3 de julio de 2007

Carta abierta a Charles Darwin

Tema: Evolución, evolucionismo, Darwin, Darwinismo, religión, cristianismo.
Tomás Alfaro Drake
Carta para entregar a Charles Darwin, naturista y científico inglés del siglo XIX.

Querido Charles:

Tengo que decirte que, mucho antes de saber de ti, desde niño, mi intuición me decía al observar el mundo, que debía existir un parentesco entre los distintos tipos de seres vivientes. Era una intuición vaga, latente, pero no por ello menos cierta. No sé con seguridad cuándo supe de ti, de tu viaje en el Beagle y de “El origen de las especies”. No fue algo simultáneo. Poco a poco fui sabiendo más y más cosas sobre ti, y en ningún momento tuve sensación de extrañeza ante tu teoría de la evolución. Al contrario, cuanto mejor la conocía más me daba cuenta de que eso era precisamente lo que, de una forma vaga, yo había intuido. Lo que me asombraba era que hubiese personas que se rasgasen las vestiduras ante tu teoría. Y me causaban una extrañeza rayana en la indignación los argumentos “ad hominem” que esgrimían los que se oponían con uñas y dientes a ella. “Si tú crees –me han llegado a decir– que descendemos del mono, vete a ver a tus parientes al zoológico”. ¡Ridículo! –pensaba. Ni tú decías que descendiésemos del mono ni me parece más indigno descender de la familia de los primates que del barro, siempre que detrás de la materia prima esté la mano del Creador. Y de eso es precisamente de lo que quiero hablar contigo.

Tú sabes de mi fe católica, pero nunca he encontrado ninguna dificultad en conjugar esta fe con tu teoría. Siempre he creído que Dios formó el cuerpo del hombre, pero el cincel del que se valió para darle forma bien pudo ser el conjunto de leyes de la evolución que Él diseño y tú descubriste en la naturaleza. Creo en el sentido literal del libro del Génesis, pero haciendo la salvedad de que literal no quiere decir al pie de la letra. El relato de la creación no es mitológico. Dios realmente creó el universo, y lo creó bueno, y lo creó en el tiempo, y lo creó secuencialmente, es decir unas cosas a partir de otras, y puso al ser humano en la cúspide de su creación. Eso es literalidad. Pero no lo tomemos al pie de la letra. No modeló el cuerpo del hombre con sus manos, puesto que Dios no tiene manos. Lo creo del polvo de la tierra que, en definitiva, es lo que son las distintas especies de animales. Lo modeló con su Voluntad Todopoderosa, fue su Causa Primera. Pero usó, como para casi todo lo que hace, causas intermedias. Éstas bien pueden ser las leyes de la evolución, diseñadas y supervisadas por Él. Esta distinción entre el sentido literal y el pie de la letra no es mía, no me atrevería a hacerla. La hace ya santo Tomás, en la Suma de Teología.

“El sentido que se propone el autor [de las Escrituras] es el literal. Como quiera que el autor de las Sagradas Escrituras es Dios, que tiene conocimiento de todo al mismo tiempo, no hay inconveniente en que el sentido literal de un texto de la Escritura tenga varios sentidos [...]. Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal, y en él se fundamenta.( Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Solución).

Por ejemplo, cuando la escritura habla del brazo de Dios, el sentido literal no está diciendo que Dios tenga brazo, en cuanto a elemento corporal, sino en cuanto fuerza para obrar, que es lo que el brazo significa. (Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Respuesta a la 3ª objeción).

Al profundizar en los mecanismos de tu teoría, mi admiración por ti crecía. Cómo las mutaciones se producían en los organismos individuales. Cómo los organismos mutados desaparecían si éstas eran perjudiciales, lo que ocurría en la inmensa mayoría de los casos. Cómo las pocas que resultaban beneficiosas hacían que los organismos portadores tuviesen más descendencia que los demás, hasta que la mutación se extendía a casi toda la especie. Cómo si una especie se escindía en dos poblaciones sin posibilidad de cruzarse, la acumulación de mutaciones divergentes hacía que la especie diese lugar a dos nuevas. Vi un mecanismo de una maravillosa simplicidad y de una lógica impecable. Tú solo, con tu perspicaz observación, lo habías deducido en tu viaje alrededor del mundo en el Beagle y a través de la observación de los animales domésticos modificados por el hombre. Atrás quedaba Lamarck con su teoría de que la función hace al órgano. Atrás quedaba también, éste injustamente olvidado –la historia es así– Alfred Wallace, que descubrió al mismo tiempo que tú los mecanismos de la evolución.

Pero había algo que me hacía sentirme incómodo. Algo que era como un “dogma” de fe, nunca demostrado y siempre transmitido en todos los artículos que leía sobre la evolución. Y es esta molestia la que me lleva a escribirte. El “dogma” viene a decir algo así: Absolutamente todas las mutaciones se producen única y exclusivamente al azar. Mi molestia provenía de dos frentes. El primero, matemático, porque el “dogma” es matemáticamente indemostrable. Si tiramos un dado al azar seis millones de veces, el cuatro saldrá aproximadamente un millón. Pero no exactamente un millón. Puede salir 913.467 veces o 1.089.105. Si a la serie que salga le añadimos un cuatro cada mil números, nadie, al analizar la nueva serie será capaz de decir que no ha sido producida al azar. Más aún, ¿cómo se puede afirmar que todas las mutaciones se producen al azar cuando ni siquiera se tiene la serie completa de mutaciones sufridas por cada especie a lo largo de su historia evolutiva?

En el otro frente, mi observación empírica de la realidad contradice las consecuencias del dogma del azar. La iconografía en boga entre los evolucionistas afirma que el árbol de la evolución se parece más a un arbusto salvaje y caótico que crece en todas direcciones, que a un abeto con una cúspide que señala hacia arriba. No hay una finalidad en la evolución –aseguran los “correctos”– puesto que las mutaciones se producen por puro azar. Estoy de acuerdo en la imagen del arbusto caótico. Como también me parece ingeniosa la respuesta de Haldane cuando le preguntaron qué podría decir acerca de Dios al ver la diversidad de especies que pueblan la tierra. Haldane contestó: “Que tiene una inmoderada afición por los escarabajos”. Y es que parece que el género al que pertenecen los escarabajos es el que, de lejos, cuenta con mayor número de especies. Pero las mutaciones adecuadas en los momentos adecuados, aunque sean una por millón, pueden hacer maravillas. Si están dirigidas por una mente sabia, pueden llevar a donde quieran a una pequeña rama del azaroso arbusto de la evolución. Y si miramos el arbusto sin prejuicios, veremos claramente cómo, efectivamente, una frágil rama sale de él y se separa del resto del matorral. Parece como guiada por un fino alambre, hacia un punto definido. Ese punto es la inteligencia. Y allí, en la inteligencia, solo, está el hombre, mirando hacia el arbusto desde fuera. Y desde allí lo poda e intenta darle forma. Es cierto que a veces lo hace despiadada y estúpidamente, pero al fin y al cabo, lo poda. Y está solo. ¿Azar?

Creo, Charles, que estarás de acuerdo conmigo, en que si hay algo exuberante, es la naturaleza. Cada vez que, a tientas, descubre una “ventaja competitiva”, se apresura a reproducirla de mil maneras. Tener apéndices que pinchan es una ventaja para algunos organismos y la naturaleza se apresura a hacerla aparecer de mil maneras. Los toros los tienen de hueso, los elefantes de diente, los rinocerontes de pelos y las zarzas de tejido vegetal. Sin embargo, la inteligencia, la más poderosa de las armas competitivas, está sola. Podría decirse que todavía no le ha dado tiempo a aparecer en otras especies, pero hay muchos indicios de que no es así. Podría decirse que la propia inteligencia se ha ocupado de podar otros brotes de ella misma, pero, aunque como arma de supervivencia tiene unos treinta o cuarenta mil años, su capacidad de podar el arbusto a escala planetaria tiene menos de un siglo. Sólo en el mundo tecnológico del siglo XX la humanidad se ha convertido en un peligro de extinción para otras especies. Entonces, ¿por qué está sola? ¿No será que algunas mutaciones no se producen al azar sino que están orientadas hacia un fin? No me crea ningún problema aceptar que la gran mayoría de las mutaciones se producen al azar, pero, ¿todas? ¿Quién puede asegurarlo con la rotundidad con que se hace? ¿Puede ser que la inteligencia humana sea un don de Alguien que persigue una finalidad? La observación libre de prejuicios del caótico arbusto y de la rama que sale de él, así perecen indicarlo.

Volviendo al sentido literal, que no al pie de la letra, del relato del Génesis. “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra” (Génesis 1, 26). [...]. “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida y el hombre se convirtió en ser viviente” (Génesis 2, 7). La evolución encajaría en el sentido literal de este pasaje si el “dogma” del puro y ciego azar rigiendo las mutaciones no fuese cierto. Si lo fuese, el hombre sería fruto del azar, no de un acto creador de Dios a través de causas segundas.

Perdona Charles que te haya planteado en esta carta mis puntos de vista sobre la evolución, pero creo que eran necesarios para llegar al meollo de la cuestión. Llevaba tiempo queriendo escribirte para preguntarte por este “dogma”. A falta de poder obtener repuesta tuya en esta vida, les escribí a varios científicos estudiosos de la evolución, que siempre te citan con veneración como el profeta de la misma. Les preguntaba si ese “dogma” se encontraba en “El origen de las especies” que, debo confesarlo, todavía no había leído. Nunca obtuve respuesta.

Pero este verano, por casualidad, en una caseta ambulante de libros, he visto y comprado un ejemplar de “El origen de las especies”. Busqué con avidez tu opinión. Y la encontré. Me he sentido gratamente sorprendido al ver que en tu obra maestra confirmas mis intuiciones. Dices, y te cito textualmente: “Hasta aquí he hablado como si las variaciones (mutaciones) tan comunes en los seres orgánicos en domesticidad, y en grado más pequeño en los que viven en estado natural, fuesen debidas a la casualidad. Es sin duda una expresión totalmente incorrecta, pero se utiliza para confesar francamente nuestra ignorancia de la causa de cada variación particular. [...] Consideraciones de este tipo me inclinan a atribuir menos peso a la acción directa de las condiciones ambientes, que a una tendencia a variar debida a causas que ignoramos por completo” (El origen de las especies, Capítulo V, Leyes de la variación. Efectos del cambio de condiciones). O sea, que el “dogma” no es tuyo. Es cierto que la moderna genética molecular atribuye las mutaciones a radiaciones cósmicas que actúan sobre el ADN, pero el dedo de Dios puede tomar múltiples formas.

Según tu teoría, es posible, por tanto, que la evolución haya sido dirigida por el Creador hacia la aparición del cuerpo del hombre, a partir del barro de especies anteriores. Y parece más que plausible que la inteligencia, única super-arma competitiva, haya sido insuflada directamente por Dios. Entonces, tu teoría de la evolución, la que tú expusiste, no la de tus seguidores, no contradice en nada la fe católica. Es más, nada menos que san Agustín, en el siglo V, apunta su posibilidad: “Nosotros no negamos la existencia de las causas llamadas fortuitas (de donde ha tomado el nombre la fortuna). Las llamamos ocultas y las atribuimos a la voluntad de Dios o de cualquier otro espíritu” (San Agustín. La ciudad de Dios. Libro V, capítulo 9). No sé la oposición que te encontraste en la Iglesia anglicana. Sé que aún hoy hay confesiones protestantes, llamadas creacionistas, que opinan que Dios creó el mundo tal y como es hoy. Sé también que hay católicos que, a título personal, se oponen furiosamente a la evolución. Sé, porque fue un rabino judío quien me dijo que fuese a ver a mis parientes al zoológico, que al menos una parte del judaísmo no ve con buenos ojos tu teoría. Puede que entre todos, con el acoso de judíos, anglicanos y católicos más papistas que el Papa, te empujásemos a la increencia. Si fue así, perdónanos. Afortunadamente Dios es más paciente, más sabio, más bueno y más misericordioso que los hombres y te habrá acogido en sus brazos, aunque los hombres te hayamos hecho dudar de Él. Entre tanta polémica, la Iglesia católica, hasta Pío XII, ha guardado silencio al respecto. Y Pío XII, en la encíclica “Humani generis”, escrita en 1951, admitió la posibilidad de la evolución, siempre que la ciencia la probase. Lo que en 1951 era poco más que una conjetura, ha cobrado hoy, con el hallazgo continuo de registros fósiles y con el descubrimiento del ADN, un carácter prácticamente incontrovertible. Nadie de peso en la Iglesia se opone a tu teoría de la evolución, si salvamos los dos razonables principios anteriores. La evolución no es ciega y el alma no viene por evolución. Y parece que no hay ninguna base científica para negar estos dos principios. Si algunos católicos se resisten, a veces furibundamente, a aceptarla, es problema suyo.

Pero el epistolario en el que se inserta esta carta no va dirigido a científicos en cuanto a tales, por más que la ciencia despierte a menudo en mi alma tantos ecos parecidos a la poesía. Se dirige a personas que, de una u otra forma me han puesto en contacto con la belleza. No sé que pensarán las personas que tan violentamente se oponen a la evolución, pero a mí, oír con la inteligencia cómo la vida se despliega en el tiempo como una sinfonía compuesta por Dios, me parece de una belleza imponente. Es la Belleza de la Verdad. Es la Belleza de la mente de Dios. El comentario de Haldane al que antes me referí, me hace imaginarme al Creador componiendo la sinfonía de la vida. Lo imagino sonriendo entre divertido y amoroso al ver cómo, mientras él compone la línea melódica principal, la del hombre, aparecen, gracias al azar y a sus reglas de la armonía, acompañamientos de una enorme diversidad y riqueza formados por millones de especies de jirafas, virus, abedules, ornitorrincos y ballenas. Y escarabajos, muchos escarabajos. Y tú, que has intuido la partitura, me has abierto los ojos de la mente para hacerme capaz de intuirla y entenderla yo también. Leo el último párrafo de “El origen de las especies”:

“De esta manera, el objeto más impresionante que somos capaces de concebir, o sea, la producción de animales superiores, es resultado directo de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte. Existe grandeza en esta concepción de que la vida, con sus distintas facultades, fue originalmente alentada por el Creador en una o varias formas, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un comienzo tan simple, infinidad de formas cada vez más hermosas e impresionantes”.

Por eso te estoy enormemente agradecido. Por hacerme entender mejor el objeto más impresionante que somos capaces de concebir. Los nautilus espirales, los bosques de abedules, los cardúmenes de atunes, las manadas de elefantes y los hombres. La procesión de la vida. Por eso te escribo esta carta. Por eso espero que cuando mi tiempo en esta vida termine, pueda tener una localidad a tu lado para contemplar en el grandioso teatro de la eternidad, la representación de la vida y oír contigo, dirigida por Dios, la inefable música de la que sólo he podido ver de reojo la partitura que tú me has enseñado.

Mientras llega ese momento, recibe un abrazo.

Tomás.

Este texto pertenece a mi libro “Al sueño de la muerte hablo despierto”, editado por la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos)