31 de julio de 2007

Saramago y la conquista de América

Tomás Alfaro Drake

Temas: Saramago, conquista de América, exterminio de los indios de América del sur y central, Bartolomé de las Casas.

Saramago es un gran escritor, qué duda cabe. Nada menos que premio Nobel de literatura. Pero se puede ser un magnífico escritor y un pésimo analista de la historia, de la misma forma que se puede ser un extraordinario médico y un futbolista lamentable o un músico fuera de lo común y un espeleólogo con claustrofobia. Bajo la etiqueta de intelectual no cabe todo, aunque ese todo sea políticamente correcto.

Digo esto porque el pasado 11 de Julio, el señor Saramago fue invitado a la Fundación Carolina para pronunciar la conferencia inaugural del Primer Encuentro Internacional de Becas Líder y en ella hizo la siguiente afirmación, que denota su falta de familiaridad con la historia o su afán de manipularla para justificar determinadas corrientes o desprestigiar otras:

“En cinco siglos de humillación les robamos las creencias, la tierra, los dioses, les robamos todo”.

Indudablemente, toda conquista es siempre traumática para el pueblo conquistado y la historia está llena de ellas. Tamerlán arrasó media Asia, los Normandos privaron a los sajones de sus derechos sobre Britania, como estos lo habían hecho anteriormente con los celtas bretones y más recientemente, los ingleses exterminaron a los indios de América del Norte. Sería imposible enumerar exhaustivamente todos los ejemplos. Nos guste o no, eso forma parte de la historia. ¿Se imaginan a los sajones reivindicando que hace nueve siglos los normandos les atropellaron en Inglaterra? ¡Qué despropósito!

Sin embargo, la afirmación de Saramago trasluce una especial animadversión a la conquista hispano-lusitana de América del Sur y Central. Como si hubiese sido la más terrible de todas. Cuando, a pesar de la propaganda del pensamiento único dominante, la verdad es exactamente la contraria. Es cierto que la conquista española, como toda conquista, les robó la tierra a los conquistados. Pero lo de las creencias y los dioses es otra historia. Conviene recordar, porque es un hecho conocido, que la mayoría de las religiones autóctonas con las que se encontraron los españoles al llegar a muchos puntos del Nuevo Mundo, ofrecían sacrificios humanos en adoración a dioses sanguinarios. Junto a los conquistadores españoles llegaron los frailes y si hay algo que el rigor histórico impide decir, aunque la propaganda lo airee a los cuatro vientos, es que los frailes impusieron la religión por la fuerza. Antes al contrario, la inmensa mayoría de ellos, franciscanos, dominicos, agustinos y, más tarde, los sacerdotes jesuitas, fueron ardientes defensores de los indios. Ahí están fray Bartolomé de las Casas, nombrado por Carlos V, que da nombre a la Fundación Carolina, la voz de la conciencia oficial de la Corona española, fray Antonio de Montesinos, santo Toribio de Mogrovejo y un largo etcétera que sería demasiado largo de enumerar. Ahí están las traducciones de la Biblia y los Evangelios a la práctica totalidad de las lenguas vernáculas autóctonas, antes de que Lutero los tradujese al alemán. O la labor jurídica de Francisco de Vitoria que “obligó” al emperador a dictar las leyes de Indias de 1542, leyes sin precedente en la historia de ninguna conquista, en las que el conquistador se cuestiona sus derechos. Es cierto que estas leyes no llegaron a aplicarse por la codicia de los encomenderos, pero sí que suavizaron en gran medida la conquista. Todo historiador serio sabe que el libro del citado Bartolomé de las Casas “Brevísima historia de la destrucción de las Indias” es un panfleto, escrito bajo el excesivo celo de un ex encomendero converso, en buena hora, a la causa del derecho de los indios, pero usado por la propaganda antiespañola durante los últimos cinco siglos y adoptado ahora por la "intelectualidad" unidireccional.

Es verdad que, como en toda conquista, se les robó la tierra a los indios, pero no lo es menos que éstos abrazaron de buen grado una religión que les liberaba de las terribles crueldades de la suya y adoptaron una lengua que hoy permite que trescientos millones de personas compartan una literatura y una cultura.

Jamás, con una sola excepción, la religión cristiana se ha impuesto por la fuerza a un pueblo. No se impuso de esa forma en el imperio romano, no se impuso así a los pueblos germanos conquistadores ni a los victoriosos y terribles normandos ni tampoco a los indios conquistados de Latinoamérica. La excepción que confirma la regla es la imposición, por parte de Carlomagno, del cristianismo a los pueblos sajones conquistados por él.

Si queremos establecer una comparación histórica próxima sólo debemos analizar la situación de los indios autóctonos de Norteamérica, inexistentes o recluidos en reservas, con los de Sudamérica. Basta pasearse por, digamos, Chicago y Bogotá para que la diferencia quede patente. Es también verdad que murieron muchísimos indios. Pero si hubiese que buscar al máximo culpable, se llama gripe. Los indios no tenían defensas contra esa enfermedad, pero eso no es imputable a los conquistadores, salvo como un efecto involuntario de su presencia allí.

Tampoco conviene olvidar, si quiere uno ceñirse al rigor histórico, que la situación de los indios de Hispanoamérica empeoró drásticamente cuando las oligarquías criollas, generalmente de inspiración masónica, expulsaron a la Corona Española de América.

Así pues, las afirmaciones del señor Saramago, premio Nobel de literatura, dejan mucho que desear cuando se confrontan con el rigor histórico, no pasando de ser, en el mejor de los casos, una burda exageración y, en el peor, un interesado desenfoque del problema en aras de una “intelectualidad” que tiene que beber en esas fuentes para ser “comme il faut” y mantener su prestigio ante el coro de los grillos que cantan a la luna. Para muestra, un botón. Lean esta frase lapidaria. Lo ocurrido con los indios –nos informa el señor Saramago– “no es una injusticia histórica, es un crimen histórico”. Desgraciadamente, lo ocurrido con los indios es, simplemente, historia.

La cosa no sería tan grave si no fuese porque este tergiversado discurso se pronunció ante unos 100 jóvenes hispanoamericanos que participan en un programa de becas Líder organizado por la Fundación Carolina. No creo que una memoria histórica deforme sea un buen alimento para esos futuros líderes hispanoamericanos que pasan por una Fundación que tiene por objeto el entendimiento de la sociedad española y la de sus respectivos países.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Eso sucede cuando se le da mucha importancia a un escritor , que conocerá a fondo su oficio pero de ahí a creerlo una eminencia capaz de opinar con solidez sobre diversos temas ,es una exageración.