9 de enero de 2013

Frases 9-I-2013

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.




Un texto de Simone Weil dice: “Cuando uno es decepcionado por un placer que esperaba y que llega, la causa de la decepción es que esperaba algo futuro. Sería preciso que el futuro fuera presente sin dejar de ser futuro. Absurdo del que sólo la eternidad puede curarnos”. La esperanza teologal consigue esta paradoja de juntar la posesión real del Espíritu, prenda de la tierra prometida, y la tensión perpetua que nos impulsa hacia delante en la espera del retorno glorioso de Cristo. El cristianismo consta esencialmente de esta antinomia vital: la coexistencia de la posesión de la eternidad comenzada y la incoercible llamada a manifestación de “lo que somos”1. La esperanza puramente humana, a no ser que se una a la esperanza teologal, no puede unir estos dos polos.



Charles Moeller; Literatura del siglo XX y cristianismo. Tomo III, la esperanza humana, conclusiones.



[1] Esta manifestación de “lo que somos”, hace referencia al pasaje de la epístola de san pablo a los Romanos en el que dice: “Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Romanos 8, 16) y un poco más adelante: “Porque la creación entera espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios” (Romanos 8, 19)

6 de enero de 2013

In memoriam de Celestino Blanco


Ha muerto mi amigo Celestino. Me unía a él una amistad muy especial, que ya empezaba a ser antigua y que siempre fue para mí muy enriquecedora.

No puedo fijar exactamente el año en que le conocí, pero deben haber pasado unos veinte desde entonces. Celestino era un mendigo que estaba siempre en la puerta de Serrano de la iglesia de los jesuitas de san Francisco de Borja. Yo solía ir, por aquel entonces, a la misa de las 14,15h en esa iglesia. Al entrar, me pedía limosna y a veces se la daba. Era un hombre gordo y de aspecto afable. Un día me paré un momento a hablar con él. Me sorprendieron su fe y su sabiduría. Era una sabiduría iletrada –él no sabía apenas leer. Se había fraguado en una vida dura y en la meditación de las escrituras que oía todos los días, pues entraba a la iglesia a escucharlas. Año tras año, las había ido pasando por su tamiz y por su oración y, poco a poco, le habían ido iluminando. A partir de ese día, todos los días me paraba y tenía una charla con él. Poco a poco fui sabiendo de su vida y él de la mía. Era de un pueblo de La Mancha. Había trabajado en el campo muchos años, pero su contratador le había despedido con cajas destempladas por razones que nunca me contó ni yo insistí en saber. Se vino a Madrid a trabajar en la construcción donde estuvo varios años. Pero tampoco encajó en este trabajo y, tampoco supe muy bien por qué, decidió no trabajar en este gremio. Así acabó en la mendicidad. Llevaba años en la puerta de distintas iglesias de Madrid, hasta que acabó en la de los jesuitas. Había estado casado, pero su mujer era alcohólica y había muerto hacía años. Tenía cinco hijos. Una chica disminuida psíquica, al cuidado de una ONG de la Iglesia, un hijo drogadicto, y tres que se ganaban la vida como podían, de los cuales sólo tenía contacto con uno. No sabía la fecha de su nacimiento, pero por las cosas que me comentaba deduje que debía ser sólo un poco mayor que yo. Debió haber nacido hacia mitad de la década de los 40. Sin embargo, parecía mucho mayor que yo. A pesar de su gordura, se veía que la vida le había pegado duro. Yo también le hablaba de mi familia y pronto hicimos un trato. Él rezaría por mi familia y yo por la suya. Pero nuestras conversaciones versaban, casi siempre, sobre su visión de la religión a través de su conocimiento de la Escritura. Puedo decir que aprendí muchísimo de estas conversaciones. Tenía una memoria tremenda y una intuición prodigiosa para asociar pasajes distintos de las Escrituras y extraer conclusiones originales y correctas, aunque un poco sui generis. Sus razonamientos usaban imágenes campestres o de la construcción y solía acabar en forma de sentencias muy personales y peculiares. A lo largo de nuestra prolongada amistad es posible que le escuchase más de doscientas de estas curiosas parábolas y sentencias. A veces, nuestras conversaciones me hacían perder la misa, pero creo Dios prefería que estuviese con Celestino ese rato.

Nos veíamos casi a diario en la puerta de la Iglesia antes de la misa. Alguna vez, al salir, me lo encontré comiendo una comida que traía en una lata, sentado en un banco cercano a la Iglesia. Me pidió que, si era posible, le diese, en vez de dinero, conservas que se pudiesen calentar, para la cena. Desde entonces, a menudo le daba latas de fabada o cocido Litoral, que él agradecía efusivamente. Cada vez que nos veíamos nos abrazábamos y, mientas nos abrazábamos, él me daba sonoros besos en la mejilla. Al principio me daba vergüenza que alguien pudiese vernos, pero pronto fue para mí una alegría esta efusividad real y espontánea. Un día, tal vez tras cinco o seis años de esos encuentros, dejé de verle en la puerta de la iglesia. Pensé que se habría cambiado de iglesia o de sitio para pedir, porque otro mendigo apareció en la puerta de Serrano. Le pregunté si sabía algo de Celestino y me contestó hurañamente, como si le hablase de un competidor. Con cierta pena, me resigné a perder esos encuentros. Pero un día se me ocurrió preguntarle al mendigo de la puerta que da a la calle Maldonado. Él era también amigo suyo. Me dijo que le había dado una subida de azúcar, que lo habían llevado al hospital y que, a través del P. Maruri, uno de los jesuitas de la iglesia de san Francisco de Borja, sabía que estaba en la una residencia de ancianos de la calle General Ricardos.

Allí me fui un Domingo por la mañana. Al final de la calle de General Ricardos hay un complejo de residencias de la Comunidad de Madrid. Recorrí varias de ellas preguntando por él y en una de ellas, llamada la gran residencia, le encontré. No era ni una sombra de lo que fue. Estaba demacrado, el pellejo del cuello se le había quedado vacío y le colgaba fláccidamente, la ropa le estaba enorme, pero, sobre todo, estaba mortalmente triste. Añoraba la calle, me dijo. Se sentía encerrado, él, que siempre había buscado la libertad y la independencia. Me propuse ir a verle todos los domingos. Llegaba a las 12, cuando acababa la misa de la residencia, a la que Celestino nunca faltaba. Estaba allí hasta la 1 en que me iba para ir yo a mi vez a misa de 1 y media. Pero cuando llegaba, ya había oído las lecturas y su explicación de boca de Celestino. Fui casi todos los Domingos durante bastantes años. Poco a poco, se fue acostumbrando a vivir en la residencia y, al cabo de un tiempo, se encontraba allí como pez en el agua. Volvió a ganar peso y, con su humanidad desbordante, se hizo amigo de todo el mundo. Todos los que estaban allí le querían. Los residentes y los enfermeros, celadores y administradores. Todos. Tenía siempre un público que escuchaba embelesado sus conspicuos razonamientos teológicos y escriturísticos que despertaban su esperanza. A él le encantaba tener esa audiencia. Debo decir que el personal de esa residencia era, y es, ejemplar en el trato que dan a los residentes. En los casi quince años que he ido a la residencia de General Ricardos, al principio casi semanalmente, luego, poco a poco, esporádicamente, he aprendido mucho. Y no sólo de las conversaciones con Celestino, sino del sufrimiento que he visto allí, de la amistad que hice con muchos de los ancianos residentes, y de las familias de muchos de ellos.

Cada día que iba allí, se convertía en una reflexión. Sic transit gloria mundi. La dura vejez, a la que si la muerte no nos lo impide llegaremos todos, se presentaba brutalmente ante mí. Y me hacía consciente de las vanidades que a veces nos ciegan en la vida y a las que les sacrificamos tantas cosas. Se me venían a menudo la acusación que Cristo hace a la iglesia de Laodicea en el libro del apocalipsis: “Sé que vas diciendo por ahí que eres rico, que tienes muchas riquezas y que nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo? Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos con que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver”. Había ancianos que llevaban su sufrimiento con una entereza tremenda y otros que se quejaban y lloraban ininterrumpidamente.

En los casi quince años que estuve yendo regularmente a ver a Celestino, hice, a través de él, muchos amigos. Me acuerdo de Teresa, que había servido toda su vida en una casa y quería con toda su alma a los que al principio eran niños y ahora eran hombres y mujeres que la iban a ver con sus hijos y nietos. De Manuela, que nunca hablaba y un día me pidió agua. Le llevé un vaso y todavía recuerdo sus ojos mirándome con amor mientras la bebía. De Pilar, sentada en una silla de ruedas con su cabeza, que los músculos de su cuello no podían mantener, caída hacia atrás. La recuerdo replicando continuamente a los mensajes de esperanza de Celestino, que les decía que un día estarían en los brazos de Dios, con un “diga usted que sí”. De Carmen, una malagueña que había tenido un novio, oficial de caballería, que murió al caerse del caballo y ya no había tenido más novios en su vida. Decía con un suspiro y sus muchos años: “Me parece que me voy a morir sin catarlo”. De Nieves, que había perdido al amor de su vida tras muchos años de matrimonio y desde entonces se había sumido en una actitud catatónica. Recuerdo que un día me sonrió. De otra Carmen que esperaba inútilmente cada Domingo, desde hacía más de veinte años, que su hijo le viniera a ver. De Gloria, que había sido una guapísima corista en el Moulin Rouge de París y ahora se paseaba por la residencia con mucha prisa por las cosas que decía que tenía que hacer y musitando su agobio. De Epifania, con un duro bigote que me pinchaba cada vez que me daba un beso. De Ildefonso, con una lengua que le había crecido desmesuradamente y que apenas le cabía en la boca y le impedía hablar inteligiblemente, aunque no paraba de hacerlo de forma ininteligible. De Florencio, irónico, ácido con todo, lleno de energía. Nunca supe por qué estaba allí porque no estaba enfermo ni era muy viejo. De Antonio, que los días de sol se ponía delante del ventanal en su silla de ruedas con los pantalones remangados hasta encima de la rodilla para que le diese el sol. De otra Pilar, que sólo tenía un diente y silbaba cada vez que intentaba hablar. Del travesti que decía llamarse Mercedes, con su áspera barba de dos días, siempre con los labios pintados de rojo intenso y que sabía que Dios le amaba. De Consolación, con su genio terrible, que la primera vez que la vi me mandó a la mierda, pero que cuando la felicité en día de su santo, la Virgen de la Consolación, patrona de Pozuelo, en donde vivo, se hizo amiga mía y me sonreía siempre. De Visitación que siempre me decía que mientras el Señor no la llamase, ella amaría la vida. De tantos y tantos amigos a los que no hubiese conocido de no haber conocido a Celestino y que tanto me enseñaron. Todos menos Gloria están ya muertos. Pero, como dice el libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará. Los insensatos piensan que están muertos, su tránsito les parece una desgracia y su salida de entre nosotros un desastre, pero ellos están en paz”. Aprendí a ver a Cristo doliente en todos ellos.

Muchas veces, tras pasar allí un rato con ellos, al irme, me preguntaba: ¿Y si yo un día fuese uno de ellos? En un momento del proceso, descubrí una oración de Juan Pablo II cuando cumplió 65 años, que dio respuesta a este interrogante mío. Lo transcribo aquí:

“Señor, hace ya sesenta y cinco años que me diste el don inestimable de la vida y, después de mi nacimiento, no has cesado de llenarme de tu gracia y de tu amor infinito. A lo largo de estos años se han entretejido grandes alegrías, pruebas, éxitos, fracasos, enfermedades, duelos… como le ocurre a todo el mundo. Ayudado por tu gracia y tu auxilio, he podido triunfar de estos obstáculos y avanzar hacia ti. Hoy me siento rico en mi experiencia y en el gran consuelo de haber sido colmado de tu amor. Mi alma te canta su reconocimiento. Pero cada día veo a mi alrededor ancianos a los que envías fuertes pruebas: sufren parálisis, incapacitación, senilidad, y a menudo no tienen fuerza para rezarte. Otros han perdido el uso de sus facultades mentales y no pueden alcanzarte a través de su mundo irreal. Veo la vida de esas personas y me digo: «¿y si fuese yo?» Entonces, Señor, hoy mismo, mientras estoy todavía en posesión de todas mis facultades motrices y mentales, te ofrezco por anticipado mi aceptación de tu santa voluntad, y desde ahora quiero que si una u otra de esas pruebas me llegaran, puedan servir para tu gloria y para la salvación de las almas. También desde ahora te pido que sostengas con tu gracia a las personas que tengan la ingrata tarea de prestarme su ayuda. Si un día, la enfermedad invadiese mi cerebro y aniquilase su lucidez, desde ahora, Señor, mi sumisión está delante de ti y se seguirá de una silenciosa adoración. Si un día, un estado de inconsciencia prolongada tuviera que destruirme, yo quisiera que cada una de esas horas que tenga que vivir sea una serie ininterrumpida de acciones de gracias y que mi último suspiro sea también un suspiro de amor. Mi alma, guiada en ese instante por la mano de María, se presentará ante ti para cantar eternamente tus alabanzas. Amén”.

También al ir allí tantos Domingos, he podido ver a cientos de familias que iban a ver a sus ancianos. A veces he visto hasta tres generaciones reunidas alrededor de la bisabuela, que tal vez tenía la cabeza ida o estaba decrépita, pero reunía a los hijos de los hijos de sus hijos. Hijos de sesenta años que besaban con ternura la mano de su madre, bisnietos en brazos del bisabuelo al que acariciaban la cara. Jóvenes llenos de piercings o tatuajes que contaban a su abuela con cariño lo que habían hecho esa semana. Familias muy modestas, y otras no tanto, que por mil razones –la vida es muy complicada– no pueden tener a sus mayores en casa, pero sí los tienen en su corazón y van a darles un poco de calor cada semana. Hay muchas cosas que van mal en este mundo. Hay muchos ataques a la familia. Pero cuando se ven estas cosas, la esperanza no puede morir y uno sabe que, realmente, la familia salvará al mundo.

En algún sitio debo decir, y tal vez sea éste, que, en general, la gran residencia me ha enseñado también muchas cosas. Cierto que estaba lleno de pasquines reivindicativos de CCOO y otras centrales sindicales, pero debo decir que, en general, el personal, celadores casi todos los que yo veía en Domingo, eran encantadores con los ancianos. Diría que los querían. Y eso que a menudo los residentes pagaban esa amabilidad con quejas destempladas, a menudo injustas y, a veces, hasta con insultos. También debo decir que en esos quince años he visto como una residencia destartalada y oscura, se iba convirtiendo a base de reformas, pintura y decoración, en un sitio cada vez más digno, luminosos y agradable. Y esto incluso después de la crisis. Queda dicho por mor de la justicia.

Poco a poco, imperceptiblemente, fui dejando de ir todos los domingos a ver a Celestino y mis visitas se fueron espaciando. Últimamente iba cada dos o tres meses. Las últimas veces que fui, su apagamiento era perceptible. Perdió la movilidad, perdió la vista, pero no perdió el espíritu. “El padre me espera con los brazos abiertos para abrazarme”, me decía. La última vez que vi a Celestino vivo fue hace dos meses, más o menos. Esta víspera de Navidad he ido a verle. Le he buscado por toda la residencia. Tenía miedo de preguntar en recepción, pero al cabo de un rato, lo hice. “Celestino murió hace como un par de meses” –me dijeron. Debió morir poco después de mi última visita. No por esperada la respuesta me impactó menos. Tuve que irme a un sitio aparte y, a duras penas pude contener el llanto. He perdido a mi padre, a mi madre, a mis suegros, a dos hermanos y tres cuñados. Pero no puedo decir que la muerte de Celestino me doliese mucho menos que estas, al menos en el primer golpe. Tras un rato, me paseé por todos los sitios, dejando que mi mirada resbalase por cada rincón. Encontré a Gloria y me despedí de ella. No creo que pueda volver. Pero sé, con una certeza absoluta, que la oración de Celestino por mi familia durante todos estos años ha surtido efecto. “El Padre tiene su oído muy cerca de mi boca”, me decía a menudo. Desde luego, él debía tener a Dios más cerca que yo, porque su oración por mi familia ha sido más eficaz que la mía por la suya. Le vi llorar a moco tendido el día que me dijo que su hijo drogadicto había muerto. Cuando hube recorrido todos los sitios que me recordaban a él, salí de la residencia y me fui a misa. La ofrecí por él. Sé que Celestino está ahora en brazos del Padre y que su boca ya no está cerca del oído de Dios, sino que está dentro de Él. Sé que desde sus brazos seguirá rezando por mí y por mi familia y eso me reconforta. Yo también lo seguiré haciendo por la suya, aunque mi oración sea menos eficaz. ¡Que Dios te bendiga Celestino, que te tenga en la palma de su mano y que, cuando me muera, salgas a recibirme para llevarme al Padre común!

3 de enero de 2013

Frases 3-I-2013


Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Como un puente sobre dos pilares, la esperanza cristiana se apoya en la llamada puesta por Dios en nosotros y en su promesa de salvarnos.

Charles Moeller. Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo IV, La esperanza en Dios, nuestro Padre, en el capítulo dedicado a Miguel de Unamuno.

Añado yo: Llamada es vocación. Vocación es llamada. Qué alegría pensar que Dios tiene pensado para cada uno de nosotros un plan y que nos llama cada día, como un entrenador llama a un jugador que está en el banquillo en la final de la copa del mundo y le dice: “Fulano sal y cubre la banda derecha subiendo cando puedas y, ¡ánimo!” Y que si no jugamos como debemos, y le pedimos disculpas, al día siguiente, porque la final de la vida se juega cada día, nos vuelve a llamar.

30 de diciembre de 2012

Genealogías de Cristo


Hace unos días, en el Adviento, se leyó el principio del Evangelio de san Mateo, que empieza con una genealogía de Cristo en la que se suceden una larga lista de 40 nombres de ascendientes de Jesús, empezando por Abraham. Entre esos nombres, aparecen quince de los reyes de Judá. Aparece también la referencia a cinco mujeres de las que se dice explícitamente el nombre de cuatro de ellas pero del que se puede saber el de la que falta. La lectura de ese Evangelio se hace tediosa, con tanto nombre extraño. Sin embargo, para quien conoce un poco las Escrituras, es un mensaje cifrado con tres claves y tres conclusiones.

La primera clave está en el hecho de que la Escritura nos dice que Jesús no era un ser extraño y ajeno a la historia de la humanidad, una especie de “extraterrestre”. No, conocemos su filiación. Los judíos tenían que saber a ciencia cierta su genealogía, si querían ser capaces de demostrar su pertenencia al pueblo elegido. Jesús era, pues, un hombre de carne y hueso que asumía en su persona una historia. Y esa es también la primera conclusión. Jesús es verdadero hombre. Jesús es parte de la historia humana.

La segunda clave está en los quince nombres de reyes de Judá. La lista no coincide con la que se ve en el libro de los Reyes y en el de las Crónicas. Hay algunos que han sido borrados de ella. Pero los borrados no son los peores. Entre los reyes de Judá los hubo idólatras. Hubo algunos que, asumiendo las costumbres de los cananeos que habitaban Palestina antes que los judíos, sacrificaban sus hijos, quemándolos vivos, al terrible dios Moloch. Pues bien, esos reyes no son borrados de la lista. Cualquiera que hubiese querido hacer de Jesús un ser mítico, hubiese intentado borrar esos horrores de la genealogía de Jesús, sin embargo ahí están. Pero, esta lista de reyes nos da la segunda conclusión: Cristo era, realmente, el heredero de la estirpe de reyes, descendientes por línea directa de David, era, realmente, el rey de los judíos, el Ungido, que en hebreo es el Mesías y en griego el Cristo. Cosa que no era Herodes que no era ni siquiera judío, sino un Idumeo, descendiente de Esaú, el hermano gemelo de Jacob, cuya descendencia siempre había odiado a la de Jacob, de la que descienden los judíos.

La tercera clave está en las cinco mujeres que aparecen en la genealogía.

Por orden cronológico, la primera es Tamar. Tamar era la nuera de Judá, el cuarto hijo de Jacob, del que descienden los judíos. Estaba casada con su hijo mayor. Judá, contraviniendo una ley que sus antepasados habían cumplido, la de casarse con hebreas, se casó con una mujer cananea. Tuvo de ella tres hijos, Er, Onán y Selá. Tamar, también cananea, casó con Er, que murió sin hijos. Para un judío, morir sin hijos era como no entrar en el paraíso, ya que cuando viniese el fin de los tiempos, no tendría nadie que le llevase a él. Para suavizar este destino, la ley judía estipulaba una ficción jurídica. Un hermano del judío muerto tomaba por esposa a la del finado y el primer hijo que tuviesen era considerado como descendiente del primer marido. De esta forma éste podría entrar en el paraíso. Ésta era la llamada ley del levirato. Así pues, el segundo hijo de Judá, Onán, se vio en la obligación de casarse con Tamar. Pero, por la causa que sea, Onán detestaba dar descendencia a su hermano, por lo que practicaba el coitus interruptus con Tamar. Esta conducta ofendió a Dios, que hizo morir a Onán. Hoy en día, la palabra onanismo se refiere al vicio de la masturbación, pero en realidad lo que practicaba Onán era el coitus interruptus. Sea como fuere, Judá decidió no seguir la ley del levirato y no dar a su tercer hijo, Selá, en matrimonio a Tamar, sino mandar a ésta a casa de sus padres. Esto era una afrenta tanto para Tamar como para su familia. Por eso, Tamar, aprovechando una ocasión propicia, se hizo pasar por prostituta y consiguió que Judá se acostase con ella y, con engaño, que la dejase embarazada. Ella le pidió como pago de sus servicios su sello, el cordón con el que se ceñía la túnica y el cayado. Cuando se vio que Tamar, una viuda, se había quedado embarazada, Judá, siguiendo la ley, sentenció que la quemasen. Pero cuando la sentencia se iba a cumplir, Tamar dijo que el padre de su hijo era el dueño del sello, del cordón y del cayado. Todo el mundo sabía a quién pertenecían estos y por eso Judá tuvo que perdonarle la vida y reconocer a ese hijo como suyo. Y Tamar, junto con Judá, están en la genealogía de Jesús, el Cristo, que asume ese pecado. Ahora se entiende mejor, la llamada trampa saducea tendida por éstos a Jesús para presionarle a que negase la resurrección de la carne.

La segunda mujer citada es Rajab. Rajab era, realmente, una prostituta cananea. Ejercía la prostitución en Jericó. Cuando, tras los cuarenta años de vagar por el desierto durante el éxodo de Egipto por su desconfianza en Dios, los Israelitas recibieron el permiso del Señor para entrar en la Tierra prometida al mando de Josué, el primer obstáculo era la imponentemente amurallada ciudad de Jericó. Para ver cómo tomarla, los israelitas mandaron a dos espías. Los espías se fueron directamente a la casa de la prostituta Rajab. El servicio de contraespionaje de Jericó, supo de la venida de los espías israelitas y peinó la ciudad para encontrarlos. Supieron que estaban en casa de Rajab, pero ésta, a riesgo de su vida, los escondió, engañó al contraespionaje de Jericó y los ayudó a evadirse descolgándolos con una soga por la muralla. Lo hizo porque sabía, antes de que lo supieran los propios judíos, que su Dios les iba a entregar Jericó. Pidió que cuando conquistasen la ciudad, le respetasen la vida a ella, a sus padres y a sus hermanos. Sabemos que Jericó no cayó por ninguna estrategia militar que pudiera haberse urdido con la información de los espías, sino por la acción milagrosa de Yavé que hizo que las altivas murallas se derrumbasen al son de las trompetas. Los israelitas cumplieron su promesa y, como no se sabe el nombre de los espías, no sabemos si la prostituta Rajab engendró a su hijo de uno de los espías o de otro israelita. Sabemos, eso sí, por la genealogía, que el que engendró un hijo en ella se llamaba, Salmón. Y la prostituta Rajab es asumida por Jesús entre su ascendencia. Ahora puede entenderse mejor el pasaje en el que Cristo evita la lapidación de la mujer adúltera. La prostitución, y con mayor razón el adulterio, están asumidos por Jesús, el Cristo.

La tercera mujer es Rut. La historia de Rut está narrada en un breve y tierno libro de la Biblia que lleva su nombre. Poco después de la conquista de la Tierra Prometida, un hombre llamado Elimélec, tuvo que irse de Belén, donde vivía, con su mujer, Noemí, y sus dos hijos, huyendo de una de las hambrunas que asolaban la zona periódicamente. Se fueron a Moab. Los moabitas eran un pueblo maldito. Los judíos remontaban su origen a un acto incestuoso de Lot con sus dos hijas. De una de ellas tuvo a Amón, padre de los Amonitas y de la otra a Moab, iniciador del pueblo que lleva su nombre. Ambos pueblos son considerados por los judíos como despreciables hijos del pecado. Pues bien, a poco de llegar este israelita a Moab, murió. Sus hijos se casaron con dos mujeres moabitas, Ofrá y Rut, y también murieron. Noemí dijo a sus nueras que volviesen a casa de sus padres. La vida de una viuda sin familia estaba abocada a la muerte de hambre y, si sus nueras se quedaban con ella, esa sería, casi con seguridad, la suerte de las tres. Ofrá dio un beso de despedida a Noemí y se fue a su casa. Pero Rut le dijo a su suegra: “No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tu vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo y tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, moriré y ahí me enterrarán. Juro hoy solemnemente ante Dios que sólo la muerte nos ha de separar”. Y la muerte era la hipótesis más plausible a muy corto plazo, lo que da un tinte de fidelidad heroica al juramento de Rut. Noemí decide que, si ha de morir, mejor que sea en su tierra, y vuelve a Belén. Pero Noemí sabía que un hombre rico de Belén, Booz, el hijo de Salmón y Rajab, era el segundo pariente más próximo de su marido. Ambas mujeres montan una estrategia para que Booz, que es ya viejo, se encariñe con Rut. Booz, agradecido del cariño puro de Rut le dice que si el pariente más próximo no quiere ejercer el levirato, él lo hará. Así se hace y ese pariente rechaza casarse con Rut, por lo que Booz ejerce el levirato y se casa con ella y, aunque es viejo, engendra en ella un hijo. Así, en el árbol genealógico de Jesús, el Cristo, queda injertado el pueblo de Moab, maldito fruto del incesto. Y empieza a tomar forma la profecía mesiánica que pronunciará el profeta Miqueas cuatrocientos años más tarde: “En cuanto a ti, Belén de Efratá, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel: Sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días de antaño. Por eso el Señor abandonará a los suyos hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces, los que aún queden, volverán a reunirse con sus hermanos israelitas. Se mantendrá firme y pastoreará con la fuerza del Señor, y con la majestad del nombre del Señor, su Dios. Ellos vivirán seguros, porque extenderá su poder hasta los confines de la tierra. Él mismo será la paz”. Miqueas escribe esto hacia el año 700 a. de C., más de trescientos años después de que el Rey David naciera en Belén, por lo que no se puede referir a él. ¿A quién se refiere? Creo que al que nació en Belén hace hoy poco más de dos mil años, a Jesús, el Cristo.

El bisnieto de Booz y Rut es el rey David. Y con David entra la cuarta mujer que aparece en la genealogía de Jesús, el Cristo. Y entra de la mano de un pecado abominable. San Mateo no cita el nombre de esa mujer. La llama la mujer de Urías. Por el libro de Samuel sabemos que su nombre era Betsabé. Betsabé era la mujer de Urías, el hitita, un extranjero, pero uno de los más valientes capitanes del ejército de David. Es más que probable que Betsabé fuese también hitita. Urías estaba guerreando para su rey cuando David, desde la terraza de su palacio, situado en el antiguo monte de Sión, vio bañarse desnuda a Betsabé. Le pareció bellísima, la hizo llamar y se acostó con ella, dejándola esperando. Cuando Betsabé se dio cuenta de su embarazo, se lo dijo a David, que ordenó a Joab, su general en jefe del ejército, que diese permiso a Urías para ir unos días a su casa. David esperaba que Urías, al llegar a su casa, se acostase con Betsabé, eliminando así la huella de su infidelidad. Pero Urías dijo que, mientras sus hombres morían en combate, él no podía acostarse con su mujer y, durante todo su permiso, pasó las noches durmiendo en el suelo en la puerta de las habitaciones del rey. Y cuando el permiso terminó, se fue sin haber estado con su mujer. Entonces el rey David tomó, no se sabe si con el beneplácito de Betsabé o sin él, una terrible decisión. Mandó una orden a Joab en la que decía: “Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro de la batalla, y dejadlo solo para que lo hieran y muera”. Es difícil imaginar mayor felonía. Y esto desagradó al Señor. Sin embargo, cuando el profeta Natán hizo ver a David el horror de su pecado, éste se arrepintió de corazón. El niño así concebido murió, pero otro hijo de Betsabé con David fue el rey Salomón, y tanto David como Betsabé, están asumidos en la genealogía de Jesús, el Cristo.

La quinta mujer es, por supuesto, María. Concebida sin pecado, completamente pura e inocente, fue la madre de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios y es, por tanto, madre de Dios. Pero Cristo nos la dio como madre en la cruz y, desde entonces, es también nuestra madre. En María se purifica toda la genealogía de Jesús.

Y he aquí la tercera conclusión: El poder de la misericordia de Dios para con el hombre y la fuerza irresistible de su salvación porque “para Dios nada hay imposible”. Isaías lo anunció en el cuarto poema del misterioso siervo de Yavé, más de quinientos años antes del nacimiento de Cristo: “… eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y en sus llagas hemos sido curados. Andábamos todos errantes, como ovejas, cada cual por su camino y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. […] Por haberse entregado en lugar de los pecadores, tendrá descendencia, prolongará sus días y por medio de él tendrán éxito los planes del Señor.  […] Mi siervo traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas. […] Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores”. El que Jesús asuma en su carne los pecados de la humanidad, no quiere decir, ni remotamente, que haga bueno el pecado o que lo ame. Asume el pecado y ama al pecador, se arrepienta o no. Lo sitia con su gracia para que se arrepienta, pero no puede obligarle. Ahora bien, si un sólo pecador se arrepiente, parafraseando el Evangelio, hay más alegría en Cristo, que es Dios y es el cielo, que por noventa y nueve que se creen justos y que creen que no tienen necesidad de convertirse.

La genealogía que nos presenta san Mateo es la de José, ya que acaba diciendo: “Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías”. Es, por decirlo así, su genealogía legal. Pero san Lucas nos da otra genealogía. Mientras la de san Mateo arranca desde Abraham y llega hasta José, La de san Lucas va en sentido inverso. Empieza con Jesús y va ascendiendo, de una forma mítica a partir de un momento, hasta Adán. Pero no empieza por José, ni por María, sino por Helí. De ahí va alejándose de Jesús, hasta que llega a David. Este tramo es totalmente distinto del de san Mateo, porque en el de san Lucas, el que figura como hijo de David, no es Salomón, sino Natán. Parece pues que la genealogía de san Lucas, viniendo también de David, no pasa por la lista de reyes de Israel. Es pues otra genealogía distinta. Y, ¿de quién puede ser sino de María? La tradición nos dice que el padre de la María se llamaba Joaquín. Pero es que Helí es equivalente a Eliaquín, que es Joaquín. También la tradición nos dice que san Lucas vivió durante años con María en Éfeso. Parece lógico que nos diese la genealogía de María. Este Natán que se nombra como hijo de David en la genealogía de María aparece en el segundo libro de los Reyes (5,14) y en el primero de las Crónicas (3,5). En esta segunda cita, aparece como uno de los cuatro hijos, Salomón entre ellos, que David tuvo con Betsabé. Así que las mismas cuatro mujeres que están en la genealogía paterna de Cristo, se encuentran en la materna. Es decir, Jesús descendía del rey David por las dos ramas. Por una, la legal, la paterna, era descendiente, por línea directa de todos los reyes de Judá. Eso le hacía el heredero de la corona de Judá, el Rey de los judíos, el Ungido, el Mesías, el Cristo. En cambio la de María no viene por línea real, sino que es más humana, más escondida, más humilde, más acorde con la sencillez de María. De David hacia atrás en el tiempo, coinciden ambas genealogías si bien la de María, que se remonta hasta Dios, citado como padre de Adán, tiene veintiún eslabones más, contando a Dios, anteriores a Abraham. Evidentemente, estos veintiún eslabones son míticos. Pero todo judío que se preciase, conocía su árbol genealógico y tenía que ser capaz de dar fe de él ante cualquier eventualidad pero, sobre todo, ante sí mismo, para demostrar y demostrarse que era miembro del pueblo elegido. Y la parte anterior a Abraham era común para todos, pues todos tenían como un motivo de orgullo ser hijos de Abraham. Esta costumbre judía de llevar bien las genealogías tenía también una raíz económica. Cuando los israelitas entraron en la Tierra Prometida, Josué la repartió de forma que a cada clan o familia le correspondiese una parte de la misma. Después se promulgó una ley que estipulaba que cada cincuenta años la tierra volvería a sus dueños iniciales, con independencia de las compras y ventas realizadas entre medias. Por eso era muy importante saber a qué familia se pertenecía si se quería recuperar la tierra que vendieron los padres o abuelos. Los escribas se dedicaban a dar fe de la familia a la que pertenecía cada uno y llevar un registro. Eran, más o menos, como los notarios y registradores de la propiedad de nuestros días. Así pues, ambas genealogías tienen muchas papeletas para ser auténticas. Jesús, realmente era el Rey de los judíos, el Ungido, el Mesías, el Cristo. Por eso José y María fueron a Belén en el censo de Augusto y por eso Jesús nació en una cueva de ese pueblo. Por eso Herodes, que mató a su mujer y a casi todos sus hijos por miedo a que lo destronasen, se tomó tan en serio la amenaza de que Jesús fuese el Rey de los judíos y perpetró la matanza de los inocentes. Por eso los judíos le quisieron coronar rey tras la multiplicación de los panes y los peces. Por eso los sumos sacerdotes de Israel, treinta y tres años más tarde, veían en Jesús, además de un blasfemo, un peligro político, aunque siempre se hubiese negado a asumir el poder temporal.

Hace bien, por tanto, la Iglesia al poner la genealogía de Jesús, el Cristo y de Jesús, el hijo de María en la liturgia de Adviento. Y lo hace poco antes del nacimiento, de la encarnación de Dios en el Niño que será más tarde el siervo sufriente de Yavé. En esa larga serie de nombres, que se prolonga después de Cristo hasta nosotros, estamos nosotros, hijos adoptivos de María y descendencia de Jesús, de la que hablaba Isaías en el fragmento del poema del siervo de Yavé citado hace unas líneas. En esa descendencia estamos injertados, con nuestros pecados, grandes y pequeños, con nuestras mezquindades y nuestras miserias. Y de ellas hemos sido salvados por el poder de la salvación del Niño. Ese Niño que nace hoy en Belén ha tomado todas nuestras culpas, para llevarlas, a lo largo de su vida, hasta la cruz y, después, hasta la Resurrección, curándonos, de esta forma, en sus llagas transfiguradas. Hoy empieza, un año más, ese ciclo. Nada hay imposible para Dios. Bendito sea su santo nombre. “Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos y que toda lengua proclame; Jesucristo es Señor, por la gloria de Dios Padre”, nos dice un himno de los primeros cristianos citado por san Pablo en su carta a los filipenses. Podemos empezar a hacerlo hoy, ante el portal de Belén.

26 de diciembre de 2012

Frases 26-XII-2012


Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Tenemos que morir. La pasarela de nuestras ternuras se derrumbará en el abismo [...] Sólo la esperanza pasará el abismo con nosotros; gracias a ella podremos dar el salto con confianza en Aquél que nos lo pide todo. Basta un segundo, pero decisivo, para encontrarnos en la otra orilla. Entonces veremos, con ojos asombrados, que todo nos es devuelto, como a Abraham el hijo de la Promesa, después de que hubo aceptado sacrificarlo al Eterno.

Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo IV, la esperanza en Dios, nuestro padre, en el capítulo dedicado a Charles du Bos.


24 de diciembre de 2012

Genaealogías de Cristo


Hace unos días, en el Adviento, se leyó el principio del Evangelio de san Mateo, que empieza con una genealogía de Cristo en la que se suceden una larga lista de 40 nombres de ascendientes de Jesús, empezando por Abraham. Entre esos nombres, aparecen quince de los reyes de Judá. Aparece también la referencia a cinco mujeres de las que se dice explícitamente el nombre de cuatro de ellas pero del que se puede saber el de la que falta. La lectura de ese Evangelio se hace tediosa, con tanto nombre extraño. Sin embargo, para quien conoce un poco las Escrituras, es un mensaje cifrado con tres claves y tres conclusiones.

La primera clave está en el hecho de que la Escritura nos dice que Jesús no era un ser extraño y ajeno a la historia de la humanidad, una especie de “extraterrestre”. No, conocemos su filiación. Los judíos tenían que saber a ciencia cierta su genealogía, si querían ser capaces de demostrar su pertenencia al pueblo elegido. Jesús era, pues, un hombre de carne y hueso que asumía en su persona una historia. Y esa es también la primera conclusión. Jesús es verdadero hombre. Jesús es parte de la historia humana.

La segunda clave está en los quince nombres de reyes de Judá. La lista no coincide con la que se ve en el libro de los Reyes y en el de las Crónicas. Hay algunos que han sido borrados de ella. Pero los borrados no son los peores. Entre los reyes de Judá los hubo idólatras. Hubo algunos que, asumiendo las costumbres de los cananeos que habitaban Palestina antes que los judíos, sacrificaban sus hijos, quemándolos vivos, al terrible dios Moloch. Pues bien, esos reyes no son borrados de la lista. Cualquiera que hubiese querido hacer de Jesús un ser mítico, hubiese intentado borrar esos horrores de la genealogía de Jesús, sin embargo ahí están. Pero, esta lista de reyes nos da la segunda conclusión: Cristo era, realmente, el heredero de la estirpe de reyes, descendientes por línea directa de David, era, realmente, el rey de los judíos, el Ungido, que en hebreo es el Mesías y en griego el Cristo. Cosa que no era Herodes que no era ni siquiera judío, sino un Idumeo, descendiente de Esaú, el hermano gemelo de Jacob, cuya descendencia siempre había odiado a la de Jacob, de la que descienden los judíos.

La tercera clave está en las cinco mujeres que aparecen en la genealogía.

Por orden cronológico, la primera es Tamar. Tamar era la nuera de Judá, el cuarto hijo de Jacob, del que descienden los judíos. Estaba casada con su hijo mayor. Judá, contraviniendo una ley que sus antepasados habían cumplido, la de casarse con hebreas, se casó con una mujer cananea. Tuvo de ella tres hijos, Er, Onán y Selá. Tamar, también cananea, casó con Er, que murió sin hijos. Para un judío, morir sin hijos era como no entrar en el paraíso, ya que cuando viniese el fin de los tiempos, no tendría nadie que le llevase a él. Para suavizar este destino, la ley judía estipulaba una ficción jurídica. Un hermano del judío muerto tomaba por esposa a la del finado y el primer hijo que tuviesen era considerado como descendiente del primer marido. De esta forma éste podría entrar en el paraíso. Ésta era la llamada ley del levirato. Así pues, el segundo hijo de Judá, Onán, se vio en la obligación de casarse con Tamar. Pero, por la causa que sea, Onán detestaba dar descendencia a su hermano, por lo que practicaba el coitus interruptus con Tamar. Esta conducta ofendió a Dios, que hizo morir a Onán. Hoy en día, la palabra onanismo se refiere al vicio de la masturbación, pero en realidad lo que practicaba Onán era el coitus interruptus. Sea como fuere, Judá decidió no seguir la ley del levirato y no dar a su tercer hijo, Selá, en matrimonio a Tamar, sino mandar a ésta a casa de sus padres. Esto era una afrenta tanto para Tamar como para su familia. Por eso, Tamar, aprovechando una ocasión propicia, se hizo pasar por prostituta y consiguió que Judá se acostase con ella y, con engaño, que la dejase embarazada. Ella le pidió como pago de sus servicios su sello, el cordón con el que se ceñía la túnica y el cayado. Cuando se vio que Tamar, una viuda, se había quedado embarazada, Judá, siguiendo la ley, sentenció que la quemasen. Pero cuando la sentencia se iba a cumplir, Tamar dijo que el padre de su hijo era el dueño del sello, del cordón y del cayado. Todo el mundo sabía a quién pertenecían estos y por eso Judá tuvo que perdonarle la vida y reconocer a ese hijo como suyo. Y Tamar, junto con Judá, están en la genealogía de Jesús, el Cristo, que asume ese pecado. Ahora se entiende mejor, la llamada trampa saducea tendida por éstos a Jesús para presionarle a que negase la resurrección de la carne.

La segunda mujer citada es Rajab. Rajab era, realmente, una prostituta cananea. Ejercía la prostitución en Jericó. Cuando, tras los cuarenta años de vagar por el desierto durante el éxodo de Egipto por su desconfianza en Dios, los Israelitas recibieron el permiso del Señor para entrar en la Tierra prometida al mando de Josué, el primer obstáculo era la imponentemente amurallada ciudad de Jericó. Para ver cómo tomarla, los israelitas mandaron a dos espías. Los espías se fueron directamente a la casa de la prostituta Rajab. El servicio de contraespionaje de Jericó, supo de la venida de los espías israelitas y peinó la ciudad para encontrarlos. Supieron que estaban en casa de Rajab, pero ésta, a riesgo de su vida, los escondió, engañó al contraespionaje de Jericó y los ayudó a evadirse descolgándolos con una soga por la muralla. Lo hizo porque sabía, antes de que lo supieran los propios judíos, que su Dios les iba a entregar Jericó. Pidió que cuando conquistasen la ciudad, le respetasen la vida a ella, a sus padres y a sus hermanos. Sabemos que Jericó no cayó por ninguna estrategia militar que pudiera haberse urdido con la información de los espías, sino por la acción milagrosa de Yavé que hizo que las altivas murallas se derrumbasen al son de las trompetas. Los israelitas cumplieron su promesa y, como no se sabe el nombre de los espías, no sabemos si la prostituta Rajab engendró a su hijo de uno de los espías o de otro israelita. Sabemos, eso sí, por la genealogía, que el que engendró un hijo en ella se llamaba, Salmón. Y la prostituta Rajab es asumida por Jesús entre su ascendencia. Ahora puede entenderse mejor el pasaje en el que Cristo evita la lapidación de la mujer adúltera. La prostitución, y con mayor razón el adulterio, están asumidos por Jesús, el Cristo.

La tercera mujer es Rut. La historia de Rut está narrada en un breve y tierno libro de la Biblia que lleva su nombre. Poco después de la conquista de la Tierra Prometida, un hombre llamado Elimélec, tuvo que irse de Belén, donde vivía, con su mujer, Noemí, y sus dos hijos, huyendo de una de las hambrunas que asolaban la zona periódicamente. Se fueron a Moab. Los moabitas eran un pueblo maldito. Los judíos remontaban su origen a un acto incestuoso de Lot con sus dos hijas. De una de ellas tuvo a Amón, padre de los Amonitas y de la otra a Moab, iniciador del pueblo que lleva su nombre. Ambos pueblos son considerados por los judíos como despreciables hijos del pecado. Pues bien, a poco de llegar este israelita a Moab, murió. Sus hijos se casaron con dos mujeres moabitas, Ofrá y Rut, y también murieron. Noemí dijo a sus nueras que volviesen a casa de sus padres. La vida de una viuda sin familia estaba abocada a la muerte de hambre y, si sus nueras se quedaban con ella, esa sería, casi con seguridad, la suerte de las tres. Ofrá dio un beso de despedida a Noemí y se fue a su casa. Pero Rut le dijo a su suegra: “No insistas más en que me separe de ti. Donde tú vayas, yo iré; donde tu vivas, viviré; tu pueblo es mi pueblo y tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, moriré y ahí me enterrarán. Juro hoy solemnemente ante Dios que sólo la muerte nos ha de separar”. Y la muerte era la hipótesis más plausible a muy corto plazo, lo que da un tinte de fidelidad heroica al juramento de Rut. Noemí decide que, si ha de morir, mejor que sea en su tierra, y vuelve a Belén. Pero Noemí sabía que un hombre rico de Belén, Booz, el hijo de Salmón y Rajab, era el segundo pariente más próximo de su marido. Ambas mujeres montan una estrategia para que Booz, que es ya viejo, se encariñe con Rut. Booz, agradecido del cariño puro de Rut le dice que si el pariente más próximo no quiere ejercer el levirato, él lo hará. Así se hace y ese pariente rechaza casarse con Rut, por lo que Booz ejerce el levirato y se casa con ella y, aunque es viejo, engendra en ella un hijo. Así, en el árbol genealógico de Jesús, el Cristo, queda injertado el pueblo de Moab, maldito fruto del incesto. Y empieza a tomar forma la profecía mesiánica que pronunciará el profeta Miqueas cuatrocientos años más tarde: “En cuanto a ti, Belén de Efratá, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel: Sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días de antaño. Por eso el Señor abandonará a los suyos hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces, los que aún queden, volverán a reunirse con sus hermanos israelitas. Se mantendrá firme y pastoreará con la fuerza del Señor, y con la majestad del nombre del Señor, su Dios. Ellos vivirán seguros, porque extenderá su poder hasta los confines de la tierra. Él mismo será la paz”. Miqueas escribe esto hacia el año 700 a. de C., más de trescientos años después de que el Rey David naciera en Belén, por lo que no se puede referir a él. ¿A quién se refiere? Creo que al que nació en Belén hace hoy poco más de dos mil años, a Jesús, el Cristo.

El bisnieto de Booz y Rut es el rey David. Y con David entra la cuarta mujer que aparece en la genealogía de Jesús, el Cristo. Y entra de la mano de un pecado abominable. San Mateo no cita el nombre de esa mujer. La llama la mujer de Urías. Por el libro de Samuel sabemos que su nombre era Betsabé. Betsabé era la mujer de Urías, el hitita, un extranjero, pero uno de los más valientes capitanes del ejército de David. Es más que probable que Betsabé fuese también hitita. Urías estaba guerreando para su rey cuando David, desde la terraza de su palacio, situado en el antiguo monte de Sión, vio bañarse desnuda a Betsabé. Le pareció bellísima, la hizo llamar y se acostó con ella, dejándola esperando. Cuando Betsabé se dio cuenta de su embarazo, se lo dijo a David, que ordenó a Joab, su general en jefe del ejército, que diese permiso a Urías para ir unos días a su casa. David esperaba que Urías, al llegar a su casa, se acostase con Betsabé, eliminando así la huella de su infidelidad. Pero Urías dijo que, mientras sus hombres morían en combate, él no podía acostarse con su mujer y, durante todo su permiso, pasó las noches durmiendo en el suelo en la puerta de las habitaciones del rey. Y cuando el permiso terminó, se fue sin haber estado con su mujer. Entonces el rey David tomó, no se sabe si con el beneplácito de Betsabé o sin él, una terrible decisión. Mandó una orden a Joab en la que decía: “Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro de la batalla, y dejadlo solo para que lo hieran y muera”. Es difícil imaginar mayor felonía. Y esto desagradó al Señor. Sin embargo, cuando el profeta Natán hizo ver a David el horror de su pecado, éste se arrepintió de corazón. El niño así concebido murió, pero otro hijo de Betsabé con David fue el rey Salomón, y tanto David como Betsabé, están asumidos en la genealogía de Jesús, el Cristo.

La quinta mujer es, por supuesto, María. Concebida sin pecado, completamente pura e inocente, fue la madre de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios y es, por tanto, madre de Dios. Pero Cristo nos la dio como madre en la cruz y, desde entonces, es también nuestra madre. En María se purifica toda la genealogía de Jesús.

Y he aquí la tercera conclusión: El poder de la misericordia de Dios para con el hombre y la fuerza irresistible de su salvación porque “para Dios nada hay imposible”. Isaías lo anunció en el cuarto poema del misterioso siervo de Yavé, más de quinientos años antes del nacimiento de Cristo: “… eran nuestras rebeliones las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y en sus llagas hemos sido curados. Andábamos todos errantes, como ovejas, cada cual por su camino y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. […] Por haberse entregado en lugar de los pecadores, tendrá descendencia, prolongará sus días y por medio de él tendrán éxito los planes del Señor.  […] Mi siervo traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas. […] Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores”. El que Jesús asuma en su carne los pecados de la humanidad, no quiere decir, ni remotamente, que haga bueno el pecado o que lo ame. Asume el pecado y ama al pecador, se arrepienta o no. Lo sitia con su gracia para que se arrepienta, pero no puede obligarle. Ahora bien, si un sólo pecador se arrepiente, parafraseando el Evangelio, hay más alegría en Cristo, que es Dios y es el cielo, que por noventa y nueve que se creen justos y que creen que no tienen necesidad de convertirse.

La genealogía que nos presenta san Mateo es la de José, ya que acaba diciendo: “Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías”. Es, por decirlo así, su genealogía legal. Pero san Lucas nos da otra genealogía. Mientras la de san Mateo arranca desde Abraham y llega hasta José, La de san Lucas va en sentido inverso. Empieza con Jesús y va ascendiendo, de una forma mítica a partir de un momento, hasta Adán. Pero no empieza por José, ni por María, sino por Helí. De ahí va alejándose de Jesús, hasta que llega a David. Este tramo es totalmente distinto del de san Mateo, porque en el de san Lucas, el que figura como hijo de David, no es Salomón, sino Natán. Parece pues que la genealogía de san Lucas, viniendo también de David, no pasa por la lista de reyes de Israel. Es pues otra genealogía distinta. Y, ¿de quién puede ser sino de María? La tradición nos dice que el padre de la María se llamaba Joaquín. Pero es que Helí es equivalente a Eliaquín, que es Joaquín. También la tradición nos dice que san Lucas vivió durante años con María en Éfeso. Parece lógico que nos diese la genealogía de María. Este Natán que se nombra como hijo de David en la genealogía de María aparece en el segundo libro de los Reyes (5,14) y en el primero de las Crónicas (3,5). En esta segunda cita, aparece como uno de los cuatro hijos, Salomón entre ellos, que David tuvo con Betsabé. Así que las mismas cuatro mujeres que están en la genealogía paterna de Cristo, se encuentran en la materna. Es decir, Jesús descendía del rey David por las dos ramas. Por una, la legal, la paterna, era descendiente, por línea directa de todos los reyes de Judá. Eso le hacía el heredero de la corona de Judá, el Rey de los judíos, el Ungido, el Mesías, el Cristo. En cambio la de María no viene por línea real, sino que es más humana, más escondida, más humilde, más acorde con la sencillez de María. De David hacia atrás en el tiempo, coinciden ambas genealogías si bien la de María, que se remonta hasta Dios, citado como padre de Adán, tiene veintiún eslabones más, contando a Dios, anteriores a Abraham. Evidentemente, estos veintiún eslabones son míticos. Pero todo judío que se preciase, conocía su árbol genealógico y tenía que ser capaz de dar fe de él ante cualquier eventualidad pero, sobre todo, ante sí mismo, para demostrar y demostrarse que era miembro del pueblo elegido. Y la parte anterior a Abraham era común para todos, pues todos tenían como un motivo de orgullo ser hijos de Abraham. Esta costumbre judía de llevar bien las genealogías tenía también una raíz económica. Cuando los israelitas entraron en la Tierra Prometida, Josué la repartió de forma que a cada clan o familia le correspondiese una parte de la misma. Después se promulgó una ley que estipulaba que cada cincuenta años la tierra volvería a sus dueños iniciales, con independencia de las compras y ventas realizadas entre medias. Por eso era muy importante saber a qué familia se pertenecía si se quería recuperar la tierra que vendieron los padres o abuelos. Los escribas se dedicaban a dar fe de la familia a la que pertenecía cada uno y llevar un registro. Eran, más o menos, como los notarios y registradores de la propiedad de nuestros días. Así pues, ambas genealogías tienen muchas papeletas para ser auténticas. Jesús, realmente era el Rey de los judíos, el Ungido, el Mesías, el Cristo. Por eso José y María fueron a Belén en el censo de Augusto y por eso Jesús nació en una cueva de ese pueblo. Por eso Herodes, que mató a su mujer y a casi todos sus hijos por miedo a que lo destronasen, se tomó tan en serio la amenaza de que Jesús fuese el Rey de los judíos y perpetró la matanza de los inocentes. Por eso los judíos le quisieron coronar rey tras la multiplicación de los panes y los peces. Por eso los sumos sacerdotes de Israel, treinta y tres años más tarde, veían en Jesús, además de un blasfemo, un peligro político, aunque siempre se hubiese negado a asumir el poder temporal.

Hace bien, por tanto, la Iglesia al poner la genealogía de Jesús, el Cristo y de Jesús, el hijo de María en la liturgia de Adviento. Y lo hace poco antes del nacimiento, de la encarnación de Dios en el Niño que será más tarde el siervo sufriente de Yavé. En esa larga serie de nombres, que se prolonga después de Cristo hasta nosotros, estamos nosotros, hijos adoptivos de María y descendencia de Jesús, de la que hablaba Isaías en el fragmento del poema del siervo de Yavé citado hace unas líneas. En esa descendencia estamos injertados, con nuestros pecados, grandes y pequeños, con nuestras mezquindades y nuestras miserias. Y de ellas hemos sido salvados por el poder de la salvación del Niño. Ese Niño que nace hoy en Belén ha tomado todas nuestras culpas, para llevarlas, a lo largo de su vida, hasta la cruz y, después, hasta la Resurrección, curándonos, de esta forma, en sus llagas transfiguradas. Hoy empieza, un año más, ese ciclo. Nada hay imposible para Dios. Bendito sea su santo nombre. “Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos y que toda lengua proclame; Jesucristo es Señor, por la gloria de Dios Padre”, nos dice un himno de los primeros cristianos citado por san Pablo en su carta a los filipenses. Podemos empezar a hacerlo hoy, ante el portal de Belén.

16 de diciembre de 2012

Diálogo de Mitterrand y Jean Guitton sobre el infierno y el amor de Dios


El filósofo católico francés Jean Guitton escribió, ya casi con noventa años, un curioso libro bajo el título “Mi testamento filosófico”[1]. No es en absoluto un libro de filosofía. Es un libro en el que con una fina ironía, ve lo que pasará después de su muerte. Imagina su funeral y pone en el libro, sin ningún recato lo que piensa que dirían de él personas reales de su tiempo. Después ve con aprensión cómo es citado al juicio personal tras la muerte. Nos cuenta lo que cree que será su juicio. En un momento dado, su abogado defensor llama a declarar al, ya fallecido en la realidad, ex Presidente de la República Francesa François Mitterrand. Jean Guitton tuvo una serie de conversaciones con François Mitterrand poco antes de la muerte del primero, cuando su enfermedad estaba muy avanzada. Guitton cuenta en este libro cómo fue la conversión de Mitterrand en sus últimos días, en la que sus conversaciones parece que tuvieron influencia. Por una serie de circunstancias conozco de primera mano a una persona que fue testigo de esas conversaciones y que ratifica su autenticidad. La conversación, larga y sin desperdicio, puede leerse en ese libro. Si algún lector del blog quiere que le mande la transcripción de la conversación completa, no tiene más que pedírmelo en un comentario en el que me mande su mail. Para que su mail no sea público, no publicaré el comentario. Ahora transcribo una parte de la conversación que trata sobre el infierno y el amor de Dios. Me he permitido hacer alguna pequeña interpolación que pondré entre corchetes:

Mitterrand: Si Dios es un Dios bueno, ¿por qué existe el infierno?

Guitton: Porque ama al hombre.

Mitterrand: No lo entiendo. ¿Existen las penas eternas del infierno porque nos ama? Perdóneme, pero no lo entiendo. Estoy dispuesto a escucharle con mi mejor voluntad, pero no creo que logre entender eso.

Guitton: ¿Conoce a alguien que rechace enérgicamente a Dios?

Mitterrand: Sí, conozco a gente que te tiene fobia. La historia está llena de gente con fobia a Dios. [Hace poco, sin ir más lejos, se ha estrenado en Madrid, lo he visto desde aquí, una obra de teatro con el bonito título de “me cago en Dios”].

Guitton: ¿Querría una de esas personas ir al Paraíso?

Mitterrand: No, creo que muchos no querrían.

Guitton: Dígame entonces qué puede hacer Dios con ellos después de su muerte. ¿Tal vez meterlos en el Paraíso a la fuerza?

Mitterrand: Ese paraíso sería infernal para ellos.

Guitton: Estoy de acuerdo.

Mitterrand: Sí, pero existe el purgatorio.

Guitton: Uno no se queda allí, es la antesala del Paraíso. Dígame, ¿cuánto tiempo tendría que pasarse una de esas personas en el purgatorio para que quiera ir al Paraíso? ¿Tal vez cincuenta años? ¿Cien? ¿Mil? ¿Al cabo de cuántos años dirían: ¡Oh, mi Dios, llévame al cielo contigo!? ¿O, tal vez, su fobia por mí aumentaría?

Mitterrand: Tal vez si Dios les explicase bien por qué están allí…

Guitton: ¿Cree usted que querrían entenderlo? ¿Por qué habrían de querer si no han querido hacerlo en la tierra? ¿Tal vez porque en el purgatorio se sufre más que en la tierra? Respóndame, ¿cuántos años de purgatorio serían necesarios?

Mitterrand: La verdad es que creo que nunca dirían; ¡mi Dios, llévame contigo! Pero, ¿por qué los que van al purgatorio sí quieren ir al cielo?

Guitton: Porque ya querían antes de ir al purgatorio. Porque ya querían en su vida. Porque ya amaban a Dios en su vida. Tal vez sólo un poco, tal vez inadecuadamente, tal vez mal, pero le querían. Y para el amor de Dios por nosotros eso es más que suficiente. De hecho en el purgatorio se sufre de amor, se sufre de ganas de ir con Dios. Sólo que los ojos cargados de hollín tienen que lavarse y acostumbrarse poco a poco a la luz antes de poder entrar en ella. Pero, volvamos a los que odian a Dios. Si no quieren ir al Paraíso ni les sirve el purgatorio, dígame, ¿qué puede hacer Dios con ellos?

Mitterrand: Podría aniquilarlos.

Guitton: Sería contradecirse. Los ha hecho eternos. Dios no puede ir contra sí mismo. Es algo que ni su omnipotencia puede hacer.

Mitterrand: Sin embargo, en algún sitio tendrá que meterlos.

Guitton: ¿Pero, dónde?

Mitterrand: En otro lugar distinto del Paraíso.

Guitton: Evidentemente, dicho de otra manera, en el infierno.

Mitterrand: Entonces el infierno es: otro lugar distinto del Paraíso.

Guitton: Exactamente. [Los hombres hemos imaginado que el infierno es una especie de prisión perpetua. ¿Qué espíritu bondadoso, que corazón aceptaría sin asco semejante imagen? Cuando esa imagen nos molesta, nos resulta fácil eliminarla[2]. Pero el infierno no es eso. Es otro lugar distinto del Paraíso].

Mitterrand: Pero, en el infierno se sufre.

Guitton: Claro, pero, ¿de qué se sufre?

Mitterrand: ¿De qué?

Guitton: Pues, de no estar en el Paraíso.

Mitterrand: Pero acabamos de decir que sufrirían si estuviesen en el paraíso y también si no están. Es absurdo.

Guitton: Tan absurdo como el pecado. No queremos cometerlo y lo cometemos. Lo sufrimos, pero lo gozamos. Querríamos no sufrirlo, pero bien que nos abstenemos de evitarlo. [San Pablo decía: “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. [...]  En efecto, el querer el bien está a mi alcance, pero el hacerlo no. Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco”[3].]

Mitterrand: Es verdad. Así es la experiencia de la falta.

Guitton: Y así es también la del infierno. El pecado es el infierno en la temporalidad. El infierno es el pecado en la eternidad.

Mitterrand: Pero, ¿por qué en el infierno se sufre más?

Guitton: Se sufre más, pero sobre todo se sufre de otra manera. Se sufre definitivamente, eso es todo.

Mitterrand: Pero si se sufre más, deberían poder ponerse en movimiento, reflexionar y querer salir de allí.

Guitton: No es así. El que tiene fobia a Dios en el tiempo, le tiene más fobia en la eternidad. Y su fobia en la eternidad aumenta más de lo que aumenta el sufrimiento. Pero aunque no fuese así, el movimiento y la reflexión suponen tiempo. Ahora bien, en la eternidad uno ya no está en el tiempo y ya no es tiempo. Dios podría crear más tiempo, ciertamente, pero entonces volveríamos a la situación en la que estaba el que rechaza a Dios en el tiempo. [Esto es lo que dijo Cristo, el Hijo de Dios, con dolor cuando nos contó la parábola de Epulón y Lázaro: “Si no escuchan a Moisés y los profetas, aunque un muerto resucitase, tampoco le escucharían”[4].]

Mitterrand: Entonces, ¿el que está en el infierno está atrapado?

Guitton: No artrapado, pero sí realizado. Mal realizado, pero realizado.

Mitterrand: ¿Y nuestra libertad?

Guitton: Consumada ella también.

Mitterrand: Entonces, ¿el que esté en el infierno tendrá libertad para estar allí?

Guitton: Sí.

Mitterrand: Pero no es libre de no estar.

Guitton: No quiere estar en el otro sitio y no hay más que dos sitios donde estar. [Lo dice bastante bien Dante hablando por boca de lo que diría el infierno de sí mismo si hablase:

“Hiciéronme divinas potestades
el saber sumo y el amor primero.
No fue cosa creada de mí antes,
sino lo eterno, y yo eterno perduro:
¡Dejad toda esperanza los que entráis!”[5]]

Si no existiese la felicidad infinita, no existiría el infierno. Pero no puede haber felicidad infinita sin infierno.

Mitterrand: Pero ellos querrían la felicidad absoluta en el infierno.

Guitton: Seguramente, pero es que la felicidad absoluta está en la contemplación de Dios, porque Dios es la felicidad absoluta.

Mitterrand: Sí, pero no. ¿Por qué quiere Dios  hacer sufrir a esos hombres?

Guitton: ¡Pero si no quiere! Al contrario, quiere su felicidad absoluta. Sólo que ellos no la quieren. Él es la felicidad. Pero ellos dicen que no le han pedido nada. Creen que Dios ha violado su libertad al crearlos sin su autorización, que es un dictador por haber creado el mundo sin haber obtenido previamente una resolución favorable de la ONU. Pero ningún padre tiene que pedir autorización a sus hijos para darles el magnífico don de la vida. Entre otras cosas porque, obviamente, antes de existir no existían y porque si existiesen no tendrían ningún elemento de juicio para decidir. O, ¿tal vez querrían que les hubiese creado absolutamente condicionados para tener que llegar necesariamente a Dios? ¿Sería Dios entonces menos dictador?

Mitterrand: Eso es precisamente lo que les escandaliza, que una vez creados sin su permiso, Dios respete su libertad, ¿no? Les saca de sus casillas. ¿Son absurdos?

Guitton: Más bien no. Todo se vuelve lógico si admitimos que ellos querrían ser Dios.

Mitterrand: Pero eso no es posible.

Guitton: Exacto. Pero ellos no admiten que exista ese imposible.

Mitterrand: En definitiva, querrían ser todopoderosos.

Guitton: Usted lo dice.

Mitterrand: ¡Así pues, querrían ser Dios!

Guitton: Eso es.

Mitterrand: Entonces el infierno es el panteón real de todos los dioses imaginarios.

Guitton: Exactamente.

Mitterrand: Pero ellos no paran de hablar de la libertad. Entonces cuando dicen: “quiero ser libre...”

Guitton: ... piensan: “Quiero ser Dios”.

Mitterrand: Nunca había visto las cosas así. Se les oye decir que no quieren que Dios sea su felicidad absoluta.

Guitton: Pero Dios no puede dejar de ser la felicidad absoluta. Sería como si dejase de ser Dios.

Mitterrand: Pero eso es lo que piden. Querrían que Dios no fuese Dios, y hasta que Dios no fuese.

Guitton: Y, ¿quién sería Dios entonces?

Mitterrand: Nadie. O ellos, quizás. Digamos, el hombre.

El que quiera la continuación y el antecedente, ya sabe lo que tiene que hacer. Comprarse el libro o pedirme la transcripción completa de la conversación.


[1] “Mi testamento filosófico”, Jean Guitton. Ediciones Encuentro, Madrid 1998, pags. 174 – 177.
[2] Georges Bernanos. Diario de un cura rural, Ediciones Encuentro, Madrid 1998, pag, 158.
[3] Romanos 7, 15-20.
[4] Lucas 16, 31.
[5] Dante, Divina comedia, Infierno, Canto III, versos 5-9