no cumplían con algún precepto. Me convertí en la voz de la conciencia de esta casa, siempre enfrentándome con mi padre por cualquier cosa, y con mi madre por intentar defenderle. Más tarde supe que a Miriam, tras haber pasado un par de meses en nuestra casa de Magdala, en Galilea, escandalizando a todo el pueblo, la habían echado de allí. Ella había nacido en Magdala y siempre que podía se iba allí. De niña le encantaba el pueblo y ella era la mimada de todos en él. Debió de hacer cosas terribles para que la echaran. También supe que de Magdala se había ido a en Tiberíades, la ciudad pagana. Todo eso hizo que me radicalizase todavía más y empecé a odiarla también a ella. En ese infierno, sólo mi madre y también Marta, como podían, trataban de poner un poco de afecto. Pero ese afecto que ponían lo sacaban de tan al fondo de su alma, les dolía tanto, que mi madre se iba muriendo de amar y a Marta se le fue la juventud –miró a Marta que le respondió con una sonrisa–. Hasta que mamá se apagó, como se apaga una vela cuando se acaba la cera, y murió. Cuando era obvio que le quedaba un hálito de vida, me fui de casa a escuchar a mis maestros. Me dijeron que hacía bien en estar con ellos en vez de estar con mi madre moribunda. No estuve con ella en su último momento. Luego la lepra invadió a mi padre. Un criado lo denunció a los sacerdotes y se tuvo que ir de casa. Creo que si no lo hubiese hecho ese criado hubiese acabado por hacerlo yo. Han tenido que pasar más de cinco años y ver el dolor de mi padre para que me haya dado cuenta de que mis maestros sólo leían la Escritura con un ojo, saltándose los innumerables pasajes en los que se dice que la misericordia y el perdón están por encima de los preceptos de la Ley. Yo también querría pedir perdón a mi madre. Me gustaría creerte –y al decir esto levantó la cabeza por primera vez desde que empezó a hablar y miró a Jesús– cuando dices que se lo puedo pedir aquí y ahora. Pero a los que sí se lo puedo pedir aquí y ahora es a mi padre y a mi hermana Marta.

Al decir esto se levantó y se acercó a su padre. Simón y Marta se levantaron al mismo tiempo y los tres se abrazaron larga y silenciosamente en un ángulo de la mesa. Al cabo de un rato, Simón se volvió a sus otros invitados y les dijo:

- Amigos –les dijo con voz vibrante de emoción–, vosotros sois testigos de que hoy la salvación ha entrado en esta casa. Verdaderamente, el reino de Dios está cerca. Id en paz. Contad a todos los que podáis lo que habéis visto y oído.

Cuando los invitados se hubieron ido, Marta se volvió a nosotros y nos dijo con una cara y una voz que irradiaban felicidad.

- Venid, os mostraré las habitaciones que os he preparado.

Simón le dijo a Marta.

- Marta, lleva a Jesús a mi habitación. Él es el dueño de esta casa.

- De ninguna manera –le dijo Jesús– dormiré en la habitación que Marta me haya preparado.

- Por algún motivo que desconozco –dijo Marta con decisión–, algo me movió, cuando viniste esta tarde, a prepararte la habitación de mi padre. A él le he preparado la de Miriam, en la que no había entrado desde que ella se fue. Creo que así está bien.

- Pues dejémoslo así –dijo Jesús.

- Así está bien –replicó Simón.

Y todos seguimos a Marta a nuestras respectivas habitaciones. Era la noche anterior a la de Pésaj.

15 de mayo de 2022

Otro sinsentido de Juan Manuel de Prada

Soy tan contrario al aborto como Juan Manuel de Preda, me he batido el cobre y he escrito contra él, tanto como Juan Manuel de Prada, aunque claro, no con tanta audiencia como él, si Juan Manuel de Preda es católico ortodoxo, yo no lo soy menos que él, aunque no le arrogo el papel de distribuidor de certificados de buen católico como sí hace él. Pero en cuanto habla de temas económicos y de ciertos temas políticos, desbarra. Anteayer, 11 de Mayo publicó en ABC un artículo con el título de “La piedra angular del sistema” en el que vierte una serie de afirmaciones que rayan en el ridículas. Estas líneas llevan por título “Otro sinsentido de Juan Manuel de Prada. Porque no es el primero. A botepronto recuerdo dos. Uno con la reforma laboral de Rajoy sobre la que escribió, textualmente, que era demoníaca. Otra con la invasión de Ucrania en la que se apuntaba a lo que Ana del Palacio llamaba el “siperismo”, por aquello del: “sí, pero…”. De alguna manera justificaba la invasión cargando las tintas sobre la maldad de las democracias liberales. Pero creo que lo mejor es leer textualmente el artículo al que me refiero. Ahí va:

 

La piedra angular del sistema (Las negritas son originales)

 

Ha causado gran revuelo la filtración interesada de un documento donde se anuncia que una mayoría de los magistrados del Tribunal Supremo de Estados Unidos estaría dispuesta a revocar la sentencia Roe vs. Wade. Si esta revocación se produjese (pero la filtración se ha realizado, precisamente, para que tal cosa no ocurra), el aborto no sería prohibido en Estados Unidos, sino que cada estado tendría capacidad para limitarlo o ampliarlo dentro de su territorio. Se trataría, pues, de un aspaviento característico de la relativista justicia ‘liberal’, que no se funda en juicios objetivos sobre la naturaleza del aborto ni en la defensa del bien común, sino que confía a la mayoría la determinación del bien y del mal, al más puro estilo ponciopilatesco.

 

Así y todo, la filtración ha desatado una campaña rabiosa contra los jueces dispuestos a favorecer el aspaviento, desatada por toda la izquierda caniche mundial. Es natural que así sea, pues la izquierda es hoy la vanguardia ideológica del turbocapitalismo global, que para poder imponer los designios de sus élites necesita realizar lo que Lippmann denominaba eufemísticamente un "reajuste necesario en el género de vida" de las masas. Y, dentro de ese "reajuste en el género de vida", el crimen del aborto ocupa un lugar medular; podríamos decir, incluso, que se trata de la piedra angular del sistema, que, por tratarse de un crimen nefando, requiere ser envuelta con rebozos doctrinales campanudos (emancipación, libertad individual, autonomía de la voluntad, etcétera) que hagan sentirse 'empoderadas' a quienes, con sus vientres yermos, son instrumentos del turbocapitalismo global, que necesita, para mantener su sistema de producción, el deterioro de las condiciones laborales.

 

Al turbocapitalismo global no le convienen los vínculos indestructibles que genera un hijo; pues sabe -ya lo explicó David Ricardo en su ley de bronce de los salarios- que si los trabajadores tienen hijos se vuelven más pugnaces en la exigencia de subidas salariales. Las sociedades fecundas luchan con ardor por el porvenir de sus hijos; las sociedades estériles se raspan el útero, mientras miran las pantallitas de Apple o Netflix.

 

El capitalismo, como nos enseña Hayek, tiene hecho su 'cálculo de vidas'; y a asegurar el 'cálculo de vidas' que necesita el turbocapitalismo global se dedica la izquierda sistémica hoy, convertida en caniche de la plutocracia (hacía mucho que no oía esa palabra, ni siquiera a la izquierda). Nada más natural, pues, que haya movilizado a todas sus fuerzas de choque, después de filtrarse la noticia de la tímida palinodia del Tribunal Supremo estadounidense. Por supuesto, en este artículo hemos explicado tan sólo las causas 'naturales' de su reacción rabiosa; la causa sobrenatural no podemos explicarla a fondo porque nos han recortado mucho la extensión. Pero ya se sabe que la nueva alianza de Dios con el hombre, que se sella en la Cruz, se inicia en el vientre de una mujer; y el vientre de la mujer se convierte así en el epicentro de una guerra sin cuartel (Gn 3, 15).

 

Publicado en ABC. 

https://www.religionenlibertad.com/opinion/535895801/piedra-angular-sistema.html?utm_source=onesignal&utm_medium=push&utm_campaign=2022-05-11-Aborto-la-piedr

Empiezo por el tono. El artículo tiene el tono de soflama más propio de un mitin anticapitalista de la CUP que de un artículo que pretenda tener un mínimo de rigor intelectual. Esto es algo bastante habitual en de Prada. Esta falta de seriedad intelectual del artículo hace muy difícil, si no imposible, una respuesta razonada. No tengo tiempo ni ganas para ello, ni el artículo lo merece. Su fraseología, inventada con palabras que no sé de donde saca y que suenan a demagógicas y ridículas, es grotesca. Lo del turbocapitalismo global lo podría inventar mañana Echenique si no se hubiese adelantado de Prada. Pero en estas frases no hay derechos de autor, así que, con un poco de suerte, bien puede robársela Echenique. U Otegui, ¡quien sabe! Y lo de la plutocracia llevaba mucho tiempo sin oírselo ni siquiera a la más casposa izquierda. Y lo de la alianza judeomasónica entre la izquierda convertida en la vanguardia ideológica de ese misterioso turbocapitalismo global es, sencillamente, delirante. Muy ajustado a la lógica aristotélica, que es algo de lo que hablaré en unas líneas.

Eso sí, para intentar darle un cierto tono intelectual al artículo de lenguaje asambleario, de Prada trae a colación unas cuantas citas sueltas y fuera de contexto, que pretenden ser cultas. Primera, David Ricardo, y su ley de hierro de los salarios. Esta supuesta ley es uno de los ridículos más grandes que existen, parida por él y por su contemporáneo, Malthus, y a la que se apunta Marx, pero a ningún economista liberal. Sacar de ahí que al mentado “turbocapitalismo global no le convienen los vínculos indestructibles de un hijo” es de una precisión silogística que maravillaría al propio Aristóteles.

Otra cita. Lippmann fue un periodista/economista de la primera mitad del siglo XX. No ocupa ningún ligar de relumbrón, ni de ningún tipo, en la historia del pensamiento económico. Pretender que lo que se supone que dijo sobre el " ‘reajuste necesario en el género de vida’ de las masas. Y, dentro de ese ‘reajuste en el género de vida’, sólo Dios sabe en qué contexto se hace esta cita, que “el crimen del aborto ocupa un lugar medular; podríamos decir, incluso, que se trata de la piedra angular del sistema, es como una broma si por “sistema” se entiende al capitalismo, como parece. También es un silogismo cuya conclusión se desprende con naturalidad de la premisa mayor y la menor. Pura lógica aristotélica. De Prada cita sin citar a gente como Soros y otros. Pero pensar que el sistema capitalista se identifica con Soros, del que yo también abomino, se podría calificar de candidez, siendo muy benévolo. Yo defiendo muy a menudo a la Iglesia impidiendo que se la identifique con una exigüísima minoría de curas u obispos pederastas, como se pretende a menudo. Pues bien, los curas y obispos pederastas son a la Iglesia lo que Soros al capitalismo, y esta es una regla de tres infalible. Y Prada lo sabe. O debería saberlo. Hasta donde yo sé, Soros no ha fundado ninguna empresa y su fortuna se remonta al expolio de judíos con el beneplácito nazi. Seguramente de Prada piense que esto es exactamente lo que hace el capitalismo. Pero no es así. El capitalismo no se basa en los Soros. Se basa en la industriosidad y laboriosidad de gente trabajadora y creativa que funda empresas a las que dedica su vida y en las que arriesga su dinero que, si hacen cosas que a la gente le gustan, tienen éxito y se convierten en grandes. Y no son buenas cuando son pequeñas y malas cuando crecen. Crean prosperidad siempre. El capitalismo está sacando a la humanidad de la miseria. A toda la humanidad. Podría alargarme con cientos de datos al respecto, pero no lo haré. Sí diré, sin embargo, que la culpa de que haya países pobres no la tienen los ricos capitalistas. Amancio Ortega no hace más pobre a nadie. Al contrario, hace más ricos a muchos, tanto por la calidad de los productos fabrica y vende Inditex, a precios excelentes, como por los puestos de trabajo que genera. La culpa de esa pobreza es de los tiranos de esos países –estos sí, plutócratas– que impiden la industriosidad, laboriosidad y creatividad de los pueblos a los que someten con su tiranía. Con un poco de la seguridad jurídica de que gozan los países capitalistas, avanzarían en el capitalismo y saldrían de la pobreza en una generación. Hay ejemplos históricos de ello. España o Irlanda, sin mirar lejos. Porque los pobres son pobres, pero no tontos y, en cuanto se les da esa seguridad jurídica, se las apañan para crear riqueza y prosperidad.

Ignoro el lugar y el contexto en el que “Hayek enseña que el capitalismo tiene hecho su ‘cálculo de vidas’ ”. Pero sí sé una cosa: ese supuesto ‘cálculo de vidas’ no es ningún pilar en el que el capitalismo se tenga que basar. Aquí se acaban las doctas citas en las que de Prada se apoya sin riguros razonamientos anticapitalistas de corte populista-neocomunista. Punto. No hay más.

Creo que a de Prada le ocurre que no ha acabado de separar los tres conceptos diferentes, y a menudo antagónicos, que se esconden tras el término liberal. El primero es el que nos viene de USA y que podría identificarse con “progre”. Es el que está a favor del aborto, de la eutanasia, de la ideología woke y de otras aberraciones. Estos “liberales”, curiosamente, suelen ser de izquierdas, aunque no falta algún empresario de éxito. Pero estas excepciones de ninguna manera valen como demostración del contubernio. No creo que haya más de media docena de plutócratas de esos. El segundo es el viejo concepto decimonónico de “liberalismo” filosófico en el que se considera al ser humano libre de cualquier traba, para lo que quiera, lo que le permite definir por consenso el bien y el mal y, de ahí, las leyes. El primer concepto de “liberal” se deriva de este segundo. Tan solo una facción muy minoritaria de los liberales económicos, los libertarians, lo son en este sentido. Y yo, desde luego no estoy entre los libertarians. El tercer concepto es el liberalismo económico que lo que pide es que, actuando dentro del marco de unas leyes civiles justas, que no determinan ellos, se permita que el ingenio, la laboriosidad y el esfuerzo humanos puedan desarrollarse en libertad, dando como fruto la prosperidad. Si no se distingue claramente entre estos tres conceptos del término “liberal”, se cae en una confusión que lleva a identificar a los capitalistas con la izquierda radical y con los progres. Con esta empanada mental, es difícil hilar fino.

Pero si yo tuviese el convencimiento de que el capitalismo es ese espantoso horror demoníaco y que representa el mal, según piensa de Prada, me haría un radical antisistema, o un anacoreta, o me callaría de vergüenza. Porque imagino que de Prada tendrá coche y una casa, fabricado aquél y construida ésta, sin duda, por sucias empresas capitalistas cimentadas sore el aborto y el ‘cálculo de vidas’. Y para comprarse coche y casa, habrá tenido que recurrir a un préstamo de un sucio banco. No me cabe duda de que de Prada debe tener sus ahorros debajo del colchón, para no ensuciar su dinero con ninguna inversión. Y sus libros los editan asquerosas editoriales, vergonzantes empresas privadas capitalistas, al igual que los periódicos en los que escribe, pero cuyo dinero es bueno para él, aunque esté amasado de abortos. Tal vez tenga un ordenador personal, puede fabricado por Microsoft, del repugnante Bill Gates o Apple, del no menos apestoso Tim Cook. Seguramente, cuando él mira su pantalla no está colaborando, como los demás, a crear una sociedad estéril. Posiblemente no compre nada a través de Amazon, porque la tecnología le inspire una profunda desconfianza. Si no lo hace, él se lo pierde. Seguro que compra tomate en lata en templos del capitalismo edificados al demonio como Mercadona con Juan Roig al frente, del que de Prada sabe que es un ser despreciable, como lo es Amancio Ortega al que si él no le compra ropa, seguro que la compra en El Corte Inglés o cualquier otro templo al que van los consumistas, de los que él, claro, no forma parte cuando va a ese templo.

Tal vez se pueda pensar que me estoy pasando. Tal vez. Pero es que si se cree eso que escribe de Prada, se tiene que creer que uno es un mantenido del diablo y que de él vive 24 horas al día, despierto y dormido, 365 días al año, todos los años de su vida. Qué esquizofrenia, ¿no? El que viva en ella, debería hacérselo ver. O hacerse anacoreta. Así es que, y vuelvo al principio, detesto el aborto y todo el horror que supone, tanto como de Prada. Me alegraré tanto como él si el Tribunal Supremo de USA –la detestada justicia liberal– deroga la sentencia Roe vs Wade. Detesto la ideología woke tanto como él. Detesto muchas cosas que él detesta. Pero ya vale de lenguaje de la CUP, de contubernios judeomasónicos inventados y de poner velas a Dios, pero comer del supuesto diablo del capitalismo. Lo dicho, el que piense así, de lo debería hacer ver.