3 de julio de 2007

Carta a un católico antievolucionista

Tema: Evolución, evolucionismo, Darwin, darwinismo, religión, cristianismo.

Tomás Alfaro Drake
Carta a un católico antievolucionista.

La respuesta más furibunda a mi manera de ver la evolución compatible con el cristianismo la recibí de un buen amigo mío católico. Esta fue mi respuesta

Querido amigo:

Perdona que no te haya escrito antes esta carta en respuesta a tu escrito que me hiciste llegar antes de Navidad. Lo leí en Navidad y si no te he contestado antes ha sido por falta de tiempo. Bueno, no sólo por falta de tiempo, sino también, he de confesarlo, porque había algunas cosas en tu documento que me molestaron un poco personalmente. Que del relato que en mi libro de “El Señor del Azar” hago de la Anunciación transcribas sólo una parte y lo hagas pasar como una interpretación mítica del mismo, me pareció un poco retorcido. Pero el tiempo todo lo arregla y pasados unos meses y, sobre todo, con tiempo de vacaciones, te contesto.

Empiezo por lo más importante, el magisterio de la Iglesia que tú citas en san Pío X y Pío XII.

Efectivamente, san Pío X, a través de la Comisión Bíblica de 30 de Junio de 1909, nos enseña que todo cristiano debe respetar el sentido literal de la Escritura. Lo hace a través de la respuesta a siete dudas de las que en tu escrito citas algunas. Sería largo citarte aquí todas, máxime cuando tú debes tener la fuente. No obstante, a la respuesta de la duda III que tú citas, para poner todo en su contexto hay que añadir las respuestas a las dudas IV, V y VI que te transcribo.

“Duda IV: Si en la interpretación de aquellos lugares de estos capítulos que los Padres y Doctores entendieron de modo diverso, sin enseñar nada cierto y definido, sea lícito a cada uno seguir y defender la sentencia que prudentemente aprobare, salvo juicio de la Iglesia y guardada la analogía de la fe”.
“Resp.: Afirmativamente”.

“Duda V: Si todas y cada una de las cosas, es decir, las palabras y frases que ocurren en los capítulos predichos (se refiere a los tres primeros capítulos del Génesis) han de tomarse siempre y necesariamente en sentido propio, de suerte que no sea lícito apartarse nunca de él, aun cuando las locuciones mismas aparezcan como usadas impropiamente, o sea, metafórica o antropomórficamente, y la razón prohiba mantener o la necesidad obligue a dejar el sentido propio”.
“Resp.: Negativamente”.

“Duda VI: Si, presupuesto el sentido literal e histórico, puede sabia y útilmente emplearse la interpretación alegórica y profética de algunos pasajes de los mismos capítulos, siguiendo el brillante ejemplo de los Santos Padres y de la misma Iglesia”.
“Resp.: Afirmativamente”.


Parece claro que para la Comisión Bíblica, respetar el sentido literal de la escritura no quiere decir tomarla al pie de la letra. Esta afirmación, se apoyada también en santo Tomás de Aquino cuando dice:

“El sentido que se propone el autor [de las Escrituras) es el literal. Como quiera que el autor de las Sagradas Escrituras es Dios, que tiene conocimiento de todo al mismo tiempo, no hay inconveniente en que el sentido literal de un texto de la Escritura tenga varios sentidos [...) Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal, y en él se fundamenta”( Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Solución.).

“Por ejemplo, cuando la escritura habla del brazo de Dios, el sentido literal no está diciendo que Dios tenga brazo, en cuanto a elemento corporal, sino en cuanto fuerza para obrar, que es lo que el brazo significa”(Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Respuesta a la 3ª objeción.).

No me puede caber la más mínima duda que san Pío X tenía presente este pasaje de la Suma Teológica cuando refrendó con su autoridad la respuesta de la Comisión Bíblica. Confieso no poder decir exactamente donde está la línea entre el sentido literal y el pie de la letra. Pero me parece evidente, al leer el texto de la Comisión Bíblica alentada por san Pío X, que en el espíritu de la misma, en particular la respuesta a la cuestiónes II y III, esta salir al paso de los que dicen que el relato del génesis es un relato mitológico acerca de la cosmogénesis del universo. Todas las culturas tienen mitos para esa cosmogénesis y san Pío X quiere dejar claro que el texto del Génesis no es uno más. Dios realmente creó el universo, y lo creó bueno, y lo creó en el tiempo, y lo creó secuencialmente, es decir unas cosas a partir de otras, y puso al ser humano en la cúspide de su creación tras infundirle personalmente el alma, y les dio el estado de inocencia y el don de la inmortalidad, y les puso un mandamiento, y por su desobediencia, a instigaciones del diablo, perdieron la inocencia y la inmortalidad. Hasta aquí la literalidad, punto a punto expresada en la cuestión III. Pero no lo tomemos al pie de la letra. No modeló el cuerpo del hombre con sus manos, puesto que Dios no tiene manos. Lo creo del polvo de la tierra que, en definitiva, es lo que son las distintas especies de animales. Lo modeló con su Voluntad Todopoderosa, fue su Causa Primera. Pero usó, como para casi todo lo que hace, causas intermedias, que bien pueden ser las leyes de la evolución, diseñadas y supervisadas por Él. Le insufló el alma, aunque no lo hiciese soplándole en las narices. Este es el sentido literal que quiere dejar claro la Comisión Bíblica de san Pío X. Y de ninguna manera la teoría de la evolución vulnera el sentido literal así entendido. Así lo acepta hoy día desde la Congregación para la Doctrina de la Fe hasta el actual Papa, que nunca han anatemizado esta teoría.

En el camino entre san Pío X y Juan Pablo II, nos encontramos a Pío XII al que también citas en tu escrito.

En su alocución de inauguración del curso de la Pontificia Academia de las Ciencias en 1941, dice:

“El hombre, dotado de alma espiritual, fue colocado por Dios en la cima de la escala de los vivientes, como partícipe y soberano del mudo animal.
Las múltiples investigaciones, tanto de la paleontología como de la biología y morfología, sobre estos problemas tocantes a los orígenes del hombre, no han aportado hasta ahora nada de positivamente claro y cierto. No queda, por tanto, sino dejar al porvenir la respuesta a la pregunta de si un día la ciencia, iluminada y guiada por la revelación, podrá ofrecer resultados seguros y definitivos sobre punto tan importante”.

Por otra parte, en la encíclica “Humani generis”, se lee:

“Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohibe que, según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, de la doctrina del <> en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente –pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios– ; pero de manera que con la debida gravedad, moderación y templanza se sopesen y examinen las razones de una y otra opinión, es decir, de los que admiten y los que niegan la evolución, y con tal de que todos estén dispuestos a obedecer el juicio de la Iglesia, a quien Cristo encomendó el cargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe (Cf. Romanos 5, 12-19; Concilio de Trento sesión V, 1-4. Esta nota figura en la encíclica). Algunos, empero, con temerario atrevimiento, traspasan esta libertad de discusión al proceder como si el mismo origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuera cosa absolutamente cierta y demostrada por los indicios hasta ahora encontrados y por los razonamientos de ellos deducidos, y como si, en las fuentes de la revelación divina, nada hubiera que exija en esta materia máxima moderación y cautela”.

Estos textos de Pío XII respiran la misma prudencia que la exhortación del cardenal Bellarmino, hoy san Roberto Bellarmino a Galileo cuando este propuso el sistema heliocéntrico:

“En tercer lugar digo que, si hubiera una prueba real de que el Sol está en el centro del universo, de que la Tierra está en la tercera esfera y de que el Sol no gira alrededor de la Tierra, sino que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, entonces, deberíamos proceder, con gran circuspección, a explicar los pasajes de las Escrituras que parecen enseñar lo contrario y deberíamos más bien decir que no los entendemos antes que declarar falsa una opinión que está probada como cierta. Pero no creo que actualmente se tenga esa prueba, porque nadie me la ha enseñado. Demostrar que las apariencias se salvan asumiendo que el Sol está en el centro y la Tierra en los cielos, no es lo mismo que demostrar que, de hecho, el Sol está en el centro y la Tierra en los cielos. Creo que existe la demostración de lo primero, pero tengo serias dudas acerca de la segunda y en caso de duda, no se deben abandonar las Sagradas Escrituras tal y como las exponen los santos Padres...”(Opere XII p. 171. Transcrito por Drake pp.162-164 y Santillana pp. 98-100. Para profundizar en el tema ver “La victoria del sol”, Tomás Alfaro Drake, ediciones Palabra).

Pío XII pone en guardia a los cristianos para que no se precipiten a dar por probado algo que en 1951 no era más que una conjetura. Pero desde entonces hasta hoy, han pasado 53 años en los que la ciencia ha avanzado asombrosamente. La continua aparición de nuevos fósiles ha sacado a la luz la pista evolutiva de muchísimas especies. Especialmente ilustrativa es la línea paleontológica que sigue la vuelta de la ballena, de mamífero terrestre a marítimo, narrada por Stephen Jay Gould en el capítulo XXX de su libro “Un dinosaurio en un pajar”, cuya lectura te recomiendo, aunque haya muchas cosas en ese libro con las que no esté de acuerdo. Paralelamente al descubrimiento de nuevos fósiles ha hecho su aparición la genética molecular, iniciada con el descubrimiento del ADN por Watson y Crick en 1953. Hoy día es posible incluso determinar la distancia en el tiempo de la ramificación de dos especies de un tronco común por el análisis de las diferencias en el ADN de determinados genes. Es cierto, sin embargo, que la teoría de la evolución sigue siendo una conjetura. Todas las teorías científicas lo son. Son conjeturas válidas mientras no hay pruebas que las desmientan. Pero a medida que van haciéndose más experimentos que las corroboran, van adquiriendo un peso que, sin hacer que dejen de ser conjeturas, les confieren solidez y aceptación generalizada. La evolución, como la astronomía, tiene un problema científico: No se pueden diseñar experimentos “ad hoc”. No se puede producir una explosión de supernova cuando se quiere ni hacer nacer una nueva especie. La evolución tiene un problema adicional. Un astrónomo puede ver explosiones de supernovas. No cuando quiere, pero puede verlas, puesto que continuamente se están produciendo en el universo. Ningún paleontólogo puede ver el nacimiento de una especie. Con estas salvedades, la teoría de la evolución ha ganado un peso incontestable en los últimos 50 años y ningún científico serio, creyente o no creyente, la pone en duda.

No obstante, para los que pretenden negarla, hay dos formas de hacerlo:

La primera consiste en negarla por completo. Es el creacionismo. Dios creó el mundo con las especies que ahora lo pueblan. Si lo hizo así, hay que admitir su intención de engañar a nuestra inteligencia dejando fósiles falsos por todas partes que indican claramente la evolución. Eisntein dijo, y yo estoy de acuerdo con él, que “Dios Nuestro Señor es sutil, pero de ninguna manera es malicioso”.

La segunda pretende aceptar la evolución, pero negar que el cuerpo del hombre provenga de ella. Esto es difícilmente mantenible ya que hay una probada cadena de homínidos desde las distintas especies de Australopitecus al género Homo que inician ese camino. Es cierto que no todos los fósiles de este camino se han descubierto, pero la dirección está clara. Además ¿por qué Dios iba a hacer que todas las especies vivas surgiesen por evolución menos el cuerpo del hombre, animal racional, pero animal al fin y al cabo? Pío XII en uno de los textos citados anteriormente llama al hombre partícipe y soberano del mudo animal. Hay una buena respuesta a la pregunta anterior. Porque Dios tenía previsto desde toda la eternidad que su Hijo se hiciese hombre. Por tanto, la forma del cuerpo del hombre debe estar prevista también desde antes de todos los tiempos.

Pero esto sigue sin ser incompatible con la evolución. Sólo es incompatible con un “dogma de fe” evolucionista que no está demostrado, que es indemostrable con el que, por tanto, de ninguna manera es necesario comulgar y con el que yo, desde luego, no comulgo. Ese “dogma” establece que todas las mutaciones que han guiado la evolución se han producido por puro azar. Es cierto que este “dogma de fe” está insidiosamente mantenido por evolucionistas ateos que pretenden, absurdamente, usar la evolución como un argumento contra Dios. Y hay que tener mucho cuidado en no hacerles el caldo gordo a éstos. Si el “dogma” fuese cierto, podría pensarse que la forma del cuerpo del hombre sería fruto del azar y no del diseño de Dios. Esto se puede desarticular de muchas maneras. La primera acudiendo a san Agustín: “Nosotros no negamos la existencia de las causas llamadas fortuitas (de donde ha tomado el nombre la fortuna). Las llamamos ocultas y las atribuimos a la voluntad de Dios o de cualquier otro espíritu” (San Agustín. La ciudad de Dios. Libro V, capítulo 9.). Por lo tanto, según san Agustín, el azar está sometido a la voluntad de Dios, como no podía ser de otra manera. Pero también podemos acudir al “profeta” del evolucionismo, al propio Charles Darwin en “El origen de las especies”: “Hasta aquí –dice– he hablado como si las variaciones (mutaciones) tan comunes en los seres orgánicos en domesticidad, y en grado más pequeño en los que viven en estado natural, fuesen debidas a la casualidad. Es sin duda una expresión totalmente incorrecta, pero se utiliza para confesar francamente nuestra ignorancia de la causa de cada variación particular. [...] Consideraciones de este tipo me inclinan a atribuir menos peso a la acción directa de las condiciones ambientes, que a una tendencia a variar debida a causas que ignoramos por completo” (El origen de las especies, Capítulo V, Leyes de la variación. Efectos del cambio de condiciones.). O sea, que Darwin, el profeta del evolucionismo, el padre de la teoría de la evolución, tampoco comulgaba con ese “dogma”. Por tanto, la evolución del cuerpo del hombre no entra en contradicción con lo que creemos por fe, puesto que de ninguna manera, por mucho que les pese a los manipuladores, las leyes de la evolución hacen que ésta se pueda sustraer de la finalidad querida por la voluntad de Dios.

Otro punto que hay que mantener muy claro cuando se admite la evolución, como parece que hay que hacer, es la donación del alma por Dios a cada hombre. Difícilmente aquí podremos entrar en polémica científica, puesto que el alma se sustrae a las categorías científicas. Un ateo, científico o no, negará la existencia del alma inmortal dada por Dios, pero no podrá negarnos a los que creemos en ella, que Dios se la insufle a cada hombre. La discusión sobre la existencia de Dios y del alma se enmarca en un cuadro absolutamente diferente de la evolución, por lo que, desde luego, no procede aquí. Sin embargo, hay sólidas razones para considerar que la inteligencia no ha surgido de la evolución. No es una demostración apodíptica pero son múltiples y sólidas razones las que apoyan esto. Establecer más allá de toda duda razonable que la inteligencia no ha salido de la evolución es una sólida plataforma para la creencia en la donación del alma por parte de Dios a cada hombre. Para no embrollar esta carta te pongo en un apéndice lo referente a este tema que escribí hace un par de años.

Así pues, salvada la voluntad divina en el diseño del cuerpo del hombre a través de la evolución, y salvado el otorgamiento del alma por Dios al hombre, ¿qué hay en la evolución que vaya contra las creencias cristianas? Creo que nada. Como creo que nada en ella se opone a las magníficas llamadas de atención de san Pío X y de Pío XII antes citadas. Y tampoco Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I ni Juan Pablo II se han opuesto a ella.

El día de la charla que dio origen a esta carta, me dijiste que cuando comulgabas y tomabas, por tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo, no estabas tomando el cuerpo y la sangre de un mono. Es evidente que no. Si la teoría de la evolución fuese falsa y tuviésemos que aceptar el pie de la letra del texto del Génesis, tampoco estaríamos tomando un bocado de barro. Siendo cierta o falsa la teoría de la evolución, lo que hace distinto el cuerpo de un hombre del de un mono o del barro, no es la composición química sino, acudiendo al hilemorfismo, la forma hombre. Si de composición química se tratase, el cuerpo de un mono estaría más cerca que el barro del cuerpo de un hombre. Pero, afortunadamente, Dios a tenido la delicadeza con los hombres de que cuando comamos su cuerpo, lo hagamos bajo las especies de pan y vino.

Pero voy un poco más allá. Para mí, y esto es, naturalmente, una cuestión personal, la evolución es un proceso de una enorme belleza que me ayuda a entender mejor a Dios y su forma de actuar en el mundo a través de causas segundas, a alabarle y darle gloria. Te trascribo el último párrafo de “El origen de las especies” que refleja lo que te acabo de decir.

“De esta manera, el objeto más impresionante que somos capaces de concebir, o sea, la producción de animales superiores, es resultado directo de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte. Existe grandeza en esta concepción de que la vida, con sus distintas facultades, fue originalmente alentada por el Creador en una o varias formas, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un comienzo tan simple, infinidad de formas cada vez más hermosas e impresionantes”.

Termino esta carta con algunas reflexiones personales. Creo que hay muchas cosas en las que los católicos debemos librar una ardua batalla en contra del ateismo y el secularismo. Le va en ello mucho a la humanidad. Por eso hay que librar las batallas necesarias y con los argumentos correctos. Y ni la lucha contra el evolucionismo es una batalla que haya que librar, ni los argumentos para librarla pueden ser los correctos, puesto que van contra la lógica y el sentido común. En el libro “Un siglo, una vida” de Jean Guitton hay una frase que Guitton leyó en el diario de su madre, que me ha llamado mucho la atención. Dice: “Es necesario que se restablezca la armonía entre los modernos sin fe y los creyentes sin modernidad. Hace falta que los primeros se reencuentren con Dios. Pero hace también falta que los segundos caminen hacia delante sobre la tierra”.

Creo que, como católicos, es nuestra obligación, para el bien de la Iglesia de Cristo y, por tanto, de la humanidad adoptar la segunda actitud descrita por la madre de Guitton.

Un fuerte y fraternal abrazo

Tomás.
Apéndice:
¿Salió la inteligencia de la evolución?
Transcrito de otro escrito mío.

Basándose en lo que la ciencia dice sobre el proceso evolutivo, me parece muy difícil sostener que la inteligencia saliese de la evolución natural. No existe, sin embargo, posibilidad de dar una respuesta empírica incontestable a esto, por lo que cada uno debe hacer su juicio de valor, a la vista de los argumentos que voy a exponer a continuación.

Analicemos, en primer lugar, los puntos clave del proceso natural de la evolución. Algunas mutaciones de las que inevitablemente se producen el genoma de cualquier especie, tienen un efecto en las características físicas del individuo de la especie que lo sufre. Si es así, la nueva característica física causada por la mutación puede favorecer o perjudicar las posibilidades de supervivencia del individuo que la sufre. Si sus posibilidades de sobrevivir disminuyen, el individuo generará menos descendencia y ese gen mutado, acabará por desaparecer. Si por el contrario, sus posibilidades de sobrevivir aumentan, dejará más descendencia y el gen mutado se propagará con el paso de las generaciones a más y más individuos de la especie, pudiendo llegar incluso a ser mayoritaria en la especie. Esto es lo que Darwin llamaba la “lucha por la vida”. Es importante despojar este concepto darwinista de lucha por la vida de todo carácter violento. Un conejo con un olfato algo más fino que otro congénere, detectará la presencia de un depredador una décima de segundo antes y podrá huir, mientras que el otro será cazado. No ha habido enfrentamiento de ningún tipo entre ambos conejos. Importa también destacar que sólo los caracteres heredados o adquiridos por mutación genética se transmiten. Si yo mañana me entreno para correr los 100 metros y llego a correrlos en 10 segundos, esto no hará a mi hijo mejor corredor. Mi capacidad innata, o adquirida por mutación, para correr velozmente es lo único que heredará mi hijo. La mejora de mi marca por el entrenamiento sólo me beneficiará a mí.

Si un grupo de antílopes de la sabana africana que comen frutos de los árboles se encontrase con que la altura de los éstos va aumentando, aquellos que tuvieran, por casualidades de la vida, el cuello más largo, tendrían más probabilidad de sobrevivir. Los de cuello más corto pasarían hambre y no tendrían energías para vencer a los otros el la reproducción. Poco a poco los genes que priman la longitud de cuello se extenderían y todos los antílopes tendrían el cuello más largo. Si el proceso de aumento de altura de los árboles siguiese, la longitud del cuello de los antílopes seguiría aumentando, hasta convertirse en jirafas. Una última puntualización sobre esta rápida descripción del proceso evolutivo. La evolución sólo acepta beneficios a plazo inmediato. Un antílope de cuello más largo en una sabana en la que los árboles son bajos, no tiene ninguna ventaja. Al contrario, puede tener desventajas porque bombear su sangre hasta la cabeza requiere más energía del corazón y esta energía empleada en bombear la sangre no se puede emplear en huir de un depredador. Tal vez, un millón de años más tarde – el tiempo de la evolución se mide en millones de años – los árboles crezcan y el cuello largo llegue a ser una ventaja. Pero la evolución no primará ni un año algo que hoy es una desventaja competitiva. No aparecerán las jirafas hasta que no crezcan los árboles. En las empresas humanas una persona puede renunciar a un beneficio hoy en aras a un mayor beneficio en el futuro. Si hablamos de una empresa comercial, los accionistas pueden subvencionar pérdidas a corto plazo, en espera de pingües beneficios futuros. No hay subvenciones en la evolución. Todo tiene que ser rentable a plazo inmediato. Los topos han perdido los ojos después de convertirse en animales excavadores subterráneos, por que no salía a cuenta el coste de mantener ojos.

Antes de ver si estos mecanismos de la evolución natural han podido generar la inteligencia humana, tendremos que tener alguna idea clara sobre lo que es la inteligencia humana. Después de ver qué es la inteligencia, espero que quede claro que la expresión inteligencia humana es una redundancia si se aplica al mundo de la naturaleza. No hay inteligencia que no sea humana. Yo definiría la inteligencia como la capacidad de:

1º Pensar el mundo exterior bajo una forma distinta de la que nos presenta la realidad inmediata. Por ejemplo, todos sabemos que las vacas no vuelan. Nadie ha visto nunca a una vaca volar. Pero todos hemos visto vacas y hemos visto pájaros volando. Nuestra inteligencia nos permite imaginar un mundo en el que las vacas volasen. Ningún animal podría imaginarse semejante cosa porque su imagen de la realidad sólo puede ser la que sus sentidos le proporcionan de forma directa.
2º Emitir juicios de valor sobre si ese mundo imaginado es o no posible.
3º Determinar estrategias y formas de actuación que puedan pasar del mundo dado directamente por los sentidos al imaginado. Nuestro mundo no es un mundo justo, pero el hombre puede imaginar un mundo justo, juzgar que es posible hacer que nuestro mundo se acerque al imaginado y poner en marcha estrategias para conseguirlo.
4º Evaluar los costes, en un sentido muy amplio de la palabra, de conseguir la meta propuesta.
5º Juzgar si merece la pena o no intentarlo.

Por supuesto que nuestra inteligencia se puede equivocar en sus apreciaciones, pero puede hacerlas. Ningún otro ser del mundo físico puede hacer algo similar. . Stephen Jay Gould, en su libro “Un dinosaurio en un pajar” dice: “Los chimpancés son listísimos, pero nunca reflexionarán sobre la posición genealógica de los cangrejos rey”.(Stephen Jay Gould. “Un dinosaurio en en pajar”. Capítulo 30: “Si los reyes pueden ser ermitaños, entonces todos somos tíos de los monos”. Pág. 409. En realidad, Jay Gould dice esta frase en un contexto en el que intenta decir que no somos tan distintos de los monos. Y es verdad. No lo somos en brazos, ojos e, incluso, en el tamaño del cerebro. Pero sí, y radicalmente, en lo que se refiere a la capacidad de investigar sobre la posición de los cangrejos rey en el árbol geológico de las especies.) La inteligencia así definida es privativa del ser humano. Es cierto que a veces atribuimos inteligencia a determinados animales. Una rata aprende a apretar un botón cuando tiene hambre. Pero ese aprendizaje no es más que repetición de lo que ha visto que ocurre. Apretar este botón = comida. Ningún perro podría pensar en dar un “golpe de estado” para convertirse él en amo y el amo en animal de compañía. Las abejas hacen celdas perfectamente hexagonales, pero es puro instinto. No podría ocurrírseles hacerlas triangulares, aunque eso fuera mejor. Es posible que en el pasado hiciesen celdas irregulares, pero resulta que el hexágono es la figura geométrica que permite hacer un panal con menos cera. Pero no han llegado a hacer las celdas así por reflexión. La evolución natural, aplicando las reglas que antes hemos expuesto, es la que ha llevado a su instinto a hacer este tipo de celdas. Sólo el ser humano, por la facultad de su inteligencia ha llegado a ver que los depósitos de petróleo deben ser esféricos - ¿quién no ha visto este tipo de extraños depósitos en una refinería? – porque con menos chapa se puede almacenar más petróleo. En forma muy resumida, a este conjunto de condiciones que definen podríamos llamarlo también pensamiento abstracto o pensamiento simbólico.

Vamos ahora a analizar si parece razonable que las leyes de la evolución natural hayan hecho surgir la inteligencia tal y como acabamos de definirla.

1º argumento.
Nadie puede dudar que la inteligencia es, de lejos, el arma más poderosa para la supervivencia. (Aunque acabamos de ver que, como efecto secundario indeseable, puede convertirse en la más terrible amenaza para dicha supervivencia). El ser humano es, de lejos, la especie que más a proliferado. Seguramente haya más mosquitos que hombres, pero seguro que no hay más kilos de mosquitos que de hombres. Si hay una cosa que caracteriza a la evolución natural, es su capacidad para llenar todos los “huecos” de supervivencia por muchos caminos. Si para un ser vivo, tener apéndices que pinchen es una ventaja competitiva, los toros los tendrán hechos de hueso, los rinocerontes de pelos duros, los elefantes de dientes, las rosas y zarzas de parénquima, etc. etc. etc. ¿Es razonable pensar que la más poderosa arma de supervivencia haya surgido sólo una vez y en una sola especie? A mí me parece que no. Si fuese algo surgido de la evolución natural tendría que ser algo compartido por un gran número de especies de muy diferentes formas.


2º argumento.
El cerebro es un órgano extremadamente “caro”. Mantenerlo a la temperatura que necesita para funcionar le cuesta al organismo una gran cantidad de energía. Un chimpancé en reposo gasta más o menos un 11% de la energía en mantener su cerebro en condiciones de funcionar, mientras que nosotros, Homo Sapiens, gastamos el 23%. (Véase “Incidencia de la dieta en la hominización”, William R. Leonard, Investigación y Ciencia Febrero 2003, William R. Leonard es profesor de antropología de Northwestern University. Se doctoró en 1987 en antropología biológica por la Michigan University en Ann Arbor. Ha estudiado grupos de campesinos indígenas de Ecuador, Bolivia y Perú y pueblos pastores de Siberia central y del sur.) Desde hace unos 3,5 millones de años en que apareció el primer homínido conocido, el Australopithecus Afarensis, que como el chimpancé venía a gastar en su cerebro el 10% de la energía que necesitaba, este porcentaje no ha dejado de crecer. El Australopithecus Africanus, aparecido hace 2,5 millones de años, gastaba el 12% de su energía en el cerebro. El cuadro siguiente ilustra este proceso junto con otros datos de volumen del cerebro y coeficiente de encefalización. (El coeficiente de encefalización es la proporción entre el peso real del cerebro y el peso que debería tener según una relación general entre peso del cerebro y peso del cuerpo. Si un animal tiene un coeficiente 1, significa que su cerebro es “normal” en relación con su cuerpo. Un coeficiente 2 significaría que su cerebro pesa el doble de su peso “normal”).

Nombre, Antigüedad, Volumen del cerebro, Coeficiente de encefalización, % energía gastada en el cerebro.
Australopithecus Afarensis, 3,5 mill. años, 385 c.c., 2,3, 11%
Australopithecus Africanus, 2.5 mill. años , 415 c.c., 2,4, 12%
Australopithecus Boisei, 1,7 mill. años, 500 c.c., 2,5, 12%
Homo Habilis, 1,7 mill. años, 600 c.c., 2,6, 15%
Homo Erectus, 1,1 mill. años, 900 c.c., 2,7, 17%
Homo Sapiens antiguo, 0,5 mill. años, 1150 c.c., 5, 21%
Homo Sapiens Sapiens, 0,3 mill. años, 1350c.c., 5,4, 23%

Pero si el gasto energético del cerebro es del 23% en los adultos, en los recién nacidos alcanza el 60%. Esto obliga a que tengan una reserva de grasa enorme, que da a los bebés su aspecto rechoncho tan característico. (Véase “Evolución humana; alimentos y pensamiento”, Kate Wong, Investigación y Ciencia Agosto 2002, pág 4). Pero darles ese aspecto tan tierno, le cuesta a la madre durante la gestación, la lactancia y la cría, el tener que dedicar un altísimo porcentaje de su dieta a su hijo, con la consiguiente merma de su capacidad de supervivencia. Pero este enorme “gasto” en el cerebro, no es sólo energético. Una cabeza tan enorme del bebé, hace el parto extremadamente difícil y largo (Véase “La evolución del parto humano” Karen R. Rosenberg y Wenda R. Trevathan. Investigación y Ciencia Enero 2002. Karen Rosembreg, paleoantropóloga, de la Universidad de Delaware es especialista en morfología de la pelvis. Ha estudiado fósiles de homínidos de Europa, Israel, China y Sudáfrica. Wenda Trevathan, antropóloga física de la Universidad Estatal de Nuevo Mexico, se ha interesado por el parto, el comportamiento maternal, la sexualidad, la menopausia y la medicina evolutiva.), lo que produce un alto porcentaje de muertes de madres e hijos, tanto por causas naturales como por exposición a depredadores. Todos las monas paren a sus crías de forma que cuando estas nacen, su cara puede mirar a la de su madre. Gracias a esto, la madre puede limpiar las vías respiratorias de su cría, facilitando el inicio de la respiración. En el parto humano, el tamaño del cerebro de la cría y la forma de la pelvis de la madre (La forma de la pelvis, más estrecha en el hombre que en los monos, es debida a la posición erguida al andar. Lo que hace que el crecimiento evolutivo del cerebro fuese contrario a otra tendencia evolutiva necesaria para que el hombre sea hombre: la posición erguida. Véase “La especie elegida” de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, págs. 97 y 98.), hacen que la cara de la cría tenga que orientarse hacia atrás, lo que impide que la madre facilite la respiración de la cría desde el primer momento, aumentando considerablemente la mortandad en el parto. ¿Cómo puede explicarse que la evolución primase la existencia de algo tan “caro” en energía y muertes como el cerebro? La respuesta sería evidente si la evolución de la inteligencia fuese pareja al desarrollo del cerebro. La mayor cantidad de energía necesaria para mantener el cerebro y la mortandad causada por el parto, se compensaría con creces por la mayor capacidad de búsqueda de alimento y la mayor capacidad de supervivencia causada por la inteligencia. Pero ésta no apareció paulatinamente de la mano del aumento de la capacidad craneana o del coeficiente de encefalización. La inteligencia simbólica apareció repentinamente hace unos 30.000 ó 40.000 años (Véase “Homínidos contemporáneos”, Ian Tattersall. Investigación y Ciencia Marzo 2000. Ian Tattersall es director del departamento de antropología del Museo Americano de Historia Natural.), cuando el Homo Sapiens Sapiens llevaba existiendo desde 270.000 años antes. Los restos fósiles atestiguan que el Homo Sapiens idéntico a nosotros existió hace 300.000 años, pero la arqueología nos dice que el pensamiento simbólico – pinturas, enterramientos, etc. – no aparecen hasta hace tan sólo 30.000. ¿Cómo pudo el Homo Sapiens con un cerebro tan caro como el nuestro, pero sin la inteligencia simbólica, mantenerse en la lucha por la vida durante 270.000 años? Si la inteligencia apareció de un salto y la encefalización fue paulatina, desde hace 3,5 millones de años, el cerebro era más caro de lo que el ingenio que llevaba aparejado pudiera soportar. Sin duda que la evolución hizo que cada homínido fabricase herramientas cada vez más perfectas, piedras mejor talladas, como las abejas llegaron a construir celdas hexagonales, pero para eso no hacía falta tanto cerebro. ¿Cómo pudieron sobrevivir los homínidos con ese exceso de cerebro inútil? De hecho, no lo hicieron. Como si de una maldición se tratase, los distintos tipos de homínidos se iban extinguiendo, en brevísimos lapsos de tiempo, a medida que aparecían otras especies más evolucionadas. De hecho, si se construye un gráfico en el que en el eje horizontal se coloca el peso corporal de todas las especies vivas y en el vertical el peso del cerebro, todas las especies aparecen agrupadas cerca de una recta. Sólo el hombre se encuentra aislado, muy por encima de esa recta, con un peso cerebral mucho mayor del que le correspondería. Parece como si el puente que permitió al hombre llegar a esa situación se hubiese ido hundiendo a medida que él pasaba.

3º Argumento.
Lo mismo que acabamos de ver con el cerebro ocurrió con el aparato anatómico necesario para el habla (Véase “El origen de la mente” Juan Luis Arsuaga Ferreras e Ignacio Martínez Mendizábal. Investigación y Ciencia Noviembre 2001. Arsuaga y Martínez son paleontólogos. Arsuaga es catedrático de paleontología de la Universidad Complutense de Madrid y codirige el equipo de investigación de los yacimientos cuaternarios de la sierra de Atapuerca. Martínez es docente de la Universidad de Alcalá de Henares y miembro del equipo de atapuerca. Ambos investigadores han abordado en diversos trabajos el problema del origen del lenguaje y de las capacidades mentales modernas.). Todos los antropólogos coinciden en que el habla es inseparable del pensamiento simbólico, es decir, de la inteligencia. Es indudable que el habla es una importantísima ventaja competitiva para la supervivencia. Pero tiene su coste, y un coste alto. Uno de los momentos en los que cualquier animal está más expuesto a los depredadores es cuando se acerca a beber. En las charcas o fuentes a las que necesariamente tiene que ir a beber suelen estar apostados los depredadores al acecho de sus presas. Todos los animales que pueden ser presas de otros han desarrollado métodos para beber lo más deprisa posible y acortar el tiempo de peligro. En concreto, pueden beber y respirar al mismo tiempo. Sin embargo, el aparato del habla del ser humano está constituido de tal manera que le impide beber y respirar al mismo tiempo, lo que alarga notablemente el tiempo de abrevar. Una vez más, si el aparato del habla hubiese surgido después o al mismo tiempo que la inteligencia, sus desventajas hubiesen quedado sobradamente compensadas por sus ventajas competitivas. Pero, el aparato del habla se desarrolló unos 300.000 años antes que la inteligencia.

4º Argumento.
Si hay algo que la evolución no hace jamás es que aparezcan funciones que no sirven para la estricta supervivencia. Por ejemplo, de todas las frecuencias del espectro electromagnético, los ojos sólo perciben una pequeña parte, la luz visible entre el rojo y el violeta. Toda la gama de frecuencias del infrarrojo para abajo y del ultravioleta para arriba pasan desapercibidos para el ojo humano. ¿Por qué? Porque percibirlas no contribuye para nada a mejorar las posibilidades de supervivencia de una especie y sí tendría un alto coste. Apliquemos esto a la inteligencia. ¿De qué le sirve al hombre para su supervivencia como especie saber de qué están hechas las estrellas o que los protones están formados por quarks? No creo que les sirva de mucho. Les sirve, eso sí para preguntarse; ¿para qué estoy aquí? ¿Cuál es el sentido de mi vida en medio de este cosmos inmenso? Le sirve para sustentar las nociones de Verdad, Bondad, Belleza y Unidad que, como dijo Aristóteles hace veinticinco siglos, son los trascendentes del hombre, los cuatro pilares que trascienden a su existencia temporal. Le sirven para, apoyándose en estos cuatro pilares, buscar la respuesta a las preguntas anteriores. ¿Podría la evolución natural dotar a una especie de estas habilidades tan “inútiles” para la supervivencia en este mundo?

5º Argumento.
El proyecto Genoma Humano ha conseguido descifrar la totalidad de la carga genética del ser humano y ha traído consigo algunas sorpresas (Véase “El genoma humano; Un año después” Juan Carlos Argüelles. Investigación y Ciencia Marzo 2002). Se estimaba que el hombre disponía de unos 80.000 a 100.000 genes, pero resulta que sólo dispone de unos 31.000. Esta cifra representa poco más del doble de la de algunos invertebrados inferiores y tan sólo unos 300 genes más que el ratón. En el artículo citado en la nota a pie de página anterior, el autor dice: “Es desconcertante cómo a partir de esta – aparentemente escasa – información codificada, se elaboran a lo largo del desarrollo embrionario estructuras tan complejas como el cerebro. [...] Es evidente que la configuración única del ser humano como especie biológica reside en sus genes, pero también lo es que el reducido número de genes ahora identificado no basta para explicar nuestra complejidad singular”.

Parece, pues, altísimamente improbable que la inteligencia haya salido del crisol de la evolución natural. Más bien parece que no ha salido de ahí, sino que ha aparecido de una manera desconocida sobre una sola especie viva que ha venido preparándose físicamente para recibirla desarrollando un cerebro y un aparato del habla no rentables en términos evolutivos, antes de que apareciese la inteligencia. Cedo la palabra a Ian Tattersall, al que ya he citado hace unas líneas.

Sin desdecirme de lo anterior, resulta asimismo cierto que H. Sapiens constituye el protagonista de algo insólito. [...] Pese a estar rodeado de bastante confusión cuanto atañe al origen de la morfología de H. Sapiens, todo indica que se produjo en África. Quizás entre 150.000 y 200.000 años atrás. El comportamiento moderno apareció mucho más tarde. [...] Los H. Sapiens que invadieron Europa (Hace unos 40.000 años) llevaron consigo pruebas abundantes de un tipo de sensibilidad moderna sin precedentes y completamente desarrollada. [...] Más significativo es que con ellos iba el arte, del que dejaron estampa en objetos tallados, grabados y magníficas pinturas rupestres. Inscribían signos de registro en huesos y tablillas de piedra. Fabricaban instrumentos musicales de viento. Elaboraban delicados adornos personales. Enterraban a sus muertos, ofreciéndoles objetos rituales (que, además de la creencia en una vida ultraterrena, nos indican una estratificación social, porque no todas las tumbas presentan el mismo tratamiento). Sus asentamientos, muy organizados, evidencian estrategias de caza y pesca. La innovación técnica, producida antaño de forma intermitente, dejó paso a un proceso de refinamiento constante. Sin la menor duda, aquellas gentes éramos nosotros. [...] La explicación de las diferencias entre [el H. Sapiens de] Europa y Oriente reside, muy probablemente en la aparición de la cognición moderna, que podemos suponer de consuno con el desarrollo del pensamiento simbólico. [...] por último, debemos considerar la aparición de algo totalmente inesperado [el pensamiento simbólico] gracias a una casual coincidencia. [...] Si combinamos todas estas observaciones podemos ver que, aunque la adquisición del pensamiento simbólico tuvo profundas consecuencias, el proceso de su aparición no fue excepcional. [...] Pero podemos afirmar que nuestro linaje pasó a disfrutar de un pensamiento simbólico desde un estado precedente no simbólico. La única explicación verosímil es que, con la llegada del H. Sapiens anatómicamente moderno, las EXAPTACIONES previas se combinaron por azar con pequeños cambios genéticos, creando un potencial sin precedentes.
No podemos dar por completo este relato pues los humanos anatómicamente modernos siguieron siendo arcaicos [sin pensamiento simbólico] durante mucho tiempo antes de adquirir un comportamiento moderno. [...] No podemos afirmar con seguridad en que consistió la innovación de marras.

Eso de las EXAPTACIONES es un retruécano extraño al lenguaje evolutivo, de forma que Taterstall lo aclara:

Exaptaciones: Caracteres adquiridos en un contexto antes, a menudo mucho antes, de que pasen a formar parte de otro. Por ejemplo, los homínidos poseían un aparato fonador básicamente moderno desde hace cientos de miles de años; mucho antes de que, a partir de un registro cultural, pudiéramos pensar que poseían el lenguaje articulado que la peculiar morfología del aparato fonador les permitía. (En toda esta cita de Tattersall, las frases u omisiones entre corchetes son mías. El original puede verse en el artículo de Investigación y Ciencia citado en otra nota.)

He usado las palabras de un científico que jamás apoyaría otra tesis, fuera de la naturaleza, como causa de la aparición de la inteligencia y me he tomado la libertad de subrayar en negrita algunas frases. Decir que el proceso de aparición del pensamiento simbólico no fue excepcional y que la única explicación verosímil sea embarcarse en exapataciones, combinaciones al azar de pequeños cambios genéticos para la “innovación de marras”, que resulta ser la más radical innovación de la historia de la vida en el planeta, me parece intentar evitar a toda costa explicaciones mucho más plausibles, aunque no sean naturales. ¿Puede esta desconocida y misteriosa fuente de la inteligencia ser Dios? Si no lo es, ¿cuál es? Si lo es, entonces en los planes de quien nos dio la inteligencia estaba el que ésta aspirase, a través de la Verdad, la Bondad y la Belleza, a la religión como una necesidad ineludible de supervivencia. Y buscando maneras de poder vivir en un mundo que la inteligencia hace al mismo tiempo dominable e insoportablemente destructivo, el hombre encuentra a su Creador. Permítaseme citar una carta de C. S. Lewis a su amigo Sheldon Vanauken contestando a su pregunta sobre si la religión podría ser un engaño de nuestros deseos.

“Y ahora, otra cosa sobre los deseos. El deseo de creer algo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero, ¿Qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: “Tener hambre no prueba que tengamos pan”. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto tenga comida, si prueba que existe la comida. P. Ej; si fuéramos una especie que no comiera, normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo es “feo”. Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista, ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hiciesen, ¿no sugeriría fuertemente ese mismo hecho que no habían sido siempre criaturas acuáticas? Date cuenta de cómo continuamente nos sorprendemos el paso del tiempo. (¡Cómo vuela el tiempo! ¡Parece mentira que fulanito ya sea mayor y se case! ¡Casi no puedo creerlo!”) En nombre del cielo, ¿por qué? A menos que, en realidad, haya algo en nosotros que no sea temporal...”