19 de marzo de 2008

Carta a Paul Elie Ranson y Maurice Denis

Madrid, 24 de Diciembre de 2004.

Del libro "Al sueño de la muerte hablo despierto" Tomás Alfaro Drake. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)

Carta para entregar a Paul Elie Ranson y Maurice Denis, ambos pintores franceses a caballo entre los siglos XIX y XX.

Queridos Paul y Maurice:

Hace unos días nada sabía de vuestra existencia. Pero uno de los fines de semana pasados fui a ver la exposición sobre Gaugin que se exhibe en Madrid estos días. La pintura impresionista me impactó desde la primera vez que la vi. Entendí inmediatamente por que se llamó impresionista a esa manera de pintar. Sin embargo, de los pintores impresionistas y postimpresionistas, Gaugin fue de los que menos impacto me causó. Por eso, ante el anuncio de la exposición monográfica dedicada a él, no me entusiasmé demasiado y, probablemente, no hubiese ido. Pero una mañana de lunes de un largo puente, mi mujer me empujó a ir. Fuimos, y después de una larga cola, entramos.

Me llevé una grata sorpresa, porque la exposición, a pesar de llevar el nombre de Gaugin, no era monográfica de él. Más bien era un recorrido que arrancaba de Gaugin y mostraba el camino hacia el simbolismo. Cuando voy a un museo, no lo veo cuadro a cuadro. Me paseo por las salas, barriendo la pintura con la mirada. Si veo algo que me llama la atención de una forma especial, me acerco y lo contemplo, para luego seguir con mi paseo. Me veo a mí mismo representado en la música de los “cuadros de una exposición” de Mussorgsky. Casi lo que más me gusta es el paseo. Así lo hice en esta ocasión y me paré en los cuadros que me parecieron memorables. Descubrí, en primer lugar, al Gaugin anterior a su época tahitiana, y fue un agradable descubrimiento. Me impresionaron mucho unos olivos de Van Gogh. Parece que, harto de ver, según decía un texto en la pared, oraciones en el huerto de los olivos con árboles que no eran olivos, se decidió a pintar unos de verdad. El trazo atormentado de Van Gogh creaba unos olivos maravillosamente retorcidos que me recordaron a los versos de Miguel Hernández en “Andaluces de Jaén”.

“...
unidos al agua pura
y a los planetas unidos
juntos dieron la hermosura
de sus troncos retorcidos”.


¡Qué olivos! Parecía que Van Gogh hubiese inventado su forma de pintar expresamente para ellos.

Pero seguí con mi paseo.

Y de repente, por entre la multitud que atestaba la sala, atisbé, Paul, tu cuadro, el que me hace escribirte. Algo sonó dentro de mí que me hizo acercarme. Allí estaban, Cristo y Buda. Tu Cristo y tu Buda. Te acabo de decir, Paul, que antes de ese día ni siquiera había oído tu nombre. Después, lo he buscado en Internet y, debo decirte que hay muy poco sobre ti, casi nada. Así que lo que voy a decirte responde exclusivamente a la impresión que tu cuadro causó en mí, no a lo que tú quisieras expresar o no. Pero los artistas, cuando dais vuestro arte al mundo, dejáis de ser su dueño, porque lo que hace experimentar a quien lo contempla es lo que lo transforma en arte.

Vi tres cuartas partes del cuadro llenas de dos Budas que reflejaban la tristeza de la vida, su oscuridad azulada, su negación de la esperanza a través de un verde triste, su búsqueda del olvido, del nirvana, de la extinción. Vi unas flores de loto como las que comían los lotófagos de la Odisea para olvidar su patria y su destino. Budas de una belleza vacía, muerta, con ojos sin pupila ni expresión, que ofrecían la nada y la resignación sin esperanza. Sólo la cesación del dolor a través del desapego. Pero en el lado izquierdo, arriba, estaba Cristo crucificado. No era un cristo bello. Apenas una mancha blanquecina, sin rostro con los brazos extendidos sobre el madero. “No había en él belleza ni esplendor, su aspecto no era atractivo” [1]. Pero estaba en medio de una luz esplendorosa. Nubes como olas de luz, viajaban hacia la playa de su cuerpo, como atraídas por Él, llenas de esperanza en algo que trascendía a la muerte. Era la aceptación del dolor por algo, por alguien que le daba sentido, que lo transformaba en luz y alegría. Estuve un buen rato estupefacto. Cuando la impresión dejó paso a una mirada más detallada, me di cuenta de que las nubes de luz formaban como tres arcos de olas en la playa. Pero no eran nubes, eran rostros en oración. Rostros y manos con las palmas unidas, resplandeciendo con una luz misteriosa y brillante, henchida de esperanza, que habían recibido del crucificado y a Él la ofrecían. “Contempladle y quedaréis radiantes”[2]. Eran los rostros de los bienaventurados, en tres de los nueve círculos que el Dante describiría en la Gloria. En primera instancia no había notado la presencia de esos rostros y manos orantes. Pero una vez percibidos eran nítidos, reales. Era tan imposible que pasasen desapercibidos que me pregunté por qué no los había descifrado a primera vista. Pasé otro buen rato en la contemplación del contraste entre Cristo y Buda. Se me vino a la cabeza el texto que escribió mi padre en su cuaderno de notas la noche antes de morir, sus últimas palabras, escritas desde la salud y ajeno a la muerte que le esperaba en el siguiente amanecer: “Amo el nirvana pensante. El sueño sabiendo que se vive. La profundidad sapiente que une a Dios, que no hace nada, porque todo lo tiene hecho. ¡Bendito sea Dios!”. Me pregunté si mi padre, que era también pintor, habría visto tu cuadro y le habría inspirado lo del nirvana pensante, Cristo, sabiduría profunda que une a Dios y en el que todo se ha cumplido, frente al nirvana nihilista del olvido budista. Creo que sí, que estaba en comunión contigo cuando escribió eso.

Seguí paseándome absorto en mis pensamientos.

Tu cuadro, Paul, estaba junto a una puerta. Atravesé un río humano que pasaba de una sala a otra. Y justo al salir de la corriente, me encontré con tu cuadro, Maurice. Con una técnica de puntillismo elaborado, mostrabas un viñedo con las cepas cargadas de racimos maduros. Si no se recogían pronto, se pasarían, se pudrirían en las viñas. La mies es mucha y los obreros pocos, pensé. Pero en el mismo instante, en el mismo golpe de vista en el que vi el viñedo y los racimos, vi a los obreros. Mejor dicho, las obreras. Siete monjas, número que significa una incontable multitud, con sus hábitos negros y sus tocas blancas, se afanaban en recoger los racimos y llevarlos a tres cálices de oro con rojos rubís en su borde. Las copas rebosaban de uvas que se convertían en vino. Y al fondo del paisaje, también arriba a la izquierda, como en el cuadro de Paul, volvía a aparecer Cristo. También estaba crucificado, pero no había madero. Tenía los brazos en cruz, como para abrazar el viñedo entero y a las monjas y a los cálices llenos de racimos y al mundo. No se veía su cuerpo entero. Sólo la parte superior era visible emergiendo de la tierra entre las viñas. De la llaga de su costado salía sangre que se convertía en un racimo, Un sarmiento retorcido llegaba justamente hasta esa llaga para recoger el racimo. La simbología me golpeó sin tener que pensarla. Ahí estaba todo, la mies es mucha y los obreros pocos, las obreras enviadas a la mies, sin mí no podéis nada, yo soy la vid y vosotros los sarmientos, el que está unido a mí da mucho fruto, en sus llagas hemos sido curados. Cristo no hace nada. Está ahí, todo esta ya cumplido. Todo lo tiene hecho. A nosotros, los obreros, sarmientos unidos a su costado, nos toca dar al mundo su fruto, vendimiarlo, ponerlo en cálices y ofrecérselo a Él. El círculo se cerraba. Un detalle me distraía. Era un texto en latín, en el ángulo superior derecho que decía: “BOTRVS CYPRI DILECTUS MEUS MIHI IN VINEIS ENGADDI”. Totalmente críptico para mí. No le dediqué ni un pensamiento más. Miré el título del cuadro: “La vendimia mística”, decía el rótulo. No puede haber nombre mejor puesto a un cuadro. Me quedé mucho tiempo mirándolo, absorto. Mi mujer, que ve los museos con mucha mayor parsimonia que yo y a la que siempre tengo que esperar durante mucho tiempo, me tuvo que sacar de mi ensimismamiento.

Después vino la ineludible intelectualización. Os busqué en una enciclopedia de casa. Supe de ti, Maurice, de tu catolicismo militante, que te llevó a fundar en 1919 un movimiento de arte sacro. Supe que ambos pertenecíais a un movimiento artístico que se puso a sí mismo, con toda consciencia, el nombre de los Nabís. Nabí quiere decir profeta, en hebreo. Quisisteis ser los profetas del arte del siglo XX. Profetas del arte puesto al servicio de la Belleza como símbolo de la trascendencia. Profetas de una forma de pintar consciente de que lo que se pintaba en el lienzo era reflejo de una Realidad mayor. Bella profecía que el arte del siglo XX se ha encargado, con honrosas excepciones, de no cumplir. Pero no hay que desanimarse. Los profetas no suelen ser escuchados más que cuando la sordera de quienes deben oírles les ha llevado al borde del abismo. Entonces resuena su voz amplificada. Entonces ha llegado el momento de la vendimia. Vuestra manera de ver la pintura no caerá en el olvido. Un día será recordada y el arte seguirá, con la necesaria evolución, la dirección de vuestra profecía.

Hay una cosa que querría preguntaros. Los dos cuadros vuestros que me hacen escribiros están pintados en el mismo año, 1890, tienen casi el mismo tamaño, unos 70x50 cm., y en los dos, Cristo está crucificado en el ángulo superior izquierdo ¿Hay un nexo de unión entre ambos? Estoy seguro de que sí. Estoy convencido de que vuestras discusiones de profetas sobre el arte, la pintura y la belleza no son ajenos a estas aparentes coincidencias. Os imagino estableciendo las reglas de un desafío para reflejar en vuestra pintura el influjo de Cristo en el arte, en la vida y en la historia. Momento de la vida de Cristo, composición, tiempo de ejecución, tamaño del cuadro, etc. Imagino el día de su presentación ante el jurado del resto de los Nabís. Yo no sabría a quién dar mi voto. Imagino a mi padre, años más tarde, viendo vuestros dos cuadros mientras una imagen se formaba en su memoria. Una imagen de nirvanas y de esperanza, de profecías cumplidas, de trabajos y días, de existencia eterna, profunda y consciente, de adoraciones. Una imagen que resurgiría muchos años después, la víspera de su muerte, tal vez sin recordar el momento en el que se formó. Y me veo a mí mismo, cuarenta años más tarde de su muerte, participando con los tres en la misma idea. Un arco de más de cien años que se prolongará y ramificara durante miles de años más, como un bosque de esperanza. ¡El poder profundo misterioso del arte y la poesía cuando están al servicio del bien! “La poesía comienza donde nace el misterio”, rezaba un rótulo atribuido a Gaugin en la pared de la exposición.

Desde esa mañana de lunes de puente me había propuesto escribiros esta carta a pesar de que ya había dado por concluido mi epistolario. Creo que hoy, víspera de Navidad, mientras me preparo para celebrar el nacimiento de Cristo, es un buen día para hacerlo. Para desear que el mismo Cristo que nacerá esta noche y al que vosotros pintasteis en el otro extremo de su vida terrenal, os tenga a su lado en el Paraíso, como una de esas luminosas figuras en oración. Y que un día pueda encontraros allí para brillar en el Amor con vosotros. Aunque sea el más pequeño del último círculo de orantes que, con las palmas de las manos juntas, brillan ante Cristo. Para contemplar, en comunión perfecta con la Vida, en éxtasis eterno ante la Belleza, la maduración del fruto de vuestra profecía sobre el arte, la Belleza, el Amor y la Vida.

Que así sea. Y mientras llega ese día, recibid un abrazo.

Tomás.

P.D. Tengo forzosamente que contaros algo que me acaba de ocurrir. Hoy, día de Navidad, terminada esta carta, ya la daba por cerrada, cuando me ha venido, con fuerza casi compulsiva, la necesidad de saber lo que quería decir la inscripción en “La vendimia mística” a la que he hecho alusión en la carta: “BOTRVS CYPRI DILECTUS MEUS MIHI IN VINEIS ENGADDI”. Nada en el catálogo de la exposición, nada en internet. Esto no puede quedar así –he pensado. Tendré que preguntarle a alguien que sepa latín. Pero, ¿a quién? ¿Tal vez sería mejor intentar traducirlo yo con un diccionario? Pero, ¿de dónde sacar el día de Navidad un diccionario de latín? He preguntado a mis hijos si tenían uno y no me han hecho caso. Necesitaba saber lo que quería decir y no podía. Paciencia –me he dicho– mañana será otro día. Un rato más tarde he empezando a leer en la Biblia el Cantar de los Cantares, el libro místico por excelencia. Llevaba meses queriendo leerlo. Pero la pereza, más que otra cosa, me había impedido hacerlo. Sin embargo, ¿qué mejor cosa podía hacer en esta tarde de Navidad para distraer mi impaciencia? Nada más empezar, en el capítulo 1, versículo 14, he leído: “Manojo de espliego es mi amado para mí en las viñas de Engadí”. Ahí estaba la traducción que buscaba. No hacía falta saber latín, ni tener un diccionario para darse cuenta. ¡Estaba ahí! Pero ¿qué era ese nombre propio, dónde está “Engadí”, qué tiene de particular para que sean sus viñas las que aparecen en el Cantar de los Cantares y en tu cuadro? Sorprendido y excitado, he buscado en el índice onomástico de la Biblia para ver si había algo más que saber de Engadí, si aparecía en otros pasajes de la Biblia y he descubierto que era un sitio muy especial. Era una ciudad de Judá, estéril y salobre, al borde del mar Muerto[3]. En una cueva de Engadí, David pudo matar a Saúl cuando este le perseguía como a un perro para darle muerte, pero respetó su vida[4]. El capítulo 47 de Ezequiel, nos habla de un río que, saliendo del Templo, llega a las salobres aguas del mar muerto y las vivifica. “Por donde quiera que pase ese río, todo ser viviente que en él se mueva, vivirá; los peces serán muy abundantes, porque donde llega esta agua todo queda saneado; la vida prosperará donde llegue ese río. A sus orillas vendrán numerosos pescadores; [...] Junto al río crecerán, a una y otra margen, toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyo fruto no se agotará nunca. Todos los meses darán sus frutos nuevos, porque sus aguas manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de medicina”[5]. Y ese río maravilloso, viene a desembocar al mar Muerto, precisamente, en Engadí. Por último, en el Eclesiástico se nos dice de Engadí: “Crecí como palmera en Engadí, cual brote de rosa en Jericó; como magnífico olivo en la llanura, crecí como el plátano. Como el cinamomo y el espliego he dado mi aroma, como mirra escogida exhalé mi perfume; como gálbano, ónix y estacte, y como perfume de incienso en el tabernáculo. Yo extendí como terebinto mis ramas, y mis ramas están llenas de gracia y majestad. Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dan frutos de gloria y riqueza. Venid a mí los que me deseáis y saciaos de mis frutos. Porque mi recuerdo es más dulce que la miel y poseerme más dulce que el panal. Los que me coman quedarán aún con hambre y los que me beban, quedarán de mí sedientos. Quien me obedece no será avergonzado y los que me sirven no pecarán”[6]. Engadí. El narciso floreciendo en el desierto, como dijo hace miles de años Isaías. Después, como un relámpago, mi memoria me ha dicho que al lado del mar Muerto están también las cuevas de Qumrán, lugar de recogimiento de los esenios, auténticos monjes precristianos. Sé que en Qumrán se ha encontrado el fragmento más antiguo del Evangelio de san Marcos. Este hallazgo prueba que este Evangelio fue escrito, como muy tarde, en los años cincuenta de nuestra era. Entré en Internet en búsqueda de documentos que tuviesen Qumrán y Engadi y descubrí que Engadi era un oasis, muy cercano a Qumrán, donde los esenios iban a buscar descanso corporal y espiritual. Los esenios conocían bien las escrituras y eligieron muy bien dónde instalarse. Por todo esto, “La vendimia mística” ha cobrado un sentido muy especial para mí. Una cadena de coincidencias me ha llevado, esta tarde de Navidad, a descubrir ese sentido. El arco del tiempo se acaba de extender más de tres mil años hacia el pasado, uniéndonos a Ezequiel, Isaías, David, Salomón, Josué, Josuah ben Sirá, los esenios, san Marcos y ¡quién sabe a cuantas personas más! ¿Ha sido todo lo de esta tarde una cadena de casualidades? Ni una sola causa que no sea natural, pero su encadenamiento en una hora es bastante misterioso. Para mí es como si tú, Maurice, Nabí, profeta, me hubieses dicho al oído el código para descifrar un jeroglífico que dejaste en tu cuadro y que nos hace cómplices de la salvación. ¿Qué nos depara Engadí, el desierto convertido en vergel, para el futuro? Un secreto de profecías milenarias que llevan miles de años reveladas pero que aún deben ser transmitidas, gritadas en el desierto y en las azoteas. Y todas esas profecías, todas esas y muchas más, todos esos secretos, están cumplidos en Cristo, que todo lo tiene hecho y por el que todo ha sido hecho, pero al que aún tenemos que conocer mejor en la Engadí celestial, donde saciará eternamente nuestra hambre y sed de Él, como prometió a la samaritana.

[1] Isaías 53, 2 cuarto poema del Siervo de Yavé.
[2] Salmo 34, 6
[3] Josué 15, 62.
[4] 1 Samuel, 24,1.
[5] Ezequiel 47, 9-12.
[6] Eclesiástico o Sirácida, 24, 13-22.

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