16 de marzo de 2008

Sonetos del Vía Crucis

Tomás Alfaro Drake

Este domingo de Ramos suspendo las entradas habituales de los domingos sobre Dios y la ciencia o sobre el camino de la filosofía hacia la posmodernidad. Prefiero poner mi granito de arena para una Semana Santa verdaderamente santa. Hago un post con unos sonetos del Vía Crucis que me interpelan y me ayudan mucho a meditar sobre el misterio de la pasión y muerte de Cristo. Espero que os sirva también a los que lo leáis.

A lo largo de la semana procurare poner unos comentarios sobre varios cuadros de crucifixiones de grandes pintores. Digo procuraré porque esta Semana Santa puede que esté de un lado a otro y no me sea posible. Son cartas a los pintores que los pintaron con mis impresiones, pensamientos y meditaciones. Estás todas en mi libro "Al sueño de la muerte hablo despierto", editado por la BAC.

Bueno, ahí van los sonetos. Deseo a todos una buena y santa Semana Santa.

Soneto de sonetos. Vía Crucis.

I
Ya la jauría humana pide muerte
al oler la sangre justa derramada.
Aúllan al ver tu frente coronada
y saben que ya está echada tu suerte.

Un cobarde que se sueña fuerte
te pregunta si eres rey, de dónde,
para concluir que la verdad se esconde,
sin pensar que la está mirando al verte.

Jamás podrá ningún agua lavar
esa sangre que nosotros derramamos.
Sólo quien nos la da nos puede perdonar.

Sólo ese hombre, que es Dios, puede cargar
nuestras iniquidades en sus manos.
Sólo sus llagas nos podrán sanar.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

II
Ya te echan a la espalda el travesaño
que los hombros te deja en carne viva.
Ya tus vacilantes pasos cuesta arriba
te llevan. Hacia el Gólgota huraño

te conducen. Del insoportable daño
que el madero te causa, se deriva
la salvación de que el pecado priva.
Su peso hace que olvides lo que antaño

causó la muerte que Adán nos regalara.
Desde ahora, cada paso tembloroso
te va acercando poco a poco al ara

del sacrificio cruento y doloroso.
Miras hacia el montículo lejano, para
verte crucificado y victorioso.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

III
Por primera vez, de bruces en el suelo
diste, Señor, y las terribles bocas
de tus horribles heridas, como locas
gritaron tu hondo desconsuelo.

Desde la tierra, tu profundo anhelo
pugna por elevarse de las rocas
sin lograr que tu carne una las pocas
fuerzas que te hagan levantar del suelo.

Vuelves al cielo los ojos, que al mirarte
te da una nueva fuerza inesperada
que tu Padre te envía a confortarte.

Silenciando el dolor de tus heridas,
vuelves a caminar con la mirada
puesta en la cumbre que salva nuestras vidas.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

IV
Tu madre, desconsolada y afligida,
el alma rota en pedazos dolorosos,
contempla con sus ojos amorosos
tu sangre y tu dolor. Y cada herida

es un recuerdo de un niño al que dio vida,
al que tuvo en sus brazos temblorosos
sabiendo que era Dios. ¿Qué azarosos
caminos –se pregunta dolorida–

llevaron a su niño a esta tortura?
Recuerda que dijiste sí a la pura
y salvadora voluntad del Padre

llevado del libre amor. Y su amargura
se hace entonces más suave, menos dura,
y acepta sufrir siendo tu madre.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

V
Al fin, una ayuda, una mano amiga.
Un soldado romano compasivo
obliga a un hombre, al principio esquivo,
a ayudarte con la cruz y su fatiga.

Tan sólo tu mirada hace que siga
junto a ti más de un instante fugitivo.
Se llama Simón y siempre estará vivo
en la memoria que a tu amor le liga.

Reposa ahora su alma en tu regazo.
Por tomar tu madero con su brazo
ya vive junto a ti la eternidad.

Asombraos cómo un poco de bondad
recibe como don ese flechazo
de amor; eterno, dulce y amoroso abrazo.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

VI
De pronto, como ráfaga de viento,
una mujer valiente e impulsiva
sale de entre gentío, y compasiva
limpia con un lienzo el polvoriento

Rostro de Cristo, herido en el tormento.
Los soldados la insultan mas, altiva,
mezclada con la gente, los esquiva.
Mira entonces el lienzo y al momento

ve en él, indeleble, la figura
impresa del Salvador. Y tu mirada,
dulce como la miel, queda grabada

para siempre en su alma, la hace pura.
Verónica se siente perdonada
y sabe que sin ti, su vida es nada.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

VII
Otra vez te golpea el duro suelo
al que caes de bruces y sin manos,
mientras feroces seres inhumanos
gritan insultos, lanzándolos al vuelo.

Sordo y mudo parece estar el cielo
a la procaz actitud de esos malsanos.
¡Ay de nosotros, los hombres, mis hermanos
si del firmamento se rasgase el velo

y hecho rayo diese su respuesta
al insulto cobarde y traicionero!
Pero al ultraje responde la promesa

de un perdón para el que sólo resta
otra caída, un dolor postrero
y ser de la infame muerte presa.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

VIII
Un día llamaste a tus polluelos,
los hijos de Jerusalén, la pecadora,
a salvarse en la sombra protectora
de tus alas repletas de consuelos.

Ahora, sus madres mojan sus pañuelos
con hipócritas lágrimas. Es la hora
del fingido lamento. Les devora
la culpa. Mas no serán por ti sus duelos.

Serán por los hijos que parieron.
Los senos que jamás, nunca llevaron
fruto en sus entrañas sean benditos.

Serán –¡oh paradoja!– los malditos,
los pechos que de leche rebosaron.
Muy pocos maldición tan dura oyeron.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

IX
La más terrible caída, la tercera,
te lanza al suelo. Las fuerzas te abandonan.
Las heridas y la sangre no perdonan.
Ya te acecha la muerte traicionera.

¡Ay, Señor! ¡Si tan sólo yo pudiera
alzarte del suelo! Tus ojos, que cuestionan
mi amor, en un dulce mirar entonan
una llamada a mi anhelante espera.

Si así, desde el suelo, casi muerto,
me consuelas de mi pobre esfuerzo
que me parece sin sentido y vano,

¿qué será, cuando encontrándome ya cierto

de que has vencido de la muerte el cierzo
frío, me encuentre ya en la palma de tu mano?


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

X
Ya en la Calavera, los secuaces
de Pilato, desafiando al cielo,
te despojan del más mínimo velo
y se burlan de ti, viles y procaces.

Manos avariciosas y rapaces
se han hecho con tu manto, y sobre el suelo
se lo han echado a suertes. No hay consuelo
para ti ante la muerte, son capaces

de llegar a desnudarte sin reparo.
¿No te duele, Señor, no te da llanto
que a desnudarte lleguen sin espanto?

Hasta desnudo prestas el amparo
al pobre ser humano al que amas tanto
que aun siendo pecador, lo quieres santo.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

XI
Con golpes secos y rotundos
golpean en los clavos con los mazos
mientras tú, perdonando, abres los brazos.
Así, entregado, unes los dos mundos

que el pecado separó. Los profundos
clavos hirientes son como trallazos.
Cada golpe estrecha más los lazos
que tus dolores, terribles y fecundos,

tienden entre el pecado y el perdón.
A tu lado, gritándote, un ladrón
te insulta mientras que su muerte avanza.

Pero en el otro vive la esperanza
y te suplica, implorante, compasión.
Ambos, de la humanidad imagen son.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

XII
El árbol de la vida ya está izado
y en él su fruto, como vela al viento,
se hincha con la muerte y el tormento,
de salvación y de perdón colmado.

Tú, Jesús, en el madero levantado
atraes a quién, hambriento del sustento
que redime del odio turbulento,
ávido de amor te mira traspasado.

Las lágrimas calientes y saladas
me corren por el rostro, y las espadas
del desconsuelo, el alma me atraviesan.

Como ovejas sin pastor por tus cañadas
de amor, acudimos para ser curadas
en tus llagas que tantos labios besan.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

XIII
Todavía caliente entre tus brazos
el cuerpo muerto de tu Hijo amado,
te deshaces en llanto inconsolado.
Tus lágrimas, rodando, dejan trazos

que cruzan tumefactos latigazos
marcados en el cuerpo magullado
de un Dios que por amor fue en ti encarnado.
Pero siguen en ti vivos los lazos

que mantienen intacta la esperanza
en promesas remotas y lejanas
que anuncian que jamás ninguna lanza

concederá a la muerte la victoria.
Tus ojos, libres de ilusiones vanas,
ven, más allá de las llagas, sólo Gloria.


Y me preguntas: ¿Merecerá la pena?
¿Será en ti mi sacrificio vano
o hará que tu alma viva de mí llena?

XIV
Ya estás, Señor, amortajado. Yerto
te dejan en el sepulcro tenebroso.
Mis ojos anhelantes, sin reposo,
ven tu cuerpo irremediablemente muerto.

Sólo mi esperanza me mantiene cierto
de verte de la muerte victorioso.
Tu cuerpo, resurrecto y glorioso,
será la luz que me dirija al puerto

de salvación. Mientras, en la impaciencia

de ver aparecer el sol eterno
en el amanecer de la conciencia,

mi vida se hiela en el invierno.
Como un niño, espero en la inocencia,
más allá de la muerte, tu Amor tierno.


Y yo contesto; no lo sé Señor,
mi esfuerzo nada puede sin tu mano,
por eso es que necesito de tu Amor.

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